Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía






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- XXV -

     Casiana y yo nos colamos en el café de La Iberia, dirigiéndonos a las mesas donde habitualmente concurrían mis amigos. En efecto, [267] allí estaban Campo y Navas, Llano y Persi, Casalduero, y Carratalá. En una piña inmediata vi a Díaz Quintero, republicano, que alternaba con Fernández Bremón y Mariano Zacarías Cazurro, conservadores, y con Pablo Cruz, León y Llerena, Zoilo Pérez y Cándido Martínez, sagastinos.

     Apenas cambié con ellos los primeros saludos, algunas palabras referentes a sucesos de actualidad, comprendí que ninguno de aquellos esclarecidos ciudadanos paraba mientes en el capital suceso histórico que a mí me volvía tarumba. O lo ignoraban, o las menudencias y chismorreos políticos les impedían fijarse en los hechos que, afectando intensamente al porvenir de la Patria, se nos presentan revestidos de una insignificancia traicionera. Los afectos a la Situación imperante aseguraban que había Gobierno de Cánovas para rato. Al proclamarlo así, reforzaban su opinión con apuestas humorísticas de cinco duros contra dos reales. Los otros, entonando con diferentes inflexiones el esto se va, vaticinaron rotundamente que antes de dos meses cogería Sagasta las riendas y la tralla del Poder.

     De pronto llegaron a nuestras mesas otros dos individuos, cuyos nombres no son del caso. Con frase tajante y enfática sostuvieron la tesis de que don Antonio se había hecho imposible por su soberbia, y porque no supo desprenderse a tiempo de los pulpos del moderantismo. Un tercer sujeto, que presuroso vino de las mesas interiores, nos dijo en tonillo [268] parlamentario: «¡Ah, señores! Mi teoría es que política nueva pide hombres nuevos. Las cosas caen del lado a que se inclinan. O la regia prerrogativa no sabe lo que se pesca, o ha de poner en seguida en manos de don Práxedes el timón de la nave del Estado».

     Reunidos todos, enzarzaron sus ágiles lenguas en el discreto político sin tocar ningún punto de interés público, picoteando tan sólo en las cuestiones de orden burocrático, que eran para los Fusionistas o Constitucionales el único imán de sus pueriles ambiciones. Diferentes nombres sonaron de mesa en mesa para distribuir entre ellos los cargos políticos de la nueva Situación, Direcciones generales y Gobiernos de provincia. Entre aquellos ociosos charlatanes no faltaron algunos vivos que graciosamente se adjudicaron las mejores prebendas. A la entrada de los agarenos, o si se quiere cartagineses, no consagró ninguno de los allí reunidos, hombres de diferente cartel político, una sola palabra.

     Asqueado de la frivolidad de tales majaderos, que con raras excepciones sólo apreciaban la vida pública por los apremios de su vanidad o de su flaco peculio, pretexté para retirarme un repentino dolor de estómago con ganas de vomitar, y cogiendo del brazo a Casianilla nos plantamos en la calle. ¿A dónde iríamos? A casita, a mi caverna solitaria, o a darle albricias a nuestra coruscante amiga la Excelentísima señora Condesa de Casa Pampliega.

     Ibamos por la calle del Lobo, y en los extremos [269] de ella vimos lujosa berlina parada junto a una puerta humilde. De esta salió una dama en quien al punto reconocí a la Marquesa de Villares de Tajo, mujer talentuda y de historia, vistosa todavía y de buen talle aunque había rebasado con creces las fronteras del medio siglo. En su coche partió hacia la Carrera de San Jerónimo. ¡Pobrecilla! Venía de parlotear con los Caballeros de la Tenaza, albergados a espaldas de la iglesia de San Ignacio. Pensé que ya le estaban ajustando las cuentas para mandarla al otro mundo bien limpia de pecados, y aliviada del peso de sus cuantiosos intereses.

     Permanecíamos Casiana y yo junto a la puerta mísera, contemplando la lobreguez del hondo zaguán, cuando vimos que de aquellas tinieblas salían un cura joven, gallardo, desenvuelto, y una señora hermosísima. ¡Oh asombro de los asombros! La señora era Lucila Ansúrez, más conocida en estas historias por el lindo mote de La Celtíbera.






- XXVI -

     La nieve que blanqueaba el cabello de la viuda de Halconero no era estorbo de su belleza, que se defendía bravamente contra la edad, frisante ya en los cincuenta años si no fallan mis cómputos cronológicos. Apenas me vio en la calle, honrome Lucila con expresivo saludo, presentándome incontinenti [270] al clérigo, mocetón elegante, limpio, y cumplido galán por su melosa cortesía.

     «El Padre Garrido -dijo La Celtíbera en la ceremonia de la presentación-. Don Proteo Liviano...».

     Al pronunciar Lucila mi nombre se arrancó el jesuita con estas hiperbólicas alabanzas: «¡Ah, el señor Liviano! Mucho gusto en verle. Ya le conocía y le admiraba como historiógrafo eminente. Yo también soy aficionado a la Historia, y en el nuevo Colegio de Chamartín tendré a mi cargo esa importante asignatura. Mi ciencia es corta; pero supliré la escasez de conocimientos con mi firmeza de voluntad, imitando en lo posible al maestro que me escucha...».

     Intervino Lucila con esta donosa corrección: «No se achique, Padre Garrido... Y usted, amigo Tito, no le haga caso, que la más alta virtud de este santo varón es la modestia, una modestia verdaderamente angelical».

     Al protestar el clérigo de los elogios de La Celtíbera, llegó hasta ruborizarse, y yo, penetrando en la médula de aquel carácter más fino que el coral y con más conchas que un galápago, le devolví sus lisonjas con este golpe de incensario:

     «Bien sé con quién hablo, reverendo Padre. He leído en el Iris de Paz la respuesta que da usted a las diatribas con que La Ciudad de Dios, el periódico de los agustinos, trata de mermar las glorias de La Compañía. Es usted escritor de primer orden y dialéctico [271] formidable. Así como suena... En esfera humilde, hago yo lo que puedo por la ilustración del pueblo español, tan católico como desgraciado... Esta señora que a mi lado está es mi esposa, doña Casiana Coelho, insigne pedagoga, maestra en todas las artes y ciencias, de quien tomo ejemplo, apropiándome su saber al mismo tiempo que imito sus virtudes... virtudes excelsas, noble señora y caballero tonsurado, pues en mi dulce cónyuge se confunden y amalgaman la prudencia, la castidad, la paciencia, la caridad, las artes caseras, el filosofismo más espiritual y el don de escudriñar las obscuridades del porvenir...».

     Colorada y balbuciente, Casianilla quiso desmentir los embustes que en honor suyo desembuché, y en el rostro del clérigo advertí un ligero mohín de desconfianza: sin duda interpretaba en sentido burlesco mi lenguaje hiperbólico. Lucila, también un poquito recelosa, inició la marcha hacia la calle del Prado. Detrás fuimos los tres, y yo, arrimándome al Padre Garrido, de quien no quería separarme sin soltarle alguna barbaridad, acaricié su tímpano con esta blanda ironía:

     «Dios me ha deparado el placer de ofrecer a usted hoy mis respetos, Padre Garrido... Ya sé, ya sé que ayer llegó usted de un corto viaje a París, a donde fue con el mandato de organizar la nueva traída de jesuitas para el Colegio de Chamartín de la Rosa, institución educatriz que será el coronamiento de la sublime [272] longanimidad de la señora Duquesa de Pastrana.

     -El objeto de mi viaje a Francia no está bien que yo lo diga -replicó el clérigo un tanto amoscado-. Sólo indicaré a usted que hace tres días estaba ya de regreso en la Villa y Corte, donde seguiré hasta que lo disponga quien puede hacerlo, consagrado al servicio del Señor y a la salvación de las almas españolas.

     -A lo mismo nos dedicamos nosotros -dije, poniéndome la mano, no precisamente en el corazón, pero muy cerca de él-. Mi esposa y yo también servimos a Dios y salvamos almas cuando se tercia... En la persona de usted, Padre Garrido, reverenciamos a la milicia cristiana, a quien el Altísimo otorga el mandato de gobernar a los pueblos y conducirlos a la eterna gloria. Ya nuestra España es de ustedes. Aquí no reina Alfonso XII sino el bendito San Ignacio, que a mi parecer está en el cielo, sentadito a la izquierda de Dios Padre... Los españoles somos católicos borregos, y sólo aspiramos a ser conducidos por el cayado jesuítico hacia los feraces campos de la ignorancia, de la santa ignorancia, que ha venido a ser virtud en quien se cifra la paz y la felicidad de las naciones... Nos prosternamos, pues, ante el negro cíngulo, y rendimos acatamiento al dulcísimo yugo con que se nos oprime ad majorem Dei gloriam».

     No se le escapó al ladino y sutil clérigo el saborete irónico que ponía yo en mis palabras. [273] Con forzada sonrisa y frunciendo el ceño, doble y equívoca expresión facial de su índole solapada, el joven Padre me alargó la mano buscando la fórmula de despedida. También Lucila mostraba deseo de cortar nuestra conversación, poniendo tierra entre los dos grupos, y así me dijo:

     «Sigan ustedes paseando, Tito; el Padre y yo tenemos que ir a la Nunciatura para un asunto...

     -La Virgen les acompañe, reverendo caballero y señora ilustre -dije yo destapando mi cabeza-. Y si se acuerdan de estos pobres pecadores, tengan la bondad de implorar para nosotros la bendición apostólica, por mediación del santísimo Nuncio... Adiós, adiós».






- XXVII -

     Viéndoles partir hacia la Plaza del Ángel, Casianilla, súbitamente alterada y colérica, me dijo: «Si estuviéramos en descampado les apedrearíamos. ¿No te parece?

     -No, hija mía, no -repliqué yo, cogiéndole el brazo con que imitaba el manejo de la honda-. Modera tu arrebato bélico, que los tiempos son más de paciencia solapada que de fiereza impulsiva. Si apedreáramos, podría suceder que nuestros tiros no dieran en la cabeza del Reverendo, que bajo la capa de su finura exquisita esconde las intenciones de un grandísimo bellaco, y fuesen a descalabrar [274] a la hermosa Celtíbera, persona ciertamente estimable y digna de respeto... Esta buena señora fue en sus días juveniles la corza ligera y elegante que a todos cautivaba; ahora es la oveja tarda y simplísima que no puede con el peso de sus lanas... No hemos de ver en las beaterías de Lucila un movimiento espontáneo de su ánimo, el cual, digan lo que quieran, aún conserva la independencia celtíbera. Sus concomitancias con lo que podríamos llamar el elemento jesuítico, son puro artilugio para ponerse a tono con la caterva elegante y santurrona que hoy rige los destinos de España. A tal comedia la mueve el amor de su hijo Vicente, y el anhelo de empujar al chico en su carrera política. Ya verás, ya verás cómo, auxiliada por los padres, las madres y las tías, consigue hacer Ministro a Vicentito, con Sagasta o con el demonio coronado... ¿Entiendes, Fabia, lo que voy diciendo?... No debemos acometer a nuestros enemigos con palo ni piedra. Esperemos a que tomen posiciones y nos manifiesten el poder de sus armas, y la eficacia de sus ingenios de guerra.

     -Está muy bien, Tito mío -dijo Casiana agarrándose de mi brazo-. Y ahora decidamos si nos metemos en casa o nos vamos a visitar a la señora Condesa. Quiero ver la cara que pone doña Segismunda cuando se le diga que el grande hombre del siglo, don Antonio Cánovas, irá pronto a ofrecerle sus respetos y a darle las gracias por los librachos del tiempo de la Nanita. [275]

     -Yo también deseo contemplar el cariz de nuestra Medusa y su cabellera de serpientes -contesté-. Pero antes, si te parece, debemos personarnos en la Academia de la Historia, que está muy cerca como sabes. ¿Te olvidas de que hace unos días tengo allí mi asignación, y aún no he ido a cobrarla? Lo primero es lo primero, Casianilla. Vamos allá, vamos».

     Minutos después estábamos en el ancho zaguán de la Academia. Mas no hallándose presente la señora portera, que según nos dijeron había subido al segundo piso llamada por el Bibliotecario para que le prestase servicios de cocina y despensa, aguardamos sentaditos en la modesta estancia conserjeril, donde pasamos el rato en vagos comentarios sobre nuestra situación económica, que no era en aquellos días muy despejada.

     Llegó en esto el anciano portero, a quien yo con caprichosa travesura imaginativa daba el nombre de Tucídides, por su puesto en aquella Casa y por el trazo helénico de su rostro visto de perfil. Lamentose el buen hombre de la ausencia de su esposa, secuestrada por las impertinencias del señor Bibliotecario, hombre excelente, pero un tanto enfadoso. Diciéndolo, puso en mis manos el pliego de mi Madre... ¡Ay! Fue cual onda luminosa que súbitamente disipó las tinieblas de mi espíritu.

     Retirose Tucídides, que tenía precisión de arreglar la Sala de Juntas para la tenida de aquella noche, y nos dejó en la portería [276] indicándonos que estábamos en nuestra casa y podríamos permanecer allí todo el tiempo que quisiéramos. Solitos Casiana y yo, abrimos el pliego y... ¡Oh inefable sorpresa y alegría! La Musa excelsa me mandaba doble suma de la presupuesta para cada mensualidad.






- XXVIII -

     Después de justificar este doble socorro, enumerándome las privaciones y agobios que había yo de sufrir si me conservaba incorruptible y puro en medio del general positivismo, la Madre exponía su pensamiento acerca del porvenir de España en la forma elocuente y profética que traslado a mis buenos lectores:

     «Hijo mío: cuando a fines del 74 te anuncié en una breve carta el suceso de Sagunto, anticipé la idea de que la Restauración inauguraba los tiempos bobos, los tiempos de mi ociosidad y de vuestra laxitud enfermiza. La sentencia de mi buen amigo Montesquieu, dichoso el pueblo cuya Historia es fastidiosa, resulta profunda sabiduría o necedad de marca mayor, según el pueblo y ocasión a que se aplique. Reconozco que en los países definivamente constituidos, la presencia mía es casi un estorbo, y yo me entrego muy tranquila al descanso que me imponen mis fatigas seculares. Pero en esta tierra tuya, donde [277] hasta el respirar es todavía un escabroso problema, en este solar desgraciado en que aún no habéis podido llevar a las Leyes ni siquiera la libertad del pensar y del creer, no me resigno al tristísimo papel de una sombra vana, sin otra realidad que la de estar pintada en los techos del Ateneo y de las Academias.

     »La paz, hijo mío, es don del cielo, como han dicho muy bien poetas y oradores, cuando significa el reposo de un pueblo que supo robustecer y afianzar su existencia fisiológica y moral, completándola con todos los vínculos y relaciones del vivir colectivo. Pero la paz es un mal si representa la pereza de una raza, y su incapacidad para dar práctica solución a los fundamentales empeños del comer y del pensar. Los tiempos bobos que te anuncié has de verlos desarrollarse en años y lustros de atonía, de lenta parálisis, que os llevará a la consunción y a la muerte.

     »Los políticos se constituirán en casta, dividiéndose hipócritas en dos bandos igualmente dinásticos e igualmente estériles, sin otro móvil que tejer y destejer la jerga de sus provechos particulares en el telar burocrático. No harán nada fecundo; no crearán una Nación; no remediarán la esterilidad de las estepas castellanas y extremeñas; no suavizarán el malestar de las clases proletarias. Fomentarán la artillería antes que las escuelas, las pompas regias antes que las vías comerciales y los menesteres de la grande y pequeña industria. Y por último, hijo mío, verás [278] si vives que acabarán por poner la enseñanza, la riqueza, el poder civil, y hasta la independencia nacional, en manos de lo que llamáis vuestra Santa Madre Iglesia.

     »Alarmante es la palabra Revolución. Pero si no inventáis otra menos aterradora, no tendréis más remedio que usarla los que no queráis morir de la honda caquexia que invade el cansado cuerpo de tu Nación. Declaraos revolucionarios, díscolos si os parece mejor esta palabra, contumaces en la rebeldía. En la situación a que llegaréis andando los años, el ideal revolucionario, la actitud indómita si queréis, constituirán el único síntoma de vida. Siga el lenguaje de los bobos llamando paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento... Sed constantes en la protesta, sed viriles, románticos, y mientras no venzáis a la muerte, no os ocupéis de Mariclío... Yo, que ya me siento demasiado clásica, me aburro... me duermo...».

FIN DE CÁNOVAS

          Madrid-Santander.- Marzo-Agosto de 1912.
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