Said, Edward W. Cultura, identidad e historia, pp. 37-53






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gentleman enviándole dinero desde Australia; cuando Magwitch regresa a Inglaterra de manera ilegal, su presencia es utilizada por Dickens para minar las inseguras "grandes esperanzas" de Pip.

La novela es de importancia central para el imperio o, mejor dicho, para la cultura imperial y la identidad nacional europea. La primera novela inglesa es Robinson Crusoe, la historia de un individuo de la clase media inglesa que naufraga y llega a una isla desierta y, con el paso del tiempo, convierte toda la isla en su dominio y la transforma para su uso. La narración no sólo registra sus acciones, también le permite asumir la identidad construida de alguien que deviene lo que él ya es a gran distancia del hogar. De hecho, la novela de Crusoe relaciona directamente su existencia con la actividad de dominar un ambiente inhóspito, nativos potencialmente peligrosos y sentimientos de abandono y desesperación. En la década de 1840, la novela se convirtió en la principal forma cultural de Inglaterra, donde un público masivo devoraba las obras inmensamente populares de Dickens, Thackeray, etc., y encontraba en ellas no sólo entretenimiento e instrucción, sino también una consolidación sutil de la estructura dominante de sentimientos, actitudes y referencias. En relación con el mapa geográfico mundial, esta estructura colocó a Inglaterra en el centro del mundo: la metrópoli con distritos lejanos. La metrópoli se relacionaba con éstos por una relación de servicio y utilidad (de acuerdo con los principios del libre comercio) y con los habitantes nativos, a través del dominio y la autoridad. La forma de la novela confirmó y reforzó las estructuras de propiedad y matrimonio que daban su identidad a la sociedad. Así, el sentimiento de ser inglés incluía todo un conjunto de expectativas respecto de los hombres de piel negra, amarilla y marrón, así como la confianza en el derecho británico de controlar lugares muy distantes; éstas eran plasmadas en la narración junto con las ideas de propiedad y matrimonio: en Mansfield Park, la heroína, Fanny Price, recibe como herencia las propiedades de Inglaterra y el Caribe (la plantación de azúcar).

El imperio británico fue el más extenso y el más sistemático en el siglo XIX y, consecuentemente, la clase de actitudes imperiales a las que ya me referí se encuentran por todas partes en el complejo tejido cultural. Ruskin, por ejemplo, comienza sus lecciones de arte en Oxford en el año 1870 con una sonora exhortación a sus oyentes a reproducirse más y crear más colonias en todo el mundo; de este modo, dice, se extenderá por todas partes el valor británico originario, "una raza todavía no degenerada, compuesta de la mejor sangre nórdica [...] una fuente de luz para el mundo todo, [...] ahora reza nuestro lema 'domina o muere'". Las convicciones de Ruskin de que el norte está más desarrollado y por tanto merece gobernar son en esencia también las de Hegel y Marx, así como las de Carlyle y Tennyson. No se trata aquí de acusar retrospectivamente a numerosos pensadores brillantes de la derecha, la izquierda y el centro del espectro político; pretendo, en cambio, mostrar la unanimidad del punto de vista y subrayar que la mayoría de los estudios de la cultura eu­ropea dejan de lado estas cuestiones, o simplemente las ignoran, como si fue­ran incidentales o falsas. Por supuesto, no son lo uno ni lo otro. De hecho, uno podría decir sin exagerar que la estructura imperial de actitudes y referencias, mediante la que los europeos y los nativos pudieron conocer y aceptar sus lugares en la jerarquía de valores y poder, era esencial para las principales corrien­tes de la cultura de la época. El hecho de que esto no haya sido reconocido como corresponde es un indicador de cuán rezagada ha permanecido la historia y el análisis de la cultura respecto de la descolonización política.

La situación francesa es diferente, aunque no menos llamativa por su una­nimidad y difusión. Como he dicho anteriormente, la campaña de Napoleón en Egipto incluía en su nómina todo un equipo de científicos, arqueólogos, lingüistas, cuya tarea era conquistar Egipto para Francia. El resultado de sus esfuerzos fue La Déscription de I'Egypte, una vasta obra en cuatro volúmenes que por vez primera puso a Egipto ante el público como parte de la vida cultural europea. Pero la cultura imperial francesa estaba muy centralizada en la persona del emperador y las nuevas instituciones científicas y culturales que creó en París. Se diferenciaba de la cultura imperial británica, ya que durante las primeras décadas del siglo XIX –al menos hasta la década de 1840–, sólo interesaba a un segmento relativamente pequeño de la población; este seg­mento incluía obviamente a los militares y a algunos grupos de científicos, traficantes de armas, misioneros y empresarios. En Inglaterra, por el contra­rio, el interés por el imperio estaba muy extendido dentro de la población; una parte importante de ella, que sacaba partido del comercio y participaba del Ejército y la Marina, fue enviada al exterior para hacer proselitismo y poblar las colonias. Pero luego de la primera ola de pacificación militar en África del Norte, aumentó en Francia de modo significativo el interés en el imperio, y esto se reflejó de modo inmediato en la pintura, los viajes, la ciencia, las grandes exhibiciones mundiales realizadas en París. Las carreras de Flaubert y Maupassant, por ejemplo, son hasta cierto punto incomprensibles sin el imperio. La mayor obra de Berlioz, Las Troyens, aunque es una ópera basada en los libros I, II, y III de la Eneida de Virgilio, es también un drama sobre el imperialismo (con referencias a la Francia contemporánea), encarnada en el peregrinaje de Eneas de Troya hacia Roma a través de Cartago. El hecho de que la segunda mitad de la ópera esté situada en África del Norte no es en modo alguno una coincidencia: cuando Berlioz escribía –en los últimos años de la década de 1850 y los primeros de la de 1860–, Francia había consolidado su dominio sobre Argelia y Marruecos.

A fines del siglo XIX, y con la mayor parte del mundo imbuido del espíritu imperial que irradia desde el Atlántico Norte, hay una visible insistencia, no sólo en lo cultural, sino también en campos científicos (geografía colonial, geología, antropología, historia comparativa), sobre la fatalidad de la continuidad del imperio, un componente central de la identidad cultural. Por eso se volvió casi un cliché que la dominación colonial habría de continuar mientras -en palabras de J. A. Hobson, un temprano crítico europeo del imperialismo– los súbditos de razas inferiores permanecieran tal como eran, inferiores y subdesarrollados. Había sólo un árbitro que decidía qué era el desarrollo, y si el juez era reaccionario o progresista, mientras fuera europeo, su perspectiva permanecía invariable. El imperio debía continuar.

En el contexto francés había una ceguera similar, aunque tal vez más problemática, ya que hoy en día, los respectivos autores poseen en general una valoración más elevada que, por ejemplo, Kipling o T E. Lawrence. André Malraux, por ejemplo, equipara el heroísmo nietzscheano (modelado en el Kurtz de Conrad) de su héroe Perken en La vía real con la invasión de Indochina, una posesión francesa. Gide utiliza el África del Norte francesa, muy conveniente para el nuevo despertar del sensualismo europeo, como el trasfondo del proceso de autoconocimiento, tanto suyo como de su héroe. En El inmoralista, Michel abandona el sentimiento europeo de responsabilidad por su cuantioso patrimonio, y elige los desiertos de Túnez y Argelia, donde supone que los árabes viven permanencia ni memoria en un estado de refinada promiscuidad sexual. Pero el ejemplo más interesante es también el más problemático: Albert Camus. Perteneciente a una segunda generación de pied-noir,9 fue un artista de gran talento, cuyas narraciones tempranas sobre la miseria en Argelia le habían otorgado el lugar de un escritor con conciencia y principios. Sin embargo, su más famo­sa parábola, El extranjero, se ocupa del asesinato de un árabe sin nombre, ni pa­dres ni identidad reconocible. El drama sólo atañe a Meursault, un héroe europeo existencialista para el que Argelia y los musulmanes son nada más el trasfondo de sus preocupaciones –más elevadas y urgentes– sobre la libertad, la autoridad y la voluntad. En su narrativa, desde La peste hasta El exilio y el reino, Camus utiliza Argelia como trasfondo inerte, cuya posesión hay que defender cuando, luego de la revolución de 1954, la presencia europea se encuentra profundamente amenazada.

La tragedia de Camus es que no puede verse a sí mismo ni ver la masiva presencia francesa en Argelia como la culminación de más de un siglo de conquista colonial. En lugar de esto, niega con terquedad la prioridad del reclamo árabe y cuando autores metropolitanos como Sartre y Jeanson toman partido abiertamente por el Frente de Liberación Nacional, Camus se opone al reclamo árabe en Argelia y afirma de modo categórico que no es más importante que el de muchas otras razas, incluyendo la francesa, que se han asentado allí. Sin embargo, en virtud de cierta extraña ironía, Camus es leído aún en nuestros días como un escritor francés que examina de modo mi­nucioso las difíciles coyunturas de la ocupación alemana de Francia, por más que su obra está situada de modo explícito en Argelia, donde los árabes son quienes sufren y mueren la mayoría de las veces.

El edificio cultural del imperialismo, por lo tanto, se levanta sobre la noción de superioridad occidental, tal como fue formulada con gran lucidez por tules Harmand en su obra Domination et colonisation (1910):

Es necesario, entonces, aceptar como principio y punto de partida el hecho de que hay una jerarquía de razas y civilizaciones, y que nosotros pertenecemos a la raza y civilización superior, y que si bien la superioridad confiere derechos, también impone obligaciones estrictas como contrapartida. La legitimación básica de la conquista de los pueblos nativos es la convicción de nuestra superioridad, no sólo nuestra superioridad técnica, económica y militar, también nuestra superioridad moral. Nuestra dignidad descansa sobre esta cualidad que constituye los cimientos de nuestro derecho a dirigir al resto de la humanidad. El poder material no es nada sino un medio para este fin.

Harmand basa su grandiosa afirmación en la distinción ontológica fundamental que separa a Occidente del resto del mundo. Difícilmente alguien antes de la descolonización –y no muchos después de ella– haya puesto en duda esta distinción. Más aun, con el auge de la etnografía y como han demostra­do la lingüística, la teoría racial y la clasificación histórica seudocientífica de los pueblos a la manera de Spengler o LeBon, las diferencias entre los pueblos están codificadas en diversas jerarquías y esquemas científicos en que categorías como lo primitivo, lo salvaje y lo degenerado, lo natural y lo antinatural tienen asignadas funciones específicas. El surgimiento de códigos universales en campos como la geografía y la historia está basado en una correspondencia entre la autoridad que los universaliza y el poder colonial, por un lado, y en la subordinación de los colonizados a este último, por el otro. Debemos recordar que la mayoría de las obras estándar sobre África, Oriente; Australia y el Caribe fueron escritas pensando en lectores europeos; rara vez estas obras esperan encontrar lectores no occidentales, y mucho menos críticas no europeas como las de Aimé Césaire en el siglo XX, en su Discours sur le colonialisme, o de Frantz Fanon, en Los condenados de la tierra,10 obras cuya pretensión principal es introducir una voz nativa dentro del texto científico o erudito, y refutar –o anular– de este modo la perspectiva dominadora de esos textos, sus pretensiones y duplicidad. Y, finalmente, debemos tener en cuenta que el conocimiento del mundo no europeo –narrado en la ficción, teorizado en la mayoría de las ciencias sociales, codificado en prácticas activas de hegemonía tales como la mission civilisatrice, el concepto de gobierno directo de Richard Lugar, la idea estadounidense de destino manifiesto– no era un aspecto marginal o arcano de la cultura metropolitana; participaba de modo activo en vastas áreas de la vida: el entretenimiento popular, la pedagogía, el espectáculo musical, la publicidad, además de toda la estructura de conocimiento sobre el propio yo y sobre el otro, ubicadas en el centro mismo de la identidad nacional. De hecho, vale la pena remarcar aquí que incluso la noción de identidad nacional se encuentra involucrada de un modo peculiar en las prácticas de dominio de ultramar. Esto es tan cierto para Europa como para los Estados Unidos a partir de fines del siglo XIX; en cada caso, la jerga de la identidad nacional se basa en la inferioridad de otros, ya sean considerados inferiores o competidores. La ironía es que, aunque un imperio imitara a los otros, siempre había una insistencia en la excepcionalidad particular de, digamos, el imperialismo británico, en oposición al francés; pero las más sonoras protestas fueron las de los estadounidenses, que siempre afirmaron que ellos no eran como los ingleses.

Puede medirse cuán eficientes eran estos esquemas imperiales si se observa cómo transformaron los lugares afectados. Vastas parcelas de tierra en América y Australia estaban sujetas a lo que Alfred Crosby ha denominado imperialismo ecológico, una actividad no restringida a los imperios modernos, sino practicada también por los imperios precedentes. Los sistemas antiguos de agricultura eran dejados de lado con el objeto de que otros más modernos pudieran explotar la tierra de un modo más eficiente. Se introdujeron nuevas plantas y animales, a menudo también como una forma de convertir el territorio extraño en algo que se asemejara a lo que se había dejado atrás en el hogar. La nueva parcelación y la acción de volver a nombrar la tierra junto a la búsqueda de riquezas naturales iban a menudo acompañadas del exterminio de los pueblos nativos y, en los casos de Irlanda y Argelia, también de la "europeización" de la lengua. Hacia mediados de la década de 1950, en Argelia, el idioma árabe fue prohibido por los franceses, que ya habían incorporado Argelia como un departamento de la madre patria. Un excelente índice de cuánta violencia suponía esta forma de colonización y de cuán profundas fueron sus consecuencias en Argelia puede encontrarse en el libro de David Prochaska Making Argelia French. Donde la colonia fue administrada pero no colonizada (por ejemplo, en la India), los ingleses transformaron por completo el antiguo sistema de renta tributaria; se aplicaron principios utilitarios y racionales para, por ejemplo, la nueva demarcación de distritos en Bengala, que no tenía absolutamente nada que ver con las tradicionales formas locales de explotación del suelo. Poco después, la idea de que los hindúes debían ser educados en inglés (con la perspectiva de pacificarlos y gobernarlos con mayor facilidad) fue promovida por lord Macaulay, que despreciaba toda la literatura oriental, la cual, según decía, no tenía ni el valor de las peores antologías de los clásicos europeos que se pueden encontrar en la biblioteca de un chico inglés en edad escolar. La parte menos benigna de esta aparición temprana de lo que hoy llamamos modernización fue aquella que también ejerció la denigración y la humillación consecuente de las culturas nativas y las lenguas de la India, algo que sería inculcado en las generaciones de jóvenes hindúes.

En este contexto emergen prácticas científicas como el orientalismo, que se abrió camino en todos los niveles de la cultura: la cultura de masas y la de elite; y, por supuesto, dio al mundo muchas cosas nuevas en el camino del conocimiento y el arte, pero también expresó y encarnó el poder colonizador de moldear –a partir de su perspectiva– la historia, la geografía, la lengua, la cultura e, incluso, la ontología del nativo.

Sin embargo, podemos seguir disfrutando y admirando, interpretando y volviendo a llevar a escena obras maestras artísticas basadas en estas ideas y na­cidas de ellas, así como las obras de Wagner que, como ha mostrado Mark Weiner en su libro
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