Guia practica de los padres de la iglesia






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Orígenes (+ 253/54)


Orígenes es uno de los genios más poderosos no so­lamente de la Iglesia, sino de la Humanidad. En la antigüedad cristiana sólo Agustín podría comparársele. Es difícil determinar qué es lo que más hay que admirar en él: la extensión y la fuerza del saber o el entusiasmo, el ardor del hombre, las cualidades religiosas del cristiano, el alma fogosa del apóstol y del mártir.

Dada la riqueza de sus dotes y la diversidad de sus aspectos es difícil abarcarle. Se descubre por tramos o más bien, se entrega poco a poco, al final acaba por penetraros. Pero os deja la impresión de ser inagotable, de facilitados sin cesar nuevos descubrimientos, ¡y qué descubrimientos!

No hay autor antiguo del que estemos mejor informa­dos que de Orígenes, y esto gracias al historiador Eusebio, uno de sus más entusiastas admiradores. Su familia era cristiana y acomodada. Su padre, Leónidas, murió mártir. Su hijo fue educado en un clima de fervor religioso y en la perspectiva del mar­tirio. Queda marcado con ello para toda la vida. Decididamente la ciudad de Alejandría reunía lo mejor y lo peor, el lujo y la ascesis, la voluptuosidad y el heroísmo.

El cristiano

El niño, bautizado en su juventud, recibió una excelente educación. Había admirado a su padre por la viveza de su inteligencia y por las preguntas que le hacía sobre la Escritura. Cuando arrestan a su padre, él quiere seguirle. Su madre se ve obligada a esconder sus vestidos para impedir que se entregue a los magistrados. Al menos escribió a su padre para exhortarle a la constancia. Esta primera carta anuncia su Exhortación al martirio, que es una de sus obras más bellas. Tenía entonces 17 años. Este fervor y esta ma­durez le retratan.

Después de la muerte de Leónidas, todos los bienes de la casa fueron confiscados, lo cual ocasionó apuros a la familia. La madre había quedado viuda con siete hijos. Orígenes era el mayor. Una rica cristiana de Alejandría socorrió a la familia. Pero como estaba influenciada por un gnóstico llamado Pablo, Orígenes rechazó su ayuda. La pureza de la fe le parecía el más precioso de todos los bienes.

Orígenes sentía avidez por la ciencia y la ascesis. El fervor de su vida y la precocidad de su saber deter­minaron al obispo Demetrio a confiar a este joven, aún imberbe, la escuela catequética de Alejandría para instruir a los candidatos al Bautismo. Lejos de amino­rar su fervor, Orígenes se impuso las más duras privaciones, renunció por un tiempo a la cultura pro­fana y vendió los muchos manuscritos de autores griegos que había adquirido. Llevó una vida ascética. Y aún fue más lejos.

El joven maestro

El joven maestro estaba rodeado en la escuela por seductoras egipcias que se preparaban para recibir el Bautismo. Su talento y su juventud debían hechizar a este público sensible y entusiasta. Turbado quizá por la seducción que ejercía, Orígenes hizo el sacrificio de su virilidad. Una vez más escogió la solución heroica, extrema. Se hizo voluntariamente «eunuco por el reino de los cielos».

El éxito de Orígenes crecía. Paganos y herejes se apiñaban en sus clases. Muchos de sus auditores eran versados en filosofía y ciencias profanas. Para poder discutir con ellos, Orígenes siguió los cursos de Amonio Saccas, que enseñaba la filosofía platónica y se dedicó al estudio de Platón y de sus discípulos. El maestro alejandrino da explicaciones sobre esto en una carta, lo que da a entender que fue criticado. El asceta no podía tomar en cuenta los arañazos y continuó dando los cursos.

La escuela, llamada didascalía, consiguió tal renombre que fue preciso duplicar los cursos. Orígenes confió los principiantes a Heracles, para reservarse los cursos superiores. Varios viajes interrumpieron su en­señanza. Orígenes fue a Roma, impulsado por el deseo de conocer aquella antigua Iglesia. Fue llamado a consulta a Arabia y se estableció algún tiempo en Palestina, donde el obispo le pidió que diera conferencias bíblicas en la iglesia. Era inaudito el que un laico predicase. El obispo de Alejandría, susceptible, le hizo volver y el joven teólogo siguió sus cursos.

Parece que por esta época Orígenes conoció a un anciano gnóstico, Ambrosio, al que trajo a la ortodoxia. Este hombre, a quien dedica su tratado Sobre la oración, disponía de una fortuna considerable. La histo­ria de la Iglesia le debe muchísimo. El puso a disposición de Orígenes un equipo de siete taquígrafos que se relevaban de hora en hora para escribir al dictado de él. Otros tantos copistas y muchachas ejercitadas en la caligrafía, para poner en limpio y difundir sus obras. De esta época datan los trabajos sobre el texto y la interpretación de los libros sagrados.

En el 230, un incidente enojoso puso fin a la ense­ñanza alejandrina. En Palestina, a donde había vuel­to, los obispos de Cesarea y de Jerusalén le ordenaron sacerdote para facilitarle la predicación. Esto levantó un clamor de protesta en Alejandría. El obispo de la ciudad se mostró brutal (Eusebio emplea el bonito eufemismo: «Experimentó sentimientos humanos»). Le declaró privado del sacerdocio y le hizo desterrar.

En Cesarea

Orígenes se instaló de forma definitiva en Cesarea, al noroeste de Jerusalén. Abrió una escuela y comenzó de nuevo la enseñanza que no podía ejercer en Egipto, donde su antiguo colaborador, hecho obispo, hizo suyas las medidas tomadas por su predecesor. Orígenes simultanea la enseñanza, la predicación cotidiana, y la composición de sus obras. Durante aquellos años Cesarea es el hogar intelectual más brillante de la cristiandad. Orígenes ha conquistado la plena madurez de su espíritu en la plenitud de su fe. Es un teólogo universalmente conocido y consultado.

Algunas ausencias interrumpieron la enseñanza. En varias ocasiones marchó a Arabia para dirimir discusiones teológicas. En 1941 se encontró en Toura, cerca del Cairo, un papiro que contenía su discusión con el obispo Heráclides en Arabia. Orígenes había sido invitado como experto. Pregunta al obispo y ex­pone después su modo de ver las relaciones entre el Padre y el Hijo. El texto conserva el tono directo de la conversación. Orígenes muestra en la discusión un tacto perfecto.

En el año 250 estalló una de las más temibles persecuciones, desencadenada por el emperador Decio. El príncipe apuntaba a la cabeza: los obispos y los doctores. Orígenes no podía escapar. Estaba dispuesto. Los años no habían hecho más que intensificar en él el deseo del martirio y su entusiasmo, que jamás se debilitó. Sufrió, cuenta Eusebio, «cadenas, torturas en su cuerpo, torturas de hierros, torturas de prisión en los sótanos de los calabozos. Por varios días tuvo los pies en el cepo hasta el tercer agujero y fue ame­nazado con fuego. Soportó valientemente todo lo que sus enemigos le infligieron» 105

El mártir sobrevivió, pero, agotado, murió poco tiem­po después, probablemente en Cesarea. Durante años se visitó su tumba en Tiro, al sur del actual Líbano.

El índice bibliográfico minuciosamente compuesto por H. Crouzel reúne el conjunto de obras acerca del escritor, el profesor y el predicador. No se trata del hombre y sin embargo es el hombre el que nos inte­resa ante todo. Las 2.000 obras de Orígenes nos in­teresan en función de este hombre, que no fue ante todo un cerebro, sino un ser de carne y hueso, de luz y de fuego.

El hombre no se prostituye. Muestra plena reserva de pudor sobre todo en lo que toca a su fe y a su vida. Es y se mantiene reservado. No es un seductor como Clemente. No es tampoco orador, ignora ese arte. Nunca eleva la voz hasta la elocuencia. Habla en tono de confidencia, como lo hacía, más cercano a noso­tros, Guardini, siempre en el interior de la Tienda donde Dios une y habla. El alejandrino ignora el es­pejismo del Verbo y la magia de las palabras que ma­nejaban con maestría el hombre de Nacianzo y el obispo de Hipona. Su voz es como velada, el fuego se esconde entre la ceniza. «La voz del Alejandrino se parece más bien a esos vientos del desierto, ardien­tes y secos, que pasan a veces sobre el delta del Nilo, llevada por una pasión que no tiene nada de romántico, un soplo puro, un soplo de fuego» (Urs von Balthasar).

Orígenes, que dictaba y no escribía, está «despoja­do hasta la pobreza». Este apasionado, este ser de fuego, por una paradoja, consigue que le olviden, se borra y desaparece, como si no fuera más que el intermediario, el introductor encargado de hacer que los dos interlocutores se encuentren: el Verbo de Dios y la Iglesia o el creyente. Nunca penetra con violencia en los corazones, le basta con abrir los caminos, como Juan Bautista, cuya figura retiene con predilección ya que se reconocía en él. El que aplica el oído, oye latir el corazón de este hombre tierno cuan­do comenta la Escritura. Orígenes se traiciona o se descubre cuando predica, cuando ora, cuando lleva la Palabra, como el pan de la Eucaristía, a los que le escuchan como hambrientos. Los oyentes le sorpren­den rezando. Las comisuras de sus labios tiemblan de modo imperceptible, con una emoción que no engaña.

Siente vibrar el corazón de la divina ternura «en el cuerpo de humildad» que son las cartas y los volúmenes de la Escritura. Es el milagro de la multiplicación de los panes que se renueva sin cesar. El misterio de la Encarnación se prolonga y, en Orígenes, provoca el éxtasis.

La obra gigantesca

Ni siquiera se puede tratar de enumerar las obras de Orígenes. Una parte se ha perdido y otra no se encuentra más que en traducciones o en fragmentos. Las arenas de Egipto nos devuelven de vez en cuando algunos restos. Citemos al menos las Hexaplas (o Biblia séxtuple), empresa gigantesca en la que, a seis columnas, Orígenes ofrecía el texto hebreo (en caracteres hebraicos y griegos) y las cuatro versiones griegas de la Biblia. Este trabajo indudablemente nunca ha sido reproducido. El único ejemplar quedó en Cesarea hasta la invasión de los sarracenos, en el siglo cuarto. Eusebio y Jerónimo lo vieron y consultaron.

Otras dos obras no tienen relación directa con la Escritura: Contra Celso, es a la vez una refutación del filósofo pagano Celso y una apología del cristianismo. El tratado de los Principios es una obra de juventud, compuesta durante los años 225-230. Es una verda­dera suma teológica, la primera síntesis en la histo­ria de la teología; esta obra marca una fecha. El au­tor está influenciado en ella por la filosofía platónica. En ella enseña la apocatástasis o restauración universal, que será tan reprochada en los siglos poste­riores. Hay que notar que las tesis inculpadas no se encuentran ya en las obras de su madurez.

La mayor parte de su obra está consagrada a la exégesis. Está compuesta de escolias, homilías y comentarios; los escolios son simples notas explicativas a pasajes o palabras difíciles, las homilías fueron predicadas a los fieles de Cesarea. De los 574 sermones, sólo 240 se han conservado. Los comentarios son estudios más extensos, de carácter científico, sobre libros de la Escritura. Ninguno nos ha llegado íntegro. Orígenes demuestra en ellos una erudición que abarca todas las ramas: filología, historia, filosofía y teología. No se detiene en el sentido literal, cuyo significado él conoce mejor que nadie, sino que se esfuerza por llegar al sentido espiritual, gracias al método alegórico ya utilizado por Clemente.

De su abundante correspondencia no nos quedan más que dos cartas. Hay que añadir los dos libros peque­ños, pero maravillosos, ya mencionados: La Exhorta­ción al martirio y el Tratado sobre la oración.

Características

¿Cómo caracterizar esta obra, una de las más prodigiosas que haya producido un ser humano? Por no haber llegado al fondo y no haber calado sus in­ternos resortes, unos han deformado y otros han acusado tendenciosamente el pensamiento de Orígenes. Cualquier inspectorcillo eclesiástico de escuelas, anti origenista, se ufanaba de refutarla: ¡el cabo corrigiendo la estrategia de Napoleón! ¡Qué pedantes!

La obra del alejandrino brota del mantillo fértil de la Escritura. La palabra de Dios es el centro de su pensamiento, de su inspiración, de su vida. Todo está en ella. Orígenes cae en la cuenta, sin la mediación de ninguna filosofía, con una agudeza que quizá sólo él posee hasta ese punto, de que la Escritura no es un documento sino una Presencia. Busca, con el amor de la Esposa del Cantar de los Cantares, esa presencia que se oculta y que debe descubrir cueste lo que cueste. Para Orígenes, la Escritura es realmente el sacramento de la presencia de Dios en el mundo. Conoce mejor que nadie la envoltura, el sentido literal; nadie en la antigüedad tenía su formación exegética, que admira incluso a los modernos. Pero lo que le interesa no es aferrarse al vestido, sino encontrar la Palabra encarnada. Esa búsqueda es la explicación y el mo­tivo del método alegórico.

Para dar todo su fruto, el método alegórico debe considerar la Escritura en su relación con el misterio de la Encarnación. El texto «respira», como decía Claudel, la misma presencia que la historia de la Humanidad. Habla del principio al fin del Verbo encarnado. Lutero le compara con los pañales de Belén. Es el Verbo encarnado.

Su penetración exige, más que el estudio, la fe, el trato, la intimidad de Jesús. Lo que le parece más necesario a Orígenes es la oración. «Cuando te apliques a la lectura divina, escribe a Gregorio Tauma­turgo, busca cuidadosamente y con espíritu de fe lo que pasa desapercibido a muchos, el espíritu de las




divinas Escrituras. No te contentes con golpear y „ buscar. Lo más importante para obtener la inteligencia de las letras divinas es la oración».

Tanto para el predicador como para la comunidad, la predicación y la lectura de la Escritura deben ser, en sí mismas, una oración en el sentido de búsqueda de la Presencia. Exigen una disponibilidad con respecto a la Palabra viva. La oración salpica sus homilías y sus comentarios. Se dirige habitualmente a Cristo al que invoca como rey, amigo y esposo. Nos demuestra una devoción a la vez viril y discreta, tierna y apasionada. Estas efusiones místicas, lejos de estar al margen de su comentario, son el centro de su pensamiento bíblico, como el reconocimiento de una intuición, de un encuentro.

La palabra de Dios se revela a los hombres por su venida hasta nosotros y hasta el despojo, la kénosis, de la cruz. La fe descubre en la Escritura a Cristo crucificado, cuyo corazón traspasado en la cruz, revela al mundo la ternura infinita que le da vida y consistencia. El misterio del Crucificado acompasa en adelante la marcha a través del desierto e inspira a Orígenes la ascesis que le crucifica.

El hombre de la Iglesia

La presencia de Dios, unida antes al templo material, habita, a partir de la Encarnación, en la humanidad de Jesús presente en la Iglesia. La predicación tiene para Orígenes un valor vital, porque ella es la veni­da, la manifestación actual de Cristo a la comunidad reunida en su nombre. Este elemento eclesiológico es la segunda clave del pensamiento origeniano.

Orígenes no ha escrito ningún tratado de la Iglesia. Las ideas que le son más queridas, que constituyen la arquitectura de su pensamiento, no están nunca expuestas ex professo, sino que se encuentran, como el alma de su pensamiento, diluidas por todas par­tes. Hay que dejarse penetrar por ellas para percibirlas.

«La Iglesia, dice Orígenes, es el cuerpo de Cristo. Tocar a la Iglesia, es tocar la carne de Cristo». El Alejandrino compara el Bautismo, que nos agrega al cuerpo de Cristo, con el contacto directo de la hu­manidad de Cristo. Esta equivalencia es más que una convicción, es un principio de vida, es su medio vital. Aquí el lector perspicaz descubre el secreto de Orígenes que hace latir su corazón.

«Quisiera ser un hijo de la Iglesia; no ser conocido como el fundador de alguna herejía, sino llevar el nombre de Cristo; quisiera llevar este nombre que es bendición en la tierra. Este es mi deseo: que mi espíritu, como mis obras, me den derecho a ser llamado cristiano.

»Si yo, que a los ojos de los demás soy tu mano derecha, yo, que llevo el nombre de sacerdote y tengo por misión anunciar la Palabra, llegase a cometer alguna falta contra la enseñanza de la Iglesia, o contra las normas del Evangelio y convertirme así en escándalo para la Iglesia, que toda la Iglesia, por decisión unánime, me separe, a mí, su derecha, y me eche lejos de ella».

Cuando habla de la Iglesia, este místico es de un realismo, de una dureza de lenguaje que sorprende y podría escandalizar a los débiles. Esta dureza viene de la llama que le abrasa. Compara a la Iglesia con Rahab y con María la pecadora. La Iglesia sólo es santa, porque lava sin cesar su pecado en la sangre de la cruz.

Esta doctrina de la Iglesia no tiene nada de esotérico, tiene siempre una dimensión universal, cósmica. Se trata de la creación entera. El Verbo es el alma del mundo. Su acción se desarrolla en todas las escalones del universo. La redención restablece los lazos entre todas las esferas de la creación. Los ángeles son solidarios de los hombres, participan en la oración de la Iglesia.

Con una excepcional conciencia cósmica, Orígenes ora por la transformación universal del cosmos, para que la tierra misma se haga cielo en la reunión y la transfiguración universales. En este sentido, Orígenes interpreta la unión de la nueva Eva con el nuevo Adán, la visión de los huesos de Ezequiel, la pascua eterna en la que Cristo beberá con nosotros el vino real.

Todo fiel participa en calidad de miembro en el misterio de la presencia de Dios y de Cristo en la Escritura, en la Iglesia. El hombre lleva desde su creación la impronta divina. «Todo lo que está dotado de ra­zón participa de esta luz». El alma es el lugar de la elección. Lo mismo que la Iglesia, el hombre es pecador y santo, desgarrado entre la caída y la vuelta.

Camino hacia Dios

Su caminar hacia Dios, su éxtasis, es al mismo tiempo un caminar hacia el centro de su ser. La fe le refleja la imagen del Logos y le permite contemplar a Cris­to. Le permite descubrir en él el paraíso en el que Dios se pasea. «Así pues, cada justo que imita en cuanto puede al Salvador, es una estatua a imagen del Creador. La realiza contemplando a Dios con corazón puro, haciéndose una réplica de Dios... De este modo el espíritu de Cristo habita, si así lo puedo decir, en sus imágenes».

Hay más que presencia, hay unión mística para la cual Orígenes toma las imágenes de Luz, Voz, Perfume, la de aliento que nos «transforma en Dios», y finalmente la imagen del matrimonio, la unión personal que se realiza en el éxtasis. Esta unión hace aparecer el carácter oblacional de la vida cristiana. La asimilación a Cristo se efectúa progresivamente en el fue­go que es puro y purifica la víctima, el cuerpo de Cristo.

Esta ofrenda interior, este desasimiento de todo el ser, que viene a ser su riqueza, encontrará su perfeccionamiento en el cielo, cuando, llegado a su plena estatura, el cuerpo entero, reunido, juntura tras jun­tura, cantará un himno y dará gracias a Dios. Entonces la creación entera se habrá hecho alabanza y acción de gracias. «Ahí está toda la teología».

Al lector de Orígenes se le impone la fascinación de una presencia que le penetra insensible e irresistible­mente. Todos los que le trataron quedaron marcados por este «hombre de acero», como se le llamó. Los Capadocios fueron los primeros en recoger su herencia. Hilario se deja penetrar por él, Ambrosio le copia, Agustín depende de él. El mismo Jerónimo le ha explotado antes de atacarle indignamente. Los siglos siguientes pueden intentar procesarle, pero todos viven de sus despojos.

Será difícil estimar en demasía a un hombre que, como nota Urs von Baltasar, doscientos años des­pués de Cristo y doscientos años antes que Agustín, ha dado a la teología cristiana la estatura que hoy tiene.

La homilía que presentamos es una obra maestra de finura sicológica y de sensibi­lidad religiosa, cualidades que han man­tenido al texto en toda su juventud y nos hacen experimentar con fuerza el drama de Abraham, dividido entre su amor y su fe.

EL SACRIFICIO DE ABRAHAM (14)

1. Prestad oído, vosotros que habéis venido cerca del Señor, que pretendéis ser fieles; poned gran cuidado en considerar, en el relato que se os ha leído, cómo es puesta a prueba la fe de los fieles. Sucedió, dice la Escritura, después de esto, que Dios probó a Abraham y le dijo: «Abraham, Abraham». Y éste le respondió: «Aquí estoy». Considera cada detalle de la Escritura. Para el que sabe cavar a fondo, cada uno de ellos encierra un tesoro. Donde quizá menos se espera, se ocultan las joyas preciosas de los misterios.

El nombre de Abraham

El hombre del que hablamos se llamaba al principio Abram. En ninguna parte leemos que Dios le haya llamado por ese nombre o le haya dicho: Abram, Abram. Dios no podía llamarle con el nombre que iba a suprimir. Le llama con el nombre que El mis­mo le ha dado. No se contenta con darle ese nombre, sino que lo repite. A su respuesta: «Aquí estoy», Dios continúa: «Toma a Isaac, tu hijo muy querido al que amas, y ofrécemelo. Vete, añadió, a un lugar elevado y ofrécemelo en holocausto en la mon­taña que Yo te indicaré».

Dios mismo explicó el nombre de Abraham que le dio: «Pues te he constituido padre de muchos pueblos» (Génesis, 17,5). Dios le hizo esta promesa cuando no tenía más hijo que Ismael; pero le aseguró que la promesa se realizaría cuando Sara tuviera un hijo. Había encendido en su corazón el amor paternal, no solamente dándole una descendencia, sino haciéndole esperar el cumplimiento de las promesas.

La prueba de Abraham

Y he aquí que ese hijo, objetivo de promesas tan grandes y tan maravillosas, ese hijo, digo, que le ha valido d nombre de Abra­ham, el Señor le pide que se lo ofrezca en holocausto en uno de los montes.

¿Qué dices Abraham? ¿Qué pensamientos remueven tu cora­zón? La voz de Dios ha hablado para sacudir tu fe y probarla. ¿Qué dices tú? ¿Qué piensas de ello? ¿Cambias acaso de opi­nión? ¿Te dice acaso interiormente reflexionando: si la promesa me ha sido dada en Isaac y ahora lo ofrezco en holocausto, no me queda ya promesa que esperar? Quizá pienses más bien: es imposible que el que haya hecho la promesa haya mentido. Pase lo que pase la promesa permanecerá.

Yo, es verdad, soy muy pequeño, no soy quién para escrutar los pensamientos de un tan gran patriarca. Jamás conocería las re­flexiones, los sentimientos que agitaron su corazón cuando la voz de Dios le puso a prueba ordenándole inmolar a su hijo úni­co. Pero como el espíritu de los profetas está sometido a los pro­fetas (1 Corintios, 14,32), el apóstol Pablo conoció, creo, por el Espíritu, los sen­timientos y las reflexiones de Abraham. Los precisa cuando es­cribe: «En su fe Abraham no dudó cuando ofreció a su hijo único, sobre el que se apoyaba la promesa; se dijo que Dios es suficiente­mente poderoso como para resucitar a los muertos» (Hebreos, 11,17).

El apóstol, pues, nos ha dado los pensamientos de este hombre de fe; la fe en la resurrección ha aparecido por vez primera con la historia de Isaac. Abraham esperaba que Isaac resucitaría; tuvo fe en que se realizaría lo que aún no se había cumplido. ¿Cómo pueden ser hijos de Abraham los que no creen cumplido en Cristo lo que Abraham creyó deber cumplirse en Isaac? Y, para hablar más claramente aún, Abraham sabía que prefigura­ba la verdad que iba a venir, sabía que, de su posteridad na­cería Cristo, que sería realmente ofrecido como víctima por el universo entero y resucitaría de entre los muertos.

El hijo muy querido

2. Pero, dice la Escritura: «Dios probó a Abraham y le orde­nó: toma a tu hijo muy querido, al que amas. No se contenta con decir: tu hijo, sino que añade muy querido». Bien; pero ¿por qué añadir: el que amas? Piensa en lo dura que es la prueba. Es­tos apelativos de amor y de ternura repetidos una y otra vez hacen más vivos los sentimientos de un padre: el recuerdo vivo de este amor hace vacilar a las manos del padre que debe inmo­lar a su hijo; todo el séquito de la carne se dirige contra la fe del espíritu. En la hora de la prueba, oye: «Toma, sí, a tu hijo muy amado, al que amas, Isaac.»

Pase también, Señor, que hagas memoria de un hijo a su padre, ¡pero llamas muy querido al que mandas inmolar! Es demasiado para el suplicio del padre. Y aún añades: al que amas. Lo cual hace el suplicio para el padre tres veces mayor. ¿Para qué recor­dar su nombre: Isaac? ¿Podía Abraham ignorar que su hijo muy querido, al que amaba, se Llamaba Isaac? ¿Por qué recordarlo en este momento? Para que recordara Abraham que tú le habías dicho: en Isaac radicará tu descendencia que perpetuará tu nombre (Génesis, 21,1). En Isaac se realizarán para Ti las promesas. Re­cuerda el nombre para poner en duda las promesas hechas en ese nombre. Todo ello para probar la fe de Abraham.

Vele a un lugar elevado

3. ¿Qué hay después? Vete, le dijo, a un lugar elevado sobre una de las montañas que Yo te mostraré. Allí inmolarás el holo­causto. Considerad detalladamente la progresión de la prueba. Vete a un lugar elevado. ¿Por qué no conducir a Abraham con el hijo a ese lugar elevado y Mostrarle la montaña escogida por el Señor y allí mandarle ofrecer su hijo? Pues no: primero se le ha mandado ofrecer al hijo, luego dirigirse a un lugar elevado y allí subir una montaña. ¿Con qué intención?

Para que en el camino, mientras camina, se sienta, a lo largo de todo el recorrido, importunado por sus reflexiones, para que sea atormentado alternativamente por la orden que le oprime y por el amor a su hijo único que se resiste. He aquí por qué debe re­correr el camino y subir la montaña, para darle tiempo a lo lar­go de todo el trayecto, a enfrentarse con su corazón y con su fe, con el amor a Dios y el amor a la carne, con la alegría de lo pre­sente y la espera de los bienes futuros.

Le es preciso ir a un sitio elevado. No le basta al patriarca para realizar una tan gran obra en nombre del Señor, con dirigirse a un lugar elevado; es necesario que suba una montaña, lo cual quiere decir que le hace falta dejar, llevado por la fe, las cosas de la tierra para subir hacia las de arriba.

El trayecto de Abraham

4. Abraham se levantó temprano, ensilló su asna y cortó la leña para el holocausto. Tomó consigo a su hijo Isaac y dos sir­vientes; llegó al lugar que Dios le había fijado al tercer día. Abraham se levantó al amanecer. Al añadir «al amanecer», la Escritura quiere mostrar acaso que el alba de la luz brillaba ya en tu corazón. Ensilló su asna, preparó la leña y tomó a su hijo. No delibera, no apela a efugios, no descubre a nadie sus planes, sino que inmediatamente se pone en camino.

Y llegó al lugar que Dios le había señalado al tercer día. Por ahora dejo aparte el misterio expresado por el día tercero, para no considerar más que la sabiduría y el designio del que pone a prueba. Los alrededores no tenían montes y todo tenía que acon­tecer en las cumbres; así, el viaje se prolonga durante tres días, tres días en los que las inquietudes le asedian, en los que su ter­nura de padre se ve atormentada. Y a lo largo de toda esta es­pera, el padre puede contemplar detenidamente a su hijo, come con él. En el transcurso de estas noches, el niño abraza a su pa­dre, se acurruca contra su pecho, reposa sobre su corazón. Mi­rad: la prueba llega a su colmo.

El día tercero está siempre lleno de misterios. El pueblo que sale de Egipto, el tercer día ofrece a Dios su sacrificio, el tercer día se purifica. La resurrección del Señor tuvo lugar el día tercero. Este día encierra otros muchos misterios.
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