Antonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes






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títuloAntonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes
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Ismael González Castañer




Esperando las 10:00



Hay unos hombres que ellos mismos construyen sus casas

Los adornos, y los materiales, fueron conseguidos

al modo furtivo

y a la manera subterfugiada, mi Amor

Mi Amor, la manera de Aquí.

También, uno mira «quel Blanco» la termina más amplia y menos laica

como en los grandes tiempos que han sido para Ellos

Otros pasan mucha más tensión:

—Gente que nunca tuvo perros —dicen— amanece o amanecen con la tiara

Ahora bien, mi vida, mi Amor: a las 09:00 ó a las 08:00,

Todos sacan la silla, esperando las 10:00.

Sábados y Viernes
Sólo es lunes, solamente es lunes

y ya tengo deseo de la pinta,

de subir, tomar su piedra

de nuevo
–¿Esperamos trabajando?

–Es mejor. Así tendrá el sabor

de lo cumplido,

finalizado,

y a buen colofón:
Sorpresa al final de la mesa

Beso al término.
Un día iré a reducir la fecha. Me he de cansar.

Entonces,

miraremos atrás como una historia interior irrelevante

porque el río es la piedra

la piedra, sol

el sol

convertido en el cielo lleno de la esfera.

Tres o Cuatro
No tengo obsesiones sino alguna familia. Mi familia

tampoco me tiene porque día tras día / noche por noche

yo pienso en la felicidad.

Digo:

Mirar una casa / Disfrutad un viaje / Tal amor...

Cualquier familia al final es un pueblo que quiere las cosas

bastante cerca.

Al final, sin embargo, nunca veo la Imagen:

Una casa es mayor que cualquier inventiva finalmente.
“No pudisteis leer en las sombras”,

concluía una Voz

colocada por encima;

una

que no necesita moral...

Es verdad —respondí / pero puse primero

la maleta de tela

a mojarse con lluvia,

polvorearla después, cepillar...
La obsesión aparece no más si hay preguntas.
Me preocupa un hermano por cuanto también se le ha dicho

“Muchacho: más joven que el Viento, y antigua mucho más

es

totalmente absoluta

la Belleza”;

y él la vió relativa

y otra vez como META

y la ha ido a buscar...
Yo no voy a creer cómo Ud. desconoce

que aquella o aquesta familia

mejor o peor

en las noches

luminosas o negras

saca la silla

esperando las 10:00.

Lunes de la pascua vida
Los Lunes de la pascua vida, mis pasos desembocan en la mar

y los hombres

que ya estaban en «la Esquina»

acumulan una larga noche

desde la 2da. Edad.

Yo acumulo algunas.
Bien: Odio a las Empresas de Hidroeconomía

Odio en fin a las Empresas

Quiero destruirme sin imitación, No hay una manera del amor contemporáneo.
Donde dice pascua tiene que decir maldita

Pero uno ve estos días diferente para serlo.
Por último: no creo que yo ame desde que la niña,

cansada con la lumbre,

pudo abandonarme/

alguien me destruye.

Hubo frutas pequeñitas en sus árboles, y las grandes,

en los tallos de mi altura –que no soy (Oh no, no/ nunca) un Mont.

Raya
“No hay ideas frescas”

solamente el mover

de las mujeres diversas en el filo.

Si primero ves cuatro mujeres buenas

y a continuación

otras tantas marchitas

y por último una, digamos de pelo rojo/ pelo carmín

que se conserva,

el mundo no debe ser feliz

y tú

con tus estrellas de esquilache

la verdad/ sólo ésta/ nada más)

eres un corazón.

Y si en el PARK ya ves

a unos hijos abrazados,

a otro con su mente solo, y también ves colectivos

es que la vida

palpitando ciega

pudo ser verde

e incluso, puede saludarte.

e l v e r s o l i b r e
La belleza de los condenados
Irela Casañas Hijuelos

La belleza de los condenados

La libertad era como la belleza pero más complicada.

Nos confundía teórica y dispersa.

A tiempo no supimos

siempre fuimos nosotros la perfecta distancia.
Ellos nacieron con la idea

de atravesar al hombre para tener el mar.

Incautos.

Vulnerables.

Golpean sus cabezas contra el sagrado pedestal.
Nosotros por acá

leyendo las noticias,

respirando.

A ver si conocemos al que robó los almacenes.

Su nombre marginal sale en la prensa,

y será repetido por los guardias del fondo.

Veremos su cabello enredarse en barrotes.

Al mirar en sus ojos

habrá que recordar un bosque seco.

Esta imagen inerme contamina.

Esta imagen perturba,

pero nos alimenta.
Es hermoso el poema que escribió el condenado.

Podemos imaginar su celda húmeda,

si tuviéramos una humedad tan triste como esa

nuestros versos serían trascendentes.

Al final está su nombre efímero

ese que pronunciamos en susurros.
Los del fondo se burlan mientras fuman historias.

piden versos de amor y de mujeres.

No saben la distancia entre el suelo y el hombre.

No conmueve su ojo la belleza callada.
Nosotros por acá, creyéndonos a salvo.

Admirando de lejos la belleza,

La inaudita belleza de los condenados.

Cuerpos de la década
No serán cuerpos los que caigan, jóvenes

desde los altos pisos de becados,

sino el polvo de aquel trigo ruso,

nutritivo y feliz

como su descender

sobre oscuras aceras de La Habana

y sobre el mar.

¿Aclarar los 70 bajo el color del polvo?

No era lo correcto.

Cien horas más acá ¿Qué es lo correcto?

Algunos cortan venas en el olvido enorme.

Algunos no son débiles y cazan los países.

Otros serán mi cuerpo

el rey

y cada día.

Hice el amor con los ministros.

Me pareció bien.

Me pareció correcto.

Llegará el tiempo de repudiar al que otra vez lo haga

Todos llevamos la razón en las edades

La oreja única.
Ideas apagan la distancia.

Puedo ver los envases rodear f y 3era,

tu juventud curada en la década gris,

la mía

esperando en la última fila.

Tranquilos todos.

No lanzaré mi cuerpo desde las alturas

menos aún el polvo que no tengo,

tengo la sutil energía

el indomable espanto

indomable temblor

ante la libertad.

El regreso
Yo, que supe las vidas de Courbet,

de Guillermo Vidal y de Walt Whithman,

no conocí tus años desbordantes.
Amaste una ciudad y me tuviste,

para sentir acaso,

la drástica violencia de ser madre

y empezar a vivir

otro de los deberes infinitos.
Yo viajé en muchos barcos, muchas lenguas.

Daba gracias al Sol

si cálida y sin hijos retornaba.

Daba gracias al fuego por la isla

creciendo suavemente ante mis ojos.
Yo canté a los fracasos imposibles.

Y nunca susurré

una palabra como un manto,

una señal

al ver tus manos lastimarse

mientras lavabas mi uniforme adolescente,

cuando la paz era la guerra,

cuando sobrevivir era la orden.

Un oficio tranquilo
Viajo en trenes oscuros.

Pienso en definiciones inútiles y exactas.

La paz es el silencio de los muertos.

Yo escarbo en el sórdido minuto de los vivos.

Lo oscuro es otro comienzo de la náusea.

El grito
El grito de este siglo detiene mi existencia.

Un puente inalcanzable pero cierto.

Nunca llegué a creer,

las horas me agotaron tratando de asumir el sello cultural,

la lengua exacta, las maneras.
El grito es poderoso pero escaso.

No vibran las ciudades ni sus jefes.

En su mutismo queda

el que sin conocerme ya me odia

y morir es entrada para las ilusiones.

Yo no quiero morir ni hacer la crónica.

El Sol se eleva para todos.

El Sol hace los días de todos

y el susurro.

Yo no admiro su luz disciplinada.

Yo no escribo poemas a su angustia.

El puente me obsesiona antes que su trabajo,

como la palabra que en realidad, no existe,

o como el grito eterno del suicida que vive.

Mi propio grito.

r e - c i c l o s
Sobre las relaciones entre el Estado cubano y la Iglesia católica
Juan Gualberto Gómez
El 26 de enero de 1901, ante la Asamblea Constituyente, Juan Gualberto Gómez pronunció este discurso sobre las siempre difíciles relaciones entre Iglesia y Estado. Por su actualidad, Bifronte reproduce sus palabras, también como tributo a la memoria de este cubano íntegro.

Si yo me opuse y sigo oponiéndome a que nosotros en un artículo constitucional deter­minemos qué clase de relaciones haya de tener el Estado con las iglesias diversas que pueden establecerse en el país, es precisamente, señores delegados, porque estoy convencido de que en la Constitución no debemos poner nada más que lo que es esencial y fundamental, y entiendo que no es esencial ni fundamental dentro del estado actual de nuestro país el venir a suscitar y plantear ese problema, cuya resolución ha de depender, digan lo que digan los que aquí llaman sectarios a los que como yo son en realidad indiferentes, no de un artí­culo de la Constitución, sino de las circunstancias mismas en que el pueblo se mueva.

Por otra parte, yo conceptúo que es una doctrina antiliberal, que nosotros, aprovechándonos de la circunstancia de estar aquí reunidos para un mandato definido, pretendamos ligar el porvenir, cerrar el derecho de nuestro pueblo hacia el mañana, deteniendo su impulso quizás, porque entendemos aquí realmente que el sentir de nuestro pueblo es con­trario a lo que queremos imponer hoy aquí. El temor de lo que haga un gobierno futuro, como decía el señor Fernández de Castro, confundiendo a mi entender el Poder Ejecutivo con el poder de la República mañana, no existe, puesto que esto no lo podrían hacer al fin sino Cámaras tan elegidas por el pueblo cubano, quizás mejor elegidas que noso­tros, por medio de un sufragio más amplio y con una preparación política superior a la que nos trajo a este sitio. ¿Con qué derecho hemos de impedir a esa Cámara, a ese gobierno independiente, delibe­rando en condiciones más libres de las que nosotros tenemos, siquiera sea en el orden moral, puesto que no estaría aquí el extranjero, aunque sean libres los interventores, con qué derecho debemos impedirles velar por los intereses de la nacionalidad cubana, si entendieran que esos intereses les obligaban a tomar determinadas resoluciones respecto a muchas de las cosas que necesariamente han de mantener una estrecha relación entre el Estado y la Iglesia?

De mí sé decir que del examen práctico, no teórico, no basado únicamente en los libros, sino en pueblos muy diversos con Constituciones muy diversas, como son Francia e Inglaterra, me inclino a dejar en manos del Estado cubano, si es conveniente y nece­sario en el día de mañana, el poder dirigirse con las facultades soberanas que la Constitución pueda dejarle, al poder o a los poderes supremos de las diferentes iglesias, para poder regular con ellas el modo como aquellas iglesias habían de desenvol­verse dentro de la sociedad cubana.

Otro es el peligro. Si yo me preocupara aquí más de los intereses religiosos de una iglesia cualquiera que de los intereses de la sociedad civil cubana y del Estado libre e independiente de Cuba, yo dejaría que se pusiera impunemente ese artículo en la Cons­titución, porque debo deciros aquí, en voz muy alta, que no será, no, la Iglesia la que experimente la necesidad de vivir en relación con el Estado cubano: lo que yo me temo es que la Iglesia sea la que no quiera tendernos la mano (…) porque al cabo y al fin... ¿sofisma? Librepensadores, como un Jules Fabré; librepensadores más positivos que el señor Bravo, que se casa en la Iglesia y que bautiza sus hijos; libre­pensadores como Ferry, librepensadores como Gambetta, librepensadores como Paul Bert, jamás han querido en Francia la separación absoluta de la Iglesia y del Estado, porque preveían peligros para la existencia de la República francesa y la libertad de aquel pueblo; porque, oídlo bien, señores delegados, éste es un pueblo donde no ha habido hasta hoy, y quiera Dios que perdure, donde no ha habido fana­tismo religioso. ¿Sabéis por qué? Porque la libertad y tolerancia religiosas han sido grandes, no sola­mente entre las relaciones del pueblo con la autori­dad, sino hasta en las relaciones de la misma familia; pero este pueblo que no ha sido jamás fanático, fue y es un pueblo católico, éste es un pueblo donde la Iglesia Católica está arraigada, donde en realidad de verdad el culto católico ha sido el único que ha arraigado de una manera positiva, no solamente por la protección del Estado, sino por las condiciones políticas propias de nuestra tierra. ¿Qué es, señores, lo fundamental, lo que da arraigo, lo que da vida al sentimiento religioso en nosotros? No lo quiero de­cir con el lenguaje impropio mío; os lo voy a decir con el de un hombre nada sospechoso, que no debe serlo para ninguno de los librepensadores aquí pre­sentes; os lo voy a decir con el lenguaje del jefe del socialismo francés, Jaurès. ¿Sabéis dónde está la fuerza del sentimiento religioso católico? Está preci­samente en el sentimiento de los pueblos que se sienten oprimidos, desgraciados y esclavizados, y como ésta fue una tierra de esclavos, una tierra de despotismo, aquí había un lugar donde únicamente las almas podían encontrar algo que las tranqui­lizase, que las consolase. Jaurés decía: Vosotros habéis arrebatado al pueblo la fe en Dios, las creencias religiosas; si no le dais bienes materia1es, libertades políticas ¡ah! así hacéis del pue­blo un desesperado; si le arrebatáis esa fe, tenéis que darle grandes bienes y decirle que en este mundo es donde tienen que disfrutar, en donde tie­nen que gozar, ya que le habéis privado de todas las bienandanzas del otro mundo ideal.

En los tiempos pasados, en los tiempos medievales, se les hacía esperar la recompensa de sus penas y el consuelo de sus afanes en esta tierra; soy testigo abonado de estas cosas; yo que no tengo absoluta­mente ninguna especie de fanatismo religioso; yo que no soy por desgracia mía un creyente, como algunos de los que aquí se levantan; pues bien, señores, dentro de ese orden de cosas, yo me pre­gunto aquí, donde en la actualidad hay un arzo­bispo, donde hay un obispado y ciento diez y seis parroquias, que no podéis suprimir con vuestro criterio ni con el mío y que no os podéis mezclar en cuestiones de iglesias en que no conviene que os mezcléis; pues bien, ¿es lo mismo que el Papa nos mande ciento diez y seis párrocos, escogidos a su antojo, quizás con sentimiento de hostilidad hacia el Estado que le demuestra desde el acto de su naci­miento un sentimiento de repulsión; creéis como políticos, como hombres previsores, como hombres de gobierno; vosotros creéis práctico que debéis abandonar al azar y a la voluntad de un poder extraño la implantación de ese Estado dentro del Estado cubano, que sea esencialmente hostil a nuestra República independiente y soberana? Por mí, yo no lo creo; por mí yo temo esa contingencia en el porvenir; yo no os digo que vayáis a pactar con la Iglesia, yo no os digo que vayáis a establecer aquí los cimientos de esa clase de relaciones; yo sí os digo que no debéis en manera alguna impedir que el Gobierno futuro, mejor dicho, que los Poderes Públicos de la República, si lo entienden conve­nientemente, lo hagan si cabe, que al fin y al cabo debemos pensar que serán tan cubanos como noso­tros los que nos sucedan y que estarán animados como nosotros del espíritu democrático.

Por otra parte, señores, pensadlo bien, todo lo que parezca persecución de la Iglesia, y por más que no lo queráis se ha de tomar esto como un síntoma de hostilidad; todo lo que sea perseguir a quien no nos molesta, a quien no nos ha molestado hasta ahora, eso ha de ser contribuir de una manera poderosa a robustecer su influencia. Yo os recordaría unas pala­bras profundas pronunciadas por un gran orador español, Ríos Rosas, cuando decía: ...que cuando las generaciones testadoras pretenden ligar las manos a la generación heredera, si lo logran, suena entonces en el reloj de la historia la hora fatal de las revoluciones.

Por suerte nuestra, vosotros no vais a poder dejar ligadas la suerte ni la voluntad de las generaciones herederas, de las generaciones del mañana, y ¿sabéis por qué?, porque esta Constitución, que adolece de muchos defectos, tiene una sola ventaja que la hace recomendable a todos, absolutamente a todos: está animada de un sentido liberal; es fácilmente refor­mable. ¿Pensáis en manera alguna que si aquí ponéis en la Constitución la prohibición de que se puedan establecer relaciones entre el Estado y la Iglesia, ya habéis resuelto el problema? Eso será para la Iglesia cuestión pura y simplemente de brevísima propa­ganda; vendrá una Cámara que votará esa reforma, y entonces habréis iniciado vuestra vida constitu­cional con un artículo innecesario y peligroso.
Tomado del volumen Cuba: Fundamentos de la democracia. Antología del pensamiento liberal cubano desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX. Compilación: Beatriz Bernal. Madrid, España.


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