El lector alumno y los textos literarios






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El lector alumno y los textos literarios

Ana Ester Eguinoa1

Sabemos que lo que sucede en el inconsciente de un autor juega un papel significativo en la creación de una obra literaria. [...] Igualmente importante es la participación del inconsciente en la configuración de la apreciación de una obra literaria por parte del lector. El inconsciente del lector configura de manera significativa sus respuestas a la obra que está leyendo, pero hasta el momento se ha prestado poca atención a este fenómeno, aunque su investigación nos ayudaría a comprender por qué algunas personas obtienen grandes beneficios de la lectura mientras que otras siguen siendo indiferentes a ella.

Bruno Bettelheim y Karen Zelan.

La lectura es una actividad solitaria, silenciosa, de descubrimiento, de recreación del lenguaje escrito. Leer es volver presente un pasado y, por lo tanto, se convierte en un viaje hacia el conocimiento y la verdad; al mismo tiempo puede sernos útil en la inacabable tarea de comprender al mundo, al hombre, a uno mismo. La lectura implica, por una parte, una competencia, un aprendizaje del sujeto que ejecuta el acto y, por otra, es la razón que justifica en mayor medida la puesta en práctica de la imaginación, ya que en todo acto de lectura siempre apelamos a ella y es ella la que nos permite hablar del papel activo, (co)creador, (co)elaborador del lector ante la obra.

En todo acto de lectura subyacen dos situaciones: a) una práctica lingüística y, b) una actividad directamente relacionada con el quehacer humano, con las motivaciones, las experiencias y la vida personal, pues es un aprendizaje que se construye y se conquista paso a paso desde el momento en que el sujeto descubre y redescubre nuevos mundos, nuevos saberes. De este modo, la recepción individual se encuentra mediada por los acontecimientos vivenciales y por diversas recepciones que determinan, en gran medida, las motivaciones hacia la lectura. 

La lectura se transforma en una actividad hermenéutica si se realiza interrogando al texto y si deja a éste responder, porque le permite al lector la construcción de interrogantes que hace extensivos al grupo social: lo individual y lo colectivo; entonces se interceptan en todo acto lector. Leer un texto es descifrar su significado; al mismo tiempo es agregar de acuerdo con una perspectiva personal una interpretación. En otras palabras, todo texto se caracteriza por su organización interna y su codificación múltiple. En el caso específico de la lectura literaria, la participación del lector se modifica, en la medida en que el universo de la obra es un universo inventado, (re)creado, ficcional en una palabra. De allí que la figura del lector se hace indispensable para construir el texto. La lectura literaria, que denominamos comunicación literaria,2 es una forma particular de comunicación entre el texto y el lector y puede estudiarse en dos niveles de análisis: a) entre el emisor ( autor implícito) y un lector "virtual" y, b) entre el texto y el receptor. Tenemos, por lo tanto, al menos dos situaciones que se presentan permanentemente en forma simultánea: la extratextual, en la que se lleva a cabo la comunicación literaria entre un emisor-autor y un receptor-lector y la intratextual, entre un emisor-narrador-personaje y un receptor-narratario-personaje. En el cuadro siguiente sintetizamos las categorías3 enunciadas:

 

http://www.uv.mx/cpue/colped/n_34/comunicacion%20literaria.jpg 

En este trabajo haremos referencia a un lector real: el lector-alumno universitario. Ello nos sirve de punto de partida no sólo para analizar la lectura literaria como una forma particular de comunicación sino la comunicación escolar donde el alumno ocupa un doble rol: a) destinatario del mensaje escolar y, b) del mensaje literario.

Nuestra propuesta como interesada en la situación pedagógico-didáctica se vincula con los procesos de la lectura individual y la lectura literaria. En toda práctica pedagógica didáctica el alumno-sujeto lector ha sido el más olvidado, el más dejado de lado en las experiencias académicas y en las propuestas pedagógicas. Especialmente, en lo referido al proceso de identificación que se produce con el conflicto ajeno, el del texto, y de afirmación de la personalidad en la medida en que podemos descubrir en ella la distancia que nos separa de otra realidad. La comunicación literaria depende tanto de la personalidad como de las características de la obra. En sus niveles cognitivos y afectivos el sujeto lector desarrolla competencias para identificarse con los modelos de hombre, de mundo o mundos posibles propuestos en la obra, él es quien la va enriqueciendo de época en época, de cultura en cultura, dándole sentido, poniéndola en movimiento. Entonces, podemos preguntarnos: ¿Cómo vive el lector alumno la lectura literaria?, ¿cuáles son sus motivaciones?, ¿por qué lee?, ¿qué mecanismos psicológicos pone en práctica durante el proceso? Todos estos interrogantes nos permitirán reconocer primero, y certificar después, que frente a un texto literario existen diferentes tipos de lectura, producto de las experiencias de cada lector (formación, nivel cultural, tradición, motivaciones, etcétera). Si la obra literaria puede provocar _según las características del mensaje y la personalidad del receptor_, estados anímicos y sentimientos diferentes es porque "[...] al transferir a la esfera de la propia conciencia las vivencias modelizadas en el texto el receptor puede ampliar el espectro de sus posibilidades afectivas y puede desarrollar, además, una «cultura sentimental» que le permita reconocer y clarificar sentimientos indiferenciados y nebulosos" (Reisz de Rivarola, 1989: 42).

Para que se produzca esta empatía, esta comunicación particular, el texto debe referir a la totalidad de la persona del receptor, a toda su actividad cognitiva y emocional, a su personalidad. A nivel cognitivo tiende a satisfacer sus intereses literarios. Desde el punto de vista emotivo le ofrece elementos de identificación, proyección, introyección, transferencia y empatía con la historia, con los personajes. 

En este proceso los lectores son activos y receptivos a la vez, pues como ya hemos dicho interrogan y dejan responder al texto. Las obras, por su parte, guían la actividad lectora. Se trata de una forma particular de interrelación, donde los sujetos, emisor textual (autor) y lector alumno, se penetran mutuamente. Desde esta perspectiva Naumann indica:


[...] algunas obras, sobre la base de sus propiedades objetivas, obligan a los lectores a discutir con ellas una y otra vez; otras, en cambio, y éstas son las más, hacen, por las mismas razones, que los lectores las rechacen como objeto de recepción después de cierto tiempo. Las obras provocan en los lectores un acercamiento gradual a un juicio tendencialmente positivo o negativo. (1990: 37)


Muchas veces los lectores se hallan tan identificados con los textos que no pueden establecer una distancia entre ambos, y su crítica está sobrecargada de juicios tales como "me ha gustado", "me parece el libro más importante que hasta el momento he leído", "refleja mi vida", etcetera. Así, podemos decir, que texto y lector-alumno se enmarcan dentro de una relación transferencial por medio de la cual la estructura del primero _sus vacíos, sus espacios en blanco_ es llenada por el lector a través de los actos de imaginación, por el cúmulo de sus situaciones experienciales. De allí que, la recepción individual es tan variada como las experiencias de la vida misma. El lector introduce en su relación con la obra su experiencia continuamente cambiante y, a su vez, condicionada situacionalmente, entre ellas el conocimiento, la información, su biografía, sus bloqueos, sus perturbaciones que, como ser biopsicosocial posee de manera consciente o inconsciente. Los complejos procesos psicológicos que tienen lugar en el acto de lectura están mediados tanto por situaciones internas (imagos, afectos, represiones) como externas (la crítica, la enseñanza, la propaganda literaria). Este proceso al que llamamos transferencial surge espontáneamente en el momento que el lector comprende, internaliza, hace suyas las situaciones del texto y es inducido a hacerlas actuar una y otra vez, transformándolas de acuerdo con su propia visión, su punto de vista; a partir del cual el objeto estético comienza a emerger.

¿Qué pasa cuando el lector-alumno enfrenta una obra literaria?


Ante todo podemos afirmar que se trata de un encuentro de naturaleza lingüística: las palabras de una página funcionan como señales que necesitan ser decodificadas para generar un proceso de significación. Esta es una operación compleja que requiere de la interacción de capacidades tales como la percepción, la imaginación y la memoria. El lector participa en una tarea de recreación que ocurre en un espacio temporal determinado. Puesto que esta actividad se origina en un lugar y en una época concretas, su realización descansa en actitudes y presuposiciones culturales específicas. El lector responde a la lengua como un ser social que comparte con otros miembros de la sociedad una manera de entender un campo léxico determinado por el uso común, pero también como un individuo cuya interpretación de las palabras está teñida por las experiencias vividas y por la experiencia en el uso de la lengua. En consecuencia, no hay lecturas idénticas. (Percival, 1987: 282)


En pocas palabras, la recepción individual de un texto narrativo es, a la vez, punto de llegada y punto de partida de una cadena de asociaciones, de acontecimientos e interacciones de naturaleza social, psicológica, estética, de situaciones históricas, de la tradición. Como expresa Heuermann la comunicación que se establece entre el texto y el lector es:


[...] un proceso transmitido textualmente, que en el mismo proceso de la lectura se deben aplicar cambios posibles a los constituyentes de partida, que no tienen ninguna equivalencia en la parte del texto […] Hablando de una manera general, se trata de aquellos efectos que son provocados por la calidad e intensidad del proceso de recepción y cuya expectativa incita, en fin, al lector a la lectura en forma de motivaciones primarias. Finalmente, se debe pensar que todos los constituyentes están subordinados, tanto por parte del texto como también por parte del lector, naturalmente a la ley del cambio histórico […], en donde la historicidad general de los factores básicos puede tener efecto y puede ser captado en una forma doble: o bien se encuentran en el texto y el lector en relación con una «sociedad contemporánea», que los coloca _en el pasado o en el presente_ en el campo de una relación más o menos sincrónica (claro que la sincronía se puede alcanzar siempre sólo de una manera aproximada, nunca de una manera absoluta) o se encuentran en relación de una distancia histórica, que los coloca en el área de una relación diacrónica. En ambos casos es evidente, que el modo de recepción depende no en última instancia de esas relaciones y que la determinante histórica debe contar como un factor constante. (1987: 319)


De acuerdo con las consideraciones planteadas hasta el momento, creemos pertinente enfocar nuestro análisis de manera más detallada con relación al lector-alumno, la construcción de la lectura y la interpretación. 


1. El lector-alumno


El texto ficticio está en situación de desventaja con respecto al discurso ordinario al carecer de las condiciones contextuales que optimizarían la comunicación. Sin embargo:


[...] esta carencia de contexto se traduce en dos aspectos positivos: a) la relación entre el texto y el lector se vuelve más fuerte _el emisor trabaja mucho más el texto; el lector pone más de lo suyo_, (b) ahí se motiva también la posibilidad de un amplio espectro posible, como se manifiesta luego en la pluralidad de las lecturas. Carente de contexto preciso, el texto ficticio no sabría comunicar sin una fuerte estructuración interna de sus elementos, de tal manera que permitan la producción de sentidos a pesar de la ausencia de contexto externo y con un contexto interno marcadamente simbólico _autorreflexivo, en última instancia. (Antezana, 1990: 120)

Para analizar el modo en que el lector-alumno enfrenta el texto literario partimos de algunas preguntas básicas: ¿Qué procesos se desarrollan en esta relación comunicativa particular que denominamos lectura literaria?, ¿cuáles son los mecanismos psicológicos puestos en juego en la relación texto-lector-alumno?, ¿qué pasos realiza el lector para lograr la comprensión e interpretación del texto literario?

La lectura literaria es un proceso comunicativo particular donde quien escribe (el autor) no se comunica a través de signos lingüísticos, sino que comunica sentidos o significaciones (Eguinoa, 1990: 106). Esto es, del supuesto que, como indica Grotzer, "domina sobre este tipo de lectura es que hay una especie de identidad _si no real por lo menos intencional_ entre lo que se dice y lo que se vive, entre el significante y el significado, identidad que si se llegara a lograr aboliría la literatura como tal". (1986: 8. El subrayado es nuestro).

El texto literario sólo puede alcanzar sentido cuando es reactualizado por el lector en su acto de lectura. Descifrar el sentido es, asimismo, descubrir el análisis de la lectura. Ahora bien, ¿cómo logra el escritor/autor despertar efectos emotivos en el lector?, ¿cómo puede dejar el camino abierto para alcanzar diversas interpretaciones?, ¿cómo es capaz de movilizar proyecciones e identificaciones a partir de la(s) interpretación(es) que el lector realiza? Todos y cada uno de estos procesos provienen, en alguna medida, de la experiencia pasada del lector (personajes reales, actitudes, sentimientos, etcetera.) que han gravitado a lo largo de su vida y que el texto le hace actualizar. Por una parte, moviliza recuerdos, fantasías, conductas que representan hechos de fundamental incidencia en su mundo psicológico pasado o presente; y, por otra, durante el proceso mismo lo conducen a una serie de omisiones, distorsiones de personajes, objetos o situaciones. De este modo, en todo acto de lectura el lector-alumno, aunque sea de manera inconsciente, se ve reflejado asimismo dado que el texto moviliza situaciones de su mundo personal, de su mundo psicológico pasado y presente que no puede, o no ha podido, verbalizar o, incluso, situaciones para las que está negado. Siguiendo a Freud, podemos decir que el escritor nos soborna con el placer puramente formal, es decir, estético, que nos proporciona al exponer sus fantasías y que nosotros retomamos, las hacemos nuestras para, de esta manera, completar el proceso comunicativo al permitirnos gozar de nuestras fantasías sin vergüenzas y sin culpas.

En este sentido, podemos preguntarnos: ¿por qué se leen textos literarios?5 Parafraseando a Freud, podemos decir que todos tenemos algo de niños, algo de poetas. Todos jugamos y nos identificamos _desde la lectura o la escritura_ con una situación que nos gratifica: "el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma [...] el poeta nos pone en situación de gozar, en adelante sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno de nuestras propias fantasías" (1954: 57). ¿Cómo consigue el escritor-autor que se produzca esa identificación, esa proyección, esa empatía? Freud mismo nos dice: «es su más íntimo secreto».

El texto se presenta como un mundo complejo y, el lector, desde el momento que inicia la relación con él, pretenderá encontrar su armazón, su estructura, ¿cómo hacer del lector un objeto de estudio concreto y objetivo? El análisis de la obra freudiana nos permitió retomar algunas categorías de la técnica psicoanalítica que pueden ser aplicadas a la relación entre el texto y el lector-alumno.

Al ser el texto una creación humana, desencadena en el lector situaciones de placer, de dolor y de angustia, en la medida en que cada personaje le hace reactualizar su vida, sus conflictos al: 1) identificarse, 2) proyectarse, 3) convertirse en héroe mítico, 4) desposeerse de su yo. Así, por ejemplo, el lector identificado con Edipo6 pierde su identidad. De este modo, el texto se transforma en un objeto catártico al permitir el retorno de lo reprimido en la medida que trae la problemática infantil edípica y, al igual que la situación terapéutica, el sujeto entrega parte de su sentido. Lo demás debe descubrirlo el lector. El texto es una expresión de emociones y afectos, pero también es una realidad en sí misma, ya establecida. Por ejemplo, Bettelheim expresa que el placer que experimentamos cuando nos permitimos reaccionar a un cuento no depende del significado psicológico del mismo sino de su calidad literaria, de ser una obra de arte al expresar:


Existe un acuerdo general al opinar que los mitos y cuentos de hadas nos hablen en el lenguaje de los símbolos, representando el contenido inconsciente. Su atractivo se dirige a nuestra mente consciente e inconsciente a la vez, a sus tres aspectos _ello, yo y super yo_ y también a nuestra necesidad de ideales del yo. Esto hace que el cuento sea muy efectivo, puesto que, en su contenido, toman cuerpo de forma simbólica los fenómenos psicológicos internos. (1988: 53)


El lector-alumno y el objeto texto están indisolublemente comprometidos en un aquí y un ahora, ya que el primero no sólo parte de la indagación del segundo en un momento dado sino también toma contacto consigo mismo: con sus experiencias asimiladas y vividas, con su historia personal, con su comprensión de los productos estéticos, entre otros.

Para profundizar más en el análisis, retomemos las formulaciones psicoa-nalíticas de la transferencia.7 La transferencia es un fenómeno espontáneo tanto en la situación analítica como en la cotidiana. Podemos preguntarnos ¿qué es lo que se transfiere? De acuerdo con Freud decimos que tanto los sentimientos cariñosos como los hostiles de la realidad psíquica (deseos inconscientes y fantasías relacionadas con él) por una parte; mientras que, por otra, estas manifestaciones no son repeticiones literales, sino equivalentes simbólicos de lo que es transferido. Ambos al servicio de la resistencia. Pero, de todas maneras, en ellos está involucrada la totalidad de la vida psíquica. Sentimientos que surgen espontáneamente _tanto en el analizado como en el lector_ durante el proceso, ya que son parte de su personalidad, y ninguna situación puede impedir su emergencia. Es decir, frente a la privación de las relaciones de objeto, el sujeto responde, restringiendo las funciones conscientes del yo y, por lo tanto, abandona el principio de realidad para caer bajo el dominio del principio del placer. Por lo tanto, la transferencia es el resultado de dos fuerzas: por una parte, la capacidad que tiene el sujeto de "desplazar" los conflictos internos _donde están involucrados los deseos inconscientes y las fantasías ligadas a él_ y, por otra, la influencia de los estímulos exteriores o factores desencadenantes, que son los que dan lugar a conductas transferenciales. Éstas no son repeticiones de la conducta primitiva, sino equivalentes simbólicos de lo que es transferido o reactualizado, con lo cual se llenan y se completan los vacíos y los espacios en blanco. Así, por ejemplo, lo que se transfiere por identificación, introyección, etcetera. en la lectura literaria son equivalentes simbólicos de lo vivido que, en este aquí y ahora, son traídos al presente sin perturbar el equilibrio de la conducta del sujeto. Durante el proceso transferencial, en el acto de lectura el sujeto puede recurrir a diferentes mecanismos de defensa8. Entre ellos, sólo haré referencia a los más arcaicos9 y primitivos de la relación con los objetos: introyección,10 proyección11 e identificación.12

Como hemos comentado, la comunicación literaria se diferencia de las demás interacciones sociales en la medida que está ausente la relación cara a cara. Pero de todas maneras, el lector se acomoda a esta situación al ser asimilado por la «conducta del texto». En esta relación comunicativa tiene lugar una transferencia de significados y el texto refleja hechos psicológicos fundamentales de la vida del lector, porque éste reencuentra en el texto estructuras de los procesos psíquicos que internaliza y hace suyos. Durante el proceso el lector acomoda, asimila y encuentra en el texto ficticio un sustituto de lo que ha perdido en la realidad. Por lo tanto, el poder del texto consiste en "[...] proporcionar al lector o al espectador lo que Freud llama «placer anterior»; suaviza sus defensas contra la realización de los sueños de los demás y le permite anular la represión por un momento y gozar del placer prohibido de sus propios procesos inconscientes" (Eagleton, 1983: 213).

En otras palabras, en los personajes se espera encontrar la proyección directa de la conducta del lector en la medida en que éstos se asemejan a personas reales de su mundo de alta gravitación en su vida (madre, padre, hermanos, etcétera) como de sus propios objetos internos. Asimismo, pueden ocurrir desplazamientos de la identificación masiva de uno de los personajes a otro como de identificaciones parciales. Por ejemplo, según Jaccard, Freud parte de una paradoja al indicar:


[...] el drama y la tragedia muestran los sufrimientos de héroes con los cuales nos identificamos y que nos imponen piedad. Sin embargo, experimentamos también placer; éste se funda en nuestras tendencias masoquísticas, pero también en la ilusión de participar de la grandeza de los personajes representados. Sobre todo, vemos realizarse sobre la escena nuestros deseos infantiles reprimidos. Tal espectáculo nos provoca angustia pero también placer: nos atrevemos a liberar momentáneamente nuestras pulsiones instintivas. (Jaccard, 1984: 55)

Este juego de proyecciones, de introyecciones e identificaciones durante el proceso de la lectura entre el lector y los personajes depende de:

a) Las motivaciones, actitudes y expectativas del lector frente al texto. 
b) La estructura de conducta que conducen al sujeto a leer y organizar de una manera determinada el enfrentamiento con el texto. 
c) La intervención de las defensas que permiten al lector elaborar la historia de acuerdo con la forma en que puede llenar los vacíos, los espacios en blanco, en última instancia, la posibilidad de "liberar" la censura. 
d) La anexión que el sujeto hace consciente o inconscientemente, de materiales procedentes tanto de otras asociaciones como de la imaginación, otras lecturas, intuición, tradición, la crítica, la educación, etcétera.
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