Guia practica de los padres de la iglesia






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Clemente de Alejandría (+ antes del 215)


El viajero europeo que desembarca hoy en el puerto de Alejandría puede hacerse una idea atenuada de la importancia de esta metrópoli: mercado del mundo en la encrucijada de las rutas de África y Asia, en el gollete en que se angosta el Mediterráneo. Apenas puede imaginarse la vitalidad de aquella aglomeración,

en constante crecimiento, no solamente en tiempos de los Tolomeos sino aun en el siglo tercero, en la época de Clemente y de Orígenes. Era una ciudad de un millón de habitantes.

La inteligencia disponía allí de una biblioteca incomparable, y de un museo que era la universidad del helenismo. La industria del papiro completaba el aparejo intelectual. Si la población en su mayoría era comerciante e industrial, la ciudad, intelectual­mente, había tomado el relevo de Atenas, en manos de mujeres, e incluso de Roma. Todas las filosofías, todas las morales, todas las religiones se daban cita en ella. Alejandría era el mercado mundial de las ideas, la encrucijada de los sistemas.

Alejandría cristiana

Cuando Clemente aparece allí hacia el año 180, la ciudad puede ya catalogar diez obispos. El cristianismo parece haberse desarrollado allí principalmente entre la población judía —un tercio de la ciudad era judío— conocida por su amplitud de espíritu, después había llegado a los medios paganos. Apolo, del que se trata en la epístola a los Corintios, era de Alejandría.

En la metrópoli egipcia se instalan, junto a la gran iglesia, las escuelas gnósticas de Valentín, de Basíli­des y Carpócrates, cuyas doctrinas iban a tomar, juntamente con los tejidos y las especias, el camino de Europa. Panteno, llegado indudablemente de Si­cilia, dirigía allí una escuela análoga a la de Justino, que se parecía a una universidad cristiana por la amplitud de las materias enseñadas, y a un cenáculo por el carácter restringido de los estudiantes, agrupa­dos alrededor de un maestro.

La búsqueda de Clemente

Allí concluyen los viajes y las búsquedas de Clemente; allí encuentra el maestro y la luz. De discípulo se hace a su vez maestro. En la «didascalía», como se llama a la escuela, reúne a oyentes de ambos sexos, la clase culta y rica de la ciudad. En su enseñanza se esfuerza por establecer la alianza entre el Evangelio y la cultura. Su impulso permite al cristianismo, procedente de un medio semítico, recibir la educación griega. Gracias a él Alejandría se hace, en el recodo del siglo segundo, la cuna del helenismo cristiano. Es el primero de un linaje que han ilustrado a la Iglesia.

Clemente tenía nombre romano, quizá el de su dueño, que le había manumitido. Nació probablemente en Atenas, hacia el año 150, de padres paganos. Recibió una sólida formación literaria. Parece haber sido iniciado en los misterios de Eleusis, después se convirtió al cristianismo. Las circunstancias de su conversión son oscuras. Quizá fue seducido por la elevación y la pureza de la moral evangélica. Intervinieron, además, otros motivos más intelectuales: la doctrina cristiana debió parecerle el perfeccionamiento de la filosofía helénica.

Una vez convertido, Clemente viajó por la Italia meridional, Siria y Palestina, en busca de los maestros más famosos, hasta que encuentra a Panteno, el maestro soñado, que le fija en Alejandría. Allí permanece hasta la persecución de Septimio Severo, el 202 ó 203. En el exilio continúa sirviendo a la Iglesia y redactando sus obras. Una carta conservada por Eusebio le presenta como «el bienaventurado presbítero». ¿Fue realmente sacerdote? Los historiadores siguen discutiéndolo. Murió el 215, sin haber vuelto a ver Egipto.

Si los detalles sobre su vida son pocos, su personalidad se descubre a través de los escritos, en los que se manifiesta tal como es y revela su fe y su cultura. Esta última era más extensa que profunda. Admira por su facilidad de acogida a todo lo que sea noble y bello. El espíritu del Evangelio, lejos de frenarlo, desarrolla en él esta disponibilidad universal. Entu­siasta por naturaleza, poeta y místico, persuasivo y elocuente, espíritu intuitivo, cuando hace falta. Clemente seduce por su naturalidad, su espontaneidad, su sensibilidad y su imaginación siempre despierta.

El hombre

Newman ha definido su seducción comparándola a una música. El alejandrino es de esos hombres que saben hacerse amar y que con toda naturalidad suscitan cenáculos en derredor suyo. Ama al hombre con ardor y con tolerancia mostrándole confianza con agra­do. Es lo opuesto a Tertuliano. Al contrario de éste, asombra por su moderación, lejos de las posturas ex­tremas, como lo muestra su actitud respecto a la ri­queza y al matrimonio.

La imagen del pedagogo que él aplica a Cristo, con las debidas proporciones, le cuadra igualmente. Es un educador nato, lúcido, observador y a veces socarrón, que sabe castigar con pleno conocimiento y acusar los vicios, no como el comediante que imita las extravagancias, sino como un sabio que distingue la inanidad ontológica y moral de la glotonería, de la coquetería, del lujo y del dinero. Su constante afán es convertir, educar, llevar los hombres a la perfección. Clemente es más bien maestro que no escritor. Hablar no es escribir. A pesar de su brillantez, como escritor, prolijo, difuso y difícil, parece falto de rigor, de plan y de método. Hay que saber pasar por alto los defectos de la composición, para llegar al inteligente cristiano cuya enseñanza no tiene nada de pedante. Nos introduce en el espíritu de infancia comunicándonos el secreto de su vida y el fervor de su fe. El contacto con los hombres ha enseñado a este filósofo a abordar los problemas con realismo y dirigir la enseñanza a la vida. Los problemas filosóficos no le interesan sino en la medida en que transforman al hombre.

La obra

Se han conservado tres obras que constituyen lo que podríamos llamar la trilogía de Clemente: El Protréptico, el Pedagogo, y los Stromata. Representan una progresión, un itinerario espiritual de la conversión a la perfección. El Protréptico debería traducirse por "Exhortación a los griegos", que es su título completo. Este libro, destinado al público pagano, es también el que ha sido redactado con mayor cuidado y compuesto con más método. Se lee con facilidad, ya que en él su cultura es atractiva, su tono espontáneo y entusiasta, y su sicología del medio alejandrino, perspicaz para descubrir lo que el escepticismo ocultaba de inquietud y de espera.El libro se abre con un himno a Cristo, rítmico, de una escritura refinada, de un lirismo comunicativo. Este nuevo canto es más bello que todos los cantos de la leyenda. "Y este descendiente de David, el Logos de Dios, que existía antes que David, ha despreciado la lira y la cítara, instrumentos sin alma; ha regulado por medio del Santo Espíritu nuestro universo y nuestro microcosmos, el hombre cuerpo y alma. Se sirve de este instrumento de mil voces para celebrar a Dios. El mismo canta al ritmo del instrumento del hombre" (1, 5, 3).

Después de este exordio lírico, Clemente pasa revista a las doctrinas y las instituciones para descubrir su debilidad y su indignidad. Sólo la filosofía cuenta con su beneplácito. Con gesto dramático Clemente trae a Platón a escena. Le interroga. La respuesta sacada del Timeo le ofrece el tema de su exposición. Después de los filósofos, los poetas. El Protréptico recoge la tesis de Justino: Platón ha sido iluminado por la Escritura. Pero la verdad total no se encuentra más que en los profetas que llaman a todos los hombres. Para Clemente el libro es en adelante la Escritura.

El libro se acaba, como una sinfonía, con el tema de la obertura, que interpreta la unión de la Humanidad en torno de Cristo.

Clemente habla del paganismo como quien lo conoce por dentro, sin cargar las tintas en las condenaciones, como lo hará Agustín en La Ciudad de Dios. No quiere humillar al adversario, sino mostrarle la debilidad del paganismo, y encaminarle, por encima de la niebla que tapa su vista, hasta el encuentro de Dios y llevarle a la exclamación (tomada de Esquilo) : "¡Salve, oh luz!"

Este es el libro de fervor y de poesía, que no se contenta con aclarar y conmover, sino que pretende llevar a los paganos a la conversión. "Démonos prisa, nosotros que somos imágenes del Logos, imágenes que aman a Dios y se le asemejan. Démonos prisa, corramos, tomemos su yugo, persigamos la incorruptibilidad" (12, 121, 1).

El Protréptico era el libro de la iniciación. El Pedagogo es el manual del creyente. Se dirige a los con-vertidos, para perfeccionar su formación evangélica. El pedagogo en la antigüedad era el encargado de velar por la educación del joven ateniense y formar su carácter. Hacía el papel del tutor en Oxford. Al escoger este título, Clemente subraya el papel educativo de Cristo. Se trata, pues, de un manual de ética cristiana, teórico y práctico a la vez, que dispone al discípulo para recibir la enseñanza del Maestro.

El Logos-pedagogo es Cristo. El toma a su cargo la educación cristiana. Tiene cuidado por transformar la vida introduciendo en ella las costumbres cristianas. Si el Logos es el pedagogo, los fieles son los niños. A Clemente le gusta jugar con este aspecto de la imagen. Le permite desarrollar el espíritu de infancia, mezcla de humildad, de sencillez, de sinceridad, de rectitud y de pureza, y también de fragilidad. El niño tiene necesidad de ser protegido, guiado, librado, para encontrar la risa, el juego, la alegría. Tiene los ojos puestos en el Logos, su ejemplo, al que trata de imitar, al que debe asimilar, según el cual debe modelar su comportamiento y aun los actos más insignificantes de su existencia.

Clemente no se contenta con enunciar los principios. Ofrece un verdadero código de decoro cristiano; pasa revista al arte de comer, de beber, de comportarse en la mesa, de no hablar, como se nos ha enseñado en la infancia, con la boca llena. Se fija en el lujo de la vajilla y del mobiliario. Cuando llega en su inventario al dormitorio, habla de la vida sexual. Vuelve de nue­vo a la coquetería y a los asuntos de tocador, al abuso con los domésticos (aquí habla a la clase burguesa), y al peligro que para el pudor tienen los baños públicos.

El Alejandrino escribe para un público aristocrático que gustaba del lujo y los placeres. Partiendo del Pe­dagogo, sería fácil reconstruir la jornada de un rico alejandrino al comienzo del siglo tercero y descubrir en él la pintura de una sociedad rica en dinero y diversiones. El autor mezcla con la moral que desarrolla consejos de simple trato social, donde no siempre evita la trivialidad y el mal gusto. Enseña a eructar, a escupir y a cuidarse los dientes. Es el código del hombre bien educado o, como dice Clemente, del «hombre bien nacido».

Estos consejos prácticos, que visiblemente imita de los moralistas paganos, no deben inducirnos a error. Clemente nunca pierde de vista su objetivo, que es el de inculcar una moral cristiana, según los principios del Evangelio. Todos los principios, tomados del pensamiento griego, son insertados en una perspectiva cristiana, y cristianizados por su relación

La moral de Clemente es exigente, impone una ascesis, que va hasta la cruz y es el preludio de la espiritualidad monástica. Su mérito está en escribir para gente de mundo, sin sacarlos del mundo, pero esclareciendo el sentido y las exigencias de su presencia. Lo hace como San Francisco de Sales, con un atractivo que arrastra. Lejos de enojarse con la naturaleza y la vida, sabe, de paso, gustar de los encantos de la primavera y admirar las praderas en flor.

La tercera tabla del tríptico está constituida por los Stromata que se traduce por «Tapices». Mejor se diría Miscelánea o «Variedades», a la manera de Paul Valéry. La obra está inacabada. Algunos capítulos huelen a improvisación y parecen provenir de cursos explicados por Clemente. Teología, filosofía, erudición y apologética se mezclan en ella. Dos temas o dos estribillos sobresalen: las relaciones entre el cristianismo y la filosofía griega, y la descripción de la vida perfecta, que nos presenta el retrato del perfecto gnóstico, es decir, el creyente llegado a la perfección que nos ofrece un tratado de vida espiritual.

Los ocho libros de los Stromata constituyen material­mente una obra considerable; es la más larga escrita hasta entonces en la literatura cristiana. Constituye un verdadero monumento en la historia de las ideas. Es la primera vez que un filósofo cristiano escribe con tanta amplitud sobre la relación entre la fe y el cono­cimiento, y da al Evangelio derecho de ciudadanía en las grandes filosofías del mundo.

En ella trata el autor las cuestiones más difíciles que nunca han cesado de apasionar a los hombres: relaciones entre la filosofía y la verdad cristiana, estructura del acto de fe, sentido cristiano de la historia, sen­tido y fines del matrimonio, conocimiento de Dios, simbolismo de la naturaleza y de la Escritura, grados del saber humano, itinerario de la perfección cristiana.

En estas tres obras, Clemente, con los recursos de una ciencia infinitamente más extensa, vuelve al hilo de la obra de Justino. Su ambición es guiar al creyente de la fe al conocimiento: «La fe es la simiente; el conocimiento, el fruto». Clemente extrae la verdad de la Escritura, su libro de cabecera, por medio de la alegoría, utilizada ya por Filón; se trata siempre de di­rigirse a la verdad oculta, ir de la letra al espíritu. La homilía Qué rico puede salvarse nos presenta un ejemplo.

Este delicioso opúsculo, por su tema, su brevedad, y su tono directo, queda como una de las obras más populares y, podemos añadir, de las más actuales. Clemente comenta en ella la célebre frase de Marcos: «Es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos, que un camello pase por el ojo de una agu­ja». Clemente comienza por distinguir la interpretación de las palabras de Cristo. No hay que tomarlas «carnalmente», sino según el espíritu. Sólo Dios es bueno. Las riquezas nos han sido dadas por su munificencia. Por sí mismas, no son ni buenas ni malas, toman el reflejo de nuestras almas. No son las riquezas las que debemos destruir, sino los vicios de nues­tro corazón, que desembocan en la avaricia de los unos y en la envidia de los otros. El rico no es más que un usufructuario.

Finalmente, Clemente sitúa la cuestión social en una óptica cristiana, esclareciéndola con la fe. Utiliza la misma moderación con que trataba el tema de la familia o el matrimonio. Se revela como un iniciador de la enseñanza social de la Iglesia.

Importancia

Sería difícil exagerar la importancia de Clemente en el desarrollo del cristianismo. Lo presentó a su siglo, apasionado por la filosofía, como la verdadera filosofía, según la frase de Lietzmann, «con un senti­miento de superioridad y de tranquila seguridad».

¿Sois filósofos? Yo lo soy más. Ha sabido conciliar su ideal de cultura y su ideal religioso. En la historia del pensamiento cristiano fue el primer teólogo que puso los fundamentos de una cultura inspirada por la fe y de un humanismo cristiano. Resolvió esta fusión, descubriendo en Cristo al educador del género humano.

Por ello queda como un precursor, un modelo y una fuente a los que tendremos que remontarnos sin cesar para resolver el mismo problema que nos plantea el siglo veinte. Ejerció una influencia y como una seducción en la literatura cristiana. Newman le rindió ese homenaje. Fenelón le comentó sin acertar siempre en su interpretación.

La respuesta de Clemente parece bastante diferente de la de los monjes que poblaron los desiertos, a las puertas de Alejandría. Pero no es menos verdad que la espiritualidad monástica debe también mucho a su enseñanza. Es el padre de la oración continua. Si es verdad que no es un autor fácil, sin embargo recompensa a los que le frecuentan, estimula la reflexión. Acaba por imponérsenos.

El libro del Pedagogo concluye con el himno a Cristo, que es quizá el canto de la escuela de Alejandría. Himno entusiasta que canta a Cristo como Palabra, guía y maestro, que une y alimenta a la asamblea de los santos.

HIMNO A CRISTO SALVADOR (13)

Freno de los potros indómitos,

ala de las aves de vuelo seguro,

gobernalle firme de los navíos,

pastor de los rebaños del rey,

reúne a la muchedumbre

de tus hijos puros;

que ellos alaben con santidad,

que canten con sinceridad,

con labios limpios de malicia,

al Cristo que conduce a sus hijos.
Soberano de los santos,

oh Verbo invencible

del Padre altísimo,

príncipe de sabiduría,

apoyo en las fatigas, eterna alegría.

Oh Jesús, Salvador

de la raza mortal,

pastor, labrador,

freno y gobernalle,

ala hacia el cielo

de la asamblea de los santos.
Pescador de los hombres

que vienes a salvar;

de la mar del vicio

coges peces puros;

de la ola hostil

les llevas tú

a la vida bienaventurada.

Guía a tu rebaño

de ovejas que viven de la sabiduría;

conduce, oh Rey,

a tus hijos sin reproche.

Las huellas de Cristo

son el camino del cielo.

Oh Verbo eterno,

edad sin límite,

luz inmortal,

fuente de misericordia artífice de la virtud,

vida reverenciada

de los que cantan a Dios.

Oh Cristo Jesús,

Tú eres la leche celestial de los suaves pechos

de una joven esposa,

de las gracias de tu Sabiduría.

Nosotros, niños pequeños,

que acabamos de saciar

la sed de nuestra tierna boca;

nos henchimos de castidad abrevándonos

en las fuentes del Espíritu.
Cantemos unidos

cánticos puros,

himnos de lealtad

al Cristo soberano

precio sagrado de la vida

que voz nos da.

Celebremos con corazón sencillo

al Hijo todopoderoso.

Nosotros que hemos nacido de Cristo,

formemos el coro de la paz;

pueblo de la sabiduría,

cantemos todos unidos

al Dios de la paz.


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