Traducción de Jaime Zulaika anagrama






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títuloTraducción de Jaime Zulaika anagrama
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Las tribulaciones de Arabella. Si no estuviese enferma, subiría a supervisar o ayudar, porque sabía que era algo excesivo para ellos. La enfermedad le había impedido dar a sus hijos todo lo que una madre debiera darles. Ellos, intuyéndolo, siempre la llamaban por su nombre de pila. Cecilia debería echar una mano, pero ella también estaba ensimismada y era demasiado intelectual para ocuparse de unos niños... Emily logró eludir esta secuencia de pensamiento, y tuvo la impresión de que conciliaba, si no el sueño, al menos la sensación de inutilidad desamparada, y transcurrieron muchos minutos hasta que oyó en el pasillo, fuera de su dormitorio, pisadas en las escaleras, y por su sonido amortiguado pensó que debían de ser de pies descalzos y, por ende, de Briony. Cuando hacía calor no se calzaba. Minutos después, nuevamente desde el cuarto de juegos, un revuelo enérgico y algo duro que raspaba el suelo. Los ensayos se habían desmoronado, Briony se había retirado enrabietada, los gemelos jugaban y Lola, si se parecía tanto a su madre como Emily pensaba, estaría tranquila y se sentiría victoriosa.

Sus cuitas de costumbre por sus hijos, su marido, su hermana, el servicio, le habían despellejado los sentidos; la migraña, el amor maternal y, a lo largo de los años, muchas horas inmóvil en la cama, habían destilado de su sensibilidad un sexto sentido, una conciencia tentacular que traspasaba la penumbra y se movía por la casa, invisible y omnisciente. Sólo le llegaba la verdad, porque no era fácil engañarla. El murmullo de voces indistinto, percibido a través de un suelo alfombrado, superaba en nitidez a una transcripción tecleada a máquina; una conversación que cruzaba una pared o, aún mejor, dos paredes, le llegaba despojada de todo lo que no fueran sus giros y matices esenciales. Lo que para otros era una sordina, era una amplificación casi intolerable para sus sentidos alerta, tan afinados como la antena de una vieja radio. Tendida a oscuras, lo sabía todo. Cuantas menos cosas podía hacer, más percibía. Pero aunque en ocasiones ansiaba levantarse para intervenir, sobre todo cuando Briony la necesitaba, el miedo al dolor la contenía. En el peor de los casos, un conjunto de afilados cuchillos de cocina, incontrolables, le atravesaban una y otra vez el nervio óptico, con una presión más fuerte hacia abajo, y la dejaban totalmente aislada y sola. Incluso gemir agravaba el calvario.

De modo que permaneció en la cama mientras discurría el atardecer. La puerta principal se había abierto y cerrado. Briony habría salido, de mal humor, y probablemente se habría ido a la orilla del agua, de la piscina o del lago, o quizás se hubiera ido hasta el río. Emily oyó pisadas cautelosas en las escaleras: Cecilia, por fin, llevando las flores al cuarto de invitados, un encargo sencillo que aquel día le había pedido muchas veces que cumpliera. Más tarde, Betty llamando a Danny y el sonido del carruaje sobre la grava, y Cecilia que bajaba a recibir a los visitantes y, enseguida, esparciéndose por la penumbra, un ligerísimo olor a cigarrillo; le habían dicho mil veces que no fumara en la escalera, pero habría querido impresionar al amigo de León, lo cual, en definitiva, podría no ser malo. Voces resonando en el vestíbulo, Danny que acarreaba el equipaje y volvía a bajar, y silencio: Cecilia habría llevado a León y a Marshall a la piscina, para tomar el ponche que la propia Emily había preparado aquella mañana. Oyó el correteo de una criatura de cuatro patas que bajaba la escalera: los gemelos, ansiosos de piscina y a punto de llevarse el chasco de encontrarla ocupada.
Se sumió en un sopor del que la despertó el zumbido de una voz de hombre en el cuarto de juegos, y las respuestas de voces infantiles. Sin duda no de León, que sería inseparable de su hermana ahora que se habían reunido. Sería la de Marshall, cuya habitación estaba en el mismo pasillo que aquel cuarto, y les estaba hablando más bien a los gemelos, decidió, que a Lola. Emily se preguntó si estarían siendo impertinentes, pues cada gemelo parecía comportarse como si sus obligaciones sociales estuviesen divididas en dos. Ahora Betty subía las escaleras y los llamaba a medida que subía, quizás con una aspereza algo excesiva, teniendo en cuenta las penalidades de Jackson aquella mañana. La hora del baño, la hora del té, la de acostarse; la bisagra del día: aquellos sacramentos infantiles del agua, la comida y el sueño casi habían desaparecido de la rutina cotidiana. La tardía e inesperada aparición de Briony había mantenido a la familia viva hasta que Emily hubo rebasado con creces los cuarenta, y qué apacibles, qué reparadores habían sido aquellos años; el jabón de lanolina y la gruesa toalla blanca de baño, el parloteo de la niña resonando en la acústica vaporosa del cuarto de baño; envolverla en la toalla, retenerle los brazos y sentarla en el regazo durante un momento de desamparo en el que Briony, bebé, se había deleitado no hacía tanto tiempo; pero ahora bebé y baño se habían esfumado detrás de una puerta cerrada con llave, por extraño que pareciese, ya que la niña siempre parecía necesitar un lavado y un cambio de ropa. Briony se había desvanecido dentro de un intacto universo interior del cual la escritura era sólo la superficie visible, la corteza protectora que ni siquiera, o en especial, una madre amorosa podía penetrar. Su hija estaba siempre mentalmente ausente, absorta en algún problema no expresado e impuesto por ella misma, como si una niña pudiese reinventar el mundo tedioso y manifiesto. Era inútil preguntarle a Briony qué estaba pensando. Hubo un tiempo en que habría obtenido una respuesta inteligente y complicada que a su vez habría propiciado preguntas tontas y graves a las que Emily daba las mejores respuestas que podía; y aunque las sinuosas hipótesis que contenían eran difíciles de recordar ahora con detalle, sabía que nunca había hablado tan bien con alguien como con su hija más pequeña de once años. Ninguna mesa ni ningún margen sombreado de una pista de tenis la habían oído hablar con tanta fluidez y tanta riqueza asociativa. Ahora los demonios de la cohibición y del talento habían enmudecido a Briony, y si bien no era menos cariñosa —en el desayuno se le había acercado sigilosamente y había enlazado sus dedos con los de su madre—, Emily lamentaba que hubiese concluido una edad de elocuencia. Ya nunca volvería a hablar así con nadie, y en eso se cifraba el deseo de tener otro hijo. Pronto cumpliría los cuarenta y siete años.

El sordo estruendo de las cañerías —no había percibido su comienzo— cesó con una sacudida que estremeció el aire. Ahora los hijos de Hermione estarían en el baño, con sus cuerpecitos estrechos y huesudos en los dos extremos de la bañera, y en la silla de mimbre, de un azul desvaído, estarían plegadas las mismas toallas blancas, y a los pies, la estera gigante de corcho, que tenía una esquina roída por los mordiscos de un perro que había muerto hacía mucho tiempo; pero en vez de parloteo, un silencio pavoroso, y en vez de una madre, solamente Betty, cuyo corazón bondadoso ningún niño descubriría nunca. ¿Cómo podía Hermione sufrir una depresión nerviosa —el término preferido, en general, por su amigo que trabajaba en la radio—, cómo podía elegir para sus hijos el silencio y el miedo y la tristeza? Emily supuso que ella misma tendría que supervisar la hora del baño. Pero sabía que, aunque los cuchillos no se cernieran sobre su nervio óptico, sólo atendería a sus sobrinos por sentido del deber. No eran hijos suyos. Tan sencillo como eso. Y eran chicos y, por tanto, fundamentalmente poco comunicativos, sin un don para la intimidad, y, para colmo, habían diluido sus identidades, pues ella nunca había encontrado aquel triángulo de la oreja que faltaba. Sólo se les podía conocer como conjunto.

Se incorporó sobre un codo y se llevó el vaso de agua a los labios. Empezaba a remitir la presencia de su animal torturador, y ahora consiguió colocar dos almohadas contra la cabecera para incorporarse del todo. Era una maniobra lenta j torpe, porque temía un movimiento súbito, y por ello el crujido de los muelles se prolongó y amortiguó a medias el sonido de una voz de hombre. Recostada sobre un lado, se quedó inmóvil, aferrando con una mano el extremo de una almohada, y concentró su atención aguda en cada recoveco de la casa. No oyó nada y luego, como una lámpara que se enciende y se apaga en la oscuridad total, hubo una carcajada bruscamente acallada. Lola, pues, en el cuarto con Marshall. Siguió acomodándose, y por fin se tumbó de espaldas y tomó un sorbo de agua templada. Puede que no fuera una mala persona, aquel próspero empresario joven, si estaba dispuesto a pasar el tiempo entreteniendo a unos niños. Pronto estaría en condiciones de encender la lámpara de la mesilla, y al cabo de veinte minutos podría reunirse con la familia y atender a sus diversas inquietudes maternales. Lo más urgente era una incursión a la cocina para averiguar si no era demasiado tarde para convertir el asado en fiambres y ensaladas, y luego tenía que saludar a su hijo y evaluar a su amigo y darle la bienvenida. Una vez hecho esto, comprobaría que los gemelos estaban siendo bien atendidos y quizás les concediera algún tipo de premio compensatorio. Después sería el momento de telefonear a Jack, que se habría olvidado de decirle que esa noche no volvería a casa. Tendría que hablar con la seca mujer de la centralita y con el joven pedante de la antesala del despacho, y para tranquilizar a su marido le diría que no tenía por qué sentirse culpable. Buscaría a Cecilia para cerciorarse de que había arreglado las flores como le había encomendado, y de que hiciese por lo menos un esfuerzo esa noche y asumiera algunas de las responsabilidades de una anfitriona, y de que se había puesto un vestido bonito y no fumara en todas las habitaciones. Y luego, lo más importante de todo, iría a buscar a Briony porque el fracaso de la obra era un golpe terrible y la niña necesitaría todo el consuelo que una madre sabía prestar. La búsqueda significaba exponerse sin protección alguna a la luz del sol, y hasta los menguantes rayos del atardecer podían provocarle un ataque. Así que tendría que buscar las gafas de sol, lo cual, más que la cocina, debía ser prioritario, porque estaban en alguna parte de aquel dormitorio, en un cajón, entre las páginas de un libro, en un bolsillo, y sería un fastidio tener que volver a subir luego a buscarlas. También tendría que ponerse un calzado de suela plana por si Briony se había aventurado hasta el río...

Así pues, Emily permaneció varios minutos más recostada contra las almohadas, después de que su criatura atormentadora se hubiera escabullido, y pacientemente hizo sus planes y los revisó, y les asignó el orden conveniente. Calmaría a la familia, que le parecía, desde la penumbra enfermiza de su alcoba, como un continente trastornado y escasamente poblado en cuya vastedad arbolada elementos rivales reclamaban una y otra vez su intranquila atención. No se hacía ilusiones. Los antiguos planes, si una acertaba a recordar cuáles eran, los planes que el tiempo había anulado, solían ejercer una influencia febril y demasiado optimista sobre los sucesos. Podía extender sus zarcillos por cada cuarto de la casa, pero no extenderlos hasta el futuro. También sabía que, en última instancia, a lo que aspiraba era a su propia serenidad; era mejor que el interés personal y la bondad no estuviesen separados. Se irguió con suavidad, balanceó los pies hasta el suelo y los introdujo en las zapatillas. Optó por encender la lamparilla en vez de descorrer ya las cortinas, y comenzó la búsqueda exploratoria de sus gafas oscuras. Ya había decidido dónde buscarlas primero.
7
El templo de la isla, construido al estilo de Nicholas Revett a fines del decenio de 1780, había sido concebido como un punto de interés, un elemento que llamara la atención para realzar el ideal bucólico, y no tenía, por supuesto, propósito religioso alguno. Estaba bastante cerca de la orilla del agua, elevado sobre un talud prominente, para arrojar un reflejo pintoresco en el lago, y desde la mayoría de perspectivas la fila de columnas y el frontón que había sobre ellas estaban sombreados por la fronda encantadora de los olmos y robles que habían crecido alrededor. Visto de más cerca, el templo presentaba un aspecto más triste: la humedad, que ascendía a través de una membrana aislante deteriorada, había provocado el desprendimiento de algunos paneles de estuco. En algún momento de finales del siglo xix se habían hecho toscas reparaciones con cemento sin pintar, que se había vuelto pardo y daba al edificio una apariencia sucia y enfermiza. En otros puntos, los listones al descubierto, que también se estaban pudriendo, mostraban el costillar de un animal famélico. Hacía tiempo que habían retirado las puertas dobles que se abrían a una cámara circular de techo abovedado, y el suelo de piedra estaba cubierto por una capa gruesa de hojas y mantillo, excrementos de pájaros y animales diversos que entraban y salían del templo. Faltaban todos los cristales de las hermosas ventanas georgianas, rotas por León y sus amigos a finales de los años veinte. En las altas hornacinas que en un tiempo habían contenido estatuas no había ahora nada más que sucios restos de telarañas. El único mobiliario era un banco procedente del campo de criquet del pueblo: de nuevo, el joven León y sus terribles amigos de la escuela. Habían arrancado las patas para romper las ventanas, y yacían en el exterior, desmigajándose blandamente en la tierra, entre las ortigas y los incorruptibles añicos de cristales.

Así como la caseta de la piscina situada detrás del establo imitaba características del templo, éste supuestamente encarnaba referencias a la casa original, de estilo Adam, aunque nadie de la familia Tallis sabía cuáles eran. Tal vez fuese el estilo de las columnas, o el frontón, o las proporciones de las ventanas. En diferentes épocas del año, pero sobre todo en Navidad, cuando los ánimos eran expansivos, algunos miembros de la familia que cruzaban el puente prometían investigar el asunto, pero ninguno se tomaba la molestia de dedicarle tiempo cuando comenzaba el atareado nuevo año. Más que su deterioro, era este nexo, este recuerdo perdido del parentesco más noble del templo, lo que confería su aire triste a la pequeña construcción inútil. Y templo era el huérfano de una gran dama de sociedad, ahora que nadie se ocupaba de él, que nadie lo miraba, niño había envejecido antes de tiempo y se había abandonado. Había una mancha afilada de hollín, tan alta como ur hombre, en un muro exterior donde dos vagabundos, er una ocasión, habían perpetrado el escándalo de encender una fogata para asar una carpa que no les pertenecía. Durante largo tiempo había habido una bota apergaminada la intemperie, sobre la hierba que los conejos mantenían al ras. Pero cuando Briony la buscó, la bota había desaparecido, como todas las cosas harían a la larga. La idea de que el templo, que ostentaba su propio crespón negro, guardase luto por la mansión incendiada, que anhelara una presencia invisible y magna, le confería una atmósfera débilmente religiosa. La tragedia lo había salvado de ser una mera imitación.
Es difícil fustigar durante mucho tiempo a las ortigas sin que emerja una historia, y Briony no tardó en hallarse absorta y gravemente contenta, aunque ofreciese el aspecto de una chica embargada por un humor de perros. Peló una delgada rama de avellano que había encontrado. Había trabajo que hacer, y lo acometió. Una alta ortiga de primorosa apariencia, con la testa tímidamente agachada y las hojas medianas extendidas hacia fuera, como manos que protestan inocencia: esta planta era Lola, y aunque lloriquease pidiendo clemencia, el arco silbante de una vara de un metro la segó por las rodillas y lanzó por el aire su torso despreciable. Era una actividad demasiado gratificante para interrumpirla, y las siguientes ortigas también eran Lola; ésta, inclinada para susurrar algo al oído de su vecina, fue cercenada con una mentira indignante en los labios; aquí aparecía Lola de nuevo, separada de las otras, con la cabeza ladeada en maquinación venenosa; allí, presidía un corro de jóvenes admiradores y estaba propalando rumores sobre Briony. Era lamentable, pero los admiradores tendrían que morir con ella. Luego volvió a erguirse, envalentonada por los diversos pecados de su prima —orgullo, gula, avaricia, reluctancia a cooperar—, y por cada uno pagó con una vida. Su último acto de maldad fue caer a los pies de Briony y pincharle los dedos. Cuando Lola ya había muerto suficiente, tres pares de jóvenes ortigas fueron sacrificadas por la incompetencia de los gemelos: el castigo era indiferente y no dispensaba mercedes especiales a los niños. Después, la escritura de obras de teatro se transformó asimismo en una ortiga; de hecho se convirtió en varias; la superficialidad, el tiempo malgastado, el desorden de las mentes ajenas, la inutilidad del fingimiento: en el jardín de las artes, era una mala hierba y debía morir.

No siendo ya dramaturga, y tanto más reconfortada por ello, y en busca de cristales rotos, se internó más alrededor del templo, a lo largo de la franja donde la hierba mordisqueada se juntaba con la maleza enmarañada que brotaba entre los árboles. Desollar las ortigas se estaba convirtiendo en un acto de purificación personal, y ahora la emprendió contra la infancia, pues ya no necesitaba la suya. Un espécimen larguirucho sustituyó todo lo que había arrasado hasta aquel momento. Pero aquello no bastaba. Asentando firmemente los pies en la hierba, con trece varazos dio buena cuenta de su propio yo año tras año. Cortó la enfermiza dependencia de la más tierna y primera infancia, y a la colegiala ávida de exhibirse y de alabanzas, y el estúpido orgullo por los primeros relatos de la niña de once años, y la confianza en la buena opinión de su madre. Las ortigas volaban por encima de su hombro izquierdo y caían a sus pies. La fina punta de la vara producía un sonido en dos tonos al rasgar el aire. ¡Se acabó!, le hacía decir ella. ¡Ya basta! ¡Toma! Enseguida fue esta acción la que la abstrajo, junto con la crónica de prensa que compuso al compás de sus tajos. Nadie en el mundo superaba en esto a Briony Tallis, que al año siguiente representaría a su país en los Juegos Olímpicos de Berlín y estaba segura de ganar el oro. La gente la examinaba atentamente y se maravillaba de su técnica, de su preferencia por actuar descalza porque mejoraba el equilibrio —tan importante en este exigente deporte—, en el que todos los dedos de los pies desempeñaban su cometido; de la manera como dirigía con la muñeca y giraba de golpe la mano sólo al final del latigazo, de la forma de repartir el peso del cuerpo y de emplear la rotación de las caderas para cobrar un ímpetu adicional, de su costumbre distintiva de extender los dedos de la mano libre: nadie la igualaba. Autodidacta, la hija menor de un alto funcionario. Mira qué concentración tiene en la cara al evaluar un ángulo, nunca falla un golpe, siega cada ortiga con una precisión inhumana. Alcanzar aquel nivel requería dedicar toda una vida. ¡Y qué cerca había estado de malgastarla como dramaturga!

Cayó en la cuenta de pronto de que tenía el carruaje a su espalda, traqueteando sobre el primer puente. León, por fin. Sintió sus ojos sobre ella. ¿Era aquella la hermanita a quien había visto por última vez en la estación de Waterloo, apenas tres meses antes, y que ahora formaba parte de una flor y nata internacional? Tercamente, no se dignó volverse para saludarle; tenía que aprender que ella era ahora independiente de la opinión ajena, incluso de la de él.

Era una gran maestra, enfrascada en las complejidades de su arte. Además, seguro que él detendría el carruaje y bajaría corriendo por el terraplén, y ella tendría que sufrir la interrupción con buen talante.

El sonido de ruedas y de cascos, que se hacía más tenue al cruzar el segundo puente, demostraba —supuso— que su hermano conocía el sentido de la distancia y el respeto profesionales. No obstante, una cierta tristeza la fue invadiendo a medida que continuaba su tarea alrededor del templo de la isla, hasta perderse de vista desde la carretera. Una línea irregular de ortigas decapitadas que yacían en la hierba indicaba su avance, al igual que las blancas ampollas urticantes en sus pies y tobillos. La punta de la vara de avellano silbaba al trazar su arco en el aire, hojas y tallos se desgajaban, pero era cada vez más arduo suscitar los vítores de la multitud. Los colores se retiraban de su fantasía, decrecían sus placeres narcisistas en el movimiento y el equilibrio, le dolía el brazo. Se estaba transformando en una chica que corta ortigas con una vara, y al final se detuvo, la tiró hacia los árboles y miró alrededor.

El precio de abismarse en ensueños era siempre el regreso, la readaptación a lo que había antes y que después parecía un poco peor. Su ensoñación, antes rica en detalles verosímiles, ahora era una tontería pasajera ante la masa compacta de la realidad. Era difícil regresar. Vuelve, le susurraba su hermana cuando ella despertaba de un mal sueño. Briony había perdido su divino poder de creación, pero sólo en aquel momento del retorno esta pérdida resultaba evidente; parte del incentivo de un ensueño era la ilusión de hallarse impotente ante su lógica: la rivalidad internacional la forzaba a competir al máximo nivel entre los mejores del mundo, y a aceptar los retos derivados de la preeminencia en su especialidad —la de cortar ortigas—, la empujaba a rebasar sus propios límites para saciar al público estruendoso, y a ser la mejor y, lo que es más importante, única. Pero, por supuesto, todo era un producto suyo, algo hecho por ella y sobre ella, y ahora estaba de regreso en el mundo, no en el que ella creaba, sino en el que le había creado a ella, y sintió que se encogía bajo el cielo del atardecer. Se sentía cansada de estar al aire libre, pero no preparada para volver a casa. ¿Era, en verdad, lo único que había en la vida, estar bajo techo o estar a la intemperie? ¿No había más sitios donde ir? Dio la espalda al templo y caminó lentamente hacia el puente por el césped perfecto que los conejos habían esculpido. Delante, iluminada por el sol poniente, había una nube de insectos que se mecían al azar, como pegados a una invisible cuerda elástica: un misterioso baile de cortejo, o la pura exuberancia insectil que la retaba a descubrirle un sentido. Con un espíritu de resistencia sublevada, escaló la empinada pendiente de hierba que llevaba al puente y, cuando llegó al sendero, resolvió no moverse de allí hasta que le sucediera algo de importancia. Era el desafío que lanzaba a la existencia— no moverse para ir a cenar, ni siquiera en el caso de que su madre la llamara. Se limitaría a esperar en el puente, en calma y obstinada, hasta que algún suceso, un suceso real, no sus propws fantasías, recogiese el guante de su desafío y disipara su insignificancia.

8
Al atardecer, nubes altas en el cielo del oeste formaron una fina capa amarilla que se fue adensando según avanzaba la hora y luego se espesó, hasta que un fulgor filtrado de color naranja se cernió sobre las frondas gigantescas de los árboles del parque; las hojas se tornaron de un tono pardo de almendra, y de un color negro aceitoso las ramas entrevistas entre el follaje, y las hierbas secas cobraron la tonalidad del cielo. Un pintor fauve consagrado a la búsqueda de colores imposibles podría haber imaginado un paisaje así, en especial cuando el cielo y la tierra adquirieron un esplendor rojizo, y los troncos hinchados de robles vetustos se volvieron tan negros que empezaron a parecer azules. Aunque el sol, al ponerse, se había atenuado, la temperatura parecía aumentar porque ya no soplaba la brisa que había proporcionado un débil alivio a lo largo del día, y el aire estaba ahora inmóvil y cargado.

La escena, o una diminuta porción de ella, habría sido visible para Robbie Turner a través de una claraboya precintada, si se hubiera tomado la molestia de levantarse del baño, doblar las rodillas y girar el cuello. Durante todo el día, su pequeño dormitorio, el cuarto de baño y el cubículo encajado entre ambos, al que él llamaba su estudio, se habían abrasado bajo la vertiente meridional del tejado del bungalow. Durante más de una hora, al volver del trabajo, había estado sumergido en un baño templado, mientras su sangre y, al parecer, sus pensamientos, caldeaban el agua. Sobre él, el rectángulo enmarcado de cielo recorría lentamente su segmento limitado del espectro, del amarillo al naranja, mientras Robbie tamizaba sentimientos desconocidos y evocaba una y otra vez determinados recuerdos. Ninguno amainaba. A intervalos, unos centímetros por debajo de la superficie del agua, los músculos de su estómago se tensaban involuntariamente al rememorar otro detalle. Una gota de agua sobre la parte superior del brazo de ella. Mojada. Una flor bordada, una sencilla margarita, cosida entre las copas de su sujetador. Sus pechos bien separados y pequeños. En la espalda, un lunar cubierto a medias por una cinta. Cuando ella salió del pilón, un vislumbre de la oscuridad triangular que las bragas se suponía que ocultaban. Mojada. Lo vio, se obligó a volver a verlo. El modo en que los huesos de su pelvis despegaban el tejido de su piel, la profunda curva de su talle, su extraordinaria blancura. Cuando ella extendió la mano para recoger su falda, un pie negligentemente levantado descubrió una pella de tierra en cada envés de sus dedos dulcemente decrecientes. Otro lunar del tamaño de un cuarto de penique en el muslo y algo purpúreo en la pantorrilla: una marca de color fresa, una cicatriz. No máculas. Ornatos. La conocía desde que eran niños, y nunca la había mirado. En Cambridge, ella fue una vez a su cuarto con una chica neozelandesa de gafas y alguien de su facultad, y Robbie estaba en compañía de un amigo de Downing. Pasaron una hora de holganza amenizada con bromas nerviosas, y circularon cigarrillos. De vez en cuando se cruzaban en la calle y se sonreían. A ella siempre parecía incomodarla: «Es el hijo de nuestra asistenta», quizás susurrase a sus amigas cuando pasaba de largo. A él le gustaba que la gente supiera que no le importaba: «Ésa es la hija de la señora de mi madre», le dijo a un amigo en una ocasión. Se protegía con su fe política, con su teoría científica de las clases y con su propio aplomo algo forzado. Soy lo que soy. Ella era como una hermana, casi invisible. Aquella cara larga y estrecha, la boca pequeña; si alguna vez hubiera pensado en ella, habría podido decir que tenía un aspecto un poco caballuno. Ahora veía que era una beldad extraña: había algo esculpido y quieto en su cara, sobre todo alrededor de los planos inclinados de sus pómulos, y un destello silvestre en los orificios nasales, y una boca llena, reluciente como un capullo de rosa. Sus ojos eran oscuros y contemplativos. Su mirada era de estatua, pero sus movimientos eran rápidos e impacientes; aquel jarrón estaría todavía intacto si ella no se lo hubiese arrebatado tan súbitamente de las manos. Era evidente que estaba inquieta, aburrida y recluida en la casa Tallis, y que pronto se iría.

Tendría que hablar con ella enseguida. Se levantó por fin de la bañera, tiritando, persuadido de que un gran cambio se avecinaba. Atravesó desnudo el estudio para entrar en la alcoba. La cama sin hacer, el revoltijo de las ropas desechadas, una toalla en el suelo, el calor ecuatorial del cuarto emitían una sensualidad paralizante. Se tendió en la cama, de bruces contra la almohada, y gimió. La dulzura, la delicadeza de su amiga de la infancia, y ahora en peligro de volverse inaccesible. Desvestirse de aquel modo..., sí, su conmovedor intento de parecer excéntrica, su tentativa de mostrarse audaz poseía un sello exagerado y hogareño. Ahora estaría mortalmente arrepentida, y no podía saber el efecto que había causado en él. Y todo aquello estaría muy bien, sería remediable, si ella no estuviese tan enfadada por un jarrón roto que se le había partido en las manos. Pero también amaba su cólera. Rodó hacia un costado, con los ojos fijos y sin ver, y se consintió una fantasía de película: ella le golpeaba en las solapas antes de ceder con un pequeño sollozo al cerco protector de sus brazos y de permitir que él la besara; no le perdonaba, simplemente cedía. Recreó la escena varias veces antes de volver a la realidad: ella estaba furiosa, y lo estaría aún más cuando supiera que también le habían invitado a la cena. Afuera, en la luz relumbrante, no había reflexionado lo bastante deprisa para rechazar la invitación de León. Automáticamente, había gimoteado que aceptaba, y ahora tendría que encarar la irritación de Cecilia. Gimió de nuevo, sin importarle que le oyeran abajo, al recordar cómo ella se había despojado de la ropa en su presencia; con tanta indiferencia como si él fuese un niño. Por supuesto. Ahora lo veía claro. Su intención era humillarle. Era un hecho innegable. La humillación. Quería infligírsela. Ella no era pura dulzura y él no podía condescender ante ella, porque era una fuerza capaz de sumergirle y de mantenerle la cabeza hundida.

Pero quizás —ahora se había tendido de espaldas— no debiera dar crédito a su indignación. ¿No había sido excesivamente teatral? Sin duda su intención no habría sido tan mala, incluso enfadada. Incluso enfadada, había querido mostrarle lo hermosa que era, y subyugarle. ¿Cómo confiar en una idea tan prometedora que nacía de la esperanza y el deseo? No podía no hacerlo. Cruzó las piernas, enlazó las manos por detrás de la cabeza y notó la piel fresca mientras se secaba. ¿Qué diría Freud? Algo como que ella ocultaba el deseo inconsciente de entregársele con un alarde de ira. ¡Patética esperanza! Era una castración, una sentencia, y esto —lo que sentía ahora—, esta tortura era el castigo por haber roto aquel jarrón ridículo. No volvería a verla. Debía verla esa noche. De todos modos, no le quedaba otro remedio: él se marchaba. Ella le despreciaría si iba a la cena. Debería haber rechazado la invitación de León, pero en el momento en que fue formulada su pulso le había dado un brinco y el «sí» gimoteado se le había escapado de la boca. Aquella noche estaría con ella en el mismo comedor, y el cuerpo que había visto, los lunares, la palidez, la marca color fresa, estarían encubiertos por la ropa. Sólo él los conocía, y Emily, por supuesto. Pero sólo él pensaría en ellos. Y Cecilia no le miraría ni le dirigiría la palabra. Hasta eso sería mejor que gemir allí tumbado. No. Sería peor, pero aun así lo quería. Tenía que ir. Quería que fuese peor.

Se levantó, por fin, medio vestido, y entró en su estudio, se sentó ante la máquina de escribir y se preguntó qué clase de carta debía escribirle. Al igual que el dormitorio y el cuarto de baño, el estudio quedaba aplastado por el vértice del tejado del bungalow, y era poco más que un pasillo entre los dos, de apenas dos metros de largo por uno cincuenta de ancho. Como en las otras dos habitaciones, había una claraboya enmarcada en pino sin pulir. Apilados en un rincón, sus avíos de excursionista: botas, piolet, morral de cuero. Una mesa de cocina con marcas de cuchillo ocupaba casi todo el espacio. Inclinó hacia atrás la silla y contempló el escritorio como quien contempla una vida. En un extremo, formando un alto montículo contra el techo abuhardillado, estaban las carpetas y los cuadernos de ejercicios de los últimos meses de preparación de los exámenes finales. Ya no le servían aquellas notas, pero era muchísimo el trabajo y el éxito asociados con ellas, y no se decidía a tirarlas todavía. Posados parcialmente encima, había algunos de sus mapas de ruta, del norte de Gales, de Hampshire y de Surrey, y del abandonado viaje a pie a Estambul, y una brújula con un espejo de observación rajado que en una ocasión había utilizado para caminar sin mapas hasta Lulworth Cove.

Más allá de la brújula estaban sus ejemplares de los
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