Antonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes






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títuloAntonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes
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EPÍLOGO


Con sus resortes— amplifica.

«No le digas a nadie que yo... »

O hace, con sus resortes —referencias.

«¿Hay que volver, hay, que tener cuidado [¿al pozo?] de volver?»
Los Quemados, 2000-2005

d o s s i e r

El pan y los cuervos



Carlos Esquivel
El rey dijo hay que comer cebollas, sólo cebollas (somos los más grandes cultivadores de cebollas en el mundo), porque el reino pasa momentos difíciles, y tenemos que ahorrar para el invierno.

Comimos cebollas, los platos llenos de cebollas, las mesas cubiertas hasta el tope con cebollas. Olíamos mal, o no, quizás ya no hubiese diferencia en el sentido del olor. Hubo ahorro de alimentos y por tanto suficientes pertrechos para la muy difícil época invernal que caía sobre nuestra región. Después el reino encontró una estabilidad y dejamos de comer cebollas.

Pero hubo otros problemas, la ruptura de contratos con hilanderas y fábricas textiles, debido a pagos defectuosos o fuera de fecha. Y el rey nos ordenó despojarnos de ropas y andar completamente desnudos hasta que llegase el invierno. De ese modo ahorraríamos vestimentas y el reino podría hallar, en el paso de los días, la restitución de acuerdos comerciales para hacerse de nuevos tejidos y ajuares.

Cuando llegó el frío nos pusimos las ropas, se habían amontonado en nuestros armarios trajes, sayas y vestidos y ahora volverían a la actividad diaria. Al principio fue terrible acostumbrarse a prescindir de ellas, estaba la temperatura que podía ser variable, pero, además, el nudismo a la vista de todos.

El reino logró un acuerdo arancelario, movió las leyes de aduanas y capitales restringidos y pudo de esa forma hacerse de cierta cantidad de envoltorios con ropas manufacturadas y camisas, faldas y pantalones reciclados en un reino muy distante, todo a cambio de nuestras cebollas.

Todo fue bien hasta que un día el rey nos reunió en una de las plazas históricas del reino y dijo que era difícil lo que pediría, que confiaba en nuestro entendimiento y en la manera de saber que, de esa forma, se salvarían para las posteriores generaciones la historia del reino y sus principales figuras.

–El pueblo debe morir –exclamó–. No hay comidas ni ropas para mucha gente. Ya no hay comercio con los otros reinos. Es un tiempo terrible y nos urge. Sabrán comprenderme.

¿Y murió el pueblo?

¿O se rebeló ante el monarca, porque, qué sería un rey sin un pueblo que lo defendiese de los otros reinos?

No. Ninguna de las dos. Llegamos a acuerdos importantes, trascendentales, yo diría, para la hermosa historia de este reino y sus epopeyas. El pueblo andaría completamente desnudo, sin importarnos el invierno o la vista: uno se acostumbra, nos acostumbramos.

Y comeríamos cebollas, porque, eso sí, somos los más grandes cultivadores de cebollas en el mundo.


d o s s i e r
Dragón rosado
Ronel González Sánchez
El día en que Nicanor Romaguera, Almirante Municipal, vino a inaugurar oficialmente el centro turístico “Dragón rosado”, el pueblo de Doceleguas salió a recibirlo.

Nicanor había sido un muchacho tímido que soñaba con el mar, sentado en el portal de su casa de ladrillos mientras el resto de los amigos se divertía montando a caballo. Una vez se había marchado, a bordo de un ómnibus rosado, y ahora regresaba, después de muchos años de estudio, convertido nada más y nada menos que en Almirante, vestido con short, camiseta, zapatos deportivos y gorra de marinero, según correspondía a su rango en el consejo del municipio.

El centro “Dragón rosado” había sido construido en las afueras del pueblo, exactamente donde el río Cachumbambé formaba un meandro en el lomerío, rodeado de árboles frutales y de espesa hierba que fue preciso cortar antes de la esperada apertura.

Nicanor explicó, ante la nutrida concurrencia, que ese centro turístico formaba parte de un conjunto de obras sociales que serían construidas en el futuro, y que comenzaba, precisamente, con “Dragón rosado”, espacio para el disfrute popular que quedaba a disposición de los doceleguanos, en aras de un mejor aprovechamiento del tiempo libre.

El centro contaba con una serie de cabañas de troncos para el hospedaje de los turistas, un restaurante modesto pero bien pintado y alegre, una sala de vídeo, y un local donde se podían alquilar bicicletas.

–¡Es importante hacer una buena selección de las personas que vendrán a divertirse a “Dragón rosado”! –advirtió Nicanor, seguido de los aplausos ensordecedores de la multitud– ¡Porque no podemos permitir que una obra como esta, realizada con la frente en alto y con más moral, confianza y seguridad que nunca, en un período tan difícil, sea maltratada!

–¡Sí, sí, sí! –coreaba el pueblo frente a las puertas de “Dragón rosado”, en espera de que el Almirante culminara su discurso y cortara la cinta de apertura para dirigirse disciplinadamente hacia las distintas áreas habilitadas para la recreación.

Después, Nicanor, quien evidentemente había superado con creces la timidez de su infancia, estuvo hablando casi dos horas acerca del valor de la obra, de las jornadas de trabajo y la cantidad de maderos utilizados, el número de personas vinculadas directa e indirectamente a la construcción, ofrecía cifras precisas y hacía reír de lo lindo a la concurrencia, explicando cómo había seleccionado el nombre del centro, a partir de una película de artes marciales exhibida en su juventud y de aquel ómnibus donde una vez había decidido irse a estudiar.

Ese día hubo fiesta en Doceleguas y el innovador del pueblo propuso una fórmula de refrescos a partir de hojas de almendra, azúcar, hielo y una espiga de arroz como adorno que fue elogiada por Nicanor Romaguera y propuesta para oferta principal del restaurante.

–Cuando ofrezcamos este refresco, aumentará la cantidad de visitantes a “Dragón rosado” –bromeaba el Almirante, palmeando cariñosamente la espalda del inventor– y habrá que ampliar las capacidades de alojamiento.

Nicanor ignoraba, sin embargo, que su profecía se convertiría muy pronto en realidad, y que las áreas recreativas de “Dragón rosado” serían insuficientes. Al cabo de un mes cerca de cien mil personas habían visitado el centro turístico y después del primer año de explotación ya sobrepasaba el millón, para un 20 por ciento de sobrecumplimiento del plan, por lo que se hizo urgente, aumentar el número de cabañas y la cantidad de refrescos, y reducir la entrega de reservaciones a la población.

“Dragón rosado” crecía, pero las transformaciones afectaban a los turistas, que se veían obligados a esperar cierto tiempo para visitar el centro; no obstante, las medidas adoptadas nunca fueron tan drásticas como la decisión de abrir las puertas al turismo internacional.

–El mundo espera de nosotros una actitud brillante –explicó Nicanor Romaguera en una comparecencia televisiva–, y la oportunidad la tenemos ahora, ofreciendo nuestros recursos a otros mercados que, obviamente, a la larga nos beneficiarán.

Inicialmente todos comprendieron las palabras del Almirante. Alguien que había nacido entre las lomas, la carretera central, y el ferrocarril de Doceleguas no podía ser más diáfano, además, Nicanor había sido explícito: “la situación lo exigía y sólo se permitirían las visitas de turistas rosados, para no entrar en contradicción con el nombre del centro”.

Después de colocar una reja de hierro para separar los espacios destinados al turismo nacional y al foráneo, los extranjeros comenzaron a llegar, primero en pequeños grupos y después en grandes comitivas que se reunían en un área especialmente habilitada para ellos, donde también se ofertaban refrescos de romerillo, empanadas de miel de abeja, croquetas de aguacate al plato y galletas de limón con crema de cebolla.

Durante unos cuantos meses, en “Dragón rosado”, convivieron los turistas de distintos países, con los alegres doceleguanos que se conformaban con observar a los rosados visitantes haciendo extrañas piruetas antes de entrar al río, estirados por la noche a la luz de la luna y trepándose en los árboles por las mañanas.

Los problemas comenzaron cuando una joven descubrió la presencia de unos niños verdes caminando de espaldas por el trampolín, acción que estaba terminantemente prohibida para los doceleguanos. De inmediato se designó un comité de expertos para comprobar la veracidad de la historia y no solamente se detectó la violación del reglamento interno sino que además fueron vistos junto al río algunos visitantes azules vendiendo carapachos de jicotea con el nombre DOCELEGUAS escrito con letras de diversos tamaños, situación que rebasaba los límites de la tolerancia.

Los responsables turísticos por la parte doceleguana, decidieron enviar cuanto antes la siguiente carta de alerta e inconformidad:
A: Nicanor Romaguera.

Ministerio de Salud y Recreación.
Distinguido Almirante:

A las 09.30 de ayer, responsables de la atmósfera turística del centro “Dragón rosado”, detectaron a un grupo de turistas azules y verdes inmiscuidos en extrañas mercaderías y violando el reglamento interno, establecido desde la fundación del glorioso centro recreativo que ha acogido hasta la fecha a nueve millones y medio de doceleguanos en sus instalaciones.

Le rogamos nos facilite información al respecto y nos sugiera qué medidas tomar en caso de que persista la injerencia de elementos coloreados junto al río.

Atentamente,

Jefe de Orden del centro “Dragón rosado”.


Y la respuesta de Nicanor no se hizo esperar:
A: Jefe de Orden Interno Centro “Dragón Rosado” Doceleguas.

Amigo:
Con tristeza he recibido la comunicación donde me hace saber acerca de la presencia de lo que usted define como “elementos coloreados” que en días recientes fueron avistados en el área internacional de “Dragón rosado” y a la vez solicita asesoría respecto a las posibles medidas a adoptar en caso de que persista la “injerencia”.

Ante todo le informo que en foro celebrado el mes anterior se acordó permitir la concurrencia de elementos de diversa índole en nuestro centro turístico, sin restricciones respecto a olores, sabores y colores; siempre y cuando no alteren el clima de la región.
Afectuosamente,

Nicanor Romaguera

Almirante
La carta de Nicanor no podía ser más explícita. A partir de ahora los turistas visitarían “Dragón rosado” sin que mediaran restricciones de ningún tipo. Solamente era un poco irritante saber que el Consejo Municipal había tomado una decisión sin contar con la opinión general, lo cual no sólo los molestaba, sino que los desprotegía ante la masiva llegada de extranjeros.

Tolerar que los extraños violaran el reglamento era muy difícil de aceptar y, a la larga, crearía diferencias imposibles de comprender y de eliminar, sobre todo, cuando las orientaciones de Nicanor Romaguera, habían sido sometidas a demasiados cambios.

Fue así como entre los doceleguanos nació la idea de crear condiciones anormales para los visitantes del centro, y un grupo considerable de turistas locales comenzó a estudiar el modo de deshacerse de los indisciplinados que interferían en el habitual transcurso de la vida del pueblo.

Reunidos en casa del famoso Doctor Lo Cura, los inconformes doceleguanos le suplicaron al innovador que inventara algo capaz de dar solución al conflicto, y éste, ni corto ni perezoso pidió que le concedieran unos días, para pensar con claridad en sus posibilidades como ingeniero mayor de la región, y en el futuro de Doceleguas, si no se tomaban decisiones verdaderamente importantes.

Pero los días del inventor parecían tener más de 24 horas, porque llovía, cantaban las ranas, en el monte abandonaban su nido los pichones, volvían a cantar las ranas...y nada. Los coloreados turistas aumentaban en “Dragón rosado”, y el espacio para los doceleguanos era cada vez menor, hasta que llegó el momento de poner los acentos sobre las palabras agudas y llanas que lo requerían.

A partir de una caja de galletas de chocolate y el motor de una licuadora colocado dentro de una olla de presión imantada utilizando los restos de la vieja bocina de un televisor, el innovador creó un insólito arroyo magnético que puso en el río, y los resultados no se hicieron esperar, los turistas se manchaban el cuerpo de tal modo, que no podían seguir bañándose, por lo que, disgustados sobremanera, se vieron obligados a abandonar el centro turístico, no fuera a ser que todo el mundo se enterara que en Doceleguas un río increíble, transformaba a los bañistas en enormes helados de chocolate.

En menos de lo que chilla un murciélago, los turistas dejaron libre el área internacional de “Dragón rosado”, y los doceleguanos, después de eliminar las rejas de hierro que dividían el lugar, reconocieron el heroísmo de su innovador, nombrándolo “Dragón Honorífico” y “Refresquero permanente”, en un acto al que fue invitado el Almirante Nicanor Romaguera.

–El día de hoy es un día histórico –afirmó el Jefe de Orden Interno del centro turístico, mientras se rascaba una oreja hasta ponérsela roja–, por eso propongo que todos los años celebremos una fiesta a manera de recordación de tan importante acontecimiento.

Un aplauso de la multitud reunida junto al río siguió a las palabras del ya muy colorado funcionario, quien comenzó a preocuparse por la reacción.

–Y nada podrá impedir –prosiguió–, ni siquiera la alergia, que seamos los verdaderos dueños de este establecimiento.

Nuevamente los doceleguanos prorrumpieron en aplausos y exclamaciones de ¡Viva nuestro innovador! ¡Viva Dragón Rosado! y hasta a un niño se le escapó ¡Viva el Almirante! que hizo reír al propio Nicanor quien, acto seguido, pidió la palabra para ofrecer disculpas a su pueblo por los errores cometidos en el pasado. Aseguró no volver a tomar decisiones que afectaran a la mayoría, propuso crear nuevas fórmulas de refrescos para ofertar en el centro turístico e hizo reír a muchos, incluso al innovador que se tiró al suelo y comenzó a sostenerse la barriga con una mano mientras protegía con la otra el trofeo que lo acreditaba como “Refresquero permanente”, cuando aseguró que no podía ocultar que había estado un poco incómodo ante las maniobras secretas de los doceleguanos para expulsar a los turistas, que suplicaba lo entendieran, y que no le prohibieran visitar el río, pues a él le encantaban los refrescos de hojas de almendra y el helado de chocolate.

d o s s i e r
Ser
Luis Marcelino Gómez
Who's there?

Hamlet
Había puesto en práctica su empedernida fobia declarando la santa guerra a cuanto insecto parasitara sus estancias. No creía estar viviendo en simbiótico orden con ellos, como algún defensor de las especies hubiera querido inculcarle. De nada le había servido acaparar un centenar de Venus's-flytraps –minúsculas en comparación con la Welwistchia mirabilis– en el vivero donde las adquirió para luego repartirlas por todos los rincones de su propiedad.

Para obtener la mirabilis, hubiera tenido que irse al desierto de Namibia. Además, ¿cómo plantar la gigantesca insectófaga alrededor de su morada? ¿Y si, después de traídos los ejemplares, resultaba que el medio no les era propicio? ¿Cuánto dinero no perdería? Por otro lado, ¿le permitirían trasladar las plantas caníbales desde el Cono Sur africano aun presentando todos los permisos en la aduana de los aeropuertos correspondientes, y la documentación exigida por las secretarías de la aeronáutica civil, así como por los ministerios que se ocupan de la salud pública y de la vida privada? Según sus cálculos, cuatro welwistchiáceas serían suficientes: una para cada punto cardinal. Pero ¿no resultaría muy peligroso? ¿No devorarían algo más que los isópteros? ¿Y si la desmesurada engullidora se trasmutaba por el uso indiscriminado de pesticidas, o si, cambiando sus hábitos, se convertía en antropófaga? Era preferible el centenar de las diminutas atrapamoscas, que colocó fuera y dentro de la vivienda. Ellas aniquilarían al enemigo en cuanto se acercara.
En vano.

Se decidió entonces por los servicios de la tecnología del exterminio. Puso la residencia bajo carpa a fin de envenenar todo lo que poseyera vida. Para colmo de males, contrató a los hermanos Nuñez Foxy que lo estafaron dejándole viva más de la mitad de la bichería habitual.
La casa estaba aparentemente deshabitada desde hacía una semana. Creerían que dormía, pues en aquel parecer meditaba, urdía, laboreaba. Lo acompañaban inesperadas legiones de individuos semejantes a él. De noche comenzaba el ajetreo entre el barro y la saliva, que había aprendido a usar como los otros. Repentinamente era un miembro más, acostumbrado a coexistir entre ninfas y bajo la monarquía de los que habían fundado la sociedad, en el escondite que enmarcaba las veredas de su hogar de soltero irresoluto. Hubiera preferido pertenecer, desde un inicio, a la casta de los soldados; defender, con su prominente cabeza y sus potentes mandíbulas, el destino de su hábitat. Pero le había tocado el sino ambiguo de las que llaman obreras. Vivía como en un tiempo regresivo su pueril otredad, cuando jugaba con fango y secreciones bucales. A veces le encargaban cuidar los alimentos, o las nuevas crías. O se veía, estimulado por un instinto oscuro para él, construyendo nuevos laberintos, largos túneles por donde andarían los frescores. No eran pocos los objetos que su reciente apetito, su nueva compulsión, le permitiera catar. Ejecutaba recorridos sin el pavor de ser aplastado, porque bien sabía que en la vivienda nadie podría despachurrarlo. No sólo lo sabía, convencido de sus razones, lo afirmaba refocilándose. Él era el dueño de la estructura donde ahora sus iguales tenían un reino. Se sabía ente especial a pesar de su índole obrera, de su exoesqueleto y de su quitina, pues conservaba en el cerebro, ahora diminuto, su natural erudición. Era febrilmente dichoso. Sentía júbilo por haberse liberado ¡r-a-d-i-c-a-l-m-e-n-t-e! de sus semejantes, de la sociedad y sus compromisos; de su inherente maldición creativa y, sobre todo, de la condición humana. A fin de cuentas, reflexionaba, los robotas, desde el más encumbrado hasta el más simple, siempre se manipulaban unos a otros por inconscientes sistemas de imbricaciones que ni el célebre judío de Freiberg había logrado dilucidar. Ahora sí desandaba el ciclo biológico del cual el robota infrahumanus le había separado. Mucho tiempo estuvo buscando la manera de abandonar su especie. Alguna casualidad flemingiana lo habría transformado. Conocía, finalmente, la plenitud. Por suerte no hubo de convertirse en una simple oruga educada que, a costa de su exterminio, contribuía, desde perdidos siglos asiáticos, al enriquecimiento ajeno. Poseía esa otra ventura: la de no fabricar un hermoso y rentable nido de fibras que le serviría luego de sarcófago, de donde brotaría un producto tan codiciado como las especias por las cuales Simonia se había encontrado con los europeos mediante el célebre genovés. ¡No! Él no formaba parte de aquella historia de transportes a través de Persia. Sólo pensarlo le daba asco. Y escupió un buche de saliva, más grande que el que habitualmente usaba, sobre el barro de su nueva faena cotidiana. La Bombyx mori era aliada de su antigua clase. Era un afortunado al no tener que vivir confabulándose con quienes después lo abrasarían con ardores sólo comparables a los de los tiempos del dominico Torquemada. Se hubiera avergonzado de ser, pues, un vulgar lepidóptero, alimentado con hojas de Morus alba; sacrificado y utilizado después en el indumento de burgueses ignorantes de su trágica existencia. Con cuanta náusea pensaba ahora en la metamorfosis de huevo a larva voraz entre verdes hojas de morera blanca –nuevamente un fuerte escupitajo– celosamente colocadas por las mismas manos que después lo exterminarían incinerándolo como en Auschwitz, ya pulpa. Lo troncharían casi adulto, listo para extender alas y volar desde la levedad de su matriz de hilos, asesinado por aquellos a cuyo género había pertenecido hasta hace poco. Decididamente, era más venturoso que nunca. Experimentaba una hiperbólica alegría.

–To be or not to be –pensó con estruendosa risa que esparció los últimos restos de madera sobre el suelo de la sala, en las inmediaciones de su ordinario sitio de lectura. Era al alba y dirigía su escuchimizada anatomía de segmentos a un escondrijo predilecto.
Recuperándose, advirtió que casi había olvidado su antigua condición. Se sentó en el sillón de mimbre favorito y, acomodándose los espejuelos, ya bifocales, comenzó a leer el diario de la semana precedente. La fotofobia lo había abandonado. Recordó, de pronto, cierto percance. Había comido algo por equivocación cuando preparaba su ensalada de alfalfa. Justo entonces, una llamada por teléfono interrumpió el gastronómico pecado. Se distrajo. Y confundió la Venus, sobre la mesa y cerca de la fuente donde preparaba sus hortalizas, con su leguminosa. Sí, se había tragado, automáticamente, la droserácea siete días antes.
–Caramba... La drosera colocada en las proximidades del madero generalmente utilizado para aderezar sus verduras –reflexionó.
Entumecido todavía, se estiró en el sillón y bostezó mientras abandonaba el periódico en el suelo. En su descalcitud reparó en la inusitada frialdad del piso. Echó de menos los tres pares de patas, las mandíbulas y las antenas de la semana anterior. Se deprimió notablemente al verse hombre de nuevo en el espejo. Y estuvo llorando un tiempo indefinido.

Tomó el teléfono y marcó el número de la editorial que le publicaba su último libro. Del otro lado alguien, inquisitivamente, le reprochaba su silencio durante los últimos días. Intentó justificarse con su común sinceridad, pero solamente escuchó un rotundo ¡No fabule!, que detuvo el relato de lo que le había acontecido, tan veraz, pero que nadie le creería nunca. Y colgó abruptamente el auricular.
Notó su desnudez, intenso frío, y se fue al dormitorio. Desconectó el aire acondicionado. Observándose los costillares y el abdomen prepúbico, discurrió acerca de los triglicéridos y otras aberraciones. Admitió una muy discreta pérdida de peso.
Luego, experimentando un original apetito, fue hasta el librero donde redescubrió, con inefable regocijo, la necesidad de mordisquear el marco de júcaro, que no pudo ingerir. Entonces tomó uno de sus viejos libros y, mientras lo engullía, comenzó a deleitarse. Una franca alegría recorrió el ancho de sus pensares. Ya era.

d o s s i e r

Monólogo en el inodoro

(Breves reflexiones sobre la narrativa joven cubana)
Yunier Riquenes
En estos momentos resulta sumamente difícil tomarle el pulso a la narrativa cubana. Varias razones contribuyen a ello; en primer lugar la confluencia de varias generaciones de autores, y por supuesto, el incremento de las editoriales en el país. Recordemos que hasta hace poco existían 13 y ya suman 140. Vivimos la primera década de un siglo nuevo con mucha efusividad, lo que me remite a pensar en Palabras a los efusivos, de José Manuel Poveda. En un buen primer intento, el escritor Raúl Aguiar trataba de ubicar la nueva promoción de narradores jóvenes (La letra del escriba, número 32, agosto 2004, pp. 2-3). Explicaba que su trabajo “estaba dedicado a señalar algunos rasgos sobresalientes verificados durante el examen de una serie de textos de los más jóvenes narradores cubanos –publicados, inéditos o premiados en concursos–, así como otros analizados durante las sesiones del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso”. Analizaba dos aspectos: el discurso narrativo y la historia. Aguiar se basó en herramientas narratológicas para situar a un grupo de jóvenes pertenecientes a una generación ya definida, y otros que andan en busca de que a alguien se le ocurra etiquetar, me refiero a escritores que nacieron a partir de la década del setenta. El aspecto que quiero marcar es la poca cobertura nacional de textos, libros de autores de esta zona (no capitalina). Pensemos que un cuento no es determinante a la hora de evaluar a un escritor y mucho menos a una promoción, para no decir generación, amén de publicar cuentos en revistas, ganadores o no en cértamenes literarios. Solo podríamos echarles un vistazo a escritores como Orlando Luis Pardo, Raúl Flores, Demis Menéndez, Souleen dell Amico, Susana Haug, Jorge Enrique Lage, Yordanka Almaguer, Abel González Melo y más recientemente Gustavo Sabas del Pino y Ahmel Hechavarría, todos de la capital1, aspecto que demuestra que la narrativa del interior2 solo se puede apreciar a retazos, ya que la promoción de las editoriales provinciales no ha sido estudiada, ni siquiera reseñada en espacios puntuales. Es importante señalar las selecciones hechas en la Riso (programa de ediciones territoriales. N. del E.) que han permitido recoger el quehacer narrativo en cada territorio: Matanzas, Cienfuegos, Ciego de Avila y Granma3, al menos las que he tenido la oportunidad de hojear. Los narradores no hemos tenido la suerte de contar con selecciones como los poetas, que han sido compilados en varias, por ejemplo Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo y Los parques, por solo citar estas dos, de las que se ha hablado en casi todas las revistas del país. En la narrativa joven cubana persisten las influencias de autores universales, mejor dicho, gran parte de la literatura norteamericana, la inglesa y la francesa, como tres puntos recurrentes, y por supuesto la latinoamericana, con los representantes del boom, quizás con Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar como los más imitados. Los jóvenes buscan asideros que marquen la diferencia de tanta efusividad presente en la década de los noventa, cuando los balseros, los gays, las jineteras y los ambientes marginales saturaban los textos. Repito, aún se mantienen las influencias, pero la percepción del futuro, la situación de los límites y el dolor, son enfocados desde otros puntos de vista. Los jóvenes de la capital, optan en su mayoría por escapar y tratar otros temas, donde la Ciudad de La Habana es el centro de todas las cosas, aunque no se manifieste explícitamente, hay una búsqueda contínua de marcar rupturas formales4, necesidades de mostrar el alto nivel intelectual de los personajes; el metatexto se convierte en materia prima para la elaboración de los libros. Y en la narrativa de adentro, como prefiero llamarle a la literatura del resto del país, se mantiene el tratamiento de la otra marginalidad, las miserias humanas y materiales son elementos recurrentes, las aspiraciones y las esperanzas, la dureza de un ambiente donde las luces y las sombras se confunden, aunque la mayoría de ellos van marcados por la presencia de elementos de la ruralidad5, aparecen diversos ambientes, diversos personajes que enriquecen un amplio zoo, existe variedad de registros que permite conocer las zonas aisladas que también conforman la geografía cubana. Planteaba Tolstoi que “en el arte lo más importante es decir algo propio, nuevo. En esto se distinguen los grandes artistas”. Los más jóvenes debemos de estar conscientes de que el arte de nuestros días debe buscar y crear nuevas formas artísticas, procurar hablar de la vida de hoy con un lenguaje contemporáneo. Los jóvenes, como decía Edmundo Desnoes, debemos “dar mundo, diablo y carne a nuestras letras”.

Junio y 2005.
1 Estos jóvenes se han dado a conocer a través de los premios Calendario, Pinos Nuevos y David. Hasta el momento (dato curioso) ningún escritor joven, nacido a partir de los años setenta fuera de la capital, ha tenido la suerte de merecerlos.
2 En este caso sí se pueden notar textos de autores de otras provincias que a través del concurso de cuentos de La Gaceta de Cuba se dan a conocer, o al menos se sabe que existen: son los casos de Julio César Jiménez (Santiago de Cuba), Obdulio Fenelo Noda (Camagüey), Miguel Vanterpoll (Guantánamo) y Yunier Riquenes (Granma). Otros escritores de provincias han merecido otros concursos que no tienen la misma repercusión, pero que no dejan de ser importantes.
3 Estas selecciones, en su mayoría, no están conformadas por figuras jóvenes aunque algunos estén representados. Algunas de ellas recogen el quehacer narrativo del territorio durante largos años, su finalidad no ha sido promocionar a los jóvenes, claro está, salvo Desde ninguna parte una palabra (Ediciones Bayamo, 2004), donde aparecen catorce autores y únicamente dos nacieron antes del setenta.
4 Aunque cualquier escritor joven de la capital utilice algún seudónimo, el lector puede percibir que el texto que se lee forma parte de un escritor de esta región, incluso tratando temas diferentes. Puede pensarse que existen más preocupaciones por la forma que por el contenido. Las historias a veces resultan intrascendentes.
5 Este planteamiento no es absoluto, estos jóvenes también experimentan con el lenguaje, la forma y el contenido, pero la historia es más importante. Les interesa que la historia pueda ser escuchada, quizás, como en los tiempos pasados. Se mantienen tendencias tradicionalistas que son influidas por la narrativa cubana de la república, fundamentalmente, o por otros más contemporáneos como Onelio Jorge Cardoso y Reinaldo Arenas.

d o s s i e r
Apuntes a Zugzwang
Efraín Rodríguez Santana
1. Zugzwang, título de la novela, según nos explica su autor Félix Sánchez es una denominación ajedrecística elaborada por los trebejistas alemanes que significa: “que has llegado a una posición en que debes jugar, es tu turno, pero ninguna jugada es buena. Sólo te queda no hacer la peor y confiar tu futuro a un error contrario”. O sea, es una jugada que no depende de la destreza, templanza u originalidad que se pueda desplegar, sino del error que podamos provocar en el adversario. Lo trágico de todo esto radica en que se llega a un punto tal de indefensión que se está sólo a merced de lo que ejecute el oponente. Ese estar a merced de un plan preconcebido por otros es quizás lo que mueve la trayectoria errática del personaje principal de esta obra.
2. Confieso que yo le hubiera puesto un título más kunderiano a la novela, algo que se relacionara más con la levedad, el kitsch, los sueños y la doble personalidad.
3. Esta novela trata de la historia de un deseo: dentro de 92 días (“nacionales”, según subraya el autor) el personaje central emigrará, con la aspiración expresa de reunirse con sus hijos, romper con el pasado, hacer realidad el futuro de ese día 93 en que ya por fin estará en otra parte, convertir el acto de cruzar una frontera en un presente exultante, casi heroico. Propósito y “delirio” ficcional que conducirá los destinos de esta novela. Deliro que ha pasado a ser parte de nuestro ser nacional en los casi últimos 50 años.
4. Hay un kitsch que se refiere a las pasiones encontradas entre los que se han ido de Cuba y los que se han quedado. Entre ambas partes se ha construido un territorio de extravagancias y compulsiones que ha generado el mito de lo que falta, de lo que se añora. El mito de lo que se pudiera conquistar con tan sólo soñar que se está fuera, culebrón interminable, pero también macabro, saturado de pérdidas, de muertes, adornado por mantones de santos, por solicitaciones y rezos, por envíos y negaciones y por grandes odios que, en vez de desunirnos, raramente y por primera vez en la historia de este país, nos unen más.
5. Estos componentes se definen entonces por un conjunto de técnicas operativas, o sea, cómo llegar a eso que nos salva, que deseamos tanto conquistar, cómo arribar a esa tierra “encantada” que supera a esta “desencantada”. Son relaciones de encantamientos que se mueven en ambas direcciones, en medio de una bullanguería macabra, tristemente célebre, trágicamente kitsch.
6. El personaje central trama una ruta para ver cumplidas sus aspiraciones. Es aquí donde lo onírico, lo trastornado, lo imposible despliegan una ejecución como danza de repeticiones, porque también vamos cayendo en la cuenta de que lo que le interesa a ese señor es organizar un viaje que se nutra de una fantasía inacabada, o sea, una fantasía que está siempre renovándose, un viaje inconcluso. Y entonces aquí aparecen los recorridos familiares, laborales, amorosos, por una ciudad hecha de fragmentos, fijada en el claroscuro. Trayectos que conforman la fisonomía de este sujeto que aspira a la sofisticación de una aristocracia hecha de minucias aldeanas, de servidumbres subsumidas, de un no saber comportarse y de un no saber tener. Aquí vuelve a acontecer esa otra relación kitsch entre tener y no tener que tanto ha dado de sí entre nosotros.
7. Podríamos asimismo hablar de una especie de solución nacional de las dos mitades, algo que no llega nunca a realizarse del todo, algo que esta escindido, algo que se disfruta por partes y que además está determinado por una línea divisoria que establece un acá de un allá y que también nos caracteriza como pueblo dividido en intenciones y deseos.
8. En otro momento se da una nueva variante de definición de Zugzwang: “jugada que se realiza y ante la cual el adversario puede cometer más fácilmente un error”, consideración ésta que remite a una frase célebre que se refiere a la victoria y los reveses, muy popularizada entre nosotros y que deriva en tantas disquisiciones jocosas para la gente común. Por ejemplo, hacer de la vida torturada o malgastada una vida prometedora, una vida consagrada en el porvenir. Un porvenir ficcional, o sea, un porvenir que no se realizará nunca y que será parte inconfundible de ese “suceso extraño” de la novela.
9. El principal acierto de esta obra se expresa en la construcción del personaje protagónico, un viejo que sabe contar sus propósitos irreales con lentitud real. Es retardatario, tiene un “estilo tardío”, como diría Edward Said.
10. Otro aporte es la construcción de una atmósfera enrarecida, un ambiente excepcional donde se practican arbitrariedades, o sea, una manera diferente de vivir, un empeño fantasmagórico, la práctica de unos ritos domésticos vencidos, un balbuceo con sombras.
11. La novela va de la sequedad a la lluvia, de la falta de aire al ciclón. El ciclón cubano está insuperablemente descrito en Paradiso. En Zugzwang se ubica como telón de fondo del fin de una historia que bien pudiera haberse realizado toda ella entre las paredes de un manicomio, como puesta en escena actuada por locos. Y entonces acude a mi recuerdo la majestuosidad incomparable de Marat-Sade.
La Habana, 6 de febrero del 2006.

d o s s i e r

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