Los inconvenientes de ir tras una bella mujer de no­che por las calles






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VI


IMPOPULARIDAD

EL archidiácono y el campanero, ya lo hemos dicho, eran muy poco apreciados por la mayoría de las gentes de las cerca­nías de la catedral. Cuando Claude y Quasimodo salían juntos, cosa harto frecuente, y se les veía cruzar  el criado marchando detrás del amo  las calles húmedas, estrechas y sombrías de las manzanas de casas que rodean a Nuestra Señora, más de una pa­labra injuriosa, más de un canturreo irónico, más de una pulla in­sultante les acosaba al páso, a menos que Claude Frollo, cosa muy poco frecuente, caminase con la cabeza alta y erguida, mostrando su frente severa y casi augusta a los burlones desconcertados.

Toutes sortes de gens vont après ler poètes.

Comme après les hiboux vont criant les fauvettes(18).

A veces era un chiquillo burlón que se jugaba la piel y los hue­sos por disfrutar del inefable placer de clavar un alfiler en la jo­roba de Quasimodo; otras una mocita gallarda, más atrevida de lo necesario, rozaba el hábito negro del cura a la vez que le can­taba en sus barbas la tonadilla burlona: niche, niche, le diable est pris(19).

A veces un grupo de viejas escuálidas sentadas a la sombra en los escalones de unos soportales rezongaba ruidosamente al paso del archidiácono y del campanero y les lanzaba entre maldiciones bienvenidas optimistas como: K¡Mira, mira; por ahí pasa uno que tiene su alma igual que el cuerpo del otro!» Otras era un grupo de estudiantes o de soldados, jugando a tres en raya, quienes le­vantándose todos a su paso les saludaban en latín con algún clá­sico abucheo como: ; ¡Eia, eia ; Claudius cum claudo(20.)

Lo normal era que estos insultos pasaran desapercibidos para el cura y para el campanero pues Quasimodo estaba demasiado sordo para poder oír cosas tan graciosas y Claude demasiado ensimismado.
18. Toda clase de gentes corren tras los poetas como tras los búhos co­rren chillonas las currucas. Regnier, Sátiras, 49 50.

19. Chincha, chincha: cogieron al diablo.

20. Juego de palabras entre Claudius y Claudo que, al alejarse de la fo­nética española, pierde su sentido. Su traducción es: Mira, mira: Claudio con el cojo.

LIBRO QUINTO



I

ABBAS BEATI MARTINI (1)

LA fama de dom Claude había llegado muy lejos y le había va­lido, hacia la misma época en que se negó a ver a madame de Beaujeu, una visita cuyo recuerdo conservó durante mucho tiempo.

Era de noche y se había recogido, después de los oficios, en su celda canónica del claustro de Nuestra Señora. Ésta, exceptuando algunas redomas de vidrio colocadas en un rincón y llenas de unos polvos bastante sospechosos, muy parecidos al polvo de proyec­ción(2), nada tenía de extraño ni de misterioso.

Había también, aquí y allá, algunas inscripciones en las pare­des pero eran sólo simples sentencias científicas o piadosas ex­traídas de buenos autores. Acababa de sentarse el archidiácono a la luz de un candelabro de cobre, con tres bocas, ante un enorme arcón lleno de manuscritos y tenía el codo apoyado en el libro, abierto, de Honorio de Autun, De praedeatinatione et libero ar­bitrio(3); estaba hojeando con reflexión profunda un infolio impre­so que acababa de traer y que era el único producto de imprenta que podía encontrarse en aquella celda, cuando, de pronto, inte­rrumpiendo su reflexión, llamaron a la puerta.
1. El abad de San Martín.

2. Polvos a los que se atribuían por los alquimistas la facultad de trans­mutar en oro los demás metales.

3. De la predestinación y del libre arbitrio. Honorio de Autun, comien­zos del siglo xii, escribió Inevitabile, teu de libero arbitrio.
 ¿Quién va?  contestó el sabio con el mismo tono amable de un dogo hambriento al que distraen mientras roe unos huesos, y una voz respondió desde fuera:

 Soy yo, vuestro amigo Jacques Coictier.

Frollo le abrió la puerta.

Era efectivamente el médico del rey; un personaje de unos cincuenta años, de fisonomía dura aunque suavizada por una mirada astuta, acompañado de otro hombre. Los dos llevaban ropajes de color pizarra, forrados de piel de ardilla, bien ceñidos con cintu­rones y con un gorro de igual tejido y del mismo color. Tenían las manos ocultas entre las mangas, los pies entre sus hábitos y los ojos bajo sus sombreros.

 ¡Que Dios me valga, señores!  dijo el archidiácono como mandándoles pasar . No esperaba v isita tan honrosa a estas ho­ras  a la vez que les hablaba de manera tan cortés, paseaba su mirada del médico al compañero de manera inquieta y es­crutadora.

 Nunca es demasiado tarde para visitar a un sabio de tanta consideración como dom Claude Frollo de Tirechappe  respon­dió el doctor Coictier con un acento de la región del francocon­dado que arrastraba las frases con la majestad de un vestido de cola.

Entonces se inició entre el médico y el archidiácono uno de esos prólogos ampulosos que, según la costumbre de aquella época, eran casi obligatorios en cualquier conversación entre sabios y que no les impedía detestarse cordialmente aunque, bien mirado, cal situación se repite hoy en día, pues los cumplidos que de la boca de un sabio se dirigen hacia otro sabio no son sino un vaso de hiel endulzada.

Las alabanzas de Claude Frollo hacia Jacques Coictier aludían principalmente a las grandes ventajas personales que el muy dig­no médico había sabido obtener, a lo largo de su brillante carrera, de cada una de las enfermedades del rey, que constituían una ope­ración alquimista mucho más rentable que la búsqueda de la pie­dra filosofal.

 ¡En verdad mi señor doctor Coictier, me he alegrado mucho al enterarme del obispado obtenido por vuestro sobrino, el reve­rendo Pierre Versé! ¿No es ahora obispo de Amiens?

 Sí, señor archidiácono; es una gracia especial sin duda de la misericordia divina.

 ¿Sabéis que teníais un magnífico aspecto el día de Navidad, al frente de vuestra compañía de la eámara de cuentas, señor presidente?

 Vicepresidente, dom Claude; nada más que vicepresidente.

 ¿Cómo va vuestra magnífica residencia de la calle Saint An­dré des Arcs? Es un Louvre, ¿sabéis?, me gusta particularmente el albaricoquero que tenéis esculpido en la puerta con ese juego de palabras tan curioso: A l'abri cozier.

 ¡Ay, dom Claude! No sabéis bien lo que me están costando

esas obras. Me estoy arruinando a medida que la construcción progresa.

 ¡Bueno! ¿No percibís las rentas de la cárcel y de los juzgados dependientes del palacio y las de las casas, tornos, cabañas y ba­rracas de la Clôture? Es como ordeñar a una buena vaca.

 Mi señorío de Poissy no me ha proporcionado nada este año.

 Pero vuestros derechos de Triel de Saint James, de Saint­Germain en Laye, siguen siendo muy buenos, ¿no?

 Veintiséis libras y ni siquiera libras parisinas.

 Tenéis también, como cosa fija, el cargo de consejero del rey.

 Sí, mi querido colega, pero ese maldito señorío de Poligny, que canto da que hablar, no me reporta, un año con otro, más de sesenta escudos de oro.

En los cumplidos que dom Claude dirigía a Jacques Coictier se desprendía un tono irónico, agrio y sordamente burlón, como la sonrisa triste y cruel de un hombre superior y desgraciado que jue­ga a ratos para distraerse con la sólida prosperidad de un hombre vulgar; pero el otro no era capaz de advertirlo.

 Por vida mía que me alegra encontraros con tan buena salud  le dijo ya finalmente don Claude estrechándole la mano.

  Gracias, maestro.

 ¡Ah!, a propósito, ¿cómo se encuentra vuesrro real enfermo?  preguntó Claude.

 No paga lo suficiente a su médico  le respondió el doctor, mirando de reojo a su compañero.

 ¿Lo creéis así, compañero Coictier?  dijo éste.

Estas palabras pronunciadas con un cierto tono de sorpresa e incluso de reproche, atrajo sobre este personaje la atención del ar­chidiácono que, a decir verdad, no había decaído ni un solo mo­mento desde que había franqueado el umbral de su celda. Habían sido precisas las mil razones que tenía para tratar con considera­ción al doctor Jacques Coictier, el todopoderoso médico del rey Luis XI, para haberle recibido con aquella compañía, y por eso no puso buena cara cuando Jacques Coictier le aclaró:

 Por cierto, dom Claude, os traigo a un colega muy interesado en veros a causa de vuestra gran reputación.

 ¡Vaya!: ¿el señor es también de la medicinal  preguntó el archidiácono, fijando en el compañero de Coictier su mirada pe­netrante. Pero se encontró, bajo las cejas del desconocido, con otra mirada no menos penetrante y desafiante que la suya.

Por lo que la débil claridad de la lámpara permitía juzgar, se trataba de un viejo de unos sesenta años y de estatura media que parecía un canto enfermo y achacoso. Su perfil, aunque de líneas burguesas, tenía algo de poderoso y de severo; sus pupilas brilla­ban bajo el arco de las cejas tan profundamente como una luz en el fondo de un antro; y bajo su gorro avanzado que le caía sobre la nariz, se adivinaba la anchura de la frente de un genio.

Él mismo contestó directamente a la pregunta del archidiácono.

 Reverendo maestro  dijo con una voz grave , vuestra re­putación ha llegado hasta mí y he querido consultaros. Soy tan solo un gentilhombre de provincias que se descalza antes de en­trar en. la morada de los sabios y me gustaría que conociérais mi nombre: me llamo Tourangeau.

¡Singular para un gentilhombre!  pensó el archidiácono que se notaba sin embargo ante algo fuerte y serio. Su clarividencia le permitía descubrir una gran inteligencia bajo el gorro forrado de piel del compadre Tourangeau. Mientras consideraba aquel ros­tro serio el rictus de ironía, que la presencia de Jacques Coictier había esbozado en su rostro taciturno, se fue poco a poco desva­neciendo como el crepúsculo en el horizonte nocturno.

Se había vuelto a sentar, triste y preocupado, en su gran sillón con su codo apoyado en la mesa, como de costumbre, y la frente apoyada en la mano. Después de unos segundos de reflexión, in­vttó a sentarse a los dos visitantes y se dirigió al compadre Tourangeau.

 ¿Sobre qué ciencia venís a consultarme, maestro?

 Reverendo  le contestó Tourangeau , estoy enfermo, muy enfermo. Se dice de vos que sois un gran Esculapio y he venido a pediros algunos consejos de medicina.

 ¡De medicinal  dijo el archidiácono moviendo la cabeza. Pa­reció concentrarse durante unos instantes y luego prosiguió:

 Compadre Tourangeau, puesto que así os llamáis; volved la cabeza y encontraréis mi respuesta escrita en la pared.

El compadre Tourangeau obedeció y leyó por encima de su ca­beza esta inscripción grabada en el muro: La medicina es hija de los sueños Jamblique(4).
4. El neoplatónico Jamblique –siglos III y IV de nuestra era  se sintió siempre muy atraído por el ocultismo y por los cultos esotéricos.
Pero el doctor Jacques Coictier había oído la pregunta de su compañero con un despecho que se acrecentó ante la respuesta de dom Claude; se acercó al compadre Tourangeau y le dijo al oído en voz lo bastante baja para que no pudiera escucharla el archidiácono:

 Ya os había advertido de su locura, pero vos habéis insistido en verle.

 Es que podría ocurrir que este loco tuviera razón, doctor Jac­ques  le respondió Tourangeau en el mismo tono y con una son­risa amarga.

 ¡Como queráis!  replicó Coictier secamente. Luego se vol­vió hacia el archidiácono:

 Sois rápido en vuestro trabajo, dom Claude, y veo que os im­porta menos Hipócrates que una avellana a un mono. ¡Un sueño la medicina! Estoy seguro que farmacólogos y médicos os lapida­rían si estuvieran aquí. ¡Así que negáis la influencia de los filtros en la sangre y de los ungüentos en el cuerpo! ¿Negáis la eterna farmacia de flores y de metales que se llama mundo, hecha ex­presamente para ese eterno enfermo que se llama hombre?

 Yo niego al médico, no a la medicina ni al enfermo  res­pondió fríamente dom Claude.

 Así, pues, no es verdad  prosiguió Coictier acalorado  que la gota sea un herpes interno, que pueda curarse una herida de artillería mediante la aplicación de un ratón asado o que una san­gre joven pueda devolver la juventud a unas venas viejas ya, me­diante una trasfusión sabiamente realizada. No es verdad que dos y dos son cuatro o que el emprostotonos sucede al opistotonos(5).
5. Opistotonos es una forma avanzada del tétanos; se manifiesta por echar la cabeza y el cuerpo hacia atrás. El emprostotonos es una contrac­ción muscular que hace inclinar el cuerpo hacia adelante.
El archidiácono respondió sin inmutarse:

 Hay cosas sobre las que opino de forma muy particular.

Coictier se puso rojo de cólera.

 ¡Eh, eh! No hay que enfadarse  dijo el compadre Touran­geau ; el señor archidiácono es nuestro amigo.

Coictier se cal mó susurrando en voz baja.

 ¡Después de todo se trata de un loco!

 Demonios, maestro Claude  continuó Tourangeau después de un breve silencio ; me siento muy violento; quería haberos hecho dos consultas, una reference a mi salud y otra referente a mi estrella.

 Señor  le replicó el archidiácono , si pensáis así, mejor ha­bríais hecho no cansándoos en subir la escalera hasta mi celda, pues ni creo en la medicina ni creo en la astrología.

 ¿Es verdad?  dijo el compadre sorprendido.

Coictier se reía forzadamente.

 Ya os dije que estaba loco  dijo muy bajo a Tourangeau . ¡No cree en la astrología!

 ¡Cómo comprender  prosiguió dom Claude  que cada rayo de estrella sea como un hilo que sujete la cabeza de un hom­bre!

 ¿Y en qué creéis entonces?  exclamó el compadre Tou­rangeau.

El archidiácono permaneció indeciso unos instantes y, dejando escapar una sombría sonrisa que parecía contradecir a su respues­ta, les dijo:

 Credo in Deum.

 Dominum nostrum  completó Tourangeau, haciendo la se­ñal de la Cruz.

 Amén  terminó Coictier.

 Reverendo maestro  continuó el compadre , me alegro en el alma de veros en tan buena religión pero, ¿siendo tan sabio como sois, lo sois hasta el punto de no creer ya en la ciencia?

 No  contestó el archidiácono tomando al compadre Tou­rangeau por el brazo, al mismo tiempo que un destello de entu­siasmo brilló en sus pupilas sin brillo ; no, yo no niego la cien­cia. No me he arrastrado durante tanto tiempo ni he clavado las uñas en la tierra a través de las interminables ramificaciones de la caverna, sin percibir, delante de mí, allá lejos, al fondo mismo de la oscura galería una luz, una llama, algo, sin duda el reflejo del deslumbrante laboratorio central en donde los pacientes y los sabios han encontrado a Dïos.

 Y entonces  le interrumpió Tourangeau , ¿qué es lo que consideráis como cierto y verdadero?

 La alquimia.

 Pardiez, dom Claude, la alquimia tiene sin duda su razón de exitir pero, ¿por qué blasfemar de la medicina y de la astrología?

 Nada; vuestra ciencia del hombre no es nada, y nada es tam­poco vuestra ciencia del cielo  les respondiá con autoridad el archidiácono.

  Pero eso es olvidarse de Epidauro y de Caldea  le replicó el médico con sarcasmo.

 Escuchad maese Jacques; estoy hablando de buena fe, pues yo no soy médico del rey y su majestad no me ha dado el jardín Dédalo paca observar las constelaciones. No os enfadéis y escu­chadme. ¿Qué verdad habéis sacado, no digo ya de la medicina, que es algu demencial por demás, sino de la astrología? Citadme las virtudes del bustrofedón(6) vertical, los hallazgos del número zi­ruph y del número zefirod (7).

 Negaréis  dijo Coictier  la fuerza simpática de la clavícu­la(8) de la que procede la cabalística.
6. Antiguos sistemas griegos de escritura.

7. Nombre cabalístico de las diez perfecciones divinas.

8. La clavícula o pequeña llave era un libro que se decía escrito por Salomón.
 Grave error, maese Jacques, pues ninguna de vuestras fór­mulas desemboca en la realidad y por el contrario la alquímia cuenta con muchos descubrimientos que no podréis negar; por ejemplo: el hielo aprisionado bajo tierra durante miles de años se transforma en cristal de roca; el plomo es el padre antepasado de todos los metales (ya que el oro no es un metal; el oro es la luz). Al plomo sólo le faltan cuatro períodos, de doscientos años cada uno, para que pueda pasar sucesivamente al estado de arsé­nico rojo, del arsénico rojo al estaño y de éste a la plata. Éstos son hechos probados, pero el creer en la clavícula, en la línea ple­na y en las estrellas es tan ridículo como creer, como los habi­tantes del Gran Catay, que la oropéndola se transforma en topo y los granos de trigo en peces del género ciprino.

 He estudiado la hermética  exclamó Coictier  y os ase­guro...

El fogoso archidiácono no le dejó terminar:

 Y yo he estudiado la medicina, la astrología y la hermética y os aseguro que únicamente aquí se encuentra la verdad  y al decir esto, abrió el arcón y tomó una redoma llena de aquellos pol­vos de los que ya hemos bablado . ¡Solamente aquí se encuentra la luz! Hipócrates es un sueño, Urania es un sueño; Hermes es un pensamiento. El oro es el sol y hacer oro es ser Dios; ésa es la única ciencia. Os digo que he profundizado en la medicina y en la astrología y no es nada. ¡Nada! ¿EI cuerpo humano? ¡Tinie­blas! ¿Los astros? ¡Tinieblas!  y se dejó caer de nuevo en su sillón en actitud dominadora a inspirada, mientras el compadre Tou­rangeau le observaba silencioso y Coictier sonreía burlón, alzando imperceptiblemente los hombros y repitiendo en voz baja:

 ¡Está loco!

Entonces intervino de pronto Tourangeau:

 ¿Y habéis conseguido ya el objet.ivo maravilloso? ¿Habéis conseguido hacer oro?

 Si lo hubiera conseguido   tespondió el archidiácono, arti­culando lentamente sus palabras como alguien que está reflexio­nando  el rey de Francia se llamaría Claude y no Luis.

Ante esta respuesta, Tourangeau frunció el ceño.

 Pero, ¿qué estoy diciendo?  prosiguió dom Claude con una sonrisa un canto desdeñosa : ¿Qué me importaría el trono de Francia pudiendo levantar el imperio de Oriente?

 ¡Magnífico!  añadió el compadre.

 ¡Ah!, ¡pobre loco, pobre loco!  murmuró Coictier.

Pero el archidiácono proseguía, dando la impresión de respon­der sólo a sus pensamientos.

 No, no; todavía sigo a gatas; aún sigo despellejándome la cara y las rodillas entre las piedras del camino subterráneo. Logro percibir algo pero no puedo verlo aún; no hago sino deletrear, no puedo leer aún.

 Y si supieseis leer  le preguntó el compadre , ¿seríais ca­paz de fabricar oro?

 ¡Sin duda alguna!  le respondió el archidiácono.

 En ese caso, Nuestra Señora sabe cómo necesito el dinero, y me gustaría mucho aprender a leer en vuestros libros. Decidme, reverendo maestro, ¿vuestra ciencia es acaso enemiga o desagra­da a Nuestra Señora?

A esta pregunta del compadre, dom Claude respondió serena­mente y con altivez.

 ¿De quién soy entonces archidiácono?

 Es verdad, maestro; os voy a pedir algo: ¿consentiríais en ini­ciarme? Hacedme deletrear con vos.

Claude tomó entonces la actitud majestuosa y pontifical de un Samuel.

 Sois ya un tanto viejo y se necesitarían más años de los que os quedan para emprender un viaje como éste a través del mis­terio. ¡Vuestros cabellos son ya grises! Se sale de la caverna con el pelo blanco, es verdad, pero hay que entrar con los cabellos ne­gros. La ciencia sabe muy bien, ella sola, socavar, marchitar y se­car los rostros humanos; no necesita que la vejez se los preste, pero si el deseo de entrar en su disciplina os domina a pesar de todo y si a vuestra edad deseáis descifrar el temible alfabeto de los sabios, está bien, venid conmigo y yo intentaré enseñaros. No os pediré, pues ya sois muy anciano para ello, que visitéis las cá­maras mortuorias de las pirámides, de las que habla el antiguo Herodoto, ni la torre de ladrillos de Babilonia, ni el inmenso san­tuario de mármol blanco del templo indio de Eklinga. Tampoco he visto, como os pasa a vos, las construcciones caldeas edificadas según la técnica sagrada de Sikra, ni el templo de Salomón, ya des­truido, ni las lápidas del sepulcro de los reyes de Israel que están rotas; nos limitaremos a algunos fragmentos del libro de Hermes de los que disponemos aquí. Os podría explicar la estatua de San Cristóbal, el símbolo de Semeur y el de los dos ángeles del pórtico de la Santa Capilla, uno de los cuales tiene en sus manos un jarrón y el otro una nube...

Al llegar aquí, Jacques Coictier, desarmado por las réplicas fo­gosas del archidiácono, reaccionó interrumpiéndole con el tono condescendiente con el que un sabio corrige a otro:

 Erras, amici Claudi(9). El símbolo no es el número. Tomáis a Orfeo por Hermes.
9. Te equivocas, mi querido Claudio.
 Sois vos el que yerra  le replicó gravemente el archidiáco­no . Dédalo es la base; Orfeo es la muralla y Hermes es el edi­ficio; es el todo. Venid cuando os plazca  prosiguió volviéndose hacia Tourangeau , que yo os mostraré las laminillas de oro de­positadas en el fondo del crisol de Nicolás Flamel, y podréis com­pararlas con el oro de Guillermo de París. Os enseñaré también las secretas virtudes del término griego peristera (10), pero ante todo, os haré leer una tras otra las letras de mármol del alfabeto, las páginas de granito del libro. Iremos del pórtico del obispo Gui­Ilautne y de Saint Jean le Rond hasta la Santa Capilla y luego a la casa de Nicolás Flamel, en la calle de Marivaulx, a su tumba, que se encuentra en los Santos Inocentes, a sus dos hospitales de la calle Montmorency. Os haré leer también los jeroglíficos que recubren los cuatro salientes de hierro del pórtico del hospital Saint Gervais y de la calle de la Ferronnerie. Deletrearemos juntos las fachadas de Saint Côme, de Sainte Geneviéve des Ardents, de Saint Martin y de Saint Jacques de la Boucherie...
10. En griego antiguo, significaría, primero, palorna; luego, verbena.
Hacía ya mucho tiempo que el Tourangeau, por inteligente que pareciera su miiada, daba la impresión de no poder seguir a dom Claude así que le interrumpió.

 ¡Pardiez! ¿Qué libros son los vuestros?

 Aquí tenéis uno  dijo el archidiácono.

Y abriendo la ventana de la celda, señaló con el dedo la inmen­sa iglesia de Nuestra Señora, que perfilando contra el cielo estre­llado la negra silueta de sus dos torres, de sus costillas de piedra y de su monstruosa grupa, parecía una enorme esfinge de dos ca­bezas sentada en medio de la ciudad.

El archidiácono contempló silencioso durante unos momentos el gigantesco edificio, y extendiendo con un suspiro su mano de­recha en dirección del libro impreso, abierto encima de la mesa, y su mano izquierda hacia Nuestra Señora, y paseando con pena la mirada del libro a la iglesia, dijo:

 ¡Ay! Esto matará a aquello.

Coictier, que apresuradamente se había aproximado al libro, no pudo por menos de exclamar:

 ¡Qué pasa! ¿Qué hay de temible en esto: Glossa in epistolas D. Pauli. Norimbergae, Antonius Koburguer, 1474?(11) No es nada nuevo; es un libro de Pierre Lombard, el maestro de las senten­cias. ¿Es acaso por estar impreso?

 Vos lo habéis dicho  respondió Claude, que parecía absorto en una profunda meditación y permanecía de pie con el índice do­blado y apoyado en el infolio, salido de las famosas prensas de Nuremberg. Después añadió estas misteriosas palabras : ¡Ay, ay, ay! ¡Las cosas pequeñas acaban con las grandes; un diente triunfa sobre una masa. La rata del Nilo mata al cocodrilo; el pez espada mata a la ballena; el libro matará al edificio!

La llamada a silencio en el claustro sonó en el momento en que el doctor Jacques repetía muy bajo a su compañero su eterna canción:

 ¡Está loco!

A lo que su compañero añadió esta vez:

 Creo que sí.

A aquellas horas ningún extraño podía ya permanecer en el claustro. Los dos visitantes se retiraron.

 Maestro  dijo el Tourangeau despidiéndose del archidiáco­no ,estimo en mucho a los sabios y a los grandes espíritus y os tengo a vos en gran estima. Venid mañana al palacio de las Tour­nelles y preguntad por el abad de Saint Martin de Tours.

El archidiácono volvió a su celda estupefacto, comprendiendo por fin qué clase de personaje era el compadre Tourangeau y re­cordando este pasaje del cartulario de Saint Martin de Tours: Ab­bas beati Martini, scilicet rex Franciae, est canonicus de consue­tudine et habet parvam praebendam quam habet sanctus Venan­tius et debet sedere in sede thesaurarii(12).

Se aseguraba que desde entonces el archidiácono tenía frecuen­tes charlas con Luis XI cuando su majestad venía a París, y que el crédito de dom Claude hacía sombra a Olivier le Daim y a Jac­ques Coictier, que, según su costumbre, reprendía mucho al rey por ello.
11. Glosa a las epístolas de San pablo. Nuremberg. A. Koburguer, 1474.

12. El abad de San Martín, es decir, el rey de Francia, es canónigo según la costumbre y tiene la pequeña prebenda de San Venancio y debe sen­tarse en el asiento del tesorero.

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