Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía






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- IX -

     Mi respuesta fue dar voces llamando a Ido para que nos sirviera al instante la cena. «Cenarás conmigo -dije a Segismundo-, y con esta señorita, Casiana Coelho, que si no es ya una profesora de instrucción primaria, lo será muy pronto. Ya sabes que diariamente, desde esta noche, habrá siempre en mi mesa humilde un plato para ti». Por causa de la turbación de su ánimo, o quizás por la vacuidad de su estómago, el pobre Segismundo no pudo expresar su gratitud más que con truncadas frases expresivas.

     Apenas tragó García Fajardo las primeras cucharadas de sopa y media copa de vino, pudo advertirse que recobraba su perdido vigor. Ya era otro hombre, y a medida que [107] avanzaba en la ingestión de alimento, su gesto hacíase menos desmayado y su voz más segura y vibrante. «Gracias a mi antigua camarera y aposentadora, la benéfica Señángela -nos dijo-, no duermo a la intemperie. Aquella fiera, tan deslenguada como caritativa, me ha dado cobijo en un cuchitril inmundo de la calle de Cabestreros. Allí tengo unos palmos de terreno donde estirarme, sobre un montón de trastos y rollos de esteras. El amigo Balbona ya no está en la taberna de la calle de Toledo, y Romualdo Cantera se ha ido a vivir lejos de Madrid... Todo mi guardarropa se reduce hoy a estos venerables guiñapos que ves colgados sobre mi cuerpo.

     -No te apures, noble hijo de España -le contesté yo-. Nosotros te proveeremos de ropa con algunas prendas mías y otras del amigo Ido, que próximamente mide tu estatura. Todo es cuestión de tijera y aguja. Aquí tenemos a Casianita, que es una gran sastra y arregladora de vestimentas para todos los gustos. Te adecentaremos... no te rías... y podrás salir a la calle con elegancia de figurín barato. Ya sabes que la elegancia es el signo de los tiempos. Bien apañadito, como un estirado señorete que viene de París, podrás presentarte a tu ilustre tío el Marqués de Beramendi, y a tu amigo Vicente Halconero».

     Poniendo breves pausas en el buen comer, mi huésped replicó así: «En el fondo y aun en la superficie de su espíritu, mi tío Beramendi es un rebelde a macha martillo; pero su mujer, sus hijos y la sociedad en que vive [108] no le permiten sustraerse a esta atmósfera de artificios convencionales y de mentiras aparatosas. Los hombres de ideas más avanzadas se vuelven suspicaces y medrosicos, y se acomodan a vegetar dentro de esta cárcel fastidiosa de la sensatez monárquica, mayormente si poseen buenas rentas para tratarse a cuerpo de rey mientras dure su cautiverio. En cuanto los jesuitas establezcan aquí esos Colegios elegantes de que ya se habla, los primeros niños que entren en ellos serán los de mi tío Pepe. Así lo quiere María Ignacia y así será.

     »Lo mismo te digo de Vicentito Halconero. Es un chico excelente, talento claro de los que miran al porvenir y a la regeneración de este pobre pueblo. Pues hostigado por su madre, Lucila, y por sus suegros los Calpenas, solicitó el acta de La Guardia; le encasilló Romero Robledo, y ahí le tienes, entre los borregos de Cánovas... no, me equivoco... entre los de Sagasta, que viene a ser lo mismo. Te diré ahora que la hermosa Lucila, al cabo de los años, se siente un poco ultramontana y papista. No hace mucho tiempo hizo un viaje a Roma con su esposo don Ángel Cordero, el sutil economista, sin otro objeto que besar la sandalia de Pío IX, y recibir la bendición pontificia... Con que ya sabes, a esta sociedad que me execra y me maldice, no puedo yo acercarme sin recibir desaires y sofiones».

     Avanzada ya la cena, añadió Segismundo a las manifestaciones anteriores confidencias [109] de un orden más delicado. Poniendo en su acento el respeto que a su madre debía, díjome que esta, Segismunda Rodríguez, esposa del primogénito de los García Fajardo, se había dedicado en los últimos años al negocio de préstamos usurarios, y laboraba sigilosamente tras la pantalla de testaferros sin conciencia. Amasado un grueso capital desplumando lindamente al prójimo, la buena señora hipaba por la grandeza y era rabiosa alfonsina. Se desvivía por pescar un título nobiliario, y no siéndole fácil conseguirlo de los de Castilla resignábase a tenerlo pontificio, que como es sabido resultan muy económicos.

     De sobremesa volvimos a tratar la cuestión de indumentaria. Casiana, movida de repentina inspiración, sacó de su cesta de costura la cinta-metro que usan los sastres y modistas, y puesto en pie Segismundo, le tomó las medidas a lo ancho y a lo largo. La señorita de Coelho cantaba los números y yo los iba apuntando en un papelejo. Hecho esto, y cuando Segis se despidió con demostraciones de gratitud, bien provisto de tabaco, le aseguré que a la tarde siguiente encontraría en mi casa el remedio de su indecorosa desnudez.

     Coincidiendo en una resolución práctica, habíamos pensado Casiana y yo que la más expedita obra de misericordia era vestir al desnudo con un traje de El Águila. En efecto, a la mañana siguiente adquirimos, por las medidas que llevábamos, un terno modestito [110] y de buen ver. Luego, en la calle de Toledo, compramos tres camisas y otras prendas interiores, a las cuales agregamos un sombrerete blando adquirido en Las Tres B B B de la Plaza Mayor... Con toda esta carga nos volvimos a casa satisfechos y gozosos, pues nada era tan grato para mí, y lo mismo para Casianilla, como aplicar nuestros limitados recursos a una obra esencialmente cristiana y altruista.

     Por la tarde, cuando se nos presentó el infeliz repatriado y le mostramos las para él lujosas prendas de vestir, advertimos que se humedecían sus ojos y que su boca tembliqueante no acertaba a formular las oportunas frases de reconocimiento. Con un tonillo evangélico, que maquinalmente me salía del pensamiento a los labios, le hablé de este modo: «Amigo, mejor será decir hermano mío, coge estas ropas y tenlas por tuyas sin reparar en la mano que te las entrega; corre a tu morada, y una vez que purifiques tus carnes con santas abluciones, vístelas con la decencia que Dios te ha deparado».

     El hombre infeliz, recogiendo parte de su equipo para hacer con él un lío, me contestó en el tono más sencillo y familiar: «Benditos sean los que practican el amor al prójimo con verdad y donosura. Muchos se precian de socorrer a los desvalidos; pocos hay que posean el arte de la caridad. Yo acepto estos dones y admiro la gracia con que se me ofrecen... Permitidme, mis queridos amigos, que no traslade a mi casa toda la ropa interior; [111] me llevo sólo una muda; lo demás aquí queda, pues mi desmantelado cubil se me antoja que no es, no ya el Puerto, sino el Golfo de Arrebatacapas».

     Con toda la presteza que su contento le infundía, el desgraciado y ya favorecido Segismundo partió, llevándose su ropa envuelta en un pañuelo. Casiana y yo nos quedamos discurriendo nuevas manifestaciones del arte de la caridad. Al otro día sorprendíamos al menesteroso caballero con una pañosa nuevecita y unas botas de becerro mate adquiridas en un bazar de calzado. Todo resultó a las mil maravillas: cuando resurgió a media mañana el amigo, bien lavoteado y vestido de limpio, parecía otro. Obsequiole Casiana con unas corbatitas de colorines en las que había trabajado la noche anterior. El espléndido regalo final de la capa y botas puso al buen Segismundo en un estado de beatitud seráfica. Yo reventaba de gozo, Casianilla no cesaba de reír, y los dos creíamos hallarnos en presencia de un muerto a quien acabábamos de resucitar.

     Tras un largo rato de ocioso charloteo, en que intervino Ido con su cándido filosofismo, nos sentamos a la mesa. El muerto resucitado, dueño ya de los varios registros de su inteligencia, nos contó interesantes casos y episodios del vivir azaroso de los emigrados españoles en París. Habíalos allí de todas castas y procedencias: republicanos federales del 73, zorrillistas de la última extracción con afiliados civiles y militares, carlistas de [112] todas las épocas, especialmente de la última, pues la causa de la legitimidad iba de capa caída y muchos partidarios del Pretendiente pasaban la frontera ansiosos de buscarse la vida en un país pacífico y libre. El Pasaje Jouffroy y el Café de Madrid hervían de españoles aburridos y famélicos. Algunos, embozados en sus capitas, acechaban el paso de un amigo que les diera un Napoleón o les convidase a un almuerzo de dos francos cincuenta; otros se instalaban en las mesas del café, y allí pasaban largas horas en tristes añoranzas, o planeando medios de trabajo para poder matar el gusanillo. Los más prácticos apencaban con los rudos oficios y se metían en una cerrajería, en una tahona o en talleres de encuadernación.

     «Me han contado -dije yo- que republicanos y carlistas fraternizan allí, unidos por la común desgracia, y se buscan la vida dando lecciones de español.

     -Así es -prosiguió Segis-. Yo me asocié con un ex-capitán carlista, natural de Azpeitia, excelente chico, que no hablaba bien más que el vascuence. Pereciendo de hambre, anunciamos una Gran Academia de Lenguas en la cual, el vascongado y yo, y un andaluz muy despierto que se nos agregó, ofrecíamos dar lecciones de español, de latín y de griego. El resultado fue desastroso... Debo añadir que de la emigración zorrillista poco podíamos esperar, porque los prosélitos de don Manuel, mal que bien, tenían para vivir y se cuidaban poco de los demás, como no fuera para [113] darnos de vez en cuando un corto auxilio.

     »De Ladevese recibí yo algún socorro que le agradeceré toda mi vida... La conspiración zorrillista labora en España tratando de mover las fuerzas militares para producir los tan acreditados pronunciamientos. En París se manifiestan con un ojalaterismo rosado y transparente que a muchos deslumbra, a mí no, pues de los pronunciamientos no espero nada bueno para mi Patria... Desesperado de la inutilidad de mis esfuerzos para resolver el problema vital, abandoné el Pasaje Jouffroy, donde todo se volvía cháchara sin substancia, y planté mis reales en el Café Cluny, Boulevard Saint Michel, Barrio Latino.

     -Dime, Segis, ¿no has visto por allí a Estévanez?

     -Sí; pocos días antes de mi salida, llegó de Portugal. Está muy desalentado, y cree que todo intento revolucionario, ya sea zorrillista, ya sea de otro orden, quedará hecho polvo bajo el peso de esta oligarquía de tres cabezas: la femenina aristocrática, la militar masculina y la papista epicena... Como decía, me instalé muy a gusto en el Barrio Latino, que es para mí el París luminoso, la urbe de la ciencia y el arte. Allí están todos los focos del saber y de la enseñanza pública; allí están la Sorbona, el Collège de France, la Universidad; allí las Escuelas Superiores de Medicina, de Farmacia, de Ingenieros, el Observatorio Astronómico, innumerables Institutos, Laboratorios y Bibliotecas; allí todos los grandes editores de París; allí, en fin, la [114] inmensa cátedra de escolares, estudiosos los unos, otros afiliados a la graciosa hermandad que llaman bohemia. Sobre este inquieto y juvenil personal flota la nube de poetas más o menos parnasianos, y de pintores más o menos impresionistas.

     -¡Hermosa y florida República -exclamé yo-, esperanza de un gran pueblo!

     -En el Café Cluny y en otro que está junto al Odeón, tenía yo mis Círculos predilectos. Hice amistad con unos chicos mejicanos y chilenos, pensionados para estudiar Medicina. Sociedad más a mi gusto jamás la conocí. Los americanillos eran estudiosos, y de la piel del diablo. Ellos, y un pintor español que hacía paisajes melancólicos, me arrastraron a la bohemia, para lo cual es condición precisa tener los bolsillos vacíos. Gocé y me divertí cuanto pude, y mis calaveradas extravagantes dejaron memoria en aquel rincón del París ático y bullicioso. Para que nada me faltase, tuve mi griseta, que me adoró durante dos días y medio.

     »También aquel barrio era campo de acción de muchos expatriados españoles, que se administraban por un presupuesto absolutamente negativo. Con algunos de estos me lié yo en sociedad comanditaria al objeto de arbitrar recursos honradamente. Un tal Boneta, cantonal, me propuso un negocio que consideraba de resultados infalibles. ¡A trabajar se ha dicho! Alquilamos una tienda en la rue Grenelle, y nos instalamos en ella sin muebles ni cosa alguna. Pero en la fachada pusimos [115] este anuncio sugestivo, Misterios de la vida parisién, y en la puerta un rotulillo que decía en letras bien claras, Entrada, un franco. A mi cargo corría la cobranza, mientras Boneta se paseaba en el salón vacío. El primer día cayeron algunos incautos, que al ver aquellas paredes desnudas preguntaban: «¿Pero qué es lo que se enseña aquí?». Boneta contestaba con voz estruendosa: ¡Rien! Intervino la Policía obligándonos a cerrar el establecimiento. Con los francos recaudados tuvimos para cenar algunas noches.

     -Esa broma o ese timo, querido Segis -repuse yo-, no habríais podido darlo en Madrid.

     -Claro es -siguió diciendo el pícaro-. Pero tú no sabes que París es el pueblo más novelero del mundo. Verás ahora otro caso de la maravillosa inventiva de un emigrado español muerto de hambre. Un tal Catuelles, carlista, anunció en la prensa que estaba dispuesto a reconocer todos los hijos ilegítimos no reconocidos por sus padres. En el anuncio, redactado con frases muy patéticas, declaraba que lo hacía por lástima de las pobres criaturas, y deseoso de que estas pudieran entrar decorosamente en la vida social. Lo demás ya se supone: precios convencionales. Pues este hombre que en España habría pasado por loco, en París y en poco más de seis meses, reconoció ciento dieciocho hijos y ganó doce mil duros.

     -¡Ay qué gracioso, qué hombre más listo! -exclamó Casiana riendo a carcajadas-. [116] Pero usted, don Segis, ¿qué intentaba para ganar dinero y salir de su miseria?

     -¡Ah, hija mía! Yo no tenía la travesura de Boneta ni el genio de Catuelles. Cuando llegué a los extremos de la necesidad me dejé llevar por dos amigos, uno cantonal y otro carcunda, a las conferencias religiosas que en cierta calle próxima a San Sulpicio daba una Sociedad Catequista. Aunque mis dos compañeros eran librepensadores, casi ateos, y yo no tengo creencias religiosas, apencábamos con aquella farsa porque los catequizadores recompensaban nuestro falso catolicismo con un modesto socorro. Por las noches nos hacían oír unas pláticas estúpidas y soporíferas. Pero ¡ay! esto no bastaba: querían los señores dar público espectáculo de nuestra piedad y mansedumbre, como éxito notorio de la labor catequizante y triunfo de Nuestra Santa Madre Iglesia. Eramos como unos doscientos, entre hombres menesterosos y beatas vejanconas. Todas las mañanas nos llevaban a confesar y comulgar en San Sulpicio, y hasta que ingeríamos el pan espiritual no nos daban el franco, óbolo remunerador de nuestras edificantes devociones.

     -¡Pero tú comulgabas, Segis, tú...! -exclamé yo, vacilando entre la incredulidad y la risa-. ¿Es posible?

     -¡Ya lo creo! Como que si no comulgaba no comía... ¡Ay, amigos del alma! Si ahora que estoy decentito me decido a presentarme a mi madre, ya sé lo primero que me dirá. Me parece que la estoy oyendo: «Hijo mío, [117] ¿vienes dispuesto a sentar la cabeza y a enmendarte de tus errores? Si así es, tu madre te bendice, y lo primero que te recomienda es que entres resueltamente en la grey cristiana y cumplas con la Iglesia». Yo le responderé: «¡Ah, madre querida; bien cumplido y purificado vengo de París. Traigo cumplimiento para lo que me resta de vida».






- X -

     Desde aquel día, el náufrago salvado de las olas del infortunio quedó unido a mí por vínculos fraternales. Casiana y yo partíamos el pan y la sal con Segismundo, y él nos mostraba un cariño respetuoso que más parecía veneración. Juntos salíamos los tres de paseo, tranquilos, alegres, ni envidiados ni envidiosos, y por las noches no perdonábamos nuestra partidita de café en los de Zaragoza, Venecia o San Sebastián donde poníamos el paño al púlpito despotricando, ora en tonos enérgicos, ora en sarcástico estilo, contra la oligarquía dominante. Aunque perorábamos para una posteridad remota, los parroquianos que nos oían con la boca abierta celebraban nuestras locas arengas, cual si en ellas viesen una palpitante actualidad.

     En nuestra casa teníamos luego una segunda soirée más interesante y divertida, porque en ella gozábamos la inefable libertad del disparate sin acortar el vuelo de nuestros [118] arrebatados pensamientos. Reforzada nuestra trinca con la conspicua personalidad de Ido del Sagrario y la de un estudiantillo muy despierto llamado Gayoso, recorríamos hasta lo infinito los espacios quiméricos.

     Allí se oyeron afirmaciones aplastantes y atrevidísimas hipótesis. Por ejemplo, oid a Segismundo: «Si en España viniera un cataclismo, pongo por caso, como dice Orovio en sus discursos... un cataclismo, es un suponer, que decía el General Infante, y fuéramos llamados Tito y yo a ejercer la dictadura, ¿qué haríamos?». El estudiante Gayoso saltó en seguida sosteniendo que no dominaríamos la situación si no consagrábamos los tres primeros días de mando a cortar cabezas, la mar de cabezas...

     De esto protestaba Sagrario, movido de un alto espíritu de humanidad, y decía con enfático acento: «No se cuiden los señores dictadores de cortar cabezas, sino de cortar abusos, y esto se hará fácilmente blandiendo en una mano el cetro de la Ley y en la otra la antorcha de la Verdad. Sí; con ley, verdad, justicia y honradez ciudadana todo irá como una seda. Matar no, no. Me opongo a la horca y a la guillotina. Todo lo más que admito es el cartel que diga pena de muerte al ladrón, sólo como amenaza contra los timadores y descuideros».

     A esto repliqué yo adoptando un término medio entre los feroces procedimientos de Gayoso y la indulgencia de don José. Este me interrumpió con atinadas razones: «Yo lo fío [119] todo al progreso, y harto saben los preopinantes que el progreso es benigno, suave, mirando siempre a la Voluntad Nacional... Ya que los señores se dignan escucharme, les diré que no veo más dictadura que la del denodado señor Duque de la Victoria».

     Tomó entonces la palabra Segismundo para expresar estas ideas, propias de su elevado cacumen: «Yo, conforme con el sesudo Sagrario, enarbolo los pendones de la ley, la verdad y la justicia; pero ¿cómo hemos de salvar el espacio mediante entre los furores del cataclismo y la normalidad fundada en esos ideales? Al constituirnos necesitamos Ejército. ¿Cómo pasamos del pretorianismo indisciplinado a la posesión de una fuerza regular que apoye la acción gubernativa? Será indispensable conciliar los intereses de los ricos con el bienestar relativo de los menesterosos. Hemos de crear un presupuesto novísimo, descargando las cifras asignadas al Clero y Milicia para reforzar las dotaciones de Enseñanza y Obras Públicas. Y yo pregunto a los preopinantes: ¿Cómo nos defenderemos de las fieras que, azuzadas por esta radical alteración del presupuesto, caerán sobre nosotros ansiosas de devorarnos? Por todo lo dicho y por algo más que se me queda en el magín, yo renuncio a la dictadura que galantemente me ha ofrecido el amigo Proteo, y la transfiero, como propone el señor Ido, al Príncipe de Vergara, Duque de la Victoria y Conde de Morella».

     Casianilla, que había permanecido muda [120] y atenta ante el varonil senado, se arrancó al fin con este juicio tan tímido como discreto: «Déjenme pedir a los señores opinantes que no se devanen los sesos por la incumbencia del dictado, que entiendo es el encaminar a la Nación para que del tumulto pase a la paz... Porque yo digo, del mucho orden sale siempre el desorden, es a saber, los motines y la rabia del pueblo, y de esto sale siempre la tranquilidad o verbo y gracia quedarse todo como una balsa de aceite. Dios Nuestro Señor ha dispuesto que tras de la calma tengamos las tempestades y tras de las tempestades la calma y el cielo sereno. ¿Que viene cataclismo? Pues que venga. El cataclismo se encargará de volver las cosas a la norma... o como se diga. ¿Me explico?».

     Los cuatro le aseguramos que la entendíamos muy bien, y ella, cobrando ánimos, concluyó de este modo: «No quiero que Tito ni Segismundo se metan a dictar estas cosas. Si España se alborota, ya sabrá ella desalborotarse, y por lo que voy viendo, buen desalborotador será ese Duque mentado por don José y que, según yo calculo, no es otro que el señor de Espartero».

     Aplaudimos todos, y disolví la reunión. El primer suceso memorable del día siguiente fue que Segismundo, al venir a casa, se encontró a Sebo, el cual ya tenía conocimiento de que en su repatriación García Fajardo había mudado de piel como las culebras. Díjole Telesforo del Portillo que el señor Marqués de Beramendi deseaba ver a su sobrino, [121] y que él tenía orden terminante de llevarle a su presencia de grado o por fuerza. Yo aconsejé a Segis que se dejara querer, pues algo bueno resultaría de su entrevista con el bondadoso prócer oligarca.

     El segundo suceso histórico de aquel día fue la terminación de la guerra civil. Desde fines del año anterior andaban muy atropellados los carlistas. No tenían dinero, no tenían generales de empuje. El atontado Carlos VII puso al frente de sus tropas a don Alfonso de Borbón y de Habsburgo, Conde de Caserta, hermano del ex-Rey de Nápoles Francisco II, e hijo en segundas nupcias de Fernando, el llamado Rey Bomba. El pobre Conde de Caserta, con toda la hinchazón de su regia prosapia, carecía de dotes para regir una poderosa hueste en quien iba faltando la interior satisfacción. En tanto, el Gobierno de Cánovas, viendo ya maduro el fruto de la paz, organizó dos grandes Ejércitos con nutrido contingente de todas armas, mandado el uno por Martínez Campos y el otro por Quesada. El primero llevaba consigo a los Generales Blanco y Primo de Rivera; Quesada iba en la compañía de hombres tan expertos y conocedores del territorio como Moriones, Loma, Villegas y otros.

     Ambos Ejércitos adquirieron fáciles ventajas, así en el suelo navarro como en el país vascongado y límites de Santander. Martínez Campos emprendió su famosa marcha hacia el Baztán, iniciando el movimiento envolvente a lo largo de la frontera que pronto dio [122] sus frutos. Primo de Rivera, después de sacudir duras palizas a las partidas facciosas, no ya Cuerpos de Ejército, en Santa Bárbara de Oteiza, La Solana y línea del río Egea, entró en Estella el 19 de Febrero del 76. Tan importante suceso y la victoria alcanzada por el General Blanco en Peña Plata determinaron la desbandada de las tropas carlistas. Estas gritaban ¡traición, traición! y en grupos salían por pies hacia el Pirineo.

     Segismundo García Fajardo, después de hablar con su tío el Marqués de Beramendi, me refirió las opiniones de este sagaz hombre de mundo que sabía poner la realidad por encima de los engañosos convencionalismos. Según el Marqués, las ventajas obtenidas se debían en primer término a la eficacia de las armas liberales, después al influjo de la plata repartida entre los pobres carlistas, descalzos, hambrientos, aburridos ya de un heroísmo inútil. Viendo ya seguro el fin de la guerra, Cánovas dispuso que don Alfonso fuese al Norte a recoger abundante cosecha de laureles. Entró el Rey en Tolosa el 21 de Febrero, aclamado por alfonsinos y carlistas. Un batallón guipuzcoano se sublevó en Leiza a los gritos de ¡Mueran los traidores! ¡Nos han vendido!, teniendo que retirarse Carasa con su Estado Mayor y escolta, no sin que le insultaran. El batallón de Guernica se insurreccionó contra sus jefes, y en todas partes se repetía: Esto se ha concluido.

     Completo esta página histórica con otra que me dictó Segis. Dando a tal página toda [123] la importancia que merece, la copio al pie de la letra: «Mi tío Pepe me recibió con benévola conmiseración. Oyó el relato que tuve que hacerle de mis andanzas y miserias, y al reprenderme por mi vida borrascosa, atenuaba su severidad con inflexiones regocijadas. Harto conocía yo la rebeldía interna, así en lo político como en lo social, de mi señor tío; pero yo era pobre y él rico, yo no tenía casa ni hogar y él vivía en la dorada farsa de un mundo artificioso. Por esta fundamental diferencia, la rebeldía y el dogmatismo revolucionario de Beramendi eran no más que un adorno mental, florecillas del espíritu que el buen prócer sacaba a relucir tan sólo en la intimidad de sus amigos.

     »También María Ignacia, que al oír mi voz entró en el despacho, mostrose conmigo indulgente y compasiva. Tratando ante mí de aliviar mi desdichada suerte en la forma más práctica, Beramendi me notificó que estaba dispuesto a pagarme pupilaje decoroso y buena comida en cierta casa de huéspedes regida por una señora llamada doña Leche. Añadió que hoy mismo daría a Telesforo del Portillo las órdenes oportunas para que fuera yo recibido sin dilación en mi nueva morada, Relatores, 4. Acto seguido, María Ignacia puso en mi mano dos dobloncitos de a cuatro, para mis gastos menudos de tabaco y café, advirtiéndome con sequedad melindrosa que si yo no era económico y sensato no repetiría la dádiva».

     Cuando esto decía el buen Segis, sacó las [124] moneditas de oro con el aleve intento de pasarlas de su bolsillo al mío. Como yo me resistiera enérgicamente, intentó ponerlas en la mano de Casianilla; pero esta rechazó la oferta con más jovialidad que indignación, diciendo: «Eso es para usted, don Segis; Tito y yo somos ricos por nuestra casa, ya usted lo sabe, y del amigo queremos la amistad y el cariño, no el vil metal, como dice don José cuando se le habla de oro».

     Pasados unos días, el 20 de Marzo de 1876, propuse a Segismundo que fuésemos los tres a presenciar la entrada de Alfonso XII en Madrid al frente de las tropas victoriosas en el Norte, pues según anunciaba la Prensa tendríamos un acontecimiento grandioso, vibrante, solemne, un himno a la paz cantado al unísono por el pueblo y las altas clases sociales. Esta indicación mía dio motivo a un sustancioso juicio histórico del rebelde, que merece el honor de la letra de molde. Ahí va:

     «Detesto la guerra civil dinástica, y es tan vivo mi odio a ese medio siglo de lucha fratricida sin gloria y sin fruto, que nada encuentro en él que pueda contentarme. Tanto me amarga esa guerra que me incomodan hasta las victorias, me carga el heroísmo y me revientan los laureles. Para mí, la contienda de familia debió quedar acabada y finiquita el mismo 34, a los pocos meses de entrar en España por Elizondo el inmenso mentecato don Carlos María Isidro, cuando Martínez de la Rosa lanzó la frase de un faccioso [125] más. En este desdichado país no había entonces sentido político ni militar sentido, ni el vigoroso estímulo de la conservación nacional. Por la flaqueza de estos sentimientos, los españoles no supieron extirpar el mal aplicando con dureza implacable el procedimiento quirúrgico. La querella dinástica se hizo crónica, y la repugnante dolencia creció invadiendo el cuerpo social en el curso del siglo. Todavía ¡pobre España!, todavía tienes sarna que rascar para largo tiempo.

     »En vez de resolver a rajatabla el problema Vendeano, diose tiempo a los carlistas para que se tomaran la beligerancia, para reclutar hombres y allegar dinero formando ejércitos casi regulares, para proveerse de una pequeña Corte y erigir un Estado minúsculo, dotado con todos los engorros burocráticos y administrativos. Los liberales, a su vez, se preparaban apercibiendo los resortes complejos del viejo mecanismo histórico. En seguida empezaron los encuentros, las batallitas, el correr y perseguirse por los ásperos montes y los verdes oteros, que fueron y son campos del fanatismo. Para mayor desdicha de la Patria, ambos Ejércitos eran valientes, incansables. Los triunfos y los descalabros se compartían por igual. El heroísmo flameaba en uno y en otro bando; victorias hubo aquí, victorias allá, mas ninguna bandera logró desgarrar definitivamente la bandera contraria.

     »En el rápido crecimiento de la grey militar, muchos veían ventajas positivas. Si [126] acertaban estos ilusos España era un país felicísimo y envidiable, pues en los fatídicos tiempos de la guerra civil, las frecuentes concesiones de grados por méritos efectivos multiplicaron profusamente la cifra de Oficiales y Jefes. Muchos, hermanando el valor con la fortuna, pasaron muy pronto de Tenientes a Generales. De esta categoría teníamos caudillos bastantes para mandar los Ejércitos de Napoleón. Naturalmente, bromas tan sangrientas en el campo de la Historia no podían ser de larga duración. A los siete años de un batallar tenacísimo, los dos Ejércitos, fatigados y anhelantes de la paz, cayeron en la cuenta de que lo más conveniente y positivo para entrambos era pactar franca reconciliación, abrazarse y lanzar el Todos somos unos. Tal como lo pensaron lo hicieron, conviniendo en mantener y dar valor efectivo a los grados, empleos y condecoraciones ganados por una y otra hueste en siete años de rabiosa porfía. ¿Por qué, Señor, a santo de qué? Por si debía reinar varón o hembra.

     »El huevo de Vergara fue ciertamente un huevo de paz. Pero de él, al calor de nuestras incurables tonterías políticas, ha salido una gusanera que es incubación de todo aquello que creíamos muerto y sepultado. Te dije antes que en las guerras intestinas me cargan los heroísmos, los laureles marchitos apenas ganados, y ahora te digo que me carga también la paz, porque aquí la paz es el huevo de que sale otra generación con la misma [127] estúpida manía del pleito familiar dinástico, de la demencia bélica, de la multiplicación de Generales... Ya ves lo que ha pasado en los últimos años. Otra vez parece que tenemos paces. Pero no te fíes...

     -En este momento entra don Alfonso en Madrid -dijo Casiana-. ¿No oyen ustedes los tambores y cornetas que suenan lejos, lejos?

     -Oímos, sí -prosiguió Segis-. Además de oír, desde aquí veo yo el contento del Rey y el júbilo del pueblo inocente y confiado que le aclama. ¡Pobrecitos! Llaman paz a una tregua cuya duración no podemos apreciar todavía.

     -Tienes razón -afirmé yo-, y es posible que los carlistas no vuelvan a tomar las armas, porque verdaderamente no lo necesitan. Los vencedores se han traído acá las ideas de los vencidos, creyendo que en ellas consolidarán el trono flamante.

     -Todo queda lo mismo -continuó García Fajardo, con gran seguridad en su juicio-. El Borbonismo no tiene dos fases, como creen los historiadores superficiales, sino una sola. Aquí y allá, en la guerra y en la paz es siempre el mismo, un poder arbitrario que acopla el Trono y el Altar para oprimir a este pueblo infeliz y mantenerlo en la pobreza y en la ignorancia. Lo único positivo en ese cortejo brillante que ahora atraviesa las calles de Madrid es un sinfín de Generales, Jefes y Oficiales nuevos, agregados a los que ya teníamos, una caterva de funcionarios viejos o novísimos que fundarán sobre el doble catafalco, [128] Altar y Trono, una política de inercia, de ficciones y de fórmulas mentirosas extraídas de la cantera de la tradición. Todo esto va decorado con el profuso reparto de honores, distinciones y títulos nobiliarios. Pronto veréis, amigos míos, el Anuario de la Grandeza empedrado de Condes y Marqueses. En lo de acuñar nobles al por mayor y en la prodigalidad de los Excelentísimos, Ilustrísimos y Reverendísimos, no hay país en el mundo que nos iguale. ¡Oh desmedrada España! Cada día pesas menos, y si abultas más atribúyelo a tu vana hinchazón».





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