Los inconvenientes de ir tras una bella mujer de no­che por las calles






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IV


MAESE JACQUES COPPENOLE

MIENTRAS el pensionario de Gante y su eminencia el car­denal cambiaban una profunda reverencia y algunas pala­bras en voz baja, un hombre alto, fornido de hombros y de cara larga, pretendía entrar al mismo tiempo que Guillermo. Habríase dicho un dogo persiguiendo a un zorro. Su gorro de fieltro y su chaqueta de cuero chocaban con los cuidados terciopelos y las fi­nas sedas de su entorno. Juzgándole por un palafrenero cualquie­ra, el ujier le detuvo.

 ¡Eh, amigo! ¡No se puede pasar!

El hombre de la chaqueta de cuero le rechazó de un empujón.

 ¿Qué pretende este tipo?  preguntó con un tono de voz, que atrajo la atención de la sala hacia el extraño coloquio . ¿No ves quién soy?

 ¿Vuestro nombre?  preguntó el ujier.

Jacques Coppenole.

 ¿Vuestros títulos?

 Calcetero; del comercio conocido por Las trey cadenetar, en Gante.

El ujier quedó desconcertado. Pase el anunciar concejales y bur­gomaestres, pero anunciar a un calcetero... era demasiado. El car­denal estaba sobre ascuas. El pueblo escuchaba y miraba. Dos días Ilevaba su eminencia intentado peinar a aquellos osos flamencos para hacerlos un porn más presentables en público; pero aquella inconveniencia era ya demasiado. Guillermo Rym, con su fina son­risa, se acercó al ujier.

 Anunciad a maese Jacques Coppenole, secretario de los con­cejales de la villa de Gante  le sugirió en voz baja.

 Ujier  confirmó el cardenal en alta voz , anunciad a mae­se Jacques Coppenole, secretario de los concejales de la ilustre vi­lla de Gante.

Esto fue un error porque Guillermo Rym, él solo, habría arre­glado aquel embrollo, pero Coppenole había oído las palabras del cardenal.

 ¡Ni hablar! ¡Por los clavos de Cristo!  gritó con su voz de trueno . ¿Jacques Coppenole, calcetero! ¿Me has oído, ujier?, ni más ni menos. ¡Por los clavos de Cristo! Calcetero es bastante im­portante y más de una vez monseñor el archiduque ha venido a mi comercio.

Estallaron risas y aplausos, pues cosas así las comprende y las aplaude en seguida el pueblo de París.

Conviene saber que Coppenole era un hombre del pueblo y pue­blo era el público allí congregado; por eso la comunicación entre ambos había sido rápida; casi como un chispazo. Aquella altiva salida del calcetero flamenco, humillando a la gente de la corte, había removido en el corazón de aquellos plebeyos no sé qué sen­timiento de orgullo y dignidad, todavía un tanto impreciso en el siglo xv. Aquel calcetero, que acababa de plantarle cara al carde­nal, era como ellos, era de su clase, y representaba ciertamente un sentimiento agradable para unos pobres infelices, acostumbra­dos al respeto y a la obediencia hacia los criados mismos de los guardias del bailío o del abad de Santa Genoveva, servidor a su vez del cardenal.

Coppenole saludó con altivez a su eminencia que, a su vez de­volvió el saludo a aquel poderoso burgués, temido de Luis XI. Des­pués, mientras Guillermo Rym, hombre prudente y maligno, como dice Philippe de Comines, les seguía con una sonrisa bur­lona y de superioridad, se dirigió cada uno a su sitio; el cardenal nervioso y preocupado, Coppenole tranquilo y altivo, pensando sin duda que, después de todo, su título de calcetero era tan im­portante como cualquier otro y que María de Borgoña, madre de esta Margarita, cuyas bodas concertaba hoy Coppenole, le hubiera temido menos como cardenal que como calcetero. ¿Por qué? Pues porque un cardenal no habría podido amotinar a los ganteses con­tra los partidarios de la hija de Carlos el Temerario. Tampoco ha­bría servido un cardenal para animar a la muchedumbre con upas palabras y que ésta resistiera a sus lágrimas y a sus ruegos, cuan­do la señorita de Flandes fue a suplicar por ellos ante el pueblo al pie mismo del patíbulo. El calcetero sin embargo sólo tuvo que levantar su brazo, revestido de cuero, para hacer rodar vuestras dos cabezas, ilustrísimos señores Guy de Hymbercourt y canciller Guillermo Hugonet.

Pero aún no había pasado todo para el pobre cardenal; aún te­nía que apurar hasta la última gota el cáliz de la mala compañía en que se encontraba.

Seguro que el lector no se habrá olvidado del descarado men­digo, colocado desde el comienzo del prólogo a los bordes del es­trado cardenalicio. La llegada de tan ilustres huéspedes no le había desplazado de aquel lugar y, mientras prelados y embajadores se apretujaban como auténticos arenques flamencos en los asien­tos de la tribuna, él se había puesto cómodo, cruzando tranquila­mente sus piernas sobre el arquitrabe. Era de una insolencia in­creíble, no observada en principio por nadie, pues la atención se centraba en otros puntos; tampoco él estaba pendiente de lo que ocurría en la sala y balanceaba su cabeza con una despreocupa­ción de napolitano, repitiendo de vez en cuando, entre el rumor general: «Una limosna, por caridad.»

Seguramente había sido el único de entre los asistentes que no se había dignado volver la cabeza cuando el altercado entre Cop­penole y el ujier. Ahora bien, quiso la casualidad que el maestro calcetero de Gante, con quien el pueblo simpatizaba ya vivamen­te y en quien todas las miradas estaban clavadas, fuera a sentarse precisamente en la primera fila del estrado, encima del mendigo; y la sorpresa no fue pequeña cuando todos pudieron ver cómo el embajador flamenco, después de haber examinado al extravagan­ce tipo sentado bajo sus olos, le daba una palmada amistosa en el hombro cubierto de harapos. El mendigo se volvió y los dos ros­tros reflejaron la sorpresa, el reconocimiento y la alegría... Des­pués sin preocuparse para nada de los espectadores, el calcetero y el lisiado se pusieron a hablar en voz baja apretándose las ma­nos, mientras que los andrajos de Clopin Trouillefou, extendidos sobre el paño dorado del estrado, daban más bien la impresión de un gusano en una naranja.

La originalidad de esta escena tan singular provocó tales rumo­res de locura y de satisfacción entre el gentío que no pasó mucho tiempo sin que el cardenal se apercibiera de ello. Entonces se aso­mó y, no pudiendo ver desde donde estaba, más que de una ma­nera muy incómoda a imperfecta, la casaca ignominiosa de Troui­llefou, dedujo claramente que el mendigo andaba pidiendo limos­na e, indignado por su audacia, exclamó:

 Señor bailío del palacio, hacedme el favor de lanzar a ese ti­pejo al río.

 ¡Por los clavos de Cristo!, señor cardenal  dijo Coppeno­le, sin dejar la mano de Clopin : ¡Si es uno de mis ami­gos!

 ¡Bravo! ¡Bravo!  gritaron todos. Desde entonces maese Cop­penole gozó en París, como en Gante, de un gran prettigio entre el pueblo pues la.r personas como él lo tienen cuando actúan con eta desenvoltura, dire Philippe de Comines.

El cardenal se mordió los labios y, volviéndose hacia su vecino, el abad de Santa Genoveva, le dijo a media voz:

 Valientes embajadores nos envía el señor archiduque para anunciarnos a su madame Margarita.

 Vuestra eminencia  le respondió el abad  se excede en cor­tesías con estos cochinos flamencos. Margaritas ante porcos.

 Más bien habría que decir  le respondió el cardenal con una sonrisa : Porcos ante Margaritam.

Todo el cortejo de sotanas se maravilló con aquel juego de pala­bras, lo que tranquilizó un tanto al cardenal pues con ello había que­dado en paz con Coppenole, al ser también aplaudido su retruécano.

Permítasenos preguntar a aquellos de nuestros lectores que tie­nen capacidad de generalizar una imagen y una idea, si se imagí­nan claramente el espectáculo que ofrecía, en el instance en que solicitamos su atención, aquel enorme paralelogramo que era la gran sala del palacio. En el centro, adosado al muro occidental, un amplio y magnífico estrado de brocado de oro por el que van entrando en procesión, por una puertecilla en arco de ojiva, gra­ves personajes anunciados uno tras otro por la voz chillona de un ujier. En los primeros bancos se ven ya muchas y venerables fi­guras vestidas de armiño, terciopelo y escarlata. En torno al es­trado, que permanece silencioso y digno, surge frente a él, por de­bajo de él, por todas partes, un gran gentío y un rumor confuso de voces. Miles de miradas populares y miles de murmullos se di­rigen hacia cada parte del estrado, pues el espectáculo es cierta­mente curioso y atrae la atención de los espectadores. Pero, ¿qué es esa especie de tablado, con cuatro fantoches embadurnados en­cima y otros cuatro debajo, que se ve allá, al fondo? ¿Quién es aquel hombre de blusón negro y de figura pálida que se encuen­tra junco al tablado? ¡Ay, querido lector! Es Pierre Gringoire y su prólogo. Nos habíamos olvidado de él y era eso lo que él se temía.

Desde la entrada del cardenal, Gringoire no había cesado de preocuparse por su prólogo. Primero había pedido a los actores, que se habían quedado cortados, que continuasen y que alzasen su voz; después, al ver que nadie escuchaba, les había hecho callar y, desde entonces, hacía ya prácticamente más de un cuarto de hora, andaba agitándose, moviéndose de un  lado para otro, ha­blando con Gisquette y Lienarda y animando en fin a los espec­tadores más próximos a que le escuchasen, pero todo era en vano, pues nadie dejaba de mirar al cardenal, a la embajada flamenca y al estrado, único centro de atracción de todas las miradas.

Hay que decir, y lo hacemos con pena, que el prólogo comen­zaba ya a aburrir ligeramente al auditorio, en el momento en que su eminencia había venido a distraer la atención de una manera tan terrible.

Después de todo, tanto en el estrado como en la mesa de már­mol, tenía lugar el mismo espectáculo: el conflicto entre Trabajo, Clero, Nobleza y Mercancía. Además muchos de los allí presentes preferían sencillamente verlos vivos; respirando, actuando, en car. ne y hueso, en la embajada flamenca o en aquella corte episcopal, bajo el ropaje del cardenal o la chaqueta de cuero de Coppenole; prefería verlos a lo vivo que maquillados o, por decirlo así, dise­cados bajo sus ropajes amarillos y blancos con que les había dis­frazado Gringoire.

Éste, sin embargo, al ver que la calma había renacido, imaginó una estratagema que habría podido arreglarlo todo.

 Señor  dijo volviéndose hacia uno de los espectadores más próximos, un hombre de aspecto pacífico y un poco rechoncho . ¿Y si recomenzamos?

 ¿Cómo?  dijo aquel hombre.

 Eso; que si seguimos con la representación  dijo Gringoire.

 Como os plaza  respondió el hombre.

Esta semi aprobación le fue suficiente a Gringoire que, toman­do la iniciativa, comenzó a vociferar intentando pasar lo más po­sible por un espectador.

 ¡Que recomience el misterio! ¡Que recomience!

 ¡Demonios!  dijo Joannes de Molendino , ¿qué es lo que dicen allá abajo?  la verdad es que Gringoire hacía tanto ruido como cuatro . Pero bueno, amigos, ¿no ha terminado aún el mis­terio? ¿Y quieren empezarlo otra vez? ¡Ni hablar! ¡No hay derecho!

 ¡Ni hablar!, ¡ni hablar!  gritaron los estudiantes. ¡Fuera! ¡Fuera el misterio!

Pero Gringoire se multiplicaba y chillaba más fuerte que ellos.

 ¡Que empiece! ¡Que empiece!

Todo aquel ruido atrajo la atención del cardenal.

 Señor bailío del palacio  dijo a un hombre alto, vestido de negro que se encontraba a unos pasos de él . ¿Esos villanos es­tán acaso metidos en la pila del agua bendita para armar tanto jaleo?

El bailío del palacio era algo así como un magistrado ar.fibio; una especie de murciélago del orden judicial y, a la vez, algo de rata y de pájaro, de juez y de soldado.

Se aproximó a su eminencia y, no sin temer su enojo, intentó explicarle, entre balbuceos, la incongruencia del pueblo; que hacía ya tiempo que habían dado las doce sin que su eminencia hubiera hecho su aparición, y que los comediantes se habían visto obliga­dos a comenzar sin su presencia.

El cardenal se echó a reír.

 A fe mía que el señor rector de la Universidad debería haber hecho otro tanto. ¿Qué opináis vos, micer Guillermo Rym?

 Monseñor  respondió , debemos darnos por satisfechos con habernos librado de la mitad de la comedia; eso hemos salido ganando.

 ¿Pueden, pues, esos rufianes proseguir su farsar  preguntó el bailío.

 Que sigan, que sigan  dijo el cardenal ; me da lo mismo; mientras tanto voy a leer el breviario.

El bailío se acercó al borde del estrado y, haciendo con su mano un gesto de silencio gritó:

 ¡Burgueses y villanos todos! Para satisfacción de quienes quie­ten que recomience la representación y de los que desean ver cómo acaba, su eminencia ordena que prosiga.

Tuvieron, pues, que resignarse ambos bandos, aunque público y autor guardaron por ello un cierto rencor hacia el cardenal.

Así que los personajes continuaron su representación con la es­peranza de Gringoire de que su obra fuera oída hasta el final y esta esperanza y otras de sus ilusiones se vieron decepcionadas porque, si bien se había conseguido restablecer el silencio entre el auditorio, no se había fijado Gringoire en que, cuando el car­denal dio la orden de proseguir, el estrado no se encontraba aún Ileno y que, después de la legación flamenca, seguían llegando nue­vos personajes integrantes del cortejo. Gringoire seguía, pues, con su prólogo mientras el ujier iba anunciando nombres y cargos de los recién llegados, organizándose, como es lógico, un bullicio considerable.

Imaginemos el efecto que pueden producir durante la repre­sentación de una obra de teatro los chillidos de un ujier, lanzando a voz en grito, entre dos rimas, cuando no entre dos hemistiquios, paréntesis como éste:

 ¡Maese Jacques Charmolue, procurador real en los tribunales de la Iglesia!

 Jehan de Harlay, escudero, caballero de la ronda y vigilancia nocturnas de la ciudad de París!

 ¡Micer Galiot de Genoilhac, caballero, señor de Brussac, jefe de los artilleros del rey!

 ¡Maese Dreux Raguier, inspector de las aguas y bosques del rey nuestro señor en los territorios franceses de Champagne y de Brie!

 ¡Maese Denis Lemercier, encargado de la casa de ciegos París!... etcétera.

Todo aquello era insoportable para Gringoire. Aquel extraño cortejo, que impedía por completo la representación, le indigna­ba tanto más, cuanto que se daba cuenta de que el interés por la obra iba acrecentándose, y de que sólo faltaba para el éxito el sec oída.

No era fácil imaginar una trama tan ingeniosa y tan dramática como la de aquella pieza. Los cuatro personajes del prólogo se la­mentaban de la inutilidad de su incesante búsqueda, cuando la dio­sa Venus en persona, vera incensu patuit dea(28), se apareció ante ellos vestida con una espléndida túnica, bordada con el bajel de la villa de París.
28. Por su misma forma de andar se reconoció a la diosa (Virgilio, Enei­da, I, 405).
Venía a reclamar para sí misma el delfín prometido a la más hermosa y era apoyada en sus pretensiones por Júpiter, cuyos true­nos se oían retumbar en los vestuarios. Ya la diosa iba a conse­guir su deseo es decir, iba para expresarlo sin metáforas, a des­posarse con el delfín, cuando una joven vestida de damasco blan­co y llevando en su mano una margarita  clarísima personifica­ción de la señorita de Flandes  se presentó, dispuesta a dispu­társelo a Venus.

Efectos de teatro y peripecias diversas después de una larga con­troversia. Venus, Margarita y los demás personajes deciden so­meterlo al recto juicio de la Santísima Virgen(29). Quedaba aún otro papel, el de don Pedro, rey de Mesopotamia, pero resultaba difí­cil con tantas interrumpciones el poder determinar su im­portancia.
29 Ésta es justamente la circunstancia que da el título a la obra El recto juicio de Nuestra Señora la Virgen María.
Todos ellos habían subido al escenario por la escalerilla a la que ya antes hemos hecho alusión, pero ya no había remedio y nadie podía ya comprender ni sentir los valores y la belleza de la obra. Era como si, a la entrada del catdenal, un hilo invisible y mágico hubiera atraído todas las miradas, desde la parte meridio­nal en donde estaba la mesa de mármol, hasta la parte occidental en donde estaba el estrado. No había nada capaz de quitar el he­chizo al auditorio y todas las miradas seguían atentas a la llegada de nuevos personajes; y sus malditos nombres, sus caras, su atuen­do le producían una diversión continua. Era desolador aquello. Salvo Gisquette y Lienarda que se volvían hacia Gringoire cuando éste las tiraba de la manga, salvo aquel personaje paciente y re­choncho que se encontraba a su lado, nadie escuchaba, nadie se preocupaba para nada de la pobre farsa. Gringoire sólo veía los rostros de perfil.

¡Con cuanta amargura veía derrumbarse paso a paso todo aquel tinglado de gloria y de poesía! ¡Y pensar que aquella multitud ha­bía estado a punto de revelarse contra el bailío del palacio, impa­ciente por ver su obra! ¡Y ahora que estaba representándose no les importaba! ¡Una representación que había comenzado entre el cla­mor unánime del pueblo! ¡Eternos flujo y reflujo del fervor po­pular! ¡Y pensar que habían estado a punto de lanzarse contra los guardias del bailío! ¡Qué no habría dado él, Gringoire, por volver de nuevo a esos dulces momentos del comienzo!

Con la llegada de todos los embajadores había cesado aquel bru­tal monólogo del ujier y el poeta pudo por fin respirar. Los ac­tores habían ya recornenzado valientemente, cuando he aquí que maese Coppenole, el calcetero, se levanta de pronto y, ante la aten­ción de toda la sala, Gringoire le oye pronunciar esta abominable arenga.

 Señores burgueses y terratenientes de París, ¡En el nombre de Dios! Me estoy preguntando qué hacemos aquí. Estoy viendo allá, en aquel escenario, a gentes que parece que quieren pegarse y desconozco si es a eso a lo que vosotros llamáis mi.cterio pero, en cualquier caso, no es divertido. ¡Pelean con las palabras y nada más! Hace ya un buen rato que espero impaciente el primer gol­pe y no lo veo; son cobardes que sólo se ofenden con injurias. ¡De­berían haber traído a luchadores de Londres y de Rotterdam para saber lo que es bueno! Se habrían dado tales puñetazos que po­drían oírse desde la plaza. Pero esos dan pena. ¡Si al menos nos hubieran dado una danza morisca o algo por el estilo! A mí me habían hablado de otra cosa; me habían prometido una fiesta de locos con la elección de un papa. También nosotros tenemos nues­tro papa de los locos en Gante y en esto ¡voto al diablo!, no os vamos a la zaga. Os voy a decir cómo lo hacemos: nos reunimos, como vosotros, un gentío enorme, y luego, uno por uno, van me­tiendo su cabeza por un agujero, que da al lugar en donde se en­cuentra el público, y comienzan a hacer muecas. El que haya he­cho la mueca más fea queda nombrado papa por aclamación po­pular. Os aseguro que es muy divertido. ¿Queréis elegir vuestro papa a la manera de mi tierra? Siempre será menos latoso que escuchar a estos charlatanes quienes, por cierto, también podrán entrar en el juego, si se deciden a hacer su mueca en el agujero. ¿Qué dicen a esto, señores burgueses? Hay aquí suficiente mues­tra grotesca de ambos sexos para divertirnos a is flamenca y so­mos lo suficientemente feos para hacer bonitas muecas.

Gringoire le habría respondido si la indignación, la cólera y la estupefación, no le hubiesen dejado mudo. Pero, como además la propuesta del popular calcetero fue acogida con tan enorme en­tusiasmo por los burgueses  halagados al oírse llamar terrate­nienter  todo habría resultado inútil. No había más que seguir la corriente y Gringoire se cubrió la cara con las manos, lamen­tando no disponer de un manto, para taparse la cabeza como el Agamenón de Tumanto(30).
(30). Fue un pintor griego, nacido en el 400 antes de Cristo, cuyo cuadro más célebre era un sacrificio de Ifigenia, donde se veía a Agamenón cu­briéndose el rostro.
V

QUASIMODO

En un abrir y cerrar de ojos todo se preparó para poner en práctica la idea de Coppenole. Burgueses, estudiantes y cu­riales se pusieron a trabajar y como escenario para las muecas se eligió una pequeña capilla que se hallaba frente a la mesa de már­mol. Después se rompió uno de los cristales del bello rosetón si­tuado sobre la puerta, dejando libre un círculo de piedra por don­de se decidió que los participantes deberían meter la cabeza. Para llegar a él bastaba con subirse a dos toneles, cogidos no se sabe en dónde y puestos uno sobre otro sin apenas estabilidad. Se re­glamentó también que cada candidato, hombre o mujer (también podía elegirse una papisa), con el fin de que no se pudieran ver sus muecas antes de meter la cabeza por aquella lucera, se cubrie­ra el rostro y lo mantuviera tapado en la capilla hasta el momen­to de su aparición. La capilla se llenó en muy poco tiempo con un buen número de concursantes tras los cuales se cerró la puerta.

Coppenole desde su sitio del estrado daba las órdenes, dirigía, lo arreglaba todo. En medio de aquel bullicio, el cardenal, tan des­concertado como Gringoire, so pretexto de resolver unos asuntos y de asistir a las vísperas, se retiró junto con su séquito, sin que la muchedumbre, tan vivamente agitada en el momento de su lle­gada, lamentara mínimamente su ausencia. Fue Guillermo Rym el único en advertirla. La atención popular, igual que hace el sol, proseguía su curso y recorría la sala de parte a parte, después de detenerse unos instantes en el centro. La mesa de mármol y el estrado habían atraído la atención, pero ahora le tocaba el turno a la capilla de Luis XI. Se había dado rienda suelta a la locura y ya no se veían más que flamencos y populacho.

Comenzaron las muecas. La primera cara que apareció por aquel agujero o tragaluz con párpados enrojecidos y con la boca tan abierta como unas fauces y con tantas arrugas en la frente como las botas de los húsares del imperio, provocó tan ruidosas risota­das, que el mismo Homero habría confundido a aquellos villanos con dioses del Olimpo. Pero aquella sala no era, ni mucho menos, el Olimpo y el pobre Júpiter de Gringoire lo sabía mejor que na­die. Se sucedieron la segunda, la tercera y otras muecas más, y siempre provocaban las risotadas y el jolgorio de la multitud. Era como si aquel espectáculo tuviera algo de embriagador o de fas­cinante difícil de ser transmitido al lector de nuestros días.

Habría que imaginarse una serie de rostros que presentaran su­cesivamente todas las formas geométricas, desde el triángulo has­ta el trapecio, desde el cono al poliedro, todas las expresiones hu­manas, desde la cólera hasta la lujuria; todas las edades, desde las arrugas de un recién nacido, hasta las de una vieja moribunda; Co­das las fantasmagorías religiosas, desde el fauno hasta Belcebú; to­dos los perfiles de animales, desde unas fauces hasta un pico des­de el morro al hocico. Imaginemos aún los mascarones del Pont­Neuf o las pesadillas pétreas salidas de la mano de Germain Pi­lon(31), adquiriendo vida y espíritu y acercándose para miraros fren­te a frente con sus ojos de fuego; o imaginad todos los disfraces del carnaval de Venecia sucedibndose ante el cristal de vuestro ca­talejo. En una palabra: un calidoscopio humano.
31 Estos mascarones del Pont Neuf, atribuidos a Germain Pilon, ha­an impresionado mutho a Víctor Hugo y los cita en varias partes de s obras.
Aquella orgía era cada vez más propiamente flamenca. Un cua­dro de Teniers nos daría aún una idea harto imperfecta. Imagi­nemos más bien, en auténtica bacanal, una de las batallas pinta­das por Salvator Rosa. Allí no quedaban ya ni estudiantes, ni em­bajadores, ni burgueses, ni hombres, ni mujeres. No había ya nin­gún Clopin Trouillefou, ni Gilles Lecornu, ni Marie Quatrelivres, ni Robin Poussepain; todo se borraba en el libertinaje colectivo. La gran sala no era sino un inmenso horno de desvergüenza y jo­vialidad, en donde cada boca era un grito, cada ojo un destello de luz, cada rostro una mueca y cada individuo una postura.

Todo allí gritaba y rugía; los extraños rostros que llegaban, uno tras otro, al rosetón a hacer sus muecas, eran como teas encen 

didas echadas en aquel enorme brasero que era la sala y, de todo aquel gentío en efervescencia, subía como el vapor de un horno, un rumor agrio, agudo, duro y silbante como las alas de un moscardón.

 ¡Hala! ¡Maldición!

 ¡Mira ésa! ¡Fíjate qué cara!

 ¡Bueno! ¡No es para tanto!

 ¡Otra! ¡Que salga otra!

 ¡Guillemette Maugerepuis, mira ese motro de toro! ¡Sólo le faltan los cuernos! ¿No será tu marido?

 ¡Otro! ¡Que salga otro!

 ¡Por la barriga del papa! ¡Qué cara es ésa!

 ¡Eh eh! ¡Eso es trampa! ¡Eso no es la cara! ¡Sólo se puede enseñar la cara!

 ¡Esa condenada de Perrette Callebotte es capaz de todo!  ¡Bravo! ¡Bravo!

 ¡Uff! ¡Me ahogo!

 ¡Mira! ¡A ése ~o le caben las orejas por el agujero!... Pero seamos justos con nuestro amigo jehan. En medio de aquel alboroto, aún se le veía en lo alto del pilar, como a un grumete en su gavia. Bregaba con una furia incteíble. De su boca total­mente abierta se escapaban gritos incomprensibles, no porque la intensidad del clamor general los ahogase, sino porque segura­mente iban más allá del límite de la escala perceptible de los so­nidos agudos: las doce mil vibraciones de Sauveur o las ocho mil de Biot (32).
32 Joseph Sauveur (1653 1716) fue, a pesar de su sordera, el creador de la acvstica musical, calculando el número de vibraciones de un sonido. Fue sordomudo hasta los seis años.

Jean Biot, astrónomo y matemático, vino, entre otros, a España para la medición del meridiano.
Gringoire, por su parte, después de aquellos momentos de aba­timiento, había conseguido rehacerse y se mostraba decidido a ha­cer frente a cualquier adversidad.

 Continuad, repetía una vez más a sus comediantes, auténti­cas máquinas parlantes y, dando grandes pasos ante la mesa de mármol, le entraban deseos de acercarse también a la lucera de la capilla, aunque no fuera más que para darse el gusto de hacerle una mueca de burla a aquel pueblo ingrato.

«Nada de venganzas que serían indignas de nosotros; luchare­mos hasta el fin», se repetía, «porque el influjo que la poesía tie­ne sobre el pueblo es muy grande y acabaré por interesarles. Ve­remos quién gana si las vulgaridades o las bellas letras.»

Pero, ¡ay!, sólo él quedó como espectador de su propia obra y ahora era todavía peor que antes pues ya sólo veía las espaldas de la gente. Esto no es totalmente cierto, pues aquel hombre pa­ciente y rechoncho, a quien ya había consultado poco antes, mi­raba aún al escenario. Gisquette y Lienarda hacía ya rato que ha­bían desertado.

Gringoire se emocionó hasta el fondo de su corazón ante la fi­delidad de aquel espectador y se acercó a él para hablarle, pero hubo de sacudirle fuertemente, pues el pobre se había adormila­do, apoyado en la balaustrada.

 Muchas gracias, señor  le dijo Gringoire.

 ¿De qué señor?  contestó el otro con un bostezo.

 Ya me doy cuenta de que todo ese ruido os impide oír a gus­to la obra  le dijo Gringoire . Tranquilizaos porque os prometo que vuestro nombre pasará a la posteridad. ¿Cómo os llamáis?

 Renault Château, guardasellos del Châtelet de Paris, para serviros.

 Señor, sois aquí el único representante de las musas  dijo Gringoire.

 Muchas gracias; sois muy amable  añadió el guardasellos del Châtelet.

 Sois el único que ha escuchado la obra, ¿qué os ha parecido?

 Vaya  respondió el rechoncho magistrado, un tanto ador­milado aún : interesante, bastante buena en realidad.

Hubo de contentarse Gringoire con tal elogio pues una atronadora salva de aplausos, en medio de un griterío ensordecedor, puso fin a su conversación. Se había, por fin, elegido el papa de los locos.

 ¡Viva!, ¡viva!  gritaba la multitud.

En efecto, la mueca que en aquel momento triunfaba en el hueco del rosetón era algo formidable.

Después de tantas caras hexagonales o pentagonales y heteróclitas que habían pasado por la lucera sin culminar el ideal gro­tesco, formado en las imaginaciones exaltadas por la orgía sólo la mueca sublime que acababa de deslumbrar a la asamblea habría sido capaz de arrancar los votos necesarios. Hasta el mismo mae­se Coppenole se puso a aplaudir y Clopin Trouillefou, que tam­bién había participado  y sólo Dios sabe cuán horrible es la feal­dad de su rostro  se confesó vencido y lo mismo haremos no­sotros, pues es imposible transmitir al lector la idea de aquella nariz piramidal, de aquella boca de herradura, de aquel olo iz­quierdo, tapado por una ceja rojiza a hirsuta, mientras que el de­recho se confundía totalmente tras una enorme berruga, o aquellos dientes amontonados, mellados por muchas partes, como las almenas de un castillo, aquel belfo calloso por el que asomaba uno de sus dientes, cual colmillo de elefante; aquel mentón partido y sobre todo la expresión que se extendía por todo su rostro con una mezcla de maldad, de sorpresa y de tristeza. Imaginad, si sois capaces, semejante conjunto.

La aclamación fue unánime. Todo el mundo se dirigió hacia la capilla y sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos y fue entonces cuando la sorpresa y la admiración llegaron al col­mo, al ver que la mueca no era tal; era su propio rostro.

Más bien toda su persona era una pura mueca. Una enorme ca­beza erizada de pelos rojizos y una gran joroba entre los hom­bros que se proyectaba incluso hasta el pecho. Tenía una combi­nación de muslos y de piernas tan extravagante que sólo se toca­ban en las rodillas y, además, mirándolas de frente, parecían dos hojas de hoz que se juntaran en los mangos; unos pies enormes y unas manos monstruosas y, por si no bastaran todas esas de­formidades, tenía también un aspetto de vigor y de agilidad casi terribles; era, en fin, algo así como una excepción a la regla ge­neral, que supone que, canto la belleza como la fuerza, deben ser el resultado de la armonía. Ése era el papa de los locos que aca­baban de elegir; algo así como un gigante roto y mal recompuesto.

Cuando esta especie de cíclope apareció en la capilla, inmóvil, macizo, casi tan ancho como alto, cuadrado en .ru base, como di­jera un gran hombre(33), el populacho lo reconoció inmediatamen­te por su gabán rojo y violeta cuajado de campanillas de plata y sobre todo por la perfección de su fealdad, y comenzó a gritar como una sola voz:

 ¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nuestra Señora! ¡Quasimodo, el tuerto! ¡Quasimodo, el pati­zambo! ¡Viva! ¡Viva!
(33) Frase de Napoleón, aunque, naturalmente, en sentido muy alejado del que nos ocupa.
Fíjense si el pobre diablo tenía motes en donde escoger:

 ¡Que tengan cuidado las mujeres preñadas!  gritaban los estudiantes.

 ¡O las que tengan ganas de estarlo!  añadió Joannes.

Las mujeres se tapaban la cara.

 ¡Vaya cara de mono!  decía una.

 Y seguramente tan malvado como feo  añadió otra.

 Es como el mismo demonio  porfiaba una tercera.

 Tengo la desgracia de vivir junto a la catedral y todas las no­ches le oigo rondar por los canalones.

 ¡Como los gatos!

 Es cierto; siempre anda por los tejados.

 Nos echa maleficios por las chimeneas.

 La otra noche vino a hacerme muecas por la claraboya y me asustó tanto que creí que era un hombre.

 Estoy segura de que se reúne con las brujas; la otra noche me dejó una escoba en el canalón.

 ¡Uf! ¡Qué cara tan horrorosa tiene ese jorobado!

 Pues, ¡cómo será su alma!

Los hombres, por el contrario, aplaudían encantados.

Quasimodo, objeto de aquel tumulto, permanecía de pie a la puerta de la capilla, triste y serio, dejándose admirar.

Un estudiante, Robin Poussepain creo que era, se le acercó bur­lón, chanceándose un porn de él y Quasimodo no hizo sino co­gerle por la cintura y lanzarle a diez pasos por encima de la gen­te sin inmutarse y sin decir una palabra.

Entonces maese Coppenole, maravillado, se acercó a él.

 ¡Por los clavos de Cristo! ¡Válgame San Pedro! Nunca he vis­to nadie tan feo como tú y creo que eres digno de ser papa aquí y en Roma. Al mismo tiempo, y un canto festivamente, le pasaba la mano por la espalda. Como Quasimodo no se movía, Coppe­nole prosiguió:

 Eres un tipo con quien me gustaría darme una comilona, aun­que me costase una moneda nueva de doce tornesas. ¿Te hace?

Quasimodo no contestaba.

 ¡Por los clavos de Cristo! ¿Pero eres sordo o qué?

Y en efecto, Quasimodo era sordo.

Sin embargo, estaba empezando a impacientarse por los mo­dales de Coppenole y de pronto se volvió hacia él, con un rechi­nar de dientes tan terrible, que el gigante flamenco retrocedió como un buldog ante un gato. Se hizo entonces a su alrededor un círculo de miedo y de respeto de, por lo menos, unos quince pa­sos de radio. Una vieja aclaró entonces a maese Coppenole que Quasimodo era sordo.

 ¡Sordo!  dijo el calcetero con una enorme carcajada flamen­ca . ¡Por los clavos de Cristo! Es un papa perfecto.

 Yo le conozco  dijo Jehan, que había bajado por fin de su capitel para ver a Quasimodo de más cerca ; es el campanero de mi hermano el archidiácono.

 ¡Hola, Quasimodo!

 ¡Demonio de hombre!  dijo Robin Poussepain, un tanto contusionado aún por su caída : Aparece aquí y resulta que es~ jorobado; se echa a andar y es patizambo; lo mira y es tuerto;

hablas y es sordo. ¿Pues cuándo habla este Polifemo?

 Cuando quiere  respondió la vieja ; es sordo de tanto to­car las campanas, pero no es mudo.

 Menos mal  observó Jehan.

 ¡Ah!y tiene un ojo de más  añadió Pierre Poussepaia,

 No  dijo juiciosamente Jehan . Un tuerto es mucho más incompleto que un ciego, pues sabe lo que le falta.

Mientras tanto todos los mendigos los lacayos, los ladrones i junto con los estudiantes habían ido a buscar en el armario de la I curia la tiara de cartón y la toga burlesca del papa de los locos.

Quasimodo se dejó vestir sin pestañear con una especie de do. cilidad orgullosa. Después le sentaron en unas andas pintarrajea­das, y doce oficiales de la cofradía de los locos se lo echaron a hom­bros. Una especie de alegría amarga y desdeñosa iluminó enton ces la cara triste del cíclope, al ver bajo sus pies deformes ague­Ilas cabezas de hombres altos y bien parecidos.

Después se puso en marcha aquella vociferante procesión de an­drajosos para siguiendo la costumbre dar la vuelta por el inte rior de las galerías del palacio, antes de hacerlo por las plazas y calles de la Villa.
VI

LA ESMERALDA

Informamos encantados a nuestros lectores que durance toda esta escena Gringoire y su obra habían aguantado bra­vamente. Los actores, espoleados por él, habían continuado reci­tando y el no había cesado de escucharlos. Se había resignado ante aquel enorme vocerío y decidió llegar hasta el final con la espe­ranza de un cambio de actitud por parte del público. Este fulgor de esperanza se reavivó al comprobar cómo Quasimodo, Coppe­nole y el cortejo ensordecedor del papa de los locos salían de la sala, en medio de una gran algarada, seguidos ávidamente por el gentío que se precipitó tras ellos.

Menos mal  se dijo ; ya era hora de que todos esos alboro­tadores se largaran. Por desgracia todos los alborotadores lo for­maban todo el público y, en un abrir y cerrar de ojos, la sala que­dó vacía.

A decir verdad, todavía quedaban algunos espectadores; unos dispersos, otros agrupados junto a los pilares. Mujeres, viejos o niños cansados del tumulto y del jaleo. Algunos estudiantes se ha­bían quedado a caballo en las cornisas de las ventanas y miraban lo que ocurría en la plaza.

Bueno  pensó Gringoire , hay gente bastante para escuchar mi obra; no son muchos, pero es un público selecto, un público culto.

Poco después debía oírse una sinfonía, encargada de producir un gran efecto a la llegada de la Santísima Virgen y entonces él cayó en la cuenta de que se habían llevado la orquesta para la pro­cesión de los locos.

 Saltaos esa parte  les dijo estoicamente.

Se acercó poco más tarde a un grupo de gentes que le parecía interesado en la obra y... he aquí una pequeña muestra de la con­versación que cogió al vuelo.

 Maese Cheneteau, ¿conocéis la residencia de Navarra, la que pertenecía al señor de Nemours?

 Sí; ¿la que estaba frente a la capilla de Braque? (34)

 Pues bien, el fisco se la ha alquilado a Guillaume Alixandre, el historiador, por seis libras y ocho sueldos parisinos al año.

 ¡Cómo suben los alquileres!

En fin  se dijo Gringoire ; seguro que hay otros que están escuchando con más atención.

 ¡Camaradas!  gritó de pronto uno de aquellos tipos de la ventana: ¡La Esmeralda! ¡Está en la plaza la Esmeralda!

Estas palabras produjeron un efecto mágico y la poca gente que aún quedaba en la sala se precipitó hacia las ventanas, subiéndose a los muros para ver, al mismo tiempo que repetían: ¡la Esme­ralda! ¡La Esmeralda!

Desde la plaza se oía un gran ruido de aplausos.

 Pero, ¿qué es eso de la Esmeralda?  preguntaba Gringoire, juntando las manos desesperadamente . ¡Dios mío! Parece que ahora les ha tocado el turno a las ventanas  volvióse hacia la mesa de mármol y vio que la representación se había interrumpido de nuevo. Era justo el momento en que Júpiter tenía que aparecer con su rayo; pero Júpiter se había quedado inmóvil, al pie del escenario.

 ¡Miguel Giborne!  le gritó irritado el poeta . ¿Qué haces ahí? Te toca a ti. Sube ahora mismo.
34. Se trata de la capilla fundada por Arnauld de Braque donde se plataba el «mayo» al que ya se ha hecho alusión.
 No puedo  dijo Júpiter ; un estudiante acaba de llevarse la escalera.

Gringoire miró y vio que efectivamente era así y que esta cir­cunstancia cortaba toda la comunicación de la obra entre el nudo y el desenlace.

 ¡Qué simpático!  murmuró entre dientes . ¿Y para qué ha cogido la escalera?

 Para poder asomarse y así ver a la Esmeralda  respondió compungido Júpiter . Vino y dijo: ¡Anda! ¡Una escalera que no sirve para nada y se la llevó!

Fue el golpe de gracia. Gringoire lo recibió con resignación.

 ¡Podéis iros todos al diablo!  dijo a los comediantes ; y si me pagan a mí, cobraréis también vosotros.

Y se retiró cabizbajo, pero el último de todos, como un general que ha luchado con valor. Luego, mientras bajaba por las tortuo­sas escaleras del palacio, iba mascullando entre dientes:

 ¡Maldita retahíla de asnos y buitres! ¡Vienen con la idea de asistir al misterio y... nada! Todo el mundo les preocupa: Clopin Trouillefou, el cardenal, Coppenole, Quasimodo..., ¡el mismísimo demonio incluso!, pero de la Virgen María no quieren saber nada. Si lo llego a saber... ¡Vírgenes os habría dado yo a vosotros, pa­panatas! ¡Y yo que había venido con la idea de ver los rostros y sólo las espaldas he podido ver! ¡Ser poeta para tener el éxito de un boticario! En fin; también Homero hubo de pedir limosna por las calles de Grecia y Nasón(35) murió en el exilio entre los mos­covitas, pero... que me lleven todos los demonios si entiendo lo que han querido decir con su Esmeralda. ¿Qué significa esa pala­bra? Debe ser una palabra egipcia (36).
35 Nasón, es decir, Ovidio, fue desterrado por orden de Octavio Augus­to a la Costa del mar Negro, pero no entre los moscovitas sino entre los getas; y allí murió.

36 Con el nombre genérico de egipcio se viene a designar en francés a todos los nómadas, como bohemios, gitanos, zíngaros...
LIBRO SEGUNDO
DE CARIBDIS A ESCILA

Anochese muy pronto en enero y cuando Gringoire salió del palacio, las calles estaban ya desiertas. Aquella oscuri­dad le agradó y se impacientaba ya por llegar a alguna callejuela sombría y desierta, para poder allí meditar a sus anchas y para que el filósofo hiciera la primera cura en la herida abierta del poe­ta. En aquellos momentos la filosofía era su único refugio, pues además no sabía a dónde ir. Después del estrepitoso fracaso de su intento teatral no se atrevía a volver a la habitación que ocu­paba en la calle Grenier sur l'Eau frente al Port au Foin. El po­bre hombre había contado con lo que el preboste le pagaría por su epitalamio para, a su vez, liquidar con maese Guillaume Doulx­Sire, encargado de los arbitrios de las reses de pezuña partida de París, los seis meses de alquiler que le debía; es decir, doce suel­dos parisinos. Doce veces más que todo lo que él tenía, incluidas sus calzas y su camisa. Después de pensar un momento, cobijado provisionalmente bajo el portillo de la prisión del tesorero de la Santa Capilla, en qué lugar podría pasar aquella noche, teniendo como tenía a su disposición todos los empedrados de París, se acordó de que la semana anterior había visto en la calle de la Sa­vaterie, a la puerta de un consejero del parlamento, una de esas piedras que sirven de escalones para poder subirse a las mulas, y de haber pensado que, en caso de necesidad, podría servir de al­mohada a un mendigo o a un poeta, y dio gracias a la providencia por haberle sugerido tan buena idea; pero, cuando se preparaba para atravesar la plaza del palacio y adentrarse en aquel tortuoso laberinto de las calles de la Cité, por donde serpentean todas esas viejas hermanas que son las calles de la Barilleirie, de la Vieille Draperie, de la Savaterie, de la juiverie, etc., que aún se mantie­nen hoy con sus casas de nueve pisos, vio la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, enfilando casi su mis­mo camino, con acompañamiento de gran griterío de antorchas encendidas, y la orquestilla del pobre Gringoire. A su vista se rea­vivaron las heridas de su amor propio y huyó. En la amarga des­gracia de su aventura dramática, todo recuerdo de ese día le agria­ba y le abría de nuevo su llaga.

Quiso pasar entonces por el puente de Saint Michel por el que corrían unos muchachuelos tirando petardos y cohetes.

 ¡Al diablo todos los cohetes!  dijo Gringoire y se encaminó hacia el Pont au Change.

Habían colgado, en las casas situadas a la entrada del puente, tres telas que representaban al rey, al delfín y a Margarita de Flan­des, y otros seis paños más pintados esta vez con retratos del du­que de Austria del cardenal de Borbón, del señor de Beaujeu, de doña Juana de Francia así como del bastardo del Borbón y no sé qué otro más; todos ellos iluminados con antorchas para ser vis­tos por la multitud.

 ¡Buen pintor ese Jean Fourbault!  dijo Gringoire con un profundo suspiro, dando la espalda a todas aquellas pinturas para adentrarse en una calle oscura que surgía ante él. Tan solitaria pa­recía que pensó que, metiéndose en ella, podría escapar a todo el bullicio y a todos los ruidos de la fiesta.

Apenas hubo dado unos pasos, cuando sus pies tropezaron con­tra algo y cayó al suelo, era el ramo del mayo que los de la curia habían depositado por la mañana a la puerta del presidente del parlamento, en honor a la solemnidad de aquel día. Gringoire aguantó heroicamente aquel contratiempo y levantándose se di­rigió hacia el río. Después de dejar tras de sí la torrecilla civil y la torre de lo criminal, caminó a lo largo del muro de los jardines reales por la orilla no pavimentada, en donde el barro le llegaba hasta los tobillos; llegó a la parte occidental de la isla de la Cité, se paró a mirar el islote del Passeur aux Vaches(1), desaparecido actualmente, con el caballo de bronce y el Pont Neuf(2). Entre las sombras de aquel islote, parecía como una masa negra al otro lado del estrecho paso de agua blancuzca que le separaba de ella. Podía adivinarse por los rayos de una lucecita, una especie de cabaña en forma de colmena, en donde el barquero del ganado se cobi­jaba por las noches.
1. Barquero de las vacas.

2. El islote: actualmente la punta o el extremo del Vert Galant en don­de termina, río abajo, la isla de la Cité. La estatua de Enrique IV a la que se hace alusión fue erigida en 1614. Era la primera vez que se exponía en Francia, a la veneración pública, la representación de un personaje con­temporáneo (Enrique IV, primer monarca de la casa de Borbón, rey de Navarra abjuró, recuérdese su frase «Parfs bien vale una misa», y fue nombrado Rey de Francia en 1583). Promulgó en 1598 el Edicto de Nan­tes, garantizando a los protestantes la libertad de culto. Fue asesinado por Ravaillac en 1610.

 ¡Ay feliz barquero que no sueñas con la gloria ni compones epitalamios!  pensó Gringoire . ¿Qué te importan a ti las bo­das de los reyes o las duquesas de Borgoña% ¡Para ti no hay más margaritas que las que crecen en el campo y que sirven de ali­mento a tus vacas! Y a mí, poeta, me abuchean y paso frío y debo doce sueldos por el alquiler, y las suelas de mis zapatos están tan gastadas y transparentes que podrían muy bien utilizarse como cristales para tu farol. ¡Gracias, barquero del ganado, porque tu cabaña me permite descansar la vista y me hace olvidar París!

La explosión de un doble petardo, surgido bruscamente de la cabaña del barquero, le despertó de aquella especie de ensueño lí­rico en que se había sumido. Se trataba del barquero que sin duda quería también participar en las alegrías de aquella fecha y que había lanzado un cohete artificial.

Aquella explosión puso a Gringoire la piel de gallina.

 ¡Maldita fiesta! ¿No podré librarme de ti ni siquiera aquí, jun­to al barquero?

Luego miró cómo el Sena corría a sus pies y un terrible pen­samiento cruzó por su mente.

 ¡Con cuanto placer me lanzaría al agua si no estuviera tan fría!  y tuvo entonces una reacción desesperada; puesto que no podía escapar ni al papa de los locos ni a las pinturas de Jehan Fourbault, ni a los ramos del «mayo» ni a los petardos, ni a los cohetes, lo mejor sería participar de lleno en la fiesta y acercarse a la plaza de Gréve. Al menos, pensaba, allí podré encontrar un tizón de la fogata para calentarme y podré cenar algunas migas de los tres enormes escudos de armas hechos con azúcar que ha­brán colocado presidiendo la mesa para el banquete público de la villa.

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