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Las cadenas de Sultana

Jean Sasson

Traducción de Pedro Fontana

PLAZA & JANES EDITORES, S.A
Título original: Princess Sultana My Struggles and My Victories

Primera edición: enero, 1999

© 1998, The Sasson Corporation

Publicado por acuerdo con la autora, representada por

Rembar & Curtis, Nueva York

© de la traducción, Luis Murillo Fort

© 1999, Plaza & Janes Editores, S. A.

Travessera de Gracia, 47-49. 08021 Barcelona

Printed in Spain - Impreso en España

ISBN: 84-01-32747-4

Depósito legal: B. 47.262 - 1998

Fotocomposición: Comptex & Ass., S. L.

Impreso en A&M Gráfic, s. 1. Ctra. N-152, km. 14,9

Pol. Ind. «La Florida» - Recinto Arpesa, nave 28 08130

Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona)

L 3 2 74 74

NOTA DE LA AUTORA


El 7 de septiembre de 1978 hice un viaje a Arabia Saudí con la idea de trabajar unos años en ese país, pero finalmente me quedé en Riad, la capital del reino, hasta 1991.

En 1983 conocí a Sultana al-Saud, una princesa de la familia real. Esta encantadora mujer ejerció sobre mí una fascinación que todavía hoy no se ha extinguido.

Desde hacía cuatro años yo trabajaba en el Centro de Investigación y Hospital de Especialidades Rey Faisal; durante ese período había conocido a varios miembros de la extensa familia real saudí descubriendo que, en conjunto, eran gente mal criada y egocéntrica que desconocían todo lo que no fuera la monarquía y su boato.

Sultana, sin embargo, estaba en el polo opuesto a ellos.

Sultana era joven y hermosa. Su pelo oscuro rozaba sus hombros y sus ojos chispeaban de curiosidad. Sus labios se abrían a menudo en una risa espontánea. Vestida lujosamente y adornada con llamativas alhajas, captaba siempre la atención de cuantos la rodeaban.

Aparte de su belleza y encanto evidentes, yo creí que sería como las otras princesas a las que había conocido, pero me sorprendió y agradó que Sultana fuese una mujer independiente con muchas ganas de cambiar la vida de las mujeres saudíes. Aunque había gozado de los privilegios propios de la opulenta familia gobernante saudí, Sultana no hacía ningún esfuerzo para disimular que, en lo relativo a las mujeres, ella se rebelaba contra las tradiciones y costumbres de su país.

A medida que nuestra amistad iba desarrollándose, pude llegar a conocer a una mujer de gran carácter y extraordinaria fuerza de voluntad. Aunque la pasión enturbia con frecuencia sus opiniones y su conducta, creando situaciones inesperadas entre adultos, es fácil pasar por alto esa conducta pues Sultana es desinteresada, humanitaria y sensible en lo tocante a las demás mujeres. Cuando alguna injusticia cometida contra otra mujer llega a sus oídos, pasa rápidamente a la acción, al margen de que eso pueda significar un peligro para ella.

Cuando Sultana me confió que había planeado muchas veces hacer que el mundo conociera las trágicas historias de las mujeres saudíes pero que nunca había podido llevarlo a cabo debido al peligro que habría entrañado para su familia y ella misma, accedí a convertir su deseo en realidad. Juntas haríamos que el mundo tuviese conocimiento de unas historias tan espeluznantes como increíblemente ciertas.

Así, protegiendo su anonimato, me convertí en la voz de la princesa.

En el libro Sultana el mundo conoció la historia de la princesa como hija no deseada de un hombre cruel en una sociedad implacable que da escaso valor a las mujeres. Sara, la hermana más querida de Sultana, debía casarse contra su voluntad con un hombre mucho mayor a quien no conocía ni amaba. Desde el día de su boda, Sara estuvo sometida a los terribles acosos sexuales de su marido. Sólo después de intentar suicidarse, el padre de Sara le permitió divorciarse y volver a casa.

Las propias experiencias desdichadas de Sultana niña acabaron convirtiéndola en una adolescente indócil. Pero aprendió, de la manera más horrible, que rebelarse contra el sistema sólo podía conducir a la catástrofe cuando una de sus amigas fue ejecutada por su propio padre por un «delito» de adulterio.

A los dieciséis años, Sultana recibió la noticia de que su padre había arreglado su boda con un primo suyo, Kareem. Éste no fue el habitual compromiso contraído en Arabia Saudí, ya que el novio solicitó conocer a su futura esposa, petición que le fue concedida. Desde su primer encuentro, Kareem y Sultana se sintieron intensamente atraídos el uno por el otro. No tardaron en enamorarse, y su unión se caracterizó por un amor mutuo, a diferencia de tantos y tantos matrimonios saudíes.

Los primeros años de matrimonio le aportaron la tranquilidad que ella siempre había deseado. Primero tuvieron un varón, Abdullah, y luego dos niñas, Maha y Amani.

Sultana y su familia permanecieron en Riad durante la guerra del Golfo de 1991. La princesa lamentó profundamente que esta guerra, lejos de mejorar el estatus de la mujer saudí como ella había esperado, complicó aún más su existencia. Sultana se lamentaba de que cuando terminó la guerra «los velos eran más tupidos, los tobillos volvieron a cubrirse, las cadenas a apretar como antes».

En Las hijas de Sultana la princesa y yo explicábamos al mundo que su familia inmediata había sabido que ella era la princesa protagonista de un libro que se vendió muy bien.

También supieron los lectores que, pese a los constantes afanes de Sultana contra el statu quo de su país, sus dos hijas no pudieron escapar a la presión de los prejuicios feudales contra las mujeres.

Cada una de sus hijas reaccionó de manera distinta a su herencia saudí. La hija mayor, Maha, odiaba la vida de la mujer en su país y, siguiendo el camino de su madre, se rebeló contra las injusticias que Arabia Saudí infligía a las mujeres. Tan afectada resultó su mente que Maha hubo de recibir tratamiento psiquiátrico en Londres antes de reanudar su vida en su país.

Amani, la hija pequeña, reaccionó de un modo que aún preocupó más a su madre. Abrazó la fe islámica con un inquietante grado de fanatismo. Mientras Sultana luchaba contra el velo, Amani luchaba por el velo.

En este tercer libro, Sultana me ha pedido una vez más que sea su voz. Aunque sigue exponiéndose mucho al hacer que el mundo conozca que los abusos cometidos contra las mujeres saudíes son a la vez alarmantes y rutinarios, Sultana ha descubierto una nueva manera de ayudar a las mujeres de todo el mundo, y persevera en su gallarda cruzada por la reforma.

Aunque los lectores no tardarán en saber que Sultana no es en absoluto perfecta, y que sus imperfecciones son más que humanas, nadie puede dudar de su sinceridad cuando está en juego la lucha por los derechos de la mujer.

Como escritora, y como amiga de Sultana, es para mí un orgullo contar la historia de tan extraordinaria princesa.

Jean Sasson
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