Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía






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- XI -

     Ya supondrán los píos lectores que habiendo paz en España ardió Madrid en fiestas, conforme al ceremonial de alegría pública que amenizaba nuestra Historia desde que volvió del destierro Fernando el Deseado en 1814. Vestían los balcones abigarradas percalinas, las más de ellas de respetable ancianidad, pues ya figuraron en el regocijo de 1860, cuando entraron las tropas vencedoras en África, y en el regocijo del 68, entrada de Serrano vencedor en Alcolea. De noche fulguraban las hileras de gas en los edificios públicos, y en el caserío lucían de trecho en trecho los farolitos de aceite con parpadeo mustio y lacrimoso. La iluminación pública era la misma que esmaltó las noches en diferentes [129] ocasiones de júbilo, como el nacimiento del Príncipe y las Infantas, o la traída de aguas del Lozoya.

     Salimos una noche a ver los festejos los tres inseparables; mas no tuvimos paciencia ni valor para correr el largo trayecto desde la Cibeles a Palacio, entre un gentío espeso, silencioso y embobado, que a mi parecer personificaba de un modo gráfico el aburrimiento nacional. Nos dijeron que en algún sitio de la carrera se alzaba un armatoste de pintados lienzos. Era sin duda lo que llaman un arco de triunfo, quizá un templete del género clásico fastidioso como el que pusieron en el popular regocijo de 1830, cuando María Cristina vino a casarse con Fernando VII. Toda esta balumba de tonterías no nos interesaba y la dimos por vista, acogiéndonos a la sociedad amable, risueña y chispeante del café de Las Columnas.

     Y ahora, lector mío, a mi modo continuaré la Historia de España, como decía Cánovas. En cuanto terminaron los desaboridos festejos, las Cortes enredáronse en el arduo trajín de fabricar la nueva Constitución, la cual si no me sale mal la cuenta, era la sexta que los españoles del siglo XIX habíamos estatuido para pasar el rato. Naturalmente, se nombró una Comisión cuyos individuos trabajaban como fieras para pergeñar el documento, y a este propósito os diré que la última nota del regocijo público, en los jolgorios de la paz, la dio don Antonio Cánovas con una frase graciosísima que vais a conocer. Hallábase [130] una tarde en el banco azul el Presidente del Consejo, fatigado de un largo y enojoso debate, cuando se le acercaron dos señores de la Comisión para preguntarle cómo redactarían el artículo del Código fundamental que dice: son españoles los tales y tales... Don Antonio, quitándose y poniéndose los lentes, con aquel guiño característico que expresaba su mal humor ante toda impertinencia, contestó ceceoso: «Pongan ustedes que son españoles... los que no pueden ser otra cosa».

     Cuando ya conocimos la letra y el espíritu de la Constitución, Segismundo recitaba algunos fragmentos dándoles un sentido contrario al que textualmente tenían. El tercer párrafo del famoso artículo 11, que trata de la cuestión religiosa, lo volvía del revés en esta forma: «Todo ciudadano será molestado continuamente en el territorio español por sus opiniones religiosas y por el ejercicio de su respectivo culto, conforme al menosprecio debido a la moral universal». Otras cláusulas del mismo Código ponía mi amigo en solfa, asegurándonos que a tales burlas le incitaba una vena profética posesionada de su espíritu. Sin atormentar su fantasía contemplaba en los días futuros la sistemática violación de aquella Ley, como violadas y escarnecidas fueron las cinco Constituciones precedentes. En el propio estado de pérfida legalidad seguiría viviendo nuestra Nación año tras año, hasta que otros hombres y otras ideas nos trajeran la política de la verdad y la justicia, gobernando, no para una clase [131] escogida de caballeros y señoras, sino para la familia total que goza y trabaja, triunfa y padece, ríe y llora en este pedazo de tierra feraz y desolado, caliente y frío, alegre y tristísimo que llamamos España.

     Del pesimismo profético de Segis participaba yo, haciéndolo aún más lúgubre por la negra melancolía que empezó a invadir mi alma poco después de las fiestas de la paz. Rápidamente creció aquel malestar insufrible, no sé si cerebral o nervioso, que en años anteriores me llevó a los mayores delirios. Durante algunos días conseguí sobreponerme a los fenómenos más enojosos de la dolencia, como la percepción de voces susurrantes que atormentaban mis oídos. Los seres invisibles hurtábanme el sosiego, y en giros vertiginosos se revolvían en torno mío, diciéndome palabras dulces, palabras tétricas o burlonas.

     Cuando me encontraba junto a Casiana y Segis, apetecía la soledad, y si estaba solo deseaba cualquier compañía, aunque fuera la de la insignificante Nicanora. Enfadábanme la casa, y al buscar alivio en el aire libre y en el bullicio de la muchedumbre, la calle se me hacía también insoportable. En mi turbación hondísima, discurría yo que una de las causas de aquel desvarío borrascoso era el abandono en que me tenía mi divina Madre, pues aunque puntualmente me entregaba la portera de la Academia mi estipendio, ya no venía este acompañado de cartita o mensaje, y para mayor soledad no volvió a [132] llegarse a mí la espiritual mandadera de Clío, la voladora Efémera.

     Los cuidados y mimos de Casiana y las gracias de Segis me aliviaron un tanto a la entrada de verano. Llevábanme a dar largos paseos por las afueras, y alejándome del caserío de la Villa y Corte notaba yo en mis nervios efecto sedante. Un día nos íbamos por el Abroñigal, otros por Bellas Vistas, Amaniel y Arroyo de San Bernardino, o bien Manzanares arriba hasta cerca de El Pardo, o Manzanares abajo más allá del Canal. Aunque prohibí a Segismundo que me hablase de política, este no podía contenerse, y en forma jovial y guasona me daba cuenta de sucesos en los cuales yo no vi ningún interés. Con prodigiosa memoria repetía trozos del Breve que largó el Papa condenando el artículo 11 de la Constitución. Sus chanzas no me divertían; mandábale yo callar diciéndole que, pues éramos más súbditos de Pío IX que de Alfonso XII, debíamos concretarnos a gemir bajo la sandalia que nos aplastaba.

     Ni la cólera pontificia, ni la promulgación del sexto Código fundamental, producto de los ocios políticos, ni el presupuesto alfonsino, ni la cuestión foral, atraían mi dislocado pensamiento... Pasaron tardos y tediosos los meses caniculares con suave mejoría de mi dolencia, y a la entrada de otoño creí notar que lo que ganaba en salud física lo perdía en facultades mentales, pues sentíame tonto, muy lento en el discurrir y en formar juicio [133] de las cosas. En la soledad de mi casa, suspendidas ya las caminatas campestres, el buen Segis trataba de sacudir mi pereza mental refiriéndome pormenores de la maquinación sediciosa. En París habían llegado a un acuerdo Salmerón y Ruiz Zorrilla, concertando un pacto del cual esperaban grandes frutos los amigos de don Manuel. Contra este convenio tronó Emilio Castelar en carta dirigida a Morayta desde Garrucha. En tanto, los zorrillistas seguían conspirando de lo lindo en Francia y en Madrid. Segis me aseguró que en una vivienda obscura de la calle de la Aduana tenían Ladevese y Santamaría la oficina revolucionaria, en que tramaban un alzamiento combinado de paisanaje y tropa. Llegaron al Gobierno soplos de esta conjura, y una mañana fueron presas más de doscientas personas entre civiles y militares.

     Escuchaba yo esto como quien oye llover, y no presté mayor atención a las parrafadas de Segis comentando el bill de indemnidad (dicho a la inglesa para entenderlo mejor) que Cánovas pidió a las Cortes en Noviembre. Sagasta y el Duque de la Torre, capitaneando con bravura el Partido Constitucional recién empollado, pedían ya el Poder, que era como pedir la luna. Al discutirse la reforma de las leyes municipal y provincial del año 70, don Antonio se batió con ellos, con Castelar y con los moderados, en memorables sesiones de indudable interés teatral.

     Leíame Casiana los discursos del malagueño; decía Segis a este propósito cuantos disparates [134] se le ocurrían, y yo, recobrando por un momento la lucidez de mi espíritu, pude aventurar esta gallarda opinión, que mis interlocutores oyeron estupefactos: «Conozco el pensamiento de Cánovas; penetro en su cerebro por privilegio que me ha dado mi excelsa Madre. El hombre de la Restauración sacude a un lado y otro los latigazos de su potente oratoria porque ve en peligro su obra, la ensambladura del Altar y el Trono; sospecha que los enemigos del régimen se preparan a reconquistar por la fuerza el Poder que por la fuerza se les arrebató en Sagunto.

     »Advierto que me miráis con incredulidad un poquito burlona. ¿No sabéis que puede existir y en mil casos existe el contacto espiritual entre dos, tres o más cerebros situados a larga distancia? Pues si esto ignoráis, yo lo sé y os lo digo para que lo creáis como artículo de fe, y no se os ocurra tomar estas cosas a broma. La vibración pensante se comunica de aquel cerebro al mío por arte magnético desconocido de los tontos, y aquí tenéis al pobre Tito fiel transmisor de las ideas del Jefe del Gobierno».

     Pausa expectante y fúnebre. Casianilla y Segis se miraron perplejos, y luego volvieron sus ojos hacia mí con expresión de lástima cariñosa. Creían sin duda que yo no estaba en mis cabales, o que mi dolencia nerviosa derivaba marcadamente hacia la locura. Los dos llevaron la conversación a un tema jovial, como para desviar mi mente de las obsesiones monomaníacas... Debo añadir [135] que empezaba yo a tomar entre ojos al buen Segismundo, por su insistencia en contrariarme y por su afán de traerme noticias que, a mi parecer, eran más que Historia chismografía. También Casiana me causaba cierto enojo y fastidio por la prolijidad de sus cuidados, que los enfermos solemos ser ingratos con las personas que nos asisten.

     Una tarde, a la hora del crepúsculo, salimos de paseo los tres. Casiana y Segis iban delante, yo detrás, por la calle de las Huertas abajo. Fuera porque ellos se adelantasen o porque yo me retrasara, lo cierto es que les perdí de vista. Avancé hacia el Prado revolviendo mis ojos de una parte a otra, y al llegar cerca de la fuente de las Cuatro Estaciones vi un grupo de niñas grandullonas que, cantando y cogiditas de la mano, jugaban al corro. El ruedo era muy extenso: formábanlo unas veinte o veinticinco rapazuelas, vestidas con luengos ropajes flotantes de distintos colores. Acerqueme, y creyendo reconocer a una de aquellas ninfas juguetonas, la saqué violentamente del corro y le dije:

     -Ven aquí; tú eres Efémera.

     -Sí, sí -me contestó-. Todas las del corro somos Efémeras.

     -¡Ah! Sí, sois muchas. Ya lo sabía yo. ¿Tú me has visitado algunas veces?

     -No puedo asegurártelo. Mensajeras veloces, tenemos alas eternas, pero nuestra memoria no dura más que un día... Y cuando no nos mandan a recorrer las esferas jugamos, ya lo ves. [136]

     -Hijas del aire, ¡sed compasivas conmigo! Cogedme entre todas, que bien podéis hacerlo, y llevadme adonde está mi divina Madre».

     Prorrumpió en alegres risas la sílfide picaresca, y desprendiéndose de mi mano volvió al corro con sus gráciles hermanas. Corrí yo hacia ellas; pero a mis primeros pasos me cegó una ráfaga de luz vivísima, sulfúrea, violácea, y tuve que detenerme. No vi más a las Efémeras; oía su canto, un murmullo ciclónico que se desarrollaba en espirales cada vez más lejanas. Mi oído pudo percibir estas cláusulas: En el Salón del Prado -no se puede jugar -porque hay muchos mocosos -que vienen a estorbar. -Con un cigarro puro -vienen a presumir: -más vale que les dieran -un huevo y a dormir...

     Andando a tropezones, medio ciego y en un estado de turbación indecible, traté de orientarme para volver a mi vivienda, sin pretender encontrar a Segis y Casiana. Mis ojos, encandilados por aquel resplandor intensísimo, no me guiaban bien en mi camino. Era la hora en que los faroleros corrían encendiendo los mecheros de gas. Por la Plaza de las Cortes, calle de San Agustín y otras que seguí con andadura maquinal, llegué a mi casa, donde me encontré solo. ¡Solo, Dios mío! No puedo expresar la tristeza que invadió mi alma al hallarme sin Casianilla. Cuando advertí que transcurría el tiempo sin verla entrar, mi tristeza se trocó en ira. Tumbado en el sofá esperé, esperé. Al cabo de [137] media hora larga que me pareció un siglo, llegó mi compañera, inquieta y turbada. Antes que pudiese darme explicaciones de su desaparición en la calle, la increpé con voces ásperas y descompuestas. Mis gritos atronaron la casa. La pobre mujercita, que jamás me vio en estado tan contrario a mi natural mansedumbre, rompió a llorar amargamente, balbuciendo entre gemidos estas atropelladas razones:

     «¡Ay, Tito mío; yo no tengo la culpa!... No me riñas así... Cuando te echamos de menos volvimos atrás. No te encontramos. Adelante otra vez... Como a ti te gusta ir hacia el Botánico, allá nos fuimos... ¡Ay Dios mío!... Tampoco estabas allí... Segismundo dijo que habrías ido hacia el Museo... ¡Ah! en el Museo tampoco te hallamos... Por mi salud, yo estaba loca, no sabía lo que me pasaba... Buscándote por un lado y otro del Prado seguimos hasta la Cibeles... Aturdidos, y sin saber ya qué hacer, subimos por la calle de Alcalá, entramos por la del Turco. Me dio una corazonada. Yo dije: Al ver que nos perdíamos se habrá ido a la plazuela de las Cortes, y allí estará sentadito en un banco, al pie de la estatua de... No sé, no sé cómo se llama aquel hombre... No encontrándote, me dio otra corazonada, puedes creérmelo como Dios es mi padre, y dije: Apuesto a que se ha metido en casa. Voy corriendo, voy volando. Y volando vine acá... ¡Tito, por la Virgen Santísima, no me digas esas cosas!... ¡Ay, yo me muero si tú no me quieres! [138]

     -¿Y Segismundo?- pregunté con acento agresivo, de suprema desconfianza.

     -Pues cuando llegábamos a la plazuela de las Cortes se nos presentó de repente aquel señor Sebo, ya sabes, y le dijo a Segis que tenía que hablarle... que si el señor Marqués o la señá Marquesa... En fin, Tito, que yo eché a correr dejándolos con la palabra en la boca».

     Pasado un rato se calmaron mis irritados nervios. La fiel Casiana, con sinceras razones y blandas caricias, me devolvió la perdida tranquilidad. Hicimos las paces. Volví a mi quietud enfermiza, no sin que me atormentaran horas de insomnio, dudas, tristezas y alucinaciones horribles.

     No aquella noche, ni la siguiente, sino tres o cinco noches después (que la cronología por entonces era problema insoluble para mí), hallándonos Casiana y yo de sobremesa pensando mucho y hablando poco, se llegó a nosotros Ido del Sagrario con paso grave y actitud sacerdotal. Imponiéndonos silencio con marcada rigidez de su dedo índice, para que oyéramos las campanadas del reloj de San Juan de Dios, alargó la nuez y en tono sibilítico nos dijo: «Excelentísimo Señor, señorita de Coelho, en este momento ha fenecido el año de 1876 y ha entrado a presidir nuestra existencia el 1877. Laus Deo». [139]






- XII -

     ¡1877! La cifra pasó fugaz por mi mente. Menos que los años me interesaban los meses y los días, pues el Tiempo había llegado a ser para mí un concepto caótico... Volvió Segismundo a mi compañía y tertulia con la cordialidad de amigo verdadero y de hombre agradecido. Una mañana (averigüe la fecha quien tenga empeño en conocerla) se presentó ante nosotros con un chaleco rameado y un pantalón de género inglés. Antes que me lo dijese comprendí que aquellas prendas eran el desecho del rico guardarropa de Beramendi.

     «Hemos de mostrar prácticamente -me dijo el rebelde con sorna sutil- que nos asimilamos la característica elegancia de la sociedad alfonsina. Otra característica de los tiempos es que estos se retrotraen y vuelven las cosas al estado que tenían años ha. Sabrás, querido Tito, que el hombre del día es Montpensier. Por las calles le he visto con su tradicional paraguas y su aire de Príncipe acomodaticio y contento de la vida. Sus querellas con la Reina doña Isabel, a quien quiso destronar; el duelo trágico con el Infante don Enrique y los trabajos de zapa para cargarse la corona democrática que las Constituyentes otorgan a don Amadeo, han pasado al cesto en que arroja la Historia los [140] papeles inútiles. Busca y obtiene la reconciliación con los Borbones reinantes, moviéndole a ello las gracias de su linda hija Mercedes. Te diré, si lo ignoras, que el simpático Alfonso se ha enamorado perdidamente de su primita».

     Otro día (indagad la fecha por el curso de los astros o el vuelo de las aves), se nos apareció el pícaro Segis con un precioso alfiler de corbata en que lucían dos perlitas y un rubí, y me dijo, poniendo en sus palabras tanta seriedad como gracejo: «Vivimos en la época del fausto insolente y de los grandes negocios. No se habla de otra cosa que de capitales extranjeros que afluyen aquí buscando empleo y beneficios pingües, de grandiosas empresas industriales, de ferrocarriles más largos que la cuaresma, y de otros cortos y ceñidos al interés particular. La alta banca se mueve; el dinero se desentumece, y corre a donde lo llaman el crédito y el trabajo.

     »España renace; pero los provechos de este resurgir de la vida económica no alcanzan todavía más que a las clases opulentas. Y yo pregunto: ¿Por qué lo que llamamos capas inferiores de la sociedad no ha de agregarse también a esta corriente financiera? Si bien se mira, la multitud es rica por solo el hecho de ser tal multitud. Los muchos pocos, alineados en cifra, representan ¡oh Tito! suma considerable. Ha llegado, pues, el momento de crear los Bancos Populares, que recojan los ahorros del pobre y se los devuelvan multiplicados. [141] De tal modo, entiendo yo que laborando de consuno las capas de abajo y las capas de arriba se abrigarán recíprocamente. ¿No crees tú lo mismo?».

     Le contesté que sí, sin añadir observación alguna. Había yo notado que Segismundo, habitualmente muy diestro en el uso de la ironía, la sutilizaba entonces hasta hacer de ella un arte maravilloso... Pasadas dos semanas, se nos presentó Fajardo mejor apañado de indumento: traía botas de charol y un gabancete, no nuevo pero en buen uso, prenda de fijo adquirida en un establecimiento de compraventa mercantil. A mis felicitaciones por su buen porte, y a las preguntas que le hice, me contestó que había mejorado de posición gracias a la buena amistad del insigne Sebo, quien le había conseguido empleo modesto y decoroso en un Banco Popular... Relacioné al instante las referencias de Fajardo con una entidad de crédito establecida no hacía mucho en la Plaza de la Cebada, y cuyas operaciones daban que hablar a la gente.

     «Sí, querido Proteo -me dijo Segis-; trabajo en las oficinas de ese Banco, fundación admirable que no viene a vaciar un lleno sino a llenar un vacío en la sociedad española, porque ha de traer la sangre plebeya a vigorizar el cuerpo financiero de la Nación... Sangre nueva, sangre fresca: el ahorro menudo, el globulillo rojo circulando por las venas de este país anémico... Por último sabrás, si ya no lo sabes, que la creadora de [142] esta institución benéfica y patriótica es una dama ilustre en quien yo veo el símbolo de la raza hispana, mujer de un vigor mental extraordinario cual nunca se vio en hembras de nuestra tierra, portento de sagacidad, clarividencia y maestría en el arte o ciencia de las finanzas, bonita y graciosa de añadidura; es, en fin, doña Baldomera Larra, hija del gran Fígaro».

     En conversaciones posteriores, me contó mi amigo que la gente de la Plaza de la Cebada, y todos los lugareños que se albergaban en los paradores de la calle de Toledo y adyacentes, hacían cola a la puerta del Banco Popular para imponer sus monises en las cajas de doña Baldomera. Aquello era un jubileo, era un escándalo, y la policía tenía que intervenir para poner orden. Se contaba que en los pueblos vendían las fincas con objeto de hacer imposiciones en el flamante Banco. La genial hacendista, persona muy sugestiva y de fenomenales dotes oratorias, echaba discursos a la entusiasta y codiciosa plebe, y al darles el primer plazo de los cuantiosos intereses, les ofrecía ganancias pingües, colosales. La garantía de tan inaudito negocio ¿cuál era? Pues unas minas de plata, de oro o de piedras preciosas radicantes en el suelo virgen de América, minas de incalculable riqueza cuya explotación multiplicaría los parneses depositados en las arcas Baldomeriles.

     En las visitas que casi diariamente me hacía el buen Segis, contábame el asunto [143] en cierto modo fundamental y étnico del Banco Popular. Sostuve yo que la credulidad candorosa del pueblo español y las artes hipnóticas de la hija de Larra eran, como signo indudable del estado mental de la raza, más dignos del fuero de Clío que las ficciones vanas en que se agitaban nuestros políticos; en suma, que la Historia debía consagrar más páginas al zurriburri de las finanzas plebeyas que al barullo retórico de las Cortes, y al trajín de quitar y poner Constituciones que no habían de ser respetadas.

     Acorde con cuanto yo dije, Segis me manifestó que estaba contento en su destinillo. La dama banquera le consideraba, mostrándole un afecto casi maternal, al que correspondía el funcionario con su puntual asistencia y el esmero y pulcritud de su trabajo de contabilidad. Iba, pues, muy a gusto en el machito, y como los Marqueses de Beramendi le aseguraban su hospedaje y manutención, el duro diario que en el Banco percibía destinábalo a mejorar su vestimenta. Cada vez que se nos presentaba con algo nuevo en su atavío, ya fuese prenda de ropa, ya un relojito barato, nos decía:

     «Ved aquí el positivo producto de las minas de América, de esos ricos yacimientos de metales preciosos ¡ay! que han venido a ser la felicidad del pueblo madrileño. Adelante con la ilusión, vida y encanto de las naciones pobres. Tú, buen Proteo, que a ratos escribes o garabateas en las tabletas de la divina Clío, continúa la Historia de España, como dice Cánovas, [144] transmitiendo a la posteridad estos actos de fe candorosa y de sutil taumaturgia; añade a ello la fiebre taurina, la ciencia recóndita de esos que llaman los apóstoles, y que andan por los barrios bajos curando todas las enfermedades con agua más o menos limpia, y habrás hecho el retrato fiel de la España de la Restauración».

     No tenía yo ánimos en aquellos días para continuar la Historia de España, ni conforme al canon político, ni acogiéndome al rico tema de la ilusión plebeya que me recomendaba Segis, deseoso de arrastrarme al concepto irónico de la psicología nacional. Declaro que el acto del Rey poniendo la primera piedra de la Cárcel Modelo en las proximidades de la Moncloa, las sesiones de las Cámaras, el cambio de Ministro de Hacienda, así como el viaje que emprendió don Alfonso para visitar las provincias de Levante y Mediodía, no me interesaban poco ni mucho. Cuando mis amigos me contaban estas menudencias históricas sonábame todo a hueco. La tristeza invadió nuevamente mi alma, complicándose con un malestar físico que me llenó de inquietud, avanzados ya los días tibios de la primavera.

     Después de Semana Santa empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenillas en los ojos, sin que de ello me aliviasen los cuidados de Casiana, que dos o tres veces al día bañaba con agua de rosas mis pupilas enfermas. Los patrones me recomendaron ejercicio y distracción. Conforme con [145] este tratamiento elemental, mi compañera sacábame de paseo todas las tardes; pero mi vista mermaba tan rápidamente, que a los pocos días de estas divagaciones por el Botánico y Ronda de Atocha, tuve que agarrarme al brazo de mi leal Casianilla para no tropezar con los transeúntes. Al propio tiempo crecía la fotofobia, y ni aun amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, que perdía su brillo, tomando según me dijeron un aspecto mate, sanguíneo.

     Tanto Segis como los demás amigos que me acompañaban en mis largas horas tediosas, convinieron en familiar consulta que era forzoso acudir a la Ciencia. Agravado el mal en breve tiempo, hasta el punto de que ya no distinguía más que los objetos próximos y de mucho bulto, se trató en mi casa de elegir el médico que había de curarme, y Pablo Nougués, doliente también de la vista, llevó a mi casa una tarde para que me examinase al doctor Albitos. Era este un oculista joven, inteligentísimo en su profesión, de trato muy ameno y agradable, discípulo del famoso Delgado Jugo. Examinó el doctor mis dolidos ojos con escrupulosa atención y cariño; enterose de cuanto en mi naturaleza y en mis costumbres pudiera ser considerado como antecedente de la enfermedad. [146] Sus palabras dulces me consolaron; mi sufrimiento sería tal vez un poco largo; pero si no me faltaba la virtud puramente medicatriz de la paciencia, él respondía de mi curación. Terminó el diagnóstico con el nombre científico y un tanto enrevesado de lo que yo padecía. No se me olvida aquel nombre, que fue como un rótulo, clavado por el médico en mi frente: Queratitis Parenquimatosa».

     Desde aquella tarde quedamos unidos con vínculo estrecho mi Queratitis y yo, cual un matrimonio doloroso que había de durar hasta que la ciencia del oculista nos divorciara. Fortalecido por mi paciencia, de la que hice acopio exuberante, cargaba mi cruz y con ella recorría el agrio camino de la vida hora tras hora, semana tras semana. Recluso en mi habitación, sumido en intensa obscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante.

     En aquel lúgubre rodar de mi existencia notaba yo menos constancia en las visitas de los amigos. Hasta el propio Segis se me antojó poco asiduo: casi siempre tenía perentorias ocupaciones que le obligaban a retirarse pronto. Sólo la fiel Casiana permanecía junto a mí superándome en paciencia, y llevando [147] a los límites de lo sublime la humanidad, el amor y la misericordia.

     Compadecedme ahora más que nunca, piadosos lectores, pues encontrábame ya en el período más doloroso y tétrico de mi largo padecer. Mi ceguera llegó a ser absoluta, mis ojos inflamados dábanme la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las órbitas. Los fomentos calientes y las duchas de vapor, que me administraba el ayudante del oculista, aliviábanme a ratos. Casianilla me servía con puntual solicitud la medicación interna, mercuriales, antisépticos... Cuando a mis oídos llegaba el tintín de la cucharilla revolviendo las dosis terapéuticas en el vaso de agua, sentía yo cierto regocijo. Aquel rumor cristalino era mi único reloj, y por él tenía yo un vago conocimiento de las horas... En cierto modo imitaba el ritmo de la Queratitis, arrullándome en sus duros brazos...

     Mi existencia no era más que una sombra encerrada en ancha caverna, que ya me parecía roja, ya de un tinte violáceo surcado de ráfagas verdes. En tal estado llegué a perder, según después he podido apreciar, la conciencia de la realidad. Una tarde o una noche, no sé precisarlo, sintiendo junto a mí rumorcillo de faldas, alargué la mano y dije: «Casiana, ven, siéntate a mi lado». Y una voz tenue, con leve inflexión burlona, me contestó: «Tonto, no soy Casiana. Soy Efémera».

     No me dio tiempo a expresar mi alborozo porque, apenas oí la voz primera, otras voces sonaron en alegre y voluble cháchara, y al [148] par de esta, rumor de pisaditas como de seres alados que juegan y revolotean rozando apenas el suelo con blandos pies. «Ya os siento, ya os escucho, mensajeras de mi Madre -exclamé-. ¿Venís a consolarme?... ¿Me traéis nuevas de la que es vuestra Señora y Señora mía?».

     Las ninfas juguetonas siguieron revoloteando a mi alrededor, y el aire que movían sus flotantes túnicas me daba en el rostro. Del murmullo picaresco destacose una voz que claramente me dijo: «Somos las Efémeras ociosas que hoy están libres, dueñas de los aires y del tiempo... La Madre, que se halla lejos, lejos, y también ociosa, nos ha mandado que juguemos y nos divirtamos sin más ley que nuestro albedrío. Venimos de embromar a Cánovas, y ahora la emprendemos con el buen Tito. (Risillas mal sofocadas.) Nos ha dicho Cánovas que quiere consultar contigo el problema matrimonial de don Alfonsito... Ja, ja, ja... Ji, ji, ji...».

     El giro vertiginoso de las sílfides me mareaba, me volvía loco... Algunas, al pasar junto a mí, dábanme papirotazos en la cabeza con sus manos livianas y frías... Arreció el murmullo reidor, chancero. Levanteme frenético, empecé a dar voces, traté de coger a una de las ninfas, creí agarrar su ropa, tiré fuertemente y la traje hacia mí diciendo: «Ven, Efémera, quédate aquí». Pero ella se escapó susurrando: «Volveré, Tito. Soy tu amiga». En esto oí la voz de mi compañera que a mi lado dormitaba y que a mis gritos habíase [149] despabilado. Abrazándome tiernamente me dijo: «¿Qué te pasa, muñeco mío? ¿Sueñas, deliras? ¿Por qué llamas Efémera a tu Casianilla?».





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Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconA sus 23 años, todavía con aspecto de estudiante, la idealista Erin...






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