Importancia de lo usual, el color del cristal con que se mira o la necesidad de una historia de la traduccióN






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Da Bildeinesgeschickten Übersetzers una cuádruple tipología de traducción: «Die erstere Art móchte man die na-türlichste, die andere die freie, die dritte die vermehrte, die vierte die verstümmelte, und die letzte mit Anmerkungen erláuterte oder die vollstándigste Übersetzung nennen. Einer jeden Gattung gebührte ihr Lob, und ist nach ihrer Art nützlich und angenehm»58. Como se puede advertir, tolerancia ilustrada a ultranza.

Por su parte, el suizo Breitinger insistía en el teorema raciona­lista del lenguaje universal, que se basaba en la identidad del refe­rente y de la estructura mental: Los idiomas son un medio a través del cual los hombres pueden manifestar sus pensamiento: «Die Sprachen sind ein Mittel, dadurch die Menschen einander ihre Gedancken offenbaren kónnen: Da nun die Gegenstande, womit die Menschen sich in ihren Gedancken bescháftigen, Überhaupt in der ganzen Welt einerley und einander gleich sind; da die Wahrheit, welche sie mit dieser Bescháftigung suenen, nur von einer Art ist; und da die Gemüthes-Kráfte der Menschen auf eine gleiche Art eingeschráncket sind; so muss nothwendig unter den Gedancken der Menschen eine ziemliche Gleichgültigkeit statt und platz haben; daher denn solche auch in dem Ausdrücke nothwendig wird»59. De ahí deriva la ley que voluntariamente debe imponerse el traductor: «dass er niemals die Freiheit nehmen wolle, von der Grundschrift, weder in Ansehung der Gedancken, noch in der Form und Art der-selben abzuweichen»60. Gerstenberg, un danés de expresión alema­na, advertía en términos parecidos acerca de la necesaria fidelidad estilística: un traductor debería traducir tan fielmente como fuera posible el impulso peculiar y el sello particular de los pensamientos del autor, por muy lejanas que ambas cosas estuvieran de las ma­neras actuales, de tal manera que el lector pudiera percatarse de que el autor en cuestión era de tal o cual época, tenía tal o cual ideolo­gía o tal gusto concreto...61. En 1789, Bürger, el autor de la célebre balada Lenore, abogaba, al poner manos a una nueva traducción de Homero, por una traducción históricamente fiel: una propiedad im­portante e imprescindible del ideal de traducción que se proponía era el sabor a Antigüedad. Algo que bastantes años después reivin­dicaría también Leconte de Lisie.

A mediados del siglo XVIII, la literatura francesa va cediendo terreno en el panorama traductor alemán y, poco a poco, los textos de ingleses y españoles van sustituyéndola como fermento cultural. Sólo los ilustrados (Diderot, D'Alembert, Voltaire) se salvan de ese impulso antifrancés que recorre la intelectualidad alemana. La tra­ducción (1732) del Paraíso perdido de Milton realizada por Bodmer es el pregón de ese culto al genio que será el catalizador del «an­tigusto» francés. Defoe, Pope, Thomson, Macpherson, Butler, Richardson, Swift y, sobre todo, Shakespeare son los heraldos de los nuevos tiempos literarios que desembocarán en el Sturm und Drang y en la Klassik. Todos ellos constituyen el canon de un gusto litera­rio que, se decía, iba más de acuerdo con lo alemán que la estirada preceptiva francesa con que Gottsched había empalagado al públi­co nacional. En su Laocoonte, Lessing será categórico al respecto: los franceses han interpretado mal la Antigüedad, que no es tan clásica como los franceses piensan. Consiguientemente, vuelta a Shakespeare, cuyas versiones empiezan a aparecer por docenas. Wieland, Schiller, Voss, Schlegel, Tieck: todos parecen querer medir sus fuerzas en la alemanización del inglés, a quien en 1773 Goethe invoca como pa­trón de la época genial que él trata de inaugurar.

A todos estos ingleses se unirán poco más tarde como santones del panteón prerromántico algunos españoles: Góngora, traducido por Jacobi, el Quijote, traducido por Bertuch y Tieck, y Calderón, traducido por Schlegel y, más tarde, Eichendorff, serán lugares co­munes de la estética prerromántica y romántica. En el mismo sen­tido populista y antifrancés, Herder hará una traducción-adaptación de los romances del Cid62. Se trata de luchar contra la galicomanía que Gottsched había sancionado. El hecho de que para éste la dra­mática española del Siglo de Oro, que malconocía, hubiera valido como el colmo de la sinrazón, se convertía ahora en un aval de poe­sía popular y auténtica.

Todo esto sin abandonar el culto directo (= sin la mediación de los franceses) a los clásicos, que va a producir la que posiblemente sea la más decisiva traducción de la época: la que de la Ilíada (1781) y la Odisea (1793) de Hornero hace en hexámetros J. H. Voss, que dará el impulso definitivo para el clasicismo alemán.

El resultado de esta furia traductora, que utiliza la versión como manifiesto, es que en el siglo xvm no hay poeta alemán de renom­bre que no haya ensayado la versión de obras clásicas o moder­nas: a los mencionados habría que añadir Goethe, Hólderlin (Só­focles), Johann Schlegel, Ewald, etc. Si en general cabe decir que el siglo XVIII es el más fecundo en traducciones y reflexiones traductológicas, esto tiene especial vigencia con referencia al XVIII alemán.

La reflexión acompaña esta producción traductora de los ro­mánticos y clásicos alemanes. Humboldt, traductor de Píndaro y de Esquilo, y traductólogo gracias a un prólogo que introducía su edi­ción del Agamenón y que algunos han considerado la carta magna de la teoría de la traducción, saca las consecuencias de ese populis­mo romántico aplicado a la lingüística. Cada pueblo, al igual que cada época, tiene un espíritu y una cosmovisión propios, que mar­can, determinan y diferencian la estructura de cada lengua, dificul­tando así la correspondencia entre ellas y, consiguientemente, la ta­rea de la traducción. Era la antítesis de la lingüística leibniziana. Humboldt será uno de los más cualificados cuestionadores de la traducibilidad: toda traducción sería un intento por resolver una tarea imposible, ya que todo traductor tiene que fracasar ante uno de los dos escollos: la imitación de lo particular o la captación de lo ge­neral63. Por otra parte, las diferentes connotaciones que pueden te­ner los reales de cada una de las palabras de un idioma dificultan el hallazgo de las equivalencias correspondientes en otro. Este statement negativo acerca de las posibilidades de la traducción no es óbice para que ésta se tenga que seguir practicando incansablemente, pues, ade­más de dar a conocer las obras del genio a aquel que no está capa­citado para leerlas en lengua original, aumenta la capacidad expresiva del propio idioma: «Das Übersetzen und gerade der Dichter ist viel-mehr eine der notwendigsten Arbeiten (...) zur Erweiterung der Be-deusamkeit und der Ausdrucksfáhigkeit der eignen Sprache»64. Un siglo más tarde, Benjamin volvería de una manera definitiva sobre el tema.

Son años, los que están alrededor de 1800, fecundísimos para la teoría de la traducción. Tytler, un noble escocés, publica en 1790 su Essay on the Principes of Translation y en 1813 Schleiermacher aparece con otro texto definitivo.para la historia de esta especialidad: Über die verschiedenen Methoden des Ubersetzens. El mérito de este último tra­bajo es el de reconocer que la dialéctica traduccional entre literalis-mo y liberalismo es, sobre todo, metodológica, que es o lo uno o lo otro, es decir, opción: «Maines Erachtens giebt es nur zwei» . Entweder der Übersetzer lásst den Schriftsteller móglichts in Ruhe, und bewegt den Leser ihm entgegen, oder er lásst den Le-ser móglichts in Ruhe und bewegt den Schrifsteller ihm entgegen»65. En Schleiermacher, la dualidad autor/lector, horizonte alternativo de toda versión, queda resuelta a favor del primero. Por su parte, Tytler formula el canon de una buena traducción partiendo de un supuesto evidente: el genio y la naturaleza de las lenguas en con­traste son distintos. Si éstas fueran iguales, no se les exigiría a los traductores nada más que fidelidad y esmero. Dada esa diferencia, o bien se tienen en cuenta el sentido y el espíritu del original ha­ciéndose con las ideas del autor, en cuyo caso se podrá pulir y me­jorar, si fuera necesario; o bien transmitir también el estilo y la for­ma, lo que sólo se conseguirá prestando atención a la letra, a la disposición de las oraciones, al orden y a la construcción, en cuyo caso habría que conservar incluso los errores y defectos. Tytler da una descripción original de la traducción ideal: aquella en la que el mérito de la obra original se ha trasladado hasta tal punto a otras lenguas que se comprende claramente y percibe con fuerza tanto

Sor el nativo del país al que dicha lengua pertenece como por aquellos que hablan la lengua de la obra original.

Otros teóricos, más o menos incidentales, de la época son G. Campbell, quien en su Translation offour Gospels teoriza sobre la problemática de la traducción bíblica, Hottinger (Einiges über die neuesten Übersetzerfabriken der Griechen undRómer in Deutschland) y No-valis, que en el Athaneum schlegeliano, revista que recensó las tra­ducciones del Quijote, hace sus reflexiones traductológicas.

Una novedad que aportan estos años, a caballo entre los si­glos XVIII y XIX, es la ampliación paulatina del horizonte lingüísti­co del que se traduce: si el barroco había incorporado el holandés a las lenguas de la Weltliteratur, desde mediados del siglo xvm em­piezan a aparecer traducciones del danés, del ruso, del chino, del árabe e, incluso, del sánscrito. Más tarde, a lo largo del siglo XIX, se incorporarían a ese horizonte el húngaro, el turco, las lenguas balticas, las nórdicas, etc. La traducción de Bhagavad-Gítá realizada por Parraud y A. Schlegel a sus respectivas lenguas, del Zend Avesta por Anquetil-Duperron (1771) o del Sakuntala por W. Jones son tes­timonios de eso que H. van Hoof66 llama el exotismo traductor de esa época.

Añádase a ésta la potenciación de lo que este mismo historiador de la traducción llama traducción especializada. Sobre todo, el espa­cio que la curiosidad histórica —y no hay que olvidar que esa épo­ca viene caracterizada por la Wendung zur Geschichte, la vuelta a la historia— ocupa en los intereses científicos de ingleses, alemanes o franceses se llena de estudios como el de Voltaire sobre la época de Luis XIV, el de Gibbon sobre la decadencia del Imperio Romano, o el de Guicciardini o Smollet sobre las respectivas historias patrias que poco a poco se van traduciendo.

Mme de Staé'l recoge la idea del mercantilismo cultural lanzada por Herder, un mercantilismo invertido, pues se trata de importar obras: las traducciones de los poetas extranjeros preservarían la li­teratura de un país de la decadencia.

Finalmente, hay que reseñar que en esta época aparecen las es­tilísticas autoriales de la traducción: se enseña a traducir a uno u otro autor, estableciéndose una tradición que llega hasta nuestros días, en los que se dedican congresos monográficos a «traducir a» Fulano o Zutano. Así se publican manuales para traducir el Quijote, a Dante o a Heródoto67. Más frecuentes incluso se hacen las estilís­ticas contrastivas que se adelantan a la obra fundamental del géne­ro realizada por Vinay y Darbelnet. Dussert escribe acerca de las di­ficultades de traducir el italiano al francés, y Ferri de Saint Constant dedicará sus Rudiments de la traduction a la comparación del latín y el francés (ou l'Art de traduire de latín enfranjáis).

3.2A. El siglo xix o cierta debilidad traductológica

En el siglo XIX continúa ese interés traductológico, si bien su focalización pasa de los textos clásicos a los modernos. Por parte fran­cesa, los traductores de San Jerónimo, Grégoire y Collombet, pro­ponían en la traducción de las Cartas de S.Jerónimo, parcialmente en contra de las enseñanzas de su maestro y, lo que es más grave, con­tra los gustos de su nación, la vuelta al literalismo, no sin antes advertir que la traducción libre, la que no se obliga a seguir el movi­miento de la frase original, es la más fácil. También Leconte de Lisie se apuntaba a la fidelidad, si bien en un sentido nuevo: había que abandonar la literalidad lingüística e ir a una fidelísima reconstruc­ción histórica de las obras antiguas.

Otras reflexiones incidentales son las de los dos filósofos ale­manes del pesimismo, Schopenhauer y Nietzsche. El primero, en su Parergay Paralipomena, dedica unas consideraciones «al lenguaje y las palabras», en las que, coincidiendo con Humboldt, habla de la di­ficultad de encontrar el equivalente perfecto de un término de una lengua en otra: «Nicht für jedes Wort einer Sprache findet sich in jeder anderen das genaue Aequivalent. Also sind nicht sámtliche Begriffe welche durch die Worte der einer Sprache bezeichnet werden, genau die selben welche die der ander ausdrücken»68. Como se pue­de apreciar, es la cantinela eternamente retornante de todo román­tico que, frente al racionalista, piensa sobre todo en la individuali­dad de los lenguajes. La metodología procesual que esta concepción imponía es la del arañazo al propio idioma, que después sanciona­ría también Ortega. Al traducir hay que enriquecer la lengua pro­pia con los conceptos y formas que no posee: «mithin entstehn Begriffsspháren wo noch keine waren»69.

Nietzsche hacía de la traducción literal la piedra de toque para calibrar el sentido histórico de los pueblos. Los romanos y los franceses habrían carecido absolutamente de él y de ahí la adapta­ción que ambos pueblos hacían de los TO a sus medios lingüísticos y culturales.

Pero la segunda mitad del siglo XIX no es muy fecunda traductológicamente. A medida que avanza el siglo XIX, va cediendo el in­terés por esa crítica traductológica, y las manifestaciones al respec­to se van haciendo cada vez más esporádicas. Quizá como producto del positivismo del siglo. Son los alemanes G. Weck (Prinzipien der Übersetzungskunst), J. Keller (Grenzen der Übersetzungskunst) o P. Cauer (Die Kunst des Übersetzens) los que se encargan de mantener vivo el rescoldo de la discusión traductológica, que, sin embargo, en la In­glaterra victoriana logrará prender gracias a la disputa que mantu­vieron M. Arnold y A. Newman. La traducción de Hornero hecha por este último había dado el motivo que prendió la mecha de la disputa. En On Translating Homer, Arnold, poeta, preceptista y aca­démico, proponía una versión en la que, primando la sencillez, la rapidez y la nobleza (las cualidades que él registraba en la dicción homérica), el lector notara que tenía entre las manos un texto clá­sico y antiguo, es decir, extranjero y lejano. Por su parte, Newman, traductor y, dicho sea de paso, hermano del cardenal obrerista dé Birmingham, abogaba, en su Homenc Translation in Theory and Practice, por una adaptación del texto homérico a los cánones actuales del género épico, utilizando la balada para reproducir el hexámetro griego, si bien mantenía el arcaísmo del vocabulario. El resultado era una traducción naturalizada y, en cuanto tal, carente de la no­bleza conseguida por el aedo griego.

El prerrafaelita D. G. Rossetti contribuía también al tema y, por su parte, E. Fitzgerald, traductor de los Rubaiyatde Ornar Khayyam, en el correspondiente prólogo, utilizaba un motivo ornitológico para distinguir la traducción literal de la libre: aquélla sería un águila di­secada, ésta un gorrión vivo.

Nuestro polígrafo santanderino contribuía con algunos apuntes críticos a la teoría. No muy entusiasmado se mostraba de la relaja­da traducción al sentido tan en boga a finales del siglo XVIII en nues­tro país: «pero todas estas versiones, sin excluir las mejores, adole­cen del pecado original de ser parafrásticas, atrevidas y libérrimas o más bien licenciosas, no tanto por impotencia o defecto de los' traductores como por error de sistema, que les ha hecho conceder poca importancia a lo que tan grande la tiene».

Al siglo XIX alemán debemos también uno de los
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