Acerca del Ave Fénix






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fecha de publicación08.03.2016
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Acerca del Ave Fénix

Más conocido con el nombre de “ave fénix”, el Phoenicoperus -tal como la bautizaron los helénicos- es un ave mitológica oriunda de leyendas popularizadas en Medio Oriente, norte de África e India. Su tamaño es semejante al de un águila -con quien también comparte la fortaleza de sus garras y de su pico- y su plumaje varía entre las gamas del rojo, el amarillo y el naranja.

Según esta mitología, el Fénix habitaba el Jardín del Paraíso; su hogar era un rosal. Cuando la pareja primigenia (Eva y Adán) fue desterrada de allí por un ángel, de la espada de este ser angélico brotó una chispa que desató el incendio de su nido.

Sin embargo, por ser el Fénix el único ser que evitó comer la fruta prohibida, recibió un regalo sin precedentes: el don de la inmortalidad. Desde entonces, es capaz de renacer de sus propias cenizas. También se le atribuye otra habilidad: la de curar enfermedades o dolencias al sólo contacto con sus lágrimas.

El ave conocía el momento en que moriría… La víspera de su muerte, preparaba un lecho de hierbas olorosas, ponía un huevo -al que empollaba durante algunos días- y después se auto-incendiaba. La mitología no precisa si el pájaro comenzaba a arder accidentalmente o por efecto de su voluntad.

Después de quemarse por completo y convertirse en cenizas, el cascarón del huevo empollado se rompía para dar nacimiento al mismo Fénix. Esta ceremonia se cumplía sistemáticamente cada quinientos años... Según la iconografía del Cristianismo, esta benéfica criatura es un símbolo de la resurrección: encarna a Cristo Jesús.

De acuerdo con la mitología de China, tenía cuerpo de pez, cuello de serpiente y patas de tortuga.

Además, en la serie novelada de J. K. Rowling, cuyo protagonista es el célebre mago Harry Potter, este pájaro adquiere relevancia: es la mascota de Dumbledore, el bondadoso director de la Escuela de Hechiceros, y también aparece como ícono emblemático de la orden caballeresca conocida con el mismo nombre.

Historias populares cuentan que los fénix, como representantes del fuego, eran alabados por los labradores, que le rogaban que hiciera salir el sol en temporadas de frío, para que pudieran prosperar sus cosechas.

En sentido amplio, esta criatura mitológica es un símbolo del resurgimiento espiritual y físico, de la pureza y la inmortalidad. La potencia interior de esta ave se hace evidente al renacer de sus escombros.

Por último, en el antiguo Egipto y en la Grecia clásica se lo consideraba una deidad.

Heródoto, Blythe y el Ave Púrpura

Se dice que el Ave Fénix habitaba en los desiertos arábigos y que su aspecto se parecía al de una gran garza, mientras dos plumas se asomaban sobre su cabeza a manera de cresta.

En Egipto se la consideraba una deidad protectora de los difuntos, además de representar la Inmortalidad y el renacer a la nueva vida. Construyeron en su honor un templo en la ciudad de Heliópolis, considerada sitio sagrado al que esta ave regresaba cada quinientos años a morir y resurgir de sus propias cenizas.

Durante la Edad Media se asoció este pájaro con el planeta Venus. En la iconografía medieval se lo representó como una garza que portaba una tiara blanca semejante al sol, además de las dos plumas mencionadas anteriormente.

Las crónicas del historiador helénico Heródoto también mencionan al Ave Fénix, indicando que ésta elaboraba un nido de incienso que luego incendiaba. De allí brotaba un pequeño gusano que, al contacto con el fuego, se convertía en pájaro. Y así sucesivamente, cada medio milenio.

En su libro “Bestias Fabulosas”, Blythe habla del proceso de reconstrucción de esta avecilla, de su origen geográfico y su aspecto exterior. Caracteriza al Ave Fénix de la siguiente manera: “Sólo hay un ave Fénix, gentil, bella y amable, a la que todas las aves la adoran. Son tantas las aves en el mundo que, si levantaran el vuelo a un mismo tiempo, el cielo se oscurecería. Pero existe solamente un ave Fénix. De ella se afirma que es como el sol, por vivir en el cielo llena de esplendor. También se dice que nace del fuego y muere en el fuego, como el sol que aparece con el brillo dorado de la aurora y muere en el horno rojo atardecer. Pensemos en el ave Fénix del tamaño de un águila, con su plumaje de púrpura y oro, de rojo y naranja, de verde, escarlata y rosa, más brillante que el arco iris, a quien las aves, sus congéneres, llaman “el dador de vida”.

Blythe también resume la famosa leyenda del Fénix: “Se cree que Fénix vive mil años, que renace cuando muere y que su juventud es perenne. Cuando al ave Fénix le llega la hora de su fin, construye un nido de sándalo y otras maderas y hierbas resinosas y perfumadas, en lo alto de una montaña de la lejana Arabia, donde vive. Echado sobre él, abriendo las esplendorosas alas, la luz del sol consume ave y nido, mientras el Fénix canta su más bella canción y todo queda convertido en perfumadas cenizas. Pero entre los restos del incendio aparece un huevo, que el calor del sol se encarga en empollar. De aquí nuevamente nace el ave Fénix, brillante como la luz del sol y alimentado por ella. Cuando ha crecido lo suficiente, el joven pájaro recoge las cenizas maternales. Volando hacia Egipto las esparce en el templo de Osiris, el dios-sol. Entonces, durante mil misteriosos años, el nuevo Fénix cuida del mundo y sus criaturas, hasta que le llega la hora de morir. ¡Qué admirable es!, cantan los pájaros al amanecer y se elevan hacia el Fénix para embriagarse de su luz. Pero ¡cuán triste debe estar!, suspira una paloma, al sentirse tan solo en este mundo.

Etimología del Ave Fénix

En griego, “phoenix” significa “fabulosa ave fénix”, nombre que está emparentado con la voz -también helénica- “phoenix”, que quiere decir rojizo o escarlata. El origen de esta animal fantástico -sumamente aprovechado por la literatura universal- se remonta a los desiertos de Etiopía y Libia.

Los griegos lo bautizaron “phoenicoperus”, un apelativo que hace alusión a sus alas rojizas. Tal vocablo se popularizó a través de la Europa conquistada por Roma.

Los helénicos adoraban esta ave de alas perfumadas que se prendía fuego sola en el altar del sacerdote Heliópolis.

Pero además de ser un símbolo pagano, también se lo conoce en la religión cristiana: se piensa que es el único ser vivo del Edén que resistió la tentación, y que el premio por su fidelidad fue convertirse en una criatura eterna. Por ejemplo, en la cultura egipcia, representa al astro Sol que muere por la noche y renace al alba.

También se han estudiado vínculos entre el Fénix y los “pájaros de fuego” autóctonos de la mitología aborigen americana.

En el Judaísmo también hallamos referencias a las cualidades del Ave Fénix. Este culto afirma que el “chol” fue el único animal del Paraíso Terrenal que no vaciló en respetar la prohibición divina. Los egipcios retomaron estas referencias dándole al ave el nombre que hoy conocemos, vinculado a su etimología griega.

Los cristianos primigenios -aún durante la dominación del Imperio Romano- estuvieron influidos por las creencias helénicas y transformaron esta singular criatura en un signo vivo de la inmortalidad y la resurrección.

Pero además, el Ave Fénix es considerada una metáfora viviente de la “esperanza”, ya que simboliza la fe que jamás debe desaparecer en el hombre, a pesar de los obstáculos.

Creencias Egipcias sobre el Fénix

Para los antiguos egipcios constituía -tal vez- la más importante de las aves sagradas y simbolizaba la esperanza y la continuidad de la vida después de la muerte. Unas veces era representado como una especie de águila, revestida de plumas doradas y rojas, los colores del sol naciente.

Su voz era melodiosa, pero se hacía tan lastimera a la hora de su muerte que -consternadas las demás criaturas por su melancólica belleza- acababan expirando también.

Su nombre egipcio “fenu” puede ser traducido como “el brillante” (tal vez por el color de sus plumas), lo que explicaría por qué en Heliópolis pudo ser interpretado como símbolo de la luz. Estaba íntimamente relacionado con la divinidad solar, y ya en época tardía se le asoció también al planeta Venus.

Todos los amaneceres, y conforme a las creencias egipcias, este pájaro, garza o águila se “creaba a sí mismo” elevándose en ardiente llama sobre el sicomoro celestial, o como el “alma de Osiris” que descansa por la noche en este árbol sobre el sarcófago del dios.

Esto venía a confirmar la transición de los mitos egipcios a los fantasiosos relatos de los griegos de que el Fénix provenía de Arabia o Etiopía (la “región del amanecer”) donde se nutría de perlas de incienso, lo que le confería una larguísima existencia, volando desde allí al templo de Heliópolis, embalsamando a su padre Osiris en un huevo (¿el Sol?) y luego quemándose a sí mismo.

“La no comprensión griega de su aparición en Egipto sólo al fin de un largo período calendario parece demostrar -afirma Max Müller- que ninguna garza era mantenida en Heliópolis en los tiempos clásicos; pero no prueba nada de los períodos anteriores, en los que predominaban probablemente criterios más materialistas”.

Según la leyenda, sólo uno de estos Fénix podía tener cabida en el Universo. El poeta Hesíodo (entre los siglos VIII y VII AC.), autor de Teogonía, afirmó que su longevidad era nueve veces mayor que la del cuervo. No obstante, para otros autores podía llegar a vivir hasta los 97.200 años.

Cuando sentía la proximidad de la muerte se auto inmolaba en una pira que encendía con canela silvestre y, mientras el fuego se llevaba su espíritu, un nuevo y esplendoroso Fénix surgía de sus cenizas, que recogía con sumo cuidado los restos de su padre, guardándolos en un huevo de mirra. Ya en la ciudad de Heliópolis, los depositaba sobre el altar del Sol.

Se creía que su carne podía conferir la inmortalidad y sus cenizas eran capaces de resucitar a los difuntos. Así, el tiránico emperador Heliogábalo (204-222 d.C.), que introdujo cultos solares orientales en Roma y pasó a la historia por sus crueldades y desenfrenos, se obstinó en comerse un Fénix para conseguir la inmortalidad; en su lugar le fue servida un ave exótica… Poco después fue asesinado por la propia guardia pretoriana…

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