Traducción de Jaime Zulaika anagrama






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fecha de publicación22.09.2015
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Clarissa de Richardson. Había hecho una tentativa desganada de establecer un árbol genealógico, pero los antepasados del lado paterno, al menos hasta que su bisabuelo abrió su humilde ferretería, estaban irreparablemente hundidos en una ciénaga de labranza de tierras, con sospechosos y confusos cambios de apellidos por parte de los hombres, y concubinatos no consignados en los registros de la parroquia. No podía quedarse allí, sabía que debía hacer planes, pero no hacía nada. Había diversas posibilidades, ninguna de ellas apremiante. Disponía de algún dinero propio, el suficiente para subsistir modestamente durante cosa de un año. León le reiteraba invitaciones para que fuese a pasar una temporada con él en Londres. Amigos de la universidad le ofrecían ayuda para encontrarle un empleo, monótono, sin duda, pero que le daría independencia. Tenía tíos y tías interesantes por parte de madre que siempre se alegraban de verla, entre ellas la atolondrada Hermione, madre de Lola y de los gemelos, que en aquel mismo momento estaba en París con un amante que trabajaba en la radio.

Nadie retenía a Cecilia, a nadie le importaría mucho que se marchase. No era el sopor lo que la retenía: a menudo su inquietud alcanzaba un grado irritable. Simplemente le gustaba pensar que le impedían irse, que la necesitaban. De vez en cuando se convencía a sí misma de que se quedaba por Briony, o para ayudar a su madre, o porque aquélla era en verdad su última estancia prolongada en casa y tenía que aguantarla. De hecho, no la ilusionaba la idea de hacer las maletas y tomar el tren de la mañana. Irse por el hecho de irse. Languidecer allí, aburrida y confortable, era una forma de castigo que ella misma se infligía y que estaba teñido de placer, o de la expectativa del mismo; si se marchaba, algo malo podría suceder o, peor aún, algo bueno, algo que no se podía permitir de perderse. Y estaba Robbie, que la exasperaba con su afectación y su distancia, y los magnos proyectos que sólo condescendía a comunicar al padre de Cecilia. Ella y Robbie se conocían desde los siete años, y a ella le disgustaba que hablasen sin naturalidad. Con todo, ella creía que gran parte de la culpa era de Robbie —¿se le habría subido a la cabeza haber sido el primero de su promoción?—, sabía que era un asunto que debía aclarar antes de pensar en irse.

Por las ventanas abiertas entraba el tenue aroma correoso de boñiga de vaca, siempre presente salvo en los días más fríos, y perceptible sólo para quienes venían de fuera. Robbie había depositado su paleta y se levantó para liar un cigarrillo, un vestigio de su época de militante del Partido Comunista; otra veleidad abandonada, junto con sus ambiciones en materia de antropología y el proyecto de un viaje a pie desde Calais a Estambul. No obstante, el paquete de tabaco de Cecilia estaba dos rellanos más arriba, en uno de los varios bolsillos posibles.

Se adentró en el salón y metió las flores dentro del jarrón. En un tiempo había pertenecido a su tío Clem, cuyo entierro, o segundo entierro, al final de la guerra, ella recordaba muy bien: la cureña llegando al cementerio rural, el féretro envuelto en la bandera del regimiento, las espadas en alto, el toque de clarín al borde de la tumba y, lo más memorable de todo para una niña de cinco años, el llanto de su padre. Clem era el único hermano de su padre. La historia de cómo había conseguido el jarrón la refería el joven teniente en una de las últimas cartas que escribió a casa. Estaba de servicio como oficial de enlace en el sector francés y había dirigido la evacuación, en el último minuto, de una pequeña ciudad al oeste de Verdún, antes de que la bombardeasen. Salvó quizás a cincuenta mujeres, niños y ancianos. Más tarde, el alcalde y otros oficiales guiaron al tío Clem a través de la ciudad hasta un museo destruido a medias. Sacaron el jarrón de una vitrina y se lo obsequiaron en prueba de gratitud. No pudo rechazarlo, por muy inconveniente que pudiese parecer librar una guerra con una porcelana de Meissen debajo del brazo. Un mes después, el jarrón fue depositado a salvo en una granja, y el teniente Tallis vadeó un río crecido para recuperarlo y regresó del mismo modo a medianoche para reunirse con su unidad. En los últimos días de la guerra le encomendaron tareas de patrulla y entregó el jarrón a un amigo para que se lo guardase. Poco a poco, el objeto hizo su camino de retorno hasta los cuarteles del regimiento, y fue entregado a la familia Tallis algunos meses después del entierro del tío Clem.
No tenía sentido, en realidad, tratar de ordenar flores silvestres. Revueltas, formaban su propia simetría, y era sin duda cierto que repartirlas entre los iris y las adelfillas estropeaba también el efecto. Dedicó unos minutos a hacer algunos ajustes destinados a lograr un aire de caos natural. Mientras lo hacía pensó en salir a ver a Robbie. Así se ahorraría el tramo de escalera. Pero tenía calor y estaba incómoda, y le hubiera gustado comprobar su apariencia en el amplio espejo dorado de encima de la chimenea. Pero si él se volvía —estaba de espaldas a la casa, fumando— vería directamente el interior del salón. Ella terminó, por fin, y se incorporó. Ahora el amigo de su hermano, Paul Marshall, podría creer que las flores habían sido puestas en el jarrón con el mismo espíritu desenfadado con que habían sido recogidas. Cecilia sabía que de nada servía ordenar flores antes de que hubiese agua; pero así era; no pudo resistirse a removerlas, y no todo lo que una hacía podía hacerse en un orden lógico y correcto, sobre todo cuando estabas sola. Su madre quería flores en el cuarto de invitados y Cecilia estaba encantada de complacerla. El sitio donde ir a buscar agua era la cocina. Pero Betty preparaba el guiso para la cena, y estaba de un humor de perros. No sólo los pequeños Jackson o Pierrot estarían aterrados, sino también la ayudante que había venido del pueblo. Incluso desde el salón se oía ya un grito ocasional y amortiguado de mal genio y el repique de una cacerola contra un hornillo más fuerte de lo normal. Si Cecilia entraba ahora tendría que mediar entre las vagas instrucciones de su madre y el talante enérgico de Betty. Seguramente era más prudente salir fuera y llenar el jarrón en la fuente.

Un día, cuando ella tenía unos diez años, un amigo del padre de Cecilia que trabajaba en el museo Victoria y Albert había venido a examinar el jarrón y lo había declarado auténtico. Era una genuina porcelana de Meissen, obra del gran artista Horoldt, que lo había pintado en 1726. Casi con certeza había sido en un tiempo propiedad del rey Augusto. Aun cuando se admitiese que valía más que todas las demás piezas de la casa Tallis, que eran casi todas cachivaches reunidos por el

abuelo de Cecilia, Jack Tallis quería el jarrón en condiciones de uso, en honor de la memoria de su hermano. No tenía que estar encerrado en una vitrina. El razonamiento era que si había sobrevivido a la guerra también podría sobrevivir a los Tallis. Su mujer no disintió. Lo cierto era que, a pesar del gran valor del jarrón, a Emily Tallis no le gustaba mucho. Sus figurillas chinas pintadas, agrupadas formalmente alrededor de una mesa en un jardín, con plantas floridas y pájaros inverosímiles, parecían recargadas y opresivas. Las cosas chinas, en general, la aburrían. Cecilia, por su parte, tampoco las apreciaba demasiado, aunque a veces se preguntaba por cuánto podrían subastarlo en Sotheby. El jarrón gozaba de respeto no por la maestría de Horoldt con los esmaltes polícromos ni por el entrelazado azul y oro de tiras y de follaje, sino por el tío Clem y las vidas que había salvado, el río que había cruzado a medianoche y su muerte justo una semana antes del armisticio. Las flores, en particular las silvestres, parecían un homenaje apropiado.

Cecilia sujetó la fría porcelana con las dos manos mientras se sostenía sobre un solo pie y con el otro abría de par en par las puertaventanas. Cuando salió a la luz brillante, el olor que se elevaba a piedra caldeada fue como un abrazo amistoso. Dos golondrinas iban y venían sobrevolando la fuente, y una curruca horadaba el aire con su canto desde el interior de la penumbra nervuda del gigantesco cedro del Líbano. Las flores se mecían a la tenue brisa y le hicieron cosquillas en la cara cuando ella atravesó la terraza y bajó con cuidado los tres escalones derruidos hasta el camino de grava. Robbie se volvió de pronto al oír que se aproximaba.

—Estaba enfrascado en mis pensamientos —empezó a explicar.

—¿Me liarías uno de tus cigarrillos bolcheviques?

Él tiró el que estaba fumando, cogió la lata de encima de la chaqueta, que estaba sobre el césped, y caminó con Cecilia hasta la fuente. Guardaron silencio un rato.

—Un día precioso —dijo luego ella con un suspiro.

Él la miraba con un recelo divertido. Había algo entre ellos, e incluso Cecilia debía reconocer que un comentario banal sobre el clima resultaba provocador.

—¿Qué tal Clarissa?

Él se miraba los dedos que enrollaban el tabaco.

—Aburrida.

—No debemos decir eso. —Ojalá ella lo supere. —Lo hace. Y el libro mejora.

Redujeron el paso y luego se detuvieron para que él diera los últimos toques al pitillo. Ella dijo: —Preferiría leer a Fielding algún día. Presintió que había dicho una estupidez. Robbie miraba a lo lejos, más allá del parque y las vacas, hacia el robledal que orillaba el valle del río, el bosque que ella había atravesado corriendo aquella mañana. Quizás él estuviera pensando que ella le hablaba en un código cifrado para comunicarle sugestivamente su gusto por lo sensual y apasionado. Se equivocaba, por supuesto, y, desconcertada, no sabía cómo sacarle de su error. Le gustaban los ojos de Robbie, pensó, la mezcla sin fusión de naranja y verde, cuyos granulos realzaba aún más la luz del sol. Y le gustaba que fuese tan alto. Era una combinación interesante en un hombre, inteligencia y extrema corpulencia. Cecilia había cogido el cigarrillo y él se lo estaba encendiendo.

—Sé lo que quieres decir —dijo él mientras recorrían la corta distancia que quedaba hasta la fuente—. Hay más vida en Fielding, pero puede ser psicológicamente burdo comparado con Richardson.

Ella depositó el jarrón junto a los escalones desiguales que subían hasta la pileta de piedra. Lo que menos le apetecía era un debate académico sobre literatura del siglo XVIII. No consideraba a Fielding burdo en absoluto. Ni que Richardson fuese un excelente psicólogo, pero no quería entrar en el juego de defensa, definición y ataque. Estaba harta de eso y Robbie era tenaz polemizando. Por eso dijo:

—León llega hoy, ¿lo sabías?

—He oído el rumor. Es maravilloso.

—Viene con un amigo, un tal Paul Marshall.

—El millonario del chocolate. ¡Oh, no! ¡Y tú le vas a ofrecer flores!

Cecilia sonrió. ¿Se fingía celoso para ocultar que lo estaba? Ella ya no le entendía. Habían perdido el contacto en Cambridge. Lo contrario resultaba muy difícil. Cambió de tema.

—Papá dice que vas a ser médico.

—Lo estoy pensando.

—Debe de encantarte la vida de estudiante.

Él apartó otra vez la vista, pero en esta ocasión sólo un segundo o menos, y cuando volvió a mirar a Cecilia ella creyó detectar un asomo de irritación. ¿Le habría parecido condescendiente su tono? Vio de nuevo los ojos de Robbie, motas anaranjadas y verdes, como la canica de un niño. El habló con voz perfectamente agradable.

—Sé que nunca te han gustado estas cosas, Cee. Pero ¿cómo, si no, llegaré a ser médico?

—A eso voy. Otros seis años. ¿Por qué?

Él no estaba ofendido. Era ella la que interpretaba más cosas de las que había, y la que estaba nerviosa, y disgustada consigo misma.

Él se tomó la pregunta en serio.

—Nadie va a darme trabajo de jardinero. No quiero enseñar, ni ser funcionario. Y la medicina me interesa... —Se interrumpió, como si se le hubiera ocurrido una idea—: Oye, he quedado en devolverle el dinero a tu padre. Lo hemos acordado.

—No me refería en absoluto a eso.

A ella le sorprendió que él pensara que había suscitado la cuestión del dinero. Era mezquino por parte de Robbie. El padre de Cecilia le había subvencionado la educación toda su vida. ¿Alguien había puesto reparos? Ella había pensado que eran imaginaciones suyas, pero de hecho estaba en lo cierto: había dureza en el trato de Robbie últimamente. Se empeñaba en contrariarla siempre que podía. Dos días antes había llamado al timbre de la puerta principal: algo extraño, porque siempre había tenido libre acceso a la casa. Cuando llamaron a Cecilia, él estaba fuera, preguntando en voz alta e impersonal si podía coger un libro prestado. Casualmente, Polly estaba a gatas, limpiando los azulejos del vestíbulo. Robbie montó el número de quitarse las botas, que no estaban nada sucias, y luego tuvo la idea de quitarse también los calcetines, y cruzó de puntillas el suelo mojado con cómica exageración. Todo lo que hacía tenía por objeto distanciar a Cecilia. Estaba interpretando el papel de hijo de la mujer de la limpieza que viene a hacer un recado a la casa del patrón. Entraron juntos en la biblioteca, y cuando él encontró el libro, ella le pidió que se quedara a tomar un café. Su titubeante negativa fue puro teatro: era una de las personas más seguras de sí mismas de todas las que ella conocía. Sabía que se estaba burlando de ella. Rechazada, salió de la biblioteca, subió a su cuarto y se tumbó en la cama a leer Clarissa, sin asimilar una palabra, a medida que crecían su irritación y desconcierto. Se estaba burlando de ella o bien la estaba castigando: no sabía qué era peor. La castigaba por pertenecer a un círculo distinto en Cambridge, porque su madre no era una mujer de la limpieza; se burlaba de ella por sus malas notas, aunque de todos modos no daban títulos a las mujeres.

Con torpeza, pues aún tenía el cigarrillo en la mano, Cecilia cogió el jarrón y lo depositó en el borde de la pileta. Habría sido más sensato sacar las flores primero, pero estaba demasiado irritada. Tenía las manos calientes y secas, y debía sujetar tanto más fuerte la porcelana. Robbie guardaba silencio, pero ella vio por su expresión —una sonrisa forzada, estirada, que no separaba sus labios— que lamentaba lo que había dicho. Eso no la consolaba. Aquello era la pauta de los últimos días; el uno o el otro estaba siempre equivocado y procuraba retirar el último comentario. No había soltura, no había estabilidad en el curso de sus conversaciones, ninguna ocasión de serenidad. Por el contrario, todo eran púas, trampas, torpes giros que a ella la inducían a sentir tanto desagrado por sí misma como el que le inspiraba él, aunque no dudaba de que la culpa era sobre todo de Robbie. Ella no había cambiado, pero era evidente que él sí. Estaba marcando distancias entre él y la familia que le había acogido sin reservas y se lo había dado todo. Por esta sola razón —la expectativa de que él lo rechazara, y el disgusto anticipado de Cecilia— ella no le había invitado a la cena de esa noche. Si él quería distancia, la tendría.

De los cuatro delfines cuyas colas sostenían la concha en la que el tritón estaba acuclillado, el más cercano a Cecilia tenía la boca abierta de par en par y atascada de musgo y de algas. Sus globos oculares, esféricos y de piedra, tan grandes como manzanas, eran de un verde iridiscente. Toda la estatua había adquirido, en sus superficies orientadas al norte, una pátina verde azulada, de tal forma que, desde algunas posiciones y con poca luz, el tritón parecía realmente sumergido a cien leguas de profundidad en el mar. La intención de Bernini debía de haber sido que el agua discurriese, musical, desde la amplia concha, con sus bordes irregulares, hasta la pila de debajo. Pero la presión era demasiado débil, y en vez de eso el agua resbalaba insonora por la cara inferior de la concha, donde un limo oportunista formaba puntos de goteo, como estalactitas en una cueva de piedra caliza. El pilón, por su parte, estaba limpio y tenía más de un metro de hondura. El fondo era de una piedra clara y cremosa sobre la cual se dividían y solapaban, con sus bordes blancos, rectángulos ondulantes de luz de sol refractada.

Cecilia se proponía inclinarse sobre el parapeto y sujetar las flores dentro del jarrón mientras lo sumergía de costado en el agua, pero en eso Robbie, con ánimo de enmendarse, trató de ayudarla.

—Dámelo —dijo, extendiendo una mano—. Yo te lo lleno y tú coges las flores.

—Puedo, gracias.

Ella estaba ya sosteniendo el jarrón encima de la pileta. Pero él dijo:

—¿Ves? Ya lo tengo —Y así era, firmemente sujeto entre el pulgar y el índice—. Se te va a mojar el cigarro. Coge las flores.
Era una orden, a la que procuró infundir una apremiante autoridad masculina. En Cecilia tuvo por efecto que apretara aún más la porcelana. No tuvo tiempo, ni tampoco la menor intención, de explicar que zambullendo el jarrón y las flores en el agua realzaría el aspecto natural que quería darles. Lo agarró más fuerte y escabulló el cuerpo del alcance de Robbie. El no se rendía tan fácilmente. Con un sonido como el de una rama seca que se parte, un fragmento del bocal del jarrón se desgajó en su mano y se rompió en dos pedazos triangulares que cayeron al agua y descendieron al fondo con un balanceo sincrónico, y allí se quedaron, separados por varios centímetros, retorciéndose en la luz quebrada.

Cecilia y Robbie se quedaron inmóviles en la postura de su forcejeo. Cruzaron las miradas, y lo que ella vio en la biliosa mezcla de anaranjado y verde no fue susto ni culpa, sino una forma de desafío, hasta de triunfo. Tuvo la presencia de ánimo de depositar el jarrón estropeado sobre el escalón antes de afrontar la magnitud del accidente. Supo que era algo irresistible, incluso delicioso, pues cuanto más grave fuera la fractura, tanto peor sería para Robbie. El tío muerto, el querido hermano del padre de Cecilia, la guerra devastadora, el pérfido vado del río, las cosas de valor distintas del dinero, el heroísmo y la bondad, todos los años agazapados detrás de la historia del jarrón que se remontaban hasta el genio de Hóroldt y, más allá de él, hasta la maestría de los arcanistas que volvieron a inventar la porcelana.

—¡Idiota! Mira lo que has hecho.

El miró dentro del agua, luego la miró a ella y se limitó a menear la cabeza mientras alzaba una mano para taparse la boca. Con este gesto asumía la plena responsabilidad, pero ella le odió por la insuficiencia de su reacción. Robbie lanzó una mirada hacia el pilón y suspiró. Por un momento pensó que ella iba a retroceder y a pisar el jarrón, y levantó la mano y lo señaló, pero no dijo nada. Empezó a desabrocharse la camisa. Ella supo de inmediato lo que se proponía. Intolerable. El había ido a la casa y se había quitado los zapatos y los calcetines... pues bien, ahora vería. Agitando los pies se despojó de las sandalias, se desabotonó la blusa y se la quitó, se desabrochó la falda, se la bajó y se encaminó hacia el muro de la pileta. El permaneció con las manos en jarras y la observó mientras ella se introducía en el agua en ropa interior. Rechazar su ayuda, toda posibilidad de que se redimiera, era el castigo de Robbie. Contuvo la respiración, se sumergió y sus cabellos quedaron desparramados sobre la superficie. Ahogarse sería la punición de Robbie.

Cuando ella emergió unos segundos más tarde, con un pedazo de porcelana en cada mano, él se abstuvo de ofrecerle ayuda para salir del agua. La frágil ninfa blanca, de la que el agua caía en cascada con mucha más fluidez que del fornido tritón, depositó los fragmentos con cuidado al lado del jarrón. Se vistió rápidamente, introduciendo con dificultad los brazos mojados a través de las mangas de seda y metiendo dentro de la falda la blusa desabrochada. Recogió las sandalias y se las encajó debajo del brazo, guardó los añicos en el bolsillo de la falda y recogió el jarrón. Sus movimientos eran silvestres, y procuró evitar los ojos de Robbie. Él no existía, estaba abolido, y eso también era un castigo. Permaneció callado mientras ella se alejaba descalza por el césped, y observó el pesado cimbreo de su pelo negro sobre los hombros que le empapaba la blusa. Luego se volvió y miró dentro del agua por si quedaba algún trozo que a ella se le hubiese escapado. Era difícil ver porque la superficie enturbiada aún debía recobrar la calma, y la turbulencia era impulsada por el ímpetu residual de la ira de Cecilia. Puso la mano plana sobre el agua, como para apaciguarla. Ella, entretanto, había desaparecido dentro de la casa.
3
Según el letrero que había en el vestíbulo, la fecha de la primera función de
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