La mentalidad de la Virgen María a propósito de San José La personalidad de San José






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Mujer – María

Artículos



José L. Caravias sj.


Una mujer lleva al pueblo a la victoria: Débora

San Pablo, promotor de la pastoral de la mujer

Jesús y las mujeres

¿Sacerdocio femenino?

Dignificación de la mujer

Una sola es la Madre de Jesús

Sacó a los poderosos de sus tronos y puso en su lugar a los humildes

La mentalidad de la Virgen María

A propósito de San José

La personalidad de San José

Crecer como pareja



Una mujer lleva al pueblo a la victoria: Débora



"En Israel faltaban los líderes, hasta que me levanté yo, Débora, hasta que me desperté como madre de Israel" (Jue 5,7)

En América Latina con frecuencia la mujer está marginada, despreciada y explotada. Por doquier reina el machismo. Pero, a pesar de ello, existen mujeres maravillosas, no sólo como madres de familia, sino también como auténticas madres de comunidades y organizaciones populares. Mujeres realmente decididas, valientes más que los hombres, que se engrandecen ante los problemas y saben ponerse al frente del pueblo en sus luchas de liberación. Y el pueblo se fía y se enorgullece de ellas.

El hecho sucede probablemente en la segunda mitad del siglo XII. En alguna época imprecisa del tiempo de los jueces, quizás alrededor del 1175 a.C. Israel ya se ha establecido firmemente en dos bloques divididos por una franja central. Los reyes cananeos ocupan la fértil franja central, y se ven amenazados por la presencia israelita. Por ello forman una coalición, nombran un general, Sísara, y reúnen sus armas más avanzadas: los carros de guerra. Presentan batalla en la llanura, donde su ejército tiene superioridad absoluta. Pero sobreviene una tormenta, y los carros cananeos se vuelven su perdición. No pueden maniobrar; ni siquiera huir. El general tiene que escapar a pie, y, para colmo de humillación, lo mata una mujer beduina.

Esta victoria decisiva da a los israelitas predominio sobre los cananeos, une geográficamente a las tribus y confirma su sentido de unidad.

En Débora se juntan los dos oficios de "juez" y "libertador". Su nombre significa "Abeja". El de su marido, "Antorchas" y el de Barac, a quien ella pide su colaboración, "Relámpago". ¡Historia de llamas y centellas!

Débora es el único personaje enteramente decente del libro de los Jueces. Está presentada como una mujer vigorosa y radiante, digna de todo respeto, tanto que Barac no quiere ir a la guerra sin ella. Así le ayudaría con su ánimo y su gran influencia. Su prestigio arrastrará al combate a otras tribus.

El capítulo cuarto está maravillosamente narrado. Se trata de una visión artística de los sucesos, no una crónica puntual. No se dice con claridad qué pasó en la batalla. Pero se insinúa que, a causa de una gran tormenta, se desbordó el río y los pesados carros de hierro quedaron atascados e inutilizados en el lodo, con lo que pudo triunfar la agilidad y la intrepidez israelita (ver 5,20-21). Por ello insisten en que la victoria fue de Dios: "Yavé hoy ha salido delante de ti" (4, 14). Simultáneamente se subrayan el poderío del enemigo y la sencillez de los medios usados para derrotarlo: "A mano de mujer" (4,9. 21; 5,7. 12. 24-27). Nótense los detalles. Insistiendo en la fuerza militar del enemigo (véase también Jos 17,16 y Jue 1,19), se resalta mejor lo maravilloso de la victoria.

El canto de Débora es uno de los trozos más antiguos de la Biblia. Su viva primitividad y su impresionante crudeza atestiguan su arcaísmo auténtico. El amor canta en este poema; pero también una ira implacable. Débora canta a Yavé, a los guerreros, a las tribus de Israel; a sí misma. Canto de mujer, canto de las mujeres. La profetisa cuyo prestigio hacía que las gentes se confiasen a su juicio en tiempo de paz, a la hora de la batalla se muestra como "madre" de energía que electriza; un formidable temperamento al servicio de una fe pura y absoluta.

Junto a ella aparecen otras dos figuras femeninas, opuestas entre sí: sarcasmo contra la madre del tirano (5,28-30) y bendiciones para Yael, la que le dio muerte (5,24-27).

Se da honor a los valientes. Se canta gloriosamente su bravura, la nobleza de su corazón y el poder de su brazo (5,13-15. 18). Y también se da oprobio a los cobardes, las tribus que no participaron en el combate (5,16-17). Se dice de ellos que "no vinieron en ayuda de Yavé junto a los héroes" (5,23).

Pero el verdadero y único héroe fue Yavé, Señor del estruendo y de la lluvia torrencial . El bajó al campo de batalla y se mezcló en el estruendo de la pelea (5,4-5). El es quien aniquiló a la multitud de carros enemigos. Con él es con quien se midieron los reyes enemigos. Los que le aman son invencibles. "¡Perezcan todos tus enemigos, oh Yavé, y sean tus amigos como el sol en todo su fulgor!" (5,31).

A Yavé no se le considera como a un Dios fijo a un lugar determinado. El es un Dios histórico, que está dentro de las luchas del pueblo oprimido. Por eso Débora invita a que se "celebren las victorias del Señor, las victorias de los campesinos de Israel" (5,11). Dios lucha con su pueblo y los triunfos son de los dos juntos. Por eso se dice que en la lucha las tribus deben venir "en ayuda de Yavé" (5,23). Acción divina y acción humana se encuentran juntas en la lucha por la liberación.

Los autores deuteronomistas encontraron en esta antigua historia un ejemplo más para demostrar a sus contemporáneos que Yavé no había cesado jamás de intervenir para salvar a su pueblo. Tampoco durante el destierro, tan duro, Yavé los dejaría abandonados…

Los acontecimientos de Débora tenían actualidad en la época del exilio y la siguen teniendo en nuestros días también. Siempre que Israel se preocupaba de su historia era para hacerla revivir en un presente. Eran y son llamadas de incesante actualidad a la conversión y a la fidelidad hacia el Dios fiel, siempre en actitud de liberación.

Nosotros también tenemos en nuestra historia gestas parecidas, que tenemos que desenterrar y recordar para que nos animen a superar los problemas presentes…

¿Qué nos enseñan a nosotros sobre la mujer? Qué conclusiones sacamos de la acción y el cántico de Débora.

¿Hasta qué punto descubrimos en el canto de Débora la llave hermenéutica para una lectura de la Biblia a partir de los oprimidos?

San Pablo, promotor de la pastoral de la mujer


Se ha dicho con frecuencia que San Pablo no quería a las mujeres. Y ello no es cierto. Hay que saber distinguir entre textos doctrinales y textos que hacen relación a las costumbres culturales de entonces y aun a problemas muy concretos de las comunidades. Además, se debe distinguir entre cartas que verdaderamente escribió Pablo y otras que fueron escritas años más tarde por diversos autores que usaron su nombre, y dentro de estas cartas es donde precisamente se encuentran algunas frases discriminatorias de la mujer.

El Pablo histórico promovió la actividad pastoral de la mujer. El revela a través de sus cartas que diversas mujeres participaban activamente en el movimiento cristiano, al mismo nivel que los varones, y ejercían funciones de enseñanza y de liderazgo en las primeras comunidades.

Conocemos a Ninfa que, junto con Filemón y Arquipo, eran líderes de una iglesia en su casa (Col 4,15). Evodia y Síntique son dos mujeres importantes en la actividad pastoral de Filipo, pues dice Pablo de ellas que "lucharon conmigo al servicio del Evangelio" (Flp 4, 2-3).

Priscila, con su marido Aquila, son los jefes de una iglesia, primero en Efeso (1 Cor 16,19) y en Roma después (Rom 16, 3.5). Este matrimonio precedió a Pablo en la tarea misionera y colaboró con él en diversas partes, pero nunca estuvieron subordinados a él. Se les menciona siete veces y en cuatro ocasiones se nombra primero a la mujer. Además, Priscila siempre es nombrada por su nombre y no por el de su marido, señal de que era muy conocida en su actividad pastoral. Era mujer instruida, pues intervino en la enseñanza cristiana de Apolo, que era un hombre muy culto (Hch 18,26).

En Romanos Pablo saluda a María, Trifena, Trifosa y Perside, de las que dice que "han trabajado mucho en el Señor" (Rom 16, 6.12). Saluda a la madre de Rufo, "que ha sido para mí como una segunda madre" (Rom 16,13). Del matrimonio Junías y Andrónico dice Pablo que "son compañeros de cárcel, apóstoles notables y se entregaron a Cristo antes que yo" (Rom 16,7). Saluda a otras dos parejas, que seguramente son también misioneros (Rom 16,15).

Especial mención merece Febe, que probablemente es la portadora de la carta a los Romanos, de la cual Pablo dice que es "diaconisa de la Iglesia de Cencrea", y pide que la ayuden "en todo lo que sea necesario, puesto que ella ayudó a muchos y entre ellos a mí", dice él. En el sentido paulino, el diácono era responsable de una Iglesia, con el oficio de misionar y enseñar.

Por Pablo sabemos también que diversos apóstoles y el mismo Cefas misionaban acompañados de "alguna mujer hermana" (1 Cor 9,5).

O sea, que en tiempo de Pablo diversas mujeres aparecen colaborando con él en la enseñanza, como misioneras itinerantes o responsables de una Iglesia, como apóstoles y diáconos. Y Pablo las estima y se alegra de ello.

El movimiento de Jesús había producido una verdadera revolución en lo referente a la dignificación de la mujer. San Pablo nos trasmite la gran proclama de este movimiento misionero, anterior a él:"Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre quien es esclavo y quien es hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer. Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús" (Gál 3,28). Es ésta una magnífica expresión del entusiasmo de entrada en una nueva forma de existencia, tan distinta a la de la sociedad de entonces... Muchas mujeres entraron entusiasmadas en el cristianismo, pues en él encontraban posibilidades de participación y protagonismo, cosas que les eran negadas en otros ambientes.

En América Latina también hoy la mujer comienza a tener una participación importante en la actividad pastoral. Las potencialidades dignificadoras y liberadoras de Jesús van creciendo hoy también en este aspecto. Ciertamente la presencia femenina, activa y responsable, dentro de la pastoral, está danto un aporte específico a la marcha de la Iglesia Latinoamericana, aporte que debe crecer y desarrollarse.
Dentro de la cultura de aquel tiempo, la mujer no podía participar de la vida pública. Ahí no había lugar para ella. La función de la mujer estaba en el recinto interior de la casa, en la vida de familia. Y ahí, de hecho, ella coordinaba, era la dueña de la casa. Por tanto, en la iglesia ella sólo podría tener lugar y participación, si la iglesia funcionase en el interior de las casas.
Ahora bien, las comunidades fundadas por Pablo se reunían en las casas del pueblo. Por eso son llamadas Iglesias Domésticas. En casi todas las iglesias domésticas mencionadas en las cartas de Pablo aparece el nombre de una mujer, en cuya casa la comunidad se reúne: en la casa de la pareja migrante Priscila y Aquila, tanto en Roma (Rm 16,5), como en Corinto (1Cor 16,19); en la casa de Filemón y Apia (Flp 2); en la casa de Lidia en Filipo (Hch 16,15); en la casa de Ninfa en Laodicea, que llegó a recibir una carta de Pablo, carta que no se ha conservado (Col 4,15); en la casa de Filólogo y Julia, Nereo y su hermana y de Olimpas (Rm 16,15). Por tanto, a través de la creación de las iglesias domésticas, Pablo abrió el espacio para que las mujeres pudieran ejercer la función de coordinadora en las comunidades.
Para valorar el alcance y la novedad de esta iniciativa de Pablo, conviene recordar lo siguiente. En aquel tiempo los judíos no permitían que se formasen comunidades o sinagogas sólo de mujeres. Exigían que, como mínimo, hubiera diez hombres, para que se pudiese formar una comunidad. Por esto no había sinagoga en Filipo, ya que allá había un grupo solamente de mujeres. Estas se reunían fuera de la ciudad para rezar (Hch 16,13). Pablo tuvo el coraje de transgredir la costumbre de su propio pueblo y permitió que el grupo de mujeres de Filipo formase una comunidad (Hch 16,13-15).
Este es el contexto más amplio de la vida y del trabajo de Pablo. Acabamos de ver los dos lados de la balanza. Si tuviésemos sólo aquellos cuatro duros textos, diríamos: Pablo es totalmente contrario a la participación de la mujer en la comunidad. Y si tuviésemos sólo estos otros textos, tendríamos exactamente la idea contraria. Conviene llegar a un equilibrio. ¿De qué manera? ¿Cómo evaluar los dos lados? ¿Cuál de ellos debe pesar más en la balanza?
Aquí conviene recordar algo muy importante. Aquellas palabras duras, contrarias a la participación de la mujer, Pablo no las formuló como doctrina universal a ser aplicada tal cual en todos los tiempos. Al contrario. Fueron formuladas como consejos ocasionales para resolver el problema bien concreto de una determinada comunidad. A título de ejemplo, vamos a ver de cerca el problema que provocó uno de aquellos cuatro textos, el más difícil de ellos.

Jesús y las mujeres
El que no sabe lo que fue realmente la relación de Jesús con las mujeres, ni conoce a Jesús, ni comprende su mensaje. En estos días, en que nos invade el recuerdo de la Madre de Jesús, es importante celebrarlo bajo el lema de la dignificación de la mujer que realizan Jesús y María.

Para conocer la actitud de Jesús ante la mujer es imprescindible conocer las costumbres de aquella sociedad, ya que Jesús les dio un trato diametralmente distinto al del machismo reinante en su época.

Afirma un rabino de entonces: "Se compra a la mujer por dinero, por contrato o por relaciones sexuales. Se compra al esclavo pagano por dinero, por contrato o por toma de posesión. Así pues, ¿hay alguna diferencia entre la adquisición de una mujer y la de un esclavo? No".

La mujer no podía gozar de los ingresos proporcionados por su propio trabajo. Si encontraba algo, lo hallado era propiedad de su padre o marido. No se le permitía administrar ninguna clase de bienes. El padre podía vender como esclava a su hija menor de edad. No podían decidir nada ellas solas. Sólo el padre o el marido la podían representar jurídicamente. Los textos de la época indican hasta la cantidad mínima que tenían que tejer o hilar durante la semana. El marido podía hasta imponerles votos religiosos...

No debían ausentarse de la casa. Y si se veían obligadas a salir, tenían que guardar el anonimato más completo, por lo que se cubrían la cara con un doble velo, por encima y por debajo de los ojos. Nadie les podía dirigir la palabra por la calle, ni siquiera para saludarlas, ni aun su propio marido. Podían ir a la sinagoga, pero se quedaban como encerradas en un lugar aparte; y por muchas mujeres que asistieran, los oficios religiosos no se podían celebrar hasta que estuvieran presentes diez hombres adultos.

Nunca se les podía admitir ante un tribunal como testigos, ni desempeñar ningún tipo de función oficial, civil o religiosa. No podían protestar si su marido se casaba con otra o tenía relaciones sexuales con soltera o con prostituta. Pero si ella le era infiel, era condenada a morir a pedradas.

El marido podía divorciarse de su esposa por cualquier motivo, aunque fuera simplemente porque no le gustara más, o porque se hubiera vuelto fea o antipática. Había algunos fariseos que defendían que era lícito divorciarse hasta porque un día a la esposa se le hubiese quemado la comida.

Jesús tiene un comportamiento totalmente contrario a las costumbres de su época. Él trató con el mayor respeto y con suma delicadeza a todas las mujeres con las que trató.

Aunque se prohibía hablar con mujeres en la calle, Jesús conversaba tranquilamente con ellas en público. Hasta se hizo acompañar por un grupo de mujeres, cosa inaudita en un predicador de aquel tiempo. Aun a las prostitutas las trataba con cariño, defendiéndolas y ayudándoles a salir de su pecado.

Maravillosa es la actitud de Jesús cuando los maestros de la ley le traen a una mujer encontrada en fragante adulterio (Jn 8). Ellos le proponen la pena de muerte para la acusada, según lo mandaba la ley. Pero Jesús no aguanta su hipocresía. ¿Dónde estaba el hombre? ¿Por qué acusar solamente a la mujer? Les pide que el que esté sin pecado arroje la primera piedra. Y, empezando por los más viejos, todos se marcharon. Y dialoga con ella: "Mujer, dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?... Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar en adelante".

En un intento de acercamiento y diálogo, Jesús va a comer a casa de un fariseo. Y en medio de aquella comida, seguramente un tanto tensa, se presenta una mujer "conocida como pecadora", que se echa a sus pies y se pone a llorar sobre ellos, los besa, los seca con sus cabellos y se los unge con perfume. Jesús ve en la mirada del fariseo todo lo sucio que está pasando por su mente. Y ante aquel ambiente embarazoso, no se excusa lo más mínimo, sino que defiende plenamente a aquella mujer, explicando que sus numerosos pecados le son perdonados "por el mucho amor que demostró". ¡Maravilloso!

Podríamos relatar otros ejemplos más, como la curación de aquella mujer que sufría una hemorragia por largos años: "Animo, hija" (Mt 9,20-22). O la curación de la suegra de Pedro (Mt 8,14s). O la defensa que hace frente a las críticas de Judas de la mujer que le derramó un perfume costoso (Mt 26, 7-13).

Por todo ello no es de extrañar que varias mujeres formaran parte de su comunidad y que ellas fueran las primeras testigos de su cruz y su resurrección. La dignificación de la mujer que hizo Jesús fue total; y ello es mucho más de notar conociendo el machismo ambiental de su época. Por eso los primeros cristianos proclamaron con claridad el ideal aprendido de Jesús: "Ya no hay diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús" (Gál 3,27s).

Él dejó bien claro que todas las mujeres, aun las más despreciadas, gozan de una absoluta dignidad, igual que cualquier varón. Todos somos por igual hijos queridos de Dios.

Todavía, a nuestro mundo de hoy, le falta mucho para llegar a vivir la plenitud del mensaje de Cristo... En nuestra sociedad sigue reinando el machismo, a veces hasta en formas enmascaradas. Ninguna forma de marginación o desprecio de la mujer es digna de un seguidor de Jesús.

Recomiendo, para profundizar el tema, el libro, recientemente publicado, de Mabel Gauto de Bellassai, titulado: "Jesús, admirador de las mujeres".


¿Sacerdocio femenino?
En esta temporada se opina con frecuencia a favor y en contra del sacerdocio de la mujer. Y a veces hasta se caldean los ánimos. Me han tanteado mi opinión y me siento llamado a sincerarme…

¿Se opone la Biblia al sacerdocio de la mujer? ¿Es cierto que Jesús estuvo en contra? ¿Por qué nunca ha habido mujeres católicas sacerdotes? ¿Es verdad que el Papa ha cerrado todas las puertas?

Mirado desde la fe, constatamos que Dios, en contra del cruel machismo reinante, puso en marcha en la Biblia una dinámica progresiva de dignificación de la mujer. Pero a pesar de este proceso realizado a lo largo de la historia de Israel, en tiempo de Jesús el machismo ambiental y legal era aun terrible.

Las mujeres eran profundamente despreciadas, a todos los niveles. Eran propiedad absoluta del padre o del esposo. No podían ejercer cargos públicos, ni poseer legalmente ningún tipo de propiedad, a no ser en caso de viudez. La mujer casada se veía reducida al círculo estrecho de su casa; si salía a la calle no podía saludar a nadie, ni siquiera a su propio marido. Los padres le elegían marido, y éste podía divorciarse por cualquier motivo; según algunos, hasta por un día que por descuido se le quemara la comida. No se daba ninguna importancia a sus rezos. Y jamás una mujer desempeñaba cargos religiosos.

En este ambiente vive y predica Jesús. Y él jamás tiene o acepta el más mínimo gesto de desprecio a ninguna mujer. De un golpe, en contra de su clima ambiental, Jesús dignifica totalmente a la mujer. Hay abundantes testimonio de su actitud. En Samaría dialoga largamente y acepta la hospitalidad y la propaganda de una mujer de “mala fama”, hasta el punto que sus mismos apóstoles se escandalizan. Se solidariza con aquella que querían apedrear por haber sido encontrada en adulterio: “el que esté sin pecado…”. Defiende a la que se postró a sus pies llorando y besándolos, durante una comida de diálogo con un fariseo. Y en su comitiva iban mujeres, aun mujeres casadas, que le acompañaban a todos lados. Varias de ellas formaron parte de su comunidad y fueran las primeras testigos de su cruz y su resurrección.

¿Por qué, entonces, no las hizo apóstoles, al igual que a los varones? Si su comportamiento escandalizó tanto, que lo mataron apenas a los tres años de su predicación, ¿cuánto menos hubiera durado si hubiera mandado a mujeres a predicar? Y, además, nadie les hubiera hecho caso. En Jesús está patente una actitud de total dignificación de la mujer. Pero las circunstancias fuertemente machistas de su época no le permitieron ir más lejos en su comportamiento histórico. La sociedad no estaba aun preparada para tanto cambio. Mucho ya era que algunas mujeres formaran parte de su comunidad y sus correrías apostólicas; y que las defendiera siempre de toda discriminación o desprecio…

De hecho, en las primeras comunidades cristianas encontramos mujeres desarrollando actividades pastorales, que el mismo Pablo estima y alienta, muy a contramano de las costumbres de entonces.

La redención de Jesús alcanza horizontes tan amplios, que estamos aun lejos de alcanzarlos. Permanecen todavía latentes muchas de las potencialidades que puso en marcha Jesús. Nuestro mundo está lejos de vivir a plenitud sus propuestas alternativas. A través de la historia se irán actualizando.

Creo que éste es el caso del sacerdocio de la mujer. Por supuesto que llegará a haber mujeres sacerdotes. Negar esta posibilidad sería negar la fuerza dignificadora de Cristo resucitado.

¿Pero ya llegó esa hora? El Papa piensa que no. Respeto su decisión temporal. Pero la fuerza transformadora de Cristo seguirá actuando y llegarán otros tiempos; y otros Papas también… El pueblo de Dios irá madurando y alcanzando nuevas metas en su caminar hacia la plenitud de Cristo.

Ciertamente en el mundo actual está en marcha un serio proceso de dignificación de la mujer. En ello veo actuante la fuerza de la resurrección de Cristo. Pero personalmente pienso que quizás no ha llegado aun la hora del sacerdocio femenino. ¿Saben por qué? Porque me parece que aún no hay suficiente madurez como para que las mujeres instauren un sacerdocio auténticamente femenino. Ellas tienen algo específico que dar a la Iglesia. Algo que la Iglesia necesita vitalmente. Y si ya alcanzaran el sacerdocio parece que copiarían demasiado el estilo de los sacerdotes actuales, como por desgracia se está viendo en las anglicanas. No se trata de copiar lo que hacen los varones, sino de crear algo nuevo, con claro cuño femenino. La Iglesia machista no parece estar aun suficientemente dispuesta a recibir este aporte.

Además, la mujer ya está dando su ayuda específica a la Iglesia desde multitud de religiosas y laicas comprometidas. Ellas cada vez tienen más éxito en pastoral, por su entrega generosa, su sintonía con los problemas, su tacto y delicadeza. Está en marcha un serio proceso de formación de multitud de mujeres consagradas. Ellas van creando una pastoral alternativa, una nueva forma de ser Iglesia, con un estilo más femenino… Sus aportes crecientes son ya una gran esperanza... ¡Y seguirán creciendo!

Dignificación de la mujer
Jesús dignifica a la mujer

En primer lugar, los evangelios dicen con claridad que en el grupo de discípulos que acompañaban a Jesús había mujeres (Lc 8,2-3).

Lucas nos dice que este grupo de personas iba con Jesús caminando de pueblo en pueblo y de aldea en aldea (Lc 8,1).

Se puso a defender a la pecadora y a reprochar, en su propia casa, al señor respetable que lo había invitado a comer (Lc 7,44-47). Donde todos ven una pecadora, él percibe a una mujer que sabe amar; y donde todos ven a un fariseo santo, él ve dureza de corazón (Lc 7,36-50).

Jesús, en función de su proyecto liberador, quebranta los tabúes de la época relativos a la mujer. Mantiene una profunda amistad con Marta y María (Lc 10,38). Conversa públicamente y a solas con la samaritana, conocida por su mala vida, de forma que sorprende incluso a los discípulos (Jn 4,27). Defiende a la adúltera contra la legislación explícita vigente, discriminatoria para la mujer (Jn 7,53-8,10). Se deja tocar y ungir los pies por una conocida prostituta (Lc 7,36-50).

Son varias las mujeres a las que Jesús atendió, como la suegra de Pedro (Lc 4,38-39), la madre del joven de Naín (Lc 7,11-17), la mujer encorvada (Lc 13,10-17), la pagana sirofenicia (Mc 7,24-30) y la mujer que llevaba doce años enferma (Mt 19,20-22).

En sus parábolas aparecen muchas mujeres, especialmente las pobres, como la que perdió la moneda (Lc 15,8-10) o la viuda que se enfrentó con el juez (Lc 18,1-8).

Jamás se le atribuye a Jesús algo que pudiera resultar lesivo o marginador de la mujer. Nunca pinta él a la mujer como algo malo, ni en ninguna parábola se la ve con luz negativa; ni les advierte nunca a sus discípulos de la tentación que podría suponerles una mujer. En el camino de la cruz lo seguían muchísima gente, especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él (Lc 23,27). Al pie de la cruz estaba su madre y la hermana de su madre, y también María, esposa de Cleofás y María de Magdalena (Jn 19,25). Algunas de ellas fueron las primeras en participar del triunfo de la resurrección (Mc 16,1).

Actividad pastoral de la mujer en las primeras comunidades

Las mujeres desempeñaron en las primeras comunidades cristianas algunas actividades importantes en el anuncio y en la práctica de la fe. Son muchas las mujeres que, en lenguaje paulino, trabajaron duro por el Señor (Rom 16,12).

Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de Lidia (Hch 16,14-15), negociante de púrpura, la primera convertida en Filipo, muy activa en la comunidad. Mencionan también a Dámaris, (17,34), a algunas profetisas (21,9), y a unas que confeccionan ropa para los pobres (9,36-37).

Pablo revela a través de sus cartas que diversas mujeres participan activamente en el movimiento cristiano, al mismo nivel que los varones, y ejercen funciones misioneras, de enseñanza y de liderazgo de las comunidades.

Conocemos a Ninfa que, junto con Filemón y Arquipo, eran líderes de una iglesia en su casa (Col 4,15). Evodia y Síntique son dos mujeres importantes en la actividad pastoral de Filipo. Pablo les pide que se pongan de acuerdo, puesto que lucharon conmigo al servicio del Evangelio (Flp 4, 2-3).

Priscila, con su marido Aquila, son los jefes de una iglesia en Efeso primero (1 Cor 16,19) y en Roma después (Rom 16, 3.5). Este matrimonio precedió a Pablo en la tarea misionera y colaboró con él en diversas partes, pero nunca estuvo subordinado a él. Se les menciona siete veces y en cuatro ocasiones se nombra primero a la mujer. Además, Priscila siempre es nombrada por su nombre y no por el de su marido, señal de que era muy conocida en su actividad pastoral. Era mujer instruida, pues intervino en la enseñanza cristiana de Apolo, que era un hombre muy culto (Hch 18,26).

En Romanos Pablo saluda a María, Trifena, Trifosa y Perside, de las que dice que han trabajado mucho en el Señor (Rom 16, 6.12). Saluda a la madre de Rufo, que ha sido para mí como una segunda madre (Rom 16,13). De una mujer, Junías, junto con su marido Andrónico, dice Pablo que son compañeros de cárcel, apóstoles notables y se entregaron a Cristo antes que yo (Rom 16,7). Saluda a otras dos parejas, Folólogo y Julia, Nereo y su hermana, que seguramente son también misioneros (Rom 16,15).

Especial mención merece Febe, que probablemente es la portadora de la carta a los Romanos; de ella Pablo dice que es diaconisa de la Iglesia de Cencrea, y pide que la ayuden en todo lo que sea necesario, puesto que ella ayudó a muchos y entre ellos a mí, dice él. En el sentido paulino, el diácono era responsable de una Iglesia, con el oficio de misionar y enseñar.

Por Pablo sabemos también que diversos apóstoles y el mismo Cefas misionaban acompañados de alguna mujer hermana (1 Cor 9,5).

O sea, que en tiempo de Pablo diversas mujeres aparecen colaborando con él en la enseñanza, como misioneras itinerantes o responsables de una Iglesia, como apóstoles y diáconos. Y Pablo las estima y se alegra de ello. Tanto es así, que hoy día hay quienes designan a San Pablo como promotor de la actividad pastoral de la mujer.

Igualdad de la mujer

El movimiento de Jesús había producido una verdadera revolución en lo referente a la dignificación de la mujer. San Pablo nos trasmite la gran proclama de este movimiento misionero, anterior a él: Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre quien es esclavo y quien es hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer. Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús (Gál 3,28). Es ésta una magnífica expresión del entusiasmo de entrada en una nueva forma de existencia, tan distinta a la de la sociedad reinante... Muchas mujeres entraron entusiasmadas en el cristianismo, pues en él encontraban posibilidades de participación y protagonismo, que les eran negadas en la sociedad en general.
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