MÓdulo # 1: «el dios de jesucristo»






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fecha de publicación09.03.2016
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¿Dónde está tu Dios?



Te escribo a ti que tantas veces me has dicho que no crees. A ti que me preguntas entre nostálgico y escéptico: «¿Dónde has visto a tu Dios?, ¿dónde has sentido su aliento?, ¿dónde oíste crujir sus pisadas?». A ti que me pediste un día al borde de la locura: «¡Dame un trozo de tu esperanza!». A ti que me confesaste en un momento de grandiosa debilidad: «Mi ateísmo está vacío». A ti, madre, que ante tu único hijo atropellado por un tranvía me escupiste a la cara lo absurdo de mi fe. A ti, esposo, que con tu mujer muerta en los brazos después de su primer parto me gritaste a la puerta del quirófano: «¡Dios ha muerto en mi vida!».
A todos cuantos, apellidándoos ateos, me habéis preguntado alguna vez «con fe»: «¿Dónde está tu Dios?», os mando esta carta escrita desde mi balcón abierto a la luz; una luz que sé no es mía o que sólo puedo sentirla mía en la medida en que os la entrego. ¿Dónde está mi Dios? No os contestaré con el catecismo que en el cielo, porque esa palabra es hueca para vosotros. Ni en el templo, porque vuestra fe en la Iglesia está marchita. Ni en la tierra sin más, porque vosotros vivís pegados a ella y seguís sintiéndola fría. Quisiera deciros que está allí donde también vosotros le habéis tocado, como yo, pero quizás sin percibir el roce de su presencia; donde habéis oído su voz sin escucharla; donde habéis vibrado ante su beso, sin descubrirle. Si me equivoco, contradecidme. Si acierto, querrá decir que, juntos, vamos ya de camino…
Dios está en tu vida vacía. Es todo eso que desearías meter en ella para llenarla. Dios está donde termina tu bocado de felicidad ficticia. Es lo contrario a cuanto sueles masticar después de haber estrujado tu diosa de espuma entre las manos. Es lo contrario a esa náusea, a esa decepción, a esa amargura, a esa vergüenza de ti mismo, a esa nada que te roe las entrañas después de haber digerido mal tu paraíso de cartón. Es el sol que hubieses deseado ver brillar cuando la tiniebla estalló en tus ojos. Dios está pegado a cuanto desearías eternizar. Dios empieza a latir donde tú soñarías llegar. Dios termina allí donde tú nunca hubieses querido pisar. Está en aquellos ojos llenos de luz que al mirarlos, amándolos, te hicieron más niño, más inocente, más libre; más poeta y más concreto; más pasivo y más vivo; más tierno y más entero; menos «tú» y más «prójimo».
Está en esa sed de limpieza que se despierta en tu boca reseca y pastosa después de toda infección del espíritu o de la carne. Está a la puerta de cada desengaño; son esas manos invisibles, en las que no crees, pero que desearías estrechar preñadas de fidelidad, calientes de comprensión, electrizadas de un afecto que resista al tiempo. Es ese corazón que desearías existiera y que se dibuja en tu imaginación y en tu deseo después de cada decepción. Esa fidelidad que fuese al menos como la de tu perro, el único ser que sigue acurrucándose a tus pies. La que tú soñabas fresca y madura como un racimo de uvas sin arrancar aún de la cepa y ahora se te desgrana agusanado entre tus manos encrespadas de odio.
Está Dios en el latido virgen de cada nuevo ser. Está en la hierba que crece. Está en el agua que corre. Está en la vida, porque la vida no muere. Está en ese manojo de vibraciones que corre por todo el ser de la mujer que acaba de ser madre. En esa corriente de amor nuevo que va desde su hijo hasta el hombre que lo hizo posible. Está en la dicha de esos dos amores que ahora siente juntos, inseparables, inefables: de madre y de esposa. Dios está también en esa corriente misteriosa que sacude hasta lo más profundo al padre que espera en el pasillo de la clínica saber si ha nacido ya su hijo. Ese algo que le desborda y le obliga a pasear nervioso, a fumar desesperado, a sorber un café detrás de otro, a masticar, distraído, una oración. Está en eso, que no tiene adjetivo adecuado, y que percibe cada hombre ante la primera sonrisa de su hijo. Dios estaba en aquella sensación profunda e indescriptible que sintieron millares de personas, durante un programa de radio, escuchando a una joven obrera que decía ante los micrófonos: «Me he levantado de la cama, me he escapado de casa y vengo a traer mi jornal de una semana para que compren una manta para alguien más pobre que yo. Sé muy bien lo que es el frío porque durante años enteros dormí cubriéndome con trozos de periódicos y soñando que amaneciera para sentarme al sol y dejar de tiritar». Dios estaba vibrando en cada molécula de aquella joven pastora que, en el corazón del invierno, en medio de sus bosques, saltaba de alegría besando dos violetas blancas mientras decía: «Si Dios no existiera, yo lo crearía en este momento: lo necesito para gritarle mi gozo hecho de violetas blancas nacidas, para mí, entre la nieve». Dios estaba presente en el corazón y en el primer amor de aquella niña del poema ruso, limpia como un arroyo de plata, que mirando extasiada a Alexander lloraba de dicha mientras decía con un hilo de voz encantada: «Me miro en la luz de tus ojos y me pareces nacido del sol». Está en la esperanza, sentida o añorada, de eternidad, que te embarga cada vez que besas por última vez la frente helada del ser que nunca pudiste imaginarte muerto. Está en todo lo que posees con gozo y en cuanto sueñas alcanzar. Está en eso que sientes en tu carne cuando imaginas una dicha tan grande que te crees incapaz de soportar. Está en ese instante en que oyes sonar el timbre de la puerta mientras esperas a la persona con quien estabas soñando.
Está en eso que siente cada molécula de tu ser cuando, abrasado de sed, tienes ya el vaso de agua fresca entre las manos. Dios está allí, en el rincón más secreto de tu vida, donde no llega nadie, donde una voz que no sabes de dónde viene ni a dónde va te dice lo que no querrías escuchar, te recuerda lo que hubieses deseado olvidar, te profetiza o que nunca desearías saber. En esa voz que no oyes pero que te grita, que no es tuya pero que nace dentro de ti y que no consigue amordazar ni el sueño, ni el ruido, ni la bebida, ni la carne. Está en esa respuesta que aún no te has atrevido a pronunciar y que adviertes, dolorosa pero eficaz, como una operación quirúrgica. Está en ese abismo profundo de tu incredulidad. Es eso que sientes haber perdido, que temes no volver a encontrar y que querrías poseer aunque te avergüence confesarlo a los demás. No está tanto en la noche del domingo, cuanto en la tarde del sábado.
Está no en lo que ya has devorado, sino más bien en lo que aún no has probado. Está en esa brisa que te refresca y te abraza como una caricia de campo, en la mañana de la vida, cada vez que te haces amor para otro. Está en esa felicidad que te corre por las venas cuando ves estallar en el prójimo una dicha que tú has engendrado. Está en el gozo del bien que hiciste sin que se enterase nadie. Está en la paz del lago sereno de tus lágrimas al reconciliarte con tu conciencia y que te envuelve en la sensación de un nuevo despertar a la vida. Está en toda belleza. Está en todo gesto de amor. Está en cada mano que se abre al bien. Está allí donde respira un ser humano: blanco o negro, inocente o malvado, sano o enfermo, libre o encarcelado. Está en la tarde de la vida; en el ocaso sereno del anciano; en todos sus recuerdos dulces; en su encuentro con la medida justa de las cosas; en esa cálida esperanza de un algo que se resiste a morir. En la alegría de sus nietos que cantan y juegan para él; en la bolsa de caramelos de su hijo ya ingeniero; en el recorte de periódico que habla de su hija que ha triunfado en la vida. Está en la paz que calienta como una manta en invierno al que se conforma con lo que posee y al que no le desencaja lo que justamente desea. Está detrás de cada pobre que grita justicia. Está en ese paraíso que sólo puede recorrer con su imaginación y su deseo, donde las injusticias del poderoso han muerto; donde no existen ya tiranías de soberbios; donde la igualdad fundamental y legítima no es una palabra ni un programa político, sino una fruta madura entre los dientes. Donde la libertad se entrega sólo voluntariamente cuando llegamos a amar a alguien más que a nosotros mismos. Está en el trabajo que realizas con vocación, sin que te embrutezca, ni te devore. En el trabajo que te sensibiliza para la vida, que te fortalece para el amor, que te prepara para comprender y gustar la dicha de empujar la rueda de la creación. Está en la compañera que te ayuda a aliviar esa soledad que indefectiblemente debe masticar todo ser creado. Está detrás de la barrera del perdón. Está en la pasión de toda ambición, de todo estímulo, de toda búsqueda que no asesine al prójimo. Está en las cosas más insignificantes que puedan darte serenidad, que te ayuden a realizarte, a ser más hombre, a saborear todo lo bueno que te brinda la creación: un cigarro o una flor; una poesía o un concierto; un viaje o una siesta; un minuto de soledad o una hora de fiesta; un vestido o un perfume; un amigo o una taza de café; un beso o una oración.
Está en todo lo bueno que deseas para los que amas. Está en ese trabajo que agota tu cuerpo pero que alientan tus hijos que esperan pan, cultura y un futuro menos perro que tu presente. Está en ese descanso, más dulce que el mismo amor, de tu sueño no turbado por una conciencia sucia. Está en todo eso que no llamas Dios pero que te sientes tentado de adorar, de besar, de fundirte en sus entrañas. Está en el niño que juega en la calle con el barro y a todos tutea porque a nadie teme. Está en el hombre que, de regreso de la vida, de la hipocresía, de la mentira, del vicio, siente la necesidad de jugar otra vez, como los niños, al aro y a la pelota y de hacer bailar la peonza y de revolcarse en la hierba y hasta de tirar piedras a los tejados. Está en el gusto de la inocencia nunca perdida. Está en la paz fuerte y segura de una virginidad recuperada.
Dios está sosteniendo detrás de todo dolor, de todo martirio, de toda agonía, de toda atrocidad, de toda guerra, de toda injusticia, de toda miseria, en ese deseo secreto, agudo, misterioso, purificador de que sea verdad la resurrección. Dios está en esa fuerza misteriosa que nos mantiene vivos, que nos impide enloquecer, que nos evita el suicidio después de ciertas pruebas criminales de la vida, de ciertas amarguras más crueles y trágicas que la muerte. Dios está flotando siempre en el mar agitado de nuestra vida, nunca completamente realizada, nunca plenamente satisfecha, nunca inmaculada, como un lejano pero seguro salvavidas. Dios está en lo que tú apellidas «destino» y yo «providencia » y que se levanta cada mañana más temprano que nosotros. Dios está en el corazón de toda esperanza verdadera; y la esperanza puede esconderse a veces, como las estrellas, pero nunca apagarse porque es el reflejo del sol y el sol no muere porque es la luz de Dios. Y Dios no cierra sus ojos a nadie. Si lo hiciera, no sería el amor. Por eso Dios está sobre todo ahí, donde calienta el amor.

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