Tradicionalmente se ha pensado que la psicología maneja conceptos precisos, cuando en realidad sucede todo lo contrario. La psicología, al igual que muchas






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fecha de publicación14.03.2016
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Psicología de lo borroso

Juan Soto Ramírez, UAM--I

Tradicionalmente se ha pensado que la psicología maneja conceptos precisos, cuando en realidad sucede todo lo contrario. La psicología, al igual que muchas otras disciplinas, es una ciencia de lo fragmentario en tanto que sus hallazgos sólo van configurando pedazos de verdad que duran sólo por un tiempo y luego se desvanecen.

La cantidad de presupuestos que hay en ella es innumerable, pero eso sucede en muchos otros sistemas de pensamiento. Sin embargo, son dos los presupuestos que guían la construcción del conocimiento psicológico: uno, el que sostiene que todo comportamiento se puede pre- decir o inferir a partir de un conjunto de premisas; y dos, aquel que sostiene que todo comportamiento es susceptible de ser interpretado, es decir, que todo comportamiento lleva dentro, por así decirlo, un mensaje oculto. No obstante, ninguno de estos dos es verdadero al ciento por ciento.

Según la lógica A implica sólo B, y jamás se profundiza sobre la multiplicidad de posibilidades que puede implicar A. Esto porque los escenarios disponibles de experiencia en torno de A sólo desembocan en B y nunca en medianamente B o medianamente C.

La psicología hace a un lado los alternativos que puede implicar A. Pensando linealmente, se puede afirmar que se llora de alegría o de tristeza, pero no de las dos cosas al mismo tiempo (lo cual es posible en la realidad). Se puede llorar sin estar triste o alegre al ciento por ciento porque existen sentimientos enrarecidos como la nostalgia o la melancolía. Se puede amar y odiar al mismo tiempo porque existen los celos. Se puede reír de alegría, nervios, simpatía, burla, etcétera, sin que esto quiera decir que B se encuentre determinado por un solo A o que A desemboque en un solo B, pero a la psicología, desafortunadamente, le gusta conducirse de esa manera: esperando que cada comportamiento pueda predecirse o inferirse a partir de un sistema lógico de premisas.

El conocimiento psicológico se ha construido sobre una base en la que lo imprevisible no existe y se le ahuyenta con unidades de medida tendentes a ganar precisión. Y, en efecto, se gana precisión en términos estadísticos, pero no en el plano de lo real. Un comportamiento siempre es imprevisible, aleatorio en sí mismo, y por tanto inmanejable situacionalmente.

Esta psicología ha excluido de su sistema de pensamiento lo desdeñable, lo infinitesimalmente pequeño como para considerarlo dentro del sistema lógico de premisas. Se ha logrado analizar situaciones breves espaciotemporalmente, pero que fuera del ámbito científico significan absolutamente nada.

Así como todo comportamiento es imprevisible, también es ininterpretable como totalidad. Del comportamiento se han analizado sólo fragmentos y no la totalidad. Algunos se han centrado en el análisis del lenguaje o en análisis del mundo de los sueños, otros en el análisis del mundo de las fantasías, y así sucesivamente, pero nadie admite que la psicología es un cuento de nunca acabar. Baste poner los ojos en cualquier ínfimo detalle del comportamiento para suponer que todo lo que venga de éste es interpretable.

El comportamiento no es intencional al ciento por ciento. Sin embargo, existen comunidades de psicólogos ingenuos, tanto en un bando como en otro, que siguen creyendo en ese mundo de presupuestos con el que se conducen. Esto, más que favorecer una actitud científica que aliente la construcción del conocimiento psicológico, hace que la psicología se convierta en cosa de fe. Basta seleccionar la corriente o especialización de su preferencia para tragarse los dogmas que habrá de practicar.

La psicología de lo borroso comienza donde las pulcras psicologías no pueden predecir ni interpretar, donde el reino de la precisión estadística llega a su catastrófica terminación, donde las perspectivas deterministas se quiebran en el mundo de las metáforas, donde los organigramas secuenciales no dan más que risa; en fin, donde la vida cotidiana proporciona los suficientes reveses a los investigadores para hacerles ver que estaban equivocados.

Nuestra borrosa y deficiente percepción
Independientemente de que en la lengua existan cuatro clases de células receptoras que ayudan a distinguir los sabores, que tres clases de células en la retina sensibles a una longitud de onda diferente de la luz sean las que permitan reconocer colores, que el sistema olfativo esté compuesto por seis o siete clases de receptores, etcétera, cuando percibimos no olemos, tocamos, saboreamos, escuchamos ni degustamos por separado, sino que simplemente sucede todo a la vez. Más aún, tenemos la posibilidad de percibir objetos borrosos: entre el rojo y el amarillo aparece el naranja; entre lo agrio y lo dulce, lo agridulce; entre lo duro y lo suave, lo terso, y así sucesivamente. Sin embargo, el dilema no termina ahí, porque también estamos en posibilidad de distinguir entre un rojo suave ­amable y sonriente­ y uno chillante ­agresivo y pasional­. Ello porque los procesos de percepción no se encuentran restringidos a la actividad celular, aunque quienes se dedican a la investigación en neurobiología cognitiva terminan por olvidarlo.
La percepción, por antonomasia, siempre es social, de otra manera las longitudes de onda no tendrían nombres de colores ni lo compuesto por glucosa podría ser llamado dulce. La percepción es social en tanto que alcanza a constituirse como una forma de conocer el mundo, de experimentarlo, pero no a nivel biológico. El problema de la percepción se agudiza aún más cuando uno se da cuenta de que existen los olores frescos, agresivos, suaves, etcétera, de tal suerte que se vea caracterizada por los efectos cinestésicos de la complejidad social.
Al no poder ubicar perfectamente todos y cada uno de los fenómenos de la percepción se tiene que recurrir a las metáforas para describirlos. La percepción se convierte en un dilema de lenguaje y no de tecnicismos provenientes de la biología o la psicofisiología. Cuando a un olor se le describe con las cualidades de los sabores (dulce, agrio, amargo, etcétera), ocurre que la percepción comienza a ser borrosa, porque con las propiedades de un conjunto se explica a los elementos de otro muy distinto. Es decir, los sentidos se mezclan. Se toman las propiedades de uno (gusto), para describir al otro (olfato). Y mientras todo eso sucede, los estudios en neurobiología cognitiva siguen empecinándose en suponer que la percepción, mediante los sentidos, puede seguirse ubicando a través de vectores que son resultado de frecuencias ondulatorias, longitudes de onda, etcétera.
La percepción está fuera de los sentidos. La percepción no está ligada exclusivamente a los sentidos tampoco (gusto, oído, tacto, olfato y vista), sobre todo porque existe el equilibrio: lo que otorga unicidad a cada experiencia vivida. De otra manera la percepción no podría ser selectiva: lo que es relevante para unos es irrelevante para otros, de tal suerte que mientras el poeta observa en un atardecer la epopeya delirante que anuncia el final de un gran romance, el astrónomo podría volverse sensible a las emisiones de rayos ultravioleta, y así sucesivamente. Un pedazo de pan puede ser una cosa totalmente diferente para el biólogo que para el pintor, sin que el pan tenga propiedades distintas: lo que para uno es evidente, para el otro no lo es. La percepción, por naturaleza, también es engañosa y se amolda, más que a nuestras necesidades, a nuestra conveniencia: de manera continua nos engañamos percibiendo lo que queremos percibir.
Cuando decimos rojo y pensamos en un color, no todos imaginamos la misma longitud de onda, pero entendemos a qué nos referimos. De igual modo, no sabemos si resulta agradable o desagradable para quien lo imaginó, ni mucho menos lo que despierta en cada uno de nosotros, pero seguimos entendiendo a qué nos referimos. Todo porque cada percepción está orientada hacia algún punto en el espacio, y al no poder rescatar todas y cada una de las características del objeto percibido, sino sólo una parte, se vuelve borrosa y, en consecuencia, deficiente. Si no he sido claro, trate de definir el sabor de boca que le dejó esta breve información.
Ambientes borrosos
Entre el amor y el odio están los celos; entre la alegría y la tristeza, la nostalgia y la melancolía; entre la libertad y la esclavitud, la rebelión; entre la democracia y la dictadura, las dictablandas o las democraduras. Entre dos polos opuestos hallaremos, por lo regular, puntos intermedios. Sin embargo, no siempre tienen nombre, pues a veces el lenguaje se muestra carente de precisión para definirlos. Existen puntos intermedios que carecen de un buen término que los defina: tenso-distenso, sobriedad-ebriedad, fortuna-desventura; pero debe quedar claro que la cuestión no es sólo de nombres o terminología especializada, sino de borrosidades e imprecisiones.
Un objeto borroso puede ser cualquier cosa (situación, palabra, forma, imagen, etc.) que no termina por definirse para ser reconocible. La borrosidad es la propiedad por antonomasia que poseen todos los objetos borrosos. Y aunque eso suene impreciso, se debe a que, de igual forma, para definir la borrosidad carecemos de términos precisos. Así, los celos, la nostalgia, la melancolía, la rebelión son objetos borrosos en tanto que poseen elementos, características o propiedades de los polos entre los que se encuentran.
Cuando uno siente celos (independientemente de que pueda experimentar su composición triádica: duda, sospecha e incertidumbre), se vuelve sensible a una situación borrosa en la que el amor y el odio se encuentran, más que imbricados, mezclados, como lo están las fresas, la leche y el azúcar en un licuado. Pero los ambientes borrosos no son así. Un ambiente se encuentra definido por variables espaciales y temporales debido a que dentro de él caben situaciones, palabras, imágenes, sentimientos, personas, etc., pero como no duran para toda la vida (a pesar de que en ellos quepa una vida entera), sólo caben por un tiempo.
Uno puede reconocer las diferencias entre un ambiente relajado y otro tenso, pero también puede hablar con frescura de los ambientes enrarecidos que sólo dejan un sentimiento de ambigüedad cuando se atraviesa por ellos. Así como existen ambientes tristes y alegres, hay otros que no lo son, ni tampoco ligeros o graves, tensos o relajados, sino las dos o más cosas a la vez.

Los ambientes borrosos son aquellos que no terminan por definirse a través de la polarización de lo real, pero pueden ser experimentados en la medida en que dentro de ellos quedan aquellas sensaciones, percepciones o pensamientos que son difusos. Uno está acostumbrado a ponerle nombres a las cosas, las relaciones, los pensamientos, los lugares, para poder manejarlos, medirlos, quererlos, romperlos o tirarlos.
De esa manera, lo que carece de nombre no puede tener cualidades, o si las tiene son borrosas y se pueden verificar en frases tan complejas como la siguiente: ``Es un no sé qué, que no sé cómo'', que dice y no dice al mismo tiempo. La duda, por ejemplo, es una propiedad borrosa de una situación borrosa, que a la vez atrapa sentimientos borrosos de sospecha e incertidumbre de una víctima atormentada por no tener los elementos suficientes para determinar si lo que piensa es lo que le pasa.
El ambiente borroso es el recubrimiento de la situación, pero siempre está hecho de sentimientos imprecisos, en tanto que quien atraviesa por él no puede definir con precisión sus estados de ánimo. De ahí que tenga que recurrir a términos igual de ambiguos para tratar de definir lo que le pasa. Los ambientes borrosos son raros por excelencia y nunca se les puede definir mediante el lenguaje, pero tampoco por medio de las imágenes. Y los ambientes borrosos se encuentran como capas artificiales de realidad entre dos polos más o menos identificables: el romance y la ruptura, el cumpleaños y el no cumpleaños, la Navidad y lo que no lo es, el 10 de mayo y el 2 de octubre, el enmascaramiento y el desenmascaramiento (pasando desde las relaciones afectivas hasta la lucha libre), la comodidad y la incomodidad, lo ligero y lo pesado.
No es fortuito que existan ambientes de fiesta y que se acaben con el propio festejo: todo porque están entre lo que se festeja y lo que no, y para ello se puede pensar en lo que los antecede o antecedió para que uno se pueda hacer una idea más o menos precisa de lo que es un ambiente borroso.
Ciudades borrosas
Lo reconozcamos o no, un espacio urbano y cotidiano es un espacio complejo, por ello puede mirársele de distintas maneras. A diferencia de un círculo, cuyo centro puede ser visto desde 360 ángulos diferentes aproximadamente, las distintas formas de mirar la ciudad no pueden cuantificarse. Sería incalculable, no contaríamos con un número preciso porque los fenómenos sociales presentan infinidad de interacciones que es difícil determinar. La complejidad de la urbe está en su vida cotidiana, por lo que las ciudades borrosas están caracterizadas por dos aspectos básicos para su análisis: 1) los ciudadanos se han transformado en observadores en el espacio que pensaban propio; y 2) el tiempo se ha disuelto en el espacio.
Los puntos que servían como referentes para el tránsito y el encuentro se han modificado. El arriba, abajo, delante, detrás, izquierda y derecha se han vuelto móviles. Por ello en una ciudad borrosa la gente requiere de mayor información para establecer un punto de encuentro, ya no le basta con decir "nos vemos en la estación del Metro X"; "en el café Y" o "en el hotel Z", sino que debe precisar si debe ser adentro o afuera, abajo del reloj, hasta adelante, en los torniquetes o más aún, en la sala de espera o en la habitación 201. Algunos, los más ingenuos, atribuyen este tipo de fenómenos a una suerte de neurosis citadina que no sería algo más que la pérdida paulatina de referentes.
Al crecer, las ciudades se dilatan, como las pelotas que se exponen al Sol y entonces sus referentes fijos se mueven. Lo que se conocía como centro se ha multiplicado y lo que se conocía como periferia se ha desdibujado, haciendo de la ciudad un espacio poli céntrico y multi periférico, o sea borroso. Para el caso de nuestra ciudad, Alameda ya no designa un terreno poblado de álamos o un paseo con árboles, sino tres alamedas que sirven como tres centros en una misma ciudad: la central, que es la que más o menos todos imaginamos o conocemos, y sus dos hermanitas localizadas al sur y al oriente. El Periférico, que todavía hasta hace algunos años le servía de borde a la ciudad, ha sido tragado por ésta, por lo que su nombre es más simbólico que real. Lo curioso es que en algunas partes la atraviesa y en otras la rodea. Lo cual quiere decir que la ciudad se ha desparramado de manera dispareja, ese crecimiento del que todos hablan, pero nadie imagina, ha sido desproporcionado.
Esto hace pensar que para entender lo complejo de las ciudades, incluida su borrosidad, hace falta una perspectiva de altos contrastes que permita comprender el nacimiento de la ciudad como producto de la concentración de la sociedad en el tiempo y en el espacio. Es la concentración y no la proliferación lo que define las ciudades contemporáneas ya que, gracias a la primera, en el espacio urbano todo se ha amontonado. La noción de alto contraste, utilizada para el análisis del espacio urbano, cuenta con mayor potencialidad que la de no lugar, tan de moda entre los urbanistas quienes insisten en buscar en lo evidente, la fascinación. Los no lugares, más que ser marcos físicos, llamados pedantemente espacios de circulación, son lugar sin sentimiento o sentimiento sin lugar, desterritorialización pura o pura desterritorialización. Y tal vez los no lugares sean novedosos y llamativos para quienes no se habían dado cuenta que la afectividad siempre es lo que llena el espacio, que cada espacio cuenta con un cúmulo de afectividad que lo hace agradable, tosco, melancólico o tenebroso. Los llamados no lugares sólo lo son para quienes no están familiarizados con ellos y también para aquellos investigadores que han encontrado un nuevo campo de trabajo para obtener financiamientos.
El crecimiento demográfico, al menos espacialmente, obliga que las urbes se vuelvan borrosas, porque requieren diversos centros de la acción o límites convencionalmente imaginarios que impidan a los referentes para el tránsito y el encuentro, diluirse en la ficción. El volumen de la ciudad, provocado por la concentración, ha generado volúmenes y volúmenes de guías de uso rápido para encontrar personas, establecimientos, calles y avenidas. Por lo cual, la ciudad también se ha vuelto una situación incómoda por el amontonamiento. Lo cierto es que nuestra ciudad se ha vuelto más borrosa porque ha ganado complejidad, porque sus rasgos más distintivos permanecen ocultos, porque mientras más se habla de ciudad se entiende menos de ella. La ciudad es borrosa por naturaleza, porque se presenta como algo extraño a los ojos de sus habitantes familiares. Seguir pensando que el denominado pensamiento borroso no tiene aplicaciones implica no entender que a la ciudad no se le puede tocar sino sólo narrar, como a muchas cosas que están hechas de colectividad. Que la ciudad es un sentimiento, pero con tradición porque algún día se fundó en un tiempo y un espacio.

Inestabilidad y perturbación son cosas de risa

 

Una fluctuación es lo que hace que una cosa sea diferente a como era antes o, simplemente, una forma dulce y elegante de terminar con el equilibrio por medio del desplazamiento, gracias al cual el sistema o las cosas pierden los límites que les pertenecían anteriormente. La risa es el sonido que se desprende cuando uno ríe. La risotada es algo más ruidoso. Una sonrisa, sin embargo, es un gesto sin sonido, encierra una suerte de misticismo, como todo objeto silencioso. La carcajada es una variación de la risotada debida a las fluctuaciones en el ímpetu de reír y la risa; como no tiene sonido (si acaso el susurro, que es algo así como la unidad mínima del sonido o lo que se puede escuchar), es el gesto más primitivo de estos, en tanto que carece de intensidad. Pero así como podemos afirmar que entre sonrisa, risa, risotada y carcajada hay ligeras fluctuaciones que permiten diferenciarlas, también estamos en la posibilidad de reconocer que existe diferencia entre las sonrisas sinceras (esas que iluminan toda la cara) y de resignación (que la ensombrecen) o las hipócritas (como las que uno tiene que soltar cuando ve a alguien desagradable), etcétera.
Las fluctuaciones, cuando se hacen evidentes a la mirada, parecen seguir por dos caminos: el primero es el de las inestabilidades (la ruptura del equilibrio). Para una mirada macroscópica (pasando desde alguna versión de la física hasta la sociología o la demografía), las fluctuaciones no serían más que despreciables correlaciones porque el sistema es concebido lo suficientemente grande como para prestar atención a mínimos cambios que, inevitablemente, pueden desencadenar la inestabilidad. Las fluctuaciones determinan la rama, por así decirlo, que seguirá el sistema y, obvio está, producen modificaciones en las medidas de tendencia central.
Ahora bien, si la precisión de todas esas técnicas de investigación (que se empeñan en construir, perfeccionar y validar instrumentos de medición) está dada por su sensibilidad a las variaciones, podemos afirmar que dichas técnicas son imprecisas, no se diga las disciplinas que recurren a ellas. Con esa perspectiva, siempre se piensa un sistema lo suficientemente grande que no da cuenta de las variaciones microscópicas (aquí encontramos el caso de la divertida psicología social, la engañosa psicología experimental y las aberrantes psicologías industrial y clínica, sólo por mencionar algunos casos). Para una mirada microscópica, la realidad es otra.
El segundo camino es el de las perturbaciones, es decir, el caso de una fluctuación que deviene macroscópica. Es tan sólo un ligero cambio de temperatura lo que convierte una gota de agua en cristal de hielo, así como es una sola sonrisa la que atrapa la mirada o desencadena el enamoramiento. Ambos casos son magníficos ejemplos para ilustrar las perturbaciones.
Cada sistema cuenta con poblaciones fluctuantes de eventos, a pesar de que sean estructuralmente estables. De ahí que sea bastante molesto seguir pensando en una morfología afable que no admita que las débiles perturbaciones producen variaciones muy grandes en los efectos. Es la sonrisa la que desencadena la alegría y no la alegría lo que nos lleva a sonreír, pero si uno no está de humor para entenderlo así, sería recomendable que leyera artículos más serios que el presente.
Límites imprecisos y bordes gráficos




Considerar que las situaciones, los cuerpos de conocimientos, las relaciones afectivas, los estados de ánimo, las emociones, los ambientes, etc., no tienen límite, es tan falso como hacer lo contrario. Sin importar la postura que se tome, se llegará a la determinación de que cualquier punto de vista contaría con los argumentos suficientes para sobreponerse a otro, pero el problema no comienza ni termina ahí. Si tratásemos de encontrar el límite entre el amor y el odio (muy aparte de darnos cuenta que así como podemos amar a una persona también la podemos odiar, incluso al mismo tiempo), llegado el punto sería imposible afirmar dónde comienza uno y dónde termina otro.
Un conjunto, por ejemplo, representado gráficamente, termina en sus bordes (piense en una ruedita sobre una hoja de papel). Pero no sólo eso sino que se define por dos condiciones de lugar: el afuera y el adentro, aunque no tenga puertas, ventanas o balcones. Todos los elementos que le pertenecen están dentro. Lo que no, queda fuera del conjunto. Falsamente se supone que llegar al borde del conjunto es llegar al límite.
Si el conjunto A está compuesto por todos los números entero positivos, los que no sean enteros ni positivos, no podrán quedar allí dentro. Sin embargo, a uno le faltaría paciencia, vida y pulso para enumerar todos y cada uno de los elementos de cada conjunto y, en ese sentido, aunque los conjuntos tengan bordes, son ilimitados. Carecen de un límite preciso acerca del cual se pueda afirmar que ahí terminan. Por ello, su delimitación se manifiesta como un sobrentendido, como algo que dice y no dice al mismo tiempo.
Las relaciones amorosas tienen un límite, en tanto que no duran toda la vida, pero éste no es preciso porque no se puede anunciar con letreros: “aquí terminó el romance con X y principia con Y'' (aquí usted puede pensar en dos de sus grandes amores, si es que los tuvo). Sin embargo, cuando alguna de las partes implicadas en un romance anuncia: “se acabó'', en ese momento, en ese preciso instante, le puso fin a la relación y, por ende, le puso un límite simbólico, aunque siga queriendo o amando a la persona con la cual terminó. De ahí que sea difícil determinar con quién se casará uno porque las relaciones amorosas, al igual que las gelatinas, unas cuajan y otras no. Es posible entonces que uno siga enamorado de la persona con la cual terminó hace cinco años porque acabó con la relación, pero no con el sentimiento.
El límite siempre es simbólico, es convencionalmente imaginario y, en tanto que sólo puede ser narrado, está hecho de lenguaje. El borde es la representación gráfica de eso que se narra. Por ello, los bordes de las relaciones amorosas, a diferencia de los pertenecientes a los conjuntos numéricos, están más o menos dados por fechas de inicio y terminación, y se cuentan por días, meses e incluso años, de donde viene la necesidad de fijar fechas de reinicio que más o menos están representadas por los días de aniversario. En sentido estricto, los conjuntos carecen de límites porque no terminan en su representación gráfica, pero tampoco comienzan en el centro. Los bordes son conjuntos de puntos, los límites, conjuntos de momentos que definen situaciones fronterizas hechas de palabras. Son líneas hechas de bordes. Mientras un borde se ve, los límites sólo se sienten, son invisibles. Contienen ambientes particulares que definen situaciones. El borde las delimita y les da forma y figura, pero no contenido.

Tenemos, pues, que la intensidad con la que se amó una persona no puede estar determinada jamás por las fechas de comienzo y terminación de un romance. Mientras el borde sólo puede trazarse (ya sea en el papel o en el calendario o en donde se nos dé la gana), el límite nunca puede establecerse con precisión. El borde del presente texto está dado por las frases iniciales y terminales, pero el límite del mismo no puede establecerse con precisión, sobre todo si no se entendió.
Vaguedad y vida cotidiana
1. Existen fenómenos vagos debido a que, por un lado, el error que se puede generar al determinarlos es grande o muy grande y, por el otro, el fenómeno como forma tiene contornos vagos o variables, que cambian de una circunstancia a otra...

2. Un gran número de fenómenos nos siguen pareciendo vagos porque no disponemos de técnicas de medición adecuadas...

3. Finalmente, diremos que existen fenómenos ``vagos por esencia'', es decir, aquellos cuyos conceptos (que sirven para enunciarlos) son vagos en sí mismos, tal vez inadecuados, pero son los únicos de que disponemos... Moles, A. (1990).
Lo vago es lo que anda de un lado para otro, lo que posee el espíritu antisedentario que desemboca en la aventura y la falta de decisión. Lo que brinca de un lado a otro sin contemplaciones y demuestra que cuenta con los suficientes elementos para no terminar por definirse. Un fantasma, cualquier insinuación, el sobrentendido, los chistes, las fábulas, los ejemplos, los albures y, en general, todo lo que atraviesa por nosotros sin darnos cuenta, pero que de alguna forma intuimos, es vago. Es decir, por vaguedad puede entenderse cualquier indeterminación psicológica o de otro tipo asociado a las categorías de lo impreciso.
Asimismo, la vaguedad permite encontrar el sentido de las cosas que queremos decir sin explicarlo; de no ser así, absolutamente todo aquello de lo que se quisiera hablar, discutir, etc., tendría que describirse parte por parte, paso a paso. Pero, por fortuna, en el sentido común se aloja un conjunto de vaguedades que logra hacer que lo cotidiano de la vida adquiera sentido. De ahí que se pueda afirmar que la vaguedad flota en los ambientes y tiene el poder de decidir sobre nosotros mismos y las situaciones en las que nos encontramos, a tal grado que es capaz de sembrar la duda, la sospecha o la incertidumbre; discursivamente se materializa en frases tales como “es probable'', “no sé'', “tal vez'', “siento que'' o “siento como si'', “me parece'', “ya veremos'', “a lo mejor'', “sería conveniente”, etc.
Es como una fuerza oculta que resulta familiar porque no incomoda o extraña a quienes la presienten y se encuentra, de diferentes maneras, en cada frase, situación, definición, pensamiento, relación. Juega a no ser descubierta, de otro modo el conocimiento sería no más que un conjunto de verdades absolutas, las cuales no cambiarían a lo largo del tiempo. Las definiciones, por ejemplo, al afianzar ciertas propiedades de algo que definen, dejan sueltas muchas otras que se supone no entran en la definición; por ello, son vagas por excelencia. Al dar por sentado que las hojas de los árboles son de color verde resulta evidente que no son negras ni azules o moradas y que tampoco se riegan con petróleo o dan cebollas. Por ello, las definiciones no sirven para explicar qué son una u otra cosa sino lo que no son.
La vaguedad juega un papel imprescindible en las escenas cotidianas, debido a que es materia prima de la intuición y la creatividad, elementos fundamentales en la solución de problemas; y se podría decir que es la mejor amiga de la imprecisión. En efecto, lo que hacen es tender puentes posibles entre una y otra cosas, entre un fenómeno y otro, que son tan débiles que pueden quebrarse en el momento menos esperado. La vaguedad, a pesar de todo, lleva certeza dentro, que es lo que necesita cualquier conocimiento para expandirse; sí no fuera así, las explicaciones científicas del mundo nunca hubieran sido posibles.
Sin embargo, la historia ha demostrado que todo cuerpo de conocimientos, incluido el de las ciencias duras, es perfectible. Y así como las definiciones son vagas e imprecisas, las disciplinas sociales o naturales también lo son por naturaleza; en consecuencia, tratan de nulificar o hacer a un lado, de manera tajante, las vaguedades de las cuales son portadoras mediante su perfeccionamiento cotidiano, pero quizás este es un cuento de nunca acabar.
Vaguedades psicológicas
Una opinión siempre es ambigua, y aunque parezca que detrás de la construcción de opiniones existen procesos lógicos, son igualmente imprecisos, borrosos, vagos, etc. Los psicólogos, para legitimar su discurso, fervientemente se han ocupado de ese tipo de cuestiones sin darse cuenta de que las fluctuaciones dentro de sus sistemas de variables, por un lado, nunca se ven debido a que, en estricto, sólo son una simulación de la realidad, y por otro, que esos sistemas sólo contienen premisas hechas de lenguaje, las cuales, de alguna u otra forma, suponen que traducen a relaciones numéricas o viceversa.
Sin prestar atención a ese tipo de cuestiones, han olvidado que las cadenas binarias sólo pueden ser manejadas por un ordenador, de donde se presume que tiene origen la exactitud de sus aseveraciones; sin embargo, sea como fuere, el cerebro humano, incluso el de los psicólogos, puede razonar de manera vaga a pesar de que cuente con informaciones precisas sobre un hecho, un fenómeno, un acontecimiento, etc., lo cual, obviamente, podría generar conclusiones falsas a partir de premisas verdaderas.
Es cierto, psicología no es sinónimo del estudio de la mente o del comportamiento porque, bien o mal, la psicología está hecha de historia e historias que llevan más historias dentro. Por si fuera poco, quienes dieron por sentado que psicología es el estudio de la mente o del comportamiento terminaron por creer que eso es verdad y en ese preciso momento pasaron a formar parte de la historia.
El lenguaje es vago e impreciso porque así como atrapa algunas propiedades de los objetos deja sueltas muchas otras. Cuando se afirma que un árbol es grande, se da por sentado que no es pequeño, por simple que parezca, pero a la vez no se dice que también tiene tronco y hojas y que éstas caen en el otoño o que es muy triste porque se trata de un sauce llorón. Es decir, al referirnos a un objeto cualquiera sólo atrapamos algo de él: los artistas su circularidad y los científicos su cuadratura. De ahí que la estética esté en el arte y no en la ciencia y, en consecuencia, entre dos teorías igualmente verdaderas se opte por la más bella.

Sin embargo, parece ser que todo está en la mirada porque lo alegre, lo triste, lo romántico, lo cursi, etc., no está dado en los objetos, de alguna manera llega a ellos a través de la mirada, que no es más que el vehículo de los afectos.
Por ello, la ruptura amorosa no puede ser vivida en la misma intensidad por los implicados, sobre todo si para uno es liviandad y para el otro es gravedad. En consecuencia, se pueda afirmar de algo que siempre será vago por el hecho de que nunca se podrá decir todo de ello o porque lo que se dijo resulta erróneo.
Debemos reconocer que los avances logrados por la psicología no han alcanzado a esbozar una epistemología del sentido común, pero eso no es todo: las conclusiones a las que ha llegado a partir de la realización de estudios, cuya sofisticación metodológica fue escrupulosamente diseñada para aislar variables que nunca están aisladas de otras en la realidad, son extremadamente parecidas a las que cualquier persona con cierto cúmulo de bagaje cultural podría ofrecer en un momento de lucidez.
Si reconocemos que el comportamiento humano es impredecible, resulta vago pensar que la tarea de la psicología sea predecir, cuantificar, traducir a variables, etc., la conducta humana. Mucho menos sensato y poco útil ha sido querer hacer de la psicología un aparato burocrático dividiéndola en áreas de investigación, coordinaciones o líneas de desarrollo. Pero todavía resulta más enfadoso hablar de muchas psicologías: infantil, social, industrial, educativa, corporal, clínica, etc., y hasta psicoanálisis, si es que alcanza la categoría o el nombramiento.

Más provechoso es admitir que la psicología está hecha de lenguaje y que por muchos años ha estudiado eso de lo que está hecha, y que lo único que ha manejado son palabras. La psicología, al igual que muchos otros cuerpos de conocimientos, es vaga e imprecisa no sólo porque sus paradigmas han tenido que cambiar a través del tiempo (E-R; E-O-R; E-A-O), sino porque ha construido verdades que sólo duran un tiempo y suponen que detrás hay un modelo de hombre mucho más perfecto, mientras que sólo existen palabras que van fincando realidades siempre convincentes y mágicamente seductoras. Esto no ha hecho más que engrosar la propia historia de la disciplina, hecha de historias.

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