La Iglesia antigua: Falsificaciones y engaños






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El falsificador es católico. Elogia toda la divinidad y humanidad de Jesús, la magnificencia de María, el triunfo de los obispos cristianos frente a los magos persas con todo tipo de milagros, mediante la curación de leprosos, la resurrección de un muerto y un azor de barro que cobra vida. A nadie sorprenden los anacronismos históricos, las fuentes fingidas, las apariciones del rey persa Arrinatus, al que intentó seguir el rastro sin éxito el bolandista G. Henschen en el siglo xvn, un rey de fábula (figurando también en oíros lugares) bajo el cual tiene lugar la charla de religión, que certifica los milagros cristianos y cierra las conversaciones con un diploma. Prudentemente no todo es inventado, hay dispersos también datos históricos. Pero el autor permanece anónimo. Calla sobre sí mismo y sobre la época, y desvalija con todo descaro los escritos de Felipe de Side, desconocido para la mayoría, del siglo v o vi.281


La marea de falsificación guarda una estrecha relación con las antiguas persecuciones de los cristianos: cuanto menos mártires auténticos, más falsos.

La mayoría de las actas de mártires están falsificadas, pero todas ellas se consideraron como documentos históricos totalmente válidos

Los cristianos falsificaron primero, a partir del siglo u, los edictos de tolerancia del emperador: como por ejemplo el de Antonino Pío (hacia 180), o un escrito de Marco Aurelio al Senado en el que el emperador atestigua la salvación de las tropas romanas de la sed gracias a los cristianos. Falsificaron también una epístola del procónsul Tiberiano a Trajano con la presunta orden imperial de finalizar la sangrienta persecución; se falsifica un edicto de Nerva que revoca las duras medidas de Domiciano contra el apóstol Juan. En efecto, el propio Domiciano, informa el historiador de la Iglesia Eusebio (apoyándose en el cristiano oriental Hegesipo, el autor de los cinco libros de Recuerdos}, el propio Domiciano, después de haber encarcelado a «los parientes del Señor» como sucesores de David, los puso en libertad y ordenó «cesar la persecución de la Iglesia».282

Si los cristianos comenzaron falsificando documentos para que el emperador les exonerara, cuando habían pasado las persecuciones y ellos mismos, lo que es peor, comenzaron a perseguir a los paganos, acabaron falsificando documentos para inculpar a los soberanos paganos; falsificaron en serie, por un lado un gran número de edictos y cartas anticristianos de los soberanos y cónsules (especialmente a finales del siglo m), supuestos documentos que se encuentran en su mayor parte entre las actas de martirios no históricas, y por otro lado infinidad de martirios. Los cristianos que aparecen como testigos de falsas pasiones y biografías son incontables.283

Ya la primera de las presuntas persecuciones bajo Nerón, que hicieron de este emperador durante dos milenios un monstruo sin igual para los cristianos, no fue una persecución contra los cristianos sino un proceso por incendio provocado. Incluso los historiadores Tácito y Suetonio, hostiles a Nerón, juzgaron el proceso de justo y razonable; «no se puso en discusión la cristiandad», escribe el teólogo evangélico Cari Schneider. Y también la historia del cristianismo del teólogo católico Michel Clévenot establece «que ni Nerón, ni la policía ni los romanos debieron saber que se trataba de cristianos. Se movían todavía demasiado en la oscuridad y su número era todavía demasiado pequeño como para que sus ejecuciones hubieran constituido un motivo de interés público [..,]».284

Pero puesto que la lógica de los teólogos católicos rara vez es brillante, Clévenot finaliza su capítulo sobre el incendio de Roma en julio del año 64, no sin haber registrado primero la «sorprendentemente» buena memoria del emperador Nerón entre los romanos: entre los cristianos se le sigue considerando un loco sanguinario. Y esto sería «quizá (!) la mejor demostración de que los cristianos fueron realmente las víctimas de la horrible masacre de julio del año 64».285

Resulta significativo que los motivos religiosos no desempeñaran en el proceso ningún papel, o a lo sumo uno muy accesorio. Significativamente, Nerón se limitó a los cristianos de Roma. Aunque más tarde se falsificaron las actas para localizar mártires en otros lugares de Italia y en las Galias, según el teólogo católico Ehrhard: «Todas estas actas de martirio carecen de valor histórico».286

La tolerancia de los romanos en cuestiones religiosas era por lo general grande. La tenían frente a los judíos, garantizando su libertad de culto, e incluso después de las guerras sostenidas con ellos no les obligaron a adorar los dioses del estado y les liberaron de las ofrendas obligatorias a los emperadores. Hasta comienzos del siglo m, el odio contra los cristianos, que se consideraban exclusivos, que con toda humildad (!) se creían especiales, como «Dios de Israel», «pueblo elegido», «pueblo santo», que se sentían la «parte dorada», procedía sobre todo del pueblo. Durante mucho tiempo los emperadores se imaginaron demasiado fuertes frente a esta oscura secta como para intervenir seriamente. «Evitaban siempre que era posible» los procesos contra cristianos (Eduard Schwartz). Durante doscientos años no les sometieron a ninguna «persecución». El emperador Cómodo tenía una favorita cristiana. En Nicomedia, la principal iglesia cristiana estaba enfrente de la residencia de Diocleciano. También su preceptor de retórica, el Padre de la Iglesia Lactancio, permaneció a salvo en las proximidades del soberano durante las persecuciones más duras contra los cristianos. Lactancio no hubo de presentarse ante los tribunales ni fue a la cárcel. Casi todo el mundo conocía a los cristianos, pero no gustaban mancharse las manos persiguiéndoles. Cuando era necesario porque el pueblo pagano estaba furioso, los funcionarios hacían todo lo posible para volver a liberar a los encarcelados. Los cristianos sólo tenían que renunciar a su fe -y lo hacían masivamente, era la regla general- y nadie les volvía a molestar. Durante la persecución más intensa, la de Diocleciano, el estado únicamente exigía el cumplimiento de la ofrenda de sacrificios que la ley imponía a todos los ciudadanos. Sólo se castigaba el incumplimiento, pero en ningún caso la práctica de la religión cristiana. Incluso durante la persecución de Diocleciano, las iglesias pudieron disponer de sus bienes.287

Hasta el emperador Decio, en el año 250, no puede hablarse de una persecución general y planificada de los cristianos. En aquella época murió el primer obispo romano víctima de una persecución, Fabiano, y murió en prisión; no pesaba sobre él ninguna condena a muerte. Pero hasta esa fecha, la Iglesia antigua señalaba ya como «mártires» a once de los diecisiete obispos romanos, ¡aunque ninguno de ellos había sido mártir! Durante doscientos años había residido lado a lado con los emperadores. Y a pesar de eso, por parte católica se sigue todavía mintiendo -con imprimátur eclesiástico (y dedicatoria: «A la amada madre de Dios»)- a mediados del siglo xx: «La mayoría de los papas de aquel tiempo murieron como mártires» (Rüger).

El «papa» Comelio, que falleció en paz el 253 en Civitavecchia, aparece como decapitado en las actas de los mártires. Igualmente están falsificadas las que hacen al obispo romano Esteban I (254-257) víctima de las persecuciones de Valeriano. El papa san Eutiquiano (275-283) incluso enterró «con sus propias manos» a 342 mártires, antes de seguirles él mismo. La apostasía de varios papas a comienzos del siglo iv intentó taparse asimismo falsificando los documentos. El Líber Pontificalis, la lista oficial del papado, señala que el obispo romano Marcelino (296-304), que había hecho sacrificios a los dioses y había entregado los libros «sagrados», pronto se arrepintió y murió martirizado, una completa falsificación. En el martirologio romano, un papa tras otro van ciñéndose la corona del martirio, casi todo puro engaño. (Curiosamente, hasta finales del siglo ni no se inicia en Roma el culto a los mártires.)288

Pero precisamente los obispos -cuyo martirio se consideraba naturalmente «algo especial» frente al de los cristianos corrientes, elevándolo hasta el más allá- muy raras veces fueron mártires. Huyeron en masa, a veces de un país a otro, hasta los límites del Imperio romano, naturalmente por mandato de Dios y sin olvidar enviar desde lugar seguro cartas de apoyo a los fieles de menor grado encarcelados. ¡En la antigua Iglesia esto era tan conocido que incluso en numerosos relatos de mártires falsíficados hay pocos obispos que figuren como mártires! (El patriarca de Alejandría, Dionisio, tenía tanta prisa cuando estalló un pogrom local que huyó a lomos de una caballería desprovista de silla; con razón lleva el apodo de «el Grande».)289

Pero la práctica totalidad de los «santos» de los primeros siglos fueron declarados con posterioridad «mártires», «incluso aunque hubieran muerto en paz. Cualquiera digno de veneración de la época de Constantino tenía que ser mártir» (Kótting). Por eso, «muy pocas» de las Acta Martyrum son «verdaderas o se basan en material documental verdadero» (Syme). Y sobre todo a partir del siglo iv los cristianos católicos tenían actas y relatos de mártires que les parecían falsificados por los «herejes», por lo cual los «purificaron» mediante contrafalsificaciones. Aunque admitían los milagros de los apóstoles que se relataban, no querían considerar válidas las «doctrinas falsas» que les acompañaban. De este modo, falsificadores ortodoxos como el Pseudo-Melitón, el Pseudo-Jerónimo, el Pseudo-Abdías y otros, proporcionaron contrafalsificaciones.290

Las «actas de mártires» cristianas no retrocedían ante ninguna exageración, ninguna falta a la verdad, ninguna cursilería.

Puesto que la Iglesia no hizo uso alguno del martirio de la mujer del apóstol y primer papa, san Pedro, que transmitió un Padre de la Iglesia, se considera como primera mártir a santa Tecla, aunque se dice que escapó del martirio por un milagro.

Pero la martirología católica está estrictamente documentada con el martirio de Policarpo, conociéndose incluso la hora de su muerte, algo casi único en la literatura protocristiana. Sin embargo, se desconoce la fecha; no se sabe tampoco si fue bajo Marco Aurelio o con Antonino Pío. En este testimonio ocular de la muerte de un mártir cristiano, el texto más antiguo, un texto en el que sin embargo se falsifica al comienzo, al final y por en medio, en el que hay revisiones e interpolaciones, un añadido preeusebiano y otro posteusebiano y un anexo falso, el santo obispo conoce con antelación el tipo de su muerte. Al entrar en el estadio le anima una voz procedente del cielo: «¡Mantente firme, Policarpo!». No se quema en la hoguera, a la que «especialmente los judíos» arrojan leña, todas las llamas arden en vano. El verdugo debe entonces rematarle, apagando su sangre el fuego y saliendo de la herida una paloma, que asciende al cielo... Estas actas «surgieron poco a poco y de modo fragmentario» (Kraft). Todavía en el siglo xx en el Lexikonfür Theologie und Kirche católico este relato brilla como «el testimonio más valioso para la adoración católica de los santos y las reliquias». Aún hoy se sigue venerando al valiente mártir que, por lo demás, como corresponde a un obispo, con anterioridad había huido varias veces y había cambiado de escondrijo:

las Iglesias bizantina y siria lo festejan el 23 de febrero, los melquitas el 25 y los católicos el 26 de enero, y sigue actuando como «patrón contra el dolor de oídos».291
Echemos sólo un vistazo, a modo de ejemplo, a las Actas de los mártires persas.

Los cristianos se dirigen en masa hacia su ejecución «cantando los salmos de David». Sonríen mientras que el verdugo levanta la espada. Se les arrancan todos los dientes y se les muelen todos los huesos. Se compran a propósito nuevos látigos para hacerles papilla. Se les golpea hasta que son sólo una tumefacción. Se les rompen las articulaciones, se les desuella desde la cabeza a los pies, se les corta lentamente desde la mitad de la nuca hasta el cráneo, se les cortan la nariz y las orejas, se les clavan agujas ardientes en los ojos, se les lapida, se les corta con una sierra, se les deja morir de hambre hasta que la piel se les cae de los huesos. Una vez se hace que 16 elefantes pisen a los héroes... Pero sea lo que sea, soportan casi todo durante un tiempo sorprendentemente largo y con buen ánimo, por así decirlo, con alegría. Despedazados, siendo sólo sangre y carne desmenuzada, lanzan los discursos más edificantes. Gritan de alegría: «Mi corazón se alegra en el Señor y mi alma se regocija en su bienaventuranza». O bien reconocen: «Este sufrimiento es sólo alivio».292

Mar Jacobo, el despedazado, después de que le han arrancado los diez dedos de las manos y tres de los pies, sonriendo hace profundas comparaciones: «Tercer dedo del pie, sigue tú también a tus compañeros y no te preocupes. Pues lo mismo que el trigo que cae a la tierra y en primavera hace crecer a sus compañeros, también tú te reunirás en un instante con tus compañeros el día de la resurrección». ¿No está esto bien dicho? Pero después de caer el quinto dedo del pie, clama venganza: «Oh Dios, dirige mi castigo y haz caer mi venganza sobre el pueblo despiadado».293

Pero a menudo estos santos se vuelven groseros e insultan a sus impíos torturadores o jueces según todas las reglas de la religión del amor; les auguran «rechinar de dientes para la eternidad», les insultan llamándoles «impuros, sucios, lamedores de sangre», «cuervos impúdicos, que se posan sobre cadáveres», «una serpiente de encantador sedienta de morder», «verdes» de odio «como una mala víbora», un lascivo que busca «mujeres en el dormitorio», un «perro impuro». El santo Aitilláhá apostrofa a su verdugo: «Realmente eres un animal irracional». Y san José no piensa precisamente en amar a su enemigo, en ofrecerle la otra mejilla, o no, muy acertadamente se dice: «José se llenó la boca de saliva y de pronto le escupió en toda la cara y dijo: "Tú, impuro y manchado, no te avergüenzas [...]"».294

Después de que a Mar Jacobo le hubieran cortado uno o a uno todos los dedos de las manos y de los pies, acompañado cada vez por una sentencia noble o venenosa contra «los lobos carniceros», sigue firme en la fe y dispuesto a la tortura. «¿Por qué ganduleáis? -pregunta impaciente-. Que no perdonen vuestros ojos. Pues mi corazón se regocija en el Señor y mi alma se eleva hacia él, que ama a los mortificados.» Así, tras los diez dedos de las manos y de los pies, los ayudantes del verdugo cortan de manera sistemática y con rechinar de dientes nuevos miembros, y con cada uno de los que cae, el santo varón hace comentarios con una sentencia piadosa. Tras perder el pie derecho dice: «"Cada miembro que me cortáis será un sacrificio al rey de los cielos." Le cortan el pie izquierdo y dijo: "Escúchame, oh Señor, pues Tú eres bueno y grande es Tu bondad para todos los que Te llaman". Le cortan la mano derecha y grita: "La gracia de Dios fue grande conmigo; libera mi alma del profundo reino de los muertos". Le cortan la mano izquierda y dijo: "Mira, hiciste milagros con los muertos". Se acercaron y le cortaron el brazo derecho y él volvió a hablar: "Quiero alabar al Señor en mi vida y cantar himnos de alabanza a mi Dios mientras yo exista. Que le agrade mi alabanza; quiero alegrarme en el Señor"».

Los perversos paganos le cortan el brazo izquierdo, arrancan la pierna derecha de la rodilla... y finalmente «el glorioso» queda reducido a «cabeza, tórax y abdomen»; entonces reflexiona brevemente sobre la situación y abre «de nuevo la boca» para contar a Dios en un breve discurso -ya es osadía en estado tan reducido- todo lo que al final ha perdido por Él: «Señor, Dios, misericordioso y compasivo. Te ruego, escucha mi oración y atiende mis súplicas. Aquí estoy sin mis miembros; estoy aquí por la mitad y permanezco callado. Nada tengo, Señor, no tengo dedos para implorarte; ni los perseguidores me han dejado manos para extenderlas hacia Ti. Los pies me los han cortado; las rodillas me las han arrancado;

los brazos se han desprendido; las piernas están cortadas. Aquí estoy ante Ti como una casa destruida, de la que sólo queda una corona de tejas. Te suplico. Señor, Dios [...]», etc.

Y por la noche los cristianos robaron el cadáver, o mejor dicho, «recogieron los veintiocho miembros cortados» y el resto y entonces cayó fuego del cielo, «lamió la sangre de la paja [...] hasta que los miembros del santo enrojecieron y se pusieron como una rosa madura».295

¡Actas de mártires!

Siguiendo estas muestras pudieron morir tantos héroes cristianos como se quiera.

Comparemos el martirio de Mar Jacobo en Persia con el de san Arcadio en el norte de África (recogido también en el martirologio romano), al que todavía hoy honra la Iglesia católica el 12 de enero.296

Lo mismo que san Jacobo, san Arcadio es héroe y cristiano desde la coronilla a la planta de los pies, o sea, literalmente inquebrantable. Confrontado finalmente con los instrumentos de tormento por el cónsul rabioso, sólo se mofa: «¿Ordenas que tengo que desnudarme?». Y la sentencia de cortarle lentamente un miembro tras otro la escucha con «ánimo alegre». «Ahora se precipitan sobre él los verdugos y le cortan las articulaciones de los dedos, de los brazos y de los hombros, y desmenuzan los dedos de los pies, los pies y las piernas. El mártir ofrecía voluntariamente un miembro tras otro [...] nadando en su sangre rezaba en voz alta:

"¡Señor, Dios mío! Todos estos miembros me los has dado, todos te los ofrezco [.,.]"», etc. Y todos los presentes nadan en lágrimas lo mismo que hace el santo en sangre. Incluso los verdugos maldicen el día en que nacieron. Sólo el perverso cónsul pagano permanece impertérrito. «Cuando al santo confesor le habían cortado todos los miembros menores, ordenó arrancar también del cuerpo todos los mayores con hachas romas, de modo que no quedó más que el tronco. El santo Arcadio, todavía vivo (!) ofreció a Dios sus miembros desperdigados y gritó: "¡Felices miembros!"», tras lo cual -como se ha dicho, «nada más que con el tronco»- siguió un ardiente sermón religioso a los paganos...

El editor de la gigantesca obra católica citada, que en el prólogo asegura que sólo desea «ofrecer hechos fundados en lugar (!) de las llamadas leyendas», «sólo hechos verdaderos y probados históricamente», ofrece en esta obra infinidad de historias espeluznantes.297

Ya partir de tan horribles ramplonerías, todavía en el siglo xx -con múltiple autorización de la superioridad- el gobierno de las almas católico extrae la «doctrina» con las palabras de san Arcadio: «¡Morir por Él es vivir! ¡Sufrir por Él es la mayor alegría! Soporta, ¡oh Cristo!, las penalidades y adversidades de esta vida y no dejes que nada te desvíe del servicio a Dios. El cielo bien vale por todo».298

Volvamos brevemente a las Actas de los mártires persas.

Para quien no le sea suficiente maravilla ni el martirio de Mar Jacobo: suceden además grandes cosas naturales o sobrenaturales. A un cristiano que debe y quiere matar a otro cristiano, la «fuerza de Dios» le levanta por dos veces y casi le arroja al suelo; tres horas queda como muerto. Al santo Narsé no le pudieron cortar la cabeza, perseverante, ni con dieciocho espadas; después lo hizo un cuchillo. Y allí donde estos héroes mueren, ya que deben morir, «a menudo por la noche [...1 ejércitos de ángeles ascienden y descienden [...]». Y en efecto, no hay duda, incluso unos pastores paganos vieron que «tres noches estuvieron flotando por encima del lugar de la muerte ejércitos de ángeles y alababan a Dios».299

¡Actas de mártires!

Sólo queda por decir que no se trata de leyendas piadosas, sino de actas, de relatos históricos; que además estos documentos recalcan expresamente los «apuntes correctos»; que escriben: «La historia exacta de aquellos que fueron antes que nosotros la hemos anotado de labios de ancianos y solventes obispos y sacerdotes amantes de la verdad. Éstos lo vieron con sus propios ojos y vivieron en sus días».300

Resulta evidente que los cristianos daban testimonio de su fe con su sangre en grupos cada vez mayores, que en tales cantidades y de modo tan heroico morían que los verdugos acababan agotados de las matanzas. En una ocasión mueren con su obispo dieciséis, en otra ciento veintiocho mártires; después ciento once hombres y nueve mujeres, después doscientos setenta y cinco, después ocho mil novecientos cuarenta, después ya no se les puede ni contar puesto que «su número es superior a varios miles».

En realidad hubo muchos menos mártires cristianos de lo que se quiso hacer creer al mundo en el curso de los siglos. Algunos de los verdaderos desaparecieron sin dejar rastro, se arrojaron sus cenizas a los ríos o se dispersaron por el viento. Había amplias regiones en las que los mártires eran escasos o nulos, y al comenzarse a poner reliquias en los altares se organizaron peregrinaciones a lugares lejanos y se llevaron a cabo penosos traslados, si es que realmente se hicieron. Los restos de mártires conocidos alcanzaron una elevada cotización, pero es que la demanda era desmesurada, demanda de trozos de muchos mártires, también grandes cantidades, trozos de mártires, se conocieran o no sus nombres.

Gozaron de especial predilección los mártires en grupo: los 18 de Zaragoza, los 40 de Sebaste, todos los «siervos de armas», los 70 compañeros del monje santo Atanasio, a los que se ahogó en un río, los 99 ejecutados con san Nicón en Cesárea/Palestina, los 128 que murieron con el santo obispo Sadoth bajo el rey persa Sapur; las cerca de dos docenas de obispos y 250 clérigos que alcanzaron el martirio asimismo en Persia, los 200 hombres y 70 mujeres que sufrieron heroico martirio bajo Diocleciano en la isla de Palmaria, los 300 suicidas que se inventó Prudencio (el autor cristiano más admirado y leído en la Edad Media), que al parecer, para no ser sacrificados bajo Valeriano, se arrojaron a una fosa de cal viva, los -más historias de falsedad- 1.525 santos mártires de Umbría, la legión tebana, no menos de 6.600 hombres que al parecer fueron martirizados en Suiza (probablemente ellos solos más que todos los mártires cristianos que hubo en toda la Antigüedad), los miles de mártires que el emperador Diocleciano hizo quemar vivos en una iglesia porque se negaban a la «ofrenda a los ídolos», calculados «los días santos de Navidad» y en los «oficios divinos [...]» (martirologio romano), además de los 10.000 cristianos crucificados en el monte Ararat o los 24.000 compañeros católicos de san Pappo, que bajo Licinio murieron por Cristo en Antioquía en cinco días sobre una única roca. Después dejan de mencionarse hasta las cifras, hablándose de «innumerables» mártires, se señala de modo estereotipado la muerte «de muchos santos mártires» o se hace gala de que «casi todo el rebaño» siguió a su obispo hacia la muerte, o se relata «el sufrimiento de muchas mujeres santas, que [...1 por amor a la fe cristiana fueron martirizadas del modo más cruel y muertas» (martirologio romano o «Registro de todos los cristianos coronados con la santidad y la muerte en martirio, cuya vida, actos y muerte heroica la Iglesia católica romana ha recopilado de las fuentes más seguras y que registra y conserva para su eterna memoria conmemorativa. Con resúmenes añadidos de los momentos culminantes de sus vidas, motivo de su conversión, sus actos y su dolorosa muerte»). Es comprensible que muy a menudo la reliquias se designaran con la fórmula: «cuyo nombre Dios conoce».302

Aunque la cifra de mártires cristianos en los tres primeros siglos pudo calcularse en 1.500 (una cifra ciertamente problemática), aunque de los presuntos 250 mártires griegos en 250 años sólo 20 tienen evidencia histórica, aunque sólo se conserva noticia escrita de un par de docenas de mártires y aunque el mayor teólogo de la época preconstantínica, Orígenes, que en tantos aspectos infunde respeto, dice que el número de mártires cristianos es «pequeño y fácil de contar», en 1959, el teólogo católico Stockmeier sigue escribiendo: «Durante tres siglos se les persiguió hasta la muerte [...]»; igualmente a mediados del siglo xx escribe el jesuíta Hertiing: «Es forzoso suponer un número de seis cifras». ¿Es realmente forzoso? ¿Por qué? Él mismo lo dice: «El historiador que analiza críticamente las fuentes y quiere relatar las cosas como han sido, corre constantemente el peligro de herir piadosos sentimientos. Si es que no llega al resultado que fueron millones de mártires [...]».303

Pero la Iglesia no sólo ha exagerado criminalmente el número de mártires, sino también su descripción. Todavía a mediados del siglo xx el católico Johannes Schuck se jacta (con doble imprimátur), como si continuara la historia de la Iglesia de Eusebio del siglo iv: «¡Fue una lucha! Por un lado las bestias del circo, la fogata que quema los miembros palpitantes, la tortura, la cruz y todos los tormentos que parecían salir del infierno como una sucia alcantarilla; por el otro lado la fuerza inquebrantable con la que los cristianos hacían frente a todo el mundo, indefensos y a pesar de ellos con una ayuda contra la que cualquier tormenta se deshacía, aunque llevara una furia incontenible, seres humanos con un pie todavía en la Tierra oscura pero con el corazón ya bajo los primeros resplandores de la eternidad [...]».304

El propio Schuck se regocija de que las persecuciones tan crueles contra los cristianos «por contradictorio que parezca, produjeron un gran beneficio al reino de Dios», que «la Iglesia sólo ganó», «hasta el cielo» y «también ampliamente en el mundo». Si bien «la sangre de sus mártires» privó «a la Iglesia de sus almas más valiosas», éstos, que eran los mejores, «pasaron al redil del Señor por la fe y el ánimo de sacrificio, el amor y la hidalguía de los cristianos [...]».305

Y con una marea de falsificaciones.

Falsificaciones de este tipo las hubo también en otro campo bien distinto, aunque interdependiente, el de la política eclesiástica. Lo mismo que para acrecentar la fe se crearon actas de mártires falsas, para aumentar el poder clerical se hiceron catálogos falsos de obispos. Es decir, poco a poco se atribuyó un origen apostólico a todas las sedes episcopales.
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