Conferencia hermanos cuevas






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CONFERENCIA HERMANOS CUEVAS

TEMA: “HISTORIA DE UNA FINCA”, novela rural

Capilla de San Pedro - Ayuntamiento

ARCOS DE LA FRONTERA, 7.11.2006.


(Saludos)

Quienes quieran conocer cómo son las raíces de nuestras costumbres rurales, que relean a José y Jesús de las Cuevas en las páginas de la novela histórica “Historia de una finca”.

En sus páginas hay sensibilidad, conocimiento de la tierra y sus personajes, estilo directo y fácil, recuperación del léxico rural, vivencias telúricas, comprensión, admiración, sabia sencillez, gracia natural, oportunidad, todo, en fin, cuanto caracteriza a unos escritores de raza. Y, eso sí, sin el más mínimo viso de vanidad, sin creerse nunca el ombligo del mundo.

José y Jesús de las Cuevas fueron para nosotros no sólo unos amigos entrañables, ellos y sus familiares, sino un espejo en el que mirarse como persona y como periodista y escritor. Unos valiosos ejemplos a seguir, un camino seguro para ser persona.

Como colofón de la presencia de los Hermanos Cuevas en las páginas de “ABC”, en 1984, nosotros decidimos la publicación en serial de la “novela andaluza por excelencia de estos últimos tiempos”, como afirmó Manuel Ríos Ruiz: “Historia de una finca”, por cierto magníficamente ilustrada por el fotógrafo lebrijano Mario Fuentes Aguilar, y con un epílogo del profesor antropólogo Manuel Romero Núñez, en el que aportó una antología léxica sobre el vocabulario agrario andaluz utilizado por José y Jesús de las Cuevas en su obra.

Cuando “ABC” inicio el serial, el día 1 de julio de 1984, lo hizo con una presentación escrita por Jesús de las Cuevas, pero firmada por ambos hermanos. Esta circunstancia excepcional nos permite hoy aquí, en Arcos de la Frontera, recrear su prosa y conocer su propia opinión de cómo se gestó la novela “Historia de una finca”.
(Pausa)

Decían así Jesús y José de las Cuevas:

“Puestos a recordar, era el otoño de 1957 y acababa de aparecer "La bodega entrañable", un libro más a la media docena de obras ya publicadas. Estábamos, pues, en vena nove­lística abierta y la idea surgió en uno de los innumerables paseos por la azotea, bajo los últimos resplandores de la tarde.

Arcos de la Frontera o del Alma Nuestra encumbrado al fondo, encendidas sus primeras luces que, en la altura, semejaban luciérnagas colgadas.

¿Y si escribiéramos una novela entrañable tam­bién sobre esta tierra y se titulara "Historia de una finca"?

¿Biografiar un cortijo, hacerlo protagonista a través de varias generaciones que vivieron en él?

¿Escucharle su latido de vida a cada haza y fijarlo en el papel lo más fielmente posible?

A mayor abundancia sen­tíamos la nostalgia de una finca de la familia, "San Rafael", que el viento se llevó, y la idea prendió enseguida con fuerza, vigor insospe­chado. Disponíamos, además, de un abun­dante cosechón de historias relatadas sobre las viejas labores, aperos y utensilios de la­branza, sobre aquel desvivir de si llovía en demasía o no llovía nada, los ojos puestos en el suelo o en el cielo.
Pausa

La cuestión estaba en lo que oímos, vimos, entrevimos, éramos capaces de revivirlo, transcribirlo con autentici­dad, sencillez, estilo directo; al pan, pan, y al trigo, trigo, con su intacta, propia poesía que rezumaría por el ambiente. Pero intentarlo resultaba un goce inesperado.

Puestos a la tarea, aquel invierno resultó fecundo. Escribíamos por las mañanas —ca­da uno en su mesa, en la biblioteca común— y para descansar salíamos al campo; todavía existían yuntas de mulas que araban, y el con­tacto con la tierra de “bugeo”, recién levantada, suponía transfusiones de afanes nuevos, pro­fundos. Repasábamos, tocábamos viergos, engeros, sábanas que los sabaneros inun­daron antaño de paja para levantar inmensos pajares geométricos, mediante escaleras apo­yadas en sus flancos, mientras la canícula la­draba alrededor, y. luego, los sombreros de paja que usaban los "montos" que lanzaban al aire la greña pisoteada por las yeguas en la era, a fin de que el grano cayera abajo y for­mar "el pez" de trigo, cebada, avena, de cuyo tamaño dependía dormir sin desvelos las lar­gas invernadas. Poco a poco tomaron cuerpo, tal si fuesen espigas, el mayorazgo y su her­mana, Lorenzo y Gertrudis; Carmen y sus ro­sas sedientas; los hermanos Carrasco; Barto­lomé, el soriano; Gregorio, Jeromo, Anita, don José, Pedro, Mauca...

Contar sus avatares era contar asimismo los de aquella tierra catastrada, intensamente amada, que se imponía, en el fondo, de un modo irreprimible. Al par, y mientras como en el verso de Garcilaso, el campo acudía "con mano llena", el enamoramiento por lo que pa­só o dejó de pasar en aquella finca imaginada y por la misma finca en si, señoreada por su caserío, crecía tal la zulla en la ería cuando las bandadas de nubes la mojaban a conciencia.

Por otra parte, nos subyugó, ya en su parte final, resaltar la transformación que se des­pertaba por doquier; constatar el futuro jadeo del tractor ladera arriba, "ese gigante que mugiendo avanza— faros por ojo, ruedas por pezuñas—", según versificara Fernando Villalón, y desfondaba la tierra más hondo que aquellos pesadísimos “Brevans” que volvían tí­sicos a los bueyes por el terrible esfuerzo de arrastrarlos; las primeras cosechadoras que sustituyeron las máquinas de vapor movidas por carbón. El paso de la gañanía y la estan­cia, de los veladores y sus raciones de alverjones de madrugada; de los yugos del "cara­col" de bueyes de seis a nueve años y una veintena de mulas para cerrar los cartabones —bolsones de cuero gastado pendían de las vigas— a las flamantes casas de máquinas, surtidores subterráneos de gas-oil, tractoris­tas de monos azules, aperadores que sabían de cárteres y diferenciales... Un mundo nuevo que se presentía bajo los pies del cortijo y, después, afloraría pujante, incontenible.

Pero sobre todo lo que soñábamos, lo que deseá­bamos era desterrar ese desenamoramiento de la tierra, la tristeza de los cortijos "desamudados", que no quería nadie, serpiente que se arrastraba por el XIX. ¡Figuraos que en una interpelación de Taviel de Andrade en la legislatura de 1866-67, se quejaba de los la­bradores de falsía que no deseaban hacer no­che en sus campos! Clásicamente, virgilianamente, Rodrigo Caro escribía —ya ha siglos— que no había nada mejor para un hombre de bien que observar, cara a cara, cómo se levanta la aurora, las "claras" del día, de pie y a las puertas de sus caseríos.

Dos años más tarde de aquella interpelación, Prím dejó caer lo de "el mejor estiércol para abonar los campos es el humo de las fábricas". Conforme, si son fábricas que sirvan para indus­trializar los productos que proporcionen di­chos campos, fábricas a la intemperie, sin techo, que sólo el regadío lo proporciona la uralita.
Pausa

Mas a lo que íbamos: el disfrute indecible al sembrar a voleo parcelas de folios sobre "San Rafael". Por ello, casi sin darnos cuenta, al verano siguiente, estuvo la novela lista, la co­secha granada. Enseguida, y aquí justo es re­saltar el nombre de Antonio Salido, "Jerez Industrial", la obra pasó a las linotipias, y a fines de 1958 a los escaparates de las librerías. La finca en la calle. Ante el asombro nuestro, se agotó pronto la primera edición, y la crítica fue tan amplia como excelente. Un gran señor de las letras, Manuel Halcón, que "ama las tierras de sementera que se muestra desnuda, las carnes morenas al viento", le otorgó el Pre­mio "Juan Palomo" y alabó su veracidad, su valor documental: "Así es como respira la tie­rra en Andalucía la Baja". Sólo por esa frase y escrita por la pluma de Manuel Halcón, compensaba y en muy mucho la tarea”.
Añadido nuestro:

[Poco después, en 1962, Manuel Halcón pronunció su discurso de ingreso en la Real Academia Española con el tema titulado “Sobre el prestigio del campo andaluz”, donde se palpa la influencia de la novela de los hermanos Cuevas, circunstancia que también se aprecia en el discurso de contestación, de José María Pemán. Y ambos fueron, además, autores de elogios sinceros y expresivos de la novela y sus autores].
Continúan José y Jesús:

“La segunda edición, y también por "Jerez Industrial", data de 1960, y Francisco López Estrada tuvo la infinita gentileza de redactar­nos un estupendo prólogo. "El personaje pri­mero de la obra es la finca", se lee en él. Y hacia hincapié en "el imperio de la tierra po­seída sobre el dueño que la posee". Perfecto. Acertó en la diana, la esencia y la médula de la novela; lo que intentamos, pretendimos hacer y enaltecer.

Volaron los años y, en 1970, la Editorial "Prensa Española" realizó la tercera y cuarta ediciones. Difícil de encontrar, hoy. A B C de Sevilla ha querido publicarla, airearla en serial desde el próximo martes. Gesto de Nicolás Jesús Salas que le agradecemos muy de verdad. Ilustrada con bellas, logradas, expresi­vas fotografías de Mario Fuentes Aguilar, que recogen muchas de las faenas de aquel vivir campero y andaluz que ya se fue y del que impera aún la vera efigie del caserío de "San Rafael", sus tierras y labores tal como están, al día.

Mentiríamos al no declarar que tanto la finca historiada e imaginada como sus dos hermanos autores rebosan, el almacén lleno, de sana alegría. Y en buena hora lo suscriben”.
Pausa

Parece que estamos escuchando a Jesús. Y lo mismo les ocurrirá a muchos de ustedes esta tarde otoñal arcobricense, arqueña, en que ambos hermanos se extasiaban ante las puestas de sol en el verde horizonte.

Otras dos ediciones se han publicado de “Historia de una finca. La primera, en los años noventa, en la Biblioteca de Bolsillo de la Universidad de Sevilla. Y otra, más recientemente, por la flamante editorial de su hijo José María.

Y adelanto, que si la familia lo autoriza y alguna Corporación ayuda un poquito, la Editorial Almuzara estaría dispuesta a publicar una edición joya con los textos finales y fotografías insertos en ABC, más un estudio previo y biográfico nuestro.

Nosotros hemos dicho siempre, que para conocer bien los latidos del campo, hay tres fuentes básicas:

Si en literatura andaluza la máxima referencia de la vida rural es la novela de los hermanos José y Jesús de las Cuevas, Historia de una finca; y los testimonios orales de Manuel Vázquez Alcaide, el popular Pechohierro, recogidos por nosotros, constituyen el léxico agropecuario más completo recuperado del olvido, también podemos afirmar justamente que la pintura rural de Manuel Barahona, aporta el catálogo, una preciosa antología, de las faenas ancestrales del campo andaluz.
Pausa

Al final del serial de “ABC”, el profesor antropólogo Miguel Romero Núñez, añadió un estudio sobre el léxico rural empleado por los hermanos Cuevas, que enunció con el siguiente preámbulo:

“El interés y justificación del estudio del vocabulario de “Historia de una finca”, de José y Jesús de las Cuevas, pueden deducirse del siguiente texto, al final de la novela:

“El campo andaluz sufrió una gran trans­formación. De pronto, en los caseríos, lo im­portante fue la casa de máquinas, no las cua­dras en cuyos techos de cañizo dormían los faeneros vigilantes; los surtidores subterráneos del gas-oil, y no el pajar. (...) Los mis­mos aperadores hablaban de cárteres y dife­renciales, en vez de lo tradicional...”

Con la mecanización, en efecto, se producen cambios profundos en los campos de la Baja Andalucía, protagonistas de “Historia de una finca”. Desaparecen gradualmente muchas de las faenas agrícolas tradicionales con los oficios y aperos que estas faenas requerían y van apareciendo otros sistemas de labor e instrumentos de labranza nuevos. Se empie­za a hablar en los cortijos de cosechadoras, tractores, remolques, bidones de gas-oil, cárteres, diferenciales, etc. y se van relegando los bueyes con su ración de alverjones, los arados, los yugos, los engeros, las rejadillas, el pez de trigo, la raspa y los viergos.

Aparece, en conclusión, un vocabulario técnico nuevo, mientras deja de usarse, poco a poco el léxico agrícola tradicional.

En general, el vocabulario utilizado por José y Jesús de las Cuevas en “Historia de una finca” no es un léxico específico de las hablas andaluzas, salvo algunas excepciones que después estudiaremos. José y Jesús de las Cuevas en efecto, escriben su novela con unos términos que en su mayoría, es­tán recogidos por el Diccionario de la Real Academia Española. A mi entender, un aspecto importante de este léxico agrícola tradicional radica en su uso. Muchos de estos términos como han señalado insignes lexicógrafos, dejaron de usarse hace tiempo fuera de Andalucía. En los campos y cortijos andaluces se han conservado, aunque, como he indicado antes, están en regresión. Estoy convencido de que los andaluces, sobre to­do los de “cultura urbana”, oiremos y lee­remos cada vez menos estos términos.

Es más, me parece que también se irán perdien­do poco a poco en las campiñas andaluzas.

Afortunadamente, parte de este léxico agrí­cola tradicional, con preciosas aportaciones de los hombres del campo bajo-andaluz, ha sido recogido por José y Jesús de las Cue­vas en “Historia de una finca”, donde queda perfectamente archivado.

Sería muy útil un estudio exhaustivo y riguroso de este vocabulario agrícola tradicio­nal, así como constatar y describir las creaciones léxicas originales con que los hombres del campo andaluz enriquecen el sistema lin­güístico del español. De hecho, contamos ya con trabajos de extraordinario valor científi­co en este terreno. Por razones obvias, sólo dispongo de unas páginas en este periódico para ofrecerles una breve antología léxica de “Historia de una finca”. He procurado, por tanto, seleccionar solamente aquellas pala­bras que suponen una aportación o innova­ción lingüística respecto al significado o uso que estos términos tienen en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española”.

Seguidamente y durante varios días, el profesor Romero Núñez, explicó las entradas más singulares del léxico de los hermanos Cuevas, casi medio centenar de conceptos.
(Pausa general y cambio de tema)

Durante casi un cuarto de siglo, José y Jesús de las Cuevas vivieron una especial relación de íntima hermandad, ejemplar testimonio de amor fraterno.

José, enfermo paralítico, sin movimiento y sin voz, sólo tenía la mirada para expresarse.

Jesús, pese a estar durante años prisionero de la depresión, fue fiel sostenedor de su ánimo, entregándose a la noble tarea de representar cada mediodía y muchas tardes el papel de patriarca.

Ya lo escribimos en “ABC” el 4 de octubre de 1991, cuando Jesús, contra todo pronóstico, murió en Ronda poco después de asistir a la presentación de un libro de su amigo Francisco Garrido.

Desde entonces, seis meses y poco más, nadie fue capaz de decirle a José que Jesús no volvería más. Pero la ausencia marcaba el vacío y en ocasiones, José lloraba dulcemente.

Si alguien, por razones que no vienen a cuento, alguna vez le gritó la muerte de Jesús, seguro que él prefirió no entenderlo y seguir manteniendo la ilusión de verlo entrar, como siempre, durante casi un cuarto de siglo, con el semblante sereno, para mirarse en sus ojos.
Pausa, para aclarar la voz…

Todos los mediodías se producía idéntica ceremonia: Lucía ofrecía el catavino de jerez, Jesús daba un cariñoso cachete en la cara del hermano impedido y le decía cuatro cosas amables. Leía el periódico en voz alta. Comentaba con su fino humor cualquier anécdota de personajes de la tierra. Y José cambiaba su rostro inexpresivo, ausente, para reflejar su silente gratitud.

Cuando murió Jesús, sus amigos pensamos que José no tardaría en seguirle. Y así fue. Entonces terminó una vida doblemente creadora, en la que dos hermanos unieron sus nombres para firmar sus obras literarias y periodísticas, noble gesto mantenido por Jesús después de la enfermedad de José, pero que alcanzaría toda la grandeza humanamente posible precisamente en la adversidad que impedía a uno de ellos seguir escribiendo.

Un caso único y distinto al de los hermanos Machado y Álvarez Quintero, donde la muerte de uno de ellos cortó la vinculación creativa.

Otros autores comentaron la calidad de sus obras, en Arcos de la Frontera, en 2003; su variado abanico de novela, ensayo, historia, biografía, teatro y documentación, siempre sobre temas andaluces, sin apartarse de su camino libremente elegido y a sabiendas de que se automarginaban... ¡Claro, no residían en Madrid, sino en su Arco del alma!

Cuánto interesado silencio sobre sus aportaciones básicas sobre Andalucía, admitido sin una queja, tolerantes, sabiéndose humildemente satisfecho y seguros de sí mismos.

Pero hay otra faceta creadora en José y Jesús de las Cuevas, que es el artículo periodístico, precisamente en las páginas de “ABC”, y en las paginas de la revista “Feria de Sevilla”, editada por Enrique Vila entre los años 40 y 60 del pasado siglo, y que nosotros guardamos como oro en paño en nuestra biblioteca de Colina Blanca.

Desde la primavera de 1943 hasta la de 1962, José de las Cuevas escribe en “ABC” más de un centenar de artículos, además de otros firmados conjuntamente con su hermano Jesús, como aquella preciosa serie sobre las rutas de la Baja Andalucía: la del sol, la frutas, los toros y los pueblos blancos. Fueron las páginas de “ABC” el soporte principal y quizás único de sus reflexiones periodísticas sobre las esencias sevillanas, testimonio perenne para quienes deseen conocer los misterios de la ciudad hispalense, en dosis de una columna de “ABC”.

José de las Cuevas interpretó los perfiles más difíciles de la Semana Santa, de la Feria de Abril y de la vida cotidiana en la Sevilla de los años cuarenta y cincuenta, tan ricos en matices. En aquella sección colectiva que se tituló "Al vuelo de las horas", en distintas épocas, José de las Cuevas alterno con Jesús Saiz y Salvador López de la Torre. Y más adelante, en su propia sección titulada "Al paso", dejó para siempre la huella de sus amores sevillanos.

Fueron sus breves artículos paradigmas de sensibilidad, conocimientos vastísimos del costumbrismo sevillano, escritos con estilo directo y fácil; hay en sus textos vivencias telúricas, comprensión y admiración por la idiosincrasia hispalense, síntesis andaluza, sabia sencillez, gracia natural, oportunidad, todo, en fin, cuanto caracteriza a un escritor de raza. Y, eso sí, sin el más mínimo viso de vanidad, sin creerse nunca el ombligo del mundo, como al principio dijimos y deseo insistir cuando nos acercamos al final.

Quienes quieran conocer cómo son las raíces de nuestras costumbres, que relean a José y Jesús de las Cuevas en las páginas de ABC. Todos los temas básicos sobre la vida ciudadana fueron observados con singularidad y expuestos con sencillez. Qué buen tema para analizar en la Facultad de Periodismo de Sevilla, con una tesis doctoral sobre el costumbrismo en los textos periodísticos.

Porque hay otra faceta creadora en José y Jesús de las Cuevas, que es el artículo periodístico, en las páginas de ABC y de numerosas revistas dedicadas a las fiestas primaverales sevillanas. Desde la primavera de 1943 hasta la de 1962, José de las Cuevas escribió más de un centenar de artículos, además de otros firmados conjuntamente con su hermano Jesús, como aquella preciosa serie ya mencionada, sobre las rutas de la Baja Andalucía: la del sol, la frutas, los toros y los pueblos blancos.

Fueron las páginas periodísticas, como hemos dicho, el soporte principal y quizás único de sus reflexiones sobre las esencias sevillanas, testimonio perenne para quienes deseen conocer los misterios de nuestra ciudad. José de las Cuevas interpretó los perfiles más difíciles de la vida cotidiana en la Sevilla de los años cuarenta y cincuenta, tan ricos en matices, cuando aún señoreaba en las conciencias el dolor de la guerra fratricida y sus consecuencias penosas, ahora más penosamente olvidadas: hambre, más de diez años de hambre; racionamientos de alimentos y productos básicos, desde la gasolina a los zapatos y tejidos; restricciones de energía eléctrica y de agua potable. ¡Eso sí que es una memoria histórica que nadie desea recordar!

¡Ay, España, que pronto olvidó a quienes hicieron posible con su sacrificio generacional que hubiera Seguro Obligatorio de Enfermedad, más de ciento cuarenta pantanos, universidades laborales, pagas extraordinarias, seguridad ciudadana, puestos escolares, pensiones!
Pausa

Decía Aquilino Duque, en una conferencia genial sobre los hermanos Cuevas, que José y Jesús,

“…eran muy comunicativos y aburrirse con ellos era imposible. La literatura era para ellos una fiesta y sus conferencias, dichas a cuerpo limpio y sin un mísero guión, eran una manera de conseguir que muchas gentes reacias a abrir un libro salieran con la impresión de haberse leído en una hora la Biblia y el Espasa. Fuera en lo alto de un escenario o en una reunión de amigos, los Cuevas eran un espectáculo de buen humor erudito y de sabiduría popular. De Pepe decía alguien, creo que José María Javierre, que todos los días le pasaba algo extraordinario o, si no, se lo inventaba. De ahí, la urgente necesidad del artículo, de aquellos artículos que nunca eran gratuitos, pues enseñaban deleitando. Pero hay más, y es que muchos de aquellos artículos, de consumo efímero, no eran, como tanta literatura más o menos periodística, de leer y tirar, sino de leer y guardar”.
(Pausa)

Qué trabajo cuesta escribir de un amigo muerto. Lo eran los dos hermanos. En los anaqueles de mi biblioteca están sus libros, todos dedicados con cariñosa generosidad, leídos y utilizados con frecuencia, como fuentes seguras de amor a la tierra.

Pero también perduran en mis retinas sus imágenes, sus rostros nobles; sus voces, sus palabras de aliento, sus expresiones de sincera alegría por el bien de sus amigos; su talante bondadoso; las cartas de Jesús de diminuta y difícil letra. Parece que estoy viendo a José, sentado en su sillón, inmóvil, queriéndome transmitir con la viveza de sus ojos la alegría del encuentro. Y a Jesús, en la biblioteca de su casa solariega, explicándome complaciente los mil detalles allí atesorados.

Recuerdo que aquel hombre excepcional que fue Florentino Pérez Embid, otro enamorado de Sevilla, escribió en el prólogo de “Cuando los ángeles hablaban con los hombres”, esta frase definitiva sobre José y Jesús de las Cuevas. Dijo: "... unos temperamentos esencialmente leales a Andalucía, vivida desde dentro. José y Jesús de las Cuevas son an­daluces por los cuatro costados. Han escrito mucho. Incluso sin orden ni concierto; han empezado muchas co­sas y estado en muchos sitios. Pero vuelven constantemente a Arcos, se escapan a Arcos y se refugian allí para leer, para revolver papeles, para emborronarlos con una caligrafía increíble. También —y más que nada— para acercarse al campo, a la cepa y al molino, a la vena más auténtica de la tierra. Es ésta una actitud salida de la propia entraña, sin que en ella tengan nada que hacer las doctrinas mas o menos justificadoras de Francis James".

Y José María Pemán, apostilló: "...ese gran escritor que es Pepe Cueva. Pepe Cuevas, como Arcos, no tiene un solo palmo en su espíritu que no esté en cuesta. Hacia las estrellas o hacia los sentidos, pero en cuesta siempre... Su ponderación de masa y energía es maravillosa. Y yo no sé si su humanidad debe medirse por kilos o por kilovatios..."
(Pausa)

Jesús y nosotros nos vimos por última vez poco después de pronunciar el pregón taurino de la Real Maestranza de Sevilla. Hablamos de su hermano José y de la dura prueba que había supuesto su larga e irreversible enfermedad.

Me dijo: "Desde el dolor se contempla al hombre con un sentimiento de hermandad, que es lo que ha de ser si se es cristiano".

Lo recordamos en 1991, cuando Jesús murió en Ronda poco después de asistir a la presentación de un libro de su amigo Francisco Garrido. Desde entonces, seis meses y poco más, nadie fue capaz de decirle a José que Jesús no volvería más. Pero la ausencia marcaba el vacío y en ocasiones, José lloraba dulcemente, manteniendo la ilusión de verlo entrar, como siempre, durante casi un cuarto de siglo, con el semblante sereno, para mirarse en sus ojos.

Ya lo dijimos antes: cuando murió Jesús, sus amigos pensamos que José no tardaría en seguirle. Entonces terminó una vida doblemente creadora, en la que dos hermanos unieron sus nombres para firmar sus obras literarias y periodísticas, que como sucedió con los hermanos Álvarez Quintero, un mismo soplo de viento, de imaginación creadora, impulsó las dos velas de sus almas.

Mantener la firma conjunta fue un noble gesto mantenido por Jesús después de la enfermedad de José.

José y Jesús estuvieron siempre juntos, como cuando escribieron “Historia de una finca”, su obra cumbre costumbrista, sin apartarse de su camino libremente elegido y a sabiendas de que se automarginaban de los cenáculos madrileños.
Ellos vivieron:

Mirando a los cielos de su Arcos del Alma…

Fijando los ojos en sus torres y espadañas…

Escuchando las campanas de Santa María…

Impregnándose del aroma de su campo…

Amando a sus gentes, amando sus costumbres, amando a su tierra andaluza…

He dicho.
Nicolás Salas

Colina Blanca, 3-5 de noviembre de 2006.

Texto dedicado a Lucía.

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