La Iglesia antigua: Falsificaciones y engaños






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Karlheinz Deschner
Historia criminal del

cristianismo
La Iglesia antigua: Falsificaciones y engaños
Título original: Kriminalgeschichte des Christentums: Die Alte Kirche

CAPITILO I

FALSIFICACIONES CRISTIANAS

EN LA ANTIGÜEDAD

«Muchos textos sagrados aparecen hoy bajo nombre falso, no porque

fueran redactados bajo éste sino porque más tarde se les atribuyó a sus titulares.» (¡Aunque también se producía lo primero, y no pocas veces!) «Tal "falsificación" de los hechos se da durante toda la Antigüedad, en especial en la fase israelita y judía previa al cristianismo, y se prolonga dentro de la Iglesia cristiana en la Antigüedad y en la Edad Media.»

arnold meyer'EN EL PAGANISMO PRECRISTIANO

A muchas personas, quizá la mayoría, les asusta admitir la mentira más burda en el campo para ellos «más sagrado». Les parece inconcebible que quienes dan testimonio ocular y auricular del Señor puedan no ser más que vulgares falsarios. Pero nunca se ha mentido y engañado con tanta frecuencia y tanta falta de escrúpulos como en el campo de la religión. Y es cabalmente en el cristianismo, el único verdadera y realmente salvífico, donde dar gato por liebre está a la orden del día, donde se crea una jungla casi infinita del engaño desde la Antigüedad y en la Edad Media en particular. Pero se sigue falsificando en el siglo xx, de manera masiva y oficial. Así, J. A. Farrer se pregunta casi desesperado: «Si se reflexiona sobre todo los que ha surgido de este engaño sistemático, todas las luchas entre papas y soberanos terrenos, la destitución de reyes y emperadores, las excomuniones, las inquisiciones, las indulgencias, absoluciones, persecuciones y cremaciones, etc., y se considera que toda esta triste historia era el resultado inmediato de una serie de falsificaciones, de las que la Donatio Constantini y los Falsos decretos no fueron las primeras, aunque eso sí, las más importantes, se siente uno obligado a preguntar si ha sido más la mentira que la verdad lo que ha influido de manera permanente sobre la historia de la humanidad».2

Desde luego que el embuste de más éxito, el que mayores estragos causa entre la mayoría de las almas, no es ciertamente un invento cristiano. Lo mismo que tampoco lo es, aunque guarde una estrecha relación con ello, la seudoepigrafía religiosa (un seudoepígrafe es un texto bajo nombre falso, un texto que no procede de quien, a tenor del título, el contenido o la transmisión, lo ha redactado). Ambos métodos, la falsificación y la seudoepigrafía, no fueron innovaciones cristianas, ni tampoco todo lo demás, salvo la guerra de religión. Falsificación literaria la hubo ya durante mucho tiempo antes entre los griegos y los romanos, la hubo desde la remota Antigüedad hasta el helenismo, continuó durante la época de los emperadores, apareció en la India, entre los sacerdotes egipcios, con los reyes persas y, también, en el judaismo.3

Durante toda la Antigüedad fue habitual una práctica amplia y muy variable de la falsificación. Esto fue posible gracias a la gran credulidad
de la época. Pero sería erróneo deducir de esa credulidad frente a la multitud de falsificaciones su «licitud». Como he podido constatar en no pocas ocasiones, ese gran número de falsificaciones es el resultado de la credulidad de su tiempo. Así, ya desde Herodoto, en el siglo v antes de Cristo, cuando comenzó en Atenas la divulgación de los escritos mediante las librerías (un activo comercio con copias a un precio relativamente bajo), se criticaron las falsificaciones, se elaboraron criterios para determinar la autenticidad y se llegó en los más diversos géneros literarios a ciertos métodos, a veces de extremada precisión, para desenmascararlas, redactándose falsos textos relativamente inofensivos. También el plagio, siempre que existiera la intención de impostura, fue juzgado con severidad por la estética antigua.4

Naturalmente, no podemos transferir sin más a la Antigüedad nuestra conciencia crítica (y tan ética). Aunque en esa época no se juzgaba la falsificación como un delito moral de la misma gravedad que tiene hoy, tampoco se la consideró como algo natural ni fue aceptada. Bien es cierto también que el lector antiguo solía ser poco severo y carente de sentido crítico, que era demasiado crédulo, sin escrúpulos psicológicos y sociales, muy proclive a la literatura «esotérica» y por ese motivo fácil de llevar a engaño, de enredar; pero de estos consumidores los hay de sobra a finales de nuestro siglo xx. Con todo, los respectivos criterios filológicos no eran, en el fondo, radicalmente distintos. La Antigüedad conocía un análisis de autenticidad (en modo alguno sólo ocasional) y una sensibilidad alerta que a menudo deja constancia, así como también una honrada indignación ante las falsificaciones descubiertas. La seudoepigrafía ya se consideraba en aquel tiempo «an ancient, though not honorable literary devise» (Rist).5

El concepto de «propiedad intelectual» tiene miles de años

El fenómeno de la falsificación -utilizado aquí por lo general en un sentido más o menos criminal, o sea, la que se hace con intención de mentir o engañar, unido a una imputación de culpa- presupone la idea de la propiedad intelectual, puesto que si ésta no existe no hay una verdadera falsificación.

Dado que la ausencia del concepto de «propiedad intelectual» beneficiaría a muchos cristianos creyentes a la vista de los incontables embustes cristianos, se ha discutido su existencia en la Antigüedad clásica y el período resultante de ella, e incluso lo han negado algunos como, por increíble que parezca, Gustav Mensching. Escribe este autor: «Podría pensarse en anotar en la cuenta de las mentiras religiosas también los nume-
rosos escritos que se conocen en la historia de la religión bajo nombres falsos. Lo mismo que, por ejemplo, bajo el gran nombre del filósofo griego Platón circulan muchos escritos que la ciencia ha considerado más tarde como apócrifos, se sabe que dentro del Nuevo Testamento hay escritos que no proceden del autor bajo cuyo nombre los seguimos encontrando hoy. Muchas epístolas, pongamos por caso, no son de Pablo, como por ejemplo la dirigida a los hebreos, las cartas pastorales a Timoteo y Tito o la Epístola a los Efesios. Sin embargo, esta forma de engaño premeditado no cae dentro de nuestro contexto, puesto que en aquel tiempo no se tenía el concepto de la propiedad literaria ni de la autenticidad de los textos. Existía más bien la tendencia a presentar los propios escritos bajo la gran autoridad de nombres conocidos, ocultando el propio, para conseguir así que las ideas de uno tuvieran más fuerza y difusión. Según los modos de ver actuales, esto sería un engaño literario».6

¡Y no sólo según los actuales!

Si el concepto de «propiedad intelectual» no estaba muy inculcado en el antiguo Oriente o en Egipto, en los siglos vil y vi se conoce ya en Grecia, donde el autor de la Ilíada y la Odisea registró sus epopeyas, como se ha demostrado hoy. Bien es cierto que la Antigüedad no conoce ninguna reglamentación jurídica, ni ninguna codificación de esta figura. El derecho antiguo no protegía la propiedad intelectual como tal, sino el «derecho de propiedad sobre la obra», es decir, del manuscrito. Pero ya que tras una época de autorías anónimas y de transmisión de trabajos literarios en Grecia, durante los siglos vil y vi no sólo se procedió a dar el nombre de los autores (Hornero, Hesíodo), poetas, líricos e incluso de los pintores de ánforas y los escultores, sino que se critica también la falsificación del nombre del autor, de las fuentes o de una carta, el concepto de la propiedad intelectual, de la individualidad literaria, queda ya asegurado para esos primeros siglos y, más tarde, los cristianos y todo el entorno judío y pagano lo conocen desde un principio. También el libro de papiro, que se difunde por aquel tiempo, posibilita la edición de determinados textos con los nombres de los autores.7

También los escritos de los filósofos jónicos en la Atenas del siglo v eran auténticos libros, contándose Sócrates, Platón y más tarde Aristóteles entre sus compradores, mostrando los autores una fuerte conciencia de autoría, una gran confianza en sí mismos, como por ejemplo Hecateo de Mileto al comenzar sus Genealogías'. «Así habla Hecateo de Mileto: escribo lo siguiente, tal como a mi parecer se corresponde con la verdad, puesto que las numerosas afirmaciones de los helenos son en mi opinión ridiculas».

El hecho de que ya en el siglo iv se controlaban las obras de los grandes autores, en particular cuando sobre ellas se cernía la amenaza de la tergiversación, nos lo demuestra el famoso «ejemplar estatal», en el que
el estadista y orador Licurgo de Atenas hizo registrar alrededor del año 330 las obras de tres grandes autores de tragedias en una versión que desde esa fecha había de ser obligatoria en todas las representaciones. El escriba oficial leía a los actores el texto de sus papeles y ellos debían corregir en consonancia las copias de que disponían. «Todas estas medidas parecían necesarias, puesto que los ejemplares que se guardaban en los archivos y que los autores habían presentado previamente al solicitar la autorización para participar en los agones, tenían que renovarse. Pero era evidente que como sustitutivos no podían elegirse aquellos textos que la librería ponía a la venta, pues éstos estaban tergiversados con errores de lectura y a menudo también con intervenciones de los directores y los actores. No sabemos si Licurgo consiguió copias sin falsificar de los descendientes de los poetas, pero podemos suponer que hizo todo lo posible para encontrar la mejor solución en esta discutida cuestión» (Erbse).8

Desde comienzos del helenismo, los textos de muchos autores son vigilados de manera realmente científica, algo que hace posible sobre todo la fundación de la gran Biblioteca Alejandrina bajo Tolomeo I Soter (367-366 a 283-282), amigo de Alejandro Magno y a su vez autor de una ^ historia de este último que goza hoy de gran prestigio. Alrededor del año 280 a. C. la Biblioteca, que no ahorraba dinero en la adquisición de ejemplares valiosos, poseía cerca de medio millón de rollos. La biblioteca de Serapeión, más pequeña, unos 40.000. Actuaron aquí muchos afamados directores. Se procuraba hacer una selección de buenos manuscritos y se intentaba conseguir un texto perfecto en el método, un texto auténtico, en especial de los clásicos.9

También de manera individual los exigentes se esforzaban por conseguir una forma pura de su trabajo. Así, en el siglo ii d. C., Galeno, cuyas obras se falsificaban y ofrecían bajo otros nombres y se distribuían en producciones apócrifas, redactó dos de sus propios escritos con el fin de hacer reconocibles sus libros y evitar su falsificación, o al menos confusiones. En el siglo iii, el gran adversario de los cristianos Porfirio descubre falsificaciones en las literaturas pitagórica, gnóstica y bíblica. En resumen, se conocía bien el fenómeno de la falsificación y tanto griegos como romanos desarrollaron a este respecto una evidente aversión, elaboraron métodos diferenciados y prestaron una atención crítica.10

Muchas falsificaciones no pueden ya desvelarse hoy (con seguridad), pero en muchas otras sigue siendo posible. Hay que basarse en motivos y tendencias extraliterarias y, por supuesto, en infinidad de otros motivos, en características extemas e internas, otros testimonios y especialmente el estudio crítico del lenguaje, el estilo, la composición, las citas y las fuentes utilizadas. No dejan de tener también importancia los anacronismos y los vaticinio ex eventu (profecías a posteriori). En algunas falsificaciones hay también material auténtico. Y a la inversa. Mezclas de este tipo son frecuentes. Las colecciones epistolares falsificadas pueden contener piezas verdaderas o bien, lo que resulta mucho más frecuente, colecciones auténticas tienen cartas falsificadas total o parcialmente y naturalmente las verdaderas, pero que incluyen interpolaciones. Los falsarios avezados mezclan lo falso y lo auténtico.n No es falso todo lo que parece. Desde luego no todo es una falsificación, aunque a primera vista así lo parezca.

Existe desde luego un seudoanonimato legítimo e inofensivo, practicado a menudo (hasta nuestros días), como el de un autor joven y desconocido o uno ya famoso, que se presentan al público bajo otro nombre; el primero quizá por miedo a dar a conocer sus ideas, no conocidas todavía o incluso no admitidas, es decir, por temor a la crítica; el otro por divertirse. Por supuesto que no es una falsificación el que una primera figura elija libremente un seudónimo, algo bastante inusual en la Antigüedad, un nombre que no sea idéntico al de una personalidad conocida, como hicieron en ocasiones Jenofonte, Timoteo, Yámblico y otros. En todos ellos desempeña un cierto papel seguramente el deseo de mistificación, la vanidad y la presunción, las ganas de hacerse interesante, de hacerse el famoso anónimamente, de escudarse tras la máscara de esa fama e interpretar un papel por el placer de mentir y por amor a la mentira.12

Muchas veces esos autores tampoco querían realmente dar gato por liebre, tan sólo deseaban tomar el pelo, engañar con falsas apariencias de un modo transitorio hasta dejar traslucir la verdad, que el lector quedara como tonto y que el embaucador, que en realidad no era tal, ni tampoco un mentiroso, pudiera divertirse por partida doble. Naturalmente, la coincidencia en los nombres de los autores o en los títulos de los libros podía dar lugar a equivocaciones. Sobre todo en cuanto a las citas, los errores se cometen con gran facilidad.13

Lo mismo que una obra bajo seudónimo no es una falsificación, tampoco lo es una anónima. Sin embargo, lo será -como sucede con tantas vidas de santos o pasiones de mártires- si aparece falsamente como un documento auténtico, ó sea, si tiene intenciones extraliterarias.14

Por el contrario, determinados métodos literarios, ciertos procedimientos dramáticos o irónicos son libres invenciones en el reino de la poesía, como las parodias o las utopías; todas las mistificaciones voluntarias realizadas por motivos artísticos no son falsificaciones sino una licencia literaria perfectamente legítima. Por ejemplo, cuando un autor escribe fábulas, o cuando pone en boca de una personalidad palabras o frases que nunca ha dicho ni nunca ha mantenido. O cuando aparece bajo la máscara de otro, algo de lo que hay infinidad de paradigmas bien conocidos;

como en la época moderna las Cartas provinciales de Pascal, en las que fustiga la moral jesuíta como un noble parisino. En todos los casos similares se trata sólo de ficciones'literarias, sin la menor intención de engañar.15

Sería ridículo considerar como falsificación toda carta aparecida bajo un nombre falso, aunque sea sólo porque infinidad de misivas o incluso discursos son el producto de meros ejercicios retóricos de estudiantes, por así decir, un entrenamiento literario sin ningún fin, un juego, productos que en la Antigüedad se consideraban documentos auténticos; y sobre varios de estos textos, como es el caso del de Salustio, los eruditos siguen discutiendo en la actualidad. También en la escuela de los filósofos, de los médicos, se transmitían a menudo los trabajos escolares tomándolos por obras de maestros, como muy bien sabemos en particular del caso de la escuela pitagórica.16

Junto a todo esto y muchas otras cosas similares, en la Antigüedad también se falsificó sin ningún escrúpulo y a menudo del modo más opaco y refinado posible. Se practicaban los más diversos métodos del embuste así como los más variados medios de certificación, es decir, «criterios de autenticidad» falsificados, algo que sólo las investigaciones modernas han sacado a la luz. Ha resultado así evidente «que los autores antiguos (también los cristianos) se "permitían" el engaño mucho más de lo que se podría y se estaría dispuesto a imaginar según los criterios actuales. En concreto, por ejemplo, no puede preverse con antelación el grado de "refinamiento" que cabría esperar, ni pretender dar apoyo a tesis de autenticidad remitiéndose a las protestas de veracidad de un autor creíble y comprometido religiosamente» (Brox). No es suficiente: los hechos conducen aquí hasta la experiencia de que «cuanto más concreta es la forma en que aparece el dato, tanto más fraudulento es el contenido» (Jachmann). O como escribe Speyer: «Cuanto más precisos son los datos, tanto más falsos son».17
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