El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez






descargar 20.44 Kb.
títuloEl Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez
fecha de publicación13.03.2016
tamaño20.44 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez

En un rincón perdido del Museo Británico, en Londres, hay una minúscula tableta de arcilla en la que están grabados algunos versos sobre el diluvio. Esos versos, que pertenecen al poema babilónico Gilgamesh, fueron escritos en caracteres cuneiformes hace más de cuatro mil trescientos años. La tableta formaba parte de la biblioteca del rey Arsubanipal, una de las primeras de las que se tienen noticias. Los destellos de imaginación del ignoto autor de Gilgamesh iluminaban entonces sólo a un puñado de seres humanos: tal vez doscientos, tal vez mil. En aquel vasto amanecer de la especie, la lectura era un saber mucho menos frecuente que los saberes de la agricultura y de la guerra. Las historias se perpetuaban a través de la voz de los rapsodas, que cantaban e improvisaban mientras los demás oían y modificaban lo que oían con los tañidos de su memoria. Salvo unos pocos relatos sobre reyes y guerreros que buscaban la eternidad, aquellas primitivas tablas de arcilla sólo servían para el comercio y para el registro de unos pocos hechos magnos: victorias, conquistas, ritos imperiales.

Quién sabe cuántos sistemas independientes de escritura eran entonces concebidos en otras latitudes. El número de los que han sobrevivido es cabalístico, siete, y todos ellos se originaron al oriente de Grecia, en Creta, en la Mesopotamia, en los valles del Nilo y del Indo, entre los grandes ríos de la China, en la meseta de Anatolia, en la antigua ciudad persa de Susa. La especie humana tardó aún dos milenios en anudar las palabras y establecer con ellas esa melodía que ahora conocemos como el libro. Los primeros libros no narraban historias. Eran fórmulas de adivinación, lecturas de los pájaros en vuelo, del movimiento de las hierbas, del paseo de los animales. A través de la naturaleza, el ser humano intentaba descifrar su destino. Y los libros eran algo así como la fijeza del destino, la eternidad inmovilizada en palabras.

Quizá la mayor maravilla del libro es su capacidad de transfiguración, de ser primero voz que se va enriqueciendo al pasar de generación en generación, hasta que alguien, temeroso de que la voz se pierda en los vientos del tiempo, ordena retenerla en páginas manuscritas, como sucedió con la Ilíada y con Las mil noches y una noche, para que sea más tarde texto sagrado, hoja impresa, biblioteca de Babel, símbolo virtual que se desliza en las computadoras. En el nudo original del libro está, por supuesto, la escritura, en cuya definición coincidieron Aristóteles, los sabios chinos del siglo XV, así como Voltaire y los enciclopedistas. En su Lógica, Aristóteles dijo que "las palabras habladas son los símbolos de la experiencia mental y las palabras escritas son los símbolos de las palabras habladas". Según Tai T´ung, los chinos definían la escritura como "el habla pintada", y el habla como "el aliento de las vocales". Algo semejante dice Voltaire: "La escritura es la pintura de la voz; cuanto más se le parece, mejor es".

En su largo amanecer iletrado, la humanidad componía libros sin saberlo, voces, sucesiones de historias que se desplegaban en el espacio público: las plazas, los templos, las academias. No existía la noción de autor en el sentido en que la concebimos ahora: escribir, o crear era una tarea colectiva, una discusión, un diálogo como los que transcribió Platón. La Ilíada y la Odisea fueron la obra de muchos hombres o, si se quiere, de todos los Homero que trabajaron en ellas entre los siglos VIII y VI antes de la era actual. Cada copista de la Ilíada sumaba una línea o suprimía una escena, hasta que ese espacio móvil encontró su punto de fijeza, y lo mismo sucedió con los evangelios canónicos y con los apócrifos, con los textos de Confucio quemados por el primer emperador de la China y rehechos por la memoria de sus discípulos, y hasta con una novela célebre, la caudalosa y medieval Shui-hu-zhuan, o Al borde del agua, cuyos centenares de episodios podrían ser miles, cientos de miles, o uno solo.

La fuerza del libro está en su poder proteico, en ser voz o volumen o signo virtual o todo a la vez, para brotar de una sola persona o encarnar, por sí solo, toda una cultura.

En la antigüedad, aquellos que oían las palabras de un libro, o las copiaban, o las leían confiriendo forma oral a lo escrito (porque la lectura en silencio es, como se sabe, una ceremonia tardía), establecían una interacción entre el libro y su comunidad. Leer era algo que pertenecía a la esfera pública, y enriquecer con adiciones o comentarios lo que se iba leyendo, en vez de estar vedado, merecía la gratitud colectiva. Aunque los doctores de la Iglesia trazaron después una línea divisoria entre el saber privado o sagrado y el saber público o lego, muchos poemas, novelas de caballería y relatos populares son el fruto de generaciones que iban depositando en ellos sus sedimentos culturales y sus mudanzas de lenguaje, como sucedió con Amadís de Gaula, la Chanson de Roland, el Poema del Cid y la gesta anglosajona de Beowulf. Al mismo tiempo, algunas grandes creaciones individuales empezaron a imponer la noción de autor. Esa noción aparece en la Comedia de Dante, en los cuentos de Geoffrey Chaucer y en una mujer que los precede a todos, lady Shikibu Murasaki, quien entre los años 1001 y 1003 recreó y embelleció la lengua japonesa como su Genji monogatari, la primera y una de las más esplendorosas novelas de que se tenga memoria.

La invención de la imprenta dio un vuelco decisivo a la relación entre autor y lector al instalar el libro en la esfera privada. Lo introdujo en la intimidad del ser humano, lo convirtió en acompañante de los solitarios, en confidente de ilusiones y secretos, en transmisor de mensajes cifrados, y permitió que cada frase fuera leída según el ánimo que cada quien tenía en un momento determinado de la vida. El sentido de esa frase, a la vez, podía ir desplazándose en la imaginación del mismo individuo a medida que pasaba el tiempo, tal como lo definió Jorge Luis Borges con precisión en su cuento "Pierre Menard, autor del Quijote".

Poco después de las primeras Biblias de Gutenberg, en 1474, Aldus Manutius emprendió en Venecia la aventura de publicar algunas obras que necesitaba para sus cursos humanísticos. Imprimió primero, en formato manuable, unos pocos clásicos griegos: Sófocles, Aristóteles, Platón, Tucídides; siguió en latín con Virgilio, Horacio y Ovidio, y completó la colección con diccionarios y tratados de gramática. Esas ediciones, las más espléndidas de la historia de la imprenta, nacieron con un propósito aún más extraordinario. Manutius las editó sin anotaciones ni glosas, para que los lectores entraran en los textos de manera directa, libres de toda mediación, y pudieran dialogar a su manera "con los muertos gloriosos".

El libro como diálogo con los muertos es una idea que resonará cinco siglos después, cuando Michel de Certeau defina la historia como la puesta en escena de una población de difuntos, y cuando Jean-Paul Sartre señale que toda obra sólo adquiere realidad y sentido en el momento en que es percibida por otro, apropiada por otro. La intimidad del lector con el libro engendró miles de Don Quijote, miles de jóvenes Werther, todos igualmente desesperados, pero todos con una desesperación diferente; legiones de Madame Bovary, de David Copperfield, de Leopold Bloom, de Humbert Humbert y Lolitas. La intimidad creada por la palabra impresa abarca todos los espectros del conocimiento humano: el cine, la historia, la ciencia, la filosofía, aquello que primero es imaginación y luego signo. Tarde o temprano, todo signo encuentra su más noble forma de diseminación en la biblioteca, en forma de manuscrito, de fotografía, de grabados de época, de ensayo para especialistas, de periódico, revista, libro y de información virtual.

El reino de lo virtual nos ha devuelto, en cierto modo, a la forma comunitaria de leer, de comunicarnos y de interactuar a través de los signos. Así, la especie humana ha ido derivando del ágora original, de la creación por capas superpuestas de lenguaje, a la intimidad entre autor y texto, y desde allí ha vuelto a una forma diferente de ágora, en la que el lector, solo frente a su teclado, entreteje su experiencia con los infinitos textos que se le cruzan en la red. Los libros o informaciones que circulan en ese espacio virtual pueden ser hallados y tomados por quien los desee -y de hecho, así sucede con frecuencia-, modificados por comentarios o reescrituras que van naciendo mientras se lee.

Poco a poco, esta nueva forma del ágora, este purgatorio o cielo de lo virtual, se ha lanzado a crecer como un árbol incontenible. La biblioteca de Babel, aquella en la que Borges incluía todos los libros pasados y los no escritos, y las variaciones de cada uno de esos libros, ha llegado antes de lo que se pensaba. Ya está entre nosotros.

El filósofo Paul Virilio escribió que si el elemento central de la modernidad era la velocidad de la materia -Fernand Braudel hablaba de "la lentitud de los transportes" en su historia de la civilización europea de los siglos XV a XVIII-, el dato central de la posmodernidad es la velocidad de la luz. "El ser humano -escribe Virilio- se ve superado por una tecnología que, sin embargo, ha sido creada por su mente y por sus manos, capaz de ejecutar acciones que van mucho más allá de lo que entendemos por pasado y por futuro". En la red, en Internet, cuya dispersión es global, no hay en efecto día ni noche, ni tampoco horas. Leo hoy lo que sucedió ayer en la isla de Pascua y lo que ha sucedido mañana en Tokio. Mi tiempo es doble, o múltiple. Somos, ahora, seres inmersos en un océano de tiempo que se mueve a mayor velocidad que nuestra imaginación.

Sería desatinado pensar, como ya han predicado algunos falsos profetas, que la información virtual acabará con el libro tal como lo conocemos: es decir, con el objeto rectangular de cartón o tela o cuero, dentro del cual hay hojas de papel cubiertas de signos. Quizá se transmute el libro en otros libros, ya lo hemos visto. Quizá las páginas de una biblioteca entera puedan moverse con un ligero roce del dedo índice, como me sucedió cuando contemplé, en un museo de la Sexta Avenida de Nueva York, las fotos de niños y adolescentes tomadas por el diácono de Oxford al que conocemos con el nombre de Lewis Carroll. Pero el libro perdurará en la forma que asumió hace más de quinientos cincuenta años, porque siempre habrá alguien que prefiera o más bien elija alcanzar la intimidad con un autor de esa manera, a través de las páginas que van cobrando vida mientras se abren. Siempre habrá alguien que quiera regresar a un libro sólo en la edición en que lo conoció por primera vez, a las dedicatorias, recuerdos y pasados que quedaron unidos a ese objeto.

La palabra escrita ha perdurado y prevalecido sobre los incendios que tramaron su destrucción, desde que el emperador Shih huang-ti, constructor de la Gran Muralla, ordenó que se quemaran todos los libros anteriores a él, con excepción de algunos tratados de agricultura, sólo para probar -en vano- que la historia del mundo empezaba con su reinado. El mismo fanatismo se ensañó con la biblioteca que los Ptolomeos habían creado en Alejandría tres siglos antes de la era cristiana, y que sucumbió al fuego durante una de las guerras civiles que se sucedieron bajo el emperador Aureliano, hacia el año 273. Millares de libros fueron también arrojados a la hoguera por los nazis, en 1933, y de modo más sigiloso, aunque no menos vil, varios miles fueron quemados aquí, en la plaza de un regimiento de Córdoba, a comienzos de 1977.

La intolerancia cobró una de sus más lamentables víctimas en Bagdad, el 14 de abril de 2003, un mes después de la invasión de Irak y el día mismo en que se conoció la huida de Saddam Hussein. El saqueo devoró la ciudad con un ímpetu ciego, y también la Biblioteca Nacional cayó esa tarde. Al menos 800 mil volúmenes fueron entonces quemados y robados, como si fueran ellos los culpables de las desgracias de Occidente. Se destruyó la colección entera de Omar Khayyam, se rompieron con balas de mortero las máquinas de microfilmación y las cajas de documentos del extinguido imperio otomano. Se robaron o se destruyeron también las tablillas cuneiformes de los sumerios, y casi todas las escrituras babilónicas del poema Gilgamesh. El director de la biblioteca logró salvar algunos fragmentos de arcilla, de los que desgajó estos versos: "El Bosque se extiende a través de diez mil leguas./¿Quién se atrevería a entrar en él?/ Porque el rugido de Huwawa es el de la tempestad/ porque sus fauces vomitan fuego y su aliento es mortal". Esas parcas líneas corresponden a la tercera tablilla, tanto menos afortunada que la tablilla undécima, la que habla del diluvio, en el Museo Británico.

Pero ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia de los injustos han podido destruir el libro, cuya memoria es también la memoria de la especie humana.

En cualquiera de sus formas, ya sea en las tablillas cuneiformes de Gilgamesh, en los devocionarios copiados a mano por los monjes de los monasterios medievales o en la primera Biblia de Gutenberg, en los folletines de Dickens, en los tres CD ROM que compendian los treinta volúmenes de la Encyclopædia Britannica o en los archivos que la gente se intercambia por Internet, el libro ha sido siempre no sólo una celebración del conocimiento sino, ante todo, una celebración de la vida. ¿Y qué significa celebrar la vida en estos tiempos de integración de los mercados, de las finanzas y de la tecnología? Significa celebrar los valores que definen lo mejor del espíritu humano: el lenguaje, la imaginación, la libertad, el afán de justicia, la búsqueda de igualdad. Todos, hoy y aquí, seguimos imaginando el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.

http://www.lanacion.com.ar/629161-el-paraiso-y-las-bibliotecas

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconEl canon argentino tomás Eloy Martínez

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconCapítulo: novela histórica lean el capítulo 14. Primera persona extraído...

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconAsamblea Nacional honra memoria y legado del comandante Tomás Borge Martínez

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez icon1. Las bibliotecas populares de Argentina, instituciones que han...

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconLas puertas del paraiso (20390)

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconI semana de las Bibliotecas Escolares en el

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez icon2008: año de las bibliotecas públicas de Centroamérica”

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconEscala ayudantesgrupo b historia del libro y las bibliotecas

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconLas drogas nos aburren con su paraíso. Que nos den más bien un poco de saber

El Paraíso y las bibliotecas” de Tomás Eloy Martínez iconHay escritores que atesoran y acumulan libros, mientras otros les...






© 2015
contactos
l.exam-10.com