Guia practica de los padres de la iglesia






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Cipriano de Cartago (+ hacia el 258)


Tertuliano hace pensar en esos espíritus brillantes que en una sociedad, con la semi-inconscencia de los poderosos, apagan los fulgores de los demás. ¡No hay más que para ellos! Ellos se imponen, se afirman. Cipriano no solamente tiene conciencia de su infe­rioridad y de su dependencia, sino que descuida un tanto sus cualidades y literariamente se pone abierta­mente a remolque del que él llama «el Maestro». Esto confirma el prestigio del viejo luchador a quien África, lejos de tener rencor, rinde homenaje. En el almirante hay materia de pirata y viceversa. Es cuestión de circunstancias. Lo importante es la estatura, el esplendor de sus acciones.

Tertuliano y Cipriano

Cipriano no es principalmente el escritor el que se impone, sino el hombre, el obispo. Su grandeza no está en el resplandor del genio, sino en la finura de su sicología. Su retrato resultaría mejor labrado en hueco que en relieve. Tertuliano se impone, Cipriano se descubre. No es que tenga menos personalidad, sino que la tiene más matizada, más equilibrada.

Decididamente África produce los hijos más diversos. Cipriano posee las cualidades que faltaban a Tertuliano: la moderación, la simpatía, la finura, la habilidad para manejar a los hombres, la prudencia, el gusto por el orden y la concordia. Había nacido para el quehacer público. De haber permanecido pagano hubiera sido un gran procurador, hecho cristiano, será un obispo admirable, el más admirado de su siglo.

Es posible que los acontecimientos políticos del Im­perio, los años de anarquía y los repetidos golpes de Estado militares que hacen pensar en alguna república de Sudamérica, hayan sorprendido al joven abo­gado cartaginés. El había podido observar que sólo la administración romana, el principio de orden y je­rarquía habían salvado al Imperio amenazado.

Cipriano había nacido a principios del siglo tercero, en África, probablemente en Cartago. Sus padres eran ricos y paganos. Siguió el curso normal de los estudios y se hizo retórico. El mismo confiesa a Do­nato que su juventud fue muy poco casta, sin dar más detalles sobre sus amores pasajeros.

El converso

El retórico es ya célebre cuando se convierte al cristianismo bajo la influencia, en Cartago, de un anciano sacerdote, Cecilio. Este puso entre sus manos la Biblia. La gracia hizo lo demás. La lucha fue sin em­bargo dolorosa para este joven mundano, apasionado por la vida elegante. Lo ha contado en su carta a Do­nato que sirve de preludio a las Confesiones: «Vagaba yo a ciegas en las tinieblas de la noche, zarandeado al azar en el mar agitado del mundo, flotaba a la de­riva, ignorante de mi vida, extraño a la verdad y a la luz. Dadas mis costumbres de entonces, juzgaba difícil e incómodo lo que para mi salud me prometía la bondad divina. ¿Cómo podía un hombre renacer a una vida nueva por el bautismo del agua de salvación, ser regenerado, despojarse de lo que había sido y, sin cambiar de cuerpo, cambiar de alma y de vida?» (Ad Don 3-4).

Esta conversión fue un acontecimiento en Cartago. El cambio fue radical y continuo. Cipriano nunca hizo una cosa a medias. Renuncia a las letras profa­nas, como Orígenes, vive en continencia y se consagra a dos lecturas: la Escritura y Tertuliano. Se prohí­be a sí mismo aun la lectura de los autores paganos, de los cuales no encontramos ninguna cita en sus escritos.

Cipriano dio la mayor parte de sus bienes a los po­bres y recibió el bautismo. Recluta de calidad para la Iglesia de Cartago que le ordenó sacerdote a fines del año 248 o a comienzos del 249, fue elegido obispo de la ciudad «por el juicio de Dios y el sufragio del pueblo», escribe su biógrafo. El pueblo había juzgado bien a pesar de algunos sacerdotes. Todo disponía a Cipriano para el gobierno: la clarividencia y la moderación, la suavidad y la firmeza, las cualidades de jefe y la pasión por la Iglesia. Inmediatamente se consagra al restablecimiento de la disciplina y a la reforma de las costumbres. Su actividad pastoral fue rápidamente frenada por la violenta persecución del emperador Decio, que estalló en los primeros meses del 250.

El obispo en la tormenta

Fue una catástrofe. La calma y la seguridad habían multiplicado las conversiones. Numerosos neófitos, grandes comerciantes, funcionarios, continuaban una vida poco rigurosa. Este relajamiento llegó hasta los clérigos. La persecución sembró el pánico entre los cristianos blandengues, que corrían al Capitolio para sacrificar aun antes de ser convocados. Los notables llevaban allí a sus esclavos y a sus colonos, los mari­dos a sus mujeres, los padres a sus hijos. Se vio allí a sacerdotes e incluso a obispos. Los más astutos, en lugar de sacrificar, se procuraban cédulas de confesión pagana, que les ponían a salvo.

Durante todo este tiempo, el obispo permanecía oculto, no lejos de Cartago, desde donde podía seguir vigilando con solicitud sobre la comunidad. Una veinte­na de cartas se remontan a esta época. Esta huida,
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que duró alrededor de catorce meses, provocó comentarios malévolos en Cartago y en Roma. Su correspondencia contiene cartas en las que justifica su actitud.

A su vuelta tuvo que arreglar casos delicados. Muchos cristianos habían apostatado durante la persecución. Cualquiera que fuese su culpabilidad, trataban de entrar de nuevo en la Iglesia sin someterse a la penitencia exigida. Otros conseguían cédulas de reconciliación a bajo precio.

Moderado en la forma, Cipriano era intransigente en el fondo y aun algo riguroso. Excomulgó a los jefes de la oposición que se agrupaban en torno a un laico, Felicísimo, a los sacerdotes descontentos, e impu­so una prolongada penitencia a los apóstatas, según la gravedad de la falta. Un concilio ratificó la decisión tomada por Cipriano.

Nuevas pruebas se abatieron sobre los cristianos de África: razzias de cristianos númidas, peste espantosa de la que se hizo responsables a los cristianos. El obis­po no se contentó con sostener los ánimos, sino que or­ganizó socorros, sin distinción de religión, lo que le valió la admiración de sus compatriotas paganos. De esta época tenemos un libro sobre la Mortalidad, que añade al estoicismo de La Peste de Camus, la esperanza cristiana de los que quieren «encontrarse pronto con Cristo».

Los últimos años se vieron oscurecidos por el conflicto que le enfrentó con el Papa Esteban a propósito de la validez del bautismo conferido por los herejes. Cipriano, como anteriormente Tertuliano, defendía la tesis rigorista y se pronunció con los obispos de Asia Menor por la invalidez. Convocó un Concilio para ratificar el uso Africano del bautismo de los herejes que se convertían. El prestigio del obispo crecía, había hecho ya de mediador en muchos litigios en tierras de España y las Galias. Occidente tenía sus ojos fijos en Cartago, como un siglo después en Hipona.

El conflicto sobre el bautismo de los herejes pareció al Papa una ocasión favorable para afirmar el pri­mado romano. Lo hizo sin miramiento. A la postura africana, arguyó con la tradición romana que él afir­maba ser la tradición universal. La sequedad del man­dato hirió la susceptibilidad africana. Cipriano convocó un nuevo sínodo. Con tacto y diplomacia, el obispo de Cartago que presidía pidió a los obispos que expresasen libremente su parecer. «Vamos a declarar, uno tras otro, nuestro pensamiento sobre este asunto, sin pretender juzgar a nadie ni excomulgar a los que fueran de distinta opinión». La alusión al autoritarismo romano es manifiesta.

La muerte del Papa Esteban y luego el martirio de Cipriano pusieron fin a un conflicto que iba a ter­minar de mala manera. El conflicto había puesto a Cipriano en una situación corneliana. El admitía a su manera el primado romano. Reconocía «la cátedra de Pedro de donde procedía la unidad sacerdotal», es decir la unidad de toda la Iglesia. La unidad ecle sial la encontraba simbolizada en la túnica inconsútil, en los granos de trigo y uva que no hacen sino uno en el pan y en el vino eucarísticos. Pero en nombre de esta unidad de la Iglesia, que era para él especial­mente querida, no reconocía más que una fe y un Bautismo, el que era dado por la Iglesia, porque sólo ella era la esposa de Cristo.

Más que a los principios implicados, Cipriano era sen­sible al procedimiento. Este príncipe, apasionado del orden, poseía el respeto al hombre; le repugnaba el procedimiento administrativo que rebajaba a la Iglesia a una simple sociedad.

El escritor

La obra literaria de Cipriano es considerable. Es la obra de un pastor consciente de su responsabilidad, más que de un escritor preocupado por su gloria li­teraria. Es la prolongación de su catequesis y de su predicación. Cipriano es más hombre de palabra que
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de pluma: Sus obras tienen relación con las contro­versias habidas sobre disciplina religiosa y espiritual.


Su tratado teológico más importante está consagra­do a «la Unidad de la Iglesia». Es el primer tratado de la Iglesia. Su doctrina tienen cierto modo dos pollos, que se manifiestan en las dos ediciones del tratado, las dos auténticas: por una parte es el campeón de la unidad de la Iglesia, que descansa sobre la unidad del cuerpo episcopal, en comunión con la Sede ro­mana, y por otra afirma el episcopado local, principio concreto de la unidad eclesial, de este modo se manifiesta también como el campeón del episcopalis­mo. Solamente el tiempo permitirá conciliar estas dos tesis y quitarles la ambigüedad. Lo cierto es que tras estos casos particulares se enfrentan el autoritarismo centralizador y el particularismo Africano.

Cipriano ha reunido en dos volúmenes de Testimonia los legajos de los textos bíblicos utilizados en la catequesis, que confirman su familiaridad con la Escritura. Aunque no es el inventor del género literario, él es quien le dio su brillo. Lo mismo que para Orígenes, para él la Biblia es el libro de cabecera, el único libro. En la palabra de Dios busca siempre la luz, la solución y las armas.

Los tratados de Cipriano son sobre todo cartas pastora­les, que tienen relación con la disciplina y con la vida espiritual. Un libro se ocupa de los lapsi, los caí­dos, que han apostatado. Recuerda con insistencia el deber de la limosna, que es como la reguladora de la justicia social. En un opúsculo sobre este asunto, re­prende a una noble matrona que va a misa sin llevar una parte para el pobre: «Tus ojos no ven al necesitado y al pobre, porque están cubiertos de una noche espesa; tienes bienes de fortuna y eres rica y piensas celebrar la cena del Señor sin tener en cuenta la ofren­da. Vienes a misa sin nada que ofrecer; tomas la parte del sacrificio que es la parte del pobre» (De el. 17).

Como Tertuliano, el obispo de Cartago se ocupa de las vírgenes que han consagrado su vida a Cristo, en el tratado sobre el vestido de las vírgenes. Les prohíbe la coquetería, acicalarse, maquillarse, teñir sus ca­bellos, asistir a banquetes nupciales que degeneraban en desórdenes y asistir a los baños públicos que eran mixtos. En otras palabras, se preocupaba por poner a salvo su virtud, y les enseñaba a no ser una tentación para los demás. Ahí encontramos sus características: la mesura, el pudor, la moderación. Aunque sigue a Tertuliano, no imita su violencia y emplea un tacto que nos hace pensar en Ambrosio.

Muchos de sus escritos siguen las huellas de Tertu­liano. Lejos de disimular esta dependencia, él la acentúa cuando escribe sobre la oración, la paciencia, sobre el martirio o sobre la muerte. Se acusa en él un complejo de inferioridad con respecto a su Maes­tro. Se esfuma ante él. Esta dependencia no disimula, sin embargo, sus propias cualidades: la finura de observación, el sentido pastoral, la delicadeza de su caridad. Comparado con Tertuliano, su obra gana en inspiración bíblica lo que pierde en originalidad.

El lenguaje de Cipriano es clásico hasta la afectación. La elegancia de la forma es el único bien al que nunca ha renunciado. Le falta la petulancia, que Tertuliano poseía hasta la saciedad. Sus consideraciones teológicas son algo monocordes, su sentido pastoral se confirma cuando intervienen cuestiones concernientes al gobierno y a la moral. Es él mismo en plenitud «cuando toma contacto con la realidad con­temporánea».

El hombre

Cipriano es quizá más natural en su correspondencia. Esto es un documento de capital importancia. Nos presenta multitud de datos sobre la organización eclesiástica, la disciplina y la liturgia de la época. Nos permite medir el papel y la concepción del obispo según Cipriano. Nos descubre al hombre.

En ella hace el elogio de la disciplina, «guardiana de la esperanza, vínculo de la fe, guía en el camino de la salvación», y que tiene por fiador a la jerarquía. Ci­priano tiene plena conciencia de los derechos, pero también de los deberes del obispo. «El obispo está en la Iglesia, y la Iglesia en el obispo; el que no está con el obispo no está en la Iglesia». Reconoce clara­mente el lugar del pueblo cristiano y la legitimidad de sus intervenciones en la organización de la Iglesia. Este hombre de gobierno no manifiesta ningún clericalismo. Organiza la jerarquía, fija sus atribuciones, echa a andar los concilios Africanos. Es un precursor.

Cipriano no se contenta con gobernar, ni con impo­ner la disciplina, sino que cuida de todos y cada uno, ante todo de los necesitados, de las viudas, de los huér­fanos y de los confesores de la fe. Este hombre de or­den ama la paz, la unidad y la concordia, a las cuales sacrifica su amor propio y subordina su gusto del orden.

La correspondencia nos muestra hasta qué punto no se contenta Cipriano con formular ideas de gene­rosidad, sino que obra según los principios que ha formulado. Es el mismo en la acción y en las cartas. Este hombre de gobierno ha sabido realizar la unidad en su vida, aliar la firmeza y la suavidad, la prudencia y el entusiasmo, la previsión y la habilidad. Este hombre de acción es un místico, tan plenamente él mismo en la oración como en la eficacia. Como Orí­genes, se siente impulsado a una exaltación espiritual, que la perspectiva del martirio desarrollaba en él. Es chocante en sus escritos la frecuencia de visiones..

Su teología y su acción se encuentran en la oración. Ora del mismo modo que cree, con las mismas preocupaciones de la unidad y el fervor de la Iglesia. La comparación con Tertuliano nos permitiría esclarecer la dimensión eclesial de su oración.

«Nuestra oración es pública y comunitaria, y cuan­do oramos no lo hacemos por uno solo sino por todo el pueblo, porque somos uno con todo el pueblo. El Dios de la concordia y de la paz, que nos ha enseña­do la unidad, ha querido que cada uno ruegue por todos, como él mismo nos ha tenido presentes a todos en uno» (De dom. or., 8).

La acción ejercida por los escritos de Cipriano fue tal que numerosos apócrifos circularon ocultamente. Sólo se presta a los ricos, decía el proverbio. Su in­fluencia literaria fue grande en Oriente y Occidente. Ha influido en la legislación latina. La historia ha eliminado la incoherencia de ciertas posturas y se ha quedado con el hombre de Iglesia: «Nadie puede te­ner a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por ma­dre» es una frase muy repetida por Cipriano.

Bastante pronto fue confundido con un mago Cipriano y con este tapujo se ha convertido en el antepasado lejano del doctor Fausto. El mayor testimonio que nos deja es el de su martirio.

El mártir

En agosto del 257, el emperador Valeriano promulgó un nuevo edicto de persecución. Cipriano fue in­vitado a sacrificar. Se negó y fue confinado en la pe­queña ciudad de Curubis, donde estuvo durante un año. Allí continuó velando por su Iglesia, escribiendo cartas de consuelo a los confesores de la fe y enviándoles socorros materiales que su caridad realista no olvidaba nunca. Se dispuso al martirio, sabiendo por una revelación, nos dice él, que moriría por la es­pada.

Un año más tarde un edicto imperial agravó el pri­mero. Cipriano es llamado a Cartago. No vuelve hasta que el procónsul está ya de vuelta. Porque, escribía él con la grandeza que le define: «Conviene que un obispo confiese al Señor en la ciudad de su iglesia, y deje a su pueblo el recuerdo de su confesión». Se prepara a la muerte con la misma lúcida valentía que pone en todo.

Cuando los fieles conocieron la llegada de su obis­po rodearon su casa. Cipriano con el tacto que le define, pidió únicamente que se retiraran las jóvenes para evitarles las impertinencias de los soldados. La noche antes de comparecer fue como una vigilia de un martirio. A la mañana del día siguiente el obispo comparece ante el procónsul. Poseemos el proceso verbal, lacónico, donde cada palabra habla por sí sola.

  • ¿Eres tú Tascio Cipriano?

  • Lo soy.

— ¿Tú te has hecho Papa de estos hombres sacrílegos?

  • Sí.

—Los santos emperadores han ordenado sacrificar.

  • Ya lo sé.

  • Reflexiona.

  • Haz lo que te han mandado. En semejante situación la reflexión es inútil. El procónsul deliberó, luego pronunció la sentencia: «Ordenamos que Tascio Ci­priano sea ejecutado por la espada».

—Gracias a Dios, Deo gratias, respondió el mártir.
Seguidamente el condenado fue conducido al lugar del suplicio. Se despojó de su capa, después de su dalmática que entregó a los diáconos, no quedándose más que con la túnica de lino. Se arrodilló para su­mergirse en una larga oración. Con regia magnani­midad hizo entregar al verdugo veinticinco piezas de oro. Se vendó él mismo los ojos, pidió que le ataran las manos un sacerdote y un diácono para ofrecer su último sacrificio, y recibió el golpe mortal.

Era el 14 de setiembre del año 258. Inmediatamen­te su culto se impuso en África para venerar una de las más bellas figuras de obispo de la Iglesia. Durante varios siglos fue el patrono de África. En Cartago muchas basílicas estaban dedicadas a su nombre. Aún conservamos los sermones de San Agustín pronunciados en la fiesta del ilustre cartaginés.

Cipriano nos hace pensar en ciertos obispos moder­nos, en un Saliege o en un von Galen, naturalezas de bronce, siempre a la altura de las circunstancias y todo ello como sin esfuerzo. Saben plegarse pero no ceden. Grandes en la desgracia como en la acción porque tal es su estatura. Heroicos sin contradicción, porque la hora exige el heroísmo y porque nada sor­prende a su magnanimidad. Sólo su muerte nos per­mite medir su vida.

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l cristiano ora siempre como miembro de una comunidad reunida por el Padre común. Aun aislado, no pierde de vista a sus hermanos. Le basta con dirigirse al Padre.


QUE NUESTRA ORACION SEA PUBLICA YCOMUNITARIA (12)

Ante todo el maestro de la paz y de la unidad no ha querido que oremos individualmente y por separado, para que el que ore no ruegue únicamente para él. No decimos: Padre mío que estás en el cielo, ni: mi pan de cada día dámelo. No ruega cada uno por sí para que Dios le perdone su deuda; o que no le deje caer en la tentación y le libre del mal.

Nuestra oración es pública y comunitaria, y cuando oramos no oramos por uno solo sino por todo el pueblo, porque con todo el pueblo somos uno. El Dios de la paz y el señor de la concordia, que nos enseña la unidad, ha querido que cada uno ruegue por todos como él nos ha llevado en su oración en uno.

Los tres jóvenes en el horno observaron esta ley de la oración, estaban unidos en la oración y no formaban más que un solo corazón. La Escritura da testimonio de ello y, mostrándonos su manera de orar, nos da un ejemplo para imitar en nuestra ora­ción, a fin de poder asemejarnos a ellos. Entonces, nos dice, los tres a coro, se pusieron a cantar glorificando y bendiciendo a Dios, dentro del horno (Daniel, 3,51).

Hablaban como con una sola boca, y sin embargo Cristo no les había enseñado aún a orar. Su súplica fue poderosa y eficaz, porque una oración apacible, sencilla y espiritual obliga a Dios. Todos, se ha dicho, «con un mismo espíritu perseveraban en la oración en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hechos, 1,14).

Perseveraban en la oración con un mismo espíritu, lo cual ma­nifiesta a la vez su fervor y su unidad. Porque Dios, que reúne en su casa a los que tienen un mismo espíritu, no admite en su divina y eterna morada más que a los que oran en comunión, unos con otros.

Decimos «Padre», porque hemos sido hechos hijos.

¡Qué numerosas y grandes son las riquezas de la oración del Se­ñor! Están reunidas en pocas palabras, pero de una densidad inagotable, hasta el punto de no faltar en este resumen de la doc­trina celestial nada de lo que debe constituir nuestra oración. Se nos ha dicho: «Orad así : Padre nuestro que estás en los cielos».

El hombre nuevo que ha renacido y ha vuelto a su Dios por la gracia, dice en primer lugar: Padre, porque se ha hecho hijo

suyo. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a to­dos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Juan, l,12). El que ha creído en su nom­bre y se ha hecho hijo de Dios debe comenzar por darle gracias y profesar que es hijo de Dios. Y cuando llama Padre al Dios que está en los cielos, afirma con ello que renuncia al padre te­rreno y carnal de su primer nacimiento, para no conocer más que a un solo Padre que está en los cielos. Pues se ha escrito: «El que dijo de su padre y de su madre: no les he visto, el que no reconoce a sus hermanos, y a sus hijos ignora, esos han observado tu palabra y guardado tu alianza» (Deuteronomio, 33,9).

El Señor nos ordena también en el Evangelio no llamar padre a
cr



nadie en la tierra, ya que no tenemos más que un solo Padre
que está en los cielos. Al discípulo que menciona a su padre di­funto le responde: «Deja que los muertos entierren a sus muer­tos» (Mateo, 8,22). El discípulo hablaba de un padre difunto, mientras que el Padre de los creyentes está siempre vivo.
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