Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía






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- VII -

     Menudas jaquecas daban a don Antonio los señores del lastre reaccionario, que pesaba brutalmente en la nave de la Situación. Por el sistema efemerídeo que me había revelado la Madre, introducía yo mi pensamiento en el cerebro del grande hombre. Allí se me comunicaba su iracundia por las enormidades que imponerle querían los bárbaros del vetusto Moderantismo. Ponían estos el grito en el cielo al ver que los primeros puestos de la Política, de la Administración y del Ejército eran arramblados por la taifa de Septiembre, y se aprestaron a las represalias metiendo a don Francisco Cárdenas, Ministro de Gracia y Justicia, en el jaleo de derogar la Ley de Matrimonio Civil de 18 de Junio de 1870. Con tal atropello resultaron concubinatos los matrimonios legalmente contraídos, y naturales los hijos habidos en ellos. Horrísona tempestad levantó en la Prensa y en la opinión este atroz desafuero, y mientras el Papa se frotaba las manos de [84] gusto, el jefe de los alfonsinos rabiaba en silencio, viendo frustrado su sano propósito de cimentar su política en el Manifiesto de Sandhurst.

     Nadie me contaba el estado mental del Presidente del Consejo. Sentíalo yo en mí mismo por el contacto misterioso del pensar canovístico con el pensar de este humilde vocero de la vida hispana. Por el mismo artilugio milagroso pude apreciar que no hicieron maldita gracia al insigne malagueño los airados decretos con que Orovio puso en la calle y desterró a los Catedráticos de la Universidad Salmerón, Giner de los Ríos, Azcárate y otros, lumbreras de la Filosofía y del Derecho, y apóstoles de la libertad de conciencia. Por este acto de brutal intolerancia y por sus pintorescos chalecos, transmitió su nombre hasta los alrededores de la posteridad el Marqués de Orovio que, aparte su ciego fanatismo, era una persona decente y honrada.

     Con un bello desorden que a mi parecer da colorido y sabor picante a las minucias históricas, os contaré que el Rey don Alfonso, muy contento con la cruz laureada que Espartero puso en su pecho, partió de Logroño a Burgos, y después de visitar Valladolid y Ávila regresó a Madrid, donde las masas oficiales le recibieron con palmas. En tanto, su madre doña Isabel no cesaba de mover el ánimo irritable de los borbónicos netos para que le abrieran brecha o caminito por donde colarse en el suelo patrio. Suspiraba por la [85] espesura florida de Aranjuez; necesitaba una estación balnearia para la primavera, y en verano no podrían pasarse, ni ella ni las Infantitas, sin los baños de mar.

     Cánovas, que profesaba el principio filosófico-político de mantener a las Reinas Madres alejadas del foco de la gobernación, indicó a doña Isabel, con muchísimo respeto, la residencia de Mallorca para sus esparcimientos y regocijos primaverales y veraniegos. En esto, sabedor Carlos VII de los anhelos de su augusta prima, le escribió brindándole para su descanso y recreo las Provincias Vascongadas donde él reinaba... Ridícula es la carta en que el Pretendiente ofrecía las playas vizcaínas y guipuzcoanas a doña Isabel para su temporada estival. Entre otras simplezas se dejó decir lo siguiente: «Si quieres ir a Lequeitio o Zarauz, donde estuviste en otras épocas, puedes ocupar los mismos palacios que entonces habitaste, pues no creo posible que en tal caso los marinos de tu hijo continuaran bombardeando aquellos puertos, y si lo intentasen, tengo cañones de suficiente alcance para que te dejen tranquila». Doña Isabel fue lo bastante discreta para no aceptar la farandulesca protección de su primito. ¡Estaría bueno que las dos ramas que habían desgarrado el cuerpo de la pobre España disputándose un trono durante más de medio siglo, hicieran paces vergonzosas por los baños de ola de Lequeitio!

     Si buenas dosis de acíbar tragó Cánovas por las imposiciones del elemento retrógrado [86] y obscurantista, como diría Ido, no fue mala compensación la dulzura de ver entrar en la legalidad al truculento guerrillero don Ramón Cabrera, culminante figura del carlismo. Conviene consignar algunos antecedentes familiares de este gran suceso. Cuando el llamado Tigre del Maestrazgo pasó el Pirineo en 1840, perdida ya la causa de don Carlos, fue a parar a Inglaterra, donde la fama de su temerario arrojo rodeó su nombre de una aureola de trágica leyenda. En Londres se destacó vigorosamente su atezado rostro, su mirada fulgurante, el aspecto de fiereza medioeval, y se contaban las cicatrices que hacían de su cuerpo un heroico jeroglífico. No necesitaron los ingleses forzar su imaginación para ver en Cabrera una figura genuinamente shakespiriana.

     Pasado algún tiempo, la leyenda del guerrillero y su presencia personal interesaron el corazón de una dama inglesa, protestante, rica y noble. La dama y el héroe contrajeron matrimonio con todas las de la ley. Entró, pues, Cabrera en una vida pacífica y burguesa, a la cual se atemperó fácilmente el adalid más terrible, sagaz, activo y sanguinario que ha existido en nuestras discordias civiles. Determinó esta evolución del carácter de Cabrera el genio de su esposa, que supo subyugar la fiereza del cabecilla insigne.

     El tigre cedió a la blanda ferocidad de la tigresa, convirtiéndose en apacible cordero. Un amigo de Cabrera, que le había conocido [87] en España, me contó que una noche fue a visitarle a su casa de Londres, situada en el West, junto a un Square o plazoleta jardinada. Al entrar en esta encontró a don Ramón, de frac, fumándose tranquilamente un puro. Al abrazar a su amigo, el tigre domesticado le dijo: «Me encuentra usted aquí porque mi mujer no me deja fumar en casa».

     En rigor de verdad debe decirse que más que la señora contribuyó a la domesticación de la fiera el plácido ambiente de un país liberal y protestante, de un país en que imperaba la justicia y el orden, en que los ciudadanos vivían dichosos ejercitando sus derechos y sometidos al suave rigor de las leyes. A nadie pudo sorprender que un hombre tan inteligente y agudo como Cabrera evolucionase radicalmente, acabando por abominar de la salvaje guerra dinástica de su país, y se asqueara de las vesanias y horrores en que él desplegó todo su coraje. Últimas palabras de esta conversión fueron los intentos de transigir con don Amadeo y aun con la República, y, por último el acto decisivo de reconocer a don Alfonso como el único Rey posible en España. A este feliz resultado se llegó mediante negociaciones en que intervinieron de una parte el Duque de Santoña, Merry del Val y Pareja de Alarcón, y de la otra el señor Homedes, sobrino del famoso guerrillero, y otros amigos de este.

     En un Manifiesto publicado en París, dijo Cabrera a los carlistas con buenas formas que el absolutismo teocrático era una estupidez [88] en nuestros tiempos, y que del lema de la bandera facciosa dejaba a los fanáticos el Rey, llevándose consigo el Dios y Patria. Don Carlos espetó contra su antiguo General un enfático documento, privándole de todos sus títulos, empleos y honores, castigo que al flamante alfonsino le tenía sin cuidado. En cambio don Alfonso incluyó el nombre de Cabrera en el escalafón de Capitanes Generales, reconociéndole el título de Conde de Morella y todas las condecoraciones que ganara en los campos de batalla, peleando contra la causa liberal.

     Figurando ya en la Grandeza militar y social del nuevo reinado, el de Morella se instaló en Biarritz para trabajar más de cerca en pro de Alfonso XII. Muchos carlistas prestigiosos se fueron con él, y la estrella del Pretendiente empezó a perder su brillo, anunciando un próximo eclipse. Aquel amigo que había encontrado a Cabrera en la plazoleta del West londinense fumándose un habano, me contó que en Biarritz la transformación de la figura del tigre superaba en radicalismo a la mudanza de sus ideas y de su carácter. Se había dejado la barba; su rostro no carecía de serenidad placentera; el empaque y la ropa delataban la rigidez protestante y el característico tono británico. Hablando, salpicaba de sus labios un ligerísimo acento inglés. ¡Oh tempora, oh mores!

     Mezclando sabiamente lo útil con lo dulce, conforme al precepto del Latino, os contaré que Casiana Coelho adelantaba maravillosamente [89] en sus estudios. Había pasado el Catón, y ya leía sin grandes tropiezos las primeras páginas de la infantil enciclopedia llamada Juanito. En la escritura, vencido el agobio de los palotes y el duro aprendizaje de letras sueltas, escribía palabritas enteras con limpieza caligráfica y puro estilo de letra española. Gozaba yo lo indecible viéndola trabajar, y el paciente Sagrario me profetizó que el año próximo la señorita de Vargas Machuca sería un portento de ilustración.

     Continuaba yo manteniendo en reserva la famosa credencial de Casiana, y como mi conciencia repugnaba la villanía burocrática de cobrar el sueldo de la Señora Inspectora sin que esta prestase al Estado servicio alguno, inclinábame a permanecer a la expectativa, sospechando que el tiempo o los espíritus amables me traerían una solución decorosa. En tanto, deslizábase mi vida sosegada y sin quebraderos de cabeza, viendo pasar los días grises y melancólicos: si alguno traía un suceso digno de atención, el siguiente se lo llevaba para diluirlo en las penumbras del olvido.

     Redondeaba mi tranquilidad la paz amorosa de mi unión con Casianilla, cuya modestia, docilidad y aptitudes caseras, encantábanme lo indecible. La compenetración de nuestros caracteres y de nuestros gustos llegó a ser tal, que mi pensamiento rechazaba con horror la idea de separarnos. Ya he dicho, y ahora repito, que nos habíamos declarado muy a gusto figuras culminantes en [90] la flor y nata, o dígase crema, de la cursilería.

     Para que mis simpáticos lectores se rían un rato, les contaré lo que hacíamos mi compañera y yo, ganosos de afianzarnos y sobresalir dignamente en aquella interesante clase social. Sigo creyendo que la llamada gente cursi es el verdadero estado llano de los tiempos modernos, por la extensión que ocupa en el Censo y la mansedumbre pecuaria con que contribuye a las cargas del Estado. Atención, caballeros. Mi Casiana era su propia modista. Juntos íbamos los dos a comprar las telas; luego, entregábase la pobre chica al corte y confección en la mesa del comedor, guiándose con patrones hechos de papel de periódico y figurines sebosos, que le traía no sé de dónde su tía Simona. Largas horas de la tarde y la noche dedicadas a la costura, sin sustraer tiempo al estudio, completaban la obra, y cuando llegaba la ocasión de las probaturas, estas se hacían en mi presencia para requerir mi opinión de hombre de mundo y corregir los defectos que yo advirtiera.

     Sepan también las edades futuras que mi compañerita se arreglaba los corsés, echando piezas nuevas allí donde hacían falta, renovando ballenas, ojetes y cordelillos. En cuanto a los polisones ¡ay!, yo, Prometeo Liviano, era el fabricante de aquellos absurdos aditamentos. Tras cortos ensayos llegué a dominar el armadijo de alambres y crinolina, que hubiera causado vergüenza y horror [91] a la Venus Calípige. Agradecía Casiana esta colaboración convirtiendo en lindas corbatas para mí los retazos sobrantes de sus vestidos. Sus hábiles manos confeccionaron igualmente un chaleco que resultó tan bien cortado y fashionable como los de Orovio.

     Cuando teníamos aderezado nuestro equipo nos echábamos a la calle pistonudos y fachendosos, y exhibíamos nuestras personas en Recoletos, la Castellana y el Retiro, saboreando el efecto que causábamos en la plebe ignara. A los teatros íbamos comúnmente con el noble carácter de tifus, acudiendo a la fina amistad de Ducazcal, Arderíus y otros rumbosos empresarios. Rara era la noche en que faltábamos al café, prefiriendo los que tenían piano y violín, complemento artístico de la frescura de la leche merengada y del rico chocolate con picatostes. Deliciosos ratos pasábamos en las soirées cafeteriles, entre la escogida sociedad de señoras equívocas y señoritas del pan pringado, sin olvidar a última hora la rapiña picaresca de terrones de azúcar.

     Procedía yo de esta manera extremando las formas de ordinariez presumida, no por el corto gasto que tal vida supone, pues bien podía dármela mejor, sino porque se me habían hecho odiosas las elegancias faranduleras y la hinchada presunción traídas a la sociedad española por el cambiazo de Sagunto.

     Me cargaban los hombres jactanciosos y vacíos que se habían elevado de la pobreza cesantil a las harturas del presupuesto, gentes [92] por lo común holgazanas, marimandonas, atentas no más que a encarnar en sí mismas la pesadumbre del armatoste burocrático. Me reventaban los Condes y Marqueses, mayormente los de nuevo cuño, sacados por don Amadeo y don Alfonso del montón de indianos negreros, de mercachifles enriquecidos o de agiotistas sin conciencia. Me encocoraban los señores pudientes, que rebajando su jerarquía ancestral entregábanse al servilismo palaciego y monárquico. Detestaba, en fin, todas las vanidades que se habían mancomunado para contener los progresos de nuestra Patria, y encerrarla dentro de unos moldes que no podría romper sin nuevas y más iracundas revoluciones.

     Como yo me tenía por superior a toda esta turbamulta, materializaba mi desprecio adoptando la modalidad que a mi parecer era contrafigura del señorío infatuado, rémora contumaz de la vida española. Y cuando ante él ostentábamos Casiana y yo nuestros atavíos fachosos, mentalmente les decíamos: «Miradnos bien. Somos cursis por patriotismo».

     Mis odios más vivos recaían sobre una casta de señoritos en su mayor parte salidos de las Universidades, ricos por su casa, y algunos participantes de las delicias de la nómina. Trastornadas estas criaturas por las parambombas que introdujo la Restauración, elevaron a fórmulas dogmáticas el arte y reglas de la elegancia. A todos los que no tuviéramos exquisita hechura personal, en modales y ropa, nos miraban como a raza inferior, [93] no más digna de aprecio que las turbas gregarias despectivamente llamadas masa obrera. Entre ellos y los de abajo ponían una barrera de lenguaje, neologismos extraños, chistes y camelos, mezclados de una galiparda insubstancial.

     Citaré el caso de uno de estos mancebos de cultura somera y ademanes finústicos, que, tras una temporadilla de dos semanas en París, volvió acá reventando de exquisitismo europeo. Su refinamiento no excluía el gusto extravagante de algunos manjares españoles tan ordinarios como sabrosos. En suma, que le gustaba con delirio el plato llamado callos. Entró a cenar con varios amigos en uno de los mejores restaurantes de Madrid; mas no se atrevió a pedir el comistraje de su gusto con el nombre español, que a su parecer era lo más contrario al buen tono. Después que sus amigos pidieron lo que les vino en gana, él dijo al mozo: «Para mí traiga usted... A ver, a ver... ¿Cómo se llama eso?... Ya, ya... tripe à la mode de Caen».






- VIII -

     Confundidos Casiana y yo entre el gentío fastuoso y el de medio pelo que paseaba en la Castellana o el Retiro solíamos encontrarnos con Leona la Brava, acompañada de su amiga María Ruiz. Una tarde, bajando de la Casa de Fieras al Parterre, nos sorprendió la [94] voz de Leonarda, a quien vimos bebiendo un vaso de agua en la Fuente Egipcia. No iba con María Ruiz sino con una doncella de servir llamada Pilar, que a Casiana conocía por haber dado juntas no pocos pasos en las correrías mundanas. Reunidas las tres mujeres y yo, seguimos deambulando.

     Leona, que en otras ocasiones había mostrado simpatía por Casiana, estuvo aquella tarde más expresiva, diciéndole entre otras cosas amables: «Mujer, no te des tanto tono. ¿Por qué no has ido a mi casa como me prometiste aquella noche que nos vimos a la salida de la Zarzuela? Tendré mucho gusto en que comas conmigo. Después de comer iremos al teatro, donde se nos agregará tu gallardo caballero, que no vive separado de ti».

     Contestaba Casiana modosita y con infantil cortedad... Balbuciente, ya se excusaba con finura encogida, ya contemporizaba prometiendo acceder a la invitación. La Pilar, aunque se hallaba en servidumbre, miraba con cierta protección compasiva a la pobre Casiana, considerándose como término medio entre el esplendor de su ama y la obscuridad de la que en otros tiempos fue su igual en la vida galante.

     Desmedido era el contraste entre la vestimenta magnífica y un poquito estrepitosa de Leona y los trapos caseros de mi humilde amiguita. Esta me había dicho mil veces que no sentía envidia de la dama de Mula, a pesar del rumbo que gastaba, y andando el tiempo me dio pruebas mil de su encantadora [95] modestia. Cuando salíamos del Paseo de las Estatuas a la calle de Alfonso XII, me dijo La Brava con su poquito de misterio:

     «Este año tardaré un poco en salir a mi veraneo, porque Alejandrito tiene un asunto... un negocio... un proyecto de ferrocarril que ha de ir por Miraflores a Segovia y La Granja... ya te contaré... y hasta que no se lo despachen no saldremos... No sé si sabes que los moderadotes están que echan bombas: todo lo quieren para sí, les belles places, les gros affaires, la lune et le soleil... Y a propósito: Alejandrito les ha vuelto la espalda, arrimándose a Romero Robledo y a López de Ayala, que le han prometido echar los bofes para sacar adelante su asuntillo. Cuando esto sea, nous partirons pour la France. Pasaremos una temporadita en Arcachón y luego nos vendremos a Biarritz».

     Terminó Leona sus confidencias diciéndome que Carlota Pastrana se iría pronto a San Juan de Luz, y que María Ruiz estaba aux abois, porque el suyo, que era empresario de casas de juego, dio el trueno gordo y tuvo que salir escapando de Madrid para que no le matasen.

     En la Cibeles nos separamos. Cuando íbamos hacia nuestra casa, la discreta Casiana consagró a la dama de Mula estos juicios sinceros: «Leonarda es linda, simpática y cariñosa. Viste muy bien y tira el dinero que es un gusto... Pues con todo eso, yo no quiero parecerme a ella. Según tú, La Brava y yo nos asemejamos en que las dos hemos querido [96] instruirnos para pasar de burras a personas. Pero no es lo mismo, Tito. La de Mula hipa por la grandeza, aprendió el habla fina, luego el francés, y todo su aquel es tratarse con hombres ricos. Busca el boato, la bambolla, y así como otras se pintan la cara para ser más bonitas, Leona se pinta el alma con la ilustración para que se enamoren de ella los Duques, los Príncipes y hasta los mismos Reyes.

     »Yo soy de otra manera; no pretendo más que saber leer y escribir, y unas miajas de Aritmética para llevar las cuentas de mi casa. Muy corto es mi genio, pero más cortos son mis deseos. Con un poquitín de lo que Dios reparte a sus criaturas tengo asegurada la felicidad: un hombre bueno que me quiera, una casa modesta y limpia, un pasar mediano y sin ahogos, un vivir tranquilo, cuidar a mi hombre y tenerle todo a punto y muy arregladito, y para colmo de contento mi plancha, mi aguja y mi estropajo».

     Entre San Juan y San Pedro, entrada de verano, cambiamos Casiana y yo el escenario en que exhibíamos nuestras bien aderezadas personas. Abandonamos la Castellana y el Retiro, y vestidos cómodamente y sin pretensiones nos íbamos por las tardes a la Fuente de la Teja o a la Pradera del Corregidor. La libertad del vivir plebeyo al aire libre nos encantaba, mayormente cuando llevábamos merienda o cena y nos la comíamos tumbaditos sobre la hierba.

     Era nuestra delicia la sociedad de los ventorrillos, [97] donde escuchábamos las conversaciones más graciosas; los musiquejos mendicantes nos divertían, y el vocerío alegre regocijaba nuestros corazones. Por cierto que una tarde encontramos a María Ruiz, una de las amigas de Leona, paseando del brazo de un gallardo sargento de Caballería. Al poco rato bailaban una mazurca, bien agarrados, al son de los atronadores organillos. Otra tarde se nos apareció el masón llamado burlescamente Epaminondas, a quien conocí en la tertulia de Candelarita Penélope. Le convidamos a merendar en un ventorro; aceptó, y apenas nos sentamos los tres, empezó a discursear de esta manera:

     «Ya tenemos a Periquito hecho fraile, ya tenemos a Sagasta metido en la legalidad. ¿No leíste la semana pasada el artículo de La Iberia? Pues bien claro lo dice. Los elementos procedentes del amadeísmo y del unionismo, juntamente con los restos del antiguo progresismo que no están con Zorrilla, quieren ahora formar un partidito que a un tiempo se llame liberal y borbónico. ¿Entiendes esto; lo entiende usted, señora?

     -Sí que lo entiendo, querido Epaminondas -respondí yo- Ni el elemento liberal ni el elemento borbónico quieren perecer. Para vivir y pescar lo que se pueda, se alían, se juntan, y buscan un dogma que encuentran en seguida... Aquí hay dogmas para todo, hasta para las combinaciones y mezcolanzas más extravagantes... Encontrada la fórmula, se aprestan todos a comulgar en la iglesia [98] alfonsina que hoy abre de par en par sus puertas al culto del Funcionarismo. No te asustes de nada, Epaminondas. Sagasta formará un partido liberal dinástico que alterne con el de Cánovas en la gobernación de estos Reinos venturosos.

     -A eso iba -prosiguió el masón, mostrando en su rostro el júbilo y la vanagloria de contar un suceso que él solo sabía-. Óyeme. Puedo asegurarte, como si lo hubiera visto, que ayer y hoy se han reunido Sagasta y Cánovas en casa de este último, Fuencarral, 2. Encerrados estuvieron más de dos horas cada día, tratando de... La conversación entre ambos prohombres no he de referírtela, porque no la oí... Pero te diré, si te interesa saberlo, la hora exacta con minutos en que entró Sagasta y la hora en que salió. Lo sé por Ramón, el ayuda de cámara de don Antonio, que es paisano y amigo mío, y todo me lo cuenta... Total, es claro como el agua que los empingorotados corifeos conferenciaron acerca de la forma y modo de fundar el nuevo partidito, bajo la base del equilibrio de los elementos dinásticos, conforme al credo borbónico.

     -En mi sentir -respondí yo- todo lo que me has dicho es la pura realidad. Por mi parte, debo declarar que no patrocino el nuevo partido ni me opongo a su creación, y así lo hago por dos razones: la primera es que sucederá lo que debe suceder, y la segunda, que todo ello me tiene sin cuidado».

     Disertamos un poco más sobre el asunto, [99] cada cual según su temperamento y estilo, hasta que el amigo Epaminondas se fue con unas mozas barbianas que salieron del merendero próximo.

     Transcurrieron días calurosos, tardes de holganza placentera en las soledades campesinas, noches serenas que empezaban tibias y concluían con dulce frescura matinal. Más de una vez, la aurora risueña nos acompañó a Casiana y a mí al tornar a nuestra vivienda.

     El primer suceso público que relatan mis crónicas en la declinación del verano fue la recrudescencia de las sofoquinas que a don Antonio daban los moderados. Los antagonismos en el seno del Ministerio parecían ya irreductibles. Se tiraban los trastos a la cabeza por si las primeras elecciones de la Restauración habían de hacerse con el sufragio universal o con el restringido. Cánovas del Castillo, que a sus grandes talentos unía un arte sutil para deshacerse de los revoltosos y amansar a los díscolos con el sencillo gesto de abandonar el Poder, dejando tras sí como emblema de castigo el vacío de su persona, inventó un Ministerio Jovellar que fue plasmado rápidamente en esta forma: Romero Robledo, Ayala y Salaverría conservaron sus carteras de Gobernación, Ultramar y Hacienda. En Guerra, con la Presidencia, quedó Jovellar. Y entraron: en Estado, don Emilio Alcalá Galiano, Vizconde del Pontón; en Fomento, don Cristóbal Martín Herrera; en Gracia y Justicia, don [100] Fernando Calderón Collantes, y en Marina, Durán y Lira.

     Heroico remedio fue para la turbada política el mutismo de don Antonio, mejor dicho, medio mutis como los que en las acotaciones de las comedias se designan con la siguiente fórmula: hace que se va y se queda. Para estos pasos escénicos tenía el maestro Cánovas una singular destreza, casi estoy por decir travesura, y de ello dio nuevos ejemplos en posteriores épocas de su mando. El flamante Ministerio correspondió dócilmente a los fines que motivaron su presencia en el retablo político, y el 1.º de Octubre, tras una gestación que no debió ser muy laboriosa, la señora Gaceta dio a luz un decreto estableciendo que el nuevo Parlamento se formaría con arreglo a la ley electoral de 1870. El sufragio universal había vuelto a levantar la cabeza, y los moderados, con excepción del inflexible don Claudio Moyano, bajaron la cresta convencidos de que se quedarían fuera de la circulación política si continuaban encerrados en las covachas del tiempo viejo.

     Desembarazado de los engorrosos obstáculos que le ocasionó la cuestión electoral, Cánovas volvió a ser cabeza visible de la Situación en la Presidencia del Consejo. A Jovellar dio el mando supremo de Cuba, prebenda que fue muy del agrado del General. En Guerra entró Ceballos; en Fomento el Conde de Toreno. Martín Herrera pasó a Gracia y Justicia, y don Fernando Calderón Collantes a Estado. Los demás Ministros, [101] excepto Alcalá Galiano, siguieron en sus puestos.

     Ante un público de amigos inquietos y ambiciosos, congregado en el Circo del Príncipe Alfonso el 7 de Noviembre, celebró Sagasta con endechas tribunicias el advenimiento del partido liberal monárquico y la felicidad que había de resultar del turno pacífico, del equilibrio, del balanceo metódico entre los dos elementos que diferenciaban e integraban la política general, sirviendo a la Nación y al Rey cada cual con su credo, cada cual con su dogma, sin perjuicio de comulgar ambos en el ideal común, en el ideal dinástico, etc... No expresó don Práxedes su pensamiento con los vocablos y frasecillas que aquí empleo. Yo no asistí a la reunión; pero creo interpretar fielmente la substancia del discurso utilizando las notas tomadas al oído que me trajo el diligente informador Epaminondas.

     Que Sagasta puso en las nubes la Constitución del 69 y pisoteó la del 45, no hay para qué decirlo. Hizo un discreto elogio de los derechos individuales y de la libertad de conciencia, armonizando estas conquistas con el estricto mantenimiento del orden, y concertó las notas chillonas del Himno de Riego con la grave salmodia de la Marcha Real. El Partido Constitucional combatiría con el mismo ardimiento los excesos de la demagogia y las atrocidades de la reacción... Todo iba bien, muy bien. Los liberales dinásticos, provistos ya de las necesarias recetas para entrar con [102] salud en la política activa, andaban por Madrid a fines del 75 como chiquillos con zapatos nuevos. Faltaba que el Gobierno convocase al pueblo a los comicios, que se efectuaran las elecciones, y que se supiera quiénes salían triunfantes del seno hermético de las urnas.

     Perdonadme, lectores de mi alma, que pase como gato fugitivo por este período de una normalidad desaborida y tediosa, días de sensatez flatulenta, de palabras anodinas y retumbantes con que se disimulaba el largo bostezar de la Historia. Todo este fárrago de convencionalismos resobados pasó de las manos caducas del año 75 a las tiernas manecitas del 76. Funcionó el artefacto electoral, y para haceros comprender su eficacia me bastará decir que Romero Robledo estrenó entonces su extraordinaria maestría en la fabricación de Parlamentos. Con tiempo y saliva designó y encasilló a los padres de la Patria, formando a su gusto el montón grande de la mayoría conservadora y el montón chico de la minoría liberal dinástica, sin olvidar unas cuantas figuras sueltas, sacadas de las urnas o de los cubiletes con un fin ornamental y pintoresco. Fue al Congreso Emilio Castelar por el cariño que Cánovas le tenía, y para que no estuviera solo pusieron a su lado al señor Anglada. Una vez más, y aquella vez más que otras, lució sobre Madrid y España la espléndida mentira de la Soberanía Nacional.

     Ya sé, ya sé que mis lectores me agradecen [103] mucho que no les cuente la teatral apertura de las Cortes el 15 de Febrero de 1876, con la fastuosa mascarada palatina, ni el discurso del Rey, ni los subsiguientes trámites rutinarios de elección de Mesa, examen de actas y constitución definitiva en las dos Cámaras. Todo esto, visto a cierta distancia, es aburridísimo, letal, y el que lo contase de buena fe o lo leyere con paciencia moriría de un ataque agudo de fastidio. Las Cortes alfonsinas habían de empezar sus tareas pergeñando una nueva Constitución, pues la del 12, la del 37, la del 45, la del 54 y la del 69, todas incumplidas, o barrenadas como suele decirse, estaban ya inservibles.

     Aunque el pío lector no me lo agradezca, doy de lado la discusión del Mensaje, juego de pirotecnia verbosa en el cual cada orador respiraba por sus heridas, conforme a la postura política en que le habían dejado los sucesos de los últimos años. Pidal se revolvía contra don Antonio por no haber traído este a la Restauración las furias ultramontanas; Moyano execraba la Revolución de Septiembre, pintándola como un criminal esparcimiento demagógico; Sagasta, cantando por todo lo alto, izaba el gallardete de la Soberanía Nacional; Castelar y Pavía disertaron extensamente sobre el pro y el contra del 3 de Enero del 74; Cánovas, con derroches de lógica elocuente, contestaba a unos y otros requiriéndoles a la paz y concordia en los altares de la legalidad alfonsina; todos, en fin, se encastillaban en las ficciones o decorosas [104] pamplinas que les servían de plataforma en aquella encrucijada de los destinos de España.

     Sospecho que estas páginas tendrán más amenidad hablando en ellas de mí mismo, de la honda depresión de mi ánimo en aquellos días de amodorrante sensatez. Sin que pudiera decir que estaba enfermo, yo me sentía desganado y triste; apenas salía de mi casa; ni una sola vez traspasé la puerta del Congreso; huía de la rarificada atmósfera de los que llaman Círculos, y para colmo de mi desdicha, en los meses transcurridos del año 76 no me visitó la vaga Efémera, ni tuve más relaciones con mi adorada Madre que la cobranza de mi asignación en la portería de la Academia de la Historia, sin que a la entrega de fondos acompañara carta ni referencia directa de la divina Clío. Llegué a creer que mi Madre yacía en grave postración espiritual o que se hallaba en estado de catalepsia, única enfermedad que acomete a los Dioses cuando no tienen nada que hacer, o se creen dispensados de intervenir en las acciones humanas.

     También la vida de este pobre Tito había llegado a ser vida de durmiente o cataléptico. Sus horas se deslizaban una tras otra lentas, pardas y sin ruido. El ayer, el hoy y el mañana eran un solo día: esfumábanse los recuerdos, extinguíase la esperanza... De improviso, una noche me sacudió y me puso en pie restituyéndome bruscamente a mi ser normal un suceso inopinado, un relámpago [105] de vida, la visita de un amigo queridísimo a quien yo no había visto en algunos años. Este amigo era Segismundo García Fajardo, el rebelde más tenaz y el revolucionario más gracioso que ha existido bajo el limpio cielo de los Madriles.

     En los días trágicos de la muerte de Prim y en todo el año 70, fecundo en emociones y disturbios, derrochó Segismundo su agudeza satírica y los donaires de su feliz ingenio en soliviantar las masas populares de Lavapiés y las Peñuelas. Grande amigo de Romualdo Cantera, recibió de este albergue y sustento en los azares de la vida más desordenada y tormentosa que cabe imaginar. Aquel trueno de la política, bala perdida en la sociedad, era como sabéis sobrino carnal del Marqués de Beramendi, caballero talentudo y de alta posición, que se cansó de proteger al mozo cuando las extravagancias de este llegaron a ser escandalosas. Abandonado del tío y de sus padres, Segismundo se dejó arrastrar por la desesperación revolucionaria, y aunque no tuvo arte ni parte en el conato de regicidio contra don Amadeo, fue perseguido con tanta saña que salió por pies y no paró hasta París. En aquella capital permaneció largo tiempo entre los innúmeros españoles que conspiraban para cambiar radicalmente las cosas de España.

     Cansado, al fin, de soportar humillaciones, hambre y desnudeces, se valió de sutiles arbitrios para repatriarse. Atravesó toda Francia empleando los más inverosímiles medios [106] de locomoción gratuita, y protegido por un fogonero vino de Irún a Madrid... Cuando ante mí se presentó, su rostro estaba tan desfigurado por la miseria y su vestimenta era tan haraposa que hubo de decirme su nombre más de una vez para que yo pudiera reconocerle... Le abracé conmovido, hícele sentar a mi lado, y él, con voz doliente y asmática, eco de un cuerpo vacío, me dijo: «No vengo a pedirte albergue, querido Proteo, que ese, aunque no mejor que la guarida de una bestia, ya lo tengo. Vengo a pedirte un pedazo de pan...».





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