Said, Edward W. Cultura, identidad e historia, pp. 37-53






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títuloSaid, Edward W. Cultura, identidad e historia, pp. 37-53
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Wagner and the Anti-Semitic Irnagination, presentan relaciones horripilantes con la xenofobia y el odio racial. Por cierto, no he inten­tado de ningún modo denigrar las obras culturales nacidas del orientalismo o del imperialismo; he procurado, en cambio, mostrar que el valor considerable de éstas requiere algo más que una actitud de veneración o la distancia objetiva propia de los curadores o anticuarios. Cuanto más compleja, irreconciliable y contradictoria es la obra, tanto más interesante y tanto más desafiante resulta representarla e interpretarla. Nosotros debemos, me parece, ser capaces de ver el ámbito de lo estético como autónomo y a la vez mundano, o sea, anclado en el mundo social e histórico de los hombres y las mujeres que lo produjeron. Además, tal como el historiador Eric Hobsbawm ha afirmado, el sistema mundial del siglo XIX creó "una economía global, que penetró de forma progresiva en los rincones más remotos del mundo, con un tejido cada vez más denso de transacciones económicas, comunicaciones y movimiento de productos, dinero y seres humanos que vinculaba a los países desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado".11 Si esta globalización es verdadera en el siglo XIX, es aún más verdadera en el siglo XX, en especial en lo que concierne a las culturas.

Esto no es sólo una cuestión de fenómenos lamentables, tales como el franglais,12 Coca-Cola, McDonald's, MTV y CNN, aunque Dios sabe que están por todas partes. El mundo está también profundamente mezclado e interrelacionado en el ámbito de la alta cultura. Piénsese en Ravel, Messiaen, Debussy y Japón y Bali; piénsese en Picasso y el arte africano; o en Ezra Pound y China. La cuestión es que las artes europeas han abrevado en todas partes y precisamente esto las vuelve más interesantes. Además, por primera vez en la historia nos encontramos con que las artes europeas son apreciadas y admiradas, estudiadas e interpretadas no sólo por europeos, sino también por chinos, egipcios, indonesios, trinitenses y brasileños. El radio de acción de la cultura europea se ha expandido en proporciones enormes, mucho más allá de los límites de Europa, en parte gracias al trasfondo imperial que he bosquejado aquí. Si se me permite usarme como ejemplo, debo mencionar que, aunque nací y crecí en Palestina y Egipto (ambos, en su momento, colonias británicas), vi y oí mi primera ópera, André Chenier, en El Cairo y allí escuché mis primeros discos de Beethoven y Wagner; como estudiante de escuelas coloniales británicas aprendí la historia, la literatura y la cultura de Inglaterra a expensas de mi propia historia, pero con el tiempo fui capaz de familiarizarme también con esta última.

Hay otras formas en que la cultura europea ya no está confinada a una supuesta comunidad homogénea de ciudadanos. Por primera vez en la historia, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, los países escandinavos y otros de la Comunidad Europea están llenos de asiáticos y africanos, que ahora viven en estos países como inmigrantes. A pesar de sus diferentes culturas, lenguas, tradiciones, estos nuevos europeos tienen un interés en la cultura europea a la que ya han comenzado a contribuir. Considérese, por ejemplo, a los escritores en lengua inglesa o francesa que son originarios de la India, el Caribe, África del Norte; sus obras pertenecen a dos mundos, pero en su mayor parte han in­gresado en la corriente central de la cultura europea, donde gozan de una alta estima. Rushdie, Anita Desai, Ben Jelloun, Aimé Césaire, Wilson Harris, Asia Djebbar son sólo unas pocas figuras que nos vienen rápido a la memoria. Una amalgama similar de lo europeo y lo no europeo se encuentra en la literatura de América Latina, que enlaza las culturas peninsular y americana en una síntesis vigorosa. Creo que sería un malentendido grotesco del desarrollo cultural excluir esta nueva rama de la cultura europea/no europea por razones raciales o étnicas. Todas las culturas son híbridas; ninguna es pura; ninguna es idéntica a un pueblo racialmente puro; ninguna conforma un tejido homogéneo. Más aún, todas las culturas incluyen en su constitución una parte significativa de invención y fantasía —mitos, si se prefiere— que participa de la formación y la renovación de las diversas imágenes que una cultura tiene de sí misma. Gracias a los esfuerzos de historiadores como Hobsbawm y Ranger (La invención de la tradición)13 y Martin Bernal (en Atenea negra)14 ahora sabemos que las tradiciones pueden ser (y de hecho a menudo son) inventadas, y que en el caso de imágenes duraderas del pasado cultural (como la de la Grecia clásica), están acompañadas de un componente importante de manipulación, invención, limpieza, purgación y falsificación deliberada y retrospectiva.

Una de las teorías menos edificantes y más maliciosas de los últimos tiempos es la conocida corno el choque de civilizaciones (the clash of civilizations). En principio propagada por un profesor estadounidense de ciencias políticas como un modo de continuar con la Guerra Fría en diversos frentes, el concepto de choque de civilizaciones provocó una gran discusión sobre el mantenimiento de las culturas por separado, para defender la civilización occidental, protegerla de las amenazas del islam y el confucianismo. No hace falta recordar que todas las culturas tienen en su seno un potencial de belicosidad y agresividad ilimitado, especialmente cuando este potencial se dirige contra "demonios" extranjeros que parecen amenazar "nuestro" equilibrio interno. Un famoso poema de Constantinos Kavafis representa este mecanismo particular con asombrosa claridad; titulado "Esperando a los bárbaros", el poema narra el proceso en que algunos romanos decadentes se preparan pa­ra la llegada de los bárbaros. Dejando de lado su comportamiento tradicional, inventan nuevos modelos de vida como una forma de enfrentarse a este nuevo pueblo extraño. Pero en el medio del poema se descubre que los bár­baros no vendrán después de todo:
–¿Y por qué, súbitamente, esta inquietud y turbación?
¡Cuán graves se han vuelto los rostros!

¿Por qué las calles y las plazas se vacían de pronto

y por qué vuelven todos a casa con aire sombrío?
–Es que ha caído la noche y no llegan los bárbaros.

Gente llegada de la frontera

lo afirma: ya no existen los bárbaros.
Y ahora, ¿qué destino será el nuestro, sin bárbaros?

Esa gente era al menos una solución.15
Los enemigos externos –los bárbaros– ofrecen una solución fácil al estanca­miento, a la ausencia de creatividad, a la intuición de que es más fácil excluir y defenderse que innovar y crear nuevas formas de pensar. Así se fabrica un discurso sobre la maldad de los "enemigos" y se emplea una gran cantidad de tiempo en atacarlos y practicar la autoexaltación. Las culturas son por fuerza nacionalistas; en una frase muy famosa, el poeta y crítico inglés decimonónico Matthew Arnold dijo que la cultura era lo mejor del conocimiento y el pensamiento, implicando sin duda que "lo mejor" era europeo, blanco y oc­cidental. Pero, como dije antes, conocemos con demasiada precisión los fines con que fue utilizada la cultura europea como para mantener una imagen de ella propia de una militancia inocente y muy poco informada.

La cultura es siempre histórica, y siempre está anclada en un lugar, un tiempo y una sociedad determinados. La cultura siempre implica la concurrencia de diferentes definiciones, estilos, cosmovisiones e intereses en pugna. Además, las culturas pueden volverse oficiales y ortodoxas —como en los dogmas de sacerdotes, burócratas y autoridades seculares— o pueden tender hacia lo heterodoxo, lo no oficial y lo libertario. En ambos casos, sin embargo, lo interesante de una cultura es su relación con otras culturas y no sólo su inte­rés en ella y su grandeza. Para aquellos de nosotros que por nuestro origen vivimos en más de una cultura, la cultura europea presenta dos caras: una acuñada por la herencia colonial a la que ya me referí, y otra (más interesante) que está abierta a su propia historia de relaciones con otras culturas, abierta al diálogo y al intercambio. Ambos aspectos dejan en claro cuán compleja es la historia de Europa. Una de las más penosas corrientes de las dos pasadas décadas en los Estados Unidos es la forma en que la cultura oficial es considerada como una especie de fenómeno elevado, purificado y libre de cualquier conexión con la historia y la realidad, hecha para servir a fines patrióticos y terapéuticos que son considerados "indiscutibles". Al menos dos exhibiciones del Instituto Smithsoniano tuvieron que ser recientemente canceladas o modificadas sustancialmente, ya que lo que presentaban era conside­rado ofensivo para varios grupos. Hace cuatro años, miembros del Congreso atacaron —sin haberla visto— una exhibición, brillantemente organizada, sobre las imágenes idealizadas del oeste estadounidense, que aparecían yuxtapuestas con las descripciones de actos sórdidos de pillaje y conquista. ¿Por qué? Por que impugnaba el mito patriótico del origen estadounidense. Así como este tipo de disputa da testimonio del poder movilizador de las imágenes culturales, la idea de bloquear o intentar difamar presentaciones porque exhiben un aspecto complejo, no siempre lisonjero, de la cultura nacional (o de un ámbito particular de ella), despierta la sospecha de que se pretende equiparar la cultura con la propaganda.

Como los Estados Unidos, Europa contiene muchas culturas, muchas de ellas comparten características que son demasiado obvias para repetirlas aquí. Por supuesto, toda política cultural europea que merezca este nombre debe, ante todo, educar e informar a los ciudadanos y no inculcar actitudes de patriotismo acrílicas, ciega admiración o un sentimiento de distancia alienante hacia la cultura. Pero tal política cultural también debe ser racional, o sea, debe subrayar las relaciones culturales que producen o hacen posible una actitud de participación e interacción de miembros de lo que hoy es una sociedad ex­traordinariamente variada. De ningún modo estoy proponiendo que las presentaciones culturales deban ser didácticas, tendenciosas o ideológicas hasta el fastidio. Ni sugiero que no haya lugar para numerosas oportunidades de admirar la obra de un único pintor, o escuchar las óperas de Mozart, sin hacer comentarios instructivos.

Es demasiado evidente que no soy un comisario de cultura. Estoy hablando aquí del contexto en que se elabora, presenta, apoya y –lo más importante– se recibe la cultura europea. Cuanto más estrechas y más restringidas las definiciones y los marcos, menos interesante el resultado. "Todo documento de civilización", dijo Walter Benjamin, "es también un documento de barbarie". Se puede aprender mucho si se conserva en mente este aforismo, que evidentemente tiene mucho más que ver con el entendimiento humano que con la arrogancia. La única vía de la cultura para no cargar con su complejo pasado y con los clichés infantiles de la candorosa redención y el patriotismo que a menudo la envuelven consiste en enfrentar el pasado y su presencia en el presente con toda su complejidad y seguir construyendo con audacia, inteligencia e innovación.

Creo que lo que la cultura europea puede ofrecernos hacia el fin del siglo XX es una ocasión para diferentes tipos de reconocimientos (recognitions), en todos los diversos sentidos presentes de esa palabra tan polisémica.16 Reconocer la verdad histórica de la propia experiencia; reconocer la verdad de otras culturas y experiencias; reconocer la grandeza y la manipulación de que la cultura es capaz; reconocer que la cultura no es una serie de monumentos, sino una incesante confrontación con procesos estéticos e intelectuales; por último, reconocer en la cultura el potencial para imágenes audaces y declaraciones osadas. Todo lo demás es menos interesante.



1 Traducción del inglés de Román Setton.

2 'Trad. esp.: Buenos Aires, Nova, 1962.

3 Trad. esp.: Barcelona, Península, 1999.

4 Trad. esp.: Barcelona, Paidós Ibérica, 1996.

5 "El siglo de Luis XIV era helenista, nosotros somos orientalistas". [N. de T.]

6 Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Buenos Aires y Madrid, Alianza, 1992, pp. 22-23.

7 Palabra de origen árabe que se utiliza para designar a las personas prominentes o pudientes. [N. de T.]

8 Región en el noroeste de la India. [N. de T.]

9 Francés de Argelia. [N. de T.]

10 Trad. Esp.: México, Fondo de Cultura Económica, 1965.

11 La era del imperio, Buenos Aires, Crítica, 1998, p. 71.

12 Mezcla de francés e inglés. [N. de T.]

13 Trad. esp.: Barcelona, Crítica, 2002.

14Trad. esp.: Barcelona, Crítica, 1999.

15 Constantinos Kavafis, Esperando a los bárbaros y otros poemas, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988.

16 Las múltiples acepciones de la palabra inglesa coinciden con las del término en español. [N. de T.]
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