Traducción de Jaime Zulaika anagrama






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títuloTraducción de Jaime Zulaika anagrama
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The Village de Crabbe, su Housman, el ejemplar autógrafo de La danza de la muerte, de Auden. Pues ahí residía la cosa, sin duda: sería un médico mejor por haber leído literatura. ¡Qué profundas lecturas podría hacer su sensibilidad modificada por el sufrimiento humano, por la locura autodestructiva o por la pura mala suerte que empuja a los hombres hacia la mala salud! El nacimiento, la muerte y, entre ambos, la fragilidad. Ascensión y caída: tal era la materia del médico, como la sustancia de la literatura. Estaba pensando en la novela decimonónica. Gran tolerancia y una visión amplia, un corazón bueno y discreto y un juicio frío; su doctor modélico sería sensible a las pautas monstruosas del destino y a la vana y cómica negación de lo inevitable; tomaría el pulso debilitado, auscultaría el estertor postrero, palparía la mano que comienza a enfriarse y meditaría, a la manera en que sólo la religión y la literatura enseñan, sobre la pequenez y la nobleza de la humanidad...

En la quietud del atardecer estival, avivó el paso al ritmo de sus cavilaciones exultantes. Delante de él, a unos cien metros de distancia, estaba el puente, y encima, pensó, recortada contra la oscuridad de la carretera, había una forma blanca que a primera vista parecía formar parte de la piedra clara del pretil. Al mirarla fijamente se disolvían sus contornos, pero unos pasos más tarde había cobrado una apariencia vagamente humana. Desde donde estaba no podía decir si la forma se alejaba o si iba hacia su encuentro. Permanecía inmóvil, y presumió que le estaba observando. Durante unos segundos quiso acariciar la idea de que se trataba de un espectro, pero no creía en lo sobrenatural, ni siquiera en el ser absolutamente nada exigente que presidía la iglesia normanda del pueblo. Ahora vio que era una niña y por lo tanto tenía que ser Briony, con el vestido blanco que había visto que llevaba puesto aquel mismo día. Cuando la vio claramente levantó una mano y la llamó, y dijo:

—Soy yo, Robbie.

Pero ella no se movió.

Al acercarse se le ocurrió que quizás fuese preferible que la carta llegase antes que él a la casa. De lo contrario era posible que tuviera que dársela a Cecilia en presencia de terceros, y que lo observara quizás la madre de ella, que se había mostrado algo fría con él desde su regreso de la universidad. O tal vez fuese de todo punto imposible darle la carta a Cecilia porque ella mantendría las distancias. Si se la daba Briony, Cecilia tendría tiempo de leerla y de reflexionar a solas. Aquellos minutos de más tal vez la ablandasen.

—¿Me harías un favor? —dijo, al acercarse a Briony.

Ella asintió y aguardó.

—¿Quieres adelantarte y entregarle esta nota a Cee?

Depositó el sobre en la mano de Briony al tiempo que hablaba, y ella lo tomó sin decir palabra.

—Llegaré allí dentro de unos minutos —dijo él, pero ella ya se había dado media vuelta y corría a lo largo del puente. El se recostó contra el pretil, sacó un cigarrillo y observó cómo la silueta de Briony se balanceaba y se adentraba en la oscuridad. Era una edad difícil para una chica, pensó, con satisfacción. ¿Tenía doce o trece años? La perdió de vista durante unos segundos y luego la vio cruzando la isla, realzada contra la masa más oscura de los árboles. Luego volvió a perderla, y sólo cuando ella reapareció, al fondo del segundo puente, y estaba dejando el camino para tomar un atajo a través de la hierba, Robbie se incorporó de pronto, presa del terror y de una absoluta certeza. Le brotó de la boca un grito involuntario sin palabras, mientras daba unos pasos precipitados por el camino; echó a correr, se detuvo, sabiendo que la persecución era vana. Ya no veía a Briony mientras bramaba su nombre con las manos como una bocina alrededor de la boca. Tampoco sirvió de nada. Permaneció parado, aguzando la vista para divisarla —como si eso sirviera de ayuda—y aguzando al mismo tiempo la memoria, ansioso de creer que se había equivocado. Pero no se equivocaba. La carta manuscrita la había dejado sobre el ejemplar abierto de la Anatomía de Gray, sección de esplacnología, página 1546, la vagina. La hoja que había dejado cerca de la máquina y que había metido en el sobre era la mecanografiada. No hacía falta una sutil clave freudiana, pues la explicación era simple y mecánica: la carta inocua descansaba sobre la figura 1236, con su audaz ilustración y lúbrica corona de vello púbico, mientras que el borrador obsceno estaba en la mesa, al alcance de la mano. De nuevo gritó, a voz en cuello, el nombre de Briony, aunque sabía que ella debía de estar ya en la puerta de la casa. Al cabo de unos segundos, en efecto, el rombo lejano de luz ocre que encerraba su silueta se ensanchó, hizo un alto y a continuación se estrechó hasta esfumarse cuando Briony entró en la casa y la puerta se cerró tras ella.
9
Dos veces, en el curso de media hora, Cecilia salió de su dormitorio, se contempló en el espejo de marco dorado que había en la cima de la escalera e, inmediatamente descontenta, volvió a su ropero para repensarlo. Su primera elección había sido un vestido negro de crepé de China cuyo corte inteligente, según el dictamen del espejo del tocador, le confería una cierta severidad de forma. El tono oscuro de sus ojos resaltaba el aire invulnerable que prestaba el vestido. En lugar de compensar este efecto con un collar de perlas, en un momento de inspiración optó por uno de azabache puro. La primera aplicación del arco de la barra de labios había sido perfecta. Diversas inclinaciones de la cabeza, para captar perspectivas en tríptico, la persuadieron de que su cara no era demasiado larga, al menos no esa noche. La esperaban en la cocina para que sustituyera a su madre, y sabía que León la estaba esperando en el salón. No obstante, encontró tiempo, cuando estaba a punto de salir, para volver al tocador y aplicarse perfume en la punta de los codos, un toque travieso, acorde con su estado de ánimo, cuando cerró tras ella la puerta de su dormitorio.

Pero la mirada pública del espejo de la escalera, cuando se precipitó hacia él, reveló a una mujer que se dirige a un entierro, a una joven, además, austera y triste, cuyo caparazón negro presentaba afinidades con alguna clase de insecto prisionero en una caja de cerillas. ¡Un ciervo volador! Era su yo futuro, a los ochenta y cinco años, con su luto de viuda. No se demoró; dio media vuelta y entró de nuevo en su cuarto.

Era escéptica, porque sabía las jugarretas que gastaba la mente. Al mismo tiempo, la suya estaba —en todos los sentidos— centrada en el sitio donde iba a pasar la velada, y tenía que encontrarse a gusto consigo misma. Se despojó del vestido de crepé negro, que cayó a sus pies, y en tacones y ropa interior inspeccionó las posibilidades que ofrecían las perchas del ropero, consciente de que transcurría el tiempo. Detestaba la idea de parecer austera. Quería sentirse relajada y, a la vez, reservada. Ante todo, quería dar la impresión de no haber estudiado su apariencia en absoluto, y eso requería tiempo. Abajo, en la cocina, el nudo de impaciencia se estaría tensando, a la par que se agotaban los minutos que había proyectado pasar a solas con su hermano. Su madre no tardaría en hacer acto de presencia para designar los puestos en la mesa, Paul Marshall bajaría de su habitación y habría que hacerle compañía, y Robbie se presentaría en la puerta. ¿Cómo podía pararse a pensar?

Recorrió con una mano los pocos centímetros de historia personal, la breve crónica de sus gustos. Allí estaban los vestidos modernos de su adolescencia, que ahora le parecían ridículos, mustios, asexuados, y aunque uno ostentaba manchas de vino y otro el agujero de una quemadura de su primer cigarrillo, no tenía valor para desprenderse de ellos. Allí estaba el vestido con el primer indicio tímido de relleno en los hombros, y había otros más afirmativos, musculosas hermanas mayores que se deshacían de los años juveniles, redescubrían talles y curvas y alargaban dobladillos con un desdén autosuficiente por las esperanzas de los hombres. Su adquisición más reciente y selecta, comprada para celebrar la conclusión de los exámenes finales, antes de conocer sus deprimentes notas, era el traje de fiesta verde oscuro cortado al bies, que ceñía la figura y descubría la espalda. Demasiado elegante para su primera ocasión social en casa. Introdujo la mano más adentro y sacó un vestido de moaré, con corpino plisado y cenefa con festones: una elección segura, pues era de un rosa lo bastante apagado para ser usado por la noche. Así lo dictó el triple espejo. Se cambió de zapatos, trocó el azabache por las perlas, retocó su maquillaje, se arregló el pelo, se aplicó un poco de perfume en la base de la garganta, ahora al descubierto, y en menos de quince minutos estaba de nuevo en el pasillo.

Horas antes había visto al viejo Hardman recorriendo la casa con una cesta de mimbre, reemplazando bombillas eléctricas. Tal vez hubiese ahora una luz más cruda en lo alto de la escalera, porque nunca había tenido problemas con aquel espejo. Incluso al acercarse desde una distancia de alrededor de un metro y medio, vio que no le daría luz verde: el rosa era, de hecho, de una pálida inocencia, el talle era demasiado alto, el vestido llameaba como el atuendo festivo de una niña de ocho años. Sólo le faltaban unos botones de conejo. Al acercarse más, una irregularidad en la superficie del cristal antiguo escorzó su imagen y vio delante a la niña que había sido quince años antes. Se detuvo y, a modo de experimento, levantó las manos hacia los lados de la cabeza y se formó en el pelo dos coletas. Aquel espejo debía de haberle visto bajar la escalera docenas de veces, cuando iba a media tarde hacia otra fiesta de cumpleaños de una amiga. Parecer, o creer que parecía, Shirley Temple no habría de mejorar su estado de ánimo.

Volvió a su habitación, con más resignación que ira o pánico. En su mente no había confusión: aquellas impresiones excesivamente intensas y poco fidedignas, las dudas sobre sí misma, la enojosa claridad visual y las inquietantes diferencias que habían revelado poseer las cosas conocidas no eran sino continuaciones, variaciones del modo en que se había visto y se había sentido todo el día. Sentido, pero preferido no pensar en ello. Además, sabía lo que tenía que hacer y lo había sabido en todo momento. Sólo tenía un vestido que le gustaba y era el que debía ponerse. Arrojó el vestido rosa encima del negro y, pisando desdeñosa las prendas en el suelo, cogió el vestido de fiesta, el verde sin espalda que había estrenado después de los exámenes. Mientras se lo ponía aprobó la caricia firme del corte al bies de la seda de la enagua, y se sintió grácilmente inexpugnable, escurridiza y segura; fue una sirena la que se alzó para recibirla en el espejo de cuerpo entero. No se quitó las perlas, volvió a calzarse los zapatos negros de tacón alto, se retocó el pelo y el maquillaje, renunció a otra gota de perfume y en eso, al abrir la puerta, lanzó un grito de terror. A centímetros de ella había una cara y un puño levantado. Su percepción inmediata y tambaleante fue la de una perspectiva radical, picassiana, en la que unas lágrimas, unos ojos hinchados y ojerosos, unos labios mojados y una nariz goteando se añadían a una humedad carmesí de pesadumbre. Se recobró, puso las manos sobre los hombros huesudos y giró con suavidad todo el cuerpo para poder verle la oreja izquierda. Era Jackson, a punto de llamar a su puerta. Retrocediendo, advirtió que llevaba pantalones cortos grises y planchados, y una camisa blanca, pero iba descalzo.

—¡Criatura! ¿Qué te pasa?

Por un momento él no se atrevió a hablar. Con un calcetín en el aire, señalaba hacia el pasillo. Cecilia se asomó y vio a Pierrot a cierta distancia, también descalzo, también con un calcetín en la mano, y observando.

—Así que tenéis un calcetín cada uno.

El chico asintió y tragó saliva, y acto seguido, por fin, pudo decir:

—Miss Betty dice que nos dará una bofetada si no bajamos ahora a tomar el té, pero sólo tenemos un par de calcetines.

—Y os habéis peleado por él.

Jackson movió la cabeza, enfáticamente.

Cuando recorría con los gemelos el pasillo, primero el uno y después el otro le cogieron de una mano, y a ella le sorprendió lo mucho que la recompensaba aquel gesto. No podía evitar pensar en su vestido.

—¿No le habéis pedido a vuestra hermana que os ayude?

—No quiere hablar con nosotros por ahora.

—¿Por qué no?

—Nos odia.

El cuarto de los chicos era un desbarajuste de ropa, toallas mojadas, peladuras de naranja, pedazos arrancados de un tebeo y desperdigados alrededor de una hoja de papel, sillas volcadas y cubiertas parcialmente de sábanas, y los colchones colocados de canto. Entre las camas, había una vasta mancha húmeda sobre la alfombra, en cuyo centro yacía una pastilla de jabón y bolas mojadas de papel higiénico. Una de las cortinas colgaba escorada debajo del bastidor, y aunque las ventanas estaban abiertas, el aire era liento, como exhalado muchas veces. Todos los cajones de la cómoda estaban abiertos y vaciados. La impresión era de hastío recluido y punteado de torneos y planes: saltar entre las camas, construir un campamento, inventar a medias un juego de mesa y luego abandonarlo. Nadie cuidaba de los gemelos Quincey en la casa Tallis, y para ocultar su culpa Cecilia dijo alegremente:

—Nunca vais a encontrar nada en este desbarajuste.

Empezó a poner orden, rehizo las camas, se quitó de una patada los tacones para subirse a una silla y enderezar la cortina, y encomendó a los gemelos tareas más sencillas y factibles. La obedecieron al pie de la letra, pero hacían su trabajo callados y encorvados, como si la intención de Cecilia fuera más castigarlos que liberarlos, más una regañina que bondad. Estaban avergonzados de su habitación. Encaramada en la silla con su vestido verde oscuro, que se le adhería al cuerpo, al mirar a las dos cabezas pelirrojas, agachadas e inclinadas sobre sus quehaceres, se le ocurrió el simple pensamiento de cuan desesperado y aterrador era para ellos verse privados de amor, forjarse una existencia a partir de la nada en una casa extraña.

Con dificultad, porque no podía doblar mucho las rodillas, se bajó de la silla, se sentó en el borde de una cama y dio una palmada sobre sendos espacios a derecha e izquierda de donde estaba sentada. Sin embargo, los chicos continuaron de pie, observándola expectantes. Ella empleó los débiles tonos del sonsonete de una maestra de parvulario a quien había admirado.

—No hay que llorar por unos calcetines perdidos, ¿no os parece?

Pierrot dijo:

—En realidad, preferiríamos volver a nuestra casa.

Escarmentada, ella reanudó el tono de la conversación adulta.

—Eso es imposible, de momento. Vuestra madre está en París con..., pasando unas pequeñas vacaciones, y vuestro padre está trabajando en la universidad. Conque tendréis que quedaros aquí algún tiempo. Siento que no os hayan atendido. Pero lo habéis pasado estupendamente en la piscina...

Jackson dijo:

—Queríamos actuar en la obra, pero Briony se ha marchado y todavía no ha vuelto.

—¿Estás seguro?

Una preocupación más. Hacía rato que Briony debería haber vuelto. Lo cual, a su vez, le recordó a la otra gente que aguardaba abajo: su madre, la cocinera, León y su amigo Paul, Robbie. Hasta el calor vespertino que entraba en la habitación por las ventanas abiertas, a la espalda de Cecilia, imponía responsabilidades; era una de esas veladas veraniegas con la que una soñaba durante todo el año, y que cuando por fin llegaba con su intensa fragancia, su abanico de placeres, te pillaba tan distraída por exigencias y cuitas menores que no podías reaccionar. Pero tenía que hacerlo. No estaba bien no hacerlo. Sería paradisíaco tomar un gin-tónic con León fuera, en la terraza. No era culpa suya que la tía Hermione se hubiera fugado con un impresentable que todas las semanas pronunciaba en la radio sermones informales. Basta. Se levantó y dio una palmada.

—Sí, es una pena lo de la obra, pero no podemos hacer nada. Vamos a buscar unos calcetines y nos popemos en marcha.

La búsqueda reveló que estaban lavando los calcetines que llevaban puestos a su llegada, y que, en el destructivo furor de la pasión, la tía Hermione sólo había incluido en su equipaje un par de repuesto. Cecilia fue al cuarto de Briony y, revolviendo un cajón, buscó los calcetines menos de chica que hubiera: blancos, largos hasta los tobillos, con cenefas de fresas rojas y verdes. Supuso que ahora habría una pelea por los calcetines grises, pero ocurrió lo contrario, y para evitar más contratiempos tuvo que volver al cuarto de Briony en busca de otro par. Esta vez se detuvo a atisbar el atardecer por la ventana y a preguntarse dónde estaría su hermana. Ahogada en el lago, raptada por gitanos, atropellada por un automóvil que pasaba, pensó ritualmente, pues un sólido principio decretaba que nada era nunca como uno se lo imagina, lo cual era un medio eficaz de excluir lo peor.

Al volver junto a los chicos, peinó el pelo de Jackson con un peine mojado en el agua de un jarrón de flores, sujetándole con firmeza la barbilla entre el pulgar y el índice mientras le trazaba en el cuero cabelludo una raya divisoria, fina y recta. Pierrot aguardó pacientemente su turno y luego, sin decir una palabra, los gemelos corrieron escaleras abajo al encuentro de Betty.

Cecilia les siguió con paso lento, tras echar una ojeada al espejo crítico y plenamente satisfecha con su imagen reflejada. O, mejor dicho, más despreocupada, porque su talante había cambiado desde el rato pasado con los gemelos, y sus pensamientos se habían ensanchado hasta incluir una vaga determinación que cobró forma sin un contenido preciso, y sin que suscitara ningún plan concreto: tenía que irse de allí. Era un pensamiento tranquilizador y placentero, y en absoluto desesperado. Llegó al rellano del primer piso y se detuvo. Abajo, su madre, arrepentida de sus ausencias, estaría sembrando a su alrededor inquietud y confusión. A esa mezcla habría que añadir la noticia de que Briony había desaparecido, si tal era el caso. Encontrarla supondría un gasto de ansiedad y de tiempo. Habría una llamada del ministerio diciendo que el señor Tallis tenía que trabajar hasta tarde y que se quedaría a dormir en la ciudad. León, que poseía el puro talento de eludir las responsabilidades, no asumiría la función del padre. Nominalmente pasaría a manos de la señora Tallis, pero en última instancia el éxito de la velada sería incumbencia de Cecilia. Todo esto estaba claro y no valía la pena rebelarse contra ello: Cecilia no se abandonaría a una deliciosa noche de verano, no habría una larga sesión con León, no pasearía descalza por el césped bajo las estrellas de la medianoche. Notó bajo la mano el pino barnizado y manchado de negro de las barandillas, vagamente neogóticas, inmutablemente sólidas y ficticias. Encima de su cabeza, tres cadenas sostenían una gran araña de hierro forjado que ella jamás en su vida había visto encendida. Se las arreglaban con un par de apliques adornados con borlas y cubiertos por una pantalla de un cuarto de círculo de pergamino falso. Bajo su resplandor, amarillo y espeso, cruzó en silencio el rellano para asomarse al dormitorio de su madre. La puerta entreabierta y la columna de luz sobre la alfombra del pasillo confirmaban que Emily Tallis se había levantado de su lecho diurno. Cecilia volvió a las escaleras y vaciló otra vez, reacia a bajar. Pero no había otra alternativa.

No había novedades en la vida doméstica, pero no estaba afligida. Dos años atrás, su padre se esfumó, enfrascado en la preparación de misteriosos documentos de consulta para el Ministerio del Interior. Su madre siempre había vivido en el territorio de sombras de una inválida, Briony siempre había necesitado los cuidados maternales de su hermana mayor, y León siempre había flotado sin amarras, y ella siempre le había amado por eso. No había pensado que le sería tan fácil readaptarse a la situación antigua. Cambridge la había cambiado de raíz, y se creía inmune. Nadie de su familia, sin embargo, había advertido la transformación operada en ella, y ella no pudo resistirse al poder de las expectativas habituales de los suyos. No culpaba a nadie, pero había vagado por la casa durante todo el verano, alentada por una idea difusa de que estaba restableciendo una importante conexión con su familia. Pero ahora veía que los lazos nunca se habían roto, y que sin embargo sus padres estaban ausentes, cada uno a su manera, y Briony estaba extraviada en sus fantasías, y León vivía en la ciudad. Ahora le tocaba a ella marcharse. Necesitaba una aventura. Un tío y una tía la habían invitado a acompañarles en un viaje a Nueva York. La tía Hermione estaba en París. Podía ir a Londres y buscar un trabajo: era lo que su padre esperaba de ella. Sentía excitación, no descontento, y no consentiría que aquella velada la frustrase. Habría otras parecidas, y para disfrutarlas tendría que estar en otro sitio.

Animada por esta nueva certeza —a la que contribuía, sin duda, la elección del vestido apropiado—, cruzó el vestíbulo y la puerta tapizada de fieltro y recorrió el pasillo de baldosas a cuadros que llevaba a la cocina. Penetró en una nube donde caras incorpóreas colgaban a distintas alturas, como estudios en el cuaderno de bocetos de un artista, y todos los ojos estaban mirando algo expuesto encima de la mesa, algo oscurecido por la ancha espalda de Betty. El difuso fulgor rojo, al nivel del tobillo, era el fuego de carbón de la cocina económica, cuya puerta fue cerrada de un puntapié en ese mismo momento, con gran estruendo y un grito irritado. El vapor ascendió rápidamente de una cuba de agua hirviendo que nadie estaba vigilando. La ayudante de la cocinera, Dolí, una chica delgada del pueblo, con el pelo recogido en un moño austero, estaba en el fregadero, restregando con estrépito y malhumor las tapas de cacerolas, pero ella también se volvió a medias para ver lo que Betty había puesto encima de la mesa. Una de las caras era la de Emily Tallis, otra la de Danny Hardman, una tercera la del padre de éste. Flotando sobre ellas, de pie quizás sobre unos taburetes, estaban Jackson y Pierrot, con expresión solemne. Cecilia sintió encima la mirada del joven Hardman. Se la devolvió con ferocidad, y se quedó satisfecha de que él apartara la vista. El ajetreo había sido prolongado y duro durante todo el día en el calor de la cocina, y había residuos por todas partes: el suelo de piedra estaba resbaladizo a causa de la grasa de carne asada vertida y de las peladuras pisoteadas; paños empapados, testimonios de heroicos trajines olvidados, colgaban sobre la cocina como los estandartes decadentes de regimientos en la iglesia; contra la espinilla de Cecilia chocaba un cesto rebosante de trozos de verduras que Betty llevaría a su casa para alimentar a su cerdo de Gloucester, al que estaba cebando para diciembre. La cocinera miró por encima del hombro para ver a la recién llegada, y antes de que se volviese hubo tiempo de que se viera la furia en los ojos que la grasa de los carrillos había reducido a lonchas de gelatina.

—¡Sacad eso! —gritó. La irritación, sin duda, iba dirigida a la señora Tallis. Dolí, en el fregadero, se plantó de un brinco ante la cocina, patinó, estuvo a punto de caerse y cogió dos trapos para retirar el caldero del fuego. Mejorada la visibilidad, surgió la figura de Polly, la doncella a quien todo el mundo consideraba una simplona, pero que se quedaba hasta tarde siempre que había algún quehacer. Sus ojos confiados y muy abiertos estaban también clavados en la mesa de la cocina. Cecilia avanzó por detrás de Betty para ver lo que veía todo el mundo: una enorme bandeja ennegrecida, recién sacada del horno y que contenía un montón de patatas asadas que aún chisporroteaban débilmente. Habría quizás unas cien en total, en hileras desiguales de un color dorado claro, que la espátula de metal de Betty excavaba, rascaba y volteaba. La cara inferior de las patatas presentaba un brillo amarillento más pegajoso, y, aquí y allá, de un borde reluciente destacaba un tono marrón nacarado, y los dispersos encajes de filigrana que florecían en torno de una piel reventada. Eran, o serían, perfectas.

La última hilera fue volteada y Betty dijo:

—¿Las quiere, señora, en una ensalada de patatas?

—Exactamente. Cortas las partes quemadas, quitas la grasa, las pones en el bol grande toscano* las rocías bien con aceite de oliva y...

Emily hizo un gesto vago hacia un frutero junto a la puerta de la despensa, donde quizás hubiera o no un limón.

Betty habló hacia el techo:

—¿Querrá una ensalada de coles de Bruselas?

—Por favor, Betty.

—¿Una ensalada de coliflor gratinada? ¿Una ensalada de salsa de rábanos picantes?

—Estás armando un alboroto por nada.

—¿Una ensalada de budín de pan?

Uno de los gemelos resopló.

Ocurrió en el preciso momento en que Cecilia adivinó lo que ocurriría a continuación. Betty se volvió hacia ella, la agarró del brazo y formuló su súplica:

—Señorita Cee, nos habían mandado preparar un asado, y hemos estado todo el día con temperaturas por encima del punto de ebullición de la
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