Acaso al amigo lector le gustará conocer la historia de este libro. Cuando era yo niño acompañaba a mi padre por tierras de Yucatán. Mientras mi padre realizaba






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25

Canek dijo:

—Luis de Villalpando, Juan de Albalate, Ángel Maldonado, Lorenzo de Bienvenida, Melchor de Benavente y Juan de Herrera fueron los hombres buenos de San Fran cisco que llegaron a estas tierras, en épocas remotas, para predicar el bien y desterrar el mal. Lucharon, no contra los indios que los recibieron con alma cándida y les dieron po sada en su corazón y en su choza, sino contra el blanco que era duro de entraña y sordo de espíritu. Digamos los nombres de esos hombres buenos, como se dice una oración. Los indios, en voz baja, repitieron los nombres: Villalpando, Albalate, Maldonado, Bienvenida, Benavente, Herrera.

26

Canek dijo:

—Para el espíritu del hombre vale más un vicio limpio que una virtud sucia. El vicio limpio puede ser una energía redimible. Hay en él, guardado, un acto de valor. En cambio la virtud sucia supone siempre un ánimo débil. Con seguridad un acto de cobardía.

27

Canek dijo:

—Unos prefieren el ideal: otros la reali dad. De esto resulta una discordia que encona los espíritus. Nunca los hombres concilian sus opiniones. A lo más que llegan es a soñar la realidad o a vivir el ideal. Y la diferencia del apetito subsiste. Pero el hombre de estas tierras debe ser más exigente y más humano; debe querer la mejor realidad; la posible, la que madura y crece en sus manos. Esto será como vivir el ideal de la realidad.

28

Canek dijo:

—Una vez, allá en los años que fueron, enterraron a un niño y a un venado. Los enterraron juntos porque habían vivido como amigos. Cerca del lugar pasaba, en silencio y soledad, un pedazo de río: de esos que ahora caminan, tímidos, debajo de la tierra. Así nació un árbol blanco, verde y tierno, como hecho de plata y lluvia. Debajo de sus ramas las madres oían las voces de sus hijos muer tos, y junto a sus raíces los viejos sentían el aliento de sus animales perdidos. Este árbol respiraba dulzura. Los indios le llamaban el árbol bueno de la Ceiba.

29

Canek dijo:

—Todos los seres, por el hecho mismo de serlo, tienen atributos,

expresiones de su esencia, voces que revelan su origen

y condición. El atributo de los seres no es un ador no ni una cualidad que viene de fuera, al acaso. Su atributo es como la emanación del agua que hierve; es agua y no es agua. Así el atributo del mar es el orgullo; el atributo del sol, la autoridad; el atributo del hombre, la dignidad.

30

Canek dijo:

—Nunca te enorgullezcas de los frutos de tu inteligencia.

Sólo eres dueño del esfuerzo que pusiste en su cultivo; de lo que logra, nada más eres un espectador. La inte ligencia es como un flecha: una vez que se aleja del arco, ya no la gobierna nadie. Su vuelo depende de tu fuerza, pero también del viento y, ¿por qué no decirlo?, del destino que camina detrás de ella.

31

Canek dijo:

—Dicen que el cuerpo es como el armario donde se guarda el alma. Está bien. Sin embargo, a veces, el alma es tan grande que el cuerpo, como grano de anís, se guarda en el alma.

32

Canek dijo:

—Nunca tengas miedo de tus lágrimas. Ningún cobarde llora. Sólo los hombres lloran. Además, hijo, las lágrimas siempre caen de rodillas.

33

Canek dijo:

—En la fe el espíritu descansa; en la ra zón vive; en el amor goza; sólo en el dolor adquiere conciencia.

34

Canek dijo:

—¿Qué edad tienes?

El indio contestó:

—Cuando nací no había pasado la langosta.

Canek volvió a preguntar:

—¿Cuándo pasó la langosta?

El indio contestó:

—Después de que nací.

35

Canek dijo:

—Zamná se durmió sobre una rosa; Kukulcán se deshizo, como una nube, en el horizonte. El nombre de Zamná lo dice la luna; el de Kukulcán lo dice el sol.

36

Canek dijo:

—Zamná representa el agua; Kukulcán, el viento. Zamná tiene entraña de madre; Kukulcán osadía de padre. Zamná juntó con sus manos el regazo de la tierra; Kukulcán sembró en ella las semillas.

37

Canek dijo:

—Dame tu mano, métela en esta jícara y dime qué sientes.

El indio contestó:

Frío.

—Es que tocaste la espalda del profeta.

Otra vez Canek dijo:

Canek 61

—¿Qué sientes?

El indio contestó:

—Caliente.

—Es que tocaste el pecho del profeta.

Y cuando Canek se iba, los hombres se quedaban con la lumbre del espíritu que fue, encendida en sus pupilas.

38

Canek dijo:

—¿Y para qué quieren libertad si no sa ben ser libres? La libertad no es gracia que se recibe ni derecho que se conquista. La libertad es un estado del espíritu. Cuando se ha creado, entonces se es libre aunque se carezca de libertad. Los hierros y las cárceles no impiden que un hombre sea libre, al contra rio: hacen que lo sea más en la entraña de su ser. La libertad del hombre no es como la libertad de los pájaros. La libertad de los pájaros se satisface en el vaivén de una rama; la libertad del hombre se cumple en su conciencia.

39

Canek dijo:

—Y no faltará enemigo que me oiga y viéndome despellejado piense que mis palabras son cosa de loco o de hombre que copia razones caídas. Al tal diré que no sabe conocer el espíritu de esta tierra que mucho tiene aprendido de los astros y mucho más olvidado de los hombres. Y le diré también un verso viejo que cierto día oí decir a mi padrino: No vale el azor menos porque en vil nido siga; ni los ejemplos buenos porque judío los diga.
La injusticia

Allí estaban cuando llegó San Bernabé, día de la ba talla de T-Hó, y se supo que los indios debían morir, por que eran herejes.

Del Libro de la conquista de los mayas
1

Cada vez está más triste y más violento el co razón de Canek.

Antes hablaba y decía su pensamiento. Ahora casi ha enmudecido; aprieta los puños y se va solo por los cami nos de espinas, de piedra y de sol. Le acom paña su sombra. En los ojos de Canek se ha encendido la sangre de los indios. La sombra de Canek es roja.

2

La caravana de las domésticas partió de Izamal y tomó el camino empedrado que descendía hasta la antigua T-Hó. En los bolanes iban las ancianas y a pie caminaban las mozas. Unos jinetes y unas monjitas las custodiaban. Los jinetes maldecían y las monjitas rezaban. Los jinetes y las monjitas arreaban la caravana cuando ésta, cansada, se detenía en el camino. Canek seguía la caravana y, de vez en vez, repartía entre las indias maíz cocido empapado de miel.

3

Sobre la tarima del matadero dos peones destazaban reses. Escurría por los cana les de ladrillo la sangre de las bestias. De pronto los peones, por causa de su intimidad, se revolvieron con fiereza, se acometieron y cubrieron de heridas.

Canek quiso tomarlos a la razón. Un matancero lo apartó diciéndole:

—Déjelos que se acaben. Así hay más sangre y la ganancia aumenta.

4

El mayocol azotó al barbero de la ha cienda. Le rajó la piel y sobre sus llagas roció vinagre. Después se tumbó como una bestia mansa para que le rasurara. La navaja en la garganta del mayocol era como un relámpago.

Canek, inmóvil, se mordía las manos.
5

Llegaron a la hacienda los hijos del amo. Eran mozos, de cara blanca. Ceceaban. Llegaron jinetes en caballos negros, de casco recio y crin brillante. Entraron a galope entre nubes de polvo. Lo primero que hicieron fue echar sus cabalgaduras por las se menteras. Lo segundo fue arrancar los ce pillos de la iglesia y feriar los dineros. Lo ter cero fue robar a la hija de Jesús Chi, el ma yoral de la hacienda. Se la llevaron lejos, hicieron burla de ella y la abandonaron en el campo. Jesús Chi, lleno de vergüenza, se ahorcó en la ventana de los

mozos.

Canek recogió a la hija: estaba cubierta de polvo, de sangre y de baba.

6

Por la senda del poniente partió uno de los hijos del amo. En las sienes le estallaba el miedo. Corría su cabalgadura y encendía chispas en las lajas del camino. Sobre la grupa iba uno de los enanos de la vieja Nohpat. El enano era pesado y frío como carapacho de tortuga. Su aliento era soplo de hielo en la cabeza del mozo. Avanzaban en la noche, como si penetraran un espacio líquido, impregnado de silencio.

El caballo, sin jinete, llegó al pueblo. Sólo Canek le tomó las riendas.

7

El amo mandó llamar a Patricio Uk y le preguntó:

—¿Es cierto que te vas a casar con Rosaura, la hija del difunto Jesús Chi?

Canek respondió por Patricio:

—Sí, señor, es cierto. Yo seré su padrino.

—¿Después de lo que aconteció con mis hijos?

Patricio dijo:

—Sí, señor.

El amo sonrió y agregó:

66 Literatura

—Haces bien. Después de todo, para qué la quieres nueva, si ni siquiera la vas a usar.

Dos dragones preguntaron por Patricio y se lo llevaron, atado de manos. Ya era sol dado.

Canek le detuvo y le dijo:

—Cásate, de todas maneras, Patricio.

8

El tiempo era bueno para la caza y el amo invitó al Alcalde a una cacería de vena do. El Alcalde se presentó en compañía de los demás señores del Cabildo. También trajeron a un coplero, a quien llamaban Barba do. El tal tenía dengues de doncella y creía que los indios eran buitres desplumados. Como en una estampa iluminada lucía arreos de caza: hondas, flechas, armas y cuernos. Una jauría les precedía. Para el ojeo engancharon a

unos indios diestros. Todo el día duró la algazara en el monte.

La comitiva regresó al caer la tarde. Regresó ahíta de alcohol.

Delante venía Canek con un indio muerto. Lo había matado una bala perdida. Detrás venían otros indios con las piezas cobradas.

El Alcalde y el amo y los señores del Cabildo caminaban sobre la sangre de las bestias y del indio.

El coplero repetía:

—Menos mal que fue un indio.

9

—Entonces —preguntó Canek al Alcalde—, ¿no se aprobó la reducción de los tributos personales que acordó la comunidad de los indios?

—No. Las necesidades de la hacienda son muchas. El Fisco es exigente.

—Pero, señor, los indios están en la mi seria; sufren hambre; todo lo han dado, na da tienen.

El Alcalde sonrió. Después de una pausa, al oído de Canek,

dijo:—

Aquí, entre nosotros, dime, ¿no tienen hijas?

10

Jacinto Canek es amigo del Padre Ma tías. El Padre Matías conoce la maldad de los hombres y la dulzura de los animales.

De su religión no ha hecho un oficio, sino una alegría. En Cisteil, donde vive, viste sayal franciscano y calza sandalias de cuero. Está al tanto de lo que acontece; regaña a los malos y

bendice a los buenos. Algunas veces, sin revelar su secreto, desliza palabras que ha oído de Canek. Una vez aconsejaba de esta manera:

—Un pastor no distingue las ovejas buenas de las malas.

Por eso no pregunta a nadie cómo son sus ovejas, antes de lanzarse contra el lobo. Así hay que defender a los in dios buenos y malos contra los blancos: lobos de estas tierras.

11

Don Chumín, el administrador de la hacienda, se atrevió a hablar al amo. Le habló con la cabeza baja y el sombrero entre las manos.

—Señor —le dijo—, las cosechas de es te año han sido buenas.

Ya se han ido los carros de algodón. Las trojes están llenas y los molinos de aceite no dejan de trabajar. En el aserradero las trozas de roble, encino y nogal se estiban hasta arriba.

—¿Y qué? —preguntó el amo.

—Señor, es que estamos en octubre y a los indios sólo se les ha entregado, a cuenta, tres varas de manta y dos alpargatas.

—Tú eres amigo, sin duda, de ese Canek.

Al día siguiente llegó a la hacienda un nuevo administrador más parco de palabras, y menos cercano a Canek.

12

Los hijos del difunto Chi —compadre de Canek— no tienen patrimonio. Del padre no han heredado sino una vaca. La vaca vi ve con ellos, al lado de ellos. De la vaca de pende la vida de los niños. Es juguete para sus travesuras; guardián para su choza; miel para sus bocas. Los esbirros llegaron a reclamar el nuevo tributo. Canek ofreció pagarlo con su trabajo. Los esbirros se rieron. Entra ron, echaron un lazo y arrastraron a la

vaca fuera del corral. El animal se resistía; hincaba la pezuña en la tierra y mugía. Los esbirros se llevaron también la vida de los hijos del difunto Chi.

13

Con cohetes y repique se anuncia la llegada del Alcalde del pueblo. Los indios cuelgan banderolas de color por los caminos.

Ellos no saben cómo se llama el Alcalde. Desde la víspera las mujeres andan en trajines de cocina, condimentando guisos, dulces y ensaladas para el Alcalde. Ellas creen que el Alcalde pertenece a la iglesia. El cura viste de gala: sombrero de teja y bastón de cedro. Al andar le rechinan los borceguíes. El no sabe nada. El amo de la hacienda ha mandado lavar la escalera que baja al ceno te. Ahí va a desarrollarse lo mejor del progra ma. El sabe su cuento. Hasta cinco rapaces, con las piernas al aire, baten agua de lejía sobre la escalera. Uno de ellos dio un traspié, cayó, se rajó la cabeza y rodó al cenote. Ante el azoro de los niños, el amo ha tenido un gesto de repugnancia por la sangre que había ensuciado otra vez los preciosos peldaños de la escalera. En los ojos de Canek había sangre; sangre de niño.

14

Domingo Pat tuvo que salir del pueblo. Su protesta contra las autoridades había provocado la ira del Alcalde. Unos esbirros le dispararon en la casa del Cabildo. El amo del lugar no le quiso dar asilo aquella noche; antes, so pretexto de que había víboras, azuzó a los perros. Pat huyó al campo y tras él salieron unos dragones. Día y noche siguieron sus huellas. Al cabo de una semana, como a una fiera, lo cazaron en el monte. Los dragones regresaron con ansia de cobrar; con gesto duro y gozoso y un no sé qué de maldición en el rostro cetrino. Como trofeo traían las alpargatas de Pat.

Canek las vio y sonrió.

—Cuando un indio muere así —dijo— sólo deja de caminar en la tierra. Su espíritu crece y ronda por los lugares, cubierto de fuego.

Un correo trajo la noticia de que los in dios del pueblo vecino habían incendiado el cuartel de los blancos. Entre los rebeldes estaba un hombre que se llamaba Domingo Pat.

15

En su gira pastoral el Obispo se dignó visitar la hacienda donde vive Canek. El Obispo entró en la hacienda rodeado de tanto incienso y de tantas oraciones que casi se hizo invisible.

Los indios recibieron ropa nueva para lucir en las ceremonias. Un capataz cuidó de que no la estropearan. En

cuanto se fue el Obispo, los indios devolvieron aquella ropa. Otro capataz la dobló y la guardó en los arcones. El amo era devoto y económico.

16

Hasta tres blancos blasfeman delante de un tigre rojo que se amansa en el sueño de una piedra. Canek les recuerda su imprudencia y los blancos, altivos, se ríen del indio.

Cuando amaneció, la piedra roja era más roja y de los blanco sólo quedaba un rastro de sangre.

17

Miguel Kantun, de Lerma, es amigo de Canek. Le escribe una carta y le manda a su hijo para que haga de él un hombre.

Canek le contesta diciéndole que hará de su hijo un indio.

18

Colgado de las ramas de un naranjo, amaneció ahorcado un indio de la hacienda, el amo mandó vender la fruta antes de que se conociera el suceso. Canek descolgó al indio y lo enterró.

Al enterrarlo, lejos del cementerio, en el campo, parecía que sembraba semilla de hombre.
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