Acaso al amigo lector le gustará conocer la historia de este libro. Cuando era yo niño acompañaba a mi padre por tierras de Yucatán. Mientras mi padre realizaba






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títuloAcaso al amigo lector le gustará conocer la historia de este libro. Cuando era yo niño acompañaba a mi padre por tierras de Yucatán. Mientras mi padre realizaba
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40

Desde que bajó el sol, el niño Guy salió al patio y se sentó en el brocal del pozo. Hablaba y esperaba que su voz cayera al fondo; entonces se complacía en oír el eco que volvía a él, húmedo, como desleído en la sombra, como acariciado por la distancia.

Canek decía que el niño Guy iba mejo rando de salud. Las tías de Guy opinaban lo contrario.

41

Cuando Guy regresó del campo se dobló como espiga y se quedó dormido. Canek le acostó sobre la yerba; se sentó a su l do y veló su sueño. Bajo la sombra de sus manos, Canek sintió que descansaba. Sin hablarle, en la paz de sus ojos cerrados, leyó el mensaje bueno que vivía en su espíritu.

42

Guy no puede dormir. La noche es ácida y los vientos del sur caen pesados sobre la tierra calcinada mientras un polvo amarillo entenebrece los luceros. Guy no deja de toser. A veces sonríe apoyando su cabeza en las manos de Canek. Canek le cuenta cuentos viejos.

43

Apenas amaneció, el niño Guy pidió agua. Había pasado la noche con angustias y sudores. Canek tomó la jarra de agua serenada y se la dio.

Guy bebió con ansia casi dolorosa. Des pués preguntó:

—¿Por qué es tan buena el agua serena da, Jacinto?

—Porque está llena de la luz de los luce ros. Y la luz de los luceros es dulce.

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—¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se convierten en pájaros?

—No sé, niño Guy.

—¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren se vuelven flores?

—No sé, niño Guy.

—¿Es cierto, Jacinto, que los niños que se mueren van al cielo?

—No sé, niño Guy.

— Entonces, Jacinto, ¿dime qué les pasa a los niños que se

mueren?

—Los niños que se mueren, niño Guy, despiertan.

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Amaneció muerto el niño Guy. Nadie le vio morir. Entre los pliegues de su hamaca parecía dormido. Tenía en los labios, pálidos, finísimos, una leve sonrisa también dor mida. Canek, sin hacer ruido, en un rincón lloraba como un niño.

La tía Charo se acercó le tocó el hombro y le dijo:

—Jacinto, si no eres de la familia, ¿por qué lloras?

46

Canek recordó lo que Guy había escrito en la arena:

Mamá: quisiera ser el huésped de tus ojos.

46 Literatura

47

La muerte de Guy y la desaparición de Exa han entristecido el corazón de Canek. Le brilla una lumbre negra en los ojos.

Sen tado en el pretil de la noria pasa las horas. Junto a él tiene un cayado que no necesita. A veces se levanta y pasea por la acequia. Es como si ensayara un viaje. A veces habla. Es como si ensayara una oración. A veces alza los brazos. Es como si mandara.

Canek 47
La doctrina

El que haya entendido podrá alcanzar el principado de los pueblos.

Del Libro de las pruebas de los mayas
1

Canek dijo:

—Hoy día los blancos celebran la fiesta de la fundación de su cuidad edificada entre los cerros de la antigua T-Hó. Nosotros

debemos recordar también las historias de nuestras ciudades ocultas. Así debemos recordar, en la intimidad de

nuestro corazón, que cuando vino el tiempo bueno fue revelado el misterio de la ciudad de Chichén Itzá; abandonada después de muchos soles.

2

Canek dijo:

—Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar los maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en mar zo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que producen la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender,

cómo y en qué tiempo debemos de librarnos de este mal.

3

Canek dijo:

—Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el viento que respira. Por esto va el indio, por los caminos que no tienen fin, seguro de que la meta, la única meta posible, la que le libra y le per mite encontrar la huella perdida, está donde está la muerte.

4

Canek dijo:

—Es bueno saber cuan diferente es la necesidad del indio y la necesidad del blanco. Al indio le basta para su sustento un cuartillo de maíz; al blanco no le basta un al mud. Se debe esto a que el indio come y bendice su tranquilidad, mientras el blanco come y, desasosegado, guarda todo lo que puede para mañana. El blanco no sabe que una jícara no lleva más agua que el agua que señalan sus bordes. La demás se derrama y se desperdicia.

5

Canek dijo:

—Si te fijas puedes conocer la naturale za y la intención de los caminantes. El blanco parece que marcha; el indio parece que duerme. El blanco husmea; el indio respira. El blanco avanza; el indio se aleja. El blanco quiere poder; el indio, descanso.

6

Canek dijo:

—Nosotros somos la tierra; ellos son el viento. En nosotros maduran las semillas; en ellos se orean las ramas. Nosotros alimenta mos las raíces; ellos alimentan las hojas. Bajo nuestras plantas caminan las aguas de los cenotes, olorosas a las manos de las vírgenes muertas. Sobre ellas se despeñan las voces de los guerreros que las ganaron. Nosotros somos la tierra. Ellos son el viento.

7

Canek dijo:

—El futuro de estas tierras depende de la unión de aquello que está dormido en nuestras manos y de aquello que está des pierto en las de ellos. Mira a ese niño: tiene sangre india y cara española. Míralo bien: fíjate que habla maya y escribe castellano. En él viven las voces que se dicen y las palabras que se escriben. No es ni de la tierra ni del viento. En él, la razón y el sentimiento se trenzan. No es de abajo ni de arriba. Está donde debe estar. Es como el eco que funde con nuevo nombre, en la altura del espíritu, las voces que se dicen y las voces

que se callan.
8

Canek dijo:

—Los señores son rojos. Ellos dicen que son blancos. Los señores son rojos. Son rojos como la mancha del Oriente que los trajo; como el fuego que brota de sus manos; como el oro que se enciende y se arisca en sus barbas; como la palabra que estalla en sus bocas; como las llagas de sus dioses; y como el grito de las vírgenes que desgarran, sin advertir que son avecillas ciegas. Los señores son rojos.

9

Canek dijo:

—Todo depende del lugar que el hombre ocupa en la tierra.

Las discordias y los aciertos de los hombres se explican si recordamos cuál es el lugar que tienen cerca de la tierra. Así vemos que los indios viven al lado de la tierra. Duermen en paz sobre el pecho de la tierra, conocen sus voces y sien ten el calor de sus entrañas. Perciben el olor de la tierra; olor que enriquece los caminos.

Los blancos han olvidado lo que es la tierra. Pasan sobre ella aplastando y atropellando la gracia de sus rosas. Son el viento que se quiebra y salta sobre el rostro de las piedras.

10

Canek dijo:

—Todo depende del espíritu. Hay hombres de espíritu elevado e impaciente. Para ellos una mañana es ya el principio de una tarde. Hay hombres de espíritu lento, como dormido.

Para ellos una tarde es ape nas la continuidad de una mañana.

También hay hombres de espíritu recio para quienes todas las horas están llenas del día. Para ellos se hizo, justo, el descanso de la noche.

11

Canek dijo:

—Una misma comida puede tener dife rente significado entre los hombres. Un puñado de maíz, por ejemplo, para el

Canek 53

blanco es lujo; para el indio es necesidad. El blanco ha ce de él un manjar; el indio lo convierte en pan.

12

Canek dijo:

—Piensa que en los tiempos que corren, en estas tierras de Yucatán, existen ciudades que no se ven. En las que se ven viven los blancos. Son ciudades de guerra y de escándalo. Huye de su engaño. Si caes en ellas renegarás de los tuyos, de tu nombre, y vivirás con holgura de maldad. En las ciudades que no se ven, pero que existen, nadie sabe dónde, viven los que fueron y los hombres que han merecido licencia para franquear sus puertas.

13

Canek dijo:

—No preguntes por los que se van y no vuelven. Es cierto que algunos vuelven pero no saben que han vuelto. Si les miras en los ojos verás que tienen una como alucinación oculta vertida en lo profundo. Viven como ensoñados. Merecen nuestra simpatía por que poseen el espíritu de lo que fue y saben de la vida ciega de los hombres de aquí.

14

Canek dijo:

—¿Por qué nos enseñan a querer a un dios que permite que los blancos nos peguen y nos maten? ¿Por qué hemos de cantar de rodillas un canto de contrición que no sentimos? No lo digamos más porque, aun diciéndolo con los labios, cometemos falta en nuestro espíritu.

15

Canek dijo:

—¿Cuál es la diferencia que separa al hombre del bruto?

Unos dicen que el alma. Pero esto es parecer de los orgullosos. Otros dicen que la razón. Pero ésta es creencia de los filósofos.

54 Literatura

Diré que más creo en otra diferencia: la diferencia que más separa al hombre del bruto es la facultad que tiene el primero para reprimir y matar su apetito.

16

Canek dijo:

—Las cosas no vienen ni van. Las cosas no se mueven. Las cosas duermen. Somos nosotros los que vamos a ellas. Por esto la memoria no es un arma del espíritu dispuesta para evocar el pasado. Es más bien una facultad que nos permite, en un instante, ver lo que es, en su esencia, fuera del tiempo. La memoria nos permite subir a un estadio, inexplicable para nuestra conciencia, en el cual todo está presente. Esto que les digo me lo explicaba con razones y palabras buenas mi padrino

—que era hombre de mucho sa ber y de pocos libros. Es cosa que nunca en tendí, pero que me agrada recordar aquí dentro de mi corazón.

17

Canek dijo:

—Es verdad: la palabra nació por sí mis ma dentro de lo oscuro.

Aquí es necesario declarar el sentido de esta oración. La palabra no es la voz que se dice y se oye. La palabra es cuna del espíritu creador. El espíritu creador que siempre fue, en las tinieblas del tiempo, vio su conciencia, y de ella nació la palabra. Por esto toda palabra debe ser sentida dentro de lo oscuro del pecho para que sea imagen de esta otra que nació del ser, espejo de sí mismo.

18

Canek dijo:

—Cuando vino la palabra, no vino sola; vino acompañada de su eco derramado en el espacio de la tierra. Y la palabra y su eco cre aron todas las cosas: desde las cosas mínimas de aquí abajo hasta las cosas infinitas de allá arriba.

En el tiempo, se juntaron el gusano, el hombre y la estrella. Y se vio que los tres seres tenían luz que era emanación de lo profundo puesto en ellos. Esto, pocos lo saben; y casi ninguno lo siente. ¡Dichoso de aquel que, al menos, adivina este misterio!

19

Canek dijo:

—Los dioses nacen cuando los hombres mueren. Mientras los hombres se tuvieron confianza no hubo necesidad de dioses; los hombres podían confiar su corazón y su mente a los otros hombres; podían decir sin miedo su palabra a los otros hombres. Pero cuando los hombres se ocultaron de los hombres para comer la fruta que a todos dio el campo; cuando los hombres acecharon a los hombres por gusto de la mujer;cuando los hombres hicieron secreto de la oración que se dice en público, entonces nacieron los dioses. Por eso los dioses

son tanto más poderosos, más crueles y más lejanos, cuanto mayor es la desconfianza que separa a los hombres de los hombres.

20

Canek dijo:

—No se ha de olvidar lo que se lee en la crónica que escribió un señor antiguo que se llamaba Nabuk Pech. En ella se explica cómo los blancos buscaron en el norte, hombres que les sirvieran como esclavos. Fue así porque, en aquellos parajes, los indios, sin agua, sin tierra ni animales, perecían de hambre y se daban, llenos de fla queza de ánimo, al que primero los tomaba. Otra fue la furia que tenían para defenderse los indios del sur, porque aquí encontraban alimento para vivir y para cobrar poder de conciencia. No se diga nunca entonces que aquellos indios eran cobardes, antes se piense que eran muertos que hablaban al borde de las zanjas en que habían de caer. Entiéndase así porque es de justicia entenderlo así.

56 Literatura

21

Canek dijo:

—En un libro leí algo acerca de qué cosa era la mayor del mundo. Unos filósofos dijeron que el agua; otros que los montes; otros que el sol; y no sé quiénes que el menosprecio que el hombre podía tener por las riquezas. ¿No les parece mejor

—continúo Canek— que lo más grande no es despreciarlas, sino saber hacer buen uso de ellas, para que sus beneficios no se pudran en las manos de los ricos ni se desperdicien en las manos de los incapaces?

22

Canek dijo:

—En los libros se dice lo que es un pro feta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado.

Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad, de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios por eso les es dable distinguir la belleza, de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que vendrán. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien.

23

Canek dijo:

—En un libro leí que allá por los tiempos viejos, los señores quisieron juntar ejércitos para defender las tierras que gobernaban.

Primero convocaron a los hombres más crueles porque suponían que éstos estaban familiarizados con la sangre; y así concertaron sus ejércitos entre las gentes de las prisiones y de los rastros. Pero a poco sucedió que cuando estas gentes se vieron frente al enemigo, empalidecieron y arrojaron las armas. Pensaron entonces en los más fuertes: en los canteros y en los mineros . A éstos les dieron armaduras y armas pesadas. De este

modo fueron despachados para pelear. Más sucedió que la sola presencia del contrario puso flaqueza en sus brazos y desmayo en sus corazones. Acudieron después, con buen consejo, a los que, sin ser sanguinarios ni fuertes, fueran de coraje y tuvieran algo que defender en justicia: tales como la tierra en que trabajan, la mujer con que duermen y los hijos con cuyas gracias se recrean. Fue así como, llegada la ocasión, estos hombres lucharon con tanta furia que dispersaron a sus contrarios y para siempre se vieron libres de sus amenazas y discordias. Y así pienso y digo que entre nosotros sucede lo mismo. ¿Cómo quieren los señores blancos que use mos las armas con energía, si las tenemos que usar tan sólo en beneficio de ellos y de sus haciendas y nunca en favor de nuestro espíritu?

24

Canek dijo:

—Hace años leí libros donde se contaba la historia de estas tierras. Los leí con placer y me entretuve en el conocimiento de los su cesos antiguos y en el razonar de las gentes que fueron.

Una vez mi padrino me dijo: Los libros que lees fueron escritos por los hombres que ganaron estos lugares. Mira con cuidado las razones puestas en sus páginas, porque si te entregas desprevenido, no entenderás la verdad de la tierra sino la verdad de los hombres. Léelos, sin embargo, para que aprendas a odiar la mentira que se dice dentro de los pensamientos de los filósofos y dentro de la oración de los devotos.

—Y así aprendí —concluyó Canek— a leer, no la letra, sino el espíritu de la letra de todas esas historias.
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