La Iglesia antigua: Falsificaciones y engaños






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Los cinco libros de Moisés, que Moisés no ha escrito

El Antiguo Testamento es una selección bastante aleatoria y muy fragmentaria de lo que quedó de la transmisión. La propia Biblia cita los títulos de 19 obras que se han perdido, entre ellas El libro de los buenos, El libro de las guerras de Yahveh, el Escrito del profeta Iddo. Sin embargo, los investigadores creen que hubo muchos otros textos bíblicos de los que no nos ha quedado ni el título. ¿Han sido también santos, inspirados y divinos?62

En cualquier caso quedó suficiente, más que suficiente.

Sobre todo de los llamados cinco libros de Moisés, presuntamente los más antiguos y venerables, o sea, la Tora, el Pentateuco (griego pentáteuchos, el libro «que contiene cinco», porque consta de cinco rollos), un calificativo aplicado alrededor del 200 d. C. por escritores gnósticos y cristianos. Hasta el siglo xvi se creía unánimemente que estos textos eran los más antiguos del Antiguo Testamento y que se contarían por tanto entre los primeros. Eso es algo que no puede ya ni plantearse. También el Génesis, el primer libro, se encuentra sin motivo a la cabeza de esta colección. Y aunque todavía en el siglo xix renombrados bibliólogos creían poder reconstruir un «arquetipo» de la Biblia, un auténtico texto original, se ha abandonado ya esa opinión. O todavía peor, «es muy probable que nunca haya existido tal texto original» (Comfeld/Botterweck).63

El Antiguo Testamento se transmitió (en su mayor parte) de manera anónima, pero el Pentateuco se atribuye a Moisés y las Iglesias cristianas proclamaron su autoría hasta el siglo xx. Mientras que los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob, los primeros padres israelitas, debieron de vivir entre los siglos xxi y xv a. C., o entre 2000 y 1700, si es que vivieron, Moisés -«todo un mariscal, pero en el fondo de su ser con una rica vida afectiva» (cardenal Faulhaber)- debió de hacerlo en el siglo xiv o xn a. C., si es que también vivió.64

En cualquier caso, en ninguna parte fuera de la Biblia se «documenta» la existencia de estas venerables figuras (y otras más recientes). No hay ninguna prueba de su existencia. En ningún lugar han dejado huellas históricas; ni en piedra, bronce, rollos de papiro, ni tampoco en tablillas o cilindros de arcilla, y eso que son más recientes que, por ejemplo, muchos de los soberanos egipcios históricamente documentados en forma de las famosas sepulturas, los jeroglíficos o los textos cuneiformes, en suma, auténticas fes de vida. Por lo tanto, escribe Emest Garden, «o bien se ve uno tentado a negar la existencia de las grandes figuras de la Biblia o, en caso de desear admitir la historicidad, aun a falta de material demostrativo, supone que su vida y su tiempo transcurrieron del modo como lo describe la Biblia, cuya redacción última procede del material de cuentos y leyendas orientales que circularon durante muchas generaciones».65

Para el judaismo, Moisés es la figura más importante del Antiguo Testamento; le cita 750 veces como legislador, el Nuevo Testamento lo hace 80 veces. Sucedió que poco a poco fueron manejándose todas las leyes como si Moisés las hubiera recibido en el Sinaí. De este modo adquirió para Israel una «importancia trascendental» (Brockington). Cada vez se le glorificó más. Se le consideraba como el autor inspirado del Pentateuco. Se le atribuía a él, el asesino (de un egipcio porque éste había golpeado a un hebreo), incluso una preexistencia. Se le convirtió en el precursor del Mesías y al Mesías en un segundo Moisés. Surgieron multitud de leyendas acerca de él, en el siglo i a. C. una novela de Moisés y también multitud de representaciones artísticas. Pero no se conoce la tumba de Moisés. Los profetas del Antiguo Testamento le citan cinco veces. ¡Ezequiel no le menciona jamás! Y no obstante, estos profetas evocan la época de Moisés, pero no a él. En sus proclamas eticorreligiosas nunca se apoyan en él. Tampoco el papiro Salí 124 «tiene testimonio de ningún Moisés» (Comelius). Tampoco la arqueología da ninguna señal de Moisés. Las inscripciones siriopalestinas le citan en tan escasa medida como los textos cuneiformes o los textos jeroglíficos y hieráticos. Herodoío (siglo v a. C.) no sabe nada de Moisés. En suma, no hay ninguna prueba no israelita sobre Moisés, nuestra única fuente sobre su existencia es -como en el caso de Jesús- la Biblia.66

Pero ya hubo algunos que en la Antigüedad y en la Edad Media dudaron de la unidad y la autoría de Moisés en el Pentateuco. Difícilmente se creía que el propio Moisés hubiera podido informar sobre su propia muerte, «una cuestión casi tan extraordinaria», se mofa Shelley, «como describir la creación del mundo». Se descubrieron también otros datos «postmosaicos» (I Mos. 12, 6, y 36, 31, entre otros). Con todo, una crítica profunda sólo procedía de los «herejes» cristianos. Sin embargo, ya la Iglesia primitiva no veía ninguna contradicción en el Antiguo Testamento ni a Jesús y los Apóstoles opuestos a él.67

En la época moderna A. (Bodenstein von) Karistadt fue uno de los primeros en los que se despertaron ciertas dudas al leer la Biblia (1520);

algunas más se le plantearon al holandés A. Masius, un jurista católico (1574). Pero si éstos, y poco después los jesuítas B. Pereira y J. Bonfrére, sólo declararon como postmosaicos algunas citas y continuaron considerando a Moisés como autor de la totalidad, el filósofo inglés Thomas Hobbes declaró mosaicos algunos párrafos del Pentateuco, pero postmosaica la totalidad de la obra (Leviaíhan, 1651). Más allá fue algo más tarde, en 1655, el escritor reformado francés I. de Peyrére. Y en 1670, en su Tractatus theologico-politicus, Spinoza lo negó para la totalidad.68

En el siglo xx, algunos estudiosos de la religión, entre ellos Eduard Meyer («no es misión de la investigación histórica inventar novelas») y la escuela del erudito pragués Danek, han puesto en duda la existencia histórica del propio Moisés, pero sus adversarios han rechazado tal hipótesis.

Es curioso que incluso las cabezas más preclaras, los mayores escépticos, científicos bajo cuya denodada intervención se van desgranando las fuentes de material, que van haciendo una tras otra sustracciones críticas de la Biblia de modo que apenas queda espacio para la figura de Moisés, ni en primer plano ni en el fondo ni entre medio, incluso estos incorruptibles vuelven a presentar después como por arte de prestidigitación a Moisés en toda su grandeza, como la figura dominante de toda la historia israelita. Aunque todo alrededor suyo sea demasiado colorista o demasiado oscuro, el propio héroe no puede ser ficticio. Por mucho que la crítica a las fuentes haya recortado el valor histórico de estos libros, lo haya reducido, casi anulado, «queda un amplio campo (!) de lo posible [...]» (Jaspers). ¡No es de extrañar, entonces, que entre los conservadores Moisés goce de mayor importancia que en la Biblia!69

En resumidas cuentas: después de Auschwitz, la teología cristiana vuelve a congraciarse con los judíos. «Hoy de nuevo es posible una idea más positiva del antiguo Israel y de su religión.» No obstante, Moisés sigue siendo «un problema» para los investigadores, «no hay ninguna luz que ilumine de pleno su figura» y las correspondientes tradiciones quedan «fuera de la capacidad de control histórico» {Bibl.-Hist. Handwórterbuch). Aunque estos eruditos se niegan con fuerza a «reducir a Moisés a una figura nebulosa, conocida sólo por las leyendas», deben admitir al mismo tiempo que «el propio Moisés queda desvaído». Escriben que «la unicidad del suceso del Sinaí no puede negarse» y añaden acto seguido «aunque la demostración histórica sea difícil». Encuentran en los «relatos sobre Moisés un considerable fondo histórico», y algunos párrafos más adelante afirman que este fondo «no puede demostrarse con hechos», que «no se puede testimoniar mediante hechos históricos» (Comfeld/Botterweck).70

Éste es el método que siguen los que no niegan sin más la evidencia misma, pero tampoco quieren que todo se desplome con estrépito. ¡Eso no!

Para M. A. Beek, por ejemplo, no hay duda de que los patriarcas son «figuras históricas». Si bien sólo los ve «sobre un fondo semioscuro», les considera «seres humanos de gran importancia». Él mismo admite: «Hasta la fecha no se ha logrado demostrar documentalmente la figura de Josué en la literatura egipcia». Añade que, fuera de la Biblia, no conoce «ni un único documento que contenga una referencia a Moisés clara e históricamente fiable». Y continúa que, volviendo a prescindir de la Biblia, «no se conoce ninguna fuente sobre la expulsión de Egipto». «La abundante literatura de los historiógrafos egipcios silencia con una preocupante obstinación sucesos que debieron impresionar profundamente a los egipcios, si el relato del Éxodo se basa en hechos.»

Beek se sorprende también de que el Antiguo Testamento rechace «curiosamente todo dato que haría posible una fijación cronológica de la partida de Egipto. No vemos el nombre del faraón que Josué conoció, ni el del que oprimió a Israel. Esto resulta tanto más asombroso por cuanto que la Biblia conserva muchos otros nombres egipcios de personas, lugares y cargos [...]. Todavía más sospechoso que la falta de puntos de referencia cronológicos en el AT es el hecho de que en ninguno de los textos egipcios conocidos se cita una catástrofe que afectara a un faraón y a su ejército mientras perseguían a los semitas en fuga. Puesto que los documentos históricos tienen abundantísimo material sobre la época en cuestión, sería de esperar al menos alguna alusión. No se puede despachar el silencio de los documentos egipcios con la observación de que los historiógrafos de la corte no suelen hablar de las derrotas, puesto que los sucesos descritos en la Biblia son demasiado decisivos como para que los historiadores egipcios hubieran podido pasarlos por alto». «Es realmente curioso -sigue diciendo este erudito- que no se conozca ninguna tumba de Moisés.» Así, «la única prueba de la verdad histórica de Moisés» es para él (igual que para el Moisés de Elias Auerbach) «la mención de un biznieto en una época posterior». Pero mala suerte también con la única «prueba» pues la cita decisiva (Ri 18, 30) es «insegura y poco clara, porque en lugar de Moisés se podría leer también Manasse». Título «Moisés el Libertador».71

«Y Moisés tenía ciento veinte años cuando murió», relata la Biblia, aunque sus ojos «no se habían debilitado y sus fuerzas no habían disminuido» y el propio Dios le enterró y «nadie sabe hasta la fecha cuál es su tumba».

Un fin bastante raro. Según Goethe, Moisés se suicidó y según Freud su propio pueblo le mató. Las disputas no eran raras, con todos, con unos concretos, con Aaron, con Mirjam. Pero como siempre, el cierre del quinto y último libro recuerda significativamente «los actos de horror que Moisés cometió ante los ojos de todo Israel».72

Todo personaje entra siempre en la historia gracias a las grandes haA zanas terroríficas, y ello es así prescindiendo, incluso, de si vivió o no realmente.

Pero haya sido como sea en el caso de Moisés, acerca de su significado la investigación está dividida.
Lo único que hoy está claro , como ya lo vio Spinoza, es que los cinco libros de Moisés, que le atribuyen directamente la palabra infalible de Dios, no proceden de él; es el resultado coincidente de los investigadores. Naturalmente, sigue habiendo suficiente gente de la casta de Alois Stiefvater y suficientes trataditos del tipo de su SchIag-Wórter-Buch für katholische Christen, que siguen engañando (así lo pretenden) a la masa de creyentes haciéndoles creer sobre los cinco libros de Moisés, que «aunque no todos (!) han sido directamente (!) escritos por él, se deben a él». (Cuántos y cuáles ha escrito directamente no se atreven a decirlo Stiefvater y sus cómplices.) Lo que sigue estando cierto es que las leyes que se consideraron como escritas por la propia mano de Moisés o incluso que se atribuían al «dedo de Dios», son naturalmente igual de falsas. (Por otra parte, aunque el propio Dios escribe la ley en dos tablas de piedra -«preparadas por Dios y la escritura era la letra de Dios, grabada en las tablas»-. Moisés tuvo tan poco respeto de ellas que en su [santa] ira las destruyó contra el becerro de oro.)73

También está claro que a la escritura de estos cinco libros les precedió una transmisión oral de muchos siglos, con constantes cambios. Y después fueron los redactores, los autores, los recopiladores bíblicos quienes participaron a lo largo de muchas generaciones en la redacción de los escritos de «Moisés», lo que se refleja en los distintos estilos. Parece así una recopilación de materiales distintos, como por ejemplo todo el libro cuarto. Surgió de este modo una colección sumamente difusa, falta de sistemática, rebosante de motivos de leyendas ampliamente difundidas, de mitos etiológicos y folclorísticos, de contradicciones y duplicaciones (que por sí solas ya excluyen la redacción por parte de un único autor). Se añaden a todo eso multitud de opiniones heterogéneas que han ido desarrollándose de un modo paulatino, incluso en las cuestiones más importantes. Así la idea de la resurrección surge muy poco a poco en el Antiguo Testamento, y en los libros Eclesiástico, Eclesiastés y Proverbios falta cualquier testimonio de unas creencias en la resurrección. Además, los escribas y recopiladores constantemente han modificado, corregido, falseado. Los textos adquirían cada vez nuevas ampliaciones secundarias. Y estos procesos se prolongaron durante épocas enteras. El Decálogo (los diez mandamientos), que Lulero consideraba la encamación suprema del Antiguo Testamento, procede en su forma más antigua quizá de comienzos de la época de los reyes. Muchas partes del Pentateuco que debió de redactar el hombre que vivió -si es que vivió- en los siglos xiv o xiii a. C., no menos de 60 capítulos del segundo, del tercero y del cuarto libros, no las produjeron o recopilaron sacerdotes judíos hasta el siglo v. Así, la redacción final de los libros adjudicados a Moisés -cito al jesuíta Norbert Lohfink- «se produjo unos setecientos años después». Y la composición de todos los libros del Antiguo Testamento -cito al católico Otto Stegmüller- se prolongó «por un período de aproximadamente 1.200 años».74

La investigación sobre el Antiguo Testamento hace mucho que ha alcanzado unas dimensiones enormes y no podemos contemplar aquí -ahorrando mucho al lector (y más a mí)- el laberinto de métodos e hipótesis:

las antiguas hipótesis documentales del siglo xvm, las hipótesis de los fragmentos, complementos, cristalización y, la más reciente, documental, la importante diferenciación de un primer eiohista, un segundo eiohista, un yahvista (H. Hupfeid, 1835), el método histórico formal (H. Gunkel, 1901), las diversas toerías sobre las fuentes, la teoría de dos, tres, cuatro fuentes, las fuentes escritas del «jahvista» (J), del «eiohista» (E), del «escrito de los sacerdotes» (P), del «Deuteronomio» (D), del «escrito» combinado, no podemos perdemos en todas los hilos del relato, las tradiciones, la plétora de adiciones, complementos, inclusiones, anexos, proliferaciones, modificaciones en la redacción, en el problema de las variantes, las versiones paralelas, las duplicaciones, en suma, la ingente ampliación «secundaria», la historia y la crítica de los textos. No podemos discutir los motivos para la ampliación del Pentateuco a un Hexateuco, Heptateuco o incluso Octateuco, o bien su limitación a un Tetrateuco, por muy interesante que esto sea dentro del contexto de nuestra temática.

Una simple visión somera de los comentarios críticos, como las explicaciones de Martín Noth a los libros mosaicos, mostrará al lector cómo casi desde todos lados se trata de aditores, redactores, recopiladores, de adiciones, ampliaciones, aportes posteriores, combinaciones, de distintos estadios de la incorporación, modificación, etc., una pieza antigua, más antigua, una bastante reciente, como se llama a menudo de modo secundario, quizá secundario, probablemente secundario, seguramente secundario. La palabra secundario aparece aquí en todas las asociaciones imaginables, parece ser una palabra clave, e incluso yo quisiera afirmar aquí, sin haber realizado un análisis exacto de su frecuencia: probablemente no habrá ninguna otra palabra que aparezca con mayor asiduidad en todas estas investigaciones de Noth. Y su obra está ahí para muchos. Recientemente Hans-Joachim Kraus ha escrito Geschichte der historísch-krítischen Erforschung des Alten Testaments. Innovador y adelantado para el siglo xix fue en especial W. M. L. de Wette (fallecido en 1849) que percibió los múltiples relatos y tradiciones de estos libros y consideró a «David», «Moisés», «Salomón», no como «autores» sino como símbolos nominales, como «nombres colectivos».75

Debido al inmenso trabajo de eruditos en el curso del siglo xix y de la resultante destrucción sistemática de la historia sagrada bíblica, el papa León XIII intentó entorpecer la libertad de la investigación mediante su encíclica Providentissimus Deus (1893). Se abrió una contraofensiva y bajo su sucesor Pío X, en un decreto. De mosaica authentia Pentateuchi, del 27 de junio de 1906, se consideró a Moisés como autor inspirado. Aunque el 16 de enero de 1948 el secretario de la comisión bíblica papal declaró en una respuesta oficial al cardenal Suhard, que las decisiones de la comisión «no se contradicen con un verdadero análisis científico posterior de estas cuestiones [...]», en el catolicismo romano «verdadero» significa siempre: en el sentido del catolicismo romano. Ha de entenderse en la misma línea la exhortación final: «Por eso invitamos a los eruditos católicos a estudiar estos problemas desde un punto de vista imparcial, a la luz de una crítica sana [...]». Y «desde un punto de vista imparcial» significa: desde un punto de vista parcial para los intereses del papado. Y con la «crítica sana» no se pretende decir otra cosa que una crítica a favor de Roma.16

El análisis histórico-científico de los escritos del Antiguo Testamento no proporcionó ciertamente un veredicto seguro sobre cuándo surgieron los textos, si bien en algunas partes, como por ejemplo en la literatura profética, la seguridad acerca de su antigüedad es mayor que en otras, como la lírica religiosa, o cuando se trata de la edad de las leyes, en las que existe una menor certeza. Pero la investigación histórico-religiosa con respecto al Tetrateuco (Moisés 1-4) y la obra histórica deuteronómica (Moisés 5, Josuá, Jueces, libros de Samuel y de los Reyes) habla con toda razón de «obras épicas», «relatos mitológicos», «leyendas», «mitos» (Nielsen).77

La confusión que reina lo demuestra, por aludir sólo a este aspecto, la abundancia de repeticiones: un doble relato de la creación, una doble genealogía de Adán, un doble diluvio universal (respecto al cual en una versión la crecida amaina después de 150 días, según otra, dura un año y diez días y según otra, después de llover cuarenta días a los que se suman otras tres semanas), en el que Noé -contaba entonces 600 años-, según el Génesis 7, 2, se llevó en el Arca siete parejas de animales puros y una de impuros y según el Génesis 6, 19, y 7, 16, fueron una pareja de animales puros e impuros; pero nos ocuparía mucho contar todas las contradicciones, inexactitudes, desviaciones con respecto a un libro inspirado por Dios, en el que hay un total de 250.000 variantes de texto. Además, los cinco libros de Moisés conocen un doble Decálogo, una legislación que se repite sobre los esclavos, el Passah, el empréstito, una doble sobre el Sabbat, dos veces se relata la entrada de Noé en el Arca, dos veces la expulsión de Hagar por Abraham, dos veces el milagro del maná y de las codornices, la elección de Moisés; tres veces se trata de los pecados contra el cuerpo y la vida, cinco veces del catálogo de fiestas, hay al menos cinco legislaciones sobre los décimos, etc.78
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