La Iglesia antigua: Falsificaciones y engaños






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Otras falsificaciones en el Antiguo Testamento (y en su entorno)

Sucede algo análogo a lo del Pentateuco con lo que las Sagradas Escrituras endosan a David y su hijo Salomón. Ambos debieron vivir, reinar y componer alrededor del año 1000, pero sus presuntas obras son por^ lo general varios siglos más recientes. ,

La tradición judaica y cristiana de la Biblia atribuye al rey David todo el Salterio, el libro de los salmos, en total 150 salmos. Con toda probabilidad ni uno solo procede de él. Sin embargo, según la Biblia David los ha escrito. ^

Pero hay métodos para hacer la cuestión más comprensible. De este^ modo, una SachkundezurBiblischen Geschichte, y bajo el lema de «David como cantor», describe de manera relativamente prolija al «tañedor de arpa» de aquel tiempo. Esto implica la autoría real en igual medida que la afirmación de M. A. Beek de que la tradición, que introduce a David en la historia como poeta de salmos, tiene «seguramente un fondor histórico», sobre todo si consideramos la aseveración de Beek pocas lí-. neas antes, de «que fuera de la Biblia no conocemos ningún texto que;;

arroje luz sobre el reinado de David o sólo que cite su nombre». ¡Lo que recuerda mucho al Moisés histórico de Beek! De David sabe: «David tocaba un instrumento de cuerda que podría denominarse más una, lira que un arpa. La ilustración de tal lira se encuentra en un recipiente fabricado alrededor del año 1000 a. C. [...]».79

Pues bien, si alrededor del año 1000 había una lira, si hasta se la pudo • representar, ¿por qué no pudo David tenería, tocaría y -entre sus incursiones, degollamientos y acciones relativas al corte de los prepucios y a la calcinación en hornos- haber redactado el libro bíblico? ¡La conclu- sión parece casi obligada! Sobre todo porque David aparece realmente en

el Antiguo Testamento como poeta y músico, en concreto en los dos libros de su contemporáneo, el profeta y juez Samuel, un testigo ocular y a al mismo tiempo auricular. De todos modos, como señala la investiga-, ción, los libros «de Samuel» aparecieron como muy pronto cien años, y como muy tarde cuatrocientos, después de la muerte de Samuel, lo mismo que muchos de los salmos de «David» no lo hicieron a menudo hasta a la época del segundo templo (después de 516 a. C.), más de medio milenio después de la muerte de David. Los salmos recopilados se fueron completando constantemente, redactando, falseando (todos los títulos, en- tre otros). La selección de recopilaciones puede haber durado hasta el si-

glo II a. C. No se excluye que todavía se hicieran incorporaciones en el siglo i después de Cristo.80

Se pretende en cambio que aquella interpretación, radicalmente distinta, de los acordes celestiales de la corte real en tomo al año 1000, la que dan tres mil años después -y no sin sólida base en el texto bíblicoalgunos poetas alemanes como Rilke, colegas, pues, de David, no es otra cosa sino puro sexismo. Pues uno de estos poetas afirma sin ambages que fue el «trasero» de David, más que su música, lo que «alivió» al rey Saúl.81

Lo mismo que de David, el «perro sanguinario», se hizo el «amable salmista», lo mismo de su hijo (engendrado por Betsabé, a cuyo marido hizo David matar) el «sabio rey Salomón», por lo que se ha vuelto famoso: el creador de cantos religiosos. Pero si alguna vez Salomón desarrolló actividad literaria es algo totalmente indemostrable. Lo que es seguro, por el contrario, es que mediante un golpe de estado, aliado con su madre, con el sacerdote Sadok, el profeta Natán y el general Benaías se apoderó del trono, que a una parte de sus adversarios los ejecutó, a otros los desterró, que exigió a sus subditos impuestos muy altos y prestación forzada de trabajos, lo que condujo a una insatisfacción creciente y una decadencia general mientras que, según la Biblia, debía satisfacer a 700 esposas principales y 300 concubinas («y sus mujeres extraviaron su corazón»: I Reyes 2, 3), lo que en el mejor de los casos no permite deducir precisamente una gran producción literaria.*2

Pero las Sagradas Escrituras le adjudican tres libros: las Predicaciones de Salomón, los Juicios de Salomón, la Sabiduría de Salomón. «Creo que en su mayor parte esto es un engaño premeditado y que también lo fue en su día» (S. B. Frost).83

El libro Predicaciones de Salomón o Eclesiastés (en hebreo Kohelet) afirma expresamente, repetir «las palabras del predicador, del hijo de David, del rey de Jerusalén», y antes se consideró a Salomón en general como su autor. Sólo por eso, la obra tanto tiempo discutida entró a formar parte de la Biblia. Pero al auténtico autor no se le conoce, ni su nombre, ni cuándo vivió. Lo cierto es sólo que -como lo puso por primera vez en claro H. Grotius en 1644- Salomón no lo ha escrito, a quien lo pretende atribuir el primer verso. Por el lenguaje, el espíritu y las reticencias parece más bien una obra surgida en el siglo m a. C. de la filosofía estoica y epicúrea, de las influencias del entorno y la época helenista. Y no hay ningún otro libro de la Biblia que sea tan inconformista, tan fatalista, que evoque con tanta insistencia la vanidad de lo terreno: «vanidad de vanidades y todo es vanidad», riqueza, sabiduría, todo «bajo el Sol». Un libro que no cesa de lamentarse de la brevedad de la vida, sus desengaños, en el que el propio Dios se alza nebuloso en su trono en la lejanía. No resulta por lo tanto extraño que varias veces se le haya falseado, se le haya modificado, que su canonicidad no quedara afianzada de modo definitivo hasta el 96 d. C. Una impresionante falsificación judía en todo caso, el Cantar de los cantares de los escépticos, que no conoce ninguna resurrección y en cuyos últimos versos siempre me siento (inútilmente) aludido: «Y sobre todo, hijo mío, cuidado, pues en el hacer libros no hay final y mucho estudiar agota el cuerpo». Ergo: «Disfruta de la vida con tu mujer, a la que amas [...], pues con los muertos hacia los que vas no hay hacer ni pensar, ni conocimiento ni sabiduría». (Que nadie diga que en la Biblia no hay nada que valga la pena leer.)84

Tras la redacción de los libros de los reyes. Salomón redactó también tres mil sentencias y mil cinco -según otras fuentes cinco mil- canciones: «[...] de los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que crece del muro. Escribió también de los animales de la tierra, de las aves, de los gusanos y de los peces». Por eso, el libro de las Proverbios se le atribuyó durante mucho tiempo a Salomón. Los capítulos 1 a 9 se engloban hoy bajo el título de Sentencias de Salomón en la Biblia, y también los capítulos 25 a 29 se consideran «sentencias de Salomón». Pero en realidad, la estructura del libro delata diversos autores que lo han redactado en épocas diferentes, los capítulos 1 a 9 después del siglo v. En total, la aparición de las sentencias se extiende durante toda la época del Antiguo Testamento, pudiéndose haber producido la recopilación definitiva alrededor del 200 a. C.85

También la Sabiduría de Salomón, no sólo admirada por los primeros cristianos, se consideró obra suya, sobre todo porque el autor se nombra expresamente Salomón y rey elegido del pueblo de Dios, y se consideró un libro profetice e inspirado. Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano, san Hipólito atestiguan su canonicidad, lo mismo que san Cipriano, que lo cita repetidas veces como Santa Escritura. La mayoría de los exégetas antiguos así lo creen. Y aunque un hombre como Jerónimo fue más crítico, siguió admitiendo la lectura oficial. A fin de cuentas, el libro sigue marcando la Biblia de la Iglesia papal.

Pero en realidad la Sabiduría de Salomón es (casi) un milenio más reciente que Salomón, la lengua original de la falsificación fue el griego clásico, el autor (muchos críticos admiten dos) vivió en Egipto, probablemente en la ciudad helenista de los sabios, Alejandría, y escribió su obra, que pone en labios de los (presuntamente) más sabios de los israelitas, en el siglo i antes o después de Cristo. La influencia de esta falsificación fue muy grande.86

A Salomón se le añaden dos «apócrifos» más recientes. Uno los Salmos de Salomón, redescubiertos en el siglo xvn. Aunque no se le menciona por su nombre en ninguno de los 18 salmos, se le atribuyen al famoso rey por cuestión de prestigio, para llamar la atención y conseguir la conservación de la obra, un punto de contacto con el salterio canónico atribuido a David, cuya forma también se imita (mal). Redactados por de pronto en hebreo, los salmos proceden de uno o varios judíos ortodoxos y con toda seguridad de mediados del siglo i a. C.

Las Odas de Salomón, una colección de 42 canciones, legadas en sirrio (menos la oda 2), aunque escritas originalmente en griego, proceden de círculos cristianos del siglo u, sin que se haya averiguado el lugar donde se redactaron. Es evidente que para dar tintes de verosimilitud a su obra, el autor ha recurrido al parallelismus membrorum de la poesía hebrea. Curiosamente, esta falsificación es la colección de himnos cristianos más antigua que conocemos. «Las canciones, que finalizan siempre con "Aleluya", sirven de exultante alabanza a Dios» (Nauck).87

Además de los libros del Antiguo Testamento injustamente atribuidos a Moisés, David y Salomón, otras partes anteriores -Jueces, Reyes, Crónica, etc.- son también productos de época muy posterior y anónimos y se les ha recopilado de modo definitivo mucho después de los sucesos que relatan.

Al libro de Josué, que el Talmud, muchos Padres de la Iglesia y autores más recientes adscriben al propio Josué, muchos investigadores de la Biblia le niegan cualquier verosimilitud histórica. Pero incluso para quienes lo contemplan con benevolencia «debe utilizarse sólo con prudencia [...]» como fuente histórica (Hentschke). Con evidencia excesiva se compone de multitud de leyendas, mitos y transmisiones locales que se completan en distintas épocas, se ligan arbitrariamente y se relacionan con Josué, del que ya Calvino dedujo que no podía haber escrito el libro. La redacción definitiva procede del siglo vi a. C., de la época del exilio en Babilonia (que según la Biblia duró unas veces 67, otras 73 y otras 49 años). De manera análoga, los libros de Salomón deben su aparición a una transmisión dispersa, a muy diversas tradiciones y círculos, a redactores o editores muy diversos, a épocas muy diversas.88

Incluso gran parte de la literatura profética aparece, de modo consciente o por azar, bajo seudónimo, aunque otras partes procedan de los profetas bajo cuyos nombres surgen y que las visiones y audiciones, subjetivamente verdaderas, podrían haber sido «auténticas» (prescindiendo de la posterior elaboración literaria). Esto no se puede demostrar ni discutir con certeza. Pero muchas cosas, incluso en los libros profetices que llevan con justicia el nombre de su autor, resultan difícilmente delimitables, se han alterado en períodos posteriores, o sea, que se han añadido pasajes, se ha modificado, se ha sacado de contexto, mucho se ha falseado, sin que se sepa generalmente cuándo y a quién.

Esto es válido en especial para el libro de Isaías, uno de los libros más largos y conocidos de la Biblia, del que ya Lulero señaló que no lo había producido Isaías ben Amos. El llamado gran Apocalipsis de Isaías (capítulos 24-27), una colección de profecías, canciones, himnos, se añadió relativamente después (su última forma la recibió en el siglo ffl o comienzos del u a. C.), evidentemente intentando imitar el estilo de Isaías. Y precisamente el capítulo 53, el más conocido y de mayores consecuencias, no procede, como todo lo otro de los capítulos 40-55, de Isaías, al que durante mucho tiempo se consideró como autor (hasta Eichhom, 1783). Es más probable que lo escibiera un autor desconocido dos siglos después, procedente de la época del exilio de Babilonia, un hombre que probablemente apareció en las fiestas de las lamentaciones de los judíos desterrados, entre 546 y 538, llamado generalmente Deuteroisaías (segundo Isaías) y que en muchos aspectos es más importante que el propio Isaías.

Pero precisamente este texto añadido -en el que los cuestionadores de la historicidad de Jesús (junto a la figura del «Justo» de la, igualmente falsificada Sabiduría de Salomón) ven ya embrionariamente todo el decorado de la figura del Jesús evangélico y del cristianismo- fue de forma amplia y unívoca el ejemplo para la pasión de Jesús. El capítulo 53 relata cómo el siervo de Dios, el «Ebed-Yahveh», fue despreciado y martirizado y que para el perdón de los pecados vertió su sangre. El Nuevo Testamento contiene más de ciento cincuenta alusiones e indicaciones al respecto. Y muchos escritores paleocristianos citan el capítulo 53 completo o en extractos. También Lulero interpretó todavía como referida a Jesús esta «profecía», la pasión inmerecida del siervo de Dios en Isaías (¡pues realmente se había cumplido!). Y naturalmente, la comisión bíblica papal confirmó asimismo el 29 de junio de 1908 este punto de vista tradicional. Sin embargo, también (casi) todos los exégetas católicos admiten la datación babilónica. Y los últimos capítulos del Isaías (56 a 66) son de época mucho más reciente. Se habla de modo un tanto confuso (desde Duhm, 1892) de un Tritoisaías (tercer Isaías), que la investigación saluda con un irónico vivat sequens; es probable que estos capítulos procedan de varios autores posteriores al exilio. En cualquier caso, Is. 56, 2-8, y 66, 16-24, tampoco son de Tritoisaías, sino que se añadieron después. Hasta 180 a. C. no apareció el libro de Isaías «esencialmente en su forma actual» {BiblischHistorisches Handwórterbuch)89

Al profeta Isaías se le han asignado también algunos «apócrifos»: el Martirio de Isaías, obra judía, probablemente del siglo i a. C. y retocado más tarde por los cristianos; la Ascensión de Isaías, probablemente del siglo n a. C., una obra falsificada por el lado cristiano con empaque judío, donde «Isaías» relata cómo viaja al séptimo cielo y ve todo el drama de Jesús; finalmente, la Visión de Isaías, una falsificación cristiana adicional al Martirio de Isaías, la falsificación judía.90

No es muy diferente al libro de Isaías lo que sucede con el libro del profeta Zacarías, en el que se promulga en el año 521 «la voz del Señor».^ Este escrito, recogido asimismo en el Antiguo Testamento, contiene 14 ca— pítulos. Pero sólo los ocho primeros son suyos. Todo el resto, del capítulo 9 al 14, fue añadido, como se deduce por muchos motivos; según di-" versos estudiosos de la Biblia se hizo durante las campañas de Alejandro Magno (336-323 a. C.).91 ;

Lo mismo que la obra de Isaías, el libro de Ezequiel, escrito casi todo en primera persona, une profecías de desgracias y bienaventuranzas, reprimendas y amenazas con himnos y augurios tentadores. Durante mucho tiempo se le consideró como escrito indiscutible del profeta judío más simbólico, del hombre que en el año 597 a. C. partió de Jerusalén con el rey Joaquín hacia el exilio en Babilonia. En efecto, hasta comienzos del siglo xx se veía en el libro de Ezequiel casi de manera general una obra del propio profeta y de verdadera autenticidad. Desde las investigaciones de crítica literaria de R. Kraetzschmars (1900) y más aún de J. Herrmann (1908, 1924), fue imponiéndose sin embargo la opinión de que este libro presuntamente unitario surgió por etapas y que una mano posterior lo reelaboró. Algunos investigadores, incluso, atribuyen a Ezequiel únicamente las partes poéticas, asignando al recopilador los textos en prosa. Según ello, este último habría pergeñado, al menos por lo que a extensión se refiere, el grueso de la obra, nada menos que cinco sextas partes. Según W. A. Irwin, del total de 1.273 versos sólo 251 proceden de Ezequiel y según G. Holscher, 170. Aunque otros autores aceptan la autenticidad del escrito, admiten varias redacciones y redactores, que intercalaron pasajes falsificados entre los tenidos por auténticos y manipularon asimismo el resto a discreción. Es significativo que la tradición judía no atribuya la obra al profeta Ezequiel, sino a los «hombres de la gran sinagoga».92

De manera clara y completa se falsificó el libro de Daniel, lo que sorprendentemente ya afirma Porfirio, el gran adversario de los cristianos. Aunque sus propios quince libros Contra los cristianos cayeron víctima de las órdenes de aniquilación del primer emperador cristiano, algo se ha conservado en extractos y citas, entre ellas las siguientes frases de Jerónimo en el prólogo de sus comentarios sobre Daniel: «Porfirio ha destinado contra el profeta Daniel el libro XII (de su obra); no quiere admitir que el libro ha sido redactado por Daniel, cuyo nombre aparece en el título, sino por alguien que vivió en la época de Antiochos Epiphanes (es decir, unos cuatrocientos años después) en Judea y mantiene que Daniel no predijo nada futuro, sino que simplemente relató algo del pasado. Lo que ha dicho hasta la época de Antiochos es la verdad; pero cuando ha considerado lo que se sale de allí, ha proporcionado datos falsos puesto que desconocería el futuro».93

El libro de Daniel procedería del profeta Daniel, que al parecer vivió en el siglo vi a. C. en la corte real de Babilonia y cuya autoría también ha puesto en tela de juicio en época moderna Thomas Hobbes. La investigación crítica hace ya mucho tiempo que ha dejado de considerarlo. Pero en 1931, el Lexikonfür Theologie und Kirche católico escribe: «El núcleo de los distintos episodios puede llegar a épocas muy antiguas, incluso a la de Daniel [...]. La mayor parte de los exégetas católicos consideran esencialmente a Daniel como el autor del libro». En particular la forma en primera persona de las visiones de los capítulos 7-12 (y naturalmente su lugar en las Sagradas Escrituras) hizo creer durante mucho tiempo a la tradición cristiana en la autoría del libro de Daniel, sobre cuya vida y actos sólo saben por su propia obra. Es probable que fuera el último en llegar al canon del Antiguo Testamento y hay que defenderlo en consecuencia como auténtico. En realidad procede de las Revelaciones de la época del rey sirio Antioco IV Epifanio, probablemente del año de la revuelta de los Macabeos, el 164 a. C. Ergo el autor vivió mucho después de los acontecimientos que en la parte histórica de su libro describe en tercera persona (caps. 1-6). De este modo, el «profeta Daniel», que cuatro siglos antes es servidor del rey Nabucodonosor en «Babel» y que entiende de «historias y sueños de todo tipo», puede profetizar fácilmente; esto ya lo descubrió Porfirio. Por el contrario, en la época histórica del libro en la que presuntamente vivió y describe, el «profeta» mezcla de manera comprensible todo. Así, Baltasar, el organizador del famoso banquete, aunque era regente no fue «rey». Baltasar no fue hijo de Nabucodonosor sino de Nabonides, el último rey babilónico (555-539). Artajerjes no vino antes de Jerjes sino después de él. «Darío, el Meda» no es en absoluto una figura histórica. En resumen, «Daniel» sabía más de visiones que del tiempo en que vivió. Falsificaciones especiales en la falsificación, por así decirlo, son algunas piezas muy conocidas (que los católicos llaman deuterocanónicas y los protestantes apócrifas) de la Septuaginta, como la historia de los tres muchachos en el homo, la de Susana, los relatos de Bel y el dragón. Todas estas falsificaciones especiales aparecen hoy en la Biblia católica.94

El libro de Daniel es el Apocalipsis más antiguo y entre todos los restantes el único que llega al Antiguo Testamento y que, por consiguiente, se vuelve canónico. En la Biblia católica aparece otra falsificación, el libro «deuterocanónico» de Baruc, con lo cual ponemos nuestra atención en un género literario especial, formado por falsificaciones evidentes, que después pasa de modo orgánico e íntegro al cristianismo.
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