1. De la totalidad del amor, a la misión sin fronteras






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ACTUALIDAD DEL CARISMA MISIONERO DE TERESA DE LISIEUX
Dimensión contemplativa y martirial de la misión
Juan Esquerda Bifet
Sumario:
1. De la totalidad del amor, a la misión sin fronteras

A) Saberse llamada y amada

B) Amor de totalidad

C) La sed y la sangre de Jesús

D) Hacerle amar de todos

E) "Ser el amor en el corazón de la Iglesia"

F) Misioneros hermanos
2. Contemplación y misión sin fronteras, desde la experiencia del amor en la propia pequeñez

A) La fuerza misionera de la oración

B) Contemplación: un encuentro con Dios en la propia pobreza

C) Experiencia de misericordia: la misión desde el corazón de Dios

D) El camino de la infancia espiritual, más allá del tiempo
3. Vida martirial: Sufrir amando por la misión

A) La fecundidad misionera de la cruz

B) El martirio de amor y de sangre

C) El sufrimiento de la misión oculta por la fe y la esperanza
4. Con María y como ella, madre de las almas

A) El camino de la fe oscura

B) Familiaridad con María

C) Madre de las almas, con María y como ella, la "Reina de los Apóstoles"
Líneas conclusivas: Teresa de Lisieux, el amor apasionado por la misión de anunciar a Cristo
Presentación: El significado misionera de un centenario
El año 1997 ha sido el centenario de la muerte de Santa Teresa de Lisieux (30 septiembre 1897), que fue declarada patrona de las "misiones" al igual que San Francisco Javier, por Pío XI, el 14 de diciembre de 1927. El Papa Juan Pablo II, en su mensaje para la XII Jornada Mundial de la Juventud (para 1997), ha querido recordar este evento de gracia, invitando a los jóvenes a considerar la figura misionera de la Santa de Lisieux: "Recorred con ella el camino humilde y sencillo de la madurez cristiana en la escuela del Evangelio. Permaneced con ella en el corazón de la Iglesia, viviendo radicalmente la opción por Cristo".1
Será difícil encontrar en todo el arco de tiempo del siglo XX, una vocación misionera o apostólica, que no haya sido influenciada por la doctrina y el ejemplo de Santa Teresa de Lisieux. El despertar misionero del siglo XX y el "amanecer de una nueva época misionera" (RMi 92) en el inicio del tercer milenio, serían impensables sin la figura histórica de la Patrona de las misiones.2
El carisma misionero de Teresa de Lisieux no puede reducirse a unas frases suyas o a unos gestos aislados. Haciendo una relectura de su doctrina y de su biografía, a la luz del despertar misionero de la Iglesia, me parece encontrar una dinámica interna, que va desde la convicción de sentirse amada en la propia limitación y pobreza, hasta la decisión de una oblación total y martirial para la misión sin fronteras en el espacio e incluso en el tiempo. El sostén de esta dinámica misionera se encuentra en su fuerte línea contemplativa, con matices de victimación y de martirio de amor.
El camino de "infancia espiritual" marcha por esta misma línea contemplativa y martirial, pero con la sencillez evangélica de haber encontrado a Cristo, Esposo crucificado, en la propia realidad limitada y pobre. La "fuerza de la debilidad" (2Cor 12,9), a la luz del misterio de la cruz y bajo el impulso de la contemplación de la palabra evangélica, se ha traducido en "fuente de gracia" y en "misteriosa fecundidad apostólica" (VC 8-9). Así se sintió "madre de las almas", con María y como ella.
Este dinamismo misionero, contemplativo y martirial de Teresa de Lisieux, tiene una fuerte connotación eclesial. Era lógico esperar de ella esta línea teresiana, pero a ello se añade la originalidad de quien quiere "ser el amor en el corazón de la Iglesia". Sin esta línea eclesial, traducida en amor y fidelidad, no tendríamos ni a Teresa de Lisieux, ni a tantos pioneros del despertar misionero del siglo XX, ni tampoco la esperanza del "amanecer de una nueva época misionera".
Ese amor a la Iglesia es factor esencial de toda vocación misionera auténtica, especialmente en quienes, con dedicación de por vida, "toman como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia" (AG 23). El despertar misionero de toda la Iglesia y particularmente el resurgir de las vocaciones misioneras, necesita como factor previo "una profunda renovación interior" (AG 35), al estilo de los santos misioneros de todas las épocas.

1. De la totalidad del amor, a la misión sin fronteras
La misión no es urgida sólo por el mandato del Señor, sino que también es una consecuencia de una vida orientada hacia el amor. "La misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros" (RMi 11).3
En Teresa de Lisieux, las ansias misioneras brotan de su amor de totalidad. Se sabe amada tal como es, quiere responder al amor con una entrega de totalidad, dejándose contagiar por la sed de Cristo, abrirse al universalismo misionero y decidirse a consagrar su vida a la vocación de "ser el amor en el corazón de la Iglesia".

A) Saberse llamada y amada
La experiencia de elección en Cristo (cfr. Ef 1,4) es una característica de los grandes santos y misioneros. No es una sensación de privilegio, sino la convicción de un amor misericordioso que es irrepetible en cada persona llamada. A partir de esa convicción, los apóstoles ya "no se dejan atemorizar por dudas, incomprensiones, rechazos" (RMi 66), sino que viven de "la presencia consoladora de Cristo, que acompaña en todo momento de la vida" (RMi 88). "En la mirada de Cristo... se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito, que toca las raíces del ser" (VC 18).
La vocación es un "misterio" de la iniciativa divina: "Llamó a los que quiso... (cfr. Mc 3,13). He aquí el misterio de mi vocación" (H.A. cap. I). La característica de la vocación (como llamada y como respuesta) es, pues, la gratuidad, que no deja lugar a dudas enfermizas. "Es siempre una vida tocada por la mano de Cristo, conducida por su voz, sostenida por su gracia" (VC 40). La vocación es ya "una historia de amistad con el Señor" (VC 64).
Lo más notable de esta experiencia consiste en que se descubre la llamada como declaración de amor en la propia pobreza y miseria, y no en los propios méritos y cualidades: "Siempre se me ha mostrado el Señor compasivo y lleno de dulzura... nada había en ella (en la florecilla) capaz de atraer sobre sí sus divinas miradas" (H.A. cap. I). "Jesús velaba por su pequeña prometida, y quiso que todo redundara en provecho de la misma, incluso sus defectos" (ibídem). "Yo soy esta hija, objeto del amor proveniente de un Padre que no ha mandado a su Verbo para rescatar a los justos, sino a los pecadores" (ibídem, cap. IV).

B) Amor de totalidad
De la experiencia de saberse amado tal como uno es, se pasa a la decisión de un amor de retorno que quiere ser de totalidad. "La persona que se deja seducir por Cristo, tiene que abandonar todo y seguirlo" (VC 18). Ese es el paso de califica a los santos, quienes, "tocados por el amor de Dios, se sienten llamados a seguir al Cordero inmolado y viviente, dondequiera que vaya (cfr. Apoc 14,1-5)" (VC 23).
Esta fue también la decisión de Teresa de Lisieux, renovada todos los días de su vida, a pesar o precisamente por sus limitaciones. Recordando el episodio de su infancia, en que escogió todo lo que había en la canasta, dice: "Comprendí que para ser santa era necesario buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí misma... no quiero ser santa a medias" (H.A. cap. I). "Ahora no tengo ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura... es el amor el único que me atrae" (ibídem, VIII).
Si "todos los fieles, de cualquier estado y condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40), hay que reconocer que la entrega a la misión reclama una vida de santidad. Efectivamente, "la llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad... El renovado impulso hacia la misión ad gentes exige misioneros santos" (RMi 90; cfr. AG 35).
En las afirmaciones de la santa de Lisieux aparece continuamente la decisión de darlo "todo", con un amor que aspira a la plenitud. No se apoya en su nada, ni tampoco logra experimentar la perfección, sino que, en aras de la totalidad, se entrega como cheque en blanco, haciendo las cosas pequeñas con amor y comenzando cada día, sin desalentarse. Escojamos algunas afirmaciones: "¡Mi vocación es el amor!"... "¿Cómo un alma tan imperfecta como la mía puede aspirar a poseer la plenitud del amor?" (H.A. cap. IX). "Desde hace mucho tiempo no me pertenezco ya a mí misma, estoy entregada totalmente a Jesús" (H.A. cap. X). "Para amaros como vos me amáis, necesito pediros prestado vuestro propia amor" (H.A. cap. XI). "No me arrepiento de haberme entregado al Amor" (H.A. epílogo).4

C) La sed y la sangre de Jesús
Al celo apostólico se le ha calificado tradicionalmente de "sed de almas". Es una expresión muy querida de los santos y frecuentemente repetida por Teresa de Lisieux. El término "almas" indica la persona humana en toda su integridad y trascendencia, según los planes de Dios Amor en Cristo. Por esto se habla de "salvar almas". Así sigue hablando el magisterio conciliar y postconciliar (cfr. AG 15, 25, 27, 32, 39-40; RMi 89), en la perspectiva de la Iglesia "sacramento universal de salvación".
Esa "caridad apostólica" es trasunto del amor de Cristo: "Quien tiene espíritu misionero, siente el ardor de Cristo por las almas" (RMi 89). Por esto, "el misionero es el hombre de la caridad, para poder anunciar a todo hombre que es amado por Dios", y se convierte en "signo del amor de Dios en el mundo" (ibídem). Toda vida apostólica es, pues, "un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo" (VC 65), que se inspira en el "amor fontal o caridad de Dios Padre" (AG 2).
La doctrina de Teresa de Lisieux se expresa siempre a partir de detalles sencillos de todos los días. La sed de almas, como contagio de la sed y de la sangre de Jesús, la expresa con la comparación de una estampita de Jesús crucificado, algo salida del misal, que le suscitó una cascada de sentimientos: "Un domingo, contemplando una estampa de nuestro Señor crucificado, quedé profundamente impresionada al ver la sangre que caía de una de sus manos... caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla... resolví mantenerme en espíritu al pie de la cruz para recibir el divino rocío que goteaba de ella, comprendiendo que luego tendría que derramarlo sobre las almas" (H.A. cap. V).
Ya enferma y al final de sus días, repite los mismos sentimientos: "No quiero dejar que se pierda esa sangre preciosa. Pasaré mi vida recogiéndola para las almas" (Ultimas conversaciones, agosto 1897).
Su vocación misionera se expresa ya desde su infancia, en los detalles de cada día, como cuando intentó dominar su hipersensibilidad durante la fiesta navideña de 1886: "hizo de mí un pescador de almas... Sentí que entraba en mi corazón la caridad" (H.A. cap. V).
La sed de Cristo será la suya, en la salud y en la enfermedad, en la soledad y en los trabajos ordinarios: "El grito de Jesús en la cruz resonaba continuamente en mi corazón: «¡Tengo sed!». Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y vivísimo... Yo misma me sentía devorada por la sed de almas... A las almas les daba yo la sangre de Jesús, y a Jesús le ofrecía estas mismas mas refrescadas con su divino rocío, y de este modo me parecía quitarle la sed... Me parecía oír a Jesús decirme como a la Samaritana: «Dame de beber»"... Desea Jesús ser ayudado en su divino cultivo de almas" (H.A. cap. V; hace referencia a la conversión de Pranzini).5


D) Hacerle amar de todos
El deseo de totalidad en la entrega, renovada diariamente, se convierte en totalidad de misión. La consagración (por el bautismo, sacramento del Orden y profesión de consejos evangélicos) tiene este sentido de misión totalizante. "La vocación especial de los misioneros ad vitam conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes" (RMi 66).
Por esto, "la misión está inscrita en el corazón de toda forma de vida consagrada" (VC 25). "La persona llamada se confía al amor de Dios que la quiere a su exclusivo servicio, y se consagra totalmente a El y a su designio de salvación" (VC 17). La consagración la realiza el Espíritu Santo, quien configura los consagrados a Cristo para "acoger como propia su misión" (VC 19).
El amor misionero de Teresa de Lisieux no tiene fronteras, porque tampoco hace rebajas en la entrega de consagración. Lo da todo para compartir y prolongar la misma misión de Cristo: "Cuán grande era mi deseo de verle amado y glorificado por todas partes" (H.A. cap. V). "¿Será cortada la florecilla en plena frescura, o bien trasplantada a otras riberas" (H.A. cap. VIII). "Ser tu esposa, ¡oh Jesús!... ser por mi unión contigo, madre de las almas" (H.A. cap. IX). "El celo de un carmelita debe abarcar el mundo entero" (H.A. cap. XI).6
En los escritos de Teresa de Lisieux se encuentran frecuentes alusiones a su deseo de ir a las misiones. El Carmelo de Saigón, fundado por el de Lisieux (en 1861), pedía refuerzos para el de Hanoi. "Me gustaría ir a Hanoi para sufrir mucho por Dios. Quisiera ir allá para estar enteramente sola, para no tener consuelo alguno en la tierra" (Ultimas conversaciones, 15.5.6). "Será cortada la florecilla en plena frescura, o bien trasplantada a otras riberas" (H.A. cap. VIII).

E) "Ser el amor en el corazón de la Iglesia"
El sentido y amor de Iglesia es una característica muy marcada en los misioneros santos. Es sentido y amor que se inspira en el mismo amor de Cristo: "Amó a la Iglesia" (Ef 5,25).
Se ama a la Iglesia "como Cristo", porque "sólo un amor profundo por la Iglesia puede sostener el celo del misionero". Por esto, "para todo misionero y para toda comunidad, la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia" (RMi 89; cfr. PO 14).
La doctrina eclesial misionera de Teresa de Lisieux se inspira en Santa Teresa de Avila, la "hija de la Iglesia", y también en San Juan de la Cruz (sobre el valor eclesial del amor), pero con matices muy peculiares. La Patrona de las misiones define su vocación misionera con estas palabras: "La caridad me dio la clave de mi vocación... Comprendí que la Iglesia tenía corazón... Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones... Por fin he hallado mi vocación. ¡Mi vocación es el amor!... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor!" (H.A. cap. IX).
Su amor a la Iglesia es filial ("mi Madre"), sin complejos, como de quien se siente en su ámbito familiar y como quien comparte su misma vida sin reservas. Por esto, al inspirarse en San Pablo (1Cor 12-13), dice: "Comprendí que la Iglesia tenía un corazón". Y allí se situó ella con toda sencillez, para romper toda frontera en el espacio y en tiempo. "Yo soy hija de la Iglesia... En cuanto a él (ella es un niñito en comparación de los santos) su gloria será el reflejo que irradie de la frente de su Madre" (H.A. cap. IX).7

F) Misioneros hermanos
Desde niña, Teresa de Lisieux se sintió muy relacionada con los misioneros y con las "misiones". Alude a "la hucha para la colecta de la Propagación de la Fe" (H.A. cap. III) y al detalle curioso, durante su vida de colegiala, de llevar "un gran crucifijo atravesado en el cinturón, como lo llevan los misioneros" (H.A. cap. IV).
En el examen para ser admitida a la profesión, ella declara haber venido al Carmelo "para salvar almas" (H.A. cap. VIII). Y no deja de contar dentro del convento, con santa envidia, la despedida de los misioneros (H.A. cap. X).
Su preocupación misionera se centra en lo que hoy llamamos "cooperación": oración, sacrificio, limosna y suscitar (o sostener) vocaciones misioneras (RMi cap. VII). Lo ofrecía todo por todos los misioneros y por todos los campos de misión, hasta el caminar con fatiga (cuando estaba enferma) o el aceptar la sequedad de la oración y de la vida de fe.
Todo lo que sufría lo ofrecía para que le Señor alentara y consolara a los misioneros de primera fila. El sufrimiento tiene valor salvífico cuando se une al de Cristo para transformalo en donación. "Veo que sólo el sufrimiento es capaz de engendrar almas" (H.A. cap. VIII).
Su carteo con dos misioneros viene a ser un arsenal de espiritualidad y de animación o cooperación misionera, donde se refleja su actitud apostólica respecto a los diversos campos de misión. Fueron dos años, los últimos de su vida, durante los cuales tuvo que guardar reserva sobre ello, sin poder hacer comentarios con las demás hermanas. "Jesús me ha unido con lazos del alma a dos de sus apóstoles, que se han convertido en hermanos míos... Mis hermanos que tan importante lugar ocupan en mi vida... ¿Cómo podría yo dejar de orar por las almas que ellos salvarán en sus lejanas misiones?" (H.A. cap. XI).8
Sus cartas son muy densas de contenido. Entresacamos sólo alguna referencia al valor misionero de su hermandad espiritual: "La dicha de estar unida a vos por los lazos apostólicos de la oración y de la mortificación... fecundando vuestro apostolado... trabajando con vos en la salvación de las almas... No pudiendo ser misionera por la acción, quiero serlo por el amor y la penitencia, como Santa Teresa, mi seráfica madre... Vuestra indigna hermanita en Jesús Hostia" (Carta 168, al P. Roulland).9
Santa Teresa de Lisieux no dejó de anotar para sus Superioras, que el hecho escribir a misioneros por parte de religiosas de clausura, tenía sus ventajas y también sus inconvenientes. Por esto, decía en su última enfermedad: "Sólo con la oración y el sacrificio podemos ser útiles a la Iglesia... no se ha de acuñar moneda falsa para comprar almas".
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