Mentimos desde chicos y por toda clase de razones: para evitar el castigo, para acercarnos a nuestros pares, para sentir que podemos tener el control. Ahora






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fecha de publicación12.03.2016
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LAS PATAS DE LA MENTIRA
Mentimos desde chicos y por toda clase de razones: para evitar el castigo, para acercarnos a nuestros pares, para sentir que podemos tener el control. Ahora existe una singular teoría sobre cómo se desarrolla el hábito: imitando a los mayores
En los últimos años, un grupo de investigadores se decidió a tratar de entender por qué mienten los niños. Para un estudio destinado a evaluar la mentira entre adolescentes, la Dra. Nancy Darling, entonces en la Universidad Estatal de Penn, congregó a un grupo de unos doce estudiantes, todos menores de 21 años. A cada uno le entregó un mazo de 36 tarjetas, cada una de las cuales consignaba un tema en el que a veces los adolescentes les mienten a sus padres. Con una pizza y una Coca, cada adolescente revisó el mazo junto a dos investigadores, señalándoles las cosas sobre las que mentía a sus padres, y por qué. “Empezaron diciendo que los padres les daban todo y que uno debería contarles todo”, dice Darling. Al final, vieron cuánto mentían y cuántas reglas familiares habían transgredido. Según la investigadora, el 98% de los chicos consultados dijo que les mentía a sus padres. De los 36 temas consignados en las tarjetas, cada adolescente dijo mentirles a sus padres en un promedio de 12.


  • Mentían respecto de la manera en que gastaban la plata que recibían de ellos,

  • Acerca de si habían empezado a tener relaciones sexuales y

  • Sobre la ropa que se ponían cuando no estaban en sus casas.

  • Mentían sobre la película que habían ido a ver y respecto de con quién habían ido.

  • Mentían en cuanto a su consumo de alcohol y de drogas, y lo hacían también si estaban saliendo con amistades que sus padres desaprobaban.


El hecho de ser estudiantes excelentes no cambiaba mucho las cosas; tampoco había grandes cambios en el caso de chicos con gran número de actividades: ninguno de ellos estaba tan ocupado como para no transgredir algunas reglas.
Durante décadas, los padres han considerado que la franqueza es el rasgo más apreciado en sus hijos. Otros, valores como la confianza en sí mismos y la sensatez, ni siquiera se le aproximan. Los jóvenes reciben este mensaje. En las encuestas, el 98% dijo que la confianza y la franqueza eran esenciales en una relación personal. Según la edad, entre el 96 y el 98% dijo que mentir era malo moralmente. Entonces, ¿en qué momento el 98% que cree que mentir está mal se convierte en el 98% que miente?
Un hito del desarrollo
Todo empieza muy temprano. De hecho, los niños brillantes –los que tienen mejores resultados académicos empiezan a mentir a los 2 o 3 años. “La mentira está relacionada con la inteligencia”, explica la doctora Victoria Talwar, profesora adjunta de la Universidad McGill de Montreal y una de las mayores expertas en la conducta mentirosa de los niños. Aunque pensamos que la veracidad es la mayor virtud de un niño pequeño, resulta que mentir es, en realidad, su capacidad más notable. Un niño que miente debe reconocer la verdad, concebir intelectualmente una realidad alternativa y ser capaz de “venderle” convincentemente a alguien esa nueva realidad. Por lo tanto, mentir exige un desarrollo cognitivo avanzado y habilidades sociales que la veracidad no requiere. “Es un hito del desarrollo”, concluyó Talwar.
Y esto pone a los padres en la situación de sentirse condenados o bendecidos... Si su hija de 4 años es una buena mentirosa, eso es señal de que es inteligente. Y los niños listos son los que corren más riesgo de convertirse en mentirosos a repetición. Cuando cumplen 4 la mayoría de los niños empieza a experimentar con la mentira para evitar castigos. Por eso mienten cuando evalúan que el castigo es una posibilidad. Un niño de 3 años dirá “no le pegué a mi hermana” aun cuando sus progenitores lo hayan visto hacerlo.
La mayoría de los padres oye mentir a su hijo y supone que es demasiado pequeño para entender qué es una mentira o que mentir está mal. Suponen que dejará de hacerlo cuando sea más grande y aprenda a distinguir. Talwar descubrió que es exactamente al revés: los que entienden temprano la diferencia entre la mentira y la verdad, usan ese conocimiento para su provecho, lo que los hace más proclives a mentir cuando se les da la oportunidad.
Según Talwar, los chicos “se acostumbran” a mentir. En estudios en los que se observa a los niños en su entorno natural, uno de 4 años mentirá una vez cada 2 horas, y uno de 6 mentirá una vez cada hora y media. Las excepciones son pocas. Para el momento en que alcanzan la edad escolar, las razones para mentir se tornan más complejas. Evitar el castigo sigue siendo el motivo primordial, pero la mentira también se vuelve un medio para aumentar el poder y la sensación de control. Los niños manipulan a sus amigos con burlas, se jactan para afirmar su status, y aprenden que pueden engañar a sus padres.
En la primaria, muchos empiezan a mentirles a sus pares como mecanismo de defensa, para aliviar frustraciones o llamar la atención. Cualquier aluvión de mentiras es una señal de peligro: algo ha cambiado en la vida del niño de una forma que le resulta perturbadora. “Con frecuencia, mentir es un síntoma de un trastorno de conducta más importante –explica Talwar–. Es una estrategia para mantenerse a flote.”
En estudios longitudinales, la mayoría de los niños de 6 años que mentían mucho empezó a hacerlo menos, gracias a la socialización, a los 7 años. Pero si mentir es para ellos una estrategia exitosa para manejar situaciones sociales difíciles, seguirán haciéndolo. Cerca de la mitad de los niños miente, y si siguen haciéndolo mucho a los 7, es probable que sigan así durante el resto de la infancia. Se han convertido en adictos.
“Mi hijo no miente”, insistía Steve, un padre de poco más de 30 años, mientras miraba a Nick, su hijo de 6, que jugaba con una investigadora en el laboratorio de Talwar en Montreal. Steve describía a su hijo como un niño de buen humor y sociable. “Yo nunca lo he oído mentir”, dijo. Había llevado a su hijo al laboratorio después de ver un anuncio en una revista para padres que preguntaba: “¿Su hijo puede diferenciar la verdad de la mentira?” La idea de que su hijo no fuera sincero con él le resultaba profundamente perturbadora. Durante el estudio, Nick engañó, mintió y luego volvió a mentir. Lo hizo sin vacilar, sin un atisbo de remordimiento.
Uno de los experimentos –una variación de otro llamado paradigma de resistencia a la tentación– se conoce en el laboratorio como “el juego de espiar”. Una de las investigadoras de Talwar le dijo a Nick que jugarían a las adivinanzas. Nick debía sentarse de cara a la pared y tratar de adivinar cuál era el juguete que ella sacaba, basándose en el sonido que hacía. Si adivinaba 3 veces, ganaba un premio. Los 2 primeras fueron fáciles: un auto de policía y una muñeca que lloraba. Nick saltó en su silla, encantado, al acertar ambas veces. Después, la investigadora sacó una pelota de fútbol e hizo sonar una versión de Para Elisa, de Beethoven. Nick no supo qué contestar. Entonces, la investigadora dijo que debía salir un momento de la habitación y le advirtió que no espiara mientras tanto. Desde una cámara oculta vio cómo Nick se dio vuelta, a los 13 segundos. Apenas regresó, Nick –otra vez de cara a la pared– anunció triunfante: “Una pelota de fútbol!”. La investigadora le pidió que esperara hasta que ella se sentara. El niño entendió que su respuesta debía sonar más dubitativa, y preguntó, vacilante: “¿Una pelota de fútbol?”
Se le dijo que era correcto, y se le preguntó si había espiado: “No”, dijo rápidamente. Y su rostro se iluminó con una gran sonrisa. Sin un solo matiz de sospecha en su voz, la investigadora le preguntó cómo había descubierto que el sonido procedía de una pelota de fútbol. Nick apoyó el mentón en las manos y dijo: “La música sonaba como una pelota. La pelota sonaba como si fuera blanca y negra”. Nick añadió que la música sonaba como la de las pelotas con las que jugaba en la escuela, que emitían un chillido. Y que la música sonaba como el chillido que escuchaba cuando pateaba una pelota. Para enfatizar su idea, refregó con la mano un costado de la pelota.
Este experimento no era sólo una prueba para ver si los niños mienten cuando son sometidos a la tentación de hacerlo. También buscaba probar la capacidad del niño de sostener la mentira, dando explicaciones plausibles y evitando contradicciones. Así que la investigadora aceptó sin cuestionamientos el hecho de que las pelotas de fútbol tocan Beethoven cuando las patean y le dio a Nick su premio. El niño estaba encantado.
El 76% de los chicos de la edad de Nick aprovecha la ausencia de los investigadores para espiar durante el juego y, cuando se les pregunta si espiaron, el 95% miente. Pero a veces las investigadoras les leen un cuento antes de preguntarles si espiaron. Uno es Pedro y el lobo, la versión en la que el niño y las ovejas son devorados por causa de las repetidas mentiras de Pedro. Alternativamente, les leen George Washington y el cerezo, en el que el pequeño George confiesa a su padre que ha talado ese árbol con su hacha. Termina con la respuesta del padre: “George, me alegra que hayas talado el árbol después de todo. Escucharte decir la verdad en vez de mentir es mejor que tener mil cerezos”.
Aprender de los grandes
Ahora bien, ¿cuál de los dos cuentos creen que redujo más la cantidad de mentiras? Entre 1300 personas consultadas, el 75% pensó que Pedro y el lobo funcionaría mejor. Sin embargo, esta fábula no redujo en absoluto la cantidad de mentiras en los experimentos. De hecho, después de escuchar el relato, los chicos mintieron incluso algo más de lo normal. Mientras tanto, el hecho de escuchar George Washington y el cerezo –aun cuando Washington fue reemplazado por un personaje menos célebre para eliminar su potencial influencia sobre los niños de más edad– redujo la cantidad de mentiras de los niños un 43 por ciento.

Pedro el pastor sufre el castigo, pero que las mentiras tienen castigo no es nuevo para los niños. Agravar la amenaza del castigo por mentir sólo vuelve a los niños más conscientes del potencial costo personal, no les muestra cómo sus mentiras afectan a otros. Los expertos descubrieron que los niños que viven bajo amenaza constante de castigo no mienten menos. Se convierten en mejores mentirosos a temprana edad: aprenden a ser atrapados con menor frecuencia.
En última instancia, no son los cuentos infantiles los que logran que los niños dejen de mentir, sino el proceso de socialización. Pero la enseñanza del cuento del cerezo es útil: según Talwar, los padres deben enseñar el valor de la sinceridad tanto como deben decirles que mentir está mal.
La razón más perturbadora por la que los niños mienten es porque los padres les enseñan a hacerlo. Según Talwar, los niños lo aprenden de nosotros. “No les decimos explícitamente que mientan, pero nos ven hacerlo. Nos ven decirle al telemarketer No soy la dueña de casa. Nos ven mentir en nuestras relaciones sociales.”
Pensemos en cómo esperamos que actúe un niño cuando recibe un regalo que no le gusta. Le decimos que se trague todas sus reacciones sinceras y que finja una sonrisa cortés. En otro experimento de Talwar los niños compiten en un juego por un regalo, pero, cuando lo reciben, se trata apenas de una barra de jabón. Después de darles un momento para superar el shock, un investigador les pregunta si el obsequio les gustó. Alrededor de un cuarto de los preescolares es capaz de mentir y decir que le gustó. Y el porcentaje se eleva a la mitad en los chicos de primaria. Mentir los incomoda, más cuando se les pide que digan por qué les gusta recibir ese jabón. Mientras tanto, los padres usualmente alientan esas mentiras de compromiso. “Los padres suelen estar orgullosos de que su hijo sea «cortés»; no consideran que sea una mentira”, señala Talwar.
Los adultos admiten decir, en promedio, una mentira diaria. La enorme mayoría de estas mentiras son de compromiso, para protegerse a sí mismos o a otros, como decirle al compañero de oficina que trajo galletas que están riquísimas.
Alentados a decir tantas mentiras de compromiso y escuchando tantas otras, los niños empiezan a sentirse cómodos con su propia falta de sinceridad. Aprenden que la franqueza crea conflictos y que mentir es una manera de evitarlos. Y aunque no confunden las mentiras de compromiso con las dichas para encubrir travesuras, sí trasladan el marco emocional entre ellas. Se les vuelve más fácil, en el plano psicológico, mentirles a los padres.
La ironía de mentir es que se trata de una conducta normal y anormal al mismo tiempo. La mentira es esperable, pero no por eso hay que menospreciar su importancia.
Por Po Bronson (c) 2008 New York Magazine
(Distribuido por Tribune Media Services)

Traducción: Mirta Rosenberg
USO DE LA MENTIRA SE INICIA A LOS TRES AÑOS Y ES SEÑAL DE INTELIGENCIA
A los cuatro años mienten una vez cada dos horas, lo que pasa a una frecuencia de hora y media a los seis. Los que siguen esta conducta de forma habitual a los siete tienen 50% de posibilidades de mantenerla el resto de su infancia.

Fuente: Paulina Sepúlveda / La Tercera
9 de marzo de 2008
Ni los cuentos de Pedro y el Lobo ni el afamado Pinocho, son suficientes para enseñar sobre el costo de la mentira. Atribuirla como una conducta exclusiva de la infancia tampoco es lo más honesto, destacan los especialistas. Todos los niños de algún modo fabulan con la realidad en menor o mayor grado. Incluso los padres que destacan a sus hijos la relevancia de "decir siempre la verdad", legitiman esta práctica cuando acuden a las mentiras blancas, conducta que será imitada por sus hijos.
Sin embargo, el mecanismo que da origen a las mentiras y la forma en que estas evolucionan a lo largo del tiempo sigue siendo un misterio para la mayoría de las personas. Para comprender la fuente detrás de esta conducta, se debe retroceder hasta el período de los tres años de vida. Es en esa etapa cuando las mentiras emergen como un medio válido para evitar castigos, quedar bien con los amigos o sentir que tienen bajo control una situación, establece Victoria Talwar, especialista en mentiras infantiles de la Universidad de MacGill en Montreal, Canadá, y quien ha realizado varios estudios sobre el tema.


ETAPA 1

Pero mentir no es una tarea sencilla. Menos aún cuando se tiene tan poca edad, dice la experta. Capacidad inventiva, imaginación y habilidades verbales son requeridas a la hora de intentar convencer al resto de otra realidad. Es por ello, dice Talwar, que esta conducta es un indicador de inteligencia y cualidades bastante avanzadas: "Para que los niños mientan es necesario que reconozcan la verdad, e intelectualmente conciban una alternativa a esta y con ella estén dispuestos a convencer a otros".
Bajo la mirada paterna, sin embargo, esta habilidad no representa una ventaja. Al contrario, se trata de una conducta que insistentemente llaman a no realizar, dice la experta: "Si un niño de cuatro años es mentiroso, esta es una señal de un buen desarrollo cerebral. Pero esta habilidad puede llegar a convertirse en una tendencia riesgosa si se convierte en un hábito".


ETAPA 2

Al inicio de su desarrollo los niños no relacionan lo que es mentir, aclara Valeska Vera, sicóloga jefa Fono Infancia, de Fundación Integra. Aquellos que desarrollan una fantasía pueden ser calificados de mentirosos por los adultos, pero para ellos es una creación propia. Aproximadamente, desde que cumplen cinco años comienzan a distinguir la realidad del mundo de las ideas, aclara Vera, y pueden ponerse en el lugar de los otros: "En ese momento es cuando comienzan a darse cuenta de las consecuencias gratificantes de evitar un castigo mintiendo".
Observando a los niños en su ambiente natural, la investigadora Victoria Talwar comprobó que aquellos con edades de cuatro años mienten una vez cada dos horas, mientras los de seis años lo hacen una vez cada una hora y media. Superando los cinco años, ya no es sólo un recurso para evitar el enojo de sus padres y las razones son más complejas: tener más poder y control sobre otros niños y probar la habilidad paterna. El 50% de los niños que continúan mintiendo a los siete años mantendrán esa conducta por el resto de su infancia, dice Talwar.
"Es importante que los padres estén preparados para ciertas mentiras y comprender la motivación de ellos a mentir", advierte Vera. Si la primera reacción al descubrirlos enojarse, ridiculizarlos o tratarlos de mentirosos, no se estimula a que digan la verdad.


ETAPA 3
Desde las pequeñas a las grandes mentiras, es importante prestar atención a los mensajes que éstas entregan, que puede ser desde necesidad de protección o atención, aclara Vera. Cuando estos primeros eventos ocurren y los padres analizan el motivo que lleva a sus hijos a no ser honestos, se les pueden enseñar otras estrategias para resolver sus conflictos: "Esto debe partir desde fortalecer la confianza y el respeto. Que sepan que los van a querer hagan lo que hagan, que en la familia existe espacio para opinar distinto y que no está mal reconocer que se equivocaron".
Algunas pautas que alertan a los padres de que la mentira dejó de ser una anécdota para transformarse en un problema de seriedad, indica la sicóloga de Fono Infancia, es cuando el modo habitual de funcionar de los menores es a través de esta técnica. "Si luego de llegar a los cinco o seis años no son capaces de distinguir entre mentira y realidad o mienten para dañar a otros,  es recomendable consultar con un especialista", advierte.
La mentira, relación social enferma

·
La historia de Pinocho, mintiendo para conseguir sus objetivos, podría ser el resumen del tema. Pero en realidad, todo comenzó en la cuna. “En los niños la mentira está relacionada con la inteligencia”, explica Victoria Talwar, investigadora de la Universidad McGill de Montreal. El bebé empieza a mentir a los ocho meses cuando, por ejemplo, llora sin motivo para atraer la atención, dice Vasudevi Reddy, autor del libro How infants know minds. “Los niños van adquiriendo madurez diciendo mentiras”, afirma el sociólogo Ignacio Mendiola.

José Luis Catalán, psicólogo, advierte: “Los niños ven que es más fácil obtener las cosas con la mentira”. Para rematarlo, Oscar Wilde asegura que quien dijo “la primera mentira fundó la sociedad civil” y Platón indica que mentir de forma consciente y voluntaria “tiene más valor que decir la verdad de forma involuntaria”.

Mentir supone un esfuerzo creativo, según un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania. Debemos ser muy creativos porque hay quienes aseguran que mentimos cuatro veces al día; esto es, 100.000 durante toda una vida. Y ya se sabe que se coge antes a un mentiroso que a un cojo.

Es de buena mañana. Dos personas se encuentran. Se saludan. “Buenos días. ¿Qué tal?”, le pregunta uno. “Bien. ¿Y tú?”, le contesta el otro. Aquí tenemos las primeras mentiras del día. Sí, porque es muy posible que estas dos personas se lleven mal. Que a una no le importe en absoluto saber cómo le va la vida a su interlocutor y menos aún desearle un día estupendo. La buena educación, el saber estar, nos aconsejan que en ciertas circunstancias es mejor no decir la verdad.

Para ser precisos, estas no son mentiras en sentido estricto. No hay fraude, no hay engaño. En este diálogo, los protagonistas saben que son frases que se dicen por decir, aceptadas por la mayoría como herramienta de convivencia. Lo dijo Oscar Wilde: “Quien dijo la primera mentira fundó la sociedad civil”. Como alternativa, podrían comportarse como el Misántropo de Molière: ser importunos, ofensivos o crueles con frases del tipo “Qué gordo estás”. Hay cosas que en sociedad no está bien decir. Mejor fingir. Es lo que el poeta barroco napolitano Torquato Accetto llamaba “disimulación honesta”.
Son muchas las situaciones en las que ocultamos la verdad. Más a menudo de lo que imaginamos. Ignacio Mendiola, sociólogo profesor de la Universidad del País Vasco y autor del libro Elogio de la mentira (Lengua de Trapo ed.) recuerda: “Se trata de una practica cotidiana. Lo queramos o no.
Pese a la condena moral, es un hecho incuestionable. Lo necesitamos para vivir. Es imprescindible. Siempre hay un elemento de ficción cuando contamos la realidad a alguien. La mentira, de alguna manera, es un refugio y un lubricante de las relaciones humanas”.
Según una encuesta llevada a cabo por el rotativo británico Daily Mail, con un promedio de cuatro por día, serían unas 100.000 las mentiras que pronunciaremos a lo largo de nuestra vida. ¿Por qué no decimos la verdad? Se miente para eludir responsabilidades, para obtener cierto placer, ya que el mentiroso se siente más listo que los demás; por inseguridad y desconfianza en nuestra capacidad de ser aceptados como somos; para evitar un castigo; para acercarnos a nuestro interlocutor; para sentir que controlamos la situación.
Desde un punto de vista fisiológico, correr cierto riesgo de ser descubierto favorece la aparición de adrenalina (y un subidón por no tener que afrontar la situación que se ha evitado con la mentira). Asimismo, se produce un cambio del tono de voz, dilatación de las pupilas, se tiende a evitar la mirada de la persona que tenemos en frente, el cuerpo se vuelve algo más rígido.
El psicólogo de la Universidad de Massachusetts Robert Feldman cree que la mentira está relacionada con la falta de autoconfianza. “En cuanto la gente ve su autoestima amenazada, empieza a ocultar la verdad”. Su estudio comprobó que el 60% de los encuestados mintió por lo menos una vez en una conversación de diez minutos. “El problema es que queremos mantener una imagen de nosotros mismos que encaje con la que los otros quisieran que tuviéramos. Queremos gustar”, apunta. “Una de las claves es la tendencia a centrarse en el corto plazo. El mentiroso salva su propia imagen en ese momento, pese a que el engaño pueda ser destapado el futuro”, alerta Jennifer Argo, de la Unversidad de Albert.
Por supuesto, hay los que se jactan de no mentir nunca. Por ética, pero también por miedo, por pereza (hay que saber gestionar una mentira en el tiempo), por orgullo (los que presumen de ser honestos). Pero decir una mentira no es necesariamente una prueba de debilidad, sino todo lo contrario. Sin la posibilidad de mentir la humanidad no hubiera nunca conocido la cultura, que es en cierto modo una forma de no resignación a la realidad. Tagliacarne, profesor de Filosofía de la Universidad San Raffaele de Milán y autor del libro Filosofia della bugia (Mondadori ed.) >Filosofía de la mentira< recuerda que “para mentir se precisa inteligencia. De entrada, supone el conocimiento de la verdad. Luego, la mentira tiene una estructura más compleja, de tipo teatral. Supone entender la expectativa de quien la escucha, entrar en la mente del interlocutor”. En este sentido, el mentiroso no sólo es un expositor de hechos, sino un creador. Mentira viene del latín mens, mente.
Son numerosos los intelectuales que han defendido la mentira. Para Platón, “mentir de forma consciente y voluntariamente tiene más valor que decir la verdad de forma involuntaria”. Los griegos elogiaban los mentirosos: Ulises fue incluso alabado por los dioses por ello. Maquiavelo sostenía que la mentira era legítima para fi nes políticos. Leo Strauss hizo hincapié en la necesidad de mentir para defender una posición estratégica o ayudar a la diplomacia. Y Nietzsche sostenía que el intelecto, como medio de conservación del individuo, despliega sus fuerzas en la ficción. La literatura, de alguna manera, también es una mentira.
El escritor Javier Marías en una ocasión subrayó la “imposibilidad de contar nada acaecido, real de manera absolutamente segura, veraz, objetiva, completa y defi nitiva”. De hecho, las investigaciones científicas confirman que mentir supone un esfuerzo creativo. Un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania, dirigido por el profesor Daniel Langleben gracias a la resonancia magnética funcional (fRMI), ha demostrado que el cerebro siempre está listo para decir la verdad y que para mentir precisa organizarse. Nuestra materia gris tiene que hacer un trabajo extra cuando va a engañar: se activan zonas del córtex frontal (que desempeñan un papel en la atención y concentración), además de otra área del cerebro responsable de vigilar posibles errores.
Hay circunstancias en las que mentir es tolerado por la comunidad. Como si la sociedad apreciara este esfuerzo. Pongamos el caso del vendedor de coches: para promocionar su vehículo, exagerará algunas virtudes del producto. Pero no hay obligación legal de decir exactamente la verdad (lo mismo ocurre con la publicidad), salvo los casos manifiestos de fraude. Hasta se podría decir que quien sabe mentir mejor es el que tendrá más éxito, porque conseguirá que se lleve a cabo la venta.
Hay veces en que no decir la verdad no sólo no está mal visto, sino que es aconsejable. Algunas mentiras preservan nuestra intimidad, del dolor, e incluso de la muerte. Son las mentiras blancas. En ciertas circunstancias, fuera del ámbito ético, la mentira tiene que valorarse en lo que es útil y ventajoso para la vida. Por ejemplo, cuando un individuo esconde en casa a un fugitivo objeto de persecuciones raciales. O cuando se oculta a una persona a punto de morir una trágica noticia sobre un pariente.
Es emblemático Roberto Benigni en la película La vida es bella: miente a su hijo pequeño sobre la realidad del campo de concentración al contarle que se trata de un juego. “En estos casos la persona no está en condiciones de decir la verdad, que resultaría insoportable de escuchar para el otro”, dice Maria Bettetini, autora del libro Breve historia de la mentira (Cátedra Ed.) Este dilema moral ha dado lugar a un amplio debate.
Algunos pensadores de la edad media sostenían que incluso en estos ejemplos extremos habría que callarse, hacer como si no entendiéramos, recurrir a la astucia. Kant decía que hay que decir siempre la verdad, por miedo a romper el consenso social. Pero a partir del siglo XIX empezó a verse la mentira como mal menor. “Cuando se traiciona la realidad, es porque uno se ve capaz de aguantar este peso. Sólo confiesan los que ya no pueden vivir con este secreto” dice Bettetini. Paradójicamente, en estos casos, decir la verdad se convierte en una muestra de debilidad.
Y por supuesto, mentimos por amor. Como canta Joaquin Sabina: “Y así fue como aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor”. Signifi cativo también es lo que ocurre en el cuento de Quim Monzó Con el corazón en la mano, donde una pareja se jura sinceridad para siempre. Justo después, al entablar la primera conversación, ven que es imposible y acaban dejando la relación al cabo de unos minutos.
Pero es cierto que no decir la verdad conlleva consecuencias. Según el psicólogo clínico del Centro Ramon Llull de Zaragoza José Luis Catalán, “la mentira tiene un efecto colateral, siempre. Las relaciones personales empiezan a envenenarse”. En particular, cuando el mentiroso se convierte en compulsivo empiezan los problemas. “Vive un trastorno de ansiedad. Cuantas más mentiras, más ansias. Como el cleptómano que roba sin necesidad, que roba sin necesidad, los que padecen esta patología no dicen la verdad por hábito. El enfermo ya no es capaz de distinguir la realidad”. Cita casos que ha tratado, como un hombre que se casó decenas de veces por el dinero de sus esposas.
“Para mentir tanto y que no se note hay que hacer lo mismo que un actor que representa a un personaje y quiere resultar creíble, hasta el punto de que se confunde y se olvida de quién es realmente”, afirma este psicólogo. Cuando la costumbre a mentir acaba en patología, la distinción entre realidad y mentira se diluye. El mentiroso acaba creyéndose sus delirios. Como el Valmont en Las amistades peligrosas, que de tanto fingir estar enamorado, se enamora de verdad. En el peor de los casos, los recuerdos incluso empiezan a fallar y engañan: es la memoria falsa. Uno empieza a creer que las cosas fueron como las contó y no como ocurrieron. Como explica Tagliapietra, “quien tiene poca memoria se olvida de la verdad, pero nunca de las mentiras”. Esta es la pura verdad.


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