Acaso al amigo lector le gustará conocer la historia de este libro. Cuando era yo niño acompañaba a mi padre por tierras de Yucatán. Mientras mi padre realizaba






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19

Aún no era el alba cuando repicaron en la iglesia de Cisteil.

El Padre Matías se incorporó sorprendido, se calzó las alpargatas, se ciñó la sotana y salió a la calle para ver qué era aquello.

Cuando llegó a la iglesia, se encontró con un nuevo párroco posesionado del lugar. El sacristán sonreía. El nuevo párroco, rollizo, de acento cerrado, explicó que el señor

Obispo ya no quería tolerar los desórdenes de la iglesia de Cisteil.

El sacris tán sonreía. Quebrado por el canto de los gallos se oía el repique de las campanas. El Padre Matías huyó a Sibac y Canek lloró su ausencia.

20

A ras de tierra soplaba un vientecillo se co, cálido. Empujaba

los rastrojos y las briz nas del campo. Ardía el cielo y bajo el

sol las ramas se quebraban sin savia. En la lejanía, siempre

invisible, las tortolitas decían, medrosas, su canto. Las bestias

que movían la noria yacían tumbadas sobre las baldosas del

patio. Tenían el vientre hinchado como si estuvieran muertas.

Las moscas reverdecían, lustrosas, sobre sus llagas. En las albarradas mostraban su acecido, desorbitados sus ojillos, las iguanas. Desde arriba, algunos zopilotes, en círculos lentos, oteaban el páramo.

Un indio llegó con su hijo desmayado. Ni en el pozo ni en la acequia había agua para mojarle las sienes. Canek empujó el cancel de la Parroquia. Un vaho de humedad le endulzó la cara y la respiración, tomó con sus manos el agua bendita y roció la carita del niño.

21

Llegaron al pueblo los chicleros. Llega ron seis. Todos, hasta los vivos, estaban muertos. Canek los recogió y, para no lasti - mar sus llagas, los envolvió en hojas de plátano.

El amo apuntó: cien arrobas de chicle.

Canek 71

22

Sacaron de la cárcel a los indios que estaban presos y los llevaron a las canteras. Allí los obligaron a romper piedras. Los mazos caían sobre las lajas. Cuando la fatiga dejaba los brazos nacidos, el látigo del capataz hería las espaldas de los indios. Los mazos volvían a caer sobre las lajas. De pronto, el más anciano de los indios se dobló desfallecido. El capataz le golpeó las costillas. Canek se adelantó y acogotó contra las piedras al verdugo. Volvieron a caer los mazos sobre las lajas. Saltaban astillas rojas.

23

El herrero de la hacienda se acercó al nuevo amo y le dijo:

—Señor, ya está terminado el hierro pa ra marcar a las bestias.

¿Hago otro para mar car a los indios?

El amo contestó:

—Usa el mismo.

Canek rompió el hierro.

24

El notario asentó en su protocolo; la hacienda se adjudica por tantos dineros, con sus tierras, aguajes, bestias, indios y aparejos, tal como se indica al margen. La nueva marca de las bestias y de los indios será fijada por el comprador. Canek huyó con los indios. y fueron matados los huérfanos, los desamparados y las viudas que vivían sin fuerza para vivir.

Del Libro de los antiguos dioses mayas
1

En la Conjunta del gremio de alarifes devo tos de San Antonio,

Canek dijo:

—Del dinero que se gasta en velas y en inciensos, ¿por qué no tomamos algo para curar a los enfermos?

Un tratante blanco gritó:

—Mejor compramos alcohol.

Los indios se emborracharon. En la borrachera hubo una disputa y el tratante, que vendía aguardiente, fue muerto.

Canek, lleno de ira, rompió la imagen de San Antonio.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

2

Los cerdos de la hacienda donde vive Canek rompieron la barda de su chiquero y se escaparon. Ensuciaron el viento y el camino con el olor de sus panzas y el polvo de sus patas.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

3

Los indios de Sayil apedrearon los bandos en que se anunciaba que el tributo personal sería aumentado. El alguacil salió herido y un indio aporreado. En represalia, mientras los tenientes de la hacienda exigían el nuevo tributo, el Regidor de Justicia y Alcabalas mandó instalar un garrote. Lo mandó instalar sobre un tablado en el atrio de la iglesia. Deshicieron un altar para construirlo.

El pueblo comentó, medroso, la amenaza. Sin embargo, cuando amaneció había en el cadalso dos animales muertos; en el garrote una paloma y en la rueda del verdugo, una gallina.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

4

Las tropas blancas aprehendieron a uno de los mozos de la hacienda. Maniatado lo llevaron al cuartel. El coronel le acogió con zalamerías y le colmó de presentes. El indito, alma niña, quedó aturdido. Regresó a la ha cienda hecho un pimpollo.Olía a rosas de Castilla. Canek le atajó y le hizo ver su engaño:

—No digas a los indios lo que te han hecho creer los blancos.

El mozo no creyó en Canek. Al día si guiente su cuerpo apareció junto al cuartel de los blancos. A su lado estaba un hatillo con la ropa y las preseas que le habían dado.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

5

Ya anochecido y por un atajo llegaron al pueblo Ramón

Balam y Domingo Canché. Escapaban de la matanza que los blancos ha cían entre los indios. Balam había recibido un machetazo en la espalda y sangraba. Jacinto Canek les dijo:—

Ya se cumplen las profecías de Nahua Pech, uno de los cinco profetas del tiempo viejo. No se contentarán los blancos con lo suyo, ni con lo que ganaron en la guerra. Querrán también la miseria de nuestra comida y la miseria de nuestra casa.

Levantarán su odio contra nosotros y nos obligarán a refugiarnos en los montes y en los lugares apartados. Entonces iremos, como las hormigas, detrás de las alimañas y co meremos cosas malas: raíces, grajos, cuervos, ratas y langostas del viento.

Y la podredumbre de esta comida llenará de rencor nuestros corazones y vendrá la guerra.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

6

Los soldados penetraron en las chozas de los indios amigos de

Canek. Si el indio te nía un machete colgado de la pared, de un porrazo lo tendían muerto. Si el indio no te nía un machete colgado de la pared, de un porrazo lo tendían muerto.

Canek 77

El capitán explicaba:

—En algún lugar lo debe tener.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

7

Saltó el viento sobre la serranía del Petén; se derramó por la selva, arrastrando consigo las miasmas de los lagos y los rastro - jos y el polvo de las eras; doblegó los maizales; y cayó deshecho,agrio y denso, en la sabana de Sibac y en las arenas negras de la playa de Motul. Entre los cipreses, altos y ciegos, se oía el nombre de Canek.

Los blancos gritaron:

—¡Se han sublevado los indios!

8

El mensaje de guerra que Canek envió a los pueblos de Yucatán, no estaba escrito. Balam, Canché, Pat, Uk, Pech y Chi sólo llevaban en las manos la sangre de los indios asesinados por los blancos.

9

Ante la insidia de los blancos, Canek convocó a los indios semaneros.

Sin hablarles, les señaló una mesa donde había armas y pan.

Unos tomaron un pan. A éstos les dio un arma y les dijo que defendieran sus casas. Otros tomaron un arma. A estos les dio un pan y les dijo que defendieran las trincheras. Otros tomaron un arma y un pan. A éstos, como los viera con señales de cautela, les or denó que fueran capitanes.

10

Mientras duró la danza del Chacmol, Canek repartió entre los indios conjurados las armas que había recibido del Oriente. Uno de los indios dijo:

78 Literatura

—Son pocas.

Canek respondió:

—Las demás las tienen los blancos.

11

Después de prevenirse contra el ataque de los blancos, Canek pensó en Guy. En se guida subió a los árboles. Los nidos que en contró los puso a salvo en los aleros de la parroquia.

Los pájaros, dóciles, revolotearon entre sus manos.

12

El pueblo está en guerra. En el horizonte se encienden las ramas del viento. Se oyen en el aire los tunkules, las icoteas

y los gritos de los indios en armas. Las tropas blancas llegaron al pueblo. El pueblo estaba en silencio, vacío, y

en la distancia se oía el rumor de la guerra: el golpe de los tunkules, de las icoteas y los gritos de los indios en ar mas.

Las tropas blancas cayeron sobre el pueblo vecino. El pueblo estaba en silencio, y en la distancia se oía el rumor de la guerra: el golpe de los tunkules, de las icoteas y los gritos de los indios en armas. Las tropas blancas cayeron sobre el pueblo vencido. El pueblo estaba en silencio, vacío, y en la distancia se oía el rumor de la guerra: el golpe de los tunkules, de las icoteas y los gritos de los indios

en armas. El nombre de Canek era voz y eco en la sombra.

13

Los esbirros llegaron de madrugada al pueblo de Cisteil.

Las casas estaban desiertas; por las calles vagaban, aullando, los perros que perdieron a sus dueños. Los es birros untaron de brea los techos de las casas. Cuando amaneció sólo humeabanlas ruinas. Un vaho de agua quemada, agria, verde y gruesa, se sentía en el aire. Después talaron los puntales y arrancaron los cimientos y derramaron sal en los montes, y cegaron los pozos y mataron las palomas que regresaban a sus palomares.

Cuando por la noche se alejaron los es birros, detrás de ellos, como una sombra blanca, adensada en las tinieblas, caminaba Jacinto Canek.

14

En Tiholop aprehendieron a unos indios que de rodillas decían el nombre de Canek. En Tixcacal aprehendieron a unos indios que de pie decían el nombre de Canek. En Sotuta aprehendieron a unos indios que, en silencio, decían el nombre de Canek.

15

El rancho de San José, porque dio asilo a Canek, fue incendiado por los blancos. Un capitán quiso dejar salir a los indios.

Pero otro capitán le dijo:

—Déjalos dentro. El indio quemado ha ce buen abono.

16

En la paramera soledad de Sibac no hay piedras para levantar una trinchera. En el horizonte rojo se adivina la presencia de los blancos. Canek, desnudo, con los pies clava dos en el suelo, se dispone a resistir. El Padre Matías contempla la capilla que con sus manos estaba fabricando. La derriba y amontona las piedras en el camino. Le ha dado un plazo a la muerte.

17

La tía Micaela no ha querido huir. Se ha quedado para enterrar a los muertos. Con sus lágrimas les limpia la cara.

Con sus manos empuja los cuerpos negros. Para que la tierra de las zanjas no caiga sobre los ojos, se los cubre con hojas de yantén. Entre los cuerpos busca el de Canek, y como no le encuentra sonríe.
18

Del rancho de San Joaquín regresaron las tropas blancas que perseguían a Canek. Un capitán dijo:

—Traigo un hato de cincuenta bestias.

Otro capitán dijo:

—Sólo cuento veinte.

—El número se completa con indios.

19

Canek lo sabe: en la plaza de Cisteil las piedras se desangraban junto a los indios muertos. Para las piedras y para los indios la plaza fue un campo de batalla. Para los blancos la plaza de Cisteil fue un circo.

20

Canek lo pensó pero no lo dijo. Los in dios que estaban cerca de él lo adivinaron. En el momento del ataque, los indios delanteros tenían que esperar que el enemigo hi ciera fuego. Entonces los indios de atrás avanzaban caminando sobre sus muertos.

21

El Gobernador de la providencia comunicó a quien debía que la rebelión de los in dios fue cruel y que sus jefes despreciaron, llevados de sus instintos animales, la fe, la razón y las costumbres cristianas; y que por esto y, como escarmiento aconsejado por la prudencia, se procedía a castigar a los pro motores con energía acorde con la caridad.

Cuando terminó su informe, el Gobernador preguntó a uno de sus edecanes:

—¿En dónde está ese pueblo rebelde que llaman Canek?

El edecán salió a investigar.

22

Francisco Ux, señor de Tabi, cuando lo aprehendieron, dijo que él era Canek y se dejó amarrar junto a una hoguera. Murió quemado.

23

En la sabana de Sibac los esbirros aprehendieron a Canek y a sus amigos. Uno de los esbirros, de nombre Malafacha, le ató las manos.

—Capitán —dijo Canek—, le va a faltar cordel.

Malafacha torció el nudo.

—Es inútil, capitán —añadió Canek—, le va a faltar cordel para atar las manos de to do el pueblo.

Canek sonrió. La sangre escurría de sus manos como una llama dócil.

24

Los dragones regresaron cantando canciones devotas. Detrás de ellos, atados con cadenas, cubiertos de polvo y de sangre, arrastrando los pies, caminaban los indios prisioneros en Sibac.

Delante de los indios, Canek parecía un escudo y una bandera: el pecho cubierto de sangre y el cabello agitado por el viento.

25

Los indios aprehendidos fueron azota dos en la cárcel. Los soldados que custodiaban a Canek dejaron de hablar: en las espaldas de Canek aparecieron las estrías de los cintarazos.

26

Los jueces acordaron cortar una mano a Domingo Canché.

El verdugo, acostumbra do a matar por la espalda a los indios, en presencia de Canché tuvo miedo y de las manos se le cayó el machete. Lo recogió Canché y, de un tajo, se cercenó la mano. Luego se la entregó al verdugo.

27

Para que el alma de Ramón Balam llegara más pronto al infierno, el verdugo le ahorcó con un cordel empapado de aceite.

Como no había aceite en el cuartel, usó el aceite del altar. En el silencio de la tarde, el cuerpo de Balam olía a incienso. Una paloma durmió en el hueco de sus hombros.
28

Fray Matías fue bueno con Canek. Fray Matías le visitó en la cárcel, conoció su inocencia y le hizo quitar los grillos. Mientras Canek recordaba al niño Guy, Fray Matías lloraba sobre las rodillas del indio.

29

Cuando Jacinto Canek subió al patíbulo los hombres bajaron la cabeza. Por eso nadie vio las lágrimas del verdugo, ni la sonrisa del ajusticiado. En la sangre de Canek, la sangre de la tarde era blanca. Para la gente los luce ros eran de sal y la tierra de ceniza.

30

En un recodo del camino a Cisteil, Canek encontró al niño Guy. Juntos y sin hablar siguieron caminando. Ni sus pisadas hacían ruido, ni los pájaros huían delante de ellos. En la sombra sus cuerpos eran claros, como una clara luz encendida en la luz. Siguieron caminando y cuando llegaron al horizonte empezaron a ascender.




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