Sinopsis : Esta fábula mediaval eneseña que, en las relaciones humanas, hay que entrar con pie derecho: la primera impresión es la que cuenta.






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El conde Lucanor, o Libro de Patronio, Ejemplo XXXV, Don Juan Manuel
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Contenido
Obra: El conde Lucanor: Ejemplo XXXV, “De lo que aconteció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava (1335), El infante don Juan Manuel (1282-1348) (España)

Tema: La construcción del género, las relaciones interpersonales y la creación literaria

Género: Narrativo

Época: El Medioevo

Sinopsis: Esta fábula mediaval eneseña que, en las relaciones humanas, hay que entrar con pie derecho: la primera impresión es la que cuenta. La moraleja de su autor es, “Si al comienzo no muestras quién eres, nunca podrás después cuando quisieres”. El Viejo consejero Patronio le refiere al Conde esta historia de un mozo que se quería casar con una mujer cuyo mal genio era temido por todos. El joven encuentra la manera de hacerse conocer en la noche de bodas, a fin de forjar un matrimonio provechoso y feliz. El carácter fuerte de los dos novios los hará tal para cual.
Se considera que el género novelesco nace, no sólo en España, sino en toda Europa, con El conde Lucanor , también conocido como Libro de Patronio (1335). El infante don Juan Manuel (1282–1348) fue sobrino del ilustre rey de Castilla Alfonso X el Sabio, que durante su reinado emprendió una obra monumental de sistematización del saber jurídico, histórico y lingüístico castellano. Ambicioso, don Juan Manuel vivió una vida de maniobras políticas. Figuró en disputas por el trono de Castilla después de la muerte de su tío. Combatió y venció a los moros de Málaga, pero no vaciló en formar alianzas con los moros de Granada para mejorar su posición política. En medio de todo, creó una abundante obra literaria que le confirmó indiscutiblemente como el mejor prosista de su tiempo.

El conde Lucanor es una colección de cuentos ligados por la continuidad de sus dos protagonistas. Móvil de cada cuento es una duda que el joven e inexperto conde le presenta a su viejo maestro y consejero Patronio. Éste le enseña la adecuada solución, refiriéndole un «ejemplo», término utilizado desde la Antigüedad para significar una historia insertada a manera de testimonio. Don Juan Manuel extrajo de las tradiciones orientales—árabes, y anteriores a éstas, las de Persia y de la India—muchos cuentos de El conde Lucanor , libro que escribió en su fortaleza sobre la Hoz de Alarcón. El Ejemplo XXXV pide comparación con la comedia de William Shakespeare La fierecilla domada.
Antes de leer
El infante don Juan Manuel es el creador de la prosa en español más elogiada de su siglo y un noble de abolengo ilustrísimo. Es sobrino del gran rey reformador Alfonso X el Sabio, quien asienta la base de la literatura en castellano en colaboración con intelectuales judíos, árabes y latinistas de la afamada Escuela de Traductores de Toledo. Es también primo del que sigue a Alfonso X en el trono de Castilla y León, Sancho IV el Bravo. Éste se encarga de la tutoría de don Juan Manuel, quien, de pocos meses de edad, queda huérfano de padre. El futuro autor de El conde Lucanor se forma en latín, historia, derecho y teología, pero, al igual que su tío, se dedica a escribir en castellano. Esmerado estilista, escribe poesía, historia, obras didácticas e incluso un libro sobre la caza.

El conde Lucanor, o Libro de Patronio, cuyo acabado manuscrito se perdió en un incendio, es considerado la primera obra maestra de ficción en lengua castellana. Resultó ser una rica fuente de ideas, tramas y personajes para futuros autores de toda Europa. Entre otros, el «Ejemplo XXXII», de los burladores del paño, inspiró el cuento de Hans Christian Andersen «Los vestidos nuevos del emperador», y también sirvió a Cervantes para su entremés «El retablo de las maravillas».

Cada uno de sus cincuenta ejemplos se abre con un diálogo entre Lucanor y su viejo consejero, a quien se acerca el joven conde con un caso de la vida real, o caso moral, que requiere resolución. Patronio ofrece un consejo por medio de un ejemplo, o cuento moralizador, cuyo contenido es parecido a la situación del caso. Al terminar Patronio su relato, el conde concuerda siempre en que presenta un buen consejo; y el último paso es que el mismo don Juan Manuel, convertido en personaje, hace acto de presencia para aprobar, a su vez, el consejo y cerrar la narración con un dístico breve y entretenido que resume la enseñanza.

Mientras que pudiera ser tentador pensar en el joven conde—por su sangre noble—como representación del autor, hay críticos que ven un desdoblamiento no solamente del conde y Patronio, que tanto se dependen entre sí, sino también de don Juan Manuel, por características que comparte el autor con sus dos personajes. Pocos autores de su época dejaron tan bien documentadas su vida pública y su interioridad.

El lector de El conde Lucanor notará diferencias léxicas y sintácticas entre el español medieval y el español de hoy. Pero es importante reconocer también las similitudes, indicios del abolengo de nuestro idioma y de su estabilidad. Por ejemplo, el uso de la segunda persona singular «vos», como se ve en la frase «vos tenéis» del «Ejemplo XXXV», tiene

arraigada presencia, con variantes, en muchos países latinoamericanos hoy: en la Argentina, en Costa Rica, en el Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Bolivia, Nicaragua, el Paraguay y el Uruguay, y hasta en partes de Chile, Venezuela y el sur de México.

Un ejemplo de este «voseo» se puede ver en «El hombre que se convirtió en perro», del dramaturgo argentino Osvaldo Dragún, en las Págs. 73 y SS., de Abriendo puertas, Tomo III.

Vocablos vistos en el «Ejemplo XXXV» que se pudieran tomar por anticuados no lo son: en la noche de la boda, las familias de los novios les «adoban de cenar»—les preparan la cena—; pero vale notar que la palabra «adobar» sigue viva en nuestros tiempos en el «adobo», caldo o salsa con que se hacen ricas preparaciones de la cocina hispánica. Se oye todavía en nuestro siglo la palabra «paso» por «despacio», como en «Caminaba paso»; o por «en voz baja», como en «Habla paso, por favor».

Como se ve también en textos tan separados en el tiempo como El burlador de Sevilla y convidado de piedra (siglo XVII) y San Manuel Bueno, mártir (siglo XX), el pronombre de la forma reflexiva, o el del complemento directo o indirecto, frecuentemente se coloca después del verbo conjugado y adjunto al mismo: por ejemplo, «díjole» en vez de «le dijo». Nótese, por último, el uso frecuente de la conjugación del imperfecto del subjuntivo en «-se»: «fuese» en vez de «fuera», o «cumpliese» en vez de «cumpliera». Estas formas en «-se», hoy menos frecuentes en Latinoamérica, siguen oyéndose comúnmente en la España del siglo XXI.
Después de leer
Al comparar los ejemplos de El conde Lucanor con la literatura española que los antecedió, se aprecia un notable desarrollo en la lengua castellana. Don Juan Manuel se empeña en lograr un estilo pulido, claro y conciso, para hacer gratas sus enseñanzas. El afán de concisión se nota en la brevedad de los ejemplos; algunos son de apenas una página.

El autor mismo declara, en el «Prólogo» de su colección, su «entención» de usar «palabras falagueras et apuestas», a fin de que los que lean sus ejemplos tomen «placer de las cosas provechosas que ý fallaren». De ahí que los cuentos de El conde Lucanor sean claramente didácticos a la vez que entretenidos. Los aviva el deseo de don Juan Manuel de orientar la conducta de sus lectores por medio de la diversión. La pauta que lo guía es «docere delectando», frase latina que significa «enseñar deleitando».

Se ha visto que cada uno de los ejemplos de El conde Lucanor termina con una sentencia, o dístico, la gran mayoría en forma de pareados—estrofas de dos versos—que riman en consonante. Este tipo de enseñanza moral es bastante común en la literatura medieval castellana, pero don Juan Manuel nos informa del propósito suyo al componerlos: «que los omnes fiziessen en este mundo tales obras que les fuesen aprovechosas de las onras et de las faziendas et de sus estados, et fuesen más allegados a la carrera porque pudiesen salvar las almas». Estos tres conceptos—honra, hacienda y estado—son claves para entender las enseñanzas de El conde Lucanor, dirigidas siempre a su público, los hijos de la clase noble castellana.

Por eso, al leer el relato «De lo que aconteció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava», es de primordial importancia que el lector haga caso del dístico que resume el propósito de su autor al ponerlo como ejemplo. Ofrece una verdad sencilla: «Si al comienzo no muestras quién eres,/nunca podrás después cuando quisieres».

Ante los detalles sangrientos del cuento, es fácil olvidar otros detalles importantes: uno es la costumbre, con respecto a los matrimonios arreglados, de casar a los novios sin que éstos se conozcan antes de la boda. El mancebo moro conoce a su futura esposa por la fama que tiene: es notoria por ser «aquel diablo», y «de malas y revesadas» maneras. Si la novia conoce a su futuro esposo, sólo puede ser por la fama que tiene en la comarca de ser «el mejor mancebo que podía ser».

La parte de la trama más impactante se desenvuelve en la noche de bodas, el momento en que, en todo sentido, el conocimiento mutuo de los dos jóvenes comienza.

Conviene saber que aunque bien es cierto que la literatura medieval se caracteriza por presentar una imagen negativa de las mujeres—como esposas infieles, aficionadas al lujo y a la moda, alcahuetas, chismosas y más—, interesa también fijarse en las palabras finales de Patronio. Al resumir las razones por las que ha usado este relato como base de su solución del caso, el consejero insiste que el conde lleve el consejo a su ahijado solamente «si fuere él tal como aquel mancebo» y «que con todos los hombres que algo habéis a hacer, que siempre les deis a entender en cuál manera han de pasar convusco».

Es decir que la enseñanza no se dirige a la forma más aconsejable de tratar a una mujer, sino al modo en que los hombres—aquí, entiéndase «los seres humanos»—debemos acercarnos a toda nueva relación social o política haciendo saber al otro desde el comienzo que no nos dejaremos dominar.

Para aclarar más el concepto de Patronio al decir «todos los hombres», convendrá recordar que la forma del masculino plural para referirse a grupos de personas—en los sustantivos, adjetivos, etc.—tenía, hasta las últimas décadas del siglo XX, una acepción incluyente. Abarcaba a toda la humanidad, sin excluir a ninguno ni a ninguna. El término «todos los hombres», hace poco, no transmitía el sentido del que va cargado hoy, cada vez más alejado de su tradicional inclusión de la mujer y el hombre por igual.

Conviene saber que las raíces árabes y orientales de muchos de los ejemplos de don Juan Manuel parecen indicar que proceden de fuentes orales. Su técnica narrativa tiende a corroborar esto: la trama construida en gradaciones—tres animales, perro, gato y caballo, muertos uno tras otro con niveles de violencia cada vez más impresionantes—; las repeticiones de acciones y reacciones del novio; sus progresivos mandatos; y la gracia culminante: el rechazo que el suegro recibe de su mujer al matar él la gallina: «…tarde os acordasteis…que ya bien nos conocemos».

Según Alan Deyermond, la característica más importante de la obra de don Juan Manuel no es la autoridad de sus fuentes sino la experiencia de su autor en la vida. Se ha dicho que quien se deja molestar por los detalles hiperbólicos de la doma de la mujer brava en el «Ejemplo XXXV», seguramente se sentirá molesto por la condición humana misma.

Conviene saber que por lo menos un crítico ha escrito sobre lo que él ve como la imposibilidad de que William Shakespeare se haya inspirado en el ejemplo de don Juan Manuel para su comedia La fierecilla domada. Aunque El conde Lucanor, o Libro de Patronio se terminó de escribir en 1335, no llegó a imprimirse hasta 1575, en la ciudad de Sevilla. El año más temprano de que se tiene noticia de una puesta en tablas de La fierecilla domada es 1592, en

Londres. Para los críticos hoy, faltan pruebas para afirmar que el relato de Patronio fue la fuente directa de Shakespeare al componer su comedia, pero también reconocen que todos los elementos del «Ejemplo XXXV» se reflejan en ella: la doma de una mujer fuerte y brava; un proceso planificado de antemano para dominar su mal carácter mediante actos que no llegan a agredirla físicamente; y tal vez el más importante: la trama hiperbólica que lleva a la conclusión de que es una farsa burlesca, uno de cuyos propósitos es hacer reír. Se piensa ahora que el argumento básico del hombre que doma a una mujer indómita es universal, y que las dos obras nacieron de tradiciones comunes.

Conviene saber que, entre las muchas intrigas políticas en que toma parte en su vida don Juan Manuel, se cuenta su empeño para arreglar un matrimonio entre su hija Constancia y el rey Alfonso XI. A don Juan Manuel le falló el plan hasta tal punto que el rey encarcela a Constancia y se casa con la hija del rey de Portugal. Se ensaña por esto don Juan Manuel, y, aliándose con los moros, libra contra Alfonso XI una guerra que dura cinco años. Los dos no resuelven sus diferencias hasta que el Papa los reconcilia. Este Alfonso XI es la figura de la que, tres siglos más tarde, se aprovecha Tirso de Molina para crear el personaje del Rey de Castilla en la comedia El burlador de Sevilla y convidado de piedra.
Reflexiones
El conde Lucanor tiene un ahijado que le pide un consejo: se va a casar, pero todos le dicen que la mujer en que se ha fijado es «la más fuerte y más brava cosa del mundo». Como resultado, el conde va en busca de un buen consejo a su tutor Patronio, hombre mayor a quien el conde estima mucho. Para aconsejar al conde, Patronio le relata un ejemplo, a modo de enseñanza. Igual que el ahijado del conde, el mancebo moro del relato de Patronio se interesa en «castigar bien su casa», concepto que el autor atribuye a la perspectiva de los padres y las madres y parientes de los novios, y que éstos a todas luces tienen por cualidad muy deseable en un esposo. Para entender esto, no hay que olvidar que la palabra «castigar» tenía en el siglo XIV otro sentido diferente del actual: el de «gobernar». Puesto que las tres mujeres del relato—la futura novia del ahijado, la novia del relato de Patronio, y la esposa del suegro a quien conocemos al fin del relato—tienen tendencia a ser dominantes—véase el texto—, es lícito suponer que cada uno de los tres hombres del ejemplo se interesa en domar a su esposa de mal carácter. El mancebo moro sabe que la mujer con quien se quiere casar tiene fama de ser «diablo» y de maneras «malas y revesadas», y nos damos cuenta que ha forjado un plan para enseñarle quién es él al comienzo de su relación.

Los móviles del conde Lucanor y Patronio se cifran en el deseo de encontrar el consejo más adecuado para un joven—el ahijado del conde—al querer forjar una nueva relación personal, un matrimonio, que se espera sea duradera: ¿cómo, en esa relación, no dejarse dominar por una esposa que es muy fuerte y muy brava? Los móviles del mancebo moro son 1) el deseo de casarse provechosamente, es decir, con la mujer en quien ha puesto los ojos por el dinero que el casamiento le dará y que le permitirá prosperar en la vida; y 2) el de llevar bien su casa, una vez casados los dos. El ahijado del conde también tiene los ojos puestos en una mujer muy rica y «más honrada» que él; los matrimonios, en la Edad Media y el Siglo de Oro, se arreglaban con fines políticos y económicos, con la intención de que resultaran provechosos; de hecho, el autor del «Ejemplo XXXV» se casó tres veces, cada una por conveniencia, y llegó a ser uno de los hombres más ricos y poderosos de su tiempo. El sabio Patronio escoge el relato del mancebo moro por su parecido a la situación del ahijado del conde. Finalmente, el Conde y Patronio existen en un marco narrativo dentro del cual se inserta otro marco que contiene los personajes del ejemplo que relata Patronio.

En la noche de bodas, el mancebo moro entra a su casa con un plan: delante de su nueva esposa, manda a tres animales—seres sin uso de la razón— que hagan lo que les manda: que le traigan agua a las manos. Les pide que sean bien mandados ante un mandato que no comprenden y que no saben cumplir. Porque no cumplen, acaba con ellos, uno por uno, de la manera más violenta. Cuando por fin llega el momento de mandar a su esposa que le traiga agua a las manos, tal como había mandado al perro, al gato y al caballo, ella obedece, por miedo de que la mate como a los animales. Así logra el mancebo dominar a su nueva esposa, domar su carácter bravo, y convertirla en una esposa bien mandada. A la mañana siguiente, los padres, las madres y los parientes de los novios, oyendo de la novia los sucesos de la noche, «apreciaron mucho al mancebo». Habían temido, al llegar a la puerta, encontrarlo a él «muerto o muy maltrecho» a manos de la novia. El padre de la novia toma como buen ejemplo el método de su nuevo yerno, e intenta impresionar del mismo modo a su propia esposa, matando una gallina. Ella le responde que ya es tarde para el matrimonio de ellos, porque ya había pasado el momento oportuno; ya bien se conocían.
La técnica narrativa del «Ejemplo XXXV», tiene sus orígenes orales y también su estructura humorística; se puede discutir el relato como farsa hiperbólica y burlesca. Hacen reír muchos momentos dialogados del relato. De hecho, las citas directas hacen que el texto cobre un vigor que no tienen los diálogos indirectos del principio del relato, es decir, en el intercambio inicial entre el mancebo moro y su padre. El padre de la novia al saber que el hijo del hombre bueno se «atreve» a casar con su hija, se asombra: « —Por Dios, amigo, si yo tal cosa hiciese sería os ya muy falso amigo, ca vos tenéis muy buen hijo, y tendría que hacía muy gran maldad si yo consintiese su mal y su muerte; ca soy cierto que, si con mi hija casase, que o sería muerto o le valdría más la muerte que la vida». La novia domada susurra a sus parientes: «¡Locos! ¡Traidores!…¡Callad! Si no, también vos como yo, todos somos muertos». Hasta el narrador contribuye al humor, después de que el novio mata al perro y va por el gato, que lógicamente no responde a su mandato de traer agua; comenta secamente: «El gato no lo hizo, ca tampoco es su costumbre de dar agua a las manos, como del perro». Teniendo en cuenta que El conde Lucanor se escribió en 1335, época patriarcal, no nos debe extrañar que el mancebo moro quiera buscar gobernar su casa y su mujer, y seguramente las respuestas de los estudiantes responderán emocionadamente a este aspecto del relato. Y en esto no estarán equivocados. Sin embargo, vale echar un segundo vistazo al comentario del narrador, arriba: él atribuye el incumplimiento del perro y del gato a la falta de costumbre. Es posible que suscite una animada discusión en clase el maestro o la maestra que destaque la diferencia entre no cumplir por no ser capaz—como es el caso del perro, del gato y del caballo—, y no cumplir porque, siendo capaz, se rehúsa por malcriado, egocéntrico o de mal genio. Toda sociedad inculca en sus miembros individuales las costumbres o maneras que determina esenciales para el bien de la generalidad. Una pregunta interesante que plantear a los estudiantes sería: ¿por qué cree el novio que es necesario tomar medidas tan extremadas?; ¿qué creen ustedes que hubiera pasado, estando los dos a solas en la noche de bodas si el novio no hubiera ideado y llevado a cabo su plan? Una cosa le consta al lector: más de una vez los familiares de la novia declaran su certidumbre de que la novia sería capaz de matar a su nuevo esposo. Valdrá aportar a esta discusión el hecho de que la fuente más antigua de usos léxicos en castellano, el Tesoro de la lengua (1611), de Covarrubias, comenta la palabra «bravo» y su significado en aquella época más cercana a la de don Juan Manuel que la nuestra. Covarrubias dice que entre otras acepciones vale «que acomete a la gente» y «que mata y hiere y derrueca a los hombres». La novia, recuérdese, se describe como «muy fuerte y muy brava». El lector dispuesto a creer la hipérbole de la matanza de los animales no puede menos de creer esta hipérbole también. Una última nota: el relato «De lo que aconteció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava» es, sin lugar a dudas, el mejor ejemplo de hipérbole que hay en este programa de estudios.

Es una clásica historia enmarcada, o sea, una historia que se encaja dentro de otra historia que la comprende. Los Exemplos de El conde Lucanor tratan una diversidad de temas, pero todos exhiben esta estructura de historia enmarcada. Este hecho constituye la unidad de la obra. En el primer párrafo, el escritor estudiantil notará que ésta no es la primera conversación que se ha llevado a cabo entre el conde

Lucanor y Patronio. Se trata de un diálogo, uno de una serie, tal vez larga, de diálogos semejantes entre el conde, que llega para pedir un consejo, y Patronio, que se lo va a brindar en forma de relato breve que, según el consejero, guarda similitudes decisivas con el caso que le refiere el conde, y que le inquieta.

Los dos se tratan con respeto mutuo y con una familiaridad que parece nacer de una larga relación amistosa, a pesar de que es patente que Patronio se dirige a una persona que es de una clase sociopolítica superior a la suya. Usa con él el título formal «señor conde»; en cambio, el conde llama a su consejero simplemente por su primer nombre. En este detalle se destaca el alto rango sociopolítico del conde. El hecho, entonces, de que éste busque un consejo a uno de una posición sociopolítica inferior a la de él, sugiere que la experiencia le ha enseñado que Patronio es una fuente de sabiduría. El Exemplo completo, comprueba la validez de la impresión que nos llevamos del fragmento: Patronio posee un conocimiento profundo de las relaciones interpersonales, conocimiento que al conde todavía le falta. En el segundo párrafo, el joven conde expone en pocas palabras el dilema al que se enfrenta su criado, o ahijado, y pregunta a Patronio qué debe hacer para aconsejarle. Patronio, en lugar de estructurar sus consejos en forma de mandatos directos o recomendaciones sencillas, los refiere al conde en el marco de un relato que tiene un elenco de personajes, una ubicación, y un tiempo totalmente diferentes; éstos no son los del marco en que operan el conde y Patronio. El conde se dispone de buena gana a escucharlo, y es lícito inferir que otros relatos de Patronio en el pasado le han servido bien. La frase del relato de Patronio, «que en una villa había un hombre bueno que había un hijo…», ocupa un lugar importante dentro del Exemplo, pues es éste el punto en el que se suspende el enfoque en la conversación entre los dos hombres. Esa conversación, el breve diálogo introductorio, constituye precisamente el marco exterior, dentro del cual existe la historia del «hijo del hombre bueno que era moro». La importancia de esta técnica, apreciable en este fragmento, y al acabar el relato presente, reside en darle una razón a Patronio, creación de don Juan Manuel, escritor medieval cuyo propósito era didáctico, para contar sus historias, cada una de las cuales encierra una enseñanza como la de la historia del mancebo moro que casó con una mujer muy fuerte y muy brava.

El conde Lucanor se vale de una técnica narrativa que consiste en lo que al parecer son dos círculos concéntricos. El mancebo moro, la mujer muy fuerte y muy brava, y sus respectivas familias habitan el círculo interior. El círculo de afuera lo habitan el conde Lucanor y Patronio. Éste relata al conde el ejemplo del que los primeros son los personajes. Se debe reconocer que el primer fragmento es el comienzo del círculo de afuera, y que el segundo es el cierre del mismo. Un desarrollo adecuado por escrito discutirá la razón, vista en el primer fragmento, por la que llega el conde en busca de un consejo; un ensayo más perspicaz podrá notar que Patronio pone una condición a la aplicabilidad del relato al ahijado del conde: no le convendrá la moraleja del relato, le advierte, si al conde le parece que su ahijado no es «tal como fue» el mancebo moro; a saber, un joven de excelente carácter (Don Juan Manuel lo describe como «el mejor mancebo del mundo».). Un desarrollo adecuado notará que al fin del relato, volvemos al lugar donde entramos, el lugar de la consulta; pero un desarrollo más perspicaz podrá reconocer que, de pronto e inesperadamente, existe un tercer círculo narrativo, o plano, aparte del círculo habitado por el conde y Patronio. En éste aparece «don Juan Manuel», el autor hecho personaje, escribiendo de sí mismo en tercera persona; como si hubiera estado presenciando los sucesos desde el comienzo y en silencio, irrumpe en la escena para hacer dos cosas: aprobar el valor del consejo del ejemplo, recién aprobado por su personaje el conde Lucanor; y confirmar que por su validez el relato va a entrar al libro de los ejemplos acompañado del dístico que compone para el efecto. El dístico ocupa el lugar más importante del cuento, el fin, y por eso exige nuestra atención. En cuanto al efecto sobre el lector de los diferentes niveles o planos narrativos del «Ejemplo XXXV», una respuesta adecuada reconocerá que distancian al autor de su propia creación; una más perspicaz agregará que el autor emplea esta técnica para ceder autoridad, y que puede ser reflejo, en el arte narrativo de su autor, de las fuentes orales que tiene El conde Lucanor.

Se notará la exageración hasta el extremo de los actos violentos en el cuento. Bañados en sangre—de los animales, no de los novios—los dos salen ilesos de su noche de bodas, la novia con un nuevo conocimiento del mancebo moro. Sin embargo, sería intolerable el nivel de violencia que se ve en el texto si no fuera que los dos protagonistas realmente no son sino tipos, o figuras que representan cualidades y defectos del comportamiento humano. Es como si la confrontación violenta ocurriera entre actitudes en lugar de entre seres humanos cabalmente desarrollados que respiran y sienten y yerran y sufren. Señalarán la vileza de tal tratamiento a los animales, y algunos la brutalidad psicológica que significa esto para la mujer. Los ensayos más maduros percibirán que la novia encarna y comparte con la novia del ahijado del conde, y tal vez también con su madre, el defecto de ser «la más brava y más fuerte cosa del mundo», y que la determinación que toma el novio, «el mejor mancebo que podía ser», es la de hacer lo necesario para evitar ser él la víctima de un mal matrimonio, uno que sólo «al comienzo» tiene arreglo y «nunca después», cuando lamentablemente se quisiere. Estos estudiantes podrán señalar, como justificación de su argumento, el desenlace del cuento: el intento del padre de la novia de «hacerse conocer» con su propia esposa—madre de la novia, con quien, se sugiere, ésta aprendió su mal comportamiento—sin que dé resultado. Recuérdese su declaración final al marido: «ya bien nos conocemos». La lección del «Ejemplo XXXV» está reflejada en su dístico, y no en la violencia del hombre a la mujer. Sin embargo, es lícito querer contrastar la aparente insensibilidad del público lector del Medioevo con la sensibilidad de los lectores en la actualidad. Basar una lección perdurable como ésta en actos de violencia física contra animales, y psicológica contra la mujer, podrá parecerles impensable a los estudiantes del siglo XXI.

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