La Casa de los Siete Tejados introduccion






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CAPÍTULO V
MAYO Y NOVIEMBRE
PHOEBE Pyncheon durmió en una habitación con vistas al jardín de la vieja casa. Daba al este, de modo que muy de madrugada un rayo de luz carmesí tiñó el deslustrado techo y el papel de la pared. La cama de Phoebe tenía cortinas: un dosel obscuro y antiguo con festones de una tela que en sus tiempos fue rica y magnífica, pero que ahora pendía sobre la muchacha como una nube, obscureciendo aquel rincón, mientras a su alrededor todo era invadido por el día.

La luz de la mañana, sin embargo, deslizóse pronto por la abertura de los pies del lecho, entre los mustios cortinajes. La aurora besó al nuevo huésped en las mejillas, arreboladas como ella misma. Los miembros de Phoebe se estremecieron de vida, cual follaje al paso de la brisa. Era la caricia de una doncella mañanera —como lo es la aurora, inmortalmente—, a su hermana durmiente, en parte por el irresistible impulso de la atracción y en parte para avisarla de que ya era hora de abrir los ojos.

Al contacto de aquellos labios de luz, Phoebe se despertó y, por un momento, no reconoció el sitio donde se hallaba, rodeada de cortinajes. Una sola cosa se le aparecía con claridad: había amanecido y era preciso levantarse y rezar. El sombrío aspecto de la habitación y de sus muebles, especialmente las sillas altas y duras, invitaba a la devoción. Una de las sillas, erguida junto a la cabecera de la cama, daba la impresión de que un personaje de los tiempos antiguos se hubiera pasado la noche sentado en ella y se hubiese desvanecido con el tiempo justo para no ser descubierto.

Ya vestida, Phoebe miró por la ventana y vio un rosal gigante que se encaramaba por la pared, cubriéndola con raras y hermosísimas rosas blancas. Muchas de ellas, según descubrió luego, albergaban pulgones en su corazón, pero visto de lejos, el rosal parecía haber sido traído del propio Edén aquel mismo verano, junto con la tierra en que enraizaba. Lo plantó Alice Pyncheon, hermana de la tatarabuela de Phoebe, en,un mantillo que doscientos años de restos vegetales habían fertilizado. Las rosas elevaban hacia el cielo, hacia su Creador, su incienso, no menos fragante porque a él se mezclaba el aliento de la muchacha. Bajó ésta la crujiente escalera, salió al jardín, cogió unas rosas y se las llevó a su cuarto.

La pequeña Phoebe era una de esas personas que poseen como exclusivo patrimonio el don de saber disponer bien todo, una especie de magia natural que permite descubrir las posibilidades ocultas en las cosas y dar un tono de comodidad a todos los sitios en que, siquiera sea por poco tiempo, establecen su vivienda.

Una cabaña de troncos, levantada en medio del bosque por unos caminantes, se convertiría en un hogar después de albergar, desde el crepúsculo al alba, a una mujer de tal clase y conservaría aquel carácter mucho tiempo después de que la graciosa figura femenina se hubiera esfumado en las sombras de la selva.

Era menester no poca cantidad de aquel don hogareño para hacer habitable la triste y vasta estancia de Phoebe, deshabitada desde tan largos años —excepto por ratas, arañas, ratones y fantasmas—, que aparecía cubierta de esa capa de desolación con que el tiempo borra toda huella de las horas felices.

Es imposible seguir a Phoebe en su proceso de reformas. No parecía seguir ningún plan: daba un toque aquí y otro allá, ponía algunos muebles a la luz y sepultaba otros en la sombra, levantaba o bajaba una cortina... A la media hora, el cuarto sonreía acogedoramente. La noche anterior, aquel dormitorio se parecía al corazón de la solterona. No se veía sol ni fuego y, aparte de los fantasmas y de los recuerdos fantasmales, nadie había entrado por muchos años, ni en aquella estancia ni en aquel corazón.

Ese inescrutable encanto de Phoebe tenía otra particularidad. El dormitorio era, sin duda, un cuarto de grande y variada experiencia, como escenario de la vida humana. Allí había latido la alegría de las noches de novios, allí habían nacido muchos seres y otros muchos habían muerto. Pero —sea por la fragancia de las rosas o por otra influencia más sutil— una persona delicada se daría cuenta de que, ahora, era la habitación de una muchacha que la había purificado de malas influencias y tristezas con su suave aliento y sus pensamientos dichosos. Diríase que los agradables sueños de Phoebe habían exorcizado la penumbra.

Después de arreglar las cosas a su gusto, la muchacha emergió de su cuarto con el propósito de bajar otra vez al jardín. Además del rosal, había observado otras muchas clases de flores, creciendo silvestres y en triste abandono, dificultándose mutuamente el desarrollo, ofreciendo un paralelo con la sociedad humana.

Al ir a bajar la escalera, sin embargo, se encontró con Hepzibah que la invitó a entrar en una habitación que habría podido llamar boudoir si su educación hubiera incluido esa palabra francesa. En el cuarto se veían unos cuantos libros, una cesta de labor y un escritorio. En un extremo había un mueble extraño, de color negro, que, según aseguró Hepzibah a su sobrina, era un clavicordio. Se parecía a un féretro más que a otra cosa y, realmente, después de haber pasado muchos años sin que lo abrieran, debía contener gran cantidad de música muerta, asfixiada por falta de aire. Desde los tiempos de Alice Pyncheon, que había aprendido a tocar en Europa, pocos eran los dedos que pulsaron sus teclas.

Hepzibah invitó a sentarse a su joven huésped, y tomando ella también una silla, contempló gravemente el semblante de Phoebe como si esperara ver reflejados en él sus motivos secretos.

—Prima Phoebe— le dijo por fin—, no veo cómo podría areglármelas para que te quedases conmigo.

Esas palabras, sin embargo, no tenían la brusquedad poco hospitalaria con que pueden chocar al lector, porque las dos mujeres, la noche anterior, habían charlado y llegado a una especie de mutua comprensión. Hepzibah comprendía que el segundo matrimonio de la madre de Phoebe hacía desear a la muchacha establecerse en otro hogar. No interpretó mal el carácter de Phoebe, alegre y activo —rasgo precioso de las mujeres de Nueva Inglaterra— y que la había impulsado a buscar fortuna. Hepzibah era su pariente más cercana, y por esto se había dirigido ante todo a su casa, no con idea de obligarla a que le diera protección, sino sólo por una visita de una o dos semanas, que podría prolongarse indefinidamente, si ello contribuía a la felicidad de ambas.

A la declaración de Hepzibah replicó Phoebe franca y alegremente:

—No lo sé, prima, pero creo que nos avendremos mejor de lo que supones.

—Eres una chica muy agradable —replicó—, y no es el miedo de no avenirnos lo que me hace vacilar. Esta casa es un lugar demasiado melancólico para una joven como tú. En la buhardilla y los cuartos de arriba entra el viento y la lluvia y hasta la nieve, en el invierno, ¡pero jamás entra el sol! Y yo... Ya ves lo que soy... Una vieja triste y solitaria... Porque ya empiezo a llamarme vieja, ¿sabes?... Que teme que su carácter no sea precisamente suave y cuyo humor no suele ser muy bueno. No podría hacerte agradable la vida, prima Phoebe, ni siquiera darte de comer.

—Ya verás cómo estaré más alegre de lo que crees —contestó Phoebe, sonriendo—. Además, quiero ganarme la vida. Ya sabes que no me he educado como una Pyncheon. Una muchacha aprende infinidad de cosas en un pueblo de Nueva Inglaterra.

—Tus conocimientos te servirán de muy poco aquí —suspiró Hepzibali—. Es una idea equivocada la de pasarte los días de tu juventud en un lugar como este. Dentro de un mes o dos, tus mejillas ya no tendrán esos colores. ¡Fíjate en mi rostro! —el contraste era muy grande—. Ya ves qué pálida estoy. Me figuro que el polvo y la decadencia gradual de estos viejos caserones son muy malos para los pulmones.

LA CASA DE LOS SIETE TEJADOS

Uno de los pocos íntimos de Hawthorne durante su niñez en Salem fue la prima de su padre Susannah Ingersoll. Abandonada por un amor de juventud, vivió sola en esta casa, que —según se cree— inspiró la novela.

—El jardín y las flores necesitan de alguien que las cuide —observó Phoebe—. Eso sólo me conservará sana y fuerte.

—Bueno, a fin de cuentas, criatura —exclamó Hepzibah, levantándose como para poner fin al tema—,no me incumbe a mí decidir quién ha de vivir en la vieja casa de los Pyncheon. Su dueño está a punto de venir.

—¿Quieres decir el juez Pyncheon? —preguntó Phoebe sorprendida.

—¡El juez Pyncheon! —contestó agriamente su prima—. No se atrevería a entrar aquí mientras yo viva. No, no es él... Espera y verás el retrato de quien te hablo.

Fue a buscar la miniatura que ya conocemos y regresó con ella en las manos. Se la dio a Phoebe y observó el rostro de la muchacha desde muy cerca, con una especie de celos por la manera en que aquel semblante de marfil le afectaría.

—¿Qué te parece?

—Es un hombre muy hermoso... Verdaderamente hermoso —fue la admirativa respuesta—. Es un rostro tan dulce como puede serlo el de un hombre o, por lo menos, como debería serlo. Tiene la expresión de un niño,.. Pero no es infantil. Sólo que una se siente muy benévola para con él. Nunca debería sufrir un hombre así y creo que yo haría cualquier, sacrificio para ahorrarle una pena. ¿Quién es, prima Hepzibah?

—¿No has oído hablar de Clifford Pyncheon?,—murmuró la vieja, inclinando el busto hacia la muchacha.

—¡Nunca! Creí que no quedaban más Pyncheon que tú y el juez Jaffrey—contestó Phoebe—. Y, sin embargo, me parece haber oído ese nombre... Sí, se lo he oído a mi padre o a mi madre... pero, ¿no murió hace mucho?

—Bueno, quizá sí —repuso Hepzibah, con triste sonrisa—; pero en casas tan viejas como ésta, ¿sabes?, los muertos a veces resucitan. Ya veremos... Por de pronto, no te desanimes, prima Phoebe, ya que no nos separaremos en seguida. En esta casa siempre eres bien venida.

Con estas palabras mesuradas —no precisamente frías— Hepzibah le dio un beso de hospitalidad.

Phoebe púsose a preparar el desayuno, no porque adoptase el cargo de cocinera, sino porque aquella actividad le venía a la medida. Entretanto, la dueña de la casa, como ocurre con las personas de su poco maleable carácter, se mantuvo apartada, deseosa de ayudar, pero comprendiendo que su natural ineptitud estropearía la marcha del importante asunto que su prima tenía entre manos.

Phoebe y el fuego que hacía hervir la tetera eran brillantes, alegres y eficaces por igual en sus respectivas misiones. Hepzibah la contemplaba. No pudo evitar interesarse y hasta divertirse con la rapidez de su nueva compañera para adaptarse a las circunstancias y sacar de las viejas cosas de la casa los resultados apetecidos. Todo lo hacía sin el menor esfuerzo y con frecuentes canciones. Su natural melodioso la hacía semejar a un pájaro en un sombreado árbol, o despertaba la idea de que el torrente de la vida murmuraba en su corazón como un arroyo en la cañada. Demostraba la alegría de un temperamento activo que encuentra gozo en la actividad y la convierte en belleza. Era un rasgo típico de Nueva Inglaterra... la áspera tela de puritanismo con una cenefa de oro.

Hepzibah sacó cucharas de plata, marcadas con las iniciales de la familia y un juego de té de porcelana, decorado con extravagantes figuras de hombres, aves y bestias sobre un paisaje no menos grotesco. Esas gentes pintadas vivían como humoristas en un mundo aparte, suyo, un mundo de vivido brillo, todavía no apagado por el tiempo, a pesar de que aquella porcelana era tan vieja como la costumbre de beber té.

—La abuela de tu tatarabuela recibió ese juego de regalo, cuando se casó —dijo Hepzibah—. Era una Davenport de muy buena familia. Fueron las primeras tazas de té conocidas en la colonia y si una de ellas se rompiese, mi corazón se rompería también... ¡Bah! Es una tontería hablar así de una taza tan frágil, sobre todo al recordar las cosas que le han ocurrido a mi corazón.

Las tazas, que quizá no se habían usado desde la juventud de Hepzibah, estaban cubiertas de una gruesa capa de polvo, que Phoebe limpió con un cuidado y delicadeza que satisfizo hasta a la propietaria de aquellas inapreciables piezas de porcelana.

—¡Qué linda ama de casa eres! —comentó la solterona, sonriendo y frunciendo a la par las cejas tan prodigiosamente que la sonrisa era como un rayo de sol debajo de una nube tempestuosa—. ¿Lo haces todo tan bien como eso? ¿Sirves igual para estudiar que para lavar tazas de té?

—Me temo que no —rió Phoebe—. Pero el verano pasado fui maestra de párvulos, en una escuela, y todavía podría seguir siéndolo.

—Eso está muy bien —observó la dama—. Lo has heredado de tu madre, pues no sé que ningún Pyncheon haya servido para esas cosas.

Antes de abandonar la mesa, sonó agudamente la campanilla de la tienda y Hepzibah dejó el resto de su té con un gesto de desesperación que daba pena ver. En los casos de una ocupación desagradable, el segundo día es peor que el primero. Volvemos al potro de tormento con los miembros aún destrozados.

Hepzibah se había convencido de la imposibilidad de acostumbrarse a aquella malhumorada y estridente campanilla. Por muchas veces que sonara, siempre le atacaba los nervios, y más ahora, que la embargaban ideas de nobleza y prosapia, a la vista de las cucharas de plata con las iniciales y de las antiguas tazas de té que le hacían experimentar una inefable aversión a tratar con parroquianos.

—No te molestes, prima —atajó Phoebe, levantándose ligeramente—. Hoy me he despertado tendera.

—¿Tú?... ¿Qué sabe una muchacha del campo de esas cosas?

—He hecho todas las compras en nuestro almacén del pueblo —explicó Phoebe—. Y una vez, en una tómbola, mi mesa vendió más que ninguna. Esas cosas no se aprenden. Supongo que son algo parecido a un don que me viene —añadió con una sonrisa— de parte de mi madre. Ya verás que soy tan buena tendera como ama de casa.

La solterona siguió a su prima para ver cómo se las arreglaba. El caso que se le presentó a Phoebe era algo intrincado. Una anciana con falda blanca y corpino verde, con un collar de cuentas de oro alrededor del cuello y en la cabeza algo parecido a un gorro de dormir, ofrecía cierta cantidad de hilo a cambio de géneros. Probablemente era la única y última persona de la ciudad que seguía haciendo girar la rueca. Valía la pena de escuchar los graznidos y tonos profundos de la vieja y la agradable voz de Phoebe entrelazados en la conversación y aún más contemplar el contraste de sus figuras —ligera y luminosa la una, decrépita y achacosa la otra—, separadas por el mostrador, en un sentido, y por más de sesenta años en otro. En cuanto al negocio, se redujo al forcejeo de la astucia de la vieja con la sagacidad de la joven.

—¿Verdad que ha salido bien? —preguntó Phoebe riendo, cuando la vieja se hubo marchado.

—Muy bien, muchacha —contestó Hepzibah—. Yo no lo habría hecho mejor. Tienes razón cuando dices que es un don de tu madre.

Las personas tímidas y temerosas de participar en la barahúnda del mundo contemplan con admiración a los actores de la agitada escena de la vida. Admiración tan auténtica, en realidad, que procuran hacerla agradable para su amor propio imaginando que aquellas enérgicas cualidades son incompatibles con otras que consideran más altas e importantes. Por esto Hepzibah se alegraba de comprobar los talentos de Phoebe como tendera y escuchó complacida las sugerencias que le hizo la muchacha para aumentar el negocio sin exponer apenas mayor cantidad de capital. Consintió que su prima preparase levadura líquida y en pasta, y hasta que llegara a manufacturar cierta clase de cerveza deliciosa al paladar y de raras virtudes estomacales. Además, le dejó hacer unos pastelillos especiados que una vez se catan obligan a comer otros. Esas pruebas de habilidad fueron aceptadas por la aristocrática tendera, mientras podía murmurar para sí, con una sombría sonrisa, un suspiro y un sentimiento, mezcla de maravilla, piedad y creciente afecto, que Phoebe era una muchacha muy linda y útil... ¡Si pudiera ser toda una señora, además...! Pero eso era imposible, Phoebe no era una Pyncheon. Todo lo tenía de su madre.

Si Phoebe era o no una verdadera señora, es punto difícil de decidir; en todo caso, el problema no se plantearía a un espíritu sano. Fuera de Nueva Inglaterra sería imposible encontrar una persona que combinase tantos rasgos de señora con tantos otros no indispensables, y hasta puede ser que incompatibles para merecer ese calificativo. No chocaba con los cánones del buen gusto, nunca rozaba con el ambiente que la rodeaba y sabía comportarse admirablemente. Su figura, tan pequeña que casi resultaba infantil, y tan elástica que el movimiento parecía en ella tan fácil como el descanso, no satisfaría, por descontado, la idea que uno se hace de una condesa.

Y no tendríamos derecho a llamarla hermosa, si nos atuviéramos a su rostro, con bucles castaños a los lados, naricilla respingona, su frescura y la media docena de pecas... recuerdos del sol y de las brisas de abril que resplandecían en sus mejillas. Pero en sus ojos había brillo y profundidad. En conjunto era muy linda, graciosa como un pájaro y, a la manera de un pájaro, agradable como un rayo de sol que atraviesa el susurrante follaje, o como el reflejo de una llama que baila en la pared al anochecer.

En vez de discutir si tiene derecho o no a figurar en el rango de las señoras, es preferible considerar a Phoebe como un ejemplo de lo que sería la gracia y eficacia femeninas en una sociedad en que no existieran damas; en tal sociedad las mujeres se cuidarían de los asuntos del hogar, dándole luminosidad inusitada, incluso cuando se tratara de ordeñar una vaca o fregar platos.

Esta era precisamente la esfera propia de Phoebe. Para encontrar a la dama genuina no tenemos que ir muy lejos: ahí está Hepzibah, nuestra solitaria y abandonada solterona, con sus sedas ajadas y crujientes, con su ridicula y amada lista de antepasados sus reclamaciones de principescos territorios y un vago recuerdo de haber tocado el clavicordio, bailado un minué y bordado un tapiz. Las dos mujeres constituían un símbolo del nuevo plebeyismo y de la antigua nobleza.

Parecía como si la vetusta casa de los Siete Tejados, sombría y ceñuda, mostrase un alegre destello, a través de sus ventanas, cuando Phoebe iba y venía por el interior. De no ser así, es imposible explicarse de qué modo el vecindario advirtió tan pronto la presencia de la muchacha. Hubo un verdadero desfile de parroquianos, aquella mañana, desde las diez a mediodía, que se espació algo a la hora de comer, pero que volvió a aumentar durante la tarde, hasta cosa de media hora antes de ponerse el sol.

Uno de los clientes más adictos fue Ned Higgins, el devorador de Jim Crow y del elefante, que realizó la proeza de comerse dos dromedarios y una locomotora. Phoebe reía, al ir sumando los ingresos en la pizarra, mientras Hepzibah, provista de un par de guantes de seda, amontonaba las monedas de cobre y algunas de plata que llenaban el cajón.

—Hemos de renovar los géneros, prima —gritó contenta la joven vendedora—. Se han acabado las figuritas de pan de jengibre, esas lecheras holandesas de madera y muchos otros juguetes... Han pedido mil veces silbatos, trompetas y por lo menos media docena de niños han solicitado caramelos de miel. Hay que adquirir una caja de manzanas, aunque estemos al final de la temporada... ¡Qué montón de calderilla!... ¡Es una verdadera montaña de cobre!

—¡Muy bien! ¡Muy bien! —comentó el tío Venner, que durante el día apareció varias veces por la tienda—. Esta muchacha no acabará sus días en mi granja... Benditos los ojos que han podido ver a una criatura tan simpática, graciosa y trabajadora.

—Sí, Phoebe es muy simpática —repuso Hepzibah con un fruncimiento de cejas de aprobación—. Usted, tío Venner, que conoce a nuestra familia desde hace muchos años, ¿puede decirme si se parece a algún Pyncheon?

—No, no lo creo —contestó el viejo—. En todo caso, jamás he tenido la suerte de ver a un Pyncheon que se le pareciera. He conocido a infinidad de personas en mi vida, no sólo en los patios y cocinas, sino en los muelles, en las calles y en otros sitios donde me llaman mis ocupaciones, y puedo asegurarle, miss Hepzibah, que jamás he visto a una criatura que hiciera su trabajo de manera tan semejante a un ángel como esa pequeña Phoebe.

El elogio del tío Venner, por muy exagerado que pueda parecer, contenía un sutil hilo de verdad. Había, en la actividad de Phoebe una calidad espiritual evidentísima. Aquel día largo y atareado, pasado en ocupaciones que hubieran podido parecer míseras y aburridas, resultó agradable y hasta delicioso, merced a la gracia con que esos deberes domésticos parecían apropiados al carácter de Phoebe. El trabajo, al hacerlo ella, adquiría la facilidad y el encanto del juego. Los ángeles no se afanan, sino que dejan que el trabajo fluya de ellos, y eso es precisamente lo que ocurría a Phoebe.

Las dos mujeres encontraron tiempo, en los intervalos entre venta y venta, para adelantar rápidamente por el sendero del afecto y la confianza.

La vieja dama experimentaba una melancólica y orgullosa satisfacción al ir guiando a Phoebe de cuarto en cuarto, explicándole las tradiciones que, como lúgubres frescos, cubrían los muros de la casa. Le enseñó las señales dejadas por el puño de la espada del gobernador en las paredes de la puerta tras la cual el coronel Pyncheon, como anfitrión muerto, recibió con terrible ceño a sus aterrorizados visitantes. Todavía quedaba en el aire del pasillo algo del terror de aquel día.

Hepzibah indicó a su prima que se subiera a una silla y contemplara de cerca el antiguo mapa del territorio del este. Puso el dedo en un lugar donde se hallaba una mina de plata, según dejó escrito el coronel en un documento que sólo debía darse a conocer cuando la reclamación de aquellas tierras fuese reconocida por el gobierno. De modo que el hacerles justicia era de interés para toda Nueva Inglaterra. Explicó también que existía un inmenso tesoro en monedas de oro inglesas escondido en alguna parte de la casa, quizá en las bodegas o en el jardín.

—Si tú lo descubrieses, Phoebe—dijo mirándola de soslayo, con triste y bondadosa sonrisa en los labios—, podríamos arrancar para siempre la campanilla de la tienda.

—¡Oh, sí! —contestó Phoebe—. Pero, entretanto, creo que está sonando...

Cuando el parroquiano se marchó, Hepzibah habló extensa y vagamente sobre cierta Alice Pyncheon, joven bella y distinguida, que murió hace cerca de un siglo. La fragancia de su carácter encantador todavía perfumaba la casa, igual que un capullo de rosa el cajón donde se mustia y muere. Esa preciosa Alice fue muy desgraciada y murió de una manera misteriosa, víctima de una tragedia; creció pálida, tenue y acabó marchitándose.

Pero aun ahora rondaba por La Casa de los Siete Tejados, y a menudo —especialmente cuando uno de los Pyncheon estaba a punto de morir— se la oía tocar tristemente en su clavicordio. Una de esas melodías salidas de sus dedos impalpables fue anotada en una ocasión por un aficionado a la música. Era tan triste que nadie ha podido oírla tocar a no ser que una gran pena le haya capacitado para comprender su dulzura, aún más profunda y más exquisita.

—¿Es el mismo clavicordio que me has enseñado? —preguntó Phoebe.

—El mismo. Es el clavicordio de Alice Pyncheon. Cuando yo aprendía música mi padre nunca me permitió abrirlo, y como sólo podía tocar en el piano de mi maestro, ya hace tiempo que se me olvidó.

Abandonando los temas de antaño, la vieja señora se puso a hablar del daguerrotipista, al cual había permitido, en circunstancias apuradas, alojarse en una de las siete buhardillas, teniendo en cuenta que era un joven ordenado y respetuoso.

Pero luego descubrió en míster Holgrave cosas que la desconcertaban: tenía compañeros inimaginables, hombres con luengas barbas, vestidos con blusas, reformadores predicadores de la templanza y toda clase de filántropos con cara de mal genio, cooperativistas y disidentes, de los cuales Hepzibah sospechaba que no respetaban nada ni comían sólido, sino que vivían del olor de las cocinas ajenas.

En cuanto al daguerrotipista, hacía poco ella leyó un párrafo en un periódico, acusándole de haber pronunciado un discurso revolucionario en una de aquellas asociaciones de bandidos. Por su parte, Hepzibah tenía sus motivos para creer que practicaba el hipnotismo y hasta sospechaba que, si tal cosa fuera posible en estos tiempos, estudiaba la magia negra en la soledad de su cuarto.

—Pero, querida prima —dijo Phoebe—, si ese hombre es tan peligroso, ¿por qué sigues teniéndolo en la casa? A lo mejor la incendia, si no hace algo todavía peor...

—Con frecuencia me he preguntado si no debo decirle que se marche. Pero, a pesar de sus extravagancias, persona seria. Una mujer, cuando vive tan solitaria como yo, se agarra a todas las amistades, por ligeras que sean.

—Pero si ese míster Holgrave es una persona sin ley... —empezó a decir Phoebe, que se mantenía dentro de los límites de la ley, como parte de su naturaleza.

—¡Oh! —atajó Hepzibah con indiferencia, pues a pesar de su espíritu formulista, más de una vez, en el curso de su experiencia de la vida, había tenido que rechinar los dientes contra la ley—. Supongo que debe tener su propia ley.
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