Utopía ayer, hoy y ¿siempre? 91






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fecha de publicación21.09.2015
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Proponemos aquí una experiencia realizada en la clase de religión de Bachillerato, en la que se trata de presentar el «proyecto de vida de Jesús» –el Reino– empleando el fenómeno social que rodea al programa televisivo de la «Operación Triunfo».

 

Si efectuamos un análisis de estos dos «proyectos» (llamémosles así) de vida, en un primer momento, podemos correr el riesgo de compararlos y enfrentarlos o, incluso y sin más, realizar algunas afirmaciones que desestiman a uno para salvar al otro. Pero si nos adentramos seriamente en el estudio de estos dos fenómenos, descubrimos que ambos tienen muchos puntos en común y que aquello que los diferencia radicalmente puede que no se vea tan claro a simple vista. La pregunta que se nos plantea: ¿en qué se diferencian cualitativamente estos dos modos de entender la vida?, ¿dónde están o cuáles son los elementos de estos proyectos que no casan, que les hacen, incluso, incompatibles? Intentamos dar una respuesta, argumentándola con datos concretos de ambos proyectos. No se trata tanto de comparar, como de subrayar por qué el «Proyecto del Reino» se lleva a cabo en una onda muy diversa a la de los demás proyectos.

 

§ Algunos aspectos aparentemente comunes


 

ú El punto de partida parece ser el mismo: todos somos invitados (convocados) a participar en algo grande; en Operación Triunfo a una operación triunfal y en Jesús de Nazaret a construir y hacer presente el Reino de Dios.

ú Todos los que podemos responder a esa convocatoria (llamada, vocación…), tenemos unos talentos personales, que podemos y debemos poner en juego si queremos conseguir nuestro objetivo. Nadie puede decir que no ha recibido ningún talento. Por lo tanto, también aquí se podría afirmar que los dos proyectos coinciden.

ú Ambos proyectos son propuestos por otro –Otro– que tiene mucho que ver en todo el desarrollo de los mismos: en el caso de Operación Triunfo, el otro es TVE y su dinero (sus posibilidades económicas, su capacidad de llegar a millones de personas y modificar, en cierto sentido, aspectos de su vida, etc…); en el caso de Jesús de Nazaret, el Otro es Dios Padre y su pasión por el Reino.

ú Es importante –en los dos proyectos– la presencia incondicional de maestro/s que acompaña/n el itinerario del/os discípulo/s. También hay que destacar que se llevan a cabo en el contexto educativo de una escuela (academia) y no individualmente. Se subraya la importancia del aprendizaje y de la superación personal: ser siempre mejor, ser siempre más, en un contexto de compañerismo (¿comunidad?).

ú Los dos proyectos tienen un objetivo que hay que alcanzar y por ese objetivo se hace lo que sea. En el caso de Operación Triunfo, el objetivo es triunfar en la vida; en el de Jesús de Nazaret, el objetivo es que la vida triunfe sobre todo lo que no es vida.

ú Ambos proyectos conllevan una fuerte implicación personal: se debe dejar todo por llevarlos adelante. Existe una fuerte renuncia a la vida normal, a lo rutinario.

 

§ Aspectos cualificantes y diferenciadores


 

Se podrían exponer y argumentar muchas más cosas acerca de los aspectos comunes. Sin embargo, presentamos ahora algunos rasgos que, bajo mi punto de vista, cualifican significativamente el proyecto de Jesús de Nazaret –el Proyecto del Reino– y lo sitúan en una posición bien distinta de cualquier otro proyecto.

 

Si bien puede parecer que los dos proyectos coinciden en que todos somos invitados/convocados a participar y que cada uno pone en juego sus propios talentos, la verdad es que no es así. El que no canta, en este caso, ya está excluido del proyecto Operación Triunfo. El que canta un poco, también. Y el que canta mucho, pero mal, ni qué decir tiene. Por lo tanto, ya no es un proyecto para todos, porque el mero deseo o sueño de cantar bien o de querer cantar bien, no es suficiente. El Evangelio dice que “a cada cual se le dio los talentos según su capacidad” (Mt 25,15), por lo que podemos deducir que cada cual tiene bastante y suficiente con lo que recibió. Podemos perfeccionar el talento recibido pero no inventárnoslo. El Proyecto de Jesús, el Proyecto del Reino, sí que es para todos: “Convertíos porque el Reino de los Cielos ha llegado ”(Mt 4,17). Es así como Jesús inicia su predicación. Todos podemos cambiar, convertir algo de nuestra vida. Todos.

 

Uno plantea la siguiente objeción: “Es cierto que no todos tenemos los mismos talentos, pero a todos se nos da la oportunidad de participar en el proyecto de Operación Triunfo”. Hasta aquí estamos de acuerdo, pero lo que distingue el Proyecto del Reino es que ofrece una oportunidad permanente de participar en él: la convocatoria dura toda la vida y cada uno accede a ella en un determinado momento de su historia. El Evangelio nos muestra una gran lección al respecto en la parábola de los obreros de la viña: “Por mi parte quiero dar a este último lo mismo que a ti, ¿es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos” (Mt 20,1-16).

 

Otro aspecto decisivo en la confrontación de estos dos proyectos, creo que es el de los objetivos y las opciones: el Proyecto Operación Triunfo es un objetivo-opción por alcanzar el triunfo, por triunfar. Toda la operación tiene como objetivo final el triunfo del participante. En el centro está él o ella y cuanto más en el centro y más arriba se sitúe, mejor. Los logros que se van haciendo son conquistas personales, que van abriendo un sinfín de nuevas posibilidades cuyo centro soy yo mismo y cuyo final soy también yo mismo. En definitiva, uno crece en dignidad personal porque logra convertirse en una estrella (seguramente manipulada por muchos hilos que desconoce).

Por su parte, el Proyecto de Jesús de Nazaret nos habla de restituir la dignidad a quien la ha perdido, de colocar a los demás (especialmente a los más desfavorecidos) en el centro de nuestra vida y atención; rescatar lo que a los ojos del mundo está perdido; sanar heridas que no se curan con medicamentos o con un buen médico; resucitar a vida nueva a quien vive en la espiral de la violencia, del odio y de la muerte (cf. Mt 5,1-12)… En definitiva, ser feliz dando vida, dando la propia vida. Porque una cosa está clara: el que asume el proyecto de vida del Reino no puede no ser feliz. El Proyecto del Reino exige a quien lo quiere construir desapropiación, minoridad, amor sin medida y actitud de servicio (Mt 8,18-22; 10,37-39; 16,24-28; 19,16-26) entre otras cosillas. Por tanto, podemos decir que en ambos proyectos existen condiciones que nos llevan a operar unas opciones concretas y no otras, y es en ellas donde uno se juega todo.

 

El tercer punto de confrontación que quiero compartir es el del tiempo. En Operación Triunfo los resultados son asombrosos en el menor tiempo posible. Se crean las mejores condiciones (estudios e instalaciones de ensueño, se emplean las tecnologías más innovadoras, el ambiente académico y privado –como una burbuja-, el diseño en todo –hasta las mesas donde comen tienen forma de trapecio-, etc…), y el tiempo y los procesos reales que percibimos a diario parecen no contar. En una semana se hacen verdaderos milagros y los resultados se muestran y demuestran cada siete días.

Es evidente que el Proyecto de Jesús no es algo que en cuatro meses se pueda llevar a cabo, y si no que se lo pregunten a la historia (o a sus mismos discípulos). En el Evangelio vemos constantemente cómo lo del Reino es comparado con la siembra, la cosecha, los frutos… (Mt 13,3b-9.18-32) y cómo podemos controlar algunas variables pero no todas, porque el Reino, dentro de sí, obedece a la dinámica de la Gracia, de lo gratuito, de lo regalado, de lo que brota y crece «sin que sepamos cómo» (cf. Mc 4,26-29): cada cosa necesita su tiempo (y, además, el Reino es de Dios, no nuestro). El Evangelio habla de procesos lentos, donde la Palabra cae en la tierra, cala y hace que más tarde brote la vida. Jesús llama a los suyos al seguimiento (Mt 4,19-22; 9, 9), no los matricula en una academia para que aprendan cómo vivir y luego vivan. Jesús, el maestro, guía, precede y acompaña el camino de sus discípulos. El proyecto de Jesús es para todos los días, es para siempre y da sentido a toda una vida si uno se adhiere a él con “todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente” (cf. Mt 22,37).

 

El siguiente aspecto ya lo he enunciado en el apartado anterior: existen grandes diferencias en cuanto a los medios que hacen posible la consecución de los dos proyectos. Operación Triunfo lo tiene todo: el poder de la TV, grandes cantidades de dinero que va multiplicándose día a día, promociones, propagandas, clubes de fans, instituciones públicas que pagan lo que sea para que gane la joven promesa nacida en un determinado lugar, a la que se venera como si del «hijo predilecto del pueblo» se tratara, etc…; es decir, todo lo que se puede pedir para que algo salga bien.

El Proyecto de Jesús es diametralmente diferente. El que se enrola en la escuela del seguimiento de Jesús, debe dejarlo todo (Mt 19,21), debe poner en juego su propia vida (Mt 5,10-11), debe caminar, adherirse por entero a la persona de Jesús. Las condiciones suelen ser pésimas: hay que ir contracorriente, hay que quedarse solo, hay que revisar y convertir constantemente aquello que ya no es del proyecto, aunque podamos medio-engañarnos diciendo que si…

El precio del Reino es el precio de la cruz, de la pasión hasta dar la vida, si fuera necesario, por el Reino. El que quiere vivir el Evangelio hasta sus últimas consecuencias, se encontrará también con el rechazo de los suyos…; desde luego que este Proyecto es algo diferente. Eso sí: invertir la propia vida tiene, en el Proyecto del Reino, el mejor final: la Vida que no conoce fin (Mt 25,31-46).

 

Por último, me gustaría subrayar que el Proyecto Operación Triunfo está creado por alguien y que quien participa de ese proyecto sólo tiene unos derechos. Los participantes se dejan guiar por ese alguien y hacen lo que ese alguien dice y cuando él lo dice. Es cierto que lo hacen libremente (porque es por su propio bien), y que el centro sigue siendo el éxito personal (aunque mañana nadie se acuerde ya de mí).

El Proyecto del Reino nos lleva al Padre, su soñador, su creador. Jesús habló del Proyecto de su Padre e hizo la voluntad de su Padre… en total gratuidad (Jn 14,9b-12; 14,6; 15,8-10.15). Los discípulos, en su seguimiento de Jesús, anuncian el Reino del Padre para todos. El Reino no es posesión de ninguno de ellos sino tarea, responsabilidad y don recibido. El Reino es la razón última de su vida y por él acogen la norma de vida de las bienaventuranzas (Mt 5,1-12) y las llevan a la práctica a cada paso, no sin dudas, no sin traiciones, no sin problemas, pero con la esperanza de que ahí, sólo ahí, esta la verdadera felicidad, la mejor respuesta al sentido de la vida.

 

Estoy convencido de que se podrían argumentar muchas más cosas para apoyar la vigencia y significatividad del Proyecto del Reino... Sólo dos apuntes para finalizar estas líneas nacidas de la reflexión con estudiantes de bachillerato.

 

En el Proyecto del Reino no hay un jurado como en Operación triunfo, que valora los esfuerzos y los avances en la propia vida del protagonista para su beneficio (bueno, y para beneficio del público en última instancia). En el Evangelio se habla de juicio final (de la Gran fiesta), y en él sólo hay un aspecto que salva a los participantes: el amor. El amor que nada tiene que ver con la sensiblería, la lágrima fácil y los te queremos que a veces oímos en las galas. Además, el juez es Jesucristo (1 Jn 4,16-17), el mayor signo del amor de Dios a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Hay en el Proyecto del Reino un aspecto desconcertante: es indispensable abandonarse a su Providencia, «no andar preocupados por el mañana» (Mt 6,34). Esa condición del abandono nos hace crecer, nos ayuda a madurar en los aspectos fundamentales y pide de nosotros una gran confianza en el Padre. La fuerza del abandono en sus manos, sabedores de trabajar en su Proyecto por pura gracia suya, contando con el apoyo incondicional de Jesús que nos dice “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20b).

 

Antes de terminar, habría que concretar –personal y grupalmente– algunos compromisos concretos para construir el Reino, para ser de verdad cristianos y cristianas «con» espíritu, con el Espíritu de Jesús que también impulsó la vida de María.

 

 

SI YO FUERA MISERICORDIOSO

 

 

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia»

 

 

 

YO FUERA MISERICORDIOSO...

Saldría de mi casa

para encontrarme con los necesitados.

 

Saldría de mi comodidad

para ayudar a los menesterosos.

 

Saldría de mi apatía

para ayudar a los que sufren.

 

Saldría de mi burguesía

para compartir con los pordioseros.

 

Saldría de mi ignorancia

para conocer a los ignorados.

 

Saldría de mi enfado

para encontrarme con los vagabundos.

 

Saldría de mis caprichos

para socorrer a los hambrientos.

 

Saldría de mi actitud de crítica

para comprender a los que fallan.

 

Saldría de mi suficiencia

para estar con quién no se vale.

 

Saldría de mi prisa

para dar un poco de mi tiempo.

 

Saldría de mi pereza

para socorrer alguna necesidad.

 

Aprovecharía mi juventud

para ayudar a los ancianos y enfermos,

mi edad para guiar a los desorientados

y ayudar a los débiles.

 

 

Aprovecharía mi ciencia

para ayudar a los ignorantes.

 

Aprovecharía mi madurez

para ayudar a los jóvenes.

 

Aprovecharía mi experiencia

para ayudar a los equivocados.

 

Aprovecharía mi cariño

para acoger a los niños.

 

Aprovecharía mi responsabilidad

para cuidarme de los abandonados.

 

Aprovecharía mi rectitud

para buscar a los pródigos.

 

Aprovecharía mi paz interior

para reconciliar a los enemigos.

 

Aprovecharía mi amor

para acoger a los solitarios.

 

Aprovecharía mi vida

para darla a quien la necesita.

 

Jesús María Bezunartea

 

Para hacer

1. Elegir tres aspectos de los que uno saldría si fuera misericordioso y otros tres que aprovecharía.

2. Con el mismo esquema, decir otro del que saldría y que aprovecharía cada uno y que no están en el texto.

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