Con prólogo de Mario Vargas Llosa






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El álbum de fotos


Guardo un tesoro. Durante todos estos malos años, compuestos únicamente de los días del calendario, lo he guardado, lo he escondido y lo he vuelto a sacar; durante el viaje en aquel vagón de mercancías lo apretaba codiciosamente contra mi pecho, y si me dormía, dormía Óscar sobre su tesoro: el álbum de fotos.

¿Qué haría yo sin este sepulcro familiar al descubierto, que todo lo aclara? Cuenta ciento veinte páginas. En cada una de ellas hay pegadas, al lado o debajo unas de otras, en ángulo recto, cuidadosamente repartidas, respetando aquí la simetría y descuidándola allá, cuatro o seis fotos, o a veces sólo dos. Está encuadernado en piel, y cuanto más viejo se hace, tanto más va oliendo a ella. Hubo tiempos en que el viento y la intemperie lo afectaban. Las fotos se despegaban, obligándome su estado desamparado a buscar tranquilidad y ocasión para asegurar a las imágenes ya casi perdidas, por medio de algún pegamento, su lugar hereditario.

¿Qué otra cosa, cuál novela podría tener en este mundo el volumen épico de un álbum de fotos? Pido a Dios —que cual aficionado diligente nos fotografía cada domingo desde arriba, o sea en visión terriblemente escorzada y con una exposición más o menos favorable, para pegarnos en su álbum— que me guíe a través del mío, impidiendo toda demora indebidamente prolongada, por agradable que sea, y no dando pábulo a la afición de Óscar por lo laberíntico. ¡Cuánto me gustaría poder servir los originales junto con las fotos!

Dicho sea de paso, hay en él los uniformes más variados; cambian las modas y los peinados, mamá engorda y Jan se hace más flaco, y hay gente a la que ni conozco; en algunos casos puede adivinarse quien tomaría la foto; y luego, finalmente, viene la decadencia: de la foto artística de principios de siglo se va degenerando hasta la foto utilitaria de nuestros días. Tomemos por ejemplo aquel monumento de mi abuelo Koljaiczek y esta foto de pasaporte de mi amigo Klepp. La simple comparación del retrato parduzco del abuelo y la foto brillante de Klepp, que parece clamar por un sello oficial, basta para darme a entender a dónde nos ha conducido el progreso en materia de fotografía. Sin hablar del ambiente de estas fotos al minuto. A este respecto, sin embargo, tengo más motivos de reproche que mi amigo, ya que en mi condición de propietario del álbum estaba yo obligado a cuidar de su calidad. Si algún día vamos al infierno, uno de los tormentos más refinados consistirá sin duda en encerrar juntos en una misma pieza al hombre tal cual y las fotos enmarcadas de su tiempo. Y aquí cierto dramatismo: ¡Oh, tú, hombre entre instantáneas, entre fotos sorpresa y fotos al minuto! ¡Hombre a la luz del magnesio, erecto ante la torre inclinada de Pisa; hombre del fotomatón, que has de dejar iluminar tu oreja derecha para que la foto sea digna del pasaporte! Dramas aparte, tal vez dicho infierno resulte de todos modos soportable, porque las impresiones peores son aquellas que sólo se sueñan, pero no se hacen, y si se hacen, no se revelan.

En nuestros primeros tiempos, Klepp y yo mandábamos hacer nuestras fotos en la Jülicherstrasse, en la que comiendo espaguetis contrajimos nuestra amistad. En aquel tiempo yo andaba a vueltas con planes de viaje. Es decir: estaba tan triste, que quería emprender un viaje, y necesitaba para ello un pasaporte. Pero comoquiera que no disponía de dinero bastante para pagarme un viaje completo, o sea un viaje que comprendiera Roma, Napóles o por lo menos París, me alegré de aquella falta de metálico, porque nada hubiera sido más triste que tener que partir en estado de depresión. Y como sí teníamos los dos dinero bastante para ir al cine, Klepp y yo frecuentábamos en aquella época las salas en las que, conforme a su gusto, pasaban películas del Far West, y conforme al mío cintas en las que María Schell lloraba, de enfermera, y Borsche, de cirujano en jefe, tocaba, inmediatamente después de una operación de las más difíciles y con las puertas del balcón abiertas, sonatas de Beethoven, patentizando al propio tiempo su gran sentido de responsabilidad.

Lo que más nos hacía sufrir era que las funciones sólo duraran un par de horas. Algunos de los programas los hubiéramos vuelto a ver de buena gana. Y no era raro que después de alguna sesión nos levantáramos con el propósito de pasar por la taquilla para adquirir los billetes de la sesión siguiente. Pero apenas habíamos salido de la oscuridad, la vista de la cola más o menos larga frente a la taquilla nos quitaba el valor. Y no era sólo la taquillera la que nos hacía sentir vergüenza, sino también todos aquellos individuos desconocidos que escrutaban nuestras caras con la mayor desfachatez, intimidándonos hasta el punto de que ya no nos atrevíamos a alargar la cola frente a la taquilla.

Y así íbamos entonces, después de cada sesión de cine, a un gabinete fotográfico que quedaba junto a la Plaza Graf Adolf, para hecernos sacar unas fotos de pasaporte. Allí ya nos conocían y sonreían al vernos entrar, pero nos invitaban de todos modos amablemente a tomar asiento. Eramos clientes y como a tal se nos respetaba. En cuanto se desocupaba la cabina, una señorita, de la que sólo recuerdo que era simpática, nos introducía a uno después de otro, nos daba unos ligeros retoques, primero a mí y luego a Klepp, y nos mandaba mirar a un punto fijo, hasta que un relámpago y un timbre sincronizado con él nos advertían que habíamos quedado grabados, seis veces consecutivas, sobre la placa.

Apenas fotografiados, tensos aún los labios, la señorita —simpática, nada más, y también bien vestida— nos sentaba en sendas sillas cómodas de mimbre y nos rogaba amablemente que tuviéramos cinco minutos de paciencia. Al fin teníamos algo por qué esperar. Transcurridos apenas siete minutos, la señorita, que seguía siendo simpática pero que por lo demás no acierto a describir, nos entregaba dos bolsitas, y pagábamos.

¡Qué aire de triunfo en los ojos ligeramente saltones de Klepp! Tan pronto como teníamos las bolsitas, teníamos también un pretexto para dirigirnos a la próxima cervecería; porque a nadie le gusta contemplar su propia imagen en plena calle polvorienta, en medio del ruido, convertido en obstáculo para los demás transeúntes. La misma fidelidad que teníamos a la galería fotográfica, se la teníamos a la cervecería de la Friedrichstrasse. Después de haber pedido cerveza, morcilla con cebollas y pan negro, y aun antes de que nos sirvieran, extendíamos todo alrededor del tablero de la mesa las fotos todavía húmedas y nos sumíamos, entre la cerveza y la morcilla que mientras tanto nos habían servido, en la contemplación de nuestras propias expresiones faciales.

Además, llevábamos siempre con nosotros alguna de las fotos tomadas en ocasión de nuestra sesión de cine anterior, lo que permitía establecer comparaciones; y, habiendo oportunidad para comparación, la había también para un tercero y un cuarto vaso de cerveza, a fin de crear alegría o, como se dice en el Rin, ambiente.

Sin embargo, no quisiera en modo alguno que se entendiera aquí que le es posible a un hombre triste desobjetivar su tristeza mirando su foto de pasaporte; pues la tristeza es ya inobjetiva de por sí, por lo menos la mía, y la de Klepp no se dejaba derivar de algo concreto y revelaba, precisamente en su falta casi jovial de objetividad, una fuerza que nada era capaz de atenuar. Si existía algún modo de familiarizarnos con nuestra tristeza, ello sólo resultaba posible contemplando las fotos, porque en aquellas instantáneas en serie nos veíamos a nosotros mismos, si no distintos, sí por lo menos pasivos y neutralizados, y eso era lo importante. Por ello podíamos comportarnos con nosotros mismos como nos viniera en gana, bebiendo cerveza, ensañándonos con la morcilla, creando ambiente y jugando. Plegábamos las pequeñas fotos, las doblábamos y las recortábamos con unas tijeritas que ex profeso llevábamos siempre encima. Combinábamos retratos más antiguos con los más recientes, nos representábamos tuertos o con tres ojos, pegábamos narices a nuestras orejas, hablábamos o callábamos con la oreja derecha, y juntábamos la frente con la barbilla. Y esto lo hacíamos no sólo cada uno con sus propias fotos, sino que Klepp escogía algunos detalles de las mías y yo tomaba a mi vez algo característico de las suyas, logrando por medio de estos montajes crear nuevos individuos que fueran, así lo deseábamos, más felices. De vez en cuando regalábamos una foto.

Habíamos tomado la costumbre —me refiero exclusivamente a Klepp y a mi dejando a un lado a los personajes montados— de regalar al camarero de la cervecería, al que llamábamos Rudi, una foto en cada visita, lo que significa por lo menos una por semana. Rudi, que era un tipo que merecía tener doce hijos y ocho más en tutela, sabía de nuestra pena y poseía ya docenas de fotos nuestras de perfil y otras tantas de frente, a pesar de lo cual ponía siempre una cara llena de simpatía y nos daba las gracias cada vez que, después de larga deliberación y de una selección meticulosa, le entregábamos las fotos.

A la señorita de la barra y a la muchacha pelirroja que llevaba la tabaquería sobre la barriga Óscar nunca les regaló una foto, porque a las mujeres no habría nunca que regalarles fotos, ya que sólo hacen mal uso de ellas. En cambio Klepp, que a pesar de su gordura no perdía ocasión de lucirse frente a las mujeres y, comunicativo hasta la temeridad, se habría mudado la camisa ante cualquiera de ellas, es seguro que hubo de dar en una ocasión, sin que yo me enterara, una foto suya a la muchacha de los cigarros, ya que acabó prometiéndose con dicha mocosa desdeñosa y casándose un buen día con ella, para así recuperar su foto.

Me he anticipado algo y he dedicado demasiadas palabras a las últimas hojas del álbum de fotos. Estas instantáneas estúpidas que no se lo merecen o, en su caso, sólo a título de comparación destinada a hacer ver la fuerte e inaccesible impresión, la impresión artística que me produce todavía hoy la foto de mi abuelo Koljaiczek de la primera página del álbum.

Bajo y fornido, se le ve de pie al lado de una mesita torneada. Por desgracia no se dejó tomar la foto como incendiario, sino como bombero voluntario Wranka. Le falta, por consiguiente, el bigote. Pero el uniforme bien ceñido, con la medalla de salvamento, y el casco que convierte a la mesita en altar alcanzan casi a compensar el bigote del incendiario. ¡Qué mirada seria, la suya, consciente de toda la miseria de principios de siglo! Esa mirada, en que el orgullo no oculta la inmensa tragedia, parece haber estado de moda durante el Segundo Imperio, ya que la muestra también Gregorio Koljaiczek, el polvorero borracho, que en las fotos da más bien la impresión de estar sobrio. Más mística, por estar tomada en Tschenstochau, la foto que reproduce a Vicente Bronski con un cirio bendito en la mano. Una foto de juventud del endeble Jan Bronski constituye un testimonio de virilidad melancólica obtenido con los medios de la fotografía primitiva.

En las mujeres de aquella época esa mirada de superioridad era más rara. Inclusive mi abuela Ana, que bien sabe Dios que era todo un personaje, se adorna en las fotos anteriores a la primera guerra con una insulsa sonrisa insistente y no deja sospechar absolutamente nada de la capacidad de asilo de sus cuatro faldas superpuestas, ejemplo de discreción.

Y aun durante los años de la guerra siguen sonriéndole al fotógrafo que, con movimientos de bailarina, disparaba con un clic—clic bajo su trapo negro. Tengo, montadas sobre cartón, en tamaño doble del de una tarjeta postal, nada menos que a veintitrés enfermeras del hospital de Silberhammer, entre ellas mamá, agrupadas tímidamente alrededor de un médico mayor que sirve de pivote. Algo más desenvueltas preséntanse estas damas del hospital en la escena figurada de una fiesta de disfraces, en la que participan también soldados convalecientes de sus heridas. Mamá se atreve hasta a guiñar un ojo y hace como que tira un besito en su boca que, a pesar de sus alas de ángel y sus cabellos de estopa, parece decir: También los ángeles tienen sexo. Matzerath, arrodillado ante ella, ha escogido un disfraz que de buena gana habría llevado todos los días de su vida: se le ve de jefe cocinero, blandiendo un cucharón, con un gorro blanco almidonado. De uniforme, en cambio, condecorado con la Cruz de Hierro de segunda clase, también mira de frente, como los Koljaiczek y los Bronski, con la misma mirada trágicamente consciente, y se le ve en todas las fotos superior a las mujeres.

Después de la guerra la cosa cambia. Los hombres tienen todos un aire de reclutas, y ahora son las mujeres las que saben adaptarse al marco, las que tienen motivo para mirar seriamente y que, aun cuando sonríen, no pretenden esconder el empaste del dolor que han aprendido. ¿No logran acaso, ya sea sentadas, de pie o semitendidas, con medias lunas de pelo negro pegadas a las sienes, establecer un nexo conciliador entre la Madona y la venalidad?

La foto de mamá a los veintitrés años —hubo de haber sido tomada poco antes de su embarazo— muestra a una señora joven, la cabeza redonda y bien hecha, ligeramente inclinada sobre un cuello carnoso bien torneado, que mira directamente a los ojos del que contempla la imagen y transfigura los contornos puramente sensuales mediante la aludida sonrisa melancólica y un par de ojos que parecen acostumbrados a considerar las almas de sus semejantes, y aun la suya propia, más en gris que en azul y a la manera de un objeto sólido, digamos como una taza de café o una boquilla. Sin embargo, la mirada de mamá no encajaría con la palabra «espiritual» si se me antoja adjuntársela a guisa de adjetivo calificativo.

No más interesantes, sin duda, pero sí más fáciles de juzgar y por consiguiente más ilustrativas resultan las fotos de grupos de aquella época. Sorprende ver cuánto más bellos y nupciales eran los vestidos de novia al tiempo de firmarse el tratado de Rapallo. En su foto de casamiento, Matzerath lleva todavía cuello duro. Está bien, elegante, casi intelectual. Con el pie derecho un poco adelantado trata tal vez de parecerse a algún actor de cine de aquellos días, tal vez a Harry Liedtke. En dicho tiempo las faldas se llevaban cortas. El vestido de novia de la novia, mamá, un vestido blanco plisado en mil pliegues, apenas le llega debajo de la rodilla y permite apreciar sus piernas bien torneadas y sus lindos piececitos bailadores en zapatos blancos con hebilla. Entre los concurrentes vestidos a la manera de la ciudad y los que se dedican a posar siguen siempre destacando, por su rigidez provinciana y por esa falta de aplomo que inspira confianza, mi abuela Ana y su bienaventurado hermano Vicente. Jan Bronski, que desciende al igual que mamá del mismo campo de patatas que su tía Ana y que su devoto padre, logra disimular tras la elegancia dominguera de un secretario del Correo polaco su origen rural cachuba. Por pequeño y precario que pueda parecer entre los que rebosan salud y los que ocupan mucho lugar, sus ojos poco comunes y la regularidad casi femenina de sus facciones constituyen, aun cuando esté a un lado, el centro de toda la foto.

Hace ya un rato que estoy contemplando un grupo tomado poco después del casamiento. Necesito recurrir a mi tambor para tratar de evocar con mis palillos, ante el rectángulo mate y descolorido, el trío identificable sobre el cartón.

La ocasión de esta foto hubo de ofrecerse en la esquina de la calle de Magdeburg con el Heeresanger, junto al Hogar de los Estudiantes Polacos, o sea en la casa de los Bronski, porque muestra el fondo de un balcón en pleno sol, medio emparrado por una trepadora, tal como sólo los solían ostentar las casas del barrio polaco. Mamá está sentada, en tanto que Matzerath y Jan Bronski están de pie. Pero, ¿cómo está sentada, y cómo están los otros de pie? Por algún tiempo fui lo bastante tonto como para querer medir, con la ayuda de un compás escolar que Bruno hubo de comprarme, y con regla y escuadra, la constelación de dicho triunvirato: ya que mamá bien valía por un hombre. Ángulo de inclinación del cuello, un triángulo escaleno; procedí a translaciones paralelas, a equivalencias forzadas, a curvas que se cortaban significativamente más allá, o sea en el follaje de la trepadora, y daban un punto; porque yo buscaba un punto, creía en un punto y necesitaba un punto: punto de referencia, punto de partida, suponiendo que no se tratara de un punto de vista.

De estas mediciones de aficionado sólo resultaron unos agujeritos minúsculos pero no menos molestos que hice con la punta de mi compás en los lugares más importantes de la valiosa foto. ¿Qué tenía, pues, de particular la copia? ¿Qué es lo que me hacía buscar y aun encontrar en este rectángulo relaciones matemáticas y, lo que es más ridículo, cósmicas? Tres seres: una mujer sentada y dos hombres de pie. Ella, morena, con su permanente al agua; el pelo de Matzerath, rubio crespo, y el dejan, pegado, peinado hacia atrás, castaño. Los tres sonríen: Matzerath más que Jan Bronski, mostrando ambos sus dientes superiores, entre los dos cinco veces más que mamá, que sólo ostenta un trazo de sonrisa en la comisura de los labios y ninguna en absoluto en los ojos. Matzerath posa su mano izquierda sobre el hombro derecho de mamá, en tanto que Jan se limita a apoyar ligeramente su mano derecha en el respaldo. Ella, con las rodillas inclinadas hacia su derecha, pero por lo demás de frente, de las caderas para arriba, tiene en sus manos un cuaderno que por algún tiempo tomé por uno de los álbumes de sellos de Bronski, luego por una revista de modas y, finalmente, por una colección de cromitos de las cajetillas de cigarrillos con las fotos de los actores de cine. Las manos de mamá hacen como si se dispusieran a hojear el cuaderno tan pronto como se haya impresionado la placa y tomado la foto. Los tres parecen felices y como tolerantes el uno respecto del otro en materia de aquella clase de sorpresas que sólo se producen cuando uno de los miembros del pacto tripartido anda con secretos o los oculta desde el principio. Con la cuarta persona, o sea con la esposa dejan, Eduvigis Bronski, antes Lemke, que posiblemente en aquella época estaba ya encinta del futuro Esteban, sólo guardan relación en cuanto ésta tiene por misión enfocar el aparato fotográfico hacia los otros tres y hacia la felicidad de estos otros tres seres, a fin de que esta triple felicidad se deje preservar por lo menos mediante la técnica de la fotografía.

He despegado asimismo otros rectángulos del álbum para compararlos con éste. Vistas en las que se puede identificar a mamá con Matzerath o con Bronski. En ninguna de ellas resulta lo irrevocable, la última solución posible, tan clara como en la foto del balcón. Jan y mamá en una misma placa: esto huele a tragedia, a aventura y a extravagancia que lleva a la saciedad, saciedad que lleva consigo la extravagancia. Matzerath al lado de mamá: aquí destila un amor de fin de semana; aquí campean las chuletas a la vienesa, las riñas antes de la cena y los bostezos después; aquí, para dar al matrimonio un fondo espiritual, hay que contarse chistes o evocar la declaración de impuestos antes de irse a la cama. De todos modos, prefiero este aburrimiento fotografiado a la ominosa instantánea de algunos años más tarde, que muestra a mamá sobre las rodillas dejan Bronski en el escenario del bosque de Oliva, cerca de Freudental. Porque esta obscenidad —Jan introduce su mano bajo el vestido de mamá— no hace más que captar la ciega pasión furiosa de la desgraciada pareja, adúltera desde el primer día del matrimonio Matzerath, a la que aquí, según supongo, el propio Matzerath sirve de fotógrafo complaciente. Nada se percibe ya de aquella serenidad del balcón, de aquellas actitudes cautelosamente cómplices, que probablemente sólo se daban cuando los dos hombres se ponían al lado o detrás de mamá, o estaban tendidos a sus pies, como en la playa del establecimiento de baños de Heubude: véase la foto.

Hay aquí otro rectángulo que muestra, formando un triángulo, a los tres personajes más importantes de mis primeros años. Aunque no tan concentrado como la imagen del balcón, irradia de todos modos aquella paz tensa que probablemente sólo puede establecerse y posiblemente firmarse entre tres personas. Por mucho que se pueda criticar la técnica triangular tan apreciada en el teatro, ¿qué pueden hacer dos personas solas en el escenario sino discutir hasta el hastío o bien pensar secretamente en el tercero? En mi pequeña foto están los tres. Están jugando al skat. Esto quiere decir que tienen los naipes cual abanicos bien dispuestos en las manos, pero no miran a sus triunfos como si estuvieran jugando, sino al aparato fotográfico. La mano dejan, excepto por el índice algo levantado, reposa plana al lado de un montón de monedas; Matzerath clava las uñas en el paño, y mamá se permite, según me parece, una bromita: en efecto, ha sacado una carta y la presenta al objetivo del aparato, pero sin mostrarla a los otros dos jugadores.

¡Con qué facilidad, mediante un simple gesto, mediante la mera exhibición de la dama de corazones, puede evocarse un símbolo discreto! Porque, ¿quién no juraría por la dama de corazones?

El skat —que, como es sabido, sólo se puede jugar entre tres— era para mamá y los dos señores no sólo el juego más adecuado, sino también su refugio, el puerto al que volvían siempre que la vida quería llevarlos, en esta o aquella combinación de dos, a jugar a juegos insulsos como el sesenta y seis o el tres en raya.

Baste ya de los tres que me trajeron al mundo, aunque no les faltara nada. Antes de llegar a mi persona, una palabra a propósito de Greta Scheffler, la amiga de mamá, y de su esposo el panadero alejandro Scheffler. Calvo él, ella riendo con una dentadura de caballo compuesta por una buena mitad de dientes de oro. Él, corto de piernas, sin alcanzar la alfombra cuando estaba sentado; ella, en vestidos de punto tejidos por ella misma con infinidad de motivos ornamentales. Más adelante, otras fotos de los dos Schef fler, en sillas extensibles o ante los botes de salvamento del transatlántico Wilhelm Gustloff o sobre la cubierta de paseo del Tannenberg, del servicio marítimo prusiano—oriental. Año tras año hacían viajes y traían recuerdos intactos de Pillau, de Noruega, de las Azores, de Italia, a su casa del Kleinhammerweg, donde él cocía panecillos y ella adornaba fundas de cojín con puntos de diente de ratón. Cuando no hablaba, Alejandro Scheffler se humedecía infatigablemente el labio superior con la lengua, lo que el amigo de Matzerath, el verdulero Greff, que vivía del otro lado de la calle casi frente a nosotros, le criticaba como una falta indecente de gusto.

Aunque Greff fuera casado, era sin embargo más jefe de exploradores que esposo. Una foto lo muestra fornido, seco y sano, en uniforme de pantalón corto, con los cordoncillos de jefe y el sombrero de los exploradores. A su lado se encuentra un muchacho rubio de unos trece años, de ojos tal vez demasiado grandes, al que Greff pone la mano sobre la espalda apretándolo contra sí en señal de afecto. Al joven no lo conocía, pero a Greff lo había de conocer y comprender más adelante a través de su esposa Lina.

Me pierdo aquí entre instantáneas de viajeros de la organización La Fuerza por la Alegría y testimonios de un delicado erotismo explorador. Salto rápidamente algunas hojas para llegar a mi primera reproducción fotográfica.

Era yo un bello bebé. La foto fue tomada la Pascua de Pentecostés del año veintiocho. Contaba entonces ocho meses, dos menos que Esteban Bronski, que figura en el mismo tamaño en la página siguiente e irradia una vulgaridad indescriptible. La tarjeta postal, impresa probablemente en cierto número de ejemplares para uso de la familia, presenta un borde ondulado, recortado con arte, y tiene rayas en la parte posterior. El medallón fotográfico muestra sobre el rectángulo apaisado un huevo excesivamente simétrico. Desnudo y representando la yema, me encuentro tendido boca abajo sobre una piel blanca que algún oso polar hubo de legar a un fotógrafo europeo—oriental especializado en fotos de niños. Lo mismo que para tantas otras fotos de la época, también se escogió para mi primer retrato aquel tono pardo cálido inconfundible, que por mi parte llamaría humano, en oposición a las copias en blanco y negro inhumanamente brillantes de nuestros días. Una fronda mate borrosa, probablemente pintada, forma el fondo que sólo aclaran contadas manchas luminosas. En tanto que mi cuerpo liso, sano, reposa en posición plana y ligeramente diagonal sobre la piel y deja que se refleje en él la patria polar del oso, levanto muy alto, con gran esfuerzo, una cabeza preferentemente redonda, y miro al contemplador eventual de mi desnudez con ojos brillantes.

Se dirá: una foto como todas las fotos de niños. Pero, háganme ustedes el favor de mirar las manos, y tendrán que convenir en que mi retrato más precoz se distingue marcadamente de las innúmeras obras de arte de muchos otros álbumes que muestran siempre la misma monada. A mí se me ve con los puños cerrados. Nada de dedos en salchicha jugando olvidados, con un impulso todavía vagamente prensor, con los mechones de la piel. Mis pequeños puños, por el contrario, se concentran seriamente a ambos lados de mi cabeza, a punto siempre de dejarse caer y de dar el tono. ¿Qué tono? ¡El del tambor!

Todavía no está, puesto que sólo me lo prometieron, bajo la lámpara, para mi tercer aniversario; pero no le había de resultar nada difícil a un montador experto de fotos introducir el cliché correspondiente, o sea el cliché reducido de un tambor de niño, sin necesidad de hacer el menor retoque a la posición de mi cuerpo. No habría más que quitar, eso sí, la absurda piel del animal, de la que no hago el menor caso. Constituye en efecto un cuerpo extraño en esta composición por lo demás feliz, a la que se puso por tema aquella edad sagaz, vidente, en la que quieren salir los primeros dientes de leche.

Más tarde ya no volvieron a ponerme sobre pieles de oso. Tendría un año y medio cuando, en un cochecito de ruedas altas, me empujaron ante una empalizada cuyas puntas y travesanos destacan a tal grado sobre el fondo de una capa de nieve, que he de suponer que la foto fue hecha en enero del veintiséis. La manera tosca de la empalizada, que parece desprender un olor de madera alquitranada, se asocia en mí, si me detengo a contemplarla, al suburbio Hochstriess, cuyos vastos cuarteles albergaran primero a los húsares de Mackensen y, en mi tiempo, a la policía del Estado libre. Comoquiera, sin embargo, que no recuerdo a nadie que viviera en dicho suburbio, es probable que la foto la tomarían en ocasión de una visita única de mis padres a gente que luego ya no volveríamos a ver más o sólo muy raramente.

A pesar del frío, mamá y Matzerath, que tienen el cochecito entre los dos, no llevan abrigo. Antes bien, mamá exhibe una blusa rusa cuyos ornamentos bordados se adaptan al paisaje invernal dando la impresión de que en el corazón de Rusia se está tomando una foto de la familia del zar; Rasputín está a cargo del aparato, yo soy el zarevich, y tras la empalizada se agazapan mencheviques y bolcheviques que se entretienen haciendo bombas de mano con el propósito de acabar con la familia autocrática. El aire pequeño—burgués, muy centroeuropeo, de Matzerath, grávido (según oportunamente se verá) de futuro, quiebra la aspereza violenta del ambiente lóbrego que dormita en dicha foto. Estábamos probablemente en el apacible Hochstriess, dejamos por un momento la casa de nuestro anfitrión, sin ponernos los abrigos, nos dejamos tomar una foto por el señor de la casa, con el pequeño Óscar hecho una monada en medio, para luego volver al interior caldeado y pasar, con café, pastel y nata batida, un rato agradable.

Hay todavía una buena docena más de instantáneas del pequeño Óscar: de un año, de dos años, de dos años y medio; tendido, sentado, gateando y andando. Las fotos son todas ellas más o menos buenas y forman en conjunto los preliminares de aquel retrato de cuerpo entero que se me había de hacer el día de mi tercer aniversario.

Aquí sí lo tengo ya, el tambor. Nuevecito, con sus triángulos pintados en rojo y blanco, pegado a la barriga. Yo, plenamente consciente y con expresión decidida, cruzo los palillos de madera sobre la superficie de hojalata. Llevo un suéter rayado y zapatos de charol. El pelo tieso, como un cepillo ávido de dar lustre; en cada uno de mis ojos azules se refleja una voluntad de poder que se las sabía arreglar sola. Logré entonces una actitud que no tenía motivo alguno de abandonar; dije, resolví y me decidí a no ser político en ningún caso y, mucho menos todavía, negociante en ultramarinos, sino a poner un punto y a quedarme tal cual era: así me quedé, con la misma talla y el mismo equipo durante muchos años.

Gente menuda y gente grande, el pequeño y el gran Belt, el pequeño y el grande ABC, Pipino el Breve y Carlomagno, David y Goliat, Gulliver y los Enanos; yo me planté en mis tres años, en la talla de Gnomo y de Pulgarcito, negándome a crecer más, para verme libre de distinciones como las del pequeño y el gran catecismo, para no verme entregado al llegar a un metro setenta y dos, en calidad de lo que llaman adulto, a un hombre que al af etitarse ante el espejo se decía mi padre y tener que dedicarme a un negocio que, conforme al deseo de Matzerath, le había de abrir a Óscar, al cumplir veintiún años, el mundo de los adultos. Para no tener que habérmelas con ningún género de caja registradora ruidosa, me aferré a mi tambor y, a partir de mi tercer aniversario, ya no crecí ni un dedo más; me quedé en los tres años, pero también con una triple sabiduría; superado en la talla por todos los adultos, pero tan superior a ellos; sin querer medir mi sombra con la de ellos, pero interior y exteriormente ya cabal, en tanto que ellos, aun en la edad avanzada, van chocheando a propósito de su desarrollo; comprendiendo ya lo que los otros sólo logran con la experiencia y a menudo con sobradas penas; sin necesitar cambiar año tras año de zapatos y pantalón para demostrar que algo crecía.

Con todo —y aquí Óscar ha de confesar algún desarrollo—, algo crecía, no siempre por mi bien, y acabó por adquirir proporciones mesiánicas. Pero ¿qué adulto, entonces, poseía la mirada y el oído a la altura de Óscar, el tocador de tambor, que se mantenía a perpetuidad en sus tres años?
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