Los inconvenientes de ir tras una bella mujer de no­che por las calles






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II


LA PLAZA DE GRÈVE(3)

HOY día no quedan de la plaza de Grève, tal como existía en­tonces, más que algunos vestigios perceptibles apenas, como la atractiva torrecilla del ángulo norte de la plaza, cubierta por un encalado vulgar que borra las aristas de las esculturas y que incluso desaparecerá absorbida por esas nuevas construccio­nes que están acabando con todas las viejas fachadas de París.
3. Véase la nota 2 del libro primero.
Quienes como nosotros no pasan por la plaza de Grève sin echar una ojeada de nostalgia y de simpatía a esa pobre torrecilla, estrangulada entre dos caserones de tiempos de Luis XV, pueden construir en su imaginación el conjunto de edificios al que perte­necía a imaginar íntegra la vieja plaza gótica del siglo xv.

Era, como lo es hoy, un trapecio irregular, limitada en una de sus partes por el muelle y por una serie de casas altas, estrechas y sombrías en las otras tres.

De día, podía admirarse la diversidad de sus edificaciones, es­culpidas en piedra o talladas en madera, representando muestras completas de los diferentes modelos de arquitectura doméstica de la Edad Media, remontándose desde el siglo XV hasta el XI, desde el crucero que comenzaba a destronar la ojiva, hasta el arco ro­mánico, de medio punto, que había sido reemplazado por el arco ojival y que se extendía aún por el primer piso de aquella vieja casa de la Tour Roland que hace ángulo entre el Sena y la plaza, por el lado de la calle de la Tannerie.

De noche sólo se distinguía, entre la masa de edificios, la si­lueta negra de los tejados desplegando en torno a la plaza su ca­dena de angulos agudos. Y es que una de las diferencias más pal­pables entre las ciudades de antes y las de ahora, es que ahora las fachadas dan a las plazas y a las calles y antes eran los hastiales o los piñones los que daban a las plazas; es decir, que las casas han dado media vuelta desde hace dos siglos.

En el centro, en la parte oriental de la plaza, se veía una cons­trucción maciza, con mezcla de estilos, formada por tres vivien­das superpuestas y que era conocida por los tres nombres que de­finen su historia, su destino y su arquitectura: la casa del delfín, por haberla habitado el delfín Carlos V; la mercancía, por haber servido de ayuntamiento, y la casa de los pilares, a causa de unos gruesos pilares que sustentaban sus tres plantas.

Los ciudadanos encontraban en ella todo lo que una buena vi­lla, como París, necesitaba: una capilla para rezar a Dios, una au­diencia para juzgar, y parar en caso necesario los pies a los agen­tes del rey, y un desván, provisto de buena artillería, pues los bur­gueses de París saben que con frecuencia no basta con rezar y plei­tear para defender los privilegios de su ciudad, sino que es nece­sario también disponer, en los desvanes del ayuntamiento, de Bue­nos arcabuces, aunque estén mohosos.

La plaza de Grève tenía ya entonces ese aspecto siniesto que le confieren el recuerdo que ella misma evoca y el ayuntamiento de Dominique Boccador, sombrío sustituto de la casa de los pila­res. Conviene añadir que un patíbulo y una picota o, como eran llamados entonces, una justicia y una escala erigidos juncos en me­dio de la plaza, tampoco contribuían mucho a no fijar la mirada en una plaza tan fatal, lugar de agonía de tanta gente y en donde cincuenta años más tarde iba a nacer la fiebre de San Vallier, en­fermedad provocada por el horror al cadalso, monstruosa como ninguna otra enfermedad, por tener su origen no en Dios sino en los hombres.

Es un consuelo, dicho sea de paso, el pensar que la pena de muerte que hace trescientos años llenaba con sus ruedas de hie­rro; con sus patíbulos de piedra y con todos sus permanentes ins­trumentos de suplicio, fijos en el suelo, la plaza de Grève o los mercados o la plaza Dauphine o la Croix du Trahoir o el merca­do de los cerdos y el horrible Montfaucon y la plaza de los gatos y la puerta de Saint Denis y Champeaux; además de los que exis­tían en la Puerta Baudets y en la Puerta de Saint Jacques; todo ello sin contar las numerosss escalas de los prebostes, del obispo, de los capítulos, de los abades, de los priores con derecho a ad­ministrar justicia, sin contar tampoco las condenas a morir aho­gado en el Sena; es consolador que hoy, perdidas ya todas las pie­zas de su armadura, su derroche de suplicios, sus condenas de ima­ginación y fantasía, su cámara de torturas, a la que cada cinco años se añadía una cama de cuero en la prisión del Gran Châtelet, esa antigua soberana de la sociedad feudal, eliminada casi de nuestras leyes y de nuestras villas, atacada en todos los códigos, expulsada de plaza en plaza; es consolador en verdad que, después de todo esto, sólo tenga en nuestro inmenso París un rincón vergonzoso en la plaza de Gréve, una miserable guillotina, furtiva, vergon­zante y siempre temerosa de ser sorprendida en flagrante delito, por la rapidez con que desaparece después de haber cumplido su misión.
III

BESOS PARA GOLPES

Cuando Pierre Gringoire llegó a la plaza de Grève se en­contraba aterido. Había dado un rodeo por el Pont aux Meu­niers (Puente de los molineros) para así evitar la multitud concentrada en el Pont au  Changes(Puente del cambio) y las pinturas de Jean Fourbault; pero las ruedas de los molinos del obispo le habían salpicado al pasar y su blusón estaba empapado. Le parecía además que el fracaso de su obra le hacía aún más friolero y por eso apresuró la marcha para llegar antes a la gran fogata de la fiesta que ardía con un fuego impresionante en medie de la plaza. Una multitud considerable se apiñaba a su alrededor

 ¡Malditos parisinos!  se dijo para sí pues Gringoire, como verdadero poeta dramático que era, utilizaba con alguna frecuen­cia estos monólogos . ¡Y además no me dejan acercarme al fue­go, ahora que necesito un hueco al calor! ¡Mis zapatos se han ca­lado y esos malditos molinos me han puesto pingando! ¡Demo­nio de obispo y sus molinos! ¡Ya me gustaría saber para qué quie­re un obispo tantos molinos! ¿Querrá hacerse obispo molinero? Si para ello necesita mi bendición, se la doy a él, a su catedral y a sus molinos. ¿Me dejarán un sitio junto al fuego todos esos mi­rones? ¿Qué pintarán ahí? ¡Calentarse! ¡Pues vaya cosa! ¡Menudo espectáculo mirar cómo se van quemando un centenar de leños!

Fijándose un poco mejor se dio cuenta de que el círculo era un poco más ancho de lo necesario para calentarse y que toda aque­lla gente estaba allí concentrada por algo más que por el simple hecho de ver cómo se quemaba un buen montón de leños.

En un buen espacio libre, abierto entre el fuego y el gentío, una joven estaba bailando.

Tan fascinado se quedó ante aquella deslumbradora visión que, por muy poeta iróntco o por muy filósofo escéptico que se con­siderara, no fue capaz de distinguir a primer golpe de vista si en realidad se trataba de un ser humano, de un hada o de un ángel.

No era muy alta, pero lo parecía por la finura de su talle, que se erguía atrevido con agilidad; era morena pero se adivinaba que a la luz del día su tez debía tener ese reflejo dorado de la.s mu­jeres andaluzas y romanas. Sus pies, pequeños, también parecían andaluces. Se diría que estaban presos, pero cómodos a la vez, en sus graciosos zapatos. Bailaba y giraba como un torbellino sobre ina vieja alfombra persa y, cada vez que se acercaba en sus giros vertiginosos, sus ojos negros lanzaban destellos de luz.

Todo el mundo tenía sus ojos clavados en ella y la miraba bo­quiabierto. En efecto, al verla danzar así, al ritmo del pandero, con sus dos hermosos brazos jugando por encima de la cabeza, ina, grácil y vivaz como una avispa, con su corpiño dorado, su restido de mil colores lleno de vuelos, con sus hombros desnu­los, sus piernas estilizadas que la falda, al hincharse, dejaba aso­nar con frecuencia; su pelo negro, su mirada de fuego, parecía ina criatura sobrenatural.

 En verdad  pensaba Gringoire , es una salamandra, una ninfa, una diosa o una de las bacantes del monte Menaleo(6). En aquel momento una de las trenzas de la «salamandra» soltó y una moneda de latón que la sujetaba rodó por el suelo.  ¡Ah, no!  se dijo Gringoire : ¡Es una gitana!

Todo su entusiasmo se había esfumado.

Nuevamente se puso a bailar y cogiendo del suelo dos sables, )s apoyó de punta en su frente, haciéndolos girar en un sentido, al tiempo que ella lo hacía en el otro. Se trataba de una gitana efectivarnente y, a pesar del desencanto de Gringoire, el conjunto aquel que la gente estaba presenciando se hallaba cargado de be­lleza y de magia. La fogata iluminaba con su resplandor crudo y ojizo que se reflejaba, tembloroso en los rostros de la muche­iumbre y en la frente morena de la joven. Al fondo de la plaza se adivinaba un reflejo pálido y vacilante de sombras, contra la vieja fachada negra de la Maison aux Piliers (7) y contra los brazos de piedra de la horca.
7. La casa de los pilares.

6 Monte de Arcadia consagrado al culto de Baco. Los recuerdos de la antigüedad y el ocultismo contemporáneo, con sus propios cultos, forman una mezcla muy característica de la Edad Media, y constante en Nuestra Señora de París.
Entre los mil rostros que este fulgor teñía de escarlata había uno que parecía absorto, como ningún otro, en la contemplación de la bailarina. Se trataba de una figura de hombre, austera, se­rena, sombría. Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y ctnco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arru­gas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordina­ria, una vida ardorosa y una profunda pasión. Los mantenía pren­didos en la gitana y mientras la alocada joven de dieciséis años bailaba y revoloteaba para satisfacción de todos, los pensarnien­tos de aquel hombre se tornaban más sombríos. A veces una son­risa y un suspiro se encontraban juntos en sus labios, resultando la sonrisa más dolorosa que el suspiro.

La muchacha se detuvo por fin, ladeante, y el pueblo la aplau­dió con delirio.

 Djali  dijo de pronto la gitana.

Entonces Gringoire vio llegar a una linda cabrita blanca, espa­bilada, ágil, lustrosa, con cuernos dorados, pezuñas doradas y un collar dorado. No la había visto hasta entonces pues había estado echada todo el rato en un rincón de la alfombra, mirando bailar a su ama.

 ¡Djali!, ahora te toca a ti  dijo la bailarina. Y sentándose entregó graciosamente el pandero a la cabra.

 ¡Djali!  continuo ; ¿en qué mes del año estamos?

La cabra levantó su pata delantera y golpeó una vez en el pan­dero. Era el primer mes del año, en efecto, y la multitud aplaudió.

 ¡Djali!  dijo la joven volviendo el pandero al revés . ¿En qué día del mes estamos?

La cabrita levantó su patita dorada y golpeó seis veces el pandero.

 ¡Djali!  prosiguió la gitana cambiando nuevamente la po­sición del pandero . ¿Qué hora es?

Djali golpeó siete veces el pandero, justo además en el instance en que daban las siete en el reloj de la Mairon aux Piliers.

La gente estaba maravillada.

 ¡Hay brujería en esto!  dijo una voz siniestra en el gentío. Era la del hombre calvo, que no había apartado sus ojos de la gitana.

La joven se estremeció y se volvió hacia él, pero los aplausos de la gente sofocaron aquella exclamación; incluso consiguieron borrarla de su mente porque la gitana continuó con su cabra.

 ¡Djali! ¿Cómo hace maese Guichard Grand Retny, el capitán de los pistoleros (8) de la villa en la procesión de la Candelaria?

Djali, apoyándose en sus patas traseras, comenzó a balar y a andar con lal gracia y tan seriamente que todo el círculo de es­pectadores se echó a reír ante esta parodia del celo del capitán de los pistoleros.

 ¡Djali!  prosoguió la joven, animada por su creciente éxi­to . ¿Cómo predica maese Jacques Charmolue, procurador del rey en los tribunales de la Iglesia?

La cabra se puso nuevamente de pie, bailando y moviendo sus patas delanteras de una manera tan extraña que, exceptuando su mal francés y su mal latín, era el mismo Jacques Charmolue, con sus gestos, con su acento y en definitiva con sus mismas formas de actuar.

Y la multitud aplaudía a rabiar.

 ¡Sacrilegio y profanación se llama a eso!  exclamó de nue­vo la voz de aquel hombre.
8. La pistola era entonces un arma blanca  daga o puñal  así llamada por ser fabricada en Pistoia, en la Toscana; es solo a partir del siglo XVI cuando este nombre comienza a designar arma de fuego.
La gitana se volvió de nuevo hacia él.

 ¡Ah!, ¡es ese hombre ruin otra vez!  y luego, haciendo una mueca con la boca, en un gesto que debía serle familiar, giro so­bre sus talones y se dispuso a recoger en su pandereta los dona­tivos del público.

Llovían las monedas, los ochavos, las de plata, grandes y pe­queñas, sueldos... Cuando pasó ante Gringoire, éste se llevó la mano al bolsillo, en un gesto un canto distraído, y ella se detuvo.

 ¡Demonio!  dijo el poeta, al no encontrar más que el fondo de su bolsillo, es decir, nada. Sin embargo, allí estaba la hermosa joven mirándole con sus negros ojos, mientras esperaba con la pandereta tendida hacia él. Gringoire sudaba la gota gorda. El Perú le habría dado, si lo hubiera tenido en el bolsillo, pero Gringoire no tenía el Perú, ni tan siquiera se había aún descu­bierto América.

Por suerte, un pequeño incidente fortuito vino a sacarle de apuros.

 ¡Quieres largarte ya, saltamontes egipcio!  gritó una voz agria, desde el lado más sombrío de la plaza.

La joven se volvió asustada. No se trataba ahora de la voz de aquel hombre calvo, sino de una voz de mujer, con tinte de maldad.

Aquel grito que canto asustó a la gitana provocó sin embargo la risa de un grupo de niños que rondaba por allí.

 Es la prisionera de la Tour Roland  decían entre risas ; es la gruñona de la Sachette; seguro que aún no ha cenado; dadle al­guna sobra del convite de la ciudad  y todos se dirigieron hacia la Maiton aux Piliers.

Gringoire aprovechó aquel momento de duda y turbación de la bailarina para desaparecer. Los gritos de los críos le recordaron su vientre vacío y corrió hacia la mesa del banquete, pero las pier­nas de aquellos pilluelos eran más rápidas que las suyas y, cuando llegó, habían ya arrasado con todo y no quedaba ni un triste pas­telillo de los de a cinco perras la libra. Sólo se veían en la pared unas esbeltas flores de lis, entremezcladas con algún rosal, pinta­das hacia 1434 por Mathieu Biterne. ¡Como cena era bien poco!, y resultaba muy fastidioso acostarse sin cenar aunque, bien mira­do, peor era no cenar y no tener en dónde dormir. Ése era su pro­blema: ni pan ni techo. Se veía acosado por doquier y la fortuna no se le mostraba nada propicia. Hacía tiempo que Gringoire es­taba convencido de que Júpiter creó a los hombres en un acceso de misantropía y que, durante toda su vida, el sabio tendrá su filosofía en estado de sitio y acosada por el destino. En cuanto a él, nunca el cerco había sido tan completo. Oía cómo su estómago tomaba posiciones y no le parecía conveniente que el hambre y la mala fortuna asediaran de cal forma a la filosofía.

Este melancólico pensamiento le absorbía cada vez con más fuerza, cuando una extraña canción, Ilena de dulzura, le sacó brus­camente de sus ensueños. Era otra vez la gitana que se había pues­to a cantar. Su voz y su danza eran como su belleza, encantado­ras, aunque difíciles de definir. Eran algo así como una especie de pureza, de sonoridad, como algo etéreo y volátil. Era una con­tinua eclosión de melodías, de cadencias originales, de tonos sen­cillos, mezclados con notas agudas y vibrantes de gamas y arpe­gios que hubieran incluso confundido a un ruiseñor. Eran suaves modulaciones de la voz que subían y bajaban como el pecho de la joven cantante. Su bello rostro seguía con una agilidad singular todos los caprichos de su canto desde la inspiración más original hasta la más casta dignidad. Parecía a veces una loca y a veces una reina.

La letra de sus canciones pertenecía a una lengua desconocida para Gringoire y que incluso debía serlo también para ella por la escasa relación que parecía existir entre la música y la letra.

Estos cuatro versos, por ejemplo, eran cantados por ella con una loca alegría:
Un cofre con gran riqueza

Hallaron dentro un pilar,

Dentro del, nuevas banderas

Con figuras de espantar
y poco después, ante el acento que dio a esta estancia:
Alarabes de cavallo

Sin poderse menear

Con espadas, y los cuellos

Ballestas de buen echar(9).
9. Son versos sacados de un antiguo romancero español que hablaban sobre la entrada del rey Rodrigo en Toledo publicado en 1821 por Abel Hugo, hermano del escritor, y no sin faltas de ortografía. Los dos últimos versos por ejemplo, tienen este texto:

Con espadas a los cuellos

Ballestas de bien tirar.
Gringoire sentía que se le saltaban las lágrimas. La canción transpiraba una alegría singular y la muchacha daba la sensación de estar cantando como lo hacen los pájaros, despreocupada y con serenidad.

La canción de la bohemia había turbado las ensoñaciones de Gringoire, a la manera con que un cisne turba la calma del es­tanque. La escuchaba con una especie de arrebaco y de olvido de todo. Era el primer momento que pasaba sin sufrir, desde hacía muchas horas. Pero ese momento fue más bien corto, pues la mis­ma voz de aquella mujer, que ya antes interrumpiera la danza de la gitana, lo hizo de nuevo gritando desde el mismo oscuro rin­cón de la plaza.

 Quieres callarte, cigarra del infierno.

La pobre cigarra se calló del todo y Gringoire se tapó los oídos y exclamó:

 ¿Quién es esa maldita sierra mellada que viene a romper la lira?

Los demás espectadores murmuraban como él y más de uno dijo en voz alta:

 ¡Al diablo la Sachette!

Y la invisible vieja, aguafiestas, habría tenido motivos para arrepentirse de sus agrestones a la gitana si los espectadores no se hubieran distraído en esos momentos con la procesión del papa de los locos que, tras su largo recorrido por las,calles de la villa, venía a desembocar en la plaza de Grève rodeado de antorchas y bullicio.

Esta procesión que vimos iniciarse y partir desde el palacio se habría acrecentado al paso reclutando a toda clase de merodeado­res y vagos de París que se sumaban a ella. Por eso, a su llegada .a la plaza de Grève, presentaba un aspecto más que respetable. En primer lugar, desfilaba Egipto; iba a la cabeza el duque de Egipto, a caballo, con sus condes sujetándole la brida y los estri­bos; detrás, egipcios y egipcias, mezclados todos, con sus hijos, gri­tando, cargados sobre los hombros.

Todos ellos, conde, duque y pueblo, vestidos de harapos y de oropel. Seguía a continuación el reino del hampa(10), o lo que es igual, todos los ladrones de Francia, situados por orden de impor­tancia, de menor a mayor.
10. La descripción del mundo del hampa que Hugo hace a continuación tiene una base, en cuanto a los elementos utilizados, en la descripción de la corte de los milagros de Sauval. Muchos escritores del siglo xtx prin­cipalmente Balzac, han utilizado con frecuencia el tema de los truhanes, con su argot y sus organizaciones secretas de los bajos fondos.
Desfilaban así, de cuatro en cuatro, con sus enseñas respectivas para indicar sus categorías y los grados de aquella extraña facultad. Casi todos estaban lisiados; quienes cojos, quienes mancos, los vagos, los concheros, los hubertinos, los epilépticos, los cal­vos, los locos, los libertinos, los calaveras, los ruines, los venta­jistas, los canijos, los mercachifles, los marrulleros, los huérfanos, los encapuchados...(11) toda una relación, en fin, como para cansar al mismo Homero. En el centro del cónclave de los encapuchados era difícil descubrir al rey del hampa, el gran coërre, acurrucado en un carrito, tirado por dos enormes perrazos.

Detrás del reino del hampa venía el imperio de Galilea. Gui­Ilaume Rousseau, emperador de este imperio, desfilaba majestuo­so vestido de una túnica púrpura manchada de vino, precedido de unos bufones que iban batiéndose y danzando; rodeado de sus ma­ceros de sus servidores y de sus pasantes del tribunal de cuentas. En último lugar, desfilaban los curiales con sus «mayos» corona­dos de flores, sus hábitos negros, su música digna de un aquelarre y sus enormes velones de cera amarilla. En el centro de toda esta multitud, los grandes dignatarios de la cofradía de los locos lle­vaban sobre sus hombros unas andas más recargadas de cirios que el relicario de Santa Genoveva(12) en época de peste. Sobre las andas replandecía con báculo, capa y mitra, el nuevo papa de los lo­cos, el campanero de Nuestra Señora, Quasimodo el jorobado.
11. A título orientativo, damos una exposición aproximada de los dife­rentes dignatarios del reino del hampa, con la traducción aproximada de sus nombres:

Concheror: Falsos peregrinos de Santiago, con sus conchas como distintivo.

Hubertinor: Decían haber sido mordidos por lobos rabiosos y sanados por San Huberto.

Epilépticos: Falsos epilépticos que echaban espuma por la boca, ayu­dándose de jabón en ella introducido.

Calvor o tirloror: Que se decían curados de la tiña, en sus pe­regrinaciones.

Los locos: Iban de cuatro en cuatro, siempre acompañados de sus botellas.

Los ruiner: Siempre ayudados por sus muletas (falsos cojos en muchas ocasiones).

Ventajirtas: O ganchos que fingían perder o ganar en el juego para atraer a otros ingenuos.

Huérfanor: Los mendigos más jóvenes.

Encapuchador: Pretendían, falsamente, tener la lepra.

12. Santa Genoveva es la patrona de París. En el año 451, Atila atra­viesa el Rhin con casi 700.000 hombres. Se acerca a París y sus habitan­tes, presos por el pánico, comienzan a huir. Entonces, Genoveva, una jo­ven consagrada a Dios, les tranquiliza, convencida de que París será res­petada gracias a la protección divina. Los hunos dudaron sobre la acción a seguir y por fin se dirigieron hacia Orleáns, al sur de París. Entonces, la ciudad reconoció a Genoveva como su patrona. Diez años después, son los francos los que asedian París. La ciudad está a punto de entregarse, rendida por el hambre, pero Genoveva logra es­capar a la vigilancia enemiga y se aprovisiona de víveres y vuelve con la misma suerte con que había conseguido escapar. La acción se considera milagrosa. A su muerte, en el año 512, se la entierra junto a Clodoveo en la basílica que éste había construido en el 510.
Cada cuerpo de la grotesca procesión tenía su música particu­lar. Así los egipcios hacían sonar sus tímpanos y sus tambores afri­canos. Los hampones, raza muy poco musical, no pasaban de la viola, del cuerno y del rabel gótico del siglo XII. Tampoco el im­perio de Galilea les superaba en gran cosa. Apenas si se distin­guía en su música algún primitivísimo rabel, con notas que no iban más allá del re la mi; sin embargo, donde se desplegaban con más vigor, en medio de una impresionante cacofonía, todas las excelencias musicales de la época, era en torno al papa de los locos. Eran notas agudas del rabel, contra altos y bajos del rabel, sin olvidar, claro está, las flautas y el cobre. Que no lo olviden los lectores: se trataba de la orquesta de Gringoire.

Es muy difícil hacerse una idea del grado de regocijo orgulloso al que había llegado, en el trayecto del palacio a la Gréve, el re­pulsivo y triste rostro de Quasimodo. Era sin duda la primera sa­tisfacción de amor propio jamás experimentada por él pues has­ta entonces sólo humillaciones había recibido, o desdén por su condición o por lo repulsivo de su persona. Por muy sordo que fuera, no cabe duda de que saboreaba, como auténtico papa, todas las aclamaciones de la multitud, a la que odiaba porque también él se sentía odiado por ella.

¡Poco le importaba que sus súbditos se redujeran a un montón de locos, tullidos, ladrones o mendigos! Daba igual pues, en cual­quier caso, constituían un pueblo y él era su soberano y por ello tomaba en serio todos aquellos aplausos burlones, aquellas defe­rencias grotescas, entre los que podía entreverse un cierto tras­fondo de miedo real entre el gentío, pues el jorobado era un gi­gantón y, aunque zambo, era bastante ágil y también irascible a pesar de su sordera; tres cualidades para moderar lo ridículo.

Era difícil, por otra parte, conocer si el nuevo papa de los locos era consciente de sus propios sentimientos y de los que él mismo inspiraba en la gente, pues el espíritu que habitaba su cuerpo fa­llido debía ser forzosamente algo incompleto y sordo también.

Por eso sus impresiones, al verse así, ante la gente, eran muy confusas a imprecisas. Lo que dominaba más claramente era una sensación de orgullo y su manifestación más clara era la alegría. Existía como un halo en torno a aquella sombría y contrahecha criatura.

Por todo esto hubo miedo y sopresa cuando, en el momento en que Quasimodo, ebrio de orgullo, pasaba triunfalmente ante la Maison aux Piliers, un hombre surgió de pronto de entre el gentío y le arrancó de las manos con un gesto de cólera el báculo de madera dorada, representación de su loca dignidad papal. Aquel hombre tan temerario era el personaje calvo que se encontraba poco antes entre los espectadores que admiraban a la gitana, y que la había dejado helada al proferir aquellas palabras de ame­naza y odio.

Llevaba ropa de eclesiástico y hasta Gringoire, que no le había reconocido hasta entonces, se fijó en él al salir de entre el gentío.

 ¡Anda!  dijo con sorpresa , ¡pero si es mi maestro en cien­cias(13), dom Claude Frollo, el archidiácono! ¿Qué diablos está ha­ciendo con ese horrible tuerto? ¡Le va a destrozar Quasimodo!
13. En ciencias ocultas, como la astrología, la alquimia, la magia, con las que Claudio Frollo se hallaba muy relacionado.
Y efectivamente surgió un grito de terror cuando el enorme Quasimodo se tiró de las andas. Muchas mujeres volvieron la vis­ta para no ver cómo destrozaba al archidiácono. Se avalanzó so­bre él pero, al verle así, de cerca, se echó de rodillas a sus pies. El clérigo le quitó la tiara, le rompió el báculo y le rasgó su capa de relumbrón.

Quasimodo siguió de rodillas, humilló la cabeza y juntó las ma­nos en ademán de súplica. Luego se entabló entre ambos un ex­traño diálogo de gestos y de signos porque ninguno de los dos ha­blaba. El clérigo, de pie, irritado, con gesto amenazador a impe­rativo y Quasimodo prosternado humillado y suplicante, cuando la verdad es que, con un solo dedo, podría haber aplastado al clérigo.

Finalmente el archidiácono sacudió con violencia los hombros de Quasimodo y le hizo una seña para que se levantara y éste se levantó.

Entonces la cofradía de los locos, repuestos ya de esos momen­tos de estupor, quiso defender a su papa, tan bruscamente des­tronado. Los egipcios, los hampones y los curiales se acercaron vo­ciferando en torno al clérigo.

Entonces Quasimodo se colocó ante él, protegiéndole, al mis­mo tiempo que enseñaba sus músculos y sus puños de atleta y, enfrentándose a los asaltantes, les mostró sus dientes, cual tigre enfurecido.

El clérigo recobró su sombría seriedad, hizo una seña a Quasi­modo y se retiró, silencioso, precedido del gigantón que iba apar­tando a la gente a su paso.

Cuando llegaron al final de la plaza, después de atravesar la multitud, la nube de curiosos y de desocvpados pretendió seguir­los; entonces Quasimodo se colocó detrás del archidiácono, mi­rando a la gente y marchaba de espaldas, corpulento, agresivo, monstruoso a hirsuto como él era; tensando sus músculos, pasán­dose la lengua por sus dientes de jabalí, gruñendo como una bes­tia salvaje y haciendo amago de avalanzarse sobre sus persegui­dores con los gestos o con la mirada.

Desaparecieron los dos por una calleja estrecha y tenebrosa y nadie se arriesgó en su persecución, pues la nueva visión de Qua­simodo rechinando los dientes daba la sensación de cerrar la entrada.

 ¡Es algo increíble!  dijo Gringoire , pero, ¿en dónde dia­blos encontraré algo para cenar?
IV
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