Antonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes






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La forma de la espada

bajo otra circunstancia



Karell Maldonado O Ryan
Finalmente, se está logrando demostrar que el cuchillo que hirió el rostro de “el inglés de la colorada”, fue el mismo que estuvo (antes, varios años después) amenazando insistentemente el cuello de “Laura Miranda”.

Del cuchillo, lo único que se supo al ser encontrado fue la ausencia total de huellas sanguinolentas. En su lugar, eso sí, la carga húmeda y viscosa de cierto rencor.

Según los comentarios, de no haber sido en este caso por la reedición que hiciera la Editorial Letras Cubanas de los cuentos de Alberto Guerra Naranjo, todo hubiera seguido como antes bajo el marasmo de un olvido incesante. Dicen que fue únicamente en esta última edición del 2002 donde se logró encontrar, casi al vuelo, entre la maleza verbal del primer párrafo de la página 134, el destello impúdico del arma: “...Sólo quiere vivir, apartar para siempre el rencor de un cuchillo...”

Por lo que he oído, esto resultó prueba más que suficiente para demostrar la culpabilidad y la relación insidiosa de dicha arma con “...una cicatriz rencorosa”, de la frase inicial del conocido cuento de Jorge Luis Borges. La deducción, aparte de simple, comentan que tuvo algo de ley estética. Cicatriz rencorosa: resultado lógico de la transferencia directa e indirecta de la cualidad: “rencor”, de un cuchillo. El objeto (rostro) adquiere la cualidad (rencor) del sujeto (cuchillo).

Todos, o la mayoría, aseguran que bastó una simple relación silogística, o la sencilla coincidencia (¿verbal?) entre la apariencia de la herida ya cicatrizada, y las manchas (¿verbales?) de rencor halladas en el arma blanca. Otros, en cambio (los menos) alegan como suficiente la necesidad acuciante de abandonar, alejar, espantar o desprenderse de una metáfora.

Lo cierto es que ya no va quedando la menor duda al respecto. Todo parece indicar que ésta, y no otra, fue el arma que provocó la horrible cicatriz del personaje del cuento de Borges. Un cuchillo rencoroso debe –por ley– llevar a alguna parte su cualidad/odio; debe estampar su rencor eternamente en algún rostro. Por ende, una cicatriz rencorosa (y hasta ahora parece ser la única con esta característica dentro del enorme entramado laberíntico de este mundo literario) es –por ley– la prueba de su culpabilidad. Además, para mayor seguridad, y por si fuera poco, se supo “de buena tinta” no hace tanto –aunque creo ya se ha confirmado– que el atacante (años después, 1998; mucho antes de haber provocado la famosa cicatriz borgeana) nunca fue consciente de la verdadera identidad de la supuesta Laura Miranda. En aquella ocasión, creyó todo el tiempo que amenazaba con su cuchillo el cuello de una tal Julia Pérez Pérez. De igual manera, me he enterado que resultó también falaz el nombre y la identidad del inglés de La Colorada.

Afirman que, acosado tal vez por algún extraño remordimiento; intentó, durante el interrogatorio que se le hizo, convencer a todos de que era en realidad alguien de apellido Moon.

Sin embargo, resta aún una interrogante, por lo visto difícil de resolver. De ser éste –como justamente se ha demostrado hasta ahora– el cuchillo agresor, nadie se explica de qué manera y por mediación de qué técnica o estrategia espacio-temporal, este acero francamente homicida pudo acercarse o llegar a aquel rostro específico del pasado (1942). De cómo pudo herir, incluso antes de que él mismo existiera, es algo que todavía nadie entiende.

De momento, la mano que lo portó alguna vez no ha sido encontrada.

e n t r e v i s t a


“Sigue en pie el miedo a la polémica”

Un diálogo con Antonio José Ponte

Michael Hernández Miranda





En una revista cubana he encontrado nuevos poemas de Antonio José Ponte. Reparo en que lo que debería ser común en su caso, por ser uno de los escritores cubanos más reconocidos de su promoción, se ha vuelto una rareza, acaso por el matiz polémico verificable especialmente en su obra ensayística. Desde 1997, cuando su poemario Asiento en las ruinas fue editado en La Habana por Letras Cubanas, ninguna editorial estatal cubana lo ha sumado a su catálogo. Paradójicamente, sus libros no han dejado de aparecer lo mismo en España y Francia que en México o Estados Unidos, igual en inglés que en español.

Visto de ese modo, los poemas que leí representan algo así como una despedida de la letra impresa dentro de la Isla. Pero no fue de eso que hablamos, aunque lo hubiera deseado yo. No se habla de adioses, tal vez como algunos viejos sugieren no hablar de la muerte. Porque es sobre todo un excelente crítico, el tema esencial del diálogo que sostuvimos una mañana en su casa de la calle Villegas, fue justamente ese arduo oficio: el del crítico y el estado de la crítica literaria en Cuba, sus carencias y posibles rutas de futuro. Una vez más, los lectores de Bifronte tienen la exclusiva.
Para comenzar, ¿son esencialmente correctos los deslindes entre crítica y ensayo?

Cuando yo comencé a publicar algunos trabajos en revistas cubanas el campo de la crítica literaria estaba marcadamente dividido en dos áreas: crítica y ensayo. Crítica era, para describirlo muy rápido, la concebida al estilo universitario, aquello que cualquier tesis o trabajo de grado exige: notas a pie de página, bibliografía, autoridades, y la obra muchas veces puesta en función de alguna teoría predeterminada. El ensayo, en cambio, aparecía muy poco en esas revistas. Resultaba peligrosamente ligero que alguien escribiera sin citar autoridades, o haciéndolo sin que el citar constituyera el meollo del asunto. El ensayo, a diferencia de la crítica, era visto como trabajo de aficionados, de aficionados que gastaban su tiempo en realzar el yo. O sea, trabajo de muy dudosos resultados. Era ése, en resumen, el dilema al que uno tenía que enfrentarse si intentaba publicar en una revista cubana su opinión sobre un libro o un autor. Y no creo que las circunstancias hayan cambiado mucho.

Pero a mí lo que me interesaba (y aún me interesa) al acercarme a un libro era averiguar como éste ha ido haciéndose, con qué materiales fue gestándose, hacia dónde tendía su autor con esa obra... Es decir, adivinación del pasado y pronóstico del futuro.

Por supuesto que no tengo nada en contra de los profesores universitarios, aunque sí en contra de la manía de utilizar obras literarias como pruebas de convicción.
Algunos plantean que en las últimas décadas dentro de Cuba han existido buenos críticos, pero no existe la crítica como cuerpo.

Ah, creo que en caso de que existieran esos críticos tendríamos por fuerza que contar con mejor crítica de la que padecemos, ¿no? Durante un tiempo deseé encontrar en las publicaciones cubanas algo que mereciera ese título. Leí dispersiones y balbuceos tratando de ordenarlos, pero será mejor que no nos engañemos: esos balbuceos y dispersiones arrojan muy poco en conjunto. Y en tanto no sea entendida como problema la literatura, en tanto el escritor no constituya un problema, la crítica literaria contará con muy pocas oportunidades.

Hablo de un problema a la manera detectivesca: algo se indaga, hay un misterio alrededor de tal o más cual libro. Es debido a esa razón que me parece fundamental lo hecho por Borges respecto a la crítica literaria: ficcionarla, planearla con amenidad, forjar un argumento (hablo de ficción) de varios argumentos (hablo de discusión), procurarle el suspense inseparable de las buenas narraciones.

No hallo crítica de valor cuando sus hacedores traen preparado el instrumental y no consiguen transmitir la pasión del asombro, cuando la literatura les sirve para confirmar una teoría preestablecida. No hay aventura en un oficio dispuesto así, sino una práctica conservadora, ejercicio de digitación para individuos sedentarios. Así como tampoco respeto a una crítica literaria que hace abstracción del gusto, empeñada da igual en cuál pieza con tal de que ésta encaje en determinados prejuicios, crítica hecha no desde el amor ni el odio, sino desde la indiferencia y el automatismo.
¿Y ese vacío, a tu juicio, a qué se debe?

Principalmente a la censura oficial. La aparición de una férrea censura política a fines de los 60 y durante los 70 barrió con el pensamiento crítico y la afición a hacer objeciones. Y un ejercicio tan acostumbrado a remitir al yo como es la crítica literaria tuvo que resultar endeble, debió padecer la misma fragilidad que aqueja en Cuba al sentido de lo individual.

Esa censura política no ha dejado de estar presente desde entonces, aflojada si se quiere, sutilizada, pero actuante aún. Y sigue en pie el miedo a la polémica, el temor de los críticos a crearse enemigos, a dar pisada en falso, a soltar prenda, a hablar demasiado...
Entonces, primero la osadía y luego la subjetividad...

No, primero la subjetividad. Porque ser uno mismo requiere ya, en cualquier circunstancia, cierto grado de osadía. Una subjetividad significa gustos entrañables, disgustos viscerales, entusiasmos. Es cuestión altamente emocional esto de que hablo, suele tildársele (casi siempre peyorativamente) de impresionista. Pero cuando las impresiones llegan a ser de tal manera viscerales resulta que no nos encontramos ya en las superficies.
¿Y entre esos factores no está la ausencia de debate a nivel social?

La crítica literaria cubana no deja de ser celebratoria. Según ella, se suceden los libros excelentes, las magníficas antologías, las premiaciones justas. Mucho alabarse entre amigos porque los literatos de la isla constituyen una sola familia del cariño. (Noticias bien distintas se escuchan en los corrillos.) Aunque acostumbrados como parecemos a lo indiscutible de una sola versión de los hechos, aceptadores de una ortodoxia, ¿cómo podría soñarse aquí y ahora con debates, con verdaderos parlamentarismos para la literatura y otras artes?
En el terreno de la crítica y el ensayo, ¿quiénes han sido paradigmas para ti?

Podría intentar una lista de piezas favoritas o enlistar mi ignorancia. En Roland Barthes por Roland Barthes se habla de cómo un escritor (o al menos el escritor que fue Barthes) puede darse el lujo de no haber leído a Hegel. Igual que a la hora de ingerir platos desconocidos, confío en mi intuición para saltarme lo indigesto. Aunque también creo preciso olvidar algunos prejuicios con el fin de mascar ciertas sorpresas.

Soy un lector gustoso de esa crítica literaria que consigue espléndidas biografías de escritores tal como hizo Leon Edel con el grupo de Bloomsbury o Henry James, Richard Ellman con Wilde, George Painter con Proust... Ensayistas detenidos ante un poema o un libro que intuyen que el modo más ambicioso de explicarlos pasa por explicarse el momento en el cual fueron escritos. Avanzan, pues, hacia la biografía, hacia la novela de una vida. Y creo que mis pasos me llevan también hacia allí. Lo que he hecho hasta ahora con el grupo Orígenes, con Julián del Casal, con Martí, es acercarme a una posible biografía de ellos. (Acercarmiento aún somero, debo reconocer.)

Y es curioso que existan tan pocas biografías en la literatura cubana. Quizás una de las razones para tal escasez resida en el hecho de que el escritor cubano (hablo aquí de un hipótetico hombre medio) muy pocas veces resulta un misterio. Ni siquiera para sí mismo, a juzgar por la falta (también notable) de memorias y de autobiografías. Visto así, el escritor cubano no gusta de interrogarse, evita la polémica hasta con su persona.
Antonio José Ponte (Matanzas, 1964). Poeta, narrador y ensayista. Tiene publicados, entre otros, los libros Asiento en las ruinas (poesía, Letras Cubanas, 1997). Corazón de skitalietz (noveleta, Reina del Mar Editores, Cienfuegos, 1998). Cuentos de todas partes del Imperio (Editions Deleatur, Francia, 2000). Las comidas profundas (ensayo, Francia, 1997, y España, 2001). Un seguidor de Montaigne mira La Habana (ensayo, Premio de la Crítica en Cuba, Ediciones Vigía, Matanzas, 1995, y España, 2001). La lengua de Virgilio-La ópera y la jaba (ensayo, España, 2000). Contrabando de sombras (novela, Mondadori, España, 2002). El libro perdido de los origenistas (ensayos, Edit. Aldus, México, 2002). Un arte de hacer ruinas (cuentos, Fondo de Cultura Económica, México, 2005). Próximamente aparecerá en España su novela La fiesta vigilada.

e l v e r s o l i b r e
Lunes de la pascua vida
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