Acaso al amigo lector le gustará conocer la historia de este libro. Cuando era yo niño acompañaba a mi padre por tierras de Yucatán. Mientras mi padre realizaba






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12

Junto al brocal del pozo se trenzó la al gazara de los peones. Se había roto la soga con que se sacaba agua y el cubo se fue al fondo del pozo. No era posible perderlo; una y otra vez echaron el garabato. Sus ganchos removían el limo, se trababan en los yerbajos, y el cubo no salía. Era un cubo labrado, de madera negra. Lo notaría el amo. Los peo nes arriaron hasta el fondo a Canek. Su voz se oía velada, como si saliera de las entrañas de la tierra.

Cuando Canek salió dijo:

—Desde el fondo se ven las estrellas.

13

Guy dijo a Canek.

—Oye, Jacinto, se fue el cubo al fondo del pozo.

—¿Otra vez?

—Yo bajo por ti.

—¿Tú?

—También yo quiero ver las estrellas.

14

Guy preguntó a Canek.

—¿De dónde viene, Jacinto, el polvo que se pega en las ventanas, en las imáge nes, en los libros y en la tela de los retratos?

Canek contestó:

—Como todo lo de la vida, niño Guy, viene de la tierra. Guy replicó:

—No lo creo, Jacinto. El polvo que se pega en las ventanas, en las imágenes, en los libros y en la tela de los retratos, no viene de la tierra. Viene del viento. Es el viento mis mo que muere de cansancio y de sed en el rincón de las cosas íntimas.

15

El niño Guy no pudo entenderse con Patricio, el nieto de Juan José Hoil. Guy hablaba español y Patricio, maya. Ariscos, encogidos, los dos rapaces se internaron en la milpa. De pronto una víbora pasó junto a ellos; y entonces, sin advertirlo, se dieron la mano.

Canek mató a la víbora.

16

Canek habló a Guy:

—Mira el cielo; cuenta las estrellas.

—No se pueden contar.

Canek volvió a decir:

—Mira la tierra; cuenta los granos de arena.

—No se pueden contar.

Canek dijo entonces:

—Aunque no se conozca, existe el número de las estrellas y el número de los granos de arena. Pero lo que existe y no se puede contar y se siente aquí dentro, exige una palabra para decirlo. Esta palabra, en este caso, sería inmensidad. Es como una palabra húmeda de misterio. Con ella no se necesita contar ni las estrellas ni los granos de arena. Hemos cambiado el conocimiento por la emoción: que es también una manera de penetrar en la verdad de las cosas.

17

Al caer la tarde, Jacinto y Guy salieron del pueblo. Tomaron el camino antiguo, rumbo de Xinum, donde solían reunirse los señores de la antigua tierra maya rebelde. Por instantes se oscurecía el campo. De pronto,apareció el pájaro que guardaba los caminos y que los indios dicen Pujuy. Salta ba delante de ellos como si fuera gente de razón y conociera la flaqueza de los hombres.

—En buena hora, niño Guy, nos acom paña el pájaro Pujuy.

Hay que seguir ade lante, vencer el cansancio, el miedo y el deseo. La fatiga disfraza sus intenciones. La fatiga es sueño, curiosidad y desgano en los caminantes. Abre bien los ojos, hijo, y sigue al pájaro Pujuy. El no se equivoca. Su desti no es como el nuestro: caminar para que otros no se pierdan.

18

Canek dijo:

—Guy, descúbrete y besa la tierra. De bajo de ella está el cuerpo de Juan José Hoil. Aquí en Chumayel vivió un tiempo.

Fue sa bio en las artes de la escritura. De sus abuelos heredó experiencias y noticias de la historia. Todo lo escribió en un libro que está guardado, con aldaba de hierro, en cofre de

jabín. Un día podrás leerlo y conocerás el secreto de sus palabras. Serás cauto en su declaración porque todo lo dijo con alegorías, temeroso de los blancos. Así hemos tenido que guardar nuestro espíritu para que no lo destruyan los que han dejado que la avaricia enturbie sus ojos.

19

En otro lugar Canek se arrodilló y besó la tierra. Guy le preguntó:

—¿Por qué haces eso?

Canek contestó:

—Aquí estuvo enterrado Nachi Cocom que murió acosado por la crueldad de los blancos. Sobre su tumba, en el silencio de la noche, se oye el trueno de su voz.

Guy dijo:

—Yo no lo oigo.

Canek añadió:

—Porque eres bueno.

20

Una de las flores del jardín, aquella que más había cuidado la madre de Guy, empe zó a marchitarse. Una mañana amaneció muerta. La tía Charo la cortó y la tiró junto al arriate. Guy la recogió y la guardó dentro de una cajita de madera; y, sin decir palabra, la enterró en un rincón del patio. Sobre la tierra puso una cruz y le dijo a Canek que la regara.

La tía Charo arrancó la cruz, pisoteó la tumba y dijo que eso era cosa de herejía.

21

El tío Ramón, que vivía en un rancho lejano, llegó un día de visita a la hacienda. A Guy le regaló una tortolita. La tortolita era dulce y sumisa. Comía en la mano y obede cía si se le mandaba algo. Guy acabó por consentirla tanto que la dejaba dormir en su propio cuarto. Pero la tortolita, sin que nadie supiera por qué, un día se enfermó. Se puso triste; dejó de comer; bajó las alas; dobló la cabecita y se quedó muerta. Guy la lloró.

Cuando supo esto el tío Ramón, trajo a Guy otra tortolita.

Guy la miró, la besó y la devolvió a su tío diciendo:

—Tío, quiero pedirte un favor.

—Dime.

—No vas a querer.

—Dime.

—Mira: te la llevas y mañana me la vuelves y me dices que es la misma que me trajiste cuando llegaste al rancho. Me dices, además, que no fue cierto que murió.

La tía Charo le dijo al tío Ramón:

—Si haces lo que este bobo quiere, pensaré que eras más bobo que él.

Canek añadió:

—Hágalo don Ramón.

22

La tía Charo olió la carne que trajeron del mercado e hizo un gesto de repugnancia. En seguida comentó:

—Es una lástima. Se la daremos a la criada para que la coma.

Guy oyó el acuerdo y no dijo nada. Se acercó a la cocina y pidió a la criada un pe dazo de aquella carne. La tía Charo le sorprendió comiéndola:

—Miren al niño melindroso; quitándole la comida a los criados. ¡Hipócrita!

Canek comió también de la misma carne.

23

Todas las mañanas la tía Charo se disgustaba porque los criados no se levantaban cuando salía el sol.

—Holgazanes —decía y repetía.

El sol entraba, desde temprano, por la ventana de la tía Charo. Con su luz dejaba la cama y se disponía en seguida a empezar sus quehaceres. Su más rudo quehacer era arrear a los criados. Guy trataba siempre de excu sarlos.

—Tía, recuerda que anoche se acosta ron después de las doce.

—Flojos que son.

La tía Charo se puso mala. El médico aconsejó reposo; y Guy, solícito, puso una manta obscura en los postigos de la ventana.

—Así el sol no entrará temprano y des cansarás mejor, tía. La tía Charo hizo un cariño a Guy y discurrió:

—Realmente no eres tan malo.

La tía Charo ya no volvió a gritar a los criados para que se levantaran con el sol. Cuando la tía Charo salía de su cuarto ya había amanecido. Comentaba siempre:

—Malditos: el bullicio de ustedes me despierta.

Canek empezó a andar descalzo.

24

La tía Charo dijo a Guy:

—Eres hijo de tu padre. No tienes, como él, ningún sentido.

Sólo falta que también seas borracho. Ya lo serás, sin duda, cuando crezcas. Hasta es posible que llegues a escribir esas cosas que él hacía y que llamaba versos.
25

Ya se habían acostado los de la casa cuando Canek, de puntitas, temeroso, vino a buscar al niño Guy. Le abrazó; y con su de lantal le limpió los ojos.

26

Canek acostó al niño Guy y le cubrió con una manta de algodón.

—¿Quieres un poco de leche? —le dijo.

—No. Hasta mañana —contestó el niño Guy.

Al poco rato Canek volvió con un vaso de leche recién ordeñada.

Guy la bebió; y, con el dorso de la mano, se limpió el hocico. En seguida preguntó:

—¿No tuviste miedo, ahí en el corral?

—Ha salido la luna, niño. Duérmete.

27

Desde la ventana de su casa el niño Guy habla con los chicos de la hacienda que han venido a verle. Guy les cuenta algo que tiene a todos con la boca abierta. Les dice así:

—Entonces mi papá, al ver que los la gartos se salían del río y que aquellos indios no podían huir porque estaban amarrados a unos árboles, abandonó su caballo y avanzó. No llevaba armas; ni siquiera un machete. Los indios empezaron a gritar, desespera dos. Iban a morir. Ya se oían sobre las piedras las pisadas de los lagartos. En un ins tante mi papá se trepó a un cocotero.

Arran có un coco y lo tiró al lagarto que estaba más cerca. Este quedó aturdido. Luego tiró otro contra el lagarto que le seguía. Luego otro contra el que estaba detrás. Luego otro; luego otro. Los lagartos se revolcaban en su sangre. Estaban ciegos y se atropellaban y caían. Los indios se habían salvado. Entonces mi papá bajó de la mata de coco y desató a los indios.

Pero en ese momento, la tía Charo asomando la cabeza por el postigo, preguntó:

—¿De dónde has sacado tantas mentiras?

Canek contestó:

—No son mentiras, señora, todavía se ven en aquel lugar las huellas de los lagartos que murieron.

28

Guy recibe la visita de uno de sus her manos. Es mayor que él, se llama Gonzalo y viste como un señorito. Es lo que se llama un niño bueno. Cuando por descuido llega a hacer algo malo, él mismo se acusa; y si la tía Charo le regaña, llora como debe llorar: compungido y humilde. Llora sin hacer ruido, tapándose la cara con las manos o metiendo la cabeza en el rincón de la sala, cuando se considera que ha llorado bastan te, la tía Charo lo llama, le da unas palmaditas en el hombro y le dice:

—Ya, ya; basta, vete y que no se repita.

O bien:

—Anda, toma, cómprate dulces.

Sólo Guy sabe que estas escenas se re piten cada vez que su hermano, el señorito Gonzalo, quiere comprar dulces.

29

También recibe la visita de su hermana Carmen. Carmen es una niña dulce. Soporta, sin quejarse, el mal carácter de la tía Charo. Todo lo resuelve con dos palabras; para todo contesta:

—Sí, tía.

No quiere mal a Guy; aunque sabe que no son fáciles de sobrellevar sus ocurrencias. De unas se ríe y de otras se muestra apesa dumbrada. Entonces parece que dice:

—Así será.

O bien:

—Tú lo dices.

Un día preguntó a Guy:

—Dime, ¿cómo era mamá?

Guy le respondió:

—Tú sabes que no te lo puedo explicar.

Canek 41

42 Literatura

Pero luego, de pronto, añadió:

—Mira, cuando llores por algo, procura mirar a través de tus lágrimas. Estoy seguro de que ahí está mamá; ahí la podrás ver.

Carmen le dijo, después:

—Entonces, ¿por eso lloras tú?

30

Hoy es el primer día de la feria del Santo Cristo de las Ampollas.

Con solemnidad entra el gremio de alarifes. Se han suspendido los trabajos de albañilería. Ningún maestro albañil y ningún peón de albañil trabajará hoy. En lo alto de las construcciones han puesto cruces adornadas con ramas.

Toda la chiquillería se reúne en el atrio de la Parroquia. Ahí queman fuegos artificiales; ahí gritan y corren. Sobre todo corren.

Ahora, más que nunca, porque acaba de salir de la casa del señor sacristán un toro de fuego. Viene loco y echa luces

como un demonio. Le relumbran los ojos; le es tallan los cuernos; se le encienden las patas y se le eriza de chispas la cola.

¡Qué cola la su ya, larga, larga como de cometa! Guy y Canek miran la fiesta desde la azotea de la casa.

31

El niño Guy se ha visto en el espejo de su tía Charo. Se ha visto y ha notado que le empieza a salir el bozo. Un bozo leve, tierno, casi invisible, como si fuera una pelusita. Al pasarse la mano sobre él, se le han encendido, sin querer, las mejillas. Luego ha sonreído.

Ese mismo día, por la tarde, al sentarse a la mesa, el niño Guy se presentó con unos bigotes pintados con tizne. Todos rieron la ocurrencia. La tía Charo sentenciosa dijo:

—Miren al presumido. No tiene ni tierra en los labios y se pinta bigotes.

El niño Guy, orgulloso, se retorcía, altivo, los imaginarios bigotes que se había pintado.

Sólo Canek sabía la verdad.

32

Había empezado un eclipse de luna. Los criados de la tía

Charo gritaban:

—¡Se comen a la luna! ¡Se comen a la luna!

Sentados en el brocal de la noria veían, atónitos, cómo iba desapareciendo la luna. Con unos palos empezaron a golpear sobre la madera de las bateas y sobre el metal de los calderos.

Había que hacer todo el ruido posible a fin de que la luna no fuera devora da. Nadie podía contenerlos en esta locura bulliciosa.

Por momentos aumentaba la os curidad del cielo. A medida que pasaba el tiempo, una especie como de furor se apoderaba de aquellas gentes. Estaban ya como poseídas de un raro y antiguo terror. Entre ellos el niño Guy y Canek gritaban también:

—¡Se comen a la luna! ¡Se comen a la luna!

Desde su cuarto la tía Charo rezongaba y maldecía.

Pero cuando la luna quedó completa mente cubierta de sombra, y los ruidos y los gritos y el canto de los gallos y el ladrido de los perros anudaron de miedo la garganta de todos, entonces fue la tía Charo quien, con voz ahogada, se puso a gritar:

—¡Se comen a la luna! ¡Se comen a la luna!

Con las manos golpeaba, furiosa, sobre los barrotes de su ventana.

33

Anochecía en la milpa. Guy se detuvo y dijo:

—¿Oíste?

—Es el pájaro Pis —contestó Canek—. Su voz es igual a su nombre. Dicen que in ventó el silencio. Dicen que lo hizo con su voz. También dicen que cuando ve que es mucho lo deshace con su voz. Y después, in quieto, lo vuelve a hacer. Lo vuelve a hacer con su voz. Y así siempre.

34

Han pasado los días y ni Canek ni la tía Micaela saben quién es ni de dónde vino la niña Exa, pero ya la quieren como se quiere a esas tortolitas que llegan y, mansas, como manojos de brisa, se duermen entre la sombra de los árboles.

35

Guy dijo a Exa:

—Si no comes esta tortilla, no te llevo donde están mis conejos.

—¿Cuántos son?

Guy le mostró una mano. Exa, empezó a comer, pero con disimulo, entre su falda, guardó cinco pedazos.

36

Bajo la noche poblada de luceros, junto a los maizales, se han recostado, en silencio, Guy y Exa.

Canek sonreía sin mirarlos.

37

Guy quiso guardar entre sus manos los colores del iris que forma un cristal. En la sombra los colores desaparecían.

—Jacinto —dijo a Canek—, le prometí a Exa un regalo.

Pero me parece que es un regalo imposible.

—Nada es imposible, niño Guy, cuando el corazón es limpio.

Guy volvió a mirar, bajo el sol, los colo res del iris. Se quedó mirándolos con tanta emoción que sobre ellos cayeron sus lágrimas. Entre las manos de Guy quedaron prisioneros, lúcidos, los colores del iris y Exa tu vo su regalo.

38

Guy se limpió una lágrima; Canek pre guntó:

—¿Exa?

Canek puso una mano sobre el pecho de Guy.

Guy dijo:

—Exa.

Y Exa se fue como vino: en manos del viento.

44 Literatura

Canek 45

39

Al volver del patio, el niño Guy preguntó a Canek:

—¿Verdad que no hay frío, Jacinto?

—Anoche sentí frío, niño Guy.

—Pues yo desperté dos veces y sudaba.

Al día siguiente, al volver del corral, volvió a preguntar:

—¿Sentiste frío anoche, Jacinto?

—Más que anoche, niño Guy.

—Pues anoche dormí sin cobijas y sudé a mares.

Al día siguiente el venadito recién nacido durmió bajo las cobijas del niño Guy.
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