Antonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes






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Contra poesía



Iosmar López
¿A quién se le puede ocurrir, a pesar de todo lo que nos queda por leer de los clásicos, interesarse críticamente por un mal libro de poesía? ¿Cuántos lectores sacrificarán dos horas de sus atribuladas cotidianidades para leer pésimos poemarios y de paso tratar de entender por qué los jurados de ciertos premios literarios de relevancia en Cuba han mandado de paseo el rigor? ¿O es que han retornado aquellos tiempos en los que parecían existir conspiraciones entre la mediocridad política y el desparpajo poético?

Cualquier librería cubana que no esté en peligro de derrumbe y no haya sido tragada aun por la voracidad del peso convertible, muestra en sus estantes algunos ejemplares salidos menos de la justicia valorativa que del paternalismo editorial y la bobería epidérmica que parece asolar a zonas cada vez mayores de la literatura cubana actual. Porque a qué responde si no a un complot entre pillos que un libro tan ramplonamente condenado al olvido desde su nacimiento como Figuras de tormenta, de Mario Martínez Sobrino, haya resultado ganador del Premio de poesía Nicolás Guillén 2004 --dicen que “el más importante” y mejor dotado en dineros (eso sí) de cuantos se convocan en la Isla-- y circule por todo el país con una nota de solapa donde se asegura su “complejidad” y la “estética del cuerpo” que proyecta.

Figuras de tormenta es ciertamente una pieza en el paupérrimo entramado literario cubano. Y es otro descompuesto brochazo de una política cultural muy poco dialogante y autocrítica. Esa práctica conduce a legitimar obras de muy baja estofa, asépticas, personalizadas desde lo indescifrable, el quietismo o el vano intento de dar continuidad a poéticas que a menudo evaden los centros más arduos de una existencia difícil. Es lo que abunda hoy en librerías cubanas: variaciones esquizoides, palabrería huera, desangrada, que viene del aire y muere en él.

Publicado en La Habana por la Editorial Letras Cubanas, Figuras de tormenta quiere ser, según la escueta, pero rotunda nota, “la revisión ética de la relación erótica y una personal postulación de una mística existencial”. Con eso tuvo suficiente, al parecer, el jurado para conceder a Martínez Sobrino el más codiciado galardón entre los poetas del hoy cubano. Pero sucede que al hojear el volumen de más de 70 páginas de oscuro papel gaceta, se encuentra el lector ante un rosario de pésimas elucubraciones que se alejan del rigor poético tanto como se aproximan al dislate sintáctico. ¿O no es esto último lo que leemos en el fragmento siguiente?:
Rostro de tú

En la verde en bronce figura que entremira

El porque sí de la lluvia

Y el extraño estar que nos hace este ahora
Mirar como falta de un instante

¿Qué le escapaba con la lluvia
Y tú

Traslúcida y repente

De su gesto de mirar te haces

Te haces de su ahora (...)
¿Dónde está lo auténtico en este libro, dónde el poema llamado a perdurar, dónde su alto valor estético para ponerlo a circular por todo un país de desorientados lectores que, con todo, podrían considerar un chiste de muy mal gusto la validación de este libro con el premio que dice honrar la figura de quien fue denominado el Poeta Nacional?

No diga nadie que “Morada de yagrumas” es un gran texto, con sus grandilocuencias chirriantes, su versificación estirada a base de verborrea y su trasnochado erotismo de taller literario. No mencione nadie que sus poemas breves (“Y se apaga la noche”, “Cuerpo ausente”, “Tu nombre”, “Vez”, “Magnificat”) son piezas maestras, como no sea de lo fugaz o de lo que jamás debe hacerse, pues no alcanzan siquiera la estatura de un epigrama recordable. O que la interminable enumeración de “Cantos rodados” salva al volumen, pues sus cacofónicas reiteraciones de una misma palabra, agua, indican solo pobreza de recursos.

No dejemos de señalar quién o quiénes pudieron recomendar la publicación de este crimen de lesa poesía, ignorado hasta por el Premio de la Crítica, que ya sabemos. Es sencillo. Aquí están sus nombres, pues aparecen como para escarnio público en una de las páginas del libro: una terna integrada por los poetas Francisco de Oráa, Guillermo Rodríguez Rivera y Teresa Melo, esta última ganadora de la anterior edición del concurso.

Rodríguez Rivera, como si no bastara su voto, escribió a propósito de este mal paso, según se acota en la solapa del volumen: “Es un libro de profundidad y de trascendencia, con originalidad y perfección en la composición. Está enraizado además en lo cubano.” Si nada de esto se puede verificar en más de setenta folios quedará siempre la duda de cuál poemario leyó Rodríguez Rivera y cuál nos tocó en suerte leer a nosotros.

Ya conocemos que Figuras de tormenta, amén de su horrible título, no es un buen libro. ¿Qué se premió entonces? ¿Acaso un currículum, los magros frutos de una vida consagrada al olimpo de las letras nacionales? Nos quedaría el consuelo de que al buen obrero Martínez Sobrino se le concedió un estímulo sindical, como años ha se otorgaban refrigeradores y motos, y hoy cazuelas y televisores Panda. Pero no. Tal argumento puede resultar más dudoso todavía. Un puñado de intrascendentes poemarios es todo cuanto muestra el autor en su ficha biográfica, donde se refiere que es poeta, traductor y crítico y nació en La Habana en 1931. No sé si se puede ser buen crítico con la obra propia, pero cuando menos se les deben ahorrar ciertos trances a los lectores haciendo honor a aquel artefacto llamado “detector de excremento” por Hemingway. O bien a aquella anécdota de Antón Chejov, quien recomendaba a los malos autores que no dudaran en publicar sus libros, pues de echarlos al cesto se encargarían sus lectores.

La razón por la que nos quieren pasar agua por ron en estos casos no es fácil de dilucidar. Tampoco es sencillo entender por qué al más importante premio literario cubano lo han convertido, por obra y gracia de tanta mediocridad complotada, en el mejor vehículo de legitimación contra la poesía. ¿A cuántos buenos libros perjudicó esta decisión? No lo podremos saber. Además, ya no valen. Pero a jurados y editores sí valdría recordarles que en literatura los errores se pagan muy caro: las torpezas se publican, están a la vista y todo el que desee perder dos horas de sus ratos libres intentando descifrar las motivaciones del trueque, puede darse una vuelta ahora mismo por cualquier librería cubana.

Un megavatio de poesía cubana
Luis Felipe Rojas
La vi de lejos y parecía un raro animal, alguien que se agacha para juntar el montoncito de palabras por las que tiene que morir. La justicia de la literatura parece vedarse para ciertos seres.

Para algunos críticos la poesía de Caridad Atencio Mendoza no es atendible, entendible querría decir mi vecina. Desde la poliédrica sustancia de (sus) Los viles aislamientos hasta la acidez estilística de Los cursos imantados (recurro a mi lectura personal, no soy crono-lógico, no soy, no). Decía, desde allí hasta la abertura final de La sucesión, (Letras cubanas, 2004) Cary Atencio se acerca a lo que me dice ella, mi vecina, eso de los despoemas (el subrayado es Castañer, Inc.)

La intención de contar desde el centro hasta esa zona en que lo personal se vuelve influjo de sensaciones y no de anécdotas es su logro más duradero; digo duradero en el momento en que he vuelto los ojos para buscar su parangón en la poesía cubana contemporánea. No aparece el afán de búsqueda a contrapelo de concursos y editores, el miedo a que empiecen a desleer, y estoy volviendo a ella, mi vecina, el miedo corroe la buena intención-acción de algunos poetas insulares y (en estos momentos) ultramar.

Hay que repasar esta poesía como quien cruza el lago sin mirar atrás, sin barcazas para el retorno, sin esperanzas de la salvación: Me debo, me puedo doblegar, pero no lo hago. A dónde ir con esta fuerza que no se reproduce. Desplegarse hacia dentro con rostro quebrajado. Cómo rescato lo que me pertenece. La paz ardua que construyo hacia dentro me despoja de horribles ataduras. Es una lectura que puede hacerse cuando se le mira en aquella foto: estaba agachada y tres cuartos de perfil, casi de espaldas, parecía que juntaba un lío de palabras (o al menos yo y mi des-visión la tuvimos así).

Como André Gide, Caridad comulga sola en el silencio. Si aquel hacía ciertos viajes para olvidar(me)se de los sucesos, ella lo intenta para vaciarse de los vicios (ahora la cursiva es de A. Sanjurjo traduciendo a Pasternak).

¿Se puede ser esquivo en la resonancia de algunas palabras, en lo sucesivo de algunos anuncios que nos traen noticias de la muerte y la violencia? Pretende Caridad Atencio y ya es un logro, es lo in-tenso, pre-ex-tender.

Hay una manía de novelar acaecimientos intrascendentes, pero hay también una sabiduría, existe una especie de conjuro entre el sabor de las palabras y la noción de bálsamo en que ciertas formas de lo novelable funcionan en cualquier estanque.

Estanque uno. Poesía como forma de oralidad no demostrable. (Aquí me remito a la poesía Zulú, aquella que nos ha llegado solo de boca en boca o de boca a boca). Poesía que no necesita el otro reconocimiento, pero juega con el sabor, el fisgoneo de los curiosos.

Estanque dos. Poesía para una Oralidad de lo porvenir. En ciertas tribus existe aún el que narra lo acaecido. A otras tribus nos falta el acompañamiento ante lo por venir. Poesía-Brújula. Regimiento del ser contrito.
Ojo, leer: Vivir de indignación. Así han querido moldearme las entrañas.

Leer sólo en compañía de…
Marzo, releyendo a Jorge Teiller.
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