Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía






descargar 0.56 Mb.
títuloLos ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía
página14/18
fecha de publicación12.03.2016
tamaño0.56 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   18

- XVIII -

     -¿Elena Sanz?... ¡Ah!... sí... sí -exclamé yo golpeándome la frente-, la hermosa cantante española... Nunca la vi fuera de la escena; por eso la desconocía.

     -En el teatro, querido Tito -me dijo Segis-, su belleza entra en el orden de lo monumental, y al pasar del escenario a la vida es un conjunto de gracias y seducciones que quitan el sentido. Recordarás que la aplaudimos en el Real por primera vez, interpretando el carácter de Leonor de Guzmán, favorita del Rey don Alfonso XI y madre del bastardo Trastamara y de sus hermanos, que tanta guerra dieron en estos Reinos.

     -Ya, ya me acuerdo -contesté-. Luego la vimos en la Azucena de El Trovador, tipo musical a que da extraordinario relieve su potente voz de contralto».

     Queriendo mostrar sus conocimientos en el arte del bel canto aplicado a la ópera, doña Segismunda intervino en la conversación con estas sensatas razones: «Entiendo yo que eso de contralto es lo mismo que barítona, o como quien dice, el barítono de las mujeres. Recuerden lo bien que estaba Elenita, vestida de muchacho, en esa ópera tan preciosa... no me acuerdo... ¿Cómo se llama?

     -Lucrecia Borgia -contestó Segis-. El papel de Maffeo Orsini le va que ni pintado. ¡Qué elegante mozo, qué frescura, qué gracia!... [208] Como dice Asmodeo en sus formas críticas, Elena Sanz rayó a gran altura en el racconto del primer acto y en el brindis del tercero.

     -Pero donde está incomparable, ideal, es en Aida -afirmé yo-. ¡Qué Amneris! Diríase que es la auténtica hija del Rey de Egipto... Cuando entra en escena parece que viene de dar un paseíto por el Nilo y de echar un vistazo a las Pirámides.

     -Todas esas óperas y otras le hemos oído en Sevilla -me dijo Segismundo-. Cada vez está mejor.

     -Además -añadió la Condesa de Casa Pampliega-, como vivíamos en el Hotel de París, donde ella moraba, nos hicimos muy amigas. Elenita es una mujer simpatiquísima, buena como el pan, toda pasión, generosidad, ternura».

     Hijo y madre siguieron bosquejando con cariñosa benevolencia el retrato de la diva guapetona y adorable, y yo me retiré porque tenía que hacer en mi casa. Al bajar la escalera pareciome sentir leves pasos al compás de los míos; volví el rostro y nada vi. Cuando llegué a la calle, además de los pasos oí una voz tenue que deslizó en mi oreja estas dulces palabras: «Soy la Efémera a quien nuestra Madre augusta confía las comunicaciones de índole más delicada. ¿No me ves?

     -Vagamente, como un espectro engendrado por la luz solar, veo tu perfil de mármol y tu ropaje azul. [209]

     -No es azul; es verde con grecas de plata, fíjate bien. Y la región espiritual que cruzamos con fugaz vuelo mis hermanas y yo es aquella inmensa esfera encendida por el fuego de amor, que crea o destruye las familias humanas... Cuando hablabas con tu amigo y su madre estaba yo presente, pero no pudiste verme. Cuando salías te seguí para comunicarte el pensamiento de la divina Clío: ella movió la voluntad de tus amigos a fin de que te dieran a conocer a la gentil artista que, con su gallarda persona y sus acendrados sentimientos ha de ocupar grande espacio de la Historia... pero entiéndase bien, en los anales del ser interno de la Nación. Demasiado sabes tú que la vida externa y superficial no merece ser perpetuada en letras de molde. Lo que aquí llaman política es corteza deleznable que se llevan los aires. Desea Mariclío que te apliques a la Historia interna, arte y ciencia de la vida, norma y dechado de las pasiones humanas. Estas son la matriz de que se derivan las menudas acciones de eso que llaman cosa pública, y que debería llamarse superficie de las cosas».

     Aplicando toda mi atención a las palabras de aquella fémina incorpórea, pude hacerme cargo de las excelsas órdenes que me transmitía. «Bueno -le dije-. Ya sé que la hermosa diva de los ojos de fuego trae, además de sus papeles de teatro, otro muy importante en la Historia. Dispuesto estoy a escribir lo que, tocante a esa señora, sea digno de pasar a la posteridad; pero ¿de dónde voy a [210] sacar los pormenores y noticias de una vida que desconozco? ¿Ha de relatarme ella misma su propia biografía? Los amigos suyos que también lo sean míos, ¿podrán contarme el pasado de esa mujer seductora, algo de su presente, y revelarme los pensamientos y propósitos con que intenta elaborar su porvenir?».

     Ibamos por la Plaza de Santa Ana, y al atravesar el jardincillo donde años después se colocó la estatua de Calderón, la infantil y grácil Efémera brincaba, separándose por momentos de mí para pisotear el césped y volver luego a mi lado con paso de cabritilla juguetona. De pronto me cogió de la mano, y como yo le manifestase de nuevo mi perplejidad ante la falta de datos para escribir la Vida y Hechos de la bella cantatriz, obligome a sentarme en un banco y me dijo: «No te apures, Titín, que aquí tengo yo, y voy a dártelo, el remedio de tu ignorancia».

     Acto seguido sacó del seno un cartuchito de papel, y de este una pluma que me entregó, acompañando la acción con las siguientes diabólicas palabras: «Tu Madre te envía la péñola que ella usó algunas veces para apuntar los nombres de los Reyes enamorados que por sus liviandades perdieron el trono, y los de otros que por las mismas o parecidas flaquezas lo ganaron. Todo lo que con ella se escribe es verdad, aunque otra cosa quiera el que la coge en su mano para llenar de letras un blanco papel. ¿Te vas enterando? Si te propusieras escribir con esta [211] pluma una mentira, ella no te obedecería y pondría la verdad».

     Pronunciando la última palabra, introdujo la pluma en el bolsillo interior de mi levita y desapareció de mi vista... Apenas percibí un rumor, un viso verde rasgando el aire.

     Sin detenerme a reconocer la dirección que por el alto espacio seguía la mensajerita de mi Madre, emprendí presuroso el camino de mi casa, espoleado por la inquietud y confusión que la presencia de la linda Efémera me causara, y con la esperanza de que cesarían mis dudas en cuanto pudiese probar la maravillosa virtud de la pluma que a despecho del escritor escribía siempre la verdad. Pocos minutos me bastaron para llegar a mi vivienda, y segundos tan sólo tardé en sentarme junto a mi mesa, requiriendo con ágil mano tintero y papel.

     Púseme inmediatamente al trabajo, entregándome al arbitrio de la mágica péñola, la cual empezó a traducir mi pensamiento, o más bien a sugerirme el suyo en esta forma: «Elena Sanz nació en Castellón de la Plana por los años de 1852 ó 53, y no doy más referencias de su progenie, ni puntualizo la fecha de su nacimiento, porque ello ni quita ni pone un ardite en el valor documental de esta verídica historia. Os diré tan sólo que a mediados del 63 ingresó con su hermanita Dolores en el Colegio de las Niñas de Leganés, sito, como saben hasta los más indoctos, en la calle de la Reina, a mano derecha bajando de la calle del Clavel a la de San Jorge. [212]

     »Acreditados autores dan a entender que la gentil Elenita y su hermana entraron a recibir educación en aquel benéfico instituto por los auspicios o voluntad expresa del representante del Patronato señor Marqués de Leganés, más conocido por los ilustres títulos de Duque de Sexto y Marqués de Alcañices. Cuestión es esa que dejo al libre criterio de los lectores, limitándome a consignar que la nueva colegiala se distinguió por su belleza, por su aplicación al estudio, y singularmente por su magnífica voz y extraordinarias aptitudes para la música y el canto. El maestro don Baltasar Sardoni, profesor del Colegio en las clases de solfa, vaticinó a Elenita un porvenir brillante y provechoso si consagraba su florida juventud y su admirable órgano vocal a la ópera italiana.

     »Todo Madrid sabe que en algunas tardes y noches de Semana Santa, acude gran gentío al Colegio de Niñas de Leganés para oír cantar a las educandas motetes, misereres, y otras piezas religiosas propias de tales solemnidades. A fuer de historiador de indiscutible veracidad, aseguro que la voz angélica de Elena Sanz, sobreponiéndose a la de sus compañeras, subyugó al público, y que este llevó de la iglesia a la calle y de la calle a diferentes Círculos y salones el nombre de la precoz niña de Leganés, que anunciaba la extraordinaria mujer de teatro en un porvenir próximo. También sostengo, sin temor de ser desmentido, que el año 66, cuando salió Elena del Colegio, era una moza espléndida, [213] admirablemente dotada por la Naturaleza en todo lo que atañe al recreo de los ojos, completando así lo que Dios le había dado para goce y encanto de los oídos. Muchas familias aristocráticas se la disputaban para gozar de su canto en reuniones y tertulias. Por fin, en alas de su incipiente nombradía, fue llamada a Palacio por la Reina Isabel, que la oyó, la celebró, ofreciéndole su protección gallardamente, como siempre lo hizo, para que pudiera llegar pronto a las cumbres más excelsas del arte.

     »Por conveniencia o por capricho, averígüelo Vargas, el historiador os anuncia que para seguir su relato dará un formidable salto en el tiempo, omitiendo no pocos episodios de la vida de Elena Sanz, que si para ella entrañan indudable importancia, no han de traer ningún hilo nuevo al sutil tejido de la historia presente. No tengo por qué decir, ni ello hace al caso, cómo fue Elena Sanz a Italia para perfeccionarse en el arte del canto; cómo se dio a conocer en los teatros de aquellos Reinos, obteniendo ruidosos éxitos por su belleza y su arte; cómo recorrió triunfalmente varias capitales de Europa y América; y cómo, en fin, volvió a París el año 73, en la plenitud de su hermosura y de su talento musical. En uso del sagrado derecho de preterición me callo lo que importa poco a mis fines, y me apresuro a consignar que uno de los primeros cuidados de Elenita en la capital de Francia fue visitar a su protectora y amiga la Reina Isabel en el Palacio Basileusky...». [214]

     Cuando a este punto llegaba, acercóseme Casianilla muy quedito, y mirando por encima de mis hombros lo que yo escribía, me dijo: «Pero ¿qué haces, Titín? No has levantado mano del papel desde que entraste en casa. Eso que escribes, ¿es Historia o qué demonios es?

     -Novela, chiquilla, novela -repliqué un tanto confuso-. Ahora me da por ahí. Pero esta invención supera en verdad a la misma Historia.

     -¡Bonita cosa será! -exclamó Casiana pasando sus ojos por las cuartillas-. Ya veo que sacas una heroína y que esta se llama Elena.

     -Nombre supuesto, convencional. Mi heroína es Doña Leonor de Guzmán, señora muy bella y frescachona, que cantaba como los ángeles y que tuvo amores con el Rey don Alfonso.

     -¿Con este Rey de ahora, con el viudo de Mercedes?

     -No, mujer, no digas desatinos. Fue con otro Rey, a quien llamaban Alfonso onceno allá en los tiempos de Maricastaña, siglo XIV.

     -¿Y esa Doña Leonor era cantante?... ¿De malagueñas, de jotas, o de...?

     -De ópera, hija mía. Uno de sus mayores triunfos era La Favorita. ¡Qué arias se cantaba ella sola, qué dúos con el Rey!

     -Explícame, explícame eso. ¿Dices que el Alfonso cantaba también?

     -No, Casiana, no es eso. Déjame ahora. [215] Temo que se me vaya el santo al cielo si me entretengo en hablar contigo... Vete a tus quehaceres... Esta noche te contaré todo el argumento».

     Seguí mi trabajo con febril actividad, y la mágica pluma, que ya iba concordando sus verdades con la inspiración mía, trazó estas interesantes cláusulas: «Que doña Isabel II recibió a su amiga Elenita con la efusión más cariñosa, no hay para qué decirlo. La convidó a comer; llevola en su coche a los paseos por el Bois; y para que la oyeran cantar invitó en repetidas soirées a sus amigas, entre las cuales estaba la famosa soprano Ana de Lagrange, tan querida del público de Madrid. Aplaudida y celebrada pomposamente fue la Sanz en aquella linajuda sociedad. Todo esto es corriente y vulgarísimo. Lo que sigue, no sólo es interesante, sino que pertenece al orden de las cosas de indudable trascendencia en la vida de los pueblos... No reírse, caballeros...

     »Ello fue que al ir Elenita a despedirse de Su Majestad, pues tenía que partir para Viena, donde se había contratado por no sé qué número de funciones, Isabel II, con aquella bondad efusiva y un tanto candorosa que fue siempre faceta principal de su carácter, le dijo: «¡Ay, hija, qué gusto me das! ¿Conque vas a Viena? Cuánto me alegro. Pues mira, has de hacer una visita a mi hijo Alfonso, que está, como sabes, en el Colegio Teresiano. ¿Lo harás, hija mía?». La contestación de la gentil artista fácilmente se comprende: [216] con mil amores visitaría a Su Alteza; no, no, a Su Majestad, que desde la abdicación de doña Isabel se tributaban al joven Alfonso honores de Rey.

     »Como testigo de la pintoresca escena, aseguró que la presencia de Elena Sanz en el Colegio Teresiano fue para ella un éxito infinitamente superior a cuantos había logrado en el teatro. Salió la diva de la sala de visitas para retirarse en el momento en que los escolares se solazaban en el patio, por ser la hora de recreo. Vestida con suprema elegancia, la belleza meridional de la insigne española produjo en la turbamulta de muchachos una impresión de estupor: quedáronse algunos admirándola en actitud de éxtasis; otros prorrumpieron en exclamaciones de asombro, de entusiasmo. La etiqueta no podía contenerles. ¿Qué mujer era aquella? ¿De dónde había salido tal divinidad? ¡Qué ojos de fuego, qué boca rebosante de gracias, qué tez, qué cuerpo, qué lozanas curvas, qué ademán señoril, qué voz melodiosa!...

     »En tanto, el joven Alfonso, pálido y confuso, no podía ocultar la profunda emoción que sentía frente a su hechicera compatriota... Partió la diva... Las bromas picantes y las felicitaciones ardorosas de los Teresianos a su regio compañero quedaron en la mente del hijo de Isabel II como sensación dulcísima que jamás había de borrarse... Una de las primeras óperas que Elenita cantó en Viena fue La Favorita».

     Escrito lo que antecede, suelto la mágica [217] pluma y me permito obsequiar a los conspicuos lectores con este monólogo de mi propia cosecha:

     «¡Bien haya, oh tierna Isabel, Majestad bondadosa y desdichada, aquel filósofo-político que añadió a tu nombre el lastimero mote de La de los tristes destinos!... Digo esto porque en tu larga vida de Soberana pusiste siempre tu corazón blando sobre tu inteligencia, y abusaste irreflexivamente del poder afectivo y lo extendiste fuera de tu órbita personal, llevándolo a trastornar y corromper la vida del Régimen... ¿Quién te inspiró la diabólica idea de enviar a la linda histrionisa al Colegio Teresiano, donde tu hijo educábase para Rey constitucional, grave, reflexivo, guardador de las leyes, primer ciudadano de un país ávido de acomodar su vida a la virtud y a las buenas costumbres? ¿No pensaste que Alfonso se hallaba en la edad crítica de la formación del carácter, expuesto a llevar a la existencia del hombre los arrebatos de la edad juvenil? Sin darte cuenta de ello, ¡oh Reina!, movida de tu ardorosa ternura, cumpliste tu sino, en el cual hemos de ver siempre una modalidad incendiaria. Con la tea del buen querer pegaste fuego al templo del Estado».

     Esto pensé, y por lo que valiera aquí lo digo, entre dos parrafadas de la divina péñola forjada por los geniecillos que a su servicio tiene la Verdad. [218]






- XIX -

     Puestos los puntos de la pluma sobre el papel, rápidamente fue tomando estado caligráfico la vida de Elena Sanz. De las notas que aparté, creyéndolas de escaso valor para mi objeto, se me antoja sacar alguna en estas páginas para que los lectores se hagan cargo de la grandeza de alma de mi heroína. «Hallándose de paso en París durante la tremenda explosión revolucionaria de la Commune, apareció en los sitios de mayor peligro recogiendo y curando a los heridos, y cuando las tropas de Thiers acometieron y destrozaron a los valientes comunistas, la intrepidez de la diva tocó los linderos de lo sublime. Más tarde le concedió la villa de París distinciones y diplomas por su ejemplar conducta, y de permitirlo la ley se la hubiera condecorado con la Legión de honor. Añadiré a esto que en todo tiempo distinguió a Elena Sanz una generosidad inaudita; no se presentaba a sus ojos ningún infortunio que no fuese al momento espléndidamente socorrido; el pueblo la titulaba, con sobrada razón, la madre de los pobres.

     »De un brinco me planto en el año 79 para deciros...». Al llegar este punto advertí que no necesitaba de la milagrosa pluma para continuar historiando, pues los hechos que ahora relataré fueron apreciados fácilmente [219] por mi propio conocimiento, o por fidedignas referencias de los amigos. Guardé en lugar seguro el cálamo de la verdad, y con el mío, vulgarísimo y comprado en la tienda, seguí pergeñando los anales de la vida hispana, sin distinguir lo interno de lo externo.

     Según los verídicos informes de Segis y de su madre, en Sevilla dejaron de ser platónicas las relaciones de Alfonso XI con Doña Leonor de Guzmán. Durante algún tiempo permaneció esquiva la hechicera cantatriz, encendiendo más con sus desdenes la exaltada pasión del Monarca. Pero al fin, de tal modo extremó Alfonso sus delicadas artes de seducción, artes realmente soberanas, que la pobre Elenita, quebrantada en su tesón de mujer y de artista, cayó del lado de la libertad.

     Declaro que al saber esto tuve lástima de la hermosa y popular artista. A mi modo de ver, fue gran necedad preferir el título de favorita del Rey al de favorita del público. Pronto habría de serle imprescindible el abandono de su brillante carrera teatral. Ved aquí el triste balance: pérdida de doscientos o trescientos mil francos anuales con que le pagaba el público sus gorgoritos; ganancia de una obvención de amor relativamente miserable. A este desnivel lastimoso habría de añadir la obscuridad, la social anulación a que fatalmente la condenaba el implacable principio de la Razón de Estado.

     ¡Oh, la Razón de Estado! Esta pícara norma del vivir de los Reyes, no siempre compatible [220] con los sentimientos humanos, vino a truncar la dicha de la bella del Rey (3). Cánovas, y todos los hombres importantes que con él dirigían la política de la Restauración, creyeron indispensable para la felicidad de España que Alfonso XII contrajera segundas nupcias, y que estas fuesen con Princesa católica de la más alta estirpe reinante. Busca buscando, encontraron en la familia de Hapsburgo (4) una joven Archiduquesa de la empingorotada parentela del Emperador de Austria Francisco José. Nuestros palaciegos se hacían lenguas de la distinción, talento y virtudes de la que habían elegido para compartir con Alfonso el solio de España.

     Entabladas las negociaciones, pronto se llegó a un felicísimo acuerdo. Decidiose celebrar las acostumbradas vistas que preceden a los desposorios regios, y este trámite tuvo efecto en Arcachón, a donde acudió la novia con su madre la Archiduquesa Isabel, y don Alfonso con el séquito correspondiente a su alta jerarquía. Resultaron las vistas conforme a lo previsto en el Protocolo, es decir, que fuéronse gratos el uno al otro. ¡Ya teníamos Reina!

     Un detalle que no debe preterirse es que el Rey fue a la entrevista de Arcachón con el brazo derecho en cabestrillo. En la temporada estival de La Granja sufrió Alfonso aquel año un accidente de caza, que le estropeó la mano, imposibilitándole para escribir durante muchos días. Por cierto que Su Majestad, hombre poco sufrido y algo voluntarioso, no [221] quería someterse al sistema de quietud y recogimiento que le impusieran los médicos para curarle. Ninguna de las personas que le rodeaban conseguía que el Rey refrenase su impaciencia por lanzarse a la vida ordinaria.

     Sólo el criado de confianza de Alfonso, llamado Prudencio Menéndez, discreto mediador en las relaciones del Monarca con Doña Leonor de Guzmán, logró someter a su Señor a las prescripciones facultativas, gracias a este arbitrio de mágico efecto. Escribió a La Favorita una sentida carta. Entre otras cosas, le decía: «Cumpliendo mi primer deber os comunico, doña Elena, la verdad sobre la importancia que tiene el accidente sufrido por el Señor, para vuestra tranquilidad y para que no creáis tantas mentiras como os contarán. Le ruego, señora mía, que cuando le escriba le encargue por Dios no haga ningún esfuerzo hasta que la cura esté echa, pues de hacer ensayos podría quedar mal, digáselo usted por Dios, que a usted le hará caso». Para mayor exactitud no he querido alterar la ortografía arbitraria del documento.

     Pertenece esta incidencia al ser interno de España. Ved de qué manera tan chusca el cabestrillo de Alfonso entrelaza la protocolaria etiqueta del ser externo, en las vistas de Arcachón, con el influjo decisivo de Elena Sanz. Después de lo que relatado queda, el Duque de Bailén partió para Viena al frente de una lucida Embajada, con objeto de pedir al emperador Francisco José la mano de la [222] Archiduquesa María Cristina. Mientras tanto, se preparaban en Madrid los imprescindibles y tan acreditados festejos reales, con iluminaciones, fuegos de artificio, corridas de toros con caballeros en plaza y demás requilorios que los esponsales de la Majestad requieren.

     Enorme angustia produjo a toda España la inundación de Murcia, en la noche del 14 al 15 de Octubre de 1879. Desde que reventó el pantano de Lorca en el siglo XVIII, no se había visto en aquella comarca catástrofe tan terrible. Innumerables familias perecieron arrastradas por las aguas. Fue una especie de parodia del Diluvio Universal, sin arca de Noé, pero con aluvión de suscripciones, rifas, espectáculos, y sinfín de arbitrios que se idearon en toda Europa y en América, para socorrer a los infelices huertanos supervivientes de aquel espantoso cataclismo. Aún duraban las tómbolas y las cuestaciones cuando la Razón de Estado, y su inseparable compañera la Iglesia, unieron con lazos indisolubles al Rey don Alfonso de Borbón y a la archiduquesa doña María Cristina de Hapsburgo-Lorena.

     Suprimo la cansada letanía de los festejos: el coruscante cortejo nupcial, las áureas carrozas, los pintorescos palafrenes, el derroche de percalinas, arcos de embadurnadas lonas, farolillos pitañosos y demás garambainas para recreo de transeúntes aburridos. Apenas efectuadas las nupcias mayestáticas (5), Martínez Campos y Silvela, que no habían hecho cosa de fundamento en la esfera gubernamental, [223] se retiraron por el foro, volviendo Cánovas a ocupar el Poder con su inseparable acólito Romero Robledo. Reanudadas las tareas parlamentarias, empeñáronse vivas discusiones políticas por si fuiste o no fuiste, y por si hicimos o dejamos de hacer. En una de aquellas sesiones ocurrió el famoso incidente llamado el sombrerazo. Hallábase no sé qué diputado contendiendo con don Antonio Cánovas, cuando este, dejándose arrebatar de su altanería, agarro el sombrero, y con mirada despectiva y ademán impropio de aquel lugar que algunos llamaban augusto, salió del Salón seguido de los demás Ministros, dejando al orador con la palabra en la boca. Gran escándalo, desenfreno de vocablos no muy parlamentarios, y retirada de todas las minorías.

     Quedaron los ánimos un tanto agriados... La muerte no quiso que terminara el año sin arrebatarnos algunas personalidades ilustres. El 29 de Diciembre murió el General Zabala, una de las glorias más puras de nuestro Ejército, y el 30, Adelardo López de Ayala, Presidente del Congreso y figura culminante en el Parnaso español. Más le lloró la Patria como poeta que como político. El mismo día 30 quiso hacer de las suyas el fanatismo sectario: al entrar en coche por la Puerta del Príncipe del Palacio Real Alfonso XII con su esposa María Cristina, les disparó dos tiros un vesánico, Francisco Otero González, natural de Santiago de Nantín, aldea de la provincia de Lugo. Las alevosas balas no tocaron [224] a los Reyes. El criminal fue detenido en el acto. Revelose como un inconsciente, incurso cual su precursor Oliva en el pecado de estupidez. Repito que los regicidas de aquellos tiempos, en que hasta la exaltación política era rutinaria y pedestre, más bien parecían engendros del Limbo que del Infierno.

     En los comienzos del año 1880, hízose más patente la invasión del positivismo en las almas de los afortunados políticos que entonces estaban en candelero. El sabio consejo de un estadista francés que dijo a sus contemporáneos enriqueceos, que ningún hombre público agobiado por la pobreza puede hacer la felicidad de su Patria, fue tomado al pie de la letra por los que aquí pastoreaban el rebaño nacional. El bendito Monsieur Donon, a quien se adjudicó en concurso la terminación de las líneas férreas del Noroeste, dio pruebas de ser hombre sagaz, y al propio tiempo muy agradecido. Al constituir su Consejo de Administración repartió las plazas de Consejeros, dotadas espléndidamente, entre lo más granado de la Situación conservadora, dando también su poquito de turrón a los liberales, y mucho más a la gente palatina.

     Recuerdo ya las caras risueñas y complacidas que tenían en aquel tiempo todos los agraciados con los premios gordos de la lotería Dononiana. Recuerdo también que un conspicuo gacetillero hizo un chiste que ha quedado de repertorio. Disputaban varios [225] amigos en el Salón de Conferencias del Congreso para determinar cuáles eran los segundos apellidos de las dos ramas borbónicas. Alguien dijo que todos llamábanse Borbón y Este, y nuestro gacetillero contestó en el acto que el Rey de España se llamaba don Alfonso de Borbón y del Noroeste.

     Platicando yo un día de tales cosas con mi amigo Segis, recordamos el caso de doña Baldomera. La sagaz arbitrista, cuya fuga relaté a su tiempo, había vivido tranquila en Ginebra, comiendo el fruto de sus ardides financieros. Libre, feliz e independiente permaneció en Suiza amparada por las leyes de aquel país, donde no había extradición. Alguien le hizo creer que en España ya no se acordaban de ella, y que podía recorrer a su antojo toda Europa si así le venía en gana. Alucinada por esta idea marchó a París. En mal hora lo hizo. Cuentan que por denuncia de su hermana Adela, la dama de las patillas, fue doña Baldomera Larra detenida y puesta a buen recaudo. Tramitada la extradición, trajeron a la pobre señora a Madrid entre gendarmes y guardias civiles.

     Díjome Segismundo que solía visitar a la cautiva en la Cárcel de Mujeres, por agradecimiento a las bondades que tuvo con él en los días felices del Banco Popular. Últimamente habíala encontrado sosegada, risueña, expresándose con el donaire y afabilidad que usar solía tiempos atrás en su conversación. Creyó entender Segismundo por el tono y actitud de la sutil financiera, que esta, repartiendo [226] con arte y discreción los dineritos que aún poseía, esperaba ser absuelta libremente. «Pues nada más justo -dije yo-. ¿Qué razón hay para condenar a esa señora? La cárcel debe ser para todos o para ninguno. Sí; que la absuelvan, y en cuanto esté libre que restablezca su Banco, y otra vez se le llenará la casa de dinero».

     Los progresos del positivismo en nuestra sociedad conocíanse, no sólo en las caras sonrosaditas y alegres de los que se procuraban enormes sueldos para dulcificar la vida, sino en las incorporaciones de diversos grupos al Partido Constitucional, de que resultó el inmenso conglomerado llamado Fusionismo. Antes de esto, Martínez Campos, procediendo con gallardo desinterés y harto de las arrogancias de don Antonio Cánovas del Castillo, se agregó a la hueste sagastina.

     Tales movimientos del ánimo pertenecen al ser interno de la Nación, preferente objeto de mis investigaciones en la tarea histórica. Cultivando gozoso el huerto de la vida intrínseca seguiré el cuento de Elenita, que en este año de 1880 me ofrece particularidades de incitante interés. Ya sabía yo que la simpática y bondadosísima doña Isabel II no veía con malos ojos los deslices de su hijo Alfonso con Elena Sanz, y que no había retirado a esta el cariño que le profesaba desde que fue lucida colegiala en las Niñas de Leganés. Nacido el primer hijo de aquel idilio morganático, doña Isabel hizo manifestaciones muy sinceras y expresivas, aunque reservadas, [227] en favor de Elena Sanz. A este primer vástago le pusieron el nombre de Alfonso.

     Robustecí mi conocimiento de tales cosas requiriendo la maravillosa péñola, que un día me escribió este trozo de palpitante verdad: «La Reina Madre Isabel II comisionó a un venerable sacerdote que había sido su confesor, don Bonifacio Marín, para que visitase a don Alfonso XII, interesándole por la que ella llamaba su nuera ante Dios. El dichoso cura expresó a Elena Sanz sus impresiones de la visita en una carta fechada en 4 de Abril, de la que transcribo este sustancioso parrafito: 'He sido recibido y oído con gratitud y amabilidad inexplicables, cuyo júbilo particular le comunico por orden expresa, a la par que con toda mi espontaneidad'».

     La pluma me ha suministrado referencias de otra carta del criado y confidente del Rey, Prudencio Menéndez, en la que este, después de notificar a Elenita que el Señor se proponía escribirle con extensión, terminaba así, haciendo referencia al bastardo Alfonso: «Celebro mucho que esté tan bueno el Señorito, y que la distraiga a usted, que bien lo necesita...». La péñola me dio asimismo noticia de otra epístola del Marqués de Alta Villa, fechada en el Palais de Castille de París, en la que se lee un membrete que dice: Grand Maître de la Real Casa de doña Isabel II. En esta epístola, el Grand Maître pide a Elena Sanz que recomiende con eficacia al Rey una [228] porción de cosas de mucho interés para él, para el señor Marqués, naturalmente. Luego hace referencia a una cestilla de dulces que Elenita le envió para doña Isabel, y concluye con estas cariñosas admoniciones: «Adiós, Elena. Tengan ustedes juicio. Acuérdese usted y tenga él presente que puede usted perder su voz y su carrera... y esto tiene consecuencias bien desagradables».

     La Razón de Estado, sorda y ciega ante los casos idílicos tocantes al augusto fuero de la pasión humana, continuaba elaborando tranquilamente la vida externa de España, ora con hechos de carácter político, ora con otros de un orden familiar. Entre estos debo señalar el parte que publicó en la Gaceta la Facultad de Medicina de la Real Cámara, notificando al país con tonos jubilosos que Su Majestad la Reina doña María Cristina se hallaba en estado interesante.





1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   18

similar:

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía icon“Si busco en mis recuerdos los que me han dejado un sabor duradero,...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconFrases psicometafísicas teóricas y prácticas, para pasar el rato

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconXc adventure Race 13/14 Octubre Información Lugar
«Esta es Colonia Suiza, con los colores vivos de sus próvidos huertos y sus montes frutales, con el verdor plateado de sus viejos...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconDiscurso de Javier Sicilia leído en el Zócalo. (5 minutos para leerlo,...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconDel juego es encontrar un título distinto del que tiene el cuento...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconA lo largo de la historia de la humanidad han existido personajes...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía icon5b) Comente los aspectos más relevantes de la obra que durante esta...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía icon5b) Comente los aspectos más relevantes de la obra que durante esta...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía icon5b) Comente los aspectos más relevantes de la obra que durante esta...

Los ociosos caballeros y damas aburridas que me han leído o me leyeren, para pasar el rato y aligerar sus horas, verán con gusto que en esta página todavía iconA sus 23 años, todavía con aspecto de estudiante, la idealista Erin...






© 2015
contactos
l.exam-10.com