Utopía ayer, hoy y ¿siempre? 91






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n Pistas para la Reflexión


  1. 1.       Subrayar los juicios y opiniones que sobre la utopía aparecen en los textos.

  2. 2.       Resumir brevemente la valoración que transmiten.

  3. 3.       Señalar las opiniones con las que el grupo está más de acuerdo y comentarlas: ¿qué afirman?, ¿cuál es su valor?, ¿por qué se está de acuerdo? Después, hacer lo mismo con las que se discrepa.

  4. 4.       Expresar la propia valoración sobre la utopía: ¿cuál es la postura personal y la postura del grupo sobre el sentido, necesidad e importancia de la utopía?

  5. 5.       Buscar una buena película que presente una utopía social: proyectarla y hacer un fórum sobre el sentido de la utopía que el film propone.

 

 
3. La Utopía Cristiana

 

La utopía cristiana comienza en Jesús y se concentra en el Reino que anuncia. ¿Sigue teniendo hoy vigencia el anuncio del Reino? Es la clave para comprender y comprometerse en la construcción de la utopía cristiana. Cuando el pensamiento único parece haber cercenado tantas utopías históricas imponiendo una concepción del desarrollo y de la economía, alienta percibir que la utopía, en sus profundas raíces cristianas, se resiste a morir.

 

q «Historizar» el Reino de Dios

No se conoce de antemano y menos a priori cuál puede ser la concreción histórica de la utopia cristiana, y sólo una utopía cristiana concreta es operativa para la historización del Reino de Dios. Esta afirmación global incluye un conjunto de afirmaciones [...]: a/ Hay una utopía cristiana general e indefinida; b/ Esa utopía general debe concretizarse en términos histórico-sociales; c/ Esa utopía está en relación con el Reino de Dios; d/ El Reino de Dios debe historizarse; e/ El Reino de Dios se operativiza mediante la puesta en marcha de una utopía concreta. Ciertamente la utopía cristiana, nacida de la revelación, de la tradición y aun del magisterio, tiene ciertas notas sin las cuales no puede cualificarse como cristiana. Una utopía que pretenda ser cristiana, no puede dejar a un lado el profetismo del Antiguo Testamento (profetas y no profetas), el sermón de la montaña, el discurso de la última cena, el apocalipsis, la comunidad primitiva, los padres de la iglesia, los grandes santos, algunos documentos conciliares y pontificios... Pero la importancia de unas u otras notas, la conjunción de ellas para formar un todo, su realización histórica en cada tiempo y lugar, no es sólo una cuestión cambiante, sino abierta, de modo que el cierre de la misma debe hacerse por medio de una opción, en definitiva de una opción del pueblo de Dios con su carácter orgánico antes que jerárquico, en el que caben muchos carismas, funciones y actividades, unos más pertinentes que otros a la hora de definir los caracteres históricos constatables de la utopía cristiana. Esta utopía, que puede llamarse general o universal porque contiene unos mínimos que no pueden faltar, al menos en la intención y en el proyecto, y porque apunta a un futuro universal, cuya culminación es escatológica, debe concretarse precisamente para lograr que se vaya aproximando el reino de Dios.

I. Ellacuría, Mysterium liberationis I, Trotta, Madrid 1990, pp. 394-395.

 

q Reino de Dios y utopía del corazón


Reino de Dios es la expresión que designa lo utópico del corazón humano: la total liberación de todos los elementos que alienan y estigmatizan este mundo, como sufrimiento, dolor, hambre, injusticia, división y muerte, no sólo para el hombre, sino para toda la creación. Reino de Dios es la expresión que designa el señorío absoluto de Dios sobre este mundo siniestro y oprimido por fuerzas diabólicas. Dios va a salir de su silencio milenario para proclamar: Yo soy el sentido y el futuro último del mundo. Yo soy la liberación total de todo mal y la liberación absoluta para el bien. Con la expresión reino de Dios, Jesús articula un dato radical de la existencia humana, su principio-esperanza y su dimensión utópica. Y promete que ya no será utopía, objeto de ansiosa expectación, sino topía, objeto de alegría para todo el pueblo... El reino de Dios no es tan sólo una realidad espiritual, como luego pensarían algunos cristianos, sino una revolución global de las estructuras del mundo viejo. De ahí que él se presente como buena noticia para los pobres, luz para los ciegos, andar para los cojos, oído para los sordos, libertad para los encarcelados, liberación para los oprimidos, perdón para los pecadores y vida para los muertos. Como se ve, el reino de Dios no quiere ser otro mundo, sino este mundo viejo transformado en nuevo, un orden nuevo de todas las cosas de este mundo.

L. Boff, Salvación en Jesucristo y liberación, en: «Concilium» 96(1974), 378.

 

q Utopía y Buena Noticia


El Reino de Dios representa, pues, la alternativa a la sociedad injusta, proclama la esperanza de una vida nueva, afirma la posibilidad de cambio, formula la utopía. Por eso constituye la mejor noticia que se puede anunciar a la humanidad y, a partir de Jesús, la oferta permanente de Dios a los seres humanos, que espera de ellos respuesta. Su realización es siempre posible.

J. Mateos, La utopía de Jesús, El Almendro, Córdoba, 22.

 

q Elegir a las víctimas de la historia


El proyecto de Jesús no es un proyecto de sociedad igualitaria... El reino de Dios es un proyecto de sociedad preferencial...: una convivencia, una forma de entender la vida, un modelo de sociedad, en el que los preferidos son los últimos la historia, los crucificados de este mundo, los que peor lo pasan en la vida. Desde luego que realizar eso como proyecto global es sencillamente impensable. Pero lo que sí es pensable y lo que sí es posible es que los cristianos nos organicemos y organicemos nuestra vida, nuestra ética, nuestra espiritualidad, nuestras preocupaciones y proyectos y, naturalmente, también nuestra Iglesia, para acercarnos, poco a poco, aunque sea muy lentamente, a ese ideal que enseñó y practicó Jesús: el ideal que consiste en poner en el primer plano de nuestras preferencias a los que más sufren, a las víctimas de la historia. Para defender su vida, para lograr también que disfruten de la vida. Eso es, creo yo, ponerse de parte de los pobres”.

J. M. Castillo, Los pobres y la teología, DDB, Bilbao 1997, 349.

 

q Vida justa


Hablamos de «vida» porque en ella se concentra lo histórico y lo utópico del Reino de Dios, y añadimos «justa» para indicar el carácter formalmente liberador del Reino. Insistimos en la «vida» de los pobres como núcleo central del Reino porque en el Tercer Mundo, pobreza significa cercanía a la muerte y con «vida» se dice que con la venida del Reino los pobres ya no estarán cercanos a la muerte. Se da así una revalorización de la creación de Dios, de la protología, y en un sentido bien preciso: en el Tercer Mundo la vida no funge como algo presupuesto que, una vez asegurado, lance a realizar lo verdaderamente humano y sólo entonces tuviese sentido hablar de Reino de Dios como plenitud. En el Tercer Mundo, la vida no es lo presupuesto, sino que es lo que desde tiempo inmemorial y en la actualidad hay que «poner». El Reino de Dios es lo escatológico, paradójicamente, siendo lo protológico, el mínimo ideal de Dios, expresado en su creación. El que la vida sea «justa» expresa, ante todo, que la vida debe llegar a ser real en contra del antirreino. Expresa los caminos de justicia para construirla. Expresa las relaciones de fraternidad y dignidad en el Reino. Y expresa la condición fundamental para que el reino subsista. La vida justa relaciona el concepto sistemático del Reino de Dios con el concepto evangélico. Es la buena noticia para millones de seres humanos, es lo que mueve a poner signos del Reino y lo que mueve a la denuncia del antirreino... Todo ello hace que hoy pueda formularse con sentido que el reino de Dios es la vida justa de los pobres.

J. Sobrino, Jesucristo liberador, Sal Terrae, Santander, 174.

 

q Denuncia y anuncio


La utopía, contrariamente a lo que el uso corriente sugiere, está marcada por su relación a la realidad histórica presente... Pero esta relación a la realidad histórica no es ni simple ni estática; ella se presenta bajo dos aspectos que se exigen mutuamente, lo que hace de esa relación algo difícil y dinámico. Esos dos aspectos son la denuncia y el anuncio. La utopía significa necesariamente una denuncia del orden existente. Son, en buena parte, las deficiencias de éste las que dan lugar al surgimiento de una utopía. Se trata de un rechazo global y que quiere ir hasta la raíz del mal... Pero la utopía es también anuncio. Anuncio de lo que todavía no es, pero que será; presagio de un orden de cosas distinto, de una nueva sociedad. Es el campo de la imaginación creadora que propone los valores alternativos a lo que es rechazado... La utopía lleva hacia delante, es un proyecto hacia el futuro, un factor dinámico y movilizador de la historia. Es el carácter prospectivo de la utopía. Entre la denuncia y el anuncio está el tiempo de la construcción, de la praxis histórica. Es más, denuncia y anuncio sólo se pueden realizar en la praxis... La utopía debe necesariamente conducir a un compromiso en pro del surgimiento de una nueva conciencia social, de nuevas relaciones entre los hombres. De otro modo la denuncia no superará un nivel puramente verbal, y el anuncio no será una ilusión. Un pensamiento auténticamente utópico postula, enriquece y da nuevas metas a la acción política, pero al mismo tiempo es verificado por ésta. En esta implicancia está su fecundidad.

G. Gutiérrez, Teología de la liberación, Sígueme, Salamanca 1974, 310-312.

 
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