El lector alumno y los textos literarios






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3. La construcción de la lectura


En todo proceso de lectura está implícita la idea de desciframiento, de deconstrucción; el lector se entrega a ella de manera total o parcial, se da por entero a sus fantasías. Como hemos indicado líneas arriba, texto y lector logran el efecto comunicativo en el momento de intersección, de anclaje, en el encuentro de la construcción de la lectura; por otra parte, en el texto una serie de factores que, de alguna manera, están incidiendo en este encuentro, entre ellos: la tradición literaria, el género, la temática, la situación social, el lenguaje que está presente en todo texto pero dominando de manera distinta. A su vez, por parte del lector podemos indicar: sus experiencias previas, la situación social, la competencia lingüística, el nivel de desarrollo alcanzado, los bloqueos, etc. presentes en cada lector aunque en diferentes grados.

En este encuentro se determina tanto la "conducta del texto" como la "conducta del lector". La primera, inmodificable e insustituible en el momento presente; la segunda es la que se dinamiza, se pone en movimiento, en juego, en acto, en imaginación, en creación. Para explicar esta situación de comunicación, que hemos denominado transferencial, retomamos el concepto de Series Complementarias13 en la medida que los factores históricos que determinan ambas conductas _texto y lector_ no pueden modificarse, lo que sí cambia son los factores desencadenantes y actuales. ¿En qué momento histórico-social se lee un texto?, ¿bajo qué motivaciones?, ¿desde qué óptica teórica? 

Todas y cada una de las situaciones que interactúan en el momento presente, en el aquí y en el ahora, conducen al lector a interpretar el texto de una manera diferente aunque las condiciones primigenias de la emisión hayan sido otras de las que obtiene el lector en una situación temporo-espacial diferente. Ejemplo de ello sería Los sueños en la Gradiva y Edipo Rey analizados por Freud; Cervantes por Starovinsky, etcétera.

De este modo, en el proceso de la recepción convergen la conducta,14 el texto, el lector y la construcción de la lectura:

http://www.uv.mx/cpue/colped/n_34/cpu34_p41.jpg

Hablar de la conducta del texto, con la aplicación de categorías psicoanalíticas, debe hacerse sobre la base de:

[...] la suposición de la existencia de un inconsciente; sin embargo este inconsciente no se refiere a un inconsciente humano, porque ese solo hecho nos llevaría a la `intención del autor' que, como sabemos, es un elemento externo al texto. El autor una vez que ha creado un texto, éste deja de pertenecerle, y pasa a ser propiedad común de todos los lectores. No se trata de un inconsciente psíquico, porque un texto es un hecho de lenguaje, por lo tanto su inconsciente es un inconsciente lingüístico. El inconsciente del texto no es lo que se encuentra evidentemente en el texto mismo, es decir, en su contenido manifiesto, sino, por el contrario, es todo aquello que puede surgir a través de un análisis, de una lectura, de una interpretación. Todo aquello perteneciente al lenguaje del texto que aparece como consecuencia de la lectura profunda del mismo. (Cortés-Mena, 1990: 160)


De allí que toda actividad de lectura se le presenta al lector como una tarea a realizar; él es el que debe analizarlo, deconstruirlo, ponerlo en marcha, en una primera etapa y, posteriormente, construirlo, ponerlo en movimiento. En el texto todo está hecho pero, a su vez no está completado, es el lector quien debe darle sentido, "armarlo". "Lo primero que existe es el texto y sólo él; sólo al someterlo a un tipo particular de lectura construimos, a partir de él, un universo imaginario


[...] sólo la perspectiva de la construcción nos permite comprender el funcionamiento del texto llamado representativo" (Todorov, 1988: 38).

Con relación a la conducta que el lector pone en juego durante el proceso de lectura de los textos literarios indicamos que ponen en práctica su imaginación, sus fantasías, sus deseos; es decir, trae al presente tanto aspectos conscientes como inconscientes. Frente al texto el lector se desdibuja, se despersonaliza al identificarse _de manera inconsciente_ con la actuación del o los personajes; por ejemplo, es Edipo, la madre castradora, la madre gratificante. De allí que la tarea del lector no resulte fácil:


[...] es una gran tarea porque el objeto no parece agotarse nunca, no hay una verdad del objeto a alcanzar y el sentido [...] parece escapársele obstinadamente al lector a cada encuentro. Cada cita, cada fragmento desvela un nuevo texto y ésta es su riqueza y su desazón. Para el lector todo está por hacer y todo está hecho; mientras lee sabe que podrá ir siempre más lejos en su lectura y así la obra le parece siempre inagotable. (Rovira, 1990: 145)


El texto se le presenta al lector como un objeto flexible, dinámico, productor y generador de sentidos en la medida en que soporta innumerables lecturas entre las que podemos indicar:


a) Literal o textual. Todos los elementos manifiestos que puede captar el lector y que en una primera etapa, le ofrece una idea global, más o menos coherente de su contenido. Por ejemplo, todos los elementos que puede observar, leer _grafías, indicios, lenguaje_ y que denominamos lo manifiesto. Asimismo, cuando se realizan descripciones dentro del texto y la palabra es empleada para evocar esos referentes tal y como son en la realidad.


b) Profunda. La que nos permite hallar el sentido o significado textual y que depende del vínculo que el lector establezca con él. Aquí caben todas las asociaciones, interpretaciones que conducen, progresivamente, a descubrir el sentido oculto en la medida que el lector da curso libre a la imaginación la libre asociación de ideas, lo que nos da la pauta que el proceso de lectura no es lineal y en la que los elementos lingüísticos y no lingüísticos son a la vez señal y encubrimiento. Durante el proceso de construcción tratamos de encontrar el sentido lo que le permita llegar al núcleo oculto del texto. Como lo plantea Gloria Prado (1990: 172-173).

 

A través de un texto manifiesto _el de la escritura_ con una sintaxis, una retórica, un léxico, una disposición paradigmática y sintagmática, se nos comunica mediante un lenguaje simbólico, algo, otro texto, texto implícito en el primero, que ha de ser revelado. Y al ser el lenguaje poético un lenguaje simbólico no restringido por las limitaciones de la sintaxis del lenguaje científico o del coloquial, produce un discurso polisémico dirigido hacia el interior, afincado en el sentir estructurante y expresado por el texto literario.

Podemos, en esta primera aproximación, sintetizar el proceso de construcción de la lectura de la manera siguiente:

http://www.uv.mx/cpue/colped/n_34/cpu34_p43.jpg


Texto y lector están implicados en una relación dinámica15 que va surgiendo en el proceso mismo de la lectura. Todo acto lector debe ir más allá de una simple descripción de los contenidos textuales, avanzar poco a poco, paso a paso, desde la deconstrucción hasta la construcción e interpretación. Así podemos agregar que "Para construir un universo imaginario a partir de la lectura de un texto, es necesario en primer lugar que ese texto sea en sí mismo referencial, en ese momento, habiéndolo leído, dejamos trabajar nuestra imaginación" (Todorov, 1988: 41).

De esta manera podemos preguntarnos: ¿Cómo nos conduce el texto a la construcción de un universo imaginario?, ¿de qué manera lo realizamos? Para responder a estas interrogantes debemos analizar, por una parte, los hechos que hemos denominado observables y los no observables. Entre los primeros, hacemos referencia al contexto donde se desenvuelve la historia, el ambiente, las descripciones de los personajes, el lenguaje empleado, los diálogos y las marcas que definen la organización textual, etcétera. Entre los segundos, todos aquellos aspectos no cuantificables (como los sentimientos, las ideologías, las actuaciones) a los que el lector no tiene acceso directo y los infiere a través de suposiciones, de los vacíos, de los espacios en blanco. En suma, su experiencia de vida, de sujeto pensante, de sujeto "afectivo". De allí que ciertos textos más que otros provoquen la emergencia de contenidos de las distintas instancias psíquicas de manera semejante a como aparecen en los relatos oníricos y, pueden ser analizados, como si se tratara de un sueño, de una conducta. De modo que en este interjuego de manifestaciones conductuales se establece una relación transferencial entre el lector y el texto (no sólo con el texto objeto de su indagación); de igual modo toma contacto consigo mismo, con su mundo interior, sus fantasías, sus sueños diurnos. Este tipo de interrelación o proceso intersubjetivo bien puede ser bloqueador de manifestaciones o bien flexible, dinámico, variable de lector a lector, de época en época, de cultura en cultura.

En un primer momento hay un enfrentamiento del Yo del sujeto lector con una parte del sentido del texto (manifiesto) en donde entran en juego el conocimiento de las grafías, palabras y hechos, actuaciones de los personajes, etcétera. En un segundo, el lector puede descubrir o penetrar en la intencionalidad del sentido al establecer analogías entre el material suministrado por el texto y su conducta, su experiencia de lectura, sus motivaciones. De este modo, el lector se representa todo aquello que había estado excluido de su personalidad y encuentra algún tipo de asociación o vinculación con ella. La construcción se alcanza en el momento en que el lector logra intersectar los datos observables como los no observables, producto estos últimos de la asociación libre, de su capacidad de simbolización, de su personalidad. Así, al igual que en el trabajo terapéutico, el lector puede ir descubriendo ciertas "marcas" que el texto le ofrece, aunque de manera solapada, y que no son detectables a primera vista, tales como:


a) Repeticiones o reiteraciones. Aparición de un suceso, conducta, gesto, actitudes, etcétera, como emergentes de un campo, en un aquí y un ahora, que producen la aparición de recuerdos, de asociaciones, de sentido. Estos elementos aparecen ya sea de manera consciente o manifiesta y el lector no puede librarse de pensar una y otra vez sobre la significación de los mismos; ya sea de modo inconsciente, ya que en apariencia carecen de sentido pero están presentes y revelan "algo". 

Así, por ejemplo, la repetición de palabras:


[...] es un elemento aprovechable, ya que en la lectura es importante el sentido de lo que se deriva de la repetición. Puede tratarse de una repetición de palabras a nivel fonológico, a nivel gramatical o lingüístico. Puede ser repetición de palabras, frases o fragmentos. Debe verse lo qué se repite, qué se repite, por qué se repite y lo que no se repite. (Cortés-Mena, 1990: 179)


b) Espacios en blanco que inducen y orientan la actividad constructora del sujeto lector.


Son los huecos que van surgiendo en el diálogo, las cosas que faltan, las escenas aparentemente triviales _eso es lo que estimula al lector a suplir los blancos con sus propias proyecciones. El lector resulta atraído hacia los acontecimientos haciéndolo proveer lo que se quiere decir a partir de lo que no se dice. Lo dicho sólo parece adquirir significación en tanto refiere a las omisiones; es por medio de implicaciones y no a través de afirmaciones que se da forma y peso al significado. Pero a medida que lo no dicho se hace vivo en la imaginación del lector, lo dicho se expande para adquirir mayor sentido que lo que se hubiera podido suponer: escenas incluso triviales pueden parecer sorprendentemente profundas […] (Iser, 1989: 355)


c) Conducta de los personajes, que pueden ir detectando a lo largo del proceso: conformismo, angustias, bloqueos, tipos de relaciones. Descubrir el sentido de estas situaciones conducen al lector no sólo a completar la lectura, sino también a tener una idea más completa de todo aquello que puede estar vinculado con la vida, en la medida, como hemos indicado al inicio que la lectura como actividad hermenéutica, se intercepta lo individual con lo social. Por ello, detectar el sentido oculto del texto demanda tanto comprensión por parte del lector como cierta apertura, creatividad, capacidad de autocrítica. Dado que en la lectura de todo texto no se le empuja o se le obliga a llegar a este o aquel significado, sino se espera que pueda experimentar, recrear y descubrir. En una palabra, interpretar como hemos insistido en páginas anteriores.

3. Interpretación de la lectura


Con lo expuesto hasta el momento debemos dejar claro que la interpretación no se alcanza sólo con la lectura superficial y lineal de un texto sino muy por el contrario, es una tarea ardua y compleja que depende, en última instancia, de la perspectiva psicológica de quién la realiza, de sus ideas y experiencias previas, en suma, de su historia de vida. Por ello, interpretar es una actividad dinámica que se alcanza una vez que se ha leído, analizado, completado el proceso comunicativo-transferencial.

Según Freud, el texto, al igual que el síntoma neurótico, es susceptible de una superinterpretación, incluso necesita de ella para cobrar vida. Leer es una permanente búsqueda de la estructura, de la coherencia y de la significación para explicar los actos humanos. De este modo, el texto literario, al igual que el texto del sueño, puede ser analizado, descifrado, desarmado y, por medio de la interpretación, vuelto a significar. Para Freud puede ser interpretado todo lo que puede ser sustituido por otro texto: el sueño, el mito, el síntoma, el chiste o la obra de arte.


Si el texto literario _por los motivos que sea_ oculta un significado propio tras un velo, que habría que entender como distorsión condicionada histórica o socialmente, entonces se podría recuperar el significado enterrado por medio de métodos psicoanalíticos.

Sólo si el lector en el transcurso de la lectura debe producir el sentido del texto, no exclusivamente según sus propias condiciones (analogizing), sino ante todo según condiciones ajenas, el lector se formula entonces algo que saca a la luz un estrato de su persona y que hasta ahora estaba sustraído a su conciencia. Este proceso de hacer consciente se logra por medio de la interacción texto y lector [...] (Iser, 1987: 87)


En términos generales, denominamos interpretación16 al proceso que nos permite descubrir los elementos profundos de la significación textual. De este modo, la interpretación no se refiere a los elementos manifiestos, sino a sus derivados simbolizados. Durante el proceso interpretativo podemos decir que el yo se divide en dos partes: una que observa el contenido manifiesto del texto y, otra, que vivencia los elementos profundos. Esta situación se realiza en el momento de la transferencia. Interpretar es, en alguna medida, hacer consciente y entrar en contacto no sólo con las configuraciones ofrecidas por el texto sino también con las situaciones significativas de la vida del lector (emotiva y conativa). Sin embargo, la interpretación de un texto no se realiza de manera total, acabada:


[...] jamás podríamos asegurar que la interpretación o la lectura de un texto fue terminada aún ni por el mismo lector, con más razón si consideramos el acceso infinito de lectores a ese mismo texto, y al igual que en el sueño, el texto es una `complicada trama de relaciones recíprocas', por lo tanto una relación nos lleva a otra y ésta a otra y así sucesivamente. (Cortés-Mena, 1990: 55)


En una palabra, no hay lecturas idénticas, ni del mismo lector en distintas etapas de su vida ni de los diferentes lectores en una misma época, ya que cada una de ellas depende, en última instancia, de las circunstancias presentes o factores desencadenantes en el momento que la realiza: motivaciones, crisis, bloqueos, exigencias, etcétera. Por ello, podemos indicar que el proceso interpretativo fluctúa en tres tiempos:


a) Presente. El yo se enfrenta a la situación actual (el texto) que es capaz de desencadenar los deseos encubiertos del sujeto.


b) Pretérito. El sujeto lector vuelve a un suceso pasado, casi siempre infantil, en el que quedó insatisfecho el deseo para encontrarlo en un futuro.


c) Futuro. Éste se presenta como la satisfacción imaginaria de ese deseo pretérito. El lector construye ese mundo imaginario partiendo de sus informaciones (el texto, sus experiencias, lo verosímil, etcétera).


Insistimos, este proceso intersubjetivo conduce a un producto, a un nuevo texto que, de todas maneras, depende totalmente de la interpretación que cada lector pueda realizar en función de la estructura de su personalidad. A pesar de ello el texto no siempre permite asociar y, a su vez, descargar los motivos o problemas subyacentes del sujeto, sólo destaca aquellos contenidos que hacen hablar a las fuerzas del inconsciente dando lugar a historias significativas desde un punto de vista psicodinámico, algunas de las cuales apuntan a situaciones humanas fundamentales y a los tipos de conflictos más frecuentes en nuestra civilización.

En síntesis, podemos indicar que en la interpretación entran en juego tanto las ideas preconcebidas, las motivaciones, identificaciones, proyecciones que conducen al lector a completar el proceso, como las omisiones que, de todas maneras tienen importancia, ya que constituyen un indicio frente a los hechos o situaciones que ha puesto en marcha y ha erigido en su defensa. Estos mecanismos nos mueven a hacer actuar e interpretar a los personajes de manera diferente:

a) Lo más fácil y común es identificarse con el o los personajes que, de alguna manera, poseen atributos de la propia identidad del receptor para convertirlo en personaje central o héroe. Por ejemplo, todos nos identificamos con Edipo.


b) Imposibilidad de lograr cierta empatía con éstos en la medida en que las defensas del lector son tan fuertes que impiden entablar "relación". El lector se siente bloqueado y carece de aptitud para hacer propios los sentimientos de los demás, pues el texto le exige una mayor implicación personal.

Por último, enseñar a leer textos literarios es, a su vez, enseñar al alumno a reconocerse a sí mismo como también a conocer las más íntimas situaciones del hombre y de la sociedad. Es comprender que la literatura tiene no sólo una función escolar sino también social y cultural en la medida en que orienta a la formación de criterios estéticos y exige, por lo tanto, de una preparación comprensiva y graduada. Más que enseñar a leer literatura se debe guiar la experiencia personal del alumno dado que es en este interjuego entre la "conducta" del texto y la de él como lector puede descubrir, redescubrir e interpretar al mundo, al hombre, a sí mismo. La literatura bajo la óptica de la enseñanza es tanto sustancia estética de conocimiento como una actividad orientada al goce, al placer.

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