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HEROES Y HEREJES

ANTIGUEDAD Y EDAD MEDIA

BARROWS DUNHAM
HEROES Y HEREJES
ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA
“El que se inclina hacia un Partido, es condenado al Infierno por los Demás; pero tampoco merecerá un juicio más favorable si no se pronuncia por ninguno.”
John Toland, Christianity Not Mysterious (1969).

(Tomo 1)


BIBLIOTECA BREVE DE BOLSILLO

EDITORIAL SEIX BARRAL, S. A.

BARCELONA, 1969
Título de la edición original:

HEROES and HERETICS

Traducción de:

AURORA CAMPO

JUAN ANTONIO MATESANZ


© de la edición original

ALFRED A. KNOPF, INC. 1964
© de los derechos en lengua castellana y de la traducción española

EDITORIAL SEIX BARRAL, S. A.   Barcelona, 1965

Depósito legal: B. 39312   1969 (tomo 1) Printed in Spain


A MIS NIETOS

Richard Scott Dunham (1956).

Robert Brett Dunham (1958).

William Barrows Dunham (1963).
Aspice venturo laetentur ut omnia saeclo.

PREFACIO 6

EL CRIMINAL DE AMARNA 8

I 8

Capítulo Primero 13

HOMBRE Y COMUNIDAD 13

Capítulo II 19

EL EXILIO Y LA CICUTA 19

Capítulo III 28

EL REINO DE DIOS 28

Capítulo IV 41

LA ELABORACIÓN DE UNA ORTODOXIA 41

Capítulo V 54

LA ELABORACIÓN DE LAS HEREJIAS 54

Capitulo VI 69

LIBRE ALBEDRÍO Y DESTINO DE UNA ORGANIZACIÓN 69

Interludio 86

DE LAS REDES Y LOS PECES 86

Capítulo VII 91

LOS PEQUEÑOS ZORROS QUE ECHARON A PERDER LAS VIDES 91

Capítulo VIII 107

PIERS Y SUS PLOWS 107

Capitulo IX 125

LA HEREJIA NACIONALISTA 125


PREFACIO



Una de las cosas que tiene que hacer un hombre en la vida es descubrir, con la mayor amplitud posible, los fundamentos para creer lo que le piden que crea. Por supuesto, la razón le invita a creer todas y sólo aquellas afirmaciones que parecen ser verdaderas. Tan pronto como el hombre intenta seguir fielmente la razón, toma conciencia de otros principios, o al menos de los condicionamientos que emanan de la sociedad organizada que le rodea. Esto significa que se encuentra constreñido y atraído por creencias que en otro caso nunca hubiera poseído.

Las creencias así obtenidas desempeñan el papel del poder policíaco en la vida intelectual. Este papel, sutil de ordinario, es una hábil combinación de premio y de castigo. En la sociedad de cada uno, es más fácil hacer carrera si creemos en lo que aquélla nos dice que creamos; pero, si dejamos de sostener tales creencias, esta carrera puede acabar de repente. Acontecimientos de tal género han sucedido a lo largo de la historia escrita, y podemos conjeturar con toda certeza que también acaecieron en la historia no escrita. Al comienzo de la década de los 50, muchos americanos se familiarizaron con este hecho.

Ahora, la ciencia y la filosofía –que buscan afirmaciones verdaderas y sólo verdaderas– siguen un sendero que va en contra de las ideas socialmente establecidas. De ahí que el esfuerzo de algunos hombres para expresar lo que la realidad es, esté en conflicto con la insistencia de los cuadros de la Administración para mantener la unidad en el seno de sus organizaciones. Cuando estas crisis se hacen patentes, el pensador debe arrostrar su amor a la verdad frente a la autoridad del administrador. Para el pensador esto no es más que un simple acto de integridad personal. Pero el administrador puede considerarle un rebelde y merecedor de adjetivos tales como “presuntuoso” y “arrogante”.

Estas valoraciones contradictorias de un mismo hecho acontecen igual entre miembros y dirigentes de una organización. Cuando un miembro se siente moralmente obligado a oponerse a la política de un dirigente, puede parecer que aquél se afirma a sí mismo con exceso y por ello ser culpable de arrogancia. Hablando en términos generales, “integridad” es el punto de vista del miembro sobre el asunto, y “arrogancia” el juicio del dirigente. Esta noción parece corroborada por la singular etimología de la palabra “herejía”, que posibilita la significación de una opinión personalmente preferida por el que la sostiene.

El lenguaje señala el hecho social (obvio por demás en cualquier acontecimiento) de que las opiniones humanas se clasifican no sólo como verdaderas o falsas, sino como aceptables o inaceptables para las organizaciones. Por supuesto, las dos últimas categorías son políticas, y precisamente en función de ellas los pensadores han estado expuestos al castigo. La historia real del pensamiento ha sido una mezcla, un tumulto de estas cuatro cosas: verdad, falsedad, herejía, ortodoxia, que han ido desplomándose la una sobre la otra de una manera mitad trágica y mitad absurda. Pienso que quizá tenga algún valor el despliegue de este tumulto, siguiendo su curso a lo largo del desarrollo del pensamiento occidental, con la misma configuración y el mismo ímpetu que le han dado los acontecimientos.

Por esta razón, he emprendido una historia política de la filosofía y la he planteado bajo la forma de una dilatada oposición entre dirigidos y dirigentes por el dominio de la doctrina de la organización. Por fuerza, el tamaño de la obra ha de ser grande. ¿De qué otro modo podríamos mostrar el hecho de que tales acontecimientos, que están ocurriendo ahora, han acaecido desde la Antigüedad? ¿Cómo disipar, si no, el modelo repetido o esbozar lecciones para el futuro?

Sin duda, esta obra implica riesgos tan grandes como su tamaño. No puedo suponer que entiendo con la misma suficiencia todas las épocas del pensamiento occidental. Habrá pocos hombres expertos sobre todas las épocas y los especialistas sensatos se limitan a porciones de épocas o a porciones de porciones. Desgraciadamente, además, se da la circunstancia de que los escritos históricos pudieran estar dañados tanto por ignorantes (a veces, inocentes) omisiones, como por una falsa interpretación del material. Algunas de mis omisiones son, sin embargo, deliberadas. Me he limitado fundamentalmente a aquellos herejes cuyas ideas y comportamiento fueron importantes para el cambio histórico. Así, por ejemplo, no me he detenido en Savonarola porque su obra fue realizada más decisivamente por los grandes reformadores que por él mismo. Por esta razón, también he preferido a Lincoln frente a John Brown y a Debs antes que a cualquier otro socialista americano. Mis deudas intelectuales son tan numerosas como los autores que he leído y los hombres a quienes he escuchado. En el Ensayo Bibliográfico expreso mi reconocimiento a algunos de ellos, al tiempo que les eximo de todo posible empleo erróneo que pueda haber hecho yo de su sabiduría. Quizá pueda particularizar aquí hasta el punto de agradecer a mi amigo, Mr. Samuel Adams Darcy, de quien aprendí directamente la opinión (sostenida según creo por todos los gobernantes, pero por pocos profesores) de que la historia es el movimiento de las multitudes humanas en lucha.

Debo el título de este libro al poeta lírico Mr. E. Y. Harburg, autor de Finian's Rainbew. Cansado de mis esfuerzos pedestres, él creó el título que el libro requería. Por fin, deseo agradecer a los miembros de la dirección y administración de la Biblioteca de la Universidad de Pensilvania su constante amabilidad y en especial por haberme permitido acceder a esa admirable colección.
Barrows Dunham
Cynwyd, Pensilvania. Septiembre, 1963.

P R Ó L O G O
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