Con prólogo de Mario Vargas Llosa






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Vidrio, vidrio, vidrio roto


Si hace un momento describía una foto que muestra a Óscar de cuerpo entero, con tambor y palillos, y anunciaba al propio tiempo las decisiones cuya adopción vino a culminar durante la escena de la fotografía, en presencia de la compañía reunida con motivo de mi cumpleaños en torno al pastel con las tres velas, ahora que el álbum calla cerrado a mi lado he de dejar hablar a aquellas cosas que, si bien no explican la perennidad de mis tres años, sucedieron de todos modos, y fueron provocadas por mí.

Desde el principio lo vi con toda claridad: los adultos no te van a comprender, y si no te ven crecer de modo perceptible te llamarán retrasado; te llevarán, a ti y a su dinero, a cien médicos, para buscar, si no consiguen tu curación, por lo menos la explicación de tu enfermedad. Por consiguiente, con objeto de limitar las consultas a una medida soportable, había de proporcionar yo mismo, aun antes de que el médico diera su explicación, el motivo más plausible de mi falta de crecimiento.

Estamos en un domingo resplandeciente de sol del mes de septiembre, en la fecha de mi tercer aniversario. Atmósfera delicada y transparente de fines de verano: hasta las risotadas de Greta Scheffler suenan como en sordina. Mamá pulsa al piano los acentos del Barón Gitano; Jan está detrás de ella y del taburete, le toca ligeramente la espalda y hace como que sigue las notas. Matzerath ya está preparando la cena en la cocina. Mi abuela Ana se ha ido con Eduvigis Bronski y Alejandro Scheffler a la tienda del verdulero Greff, enfrente, porque éste siempre tiene alguna historia que contar, historias de exploradores en que siempre se exaltan el valor y la lealtad. Además, un reloj vertical que no omitía ninguno de los cuartos de hora de aquella fina tarde de septiembre. Y comoquiera que, al igual que el reloj, todos estaban sumamente ocupados, y que se había establecido una especie de línea que, desde la Hungría del Barón Gitano, pasaba junto a los exploradores de Greff en los Vosgos y frente a la cocina de Matzerath, en la que unas cantarelas cachubas se estaban friendo en la sartén con unos huevos revueltos y carne de panza, y conducía a lo largo del corredor hasta la tienda, la seguí, tocando suavemente mi tambor. Y heme ya aquí en la tienda y detrás del mostrador: lejos quedaban ya el piano, las cantarelas y los Vosgos, y observé que la trampa de la bodega estaba abierta; probablemente Matzerath, que había ido a buscar una lata de ensalada de fruta para los postres, se habría olvidado de cerrarla.

Necesité de todos modos un buen minuto para comprender lo que la trampa de la bodega exigía de mí. Nada de suicidio, ¡por Dios! Eso hubiera sido realmente demasiado sencillo. Lo otro, en cambio, era difícil, doloroso y exigía un sacrificio de mi parte, lo que, como siempre que se me pide un sacrificio, hizo que me volviera el sudor a la frente. Ante todo, mi tambor no había de sufrir daño alguno; era cuestión pues de bajarlo indemne los dieciséis peldaños desgastados y de colocarlo entre los sacos de harina, de tal modo que su buen estado no ofreciera sospechas. Y luego otra vez arriba hasta el octavo peldaño; no, uno menos, o quizá bastaría desde el quinto. Pero no, desde ahí no parecían conciliarse la seguridad y un daño verosímil. Así que arriba otra vez, hasta el décimo peldaño, demasiado alto, para precipitarme finalmente desde el noveno, de cabeza sobre el piso de cemento de nuestra bodega, arrastrando en mi caída un estante de botellas llenas de jarabe de frambuesa.

Aun antes de que mi conciencia corriera la cortina, me fue dado confirmar el éxito del experimento: las botellas de jarabe de frambuesa arrastradas adrede hicieron un estrépito suficiente para arrancar a Matzerath de la cocina, a mamá del piano, al resto de la compañía de los Vosgos y atraerlos a todos a la trampa de la bodega y escalera abajo.

Antes de que llegaran dejé actuar sobre mí el olor del jarabe de frambuesa derramado, observé asimismo que mi cabeza sangraba y me pregunté, cuando ellos bajaban ya por la escalera, si sería sangre de Óscar o las frambuesas lo que esparcía aquel perfume tan dulce y embriagador; pero estaba contento de que todo hubiera salido tan bien y de que mi tambor, gracias a mi previsión, no hubiera sufrido el menor daño.

Creo que fue Greff el que me subió en sus brazos. Y no fue hasta que estuve en el salón cuando Óscar volvió a emerger de aquella nube, hecha sin duda por mitades de jarabe de frambuesa y de su joven sangre. El médico no había llegado todavía. Mamá gritaba y le pegaba a Matzerath, que trataba de calmarla, repetidamente; y ello no sólo con la palma de la mano, sino también con el dorso, y en la cara, llamándole asesino.

Así pues —y los médicos lo han confirmado una y otra vez—, con una sola caída, no del todo inofensiva, sin duda, pero bien dosificada por mi parte, no sólo había proporcionado a los adultos la razón de mi falta de crecimiento, sino que, a título de propina y sin habérmelo propuesto en realidad, había convertido al bueno e inofensivo de Matzerath en un Matzerath culpable. Él era, en efecto, el que había dejado la trampa abierta, y a él le echó mamá toda la culpa; cargo que le repitió después inexorablemente, si bien no con frecuencia, y que él hubo de soportar por muchos años.

La caída me valió cuatro semanas de permanencia en la clínica, dejándome luego, con excepción de las ulteriores visitas de los miércoles al doctor Hollatz, relativamente tranquilo por lo que hace a los médicos. Ya desde mi primer día de tambor había logrado proporcionar al mundo un signo, y el caso quedaba aclarado antes de que los adultos pudieran comprenderlo conforme al verdadero sentido que yo mismo le había dado. De ahí en adelante había pues de decirse: el día de su tercer aniversario nuestro pequeño Óscar rodó por la escalera de la bodega y, aunque no se rompió nada, desde entonces dejó de crecer.

Y yo, por mi parte, empecé a tocar el tambor. Vivíamos en un piso alquilado de una casa de cuatro. Desde el portal subía tocando hasta la buhardilla y volvía a bajar. Iba a Labesweg a la Plaza Max Halbe, y de ahí seguía por la Nueva Escocia, el paseo Antón Móller, la calle de la Virgen María, el Parque de Kleinhammer, la Fábrica de Cerveza, Sociedad Anónima, el estanque, el Prado Fróbel, la Escuela Pestalozzi y el Mercado Nuevo, hasta volver al Labesweg. Mi tambor lo resistía todo, pero no así los adultos que querían interrumpirlo, cortarle el paso, echarle la zancadilla a toda costa. Afortunadamente, la naturaleza me protegía.

En efecto, la facultad de poner entre mí y los adultos, por medio de mi tambor de juguete, la distancia necesaria, revelóse poco después de mi caída por la escalera de la bodega, casi simultáneamente con el desarrollo de una voz que me permitía cantar, gritar o gritar cantando en forma tan sostenida y vibrante y a un tono tan agudo, que nadie se atrevía, por mucho que le estropeara los oídos, a quitarme mi tambor; porque cuando lo intentaban, me ponía a chillar, y cada vez que chillaba algo costoso se rompía. Tenía la condición de poder romper el vidrio cantando: con un grito mataba los floreros; mi canto rompía los cristales de las ventanas y provocaba en seguida una corriente; cual un diamante casto, y por lo mismo implacable, mi voz cortaba las cortinas, y sin perder su inocencia, se desahogaba en su interior con los vasitos de licor armoniosos, de noble porte y ligeramente polvorientos, regalo de una mano querida.

No había de transcurrir mucho tiempo sin que mis facultades fueran conocidas de toda nuestra calle, desde el camino de Brösen hasta la urbanización contigua al aeropuerto, o sea, en todo el barrio. Y al verme los otros niños, cuyos juegos como el «un, dos, tres, al escondite inglés» o el «qué quiere usted» o el «veo, veo, ¿qué ves?» no me interesaban, saltaba en seguida el coro desafinado y gangoso:

Vidrio, vidrio, vidrio roto,

Cerveza sin grano,

La bruja abre la ventana

Y toca el piano.

Por supuesto, una cancioncilla infantil estúpida y sin sentido. Yo seguía avanzando detrás de mi tambor, marcaba el paso por entre el vidrio y la bruja y, lejos de sentirme molesto, adoptaba el ritmo, que no carece de encanto, y al compás del vidrio, vidrio, vidrio roto, me llevaba a todos los niños detrás, sin ser el cazador de ratas de Hamelin.

Todavía hoy, cuando, por ejemplo, limpia Bruno los cristales de mi cuarto, reservo en mi tambor un lugarcito a esta musiquilla.

Más molesto que esta copla de los niños del vecindario, sobre todo para mis padres, resultaba el hecho de que fueran puestos a mi cargo, o mejor dicho al de mi voz, todos los cristales de ventana rotos en nuestro barrio por alguna pedrada de muchachos malcriados. Al principio mamá pagaba religiosamente todos los vidrios de cocina, rotos en su mayoría por tirachinas, pero finalmente acabó también ella por comprender mi fenómeno vocal y exigió que en los casos de demanda de indemnización le presentaran las pruebas, adoptando en tales ocasiones una mirada fría y gris muy objetiva. Los vecinos eran realmente injustos conmigo, porque nada era más erróneo en aquel tiempo que suponerme poseído de un furor infantil de destrucción o achacarme un odio hacia el vidrio que exhiben efectivamente, en desenfrenadas carreras extenuantes, sus vagas y oscuras antipatías. Sólo el jugador destruye por gusto. Por mi parte, yo nunca jugaba, sino que trabajaba con mi tambor, y en cuanto a mi voz, respondía por el momento a una estricta necesidad de defensa. No era sino la preocupación por la continuidad de mi trabajo con el tambor la que me hacía servirme de mis cuerdas vocales en forma tan consciente de mi misión. Si con los mismos tonos y procedimientos me hubiera sido posible desgarrar los tediosos manteles bordados en punto de cruz, hijos de la fantasía ornamental de Greta Scheffler, o destruir el brillo sombrío del piano, de buena gana habría dejado todo lo vitreo en su sonora integridad. Pero, por desgracia, los manteles y el lustre permanecían indiferentes a mi voz. Ni lograba borrar mediante un grito sostenido los motivos del papel tapiz, ni engendrar por medio de dos tonos alargados, alternativamente ascendentes y descendentes y frotados pacientemente, como en la edad de piedra, el uno contra el otro, el calor suficiente para hacer saltar la chispa que convirtiera en llamas decorativas las cortinas resecas, impregnadas de humo de tabaco, de las dos ventanas de nuestro salón. No logré con mi voz quebrar ni una pata de silla en que pudieran haber estado sentados Matzerath o Alejandro Scheffler. De buena gana me hubiera defendido en forma más inofensiva y menos milagrosa, pero nada inofensivo me servía: sólo el vidrio me oía y por oírme pagaba.

La primera exhibición de esta clase la ofrecí poco después de haber cumplido los tres años. Por entonces tenía ya más de cuatro semanas con el tambor y, dada mi actividad, ya lo había roto. Sin duda, el cilindro llameante rojo y blanco mantenía todavía unidos la superficie y el fondo, pero el agujero en el centro del lado en que se toca ya no se dejaba ignorar por más tiempo y, como yo despreciaba el fondo, se iba agrandando cada vez más: sus bordes se rompían, haciéndose cada vez más dentados y cortantes: algunas partículas de hojalata hechas astillas por el golpear incesante habían caído dentro de la caja y, a cada golpe, resonaban desagradablemente, en tanto que por otra parte relucían esparcidos por la alfombra del salón y por el entarimado rojo pardo del dormitorio minúsculos pedacitos blancos de esmalte que ya no lograban aguantar más sobre la hojalata martirizada de mi tambor.

Temíase que pudiera lastimarme con los filos peligrosamente cortantes de la hojalata. En particular Matzerath, que desde mi caída por la escalera de la bodega no sabía qué precauciones adoptar, me recomendaba prudencia al tocar el tambor. Y como efectivamente las arterias de mis muñecas rozaban continuamente en movimiento violento aquellos filos puntiagudos, he de confesar que los temores de Matzerath, aunque exagerados, no carecían absolutamente de fundamento. Es claro que con un nuevo tambor todos aquellos peligros hubieran quedado automáticamente eliminados. Pero la idea de comprarme un nuevo tambor ni se les pasaba por la cabeza, y lo único que se proponían era quitarme mi viejo tambor, aquel tambor que había caído conmigo, que me había acompañado a la clínica y que había sido dado de alta junto conmigo; aquel tambor que subía y bajaba conmigo y que me acompañaba por la calle, ya sobre el empedrado, ya sobre la acera, y que pasaba conmigo por entre el «un, dos, tres, al escondite inglés», el «qué quiere usted» y el «veo, veo, ¿qué ves?», pensaban quitármelo, sin ofrecerme en cambio sustitución alguna. Con miserable chocolate creían poder engañarme. Mamá me lo ofrecía, haciendo mohincitos como para darme un beso. Pero fue Matzerath el que, sacando fuerzas de flaqueza, asió mi instrumento inválido. Yo me aferré a la chatarra. Él tiró. Ya mis fuerzas, que sólo alcanzaban a tocar el tambor, empezaban a flaquear. Una tras otra se me iban escapando de las manos las llamas rojas, y ya estaba a punto de escurrírseme el marco cilindrico, cuando le salió a Óscar, que hasta aquel día había pasado por un niño tranquilo y hasta demasiado dócil, aquel primer chillido destructor y eficaz; y he aquí que el disco de vidrio biselado que protegía del polvo y de las moscas agonizantes la esfera amarillenta de nuestro reloj se partió y cayó, volviendo a quebrarse, sobre el entarimado rojo pardo —porque he de precisar que la alfombra no llegaba hasta la base del reloj. Sin embargo, el interior de aquel precioso objeto no sufrió daño alguno, sino que su péndulo siguió caminando tranquilamente —si es que puede decirse esto de un péndulo—, lo mismo que las manecillas. Y ni siquiera el carrillón, que en otras ocasiones solía reaccionar en forma por demás sensible y casi histérica al menor golpe o al pasar rodando por la calle los carros de cerveza, mostróse afectado por mi chillido en lo más mínimo. Sólo el vidrio se rompió pero eso sí, de veras.

—¡Se ha roto el reloj! —gritó Matzerath soltando el tambor. Una ojeada rápida me convenció de que mi grito no le había ocasionado al reloj daño alguno, y que sólo el vidrio había sufrido. A Matzerath, sin embargo, y lo mismo a mamá y a mi tío Jan Bronski, que aquel domingo por la tarde estaba de visita, parecíales que se había roto algo más que el vidrio que protegía la esfera. Pálidos y con los ojos asustados y desamparados se miraban unos a otros; alargaban las manos como buscando apoyo en la chimenea de azulejos, se mantenían junto al piano y al aparador, y Jan Bronski, con los ojos entornados, movía unos labios secos en un esfuerzo que aun hoy en día me hace pensar que se cifraba en formular una plegaria pidiendo a Dios socorro y compasión, por el estilo del: Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis. Y a esto, repetido tres veces, lo de: ¡Oh, Señor! No soy digno de que Tú entres bajo mi techo; pero di una sola palabra...

Naturalmente, el Señor no pronunció palabra alguna. Además tampoco era el reloj lo que estaba estropeado, sino que sólo se había roto el vidrio. Pero la relación entre los adultos y sus relojes es sumamente singular y, además, infantil en un sentido en el que yo nunca lo he sido. Tal vez el reloj sea, en efecto, la realización más extraordinaria de los adultos. Pero sea ello como quiera, es lo cierto que los adultos, en la misma medida en que pueden ser creadores —y con aplicación, ambición y suerte lo son sin duda—, se convierten inmediatamente después de la creación en criaturas de sus propias invenciones sensacionales.

Por otra parte, el reloj no es nada sin el adulto. Él es, en efecto, quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, lo lleva al relojero para que lo limpie y en su caso lo repare. Y es que, lo mismo que en el canto del cuclillo cuando parece durar menos de lo debido, y que en el salero que se vuelca, en las arañas por la mañana, en el gato negro que nos sale al encuentro por la izquierda, en el retrato al óleo del tío que se cae de la pared porque el clavo se aflojó al hacer la limpieza, los adultos ven también en el espejo, en el reloj y detrás del reloj mucho más de lo que éste representa en realidad.

Fue mamá, que a pesar de algunos rasgos de entusiasmo fantasioso poseía una mirada muy sensata y en su frivolidad sabía interpretar favorablemente toda supuesta señal, la que en aquella ocasión halló también la palabra liberadora.

—¡Los vidrios rotos traen suerte! —gritó haciendo chasquear los dedos, y fue a buscar la pala de la basura y el cepillo para recoger los vidrios rotos o la suerte.

Si he de atenerme a las palabras de mamá, bien puedo decir que he traído suerte a mis padres, a mis parientes y a muchas otras personas conocidas o desconocidas, ya que a cualquiera que intentara quitarme el tambor le rompí, quebré e hice añicos, a gritos y chillidos, cristales de ventana, vasos de cerveza llenos, botellas de cerveza vacías, frascos de perfume que llenaban el aire de primavera, platones con frutas de adorno y, en una palabra, toda clase de objetos de vidrio manufacturados por el vidriero y puestos a la venta, en parte como simple vidrio y en parte como vidrio artístico.

Con objeto de no ocasionar estragos excesivos, porque me gustaban y siguen gustando los vasos de formas bellas, cuando por la noche me querían quitar el tambor, que yo guardaba conmigo en mi cuna, hacía polvo una o varias bombillas de las cuatro que soportaba la lámpara colgante de nuestro salón. Así por ejemplo, al cumplirse mi cuarto aniversario a principios de septiembre del año veintiocho, sumergí en una oscuridad como la que reinaba antes de la creación del mundo, de un solo chillido que aniquiló las cuatro bombillas a la vez, a todos los que se habían reunido para festejarme: mis padres, los Bronski, mi abuela Koljaiczek, los Scheffler y los Greff, que me habían traído todos los regalos imaginables: soldaditos de plomo, un barco de vela, un auto de bomberos, todo, menos un tambor; a todos ellos, que querían que me entretuviera con soldaditos de plomo y jugara con aquel estúpido auto de bomberos, sólo por la envidia que les daba mi viejo y fiel tambor, que querían arrebatarme de las manos y cambiármelo por aquel miserable barquito cuyas velas, por lo demás, estaban aparejadas en forma inapropiada; a toda aquella colección de ciegos con ojos que no me veían a mí ni a mis deseos.

Y he aquí cómo son los adultos: después de los primeros gritos de terror y de un anhelo casi ferviente de que volviera la luz se acostumbraron a la oscuridad, de modo que cuando mi abuela Koljaiczek, la única que, con el pequeño Esteban Bronski, no podía sacar de la oscuridad provecho alguno, regresó de la tienda a donde había ido a buscar unas velas y entró con éstas encendidas, iluminando así la habitación, con el pequeño Esteban lloriqueando y agarrado a sus faldas, el resto de la compañía, medio borracha, se ofreció a su vista en una curiosa distribución por parejas.

Como era de esperar, mamá estaba sentada con su blusa en desorden sobre las rodillas de Jan Bronski. Al maestro panadero Scheffler, con sus piernas cortas, era repelente verlo poco menos que dentro ya de la Greff, en tanto que Matzerath lamía los dientes áureos y equinos de Greta Scheffler. Sólo Eduvigis Bronski estaba sentada a la luz de las velas, con sus mansos ojos vacunos, las manos sobre la falda, cerca pero no demasiado del verdulero Greff, que no había bebido y sin embargo cantaba dulcemente, melancólicamente, arrastrando nostalgia y tratando de que Eduvigis Bronski le hiciera segunda. Cantaba una canción de exploradores a dos voces, en la que se decía que un cierto Cuentanabos había de vivir confinado en calidad de fantasma en el Monte de los Gigantes.

De mí se habían olvidado por completo. Debajo de la mesa estaba Óscar sentado con lo que le quedaba del tambor, sacándole todavía algún ritmo a la lámina, y es muy posible que los sonidos parcos pero acompasados del tambor sonaran gratamente a los que allí yacían o permanecían sentados en la habitación, trastocados y extasiados. Porque, cual un barniz, el tamboreo recubría los ruidos chasqueantes o succionantes que escapaban de aquella demostración febril y esforzada, producto de tanto celo reunido.

Ni siquiera me moví de debajo de la mesa cuando llegó mi abuela con las velas y, como un arcángel encolerizado, contempló Sodoma a la luz de las velas y reconoció a Gomorra, y con las velas temblándole en las manos soltó un juramento, dijo que aquello era una porquería y, colocando las velas sobre sendos platitos, puso fin lo mismo a los idilios que a las apariciones de Cuentanabos en el Monte de los Gigantes; tomó luego del aparador unos naipes de skat, los echó sobre las mesa y, sin dejar de consolar a Esteban que seguía lloriqueando, anunció la segunda parte de la fiesta del cumpleaños. Acto seguido enroscó Matzerath nuevas bombillas en los portalámparas, se acercaron las sillas a la mesa, se destaparon con los correspondientes chasquidos otras tantas botellas de cerveza y se armó sobre mi cabeza una partida de skat de a décimo de pf ennig. De entrada había propuesto mamá que se jugara de a cuatro de pf ennig, lo que a mi tío Jan le pareció demasiado arriesgado, de modo que si de vez en cuando algún pase general o un sin triunfo no hubieran engrosado considerablemente las puestas, las partida se habría mantenido efectivamente en aquella chapucería de a décimo de pfennig.

Yo estaba muy a gusto debajo de la mesa, resguardado por el mantel colgante. Con el ritmo apagado de mi tambor acompañaba los puños que sobre la mesa iban soltando las cartas, logré seguir el curso del juego y, al cabo de media hora, pude verificar: Jan Bronski está perdido. Tenía buenas cartas, pero perdía de todos modos. Lo cual no era extraño, ya que no prestaba atención.

Pensaba en efecto en cosas muy distintas de sus diamantes sin doses. Desde el principio mismo del juego, mientras hablaba con su tía y le quitaba importancia a la pequeña orgía que se organizara momentos antes, había dejado deslizarse el zapato negro de su pie izquierdo y con éste, provisto de un calcetín gris, había buscado y encontrado, por delante de mi cabeza, la rodilla de mamá. Apenas sintió el contacto, mamá acercó más su silla a la mesa, de tal modo quejan, al que precisamente Matzerath disputaba una baza y había pasado con treinta y tres, levantando el borde de la falda de mamá pudo introducir primero la punta y luego el pie entero, con el calcetín que afortunadamente era del mismo día y casi limpio, entre sus muslos. Mi más sincera admiración para mamá, la cual, a pesar de aquella molestia lanuda bajo la mesa, iba ganando arriba, sobre el tenso tapete, con gran aplomo y acompañamiento de los propósitos más chistosos, los juegos más osados, entre ellos un trébol sin cuatros; en tanto que Jan, cada vez más audaz por debajo, perdía arriba unos juegos que el mismo Óscar habría ganado con la seguridad de un sonámbulo.

Más tarde el pequeño Esteban, cansado, vino también bajo la mesa, pero se durmió en seguida, sin comprender nada de lo que la pierna del pantalón de su papá andaba buscando allí bajo la falda de mamá.

Sereno a nublado. Lovizna aislada por la tarde. Al día siguiente vino Jan Bronski, se llevó el barco de vela que me había regalado para mi cumpleaños, lo cambió en la tienda de Segismundo Markus del pasaje del Arsenal por un tambor, volvió al anochecer, ligeramente mojado, con aquel tambor de llamas rojas y blancas que me era tan familiar y, entregándomelo, me quitó al propio tiempo mi viejo adorado desecho de hojalata, al que ya sólo quedaban contados fragmentos de barniz blanquirrojo. Y mientras Jan cogía el tambor viejo y yo el nuevo, sus ojos, los de mamá y los de Matzerath no perdían de vista a Óscar —me entraron ganas de echarme a reír: ¿pensarían que era yo un tradicionalista, que iba a aferrarme a quién sabe qué sagrados principios?

Sin soltar el chillido que todos esperaban, sin exteriorizar el canto vitricida, entregué tranquilamente el tambor viejo para dedicarme acto seguido con ambas manos al nuevo instrumento. Después de dos horas de ejercicio atento ya me lo había adaptado por completo.

Sin embargo, no todos los adultos que me rodeaban se mostraron tan perspicaces como Jan Bronski. En efecto, poco después de mi quinto aniversario en el veintinueve —se hablaba entonces mucho de un derrumbe de la Bolsa de Nueva York, y yo me preguntaba si acaso también mi abuelo Koljaiczek, comerciante en maderas más allá en la lejana ciudad de Buffalo, habría perdido dinero— empezó mamá, a la que mi falta de crecimiento preocupaba, con las visitas de los miércoles al consultorio del doctor Hollatz del Brunshóferweg, a las que me llevaba tomándome de la mano. Soporté sin rebelarme aquellos exámenes prolongados y sumamente molestos porque el uniforme de enfermera de la señorita Inge, auxiliar de Hollatz, que era de un blanco que descansaba la vista, me gustaba ya entonces, porque me recordaba la época de enfermera de mamá que yo conocía por la foto y además, al reclamarme toda la atención con sus pliegues incesantemente cambiantes, me permitía ignorar el ruido sordo, deliberadamente enérgico a veces y gruñón otras, como de algún tío antipático, de la verborrea del doctor.

Reflejando en los vidrios de sus anteojos el inventario del consultorio —había allí mucho cromo, níquel y esmalte pulido, y además estantes y vitrinas en las que, en unos frascos de vidrio pulcramente etiquetados, se veían serpientes, salamandras, sapos, embriones de puerco, de hombre y de mono— y cazando en ellos la imagen de estos monstruos en alcohol, después de los exámenes Hollatz solía mover la cabeza con aire preocupado, repasaba siempre de nuevo la historia clínica de mi caso, se hacía contar una vez más por mamá mi caída por la escalera de la bodega, y la tranquilizaba cuando comenzaba a insultar desaforadamente a Matzerath, que había dejado la trampa abierta y era, pues, el único culpable.

Cuando, después de algunos meses, durante una de aquellas visitas de los miércoles, quiso quitarme el tambor, probablemente para demostrarse a sí mismo y tal vez también a la señorita Inge el éxito de su tratamiento, le destruí la mayor parte de su colección de sapos y serpientes y de todo lo que en materia de fetos de distintas procedencias había reunido.

Exceptuando los vasos de cerveza, llenos, pero sin tapa, y los frascos de perfume de mamá, era ésta la primera vez que Óscar probaba sus facultades con una cantidad de botes de vidrio llenos y cuidadosamente tapados. El éxito fue único, y para todos los asistentes, inclusive mamá, que conocía mi relación con el vidrio, aplastante, inenarrable. Ya con el primer sonido, algo contenido todavía, rajé a lo ancho y a lo alto la vitrina en la que Hollatz guardaba todas aquellas curiosidades repelentes, hice caer luego de la parte por donde se mira hacia adelante, y sobre el linóleo, una placa de vidrio casi cuadrada que, conservando dicha forma, se rompió en mil pedazos, di a continuación al chillido algo más de perfil y una urgencia decididamente pródiga y, con aquel registro tan ricamente matizado, me aboqué a la destrucción de los frascos.

Se rompieron con un estallido. El alcohol verdoso, parcialmente viscoso, saltó a chorros, se derramó arrastrando consigo sobre el linóleo rojo del consultorio sus macilentos contenidos que parecían como acongojados, y llenó el cuarto de un olor tan tangible, podría decirse, que a mamá le dio un vahído y la señorita Inge hubo de correr a la ventana que daba al Brunshóferweg para abrirla.

El doctor Hollatz supo arreglárselas para convertir en éxito la pérdida de su colección. En efecto, pocas semanas después de mi atentado aparecía en la revista científica El Médico y el Mundo, de su mano, un artículo sobre mí, Óscar M., el fenómeno vocal vitricida. Y parece ser que la tesis sustentada por el doctor Hollatz en más de veinte páginas causó sensación en los círculos competentes nacionales y extranjeros, provocando objeciones pero también adhesiones por parte de bocas autorizadas. Mamá, que recibió varios ejemplares de la revista, se sentía orgullosa de aquel artículo en una forma que a mí me daba que pensar, y a cada rato leía y releía algún pasaje a los Greff, a los Scheffler, a su Jan y, siempre después de las comidas, a su esposo Matzerath. Hasta los clientes de la tienda de ultramarinos tuvieron que soplarse las lecturas y con ello ocasión de admirar a mamá, que, aunque pronunciara las expresiones técnicas incorrectamente, lo hacía de todos modos con mucha fantasía. En cuanto a mí, el hecho de que mi nombre de pila figurara por vez primera en una revista no me causó prácticamente la menor impresión. Mi escepticismo, despierto ya en aquella época, me hacía apreciar el opúsculo del doctor Hollatz en lo que realmente valía, esto es, cual digresión marginal, no exenta de todos modos de habilidad, del médico que aspira a una cátedra.

En su clínica psiquiátrica, hoy que su voz ya no alcanza siquiera a mover su vaso de dientes; hoy, que entran y salen de su cuarto médicos parecidos a aquel Hollatz y practican con él experimentos de los llamados de Rorschach, de asociación y otras pruebas más con objeto de dar a su internación forzosa un nombre rimbombante; hoy piensa Óscar con complacencia en los tiempos protoarcaicos de su voz. Y si en dicha época primera sólo destruía con ella productos de cuarzo en caso de necesidad, aunque a fondo, eso sí, más tarde, en cambio, en el período de grandeza y decadencia de su arte, se sirvió de sus facultades sin que le obligara a ello coacción externa alguna. Por mero pasatiempo, siguiendo el manierismo de una época decadente y entregado por completo al arte por el arte: así es como más tarde adaptó Óscar su voz al vidrio, y fue envejeciendo.


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