Sesión solemne de la Asamblea Nacional en conmemoración al 202º Aniversario de la Declaración de la Independencia Nacional, fecha en la cual reiteramos el compromiso con el legado de nuestro Comandante Supremo y Líder de la






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  1. La primera revolución. La de resistencia Indígena y afrodescendiente.


La primera gran revolución de la que nos habló nuestro Comandante aquel 23 de enero, es la de la Resistencia Indígena y Afrodescendiente. En Venezuela la “tradición de los oprimidos” se inicia desde el momento mismo de la llegada de los conquistadores españoles a estas costas. Es una vasta tradición de resistencia cuyos momentos iniciales llegan hasta nosotros a través de las acciones de Guaicaipuro, Tamanaco, Terepaima y tantos otros que se opusieron a la conquista europea de estas tierras. Desde la destrucción de la ciudad de Cumaná, en 1522, por parte de los Caribes, pasando por sus constantes ataques contra las pesquerías de perlas de los españoles en Cubagua, durante ese mismo  periodo, hasta llegar a las diversas protestas y revueltas indígenas que se sucedieron en el interior de Venezuela hasta muy entrado el siglo XIX, la memoria de la resistencia indígena es parte esencial de nuestra “tradición de los oprimidos”
La resistencia indígena fue, por encima de todo, una heroica afirmación de la humanidad de nuestros pueblos originarios, una humanidad que fue negada, cínicamente, por los ideólogos europeos de la conquista. Esa defensa de la propia humanidad, que trató de suprimir el conquistador, quedó registrada en una obra que tendría gran influencia sobre los líderes de la guerra de Independencia latinoamericana: la Brevísima relación de la destrucción de las Indias del Padre Las Casas, uno de los testimonios más elocuentes sobre el enorme genocidio que se practicó contra los habitantes originarios de nuestra patria.
Bartolomé de Las Casas, testigo directo de la resistencia indígena, participó, además, en uno de los debates de mayor trascendencia de su tiempo, la “Controversia de Valladolid”, organizada por el emperador Carlos V para debatir, entre otras cosas, si los indígenas americanos eran seres humanos. Las Casas se destacó en ese debate por su defensa de los indígenas, mientras que los argumentos expuestos por parte de los defensores de la conquista nos muestran, por cierto,  que el discurso de la colonización imperial contiene una escalofriante continuidad histórica: los imperialistas siempre han intentado colocar a los que resisten fuera del ámbito de lo humano para exterminarlos con mayor impunidad. Fue así, como se construyó el mito de la antropofagia, entre los pueblos indígenas. Para deshumanizarlos y poder martirizarlos. Y los Kariñas (caribes), pasaron a ser caníbales, por un error de traducción y una intención de satanización. Es necesario, que se sepa, que no hay un solo caso de antropofagia testimoniado de la época en ningún territorio indígena. Si los hay, de sacrificios humanos, pero del llamado canibalismo, ni uno solo. En cambio, en distintas etapas de la historia europea, se recoge de manera clara episodios de antropofagia. Uno de los más célebre de ellos, fue el ocurrido en la matanza de la noche de San Bartolomé, en París, el 24 de agosto de 1572, donde católicos y calvinistas se enfrentaron, en una verdadera carnicería.
Como modesto homenaje a toda esa vasta historia de lucha de nuestros indígenas, vale la pena recordar un canto de guerra de los Timotes, traducido, a comienzos del siglo XX, por Tulio Febres Cordero:
“Corre veloz el viento, corre veloz el agua,

Corre veloz la piedra que cae de la montaña.

Corran guerreros, vuelen contra el enemigo;

Corran veloces

Como el viento,

Como el agua

Como la piedra que cae de la montaña.

Fuerte es el árbol que resiste al viento,

Fuerte es la roca que resiste al río;

Fuerte es la nieve de nuestros páramos que resiste al sol.

Peleen guerreros; peleen valientes; muéstrense fuertes

Como los árboles,

Como las rocas,

Como las nieves de las montañas…”.

¡Que vivan nuestros pueblos indígenas! ¡Que viva Evo!
La memoria de nuestro pueblo es “profética” en tanto que es una memoria colectiva que intenta materializar, en las luchas del presente, las esperanzas y los proyectos igualitarios de todos los oprimidos que resultaron vencidos o que vieron truncadas sus aspiraciones de igualdad.
Esta memoria profética está alimentada no sólo por las luchas de los pueblos indígenas, sino también por la rebeldía de los esclavizados de origen africano, violentamente trasplantados a estas tierras.
Es oportuno recordar hoy, por ejemplo, que hacia mediados del siglo XVI, unos doscientos esclavos que trabajaban en las minas de Buría, cerca de Nirgua, en el actual estado Yaracuy, se alzaron bajo el liderazgo de un esclavo llamado Miguel, proveniente de Puerto Rico y que pasaría a la historia bajo el nombre de Miguel de Buría o el “Rey Miguel”, al proclamarse monarca de una comunidad de cimarrones. De acuerdo con diversos testimonios, el Rey Miguel también contó con el apoyo de comunidades indígenas Jirajaras, lo cual pudiera explicar que su nombre aparezca en un lugar prominente dentro del culto de María Lionza. Vale recordar, igualmente, que Alejandro de Humboldt (Viajes a las regiones equinocciales) registró la historia del Rey Miguel comparándola, de manera justa, con los sucesos de la muy posterior revolución haitiana.
Junto a esta rebelión fueron múltiples, durante toda la colonia, las acciones contra el régimen esclavista: recordemos, además, la rebelión de “los negros perleros”, ocurrida en Cubagua, en 1603, protagonizada por esclavos que eran explotados en la extracción de perlas en dicha isla y que fue liderada por una mujer cuyo nombre, desafortunadamente, ignoramos. O la rebelión de “Andresote”, ocurrida entre 1731 y 1733, en los valles de Yaracuy, hasta llegar al levantamiento de José Leonardo Chirino, en la sierra de Falcón, el 11 de mayo de 1795.  Las autoridades coloniales acusarían a Chirino de querer implantar la “ley de los franceses”, en una clara alusión tanto a la revolución francesa como a la haitiana, dos procesos unidos, de manera indisoluble, como demostró de manera magistral C.L.R. James en su clásico Los jacobinos negros. Era verdad, José Leonardo estuvo en Haití a finales de 1700, con su amo, y se contagió de ese liberador germen, que es la Revolución.
Apenas tres años después de la insurrección de Coro se produce un importante antecedente del 5 de julio de 1811: la conspiración de Gual y España. Esta fallida conjura muestra un salto cualitativo, en relación con las anteriores rebeliones, ya que intentó recoger las exigencias de igualdad y justicia de los oprimidos dentro de un programa de independencia nacional y soberanía popular.
Gil Fortoul en su Historia Constitucional de Venezuela afirma: “El programa de 1797 contiene ya en germen lo que realizaron los patriotas de 1810 a 1811. Esta afirmación es sorprendentemente exacta... No solamente por lo que entraña como actitud humana al rebelarse contra el poder de la metrópoli, ni siquiera por las particulares coincidencias en la conducta de los patricios de 1810-1811, que parece pautada por las ‘Ordenanzas’ de 1797 [el programa de la revolución], sino –y es lo más significativo- por la perduración del ideario de los conjurados en la de Gual y España, ideario que continúa vivo con fuerza singularísima en el ánimo de quienes redactan los textos jurídicos del nuevo Estado independiente en 1811…”.

 

Recordemos junto a todo lo anterior y como parte del legado de Gual y España, una estrofa de uno de los himnos revolucionarios compuestos para acompañar aquel proyecto insurreccional. Se trata de un fragmento de la “Canción Americana”, que combina la denuncia de la monarquía española con la reivindicación del carácter sagrado, es decir, inviolable, de la soberanía popular:

 

“Monstruo, cruel y horrendo

hace trescientos años

Que con furor devoras

a los americanos:

ya es tiempo que paguéis

tus crímenes, malvado,

y que recobre el Pueblo

sus derechos sagrados”.

 

Así, uno de los artículos (32) del programa de este movimiento insurgente establecía: “Se declara la igualdad natural entre todos los habitantes de las Provincias y distritos y se encarga que entre Blancos, Indios, Pardos y Morenos reine la mayor armonía, mirándose como hermanos en Jesucristo iguales por Dios, procurando aventajarse sólo unos y otros en mérito y virtud, que son las dos únicas distinciones reales y verdaderas que hay de hombre a hombre y habrá en lo sucesivo entre todos los individuos de nuestra República”.
Con motivo del quinto centenario, acusaba Enrique Dussel, la historia oficial, la historia de las elites, había “sepultado” al indígena americano “bajo la imagen del ‘Otro’ europeo”. Por eso, correspondía hablar de “encubrimiento” y no de “descubrimiento”: “encubrimiento del oprimido, del violentado, del asesinado o del reducido a la encomienda, a la mita, a la hacienda…”. Ahora, con motivo del Bicentenario de nuestra Independencia, estamos obligados a corregir tamaña injusticia histórica. El Bicentenario no puede convertirse en una ocasión para invisibilizar al mismo ‘Otro’: a nuestros pueblos originarios, a nuestro pueblo afro, zambo, pardo, a nuestro pueblo pobre y sojuzgado que regó su sangre en estas tierras y por media América para que fuéramos libres.

 

Por eso, y para decirlo con palabras de Dussel, en este tiempo debemos continuar sentando las bases para una “segunda emancipación desde el poder liberador del Otro”, que no es otro que el poder popular.
2. La segunda Revolución, la victoriosa: El bien más preciado: La INDEPENDENCIA.

 

Las expediciones de Miranda de abril y agosto de 1806, junto con los sucesos del 19 de abril de 1810, constituyen los antecedentes más inmediatos del 5 de julio de 1811. En este breve periodo de unos cinco años se suceden una serie de eventos que determinarán el camino hacia la declaración de Independencia. Principalmente la decadencia de la monarquía española, puesta de manifiesto durante la invasión napoleónica de la Península Ibérica, hecho que provoca, de acuerdo con el lenguaje de los patriotas del 5 de julio, la ruptura del pacto entre el monarca español y sus súbditos americanos.
El 5 de julio de 1811, en tanto origen de nuestra primera experiencia republicana, produjo un importantísimo proceso de experimentación política del cual Bolívar extrajo, luego de la derrota, algunas de las lecciones más importantes que orientaron su visión de la gesta emancipadora.
El 5 de julio de 1811 el proyecto independentista alcanza su primera formulación a través de los debates del Congreso de las Provincias de Venezuela y de la Sociedad Patriótica, vanguardia política de los sectores más esclarecidos del momento. No es casual que en ella participaban hombres como Bolívar, Miranda y Ribas. No es muy difícil, en esta conmemoración bicentenaria, imaginar que escuchamos el eco de todos aquellos discursos, recordando, entre muchas otras, las palabras de Manuel Palacio Fajardo: “Venezuela se basta a sí misma. Venezuela triunfará de cuantos se opongan a su felicidad. ¿Qué importa que España nos declare la guerra y que Inglaterra rompa con nosotros? (…) ¡Desconozcamos a todas las potencias del universo!”.
Aún resuenan las palabras de Bolívar, la víspera del 5 de julio: “No es que hay dos Congresos. ¿Cómo fomentarán el cisma los que conocen más la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva y para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad; unirnos para reposar, para dormir en los brazos de la apatía, ayer fue una mengua, hoy es una traición. Se discute en el Congreso Nacional lo que debiera estar decidido. ¿Y qué dicen? que debemos comenzar por una confederación, como si todos no estuviésemos confederados contra la tiranía extranjera. Que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resultados a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Que los grandes proyectos deben prepararse con calma! Trescientos años de calma ¿no bastan? La Junta Patriótica respeta, como debe, al Congreso de la nación, pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana: vacilar es perdernos”.

 

El pueblo estuvo lejos de ser un espectador pasivo durante los debates del Congreso de las Provincias de Venezuela que condujeron a la Independencia. En su Historia de la Primera República de Venezuela, Parra-Pérez comenta: “Estamos, al fin, en aquella sesión del 5 de julio en que los próceres venezolanos van a tomar posición definitiva para los destinos de su país y cumplir un acto memorable entre todos para el Continente Hispanoamericano. Llenaba –escribe Baralt- gran golpe de gente las tribunas y galerías: ‘Nunca se había visto, ni jamás se observara entre los oyentes el porte descomedido que en esta ocasión tuvieron. Vítores y aplausos ruidosos y sin fin resonaban cada vez que tomaba o dejaba la palabra un diputado republicano; las opiniones equívocas eran acogidas con risotadas, silbos y amenazas’…”.
En su extraordinaria Historia de la rebelión popular de 1814, Juan Úslar registra el clima que se vivió en Caracas una vez conocida la noticia de la declaración de la Independencia. En el mismo pasaje, cita un fragmento de los Recuerdos de la rebelión de Caracas, de José Domingo Díaz, historiador contrario a los intereses de la naciente República, y un elocuente ejemplo de la imagen que las elites construyen de las clases populares prestas a festejar sus victorias: “Apenas Caracas conoce la noticia el júbilo es general. La bandera de Venezuela, que había diseñado Miranda, es ondeada por primera vez. La de España es despedazada; los bustos y cuadros de Fernando VII que estaban en los edificios públicos y en las casas realistas más conocidos fueron destruidos. Aquellos jóvenes, dice Díaz, en el delirio de su triunfo corrieron por las calles: despedazaron y arrastraron las banderas y escarapelas españolas: sustituyeron las que tenían preparadas, e hicieron correr igualmente con una bandera de sedición a la Sociedad Patriótica, club numeroso establecido por Miranda, y compuesto por hombres de todas castas y condiciones, cuyas violentas decisiones llegaron a ser la norma de las del Gobierno. En todo el día y la noche las atroces pero indecentes furias de la revolución agitaron violentamente los espíritus sediciosos. Yo los vi correr por las calles en mangas de camisa, y llenos de vino, dando alaridos y arrastrando los retratos de Su Majestad, que habían arrancado de todos los lugares donde se encontraban. Aquellos pelotones de hombres de la revolución, negros, mulatos, blancos, españoles, americanos, corrían de una plaza a otra, en donde oradores energúmenos incitaban al populacho al desenfreno y a la licencia. Mientras tanto, todos los hombres honrados, ocultos en sus casas, apenas osaban ver desde sus ventanas entreabiertas a los que pasaban por sus calles’”.
Cualquier parecido de este relato, con un editorial del El Nacional, refiriéndose a los revolucionarios Bolivarianos y Chavistas, no es casualidad. Es la continuidad histórica de un pensamiento segregacionista, que constituye el germen del fascismo venezolano, que estamos confrontando desde hace 14 años, del cual hablaremos unos minutos más tarde.
Volvamos al tiempo. Es preciso no olvidar que, tras publicarse el Acta de nuestra Independencia, el 14 de julio de 1811, se realizó en Caracas una multitudinaria manifestación de apoyo, precedida por por nuestra bandera tricolor, la cual portaban los hijos de José María España, martirizado y ejecutado hacía 12 años, en esa misma plaza.
En esta conmemoración del 5 de julio de 1811 no podemos dejar de evocar a Juan Germán Roscio. Recientemente conmemoramos los 250 años de su nacimiento, uno de los intelectuales más importantes de la causa independentista, quien estuvo entre los redactores de la “Declaración de Independencia” y de nuestra primera Constitución. La huella intelectual de Roscio resulta patente en la redacción del artículo 151 de nuestra primera Carta Magna: “El objeto de la sociedad es la felicidad común y los gobiernos han sido instituidos para asegurar al hombre en ella, protegiendo la mejora y perfección de sus facultades físicas y morales, aumentando la esfera de sus goces y procurándole el más justo y honesto ejercicio de sus derechos…”.
Por cierto es necesario reivindicar, la rectificación de Roscio a favor de la Patria, hay que recordar que él formó parte de quienes juzgaron a los hombres de Francisco de Miranda, en el primer intento de desembarco, en las costas de Aragua, en 1806. Leamos su autocritica: “Menos por malicia que por ignorancia, abusaba de la Religión para sostener la servidumbre de mi patria. Yo fui uno de los que en 1806, tomaron armas y pluma para destruir a los buenos que intentaban conquistar mi libertad y la de mis hermanos [...] Me avergüenzo del servicio especial que hice yo entonces y del mérito que contraje en la opinión del déspota y sus satélites [...]”1
Ojalá, aparecieran muchos Roscios en la oposición venezolana. Ojalá hubiera un acto de arrepentimiento de tamaña grandeza histórica, por parte del Secretario Ejecutivo de la llamada MUD, quién fue recientemente al Departamento de Estado y al Congreso de los Estado Unidos a ofrecer la Patria en el altar del Imperio, a cambio de apoyo para una aventura golpista que permita la restauración en el poder a la burguesía venezolana.
Veamos otros de los artículos de nuestra primera Constitución, aprobada por el Congreso en diciembre de 1811, hace 201 años:
Ya leíamos el artículo 151 redactado por Juan Germán Roscio, pero voy a leer otros tres o cuatro nada más.
Artículo 191: “Los gobiernos se han constituido para la felicidad común, para la protección y seguridad de los pueblos que lo componen, y no para el beneficio, honor o privado interés de alguna familia o de alguna clase de hombres en particular, que sólo son una parte de la comunidad”.
El artículo 195: “Ninguno es hombre de bien, ni buen ciudadano, si no observa las leyes fiel y religiosamente, si no es buen hijo, buen hermano, buen amigo, buen esposo y buen padre de familia.”
El artículo 198: “Siendo constituidos los gobiernos para el bien y felicidad común de los hombres, la sociedad debe proporcionar auxilios a los indigentes y desgraciados y a la instrucción de todos los ciudadanos”.
Y el último que les voy a leer es ya en la alocución final, dice: “Independencia política y felicidad social fueron vuestros votos el 5 de julio de 1811. –Recordemos que la Constitución se aprueba en diciembre de 1811– Independencia política y felicidad social han sido los principios que han dirigido desde entonces a los que para llenar el destino al que los elevó vuestra confianza, han sacrificado su existencia a tan ardua como importante empresa”.
Nos atrevemos a interpelar a los presentes. ¿Estos artículos, suenan más a capitalismo, o se parecen a los postulados del socialismo bolivariano del siglo XXI, que nos legó el Comandante Chávez?
Sin duda alguna, nada más lejos del pensamiento de las doctrinas liberales o neoliberales que algunos insisten en venderlas como la solución a nuestros problemas económicos y sociales. Nada más extraño a nuestra nacionalidad que las tesis del Estado Mínimo, que plantean teóricos neoliberales como Robert Nozick.
Como todos sabemos aquella primera experiencia republicana terminará en la catástrofe de 1812. Pero de esa experiencia tremenda surgirá el primer documento político importante de Bolívar, como balance de todo lo sucedido, el Manifiesto de Cartagena en el que el futuro Libertador establece las causas del fracaso e inicia esa ofensiva revolucionaria que es la Campaña Admirable, de la cual estamos conmemoramos 200 años, y que lo llevó a ser proclamado Libertador y de allí a la emigración a oriente, de los Cayos Haitainos a Cariaco, al Congreso de Angostura, a los llanos apureños, a Pantano de Vargas, Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín, Ayacucho y a la fundación de su hija predilecta, Bolivia.
De donde acabamos de llegar, de testimoniar nuestra solidaridad en nombre del pueblo venezolano, como lo ha hecho nuestro Presidente Nicolás Maduro, al pueblo boliviano, al pueblo predilecto hijo del Libertador Simón Bolívar. Como decían los presidentes y presidentas el día de ayer: Parece que en Europa se les olvidó esta historia. Creo que a algunos dirigentes europeos hay que mandarles muchos textos de la lucha de la Independencia venezolana, para que aprendan a respetar a un pueblo que los echó de aquí a fuerza de coraje, libertad y de conciencia.
Señores embajadores, echamos de aquí a los de entonces; ustedes aquí sí son bienvenidos, aquí no les vamos a revisar los aviones ni las embajadas. Aquí, los únicos que asaltan embajadas son algunos sectores de la oposición.
Y luego la gran traición al proyecto de un mundo nuevo en nuestra América, que se perdió en Santa Marta, cuando el Sol de Colombia se proyectó en la penumbra, para esperar un nuevo amanecer.
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