Guia practica de los padres de la iglesia






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Siglo III


Tertuliano

Cipriano de Cartago

Clemente de Alejandría

Orígenes

Siglo y medio nos separa de la salida misionera de Pablo, siglo y medio, de la edad de oro de los Padres.

En el transcurso del siglo tercero, la Iglesia intensifica sus actividades y desarrolla su expansión por el Occidente. Junto a Alejandría, Cartago se convierte en centro que irradia a toda la Iglesia. El Evangelio se extiende a España, al norte de Italia y hacia las riberas del Danubio. Hasta comienzos del siglo ter- cero no existe más que un obispado en las Galias, el de Lyon. A mitad del siglo, Cipriano cita a los obispos de Arlés y de Lyon. Sabemos que existían otros en Toulouse, Narbona, Vienne, París, Reims y Tréveris. El número de cristianos aumenta de manera considerable. Dos centros dominan en Occidente: Roma y Cartago.

El crecimiento de la Iglesia exige un esfuerzo de organización. Los candidatos al bautismo son sometidos en adelante a un tiempo de preparación. Se crean escuelas para su formación. Orígenes se ha consagrado durante algún tiempo a esta tarea. Junto a la iniciación cristiana está la cuestión de la reconciliación: los partidarios del rigorismo y de la moderación se enfrentan. Tertuliano, Cipriano y Orígenes nos informan sobre estos debates, que se hicieron más agudos en el momento de las grandes persecuciones.

La Iglesia alcanza ya a los medios cultos, en Oriente a los filósofos, en Occidente a los retóricos. Se con- vierten con armas y bagajes. Ponen su formación al servicio del cristianismo. Esta formación filosófica per- mite a Clemente y Orígenes poner todas las ciencias al servicio del estudio de la palabra de Dios. Tertuliano y Cipriano forjan el lenguaje teológico recurriendo a términos jurídicos. El derecho va a permitir a Tertuliano defender ante el Imperio la causa de los cristianos.

Los creyentes son ya mayoría. Invaden la sociedad. El grano echado en la tierra se ha hecho un inmenso árbol que extiende sus ramas. El enfrentamiento de las costumbres cristianas y las costumbres paganas se prevé más peligroso que el enfrentamiento de las inteligencias. ¿Qué línea de conducta habría de seguir- se en una sociedad pagana? La tarea de los pastores se esfuerza por responder a esta pregunta. Tertuliano y Cipriano en Cartago y Clemente en Alejandría, serán los moralistas que descubrirán las exigencias cristianas, en la vida personal y familiar, económica y política.

La Iglesia se encuentra en plena expansión. Las fuer- zas del Imperio romano decaen. El vigor de la Iglesia no cesa de crecer. Las conversiones afectan a todos los estratos de la sociedad: la élite, la clase comerciante, los funcionarios y los necesitados. La calidad marcha difícilmente al ritmo del número. El nivel baja. Orí- genes se lamenta de esto: «Si juzgamos las cosas según la realidad y no según el número, según las disposiciones y no según las multitudes reunidas, veremos que ya no somos creyentes».

La persecución da la alarma. Es el grito del Imperio mortalmente herido. No es una amenaza para la Iglesia, sino una advertencia para los mediocres. Cipriano multiplica las advertencias, el huracán sacude las hojas muertas. Para los discípulos del Evangelio, Cipriano y Orígenes, es la hora del martirio para el cual no han cesado de prepararse.

Tertuliano (+ después del 200)


El cristiano de hoy visita con melancolía el África del Norte, donde las ruinas de una Iglesia próspera se unen a las de la dominación romana, en un pasado que parece doblemente sepultado. El África que los árabes llaman Djezirat-el-Maghreb, «la isla de Occidente», podía reunir en el siglo tercero un concilio con un centenar de obispos. Una carta de los obispos del siglo tercero, muestra la irradiación de Cartago, clave estratégica de la economía política, antes de ser la capital de un cristianismo conquistador, apasionado hasta la herejía y hasta el martirio.

Tres nombres se destacan, que por encima de África, honran a la Iglesia y la civilización, tres personalidades, tres nombres deslumbrantes nacidos en el suelo de África, que llevan las virtudes y los errores de la raza: Tertuliano, Cipriano y Agustín.

Un convertido de clase

Tertuliano, antes de finalizar el siglo segundo, escribe el Apologeticum, para acusar en nombre del derecho al Imperio intolerante y perseguidor. «Vamos, queridos gobernadores, más estimados aún por la plebe si inmoláis ante ellos a los cristianos, atormentad- nos, ponednos en la tortura, condenadnos, aplastad- nos: vuestra iniquidad es la prueba de nuestra inocencia. Todos vuestros refinamientos no sirven para nada, redoblan más bien el atractivo por nuestra secta, nos hacemos más numerosos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla». Momento solemne en la historia de la Iglesia. Fogoso, apasionado, Tertuliano no se contenta con parar los golpes, sino que pasa a la ofensiva.

No se trata ya de invocar la razón, la tolerancia; el africano apela al derecho romano, la instancia suprema. Ha pasado la hora de la tolerancia; Tertuliano reclama derechos. El joven maestro de África conocía Roma, acababa de tocarle en el punto sen
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sible. Hasta entonces la Iglesia había sido heroica, Tertuliano le da la bravura.

¿Quién era aquel joven polemista temible, fogoso y hábil? Se llamaba Quinto Séptimo Florencio Tertuliano. Era de Cartago, la ciudad que desde su promontorio vigila los mares. Su padre, militar y pagano, se había preocupado de darle una formación particularmente fuerte en derecho, la disciplina de los altos empleados, y el arte de la oratoria, que hacía rentable el saber. Su curiosidad intelectual era tan insaciable como su sed de placeres y de juegos.

El joven Africano, como muchos de sus compatriotas, era bilingüe. Escribía indistintamente en griego y en latín. Su cuidada formación se perfeccionó en Roma, donde el brillante estudiante encontró, como Jerónimo, la vida del espíritu y las satisfacciones de la pasión. Después volvió a Cartago, como sus compatriotas, que preferían África a todo lo demás.

La juventud de Tertuliano fue agitada. Confiesa haber sido pecador: Intelligenti pauca. Frecuentaba los espectáculos y cometió el adulterio. Las condiciones de su conversión siguen oscuras. La paciencia y el heroísmo de los cristianos le habían hecho impacto. La moral del Evangelio y el misterio cristiano ejercían gran atractivo en él. Jamás tuvo un espíritu gregario, sino que admira a los que desafían la opinión. El uso de la Escritura y la gracia hicieron el resto.

Tertuliano entra en la joven Iglesia, fuerte ya en cuanto al número, sólidamente jerarquizada, con el prestigio de su cultura, la riqueza de su naturaleza, que busca el freno de la disciplina y los rigores de la ascesis cristiana. Está casado, pero trata a su esposa, como a las mujeres, con unos celos tales, que acaba por prohibirle el que vuelva a casarse, en caso de muerte.

El hombre

Este apasionado no era ni tierno ni hombre de corazón. San Jerónimo afirma que fue sacerdote.

Tertuliano vivía en medio de una sociedad que ama­ba el ruido y la violencia. Unía el arrebato, la inde­pendencia y la sensualidad del Africano a las cuali­dades romanas que valoran lo que es vigoroso y útil. Los historiadores se .han cebado en su lengua que al­gunos han tratado injustamente de «mal dialecto provinciano». Se ironizaba mucho en la época so­bre el acento latino de los Africanos que debía pare­cerse al francés de los «pieds-noirs» de nuestros días.

Este forjador del verbo ha triturado, renovado, adap­tado y enriquecido la lengua latina. Ha forjado un vocabulario para expresar las verdades de la fe. Su acción es decisiva en la literatura cristiana. Tuvo la suerte de llegar el primero, en el momento en que la Iglesia latina formulaba su pensamiento.

Es un mago de la palabra. Sus fórmulas son como flechas. El último pedante ha retenido algunas de ellas como «el alma naturalmente cristiana» o «la sangre de los cristianos es semilla». «Tantas palabras, tantos pensamientos», dijo Vicente de Lérins. Conoce todos los recursos de la retórica y de la sofística, pero también de la sutileza y de la casuística. Nada le embaraza. ¿Tiene necesidad de una palabra nueva? La crea. Si le molesta la sintaxis, la tortura. Abogado astuto, cambiará de sistema para las necesidades de una causa nueva.

Sea que polemice o predique, sea como moralista, jurista o teólogo, Tertuliano está entero en sus escri­tos. Impetuoso, violento, feroz. Retuerce el lenguaje, lo mismo que al adversario, estruja la palabra y carga la frase hasta la oscuridad. Abusa del ingenio y del artificio, y carece totalmente de gusto y de medida. Su frase, cargada de palabras explosivas, de imágenes brutales, tiene, como él, algo de cortado, de jadeante, de dislocado, que choca y agota, y jamás trae reposo. Es la desesperación de los traductores.

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os autores distinguen en Tertuliano las obras cató­licas y las obras montanistas, pero unas y otras son de la misma pluma, con un coeficiente de amargura y de acidez creciente. Su mismo paso al montanismo está inscrito en una conversión, en la que la discipli­na atrae más que el Salvador. Rara vez se ve un grito, una llamada a Cristo.

Lo que hiere en Tertuliano no es la maldad de su ironía, ni el arrebato de su cólera, sino una pasión que no perdona nada ni a nadie. Es un hombre de ideas, de convicciones, parece carecer de ternura. No tenía amigos y ni aun hoy día suscita simpatías. Es un personaje de Vigny. Nos recuerda al Moisés de éste. Se le ha podido comparar con el gran Arnauld. Deslumbra, pero no encanta, brilla pero no calienta.

A la edad en que los hombres engordan y buscan la comodidad, Tertuliano se hace más seco, más nu­doso y se pasa al montanismo. Desde que conoce esta doctrina, la mira como el país de sus sueños y de sus instintos. Este espíritu lúcido, decidido, cae en las elucubraciones de una secta de profetas y de pro­fetisas de Frigia. Cansado de moderación, ansioso de soluciones extremas, Tertuliano busca y encuentra en el montanismo la doctrina del Paráclito y de los carismas que alarga a su espíritu de independencia, una disciplina que seduce a su puritanismo.

El polemista

La ortodoxia más intransigente, está amenazada de infidelidad doctrinal, como lo vemos aún en nuestros días, por falta de moderación: la moderación es la humildad del saber, del cual es la percepción más verdadera.

El montanismo arrojó a Tertuliano a compromisos e incoherencias, cuyos puntos débiles debía descubrir él mejor que nadie. Demasiado lúcido para no ver, era un apasionado con demasiada violencia como para desandar el camino, demasiado agitado como para encontrar la paz, siempre dispuesto a luchar, desinteresado por todo lo que es justo y generoso, dejando a la historia el cuidado de desenredar la madeja de sus contradicciones.

La obra literaria de Tertuliano es considerable. El habla por medio de los libros. Se da a sí mismo en sus escritos, donde aborda los temas más variados, habitualmente en forma de alegato o de libelo. La palabra contra se repite en muchos títulos: Contra los judíos, contra Marción, contra Hermógenes, contra los Va­lentinianos, contra Práxeas, contra los síquicos. En todos estos casos se trata de personas.

Fue el martillo de los herejes del tiempo y de los ad­versarios del cristianismo, especialmente de los judíos que eran numerosos y activos en África del Norte. Cuando la protesta o la requisitoria no está en el tí­tulo, la encontramos en el texto.

El Apologético, del que ya hemos hablado, queda como una de sus Obras maestras (20). Composición nervio­sa y potente: «No sólo refutaré las acusaciones que se hacen contra nosotros, las volveré contra sus propios autores». Raramente un defensor cristiano habrá co­nocido tal precisión en el argumento jurídico, tal du­reza en la ironía, tal aspereza en la lógica, donde los argumentos son asestados como martillazos; las fór­mulas martilladas, los dilemas ineludibles, sin conce­siones para con los poderes públicos o los filósofos. No solamente quiere convencer al adversario, sino que lo derriba, lo pisotea, lo humilla. En este hombre hay crueldad.

Tertuliano se manifiesta ya por entero en el Apolo­gético. No solamente es dueño de su estilo y de su dia­léctica, sino que está en plena posesión de su arte, que a veces está cercana al sofisma, donde se manifies­ta la extremosidad, la dureza, y una cierta soberbia por defender la justicia, la tolerancia y la nobleza de cristianismo. El libro fue rápidamente traducido al griego, hecho bastante raro que nos permite medir su difusión. Es de esos que enriquecen «el tesoro co­mún de las naciones civilizadas». A pesar de algunos temas más pasajeros no ha perdido nada de su gran­deza, ni de su actualidad.

Orgulloso por el éxito y la lucha, Tertuliano se vuel­ve hacia otros enemigos: los judíos y los herejes. El libro Sobre la prescripción de los herejes, uno de los mejor forjados y de los más acabados, es aún uno de los más actuales, ya que en él se esfuerza por precisar el papel de la tradición en la vida de la Iglesia y desarrollar las relaciones entre Escritura y Tradición. Frente a la multiplicación de las herejías, Tertuliano lanza dos afirmaciones: Cristo ha encargado a los apóstoles, y a nadie más, la predicación de su doctrina. Los após­toles no han confiado esta tarea más que a las comu­nidades que ellos han fundado. Sólo la Iglesia está en legítima posesión de la fe y de la Escritura. El au­tor deniega las ilegítimas pretensiones de los herejes.

Si las obras apologéticas constituyen la parte más vibrante de su obra, los numerosos tratados de moral y de ascética se encargan de caracterizar la actitud cristiana frente a una sociedad pagana. En ella encon­tramos «el espíritu de cólera y de pasión». Como su contemporáneo Clemente de Alejandría, Tertuliano se preocupa de poner a los cristianos en guardia con­tra el paganismo. A principios del siglo tercero, la Iglesia ha hecho estallar los grupos pequeños para in­vadir la sociedad. «Frecuentamos vuestro foro, vues­tro mercado, vuestros baños, vuestras posadas y vues­tras ferias. Con vosotros navegamos y al igual que vosotros servimos como soldados» (Apol 41,3).

Tertuliano preconiza un cristianismo de combate, que haga frente al mundo pagano, sin estrechar la­zos, sin voluntad de diálogo.

Como sacerdote encargado de la preparación al bau­tismo; como moralista, ávido de modelar a los de­más según su imagen, escribe los tratados sobre el Bautismo, la Penitencia, la oración, el tocador de las mujeres, que ciertamente parecen situarse dentro del cuadro de la catequesis. Da leyes sobre la vida social de los cristianos, les prohíbe los espectáculos, el circo, el teatro y el estadio. Una vez se pasa de la raya, cuando les consuela con masoquismo, prometiéndoles el espectáculo del juicio final: «¡Qué motivos de ad­miración, de risa y de alegría, ver a todos estos reyes expiar en las tinieblas la gloria de su apoteosis!»

El montanista

Hecho montanista, el inquisidor extrema el rigoris­mo hasta prohibir las profesiones de escultor y de as­trología, por los lazos que unen a éstas con el culto de los ídolos. Es igualmente uno de los primeros ob­jetores de conciencia de la Iglesia. En el libro Sobre la corona, condena a los que abrazan la vida militar porque es incompatible con la vida cristiana. Conde­na a los que huyen de la persecución. Llega hasta la ironía hiriente: «Del Evangelio no han conservado más que la frase: huid de ciudad en ciudad».

Como numerosos ascetas, el sacerdote de Cartago se ha ocupado mucho de la mujer cristiana. Es una es­pecie de compensación a la hora de la continencia.

No las comprendió mejor que Jerónimo. Aún estamos lejos de las heroínas de Soulier de Satin y de Partage de Midi.

Tertuliano se ocupa de los menores detalles. ¿Era ne­cesario que las jóvenes llevaran velo fuera de las reu­niones litúrgicas? El determina su longitud, cómo dis­ponerlo por delante, por detrás, hasta dónde debe llegar y la edad exacta en la que se debe comenzar a llevar. Este hombre de espíritu autoritario y punti­lloso no deja nada a la iniciativa privada. Se ocupa con insistencia de la coquetería femenina, del cuidado de sus cabellos y de su cutis, de sus vestidos y de sus perfumes. Y se vale incluso de coquetería literaria, de refinamiento en el estilo, cuando escribe: «Tomad de la sencillez vuestro blanco, del pudor vuestro rojo, vestid vuestros ojos de recato, vuestros labios de si­lencio... ataviadas así, podréis tener a Dios por aman­te». Nos gustaría ver el diario de su mujer.

Todas estas obras contienen páginas admirables, re­pletas de datos sobre la abigarrada sociedad de los cristianos de África, a la que de grado o por fuerza, trataba Tertuliano de empujar hacia el camino es­trecho, en los acantilados del Evangelio. Este inqui­sidor temible suscita la admiración y el terror. Nos conmueve cuando reconoce, quizá con más impacien­cia que humildad, haber compuesto su libro sobre la paciencia porque carecía de esta virtud. «Desgracia­damente estoy siempre dominado por la fiebre de la impaciencia». No parece que por haber escrito al libro haya cambiado de carácter. Este hombre que nos habla con tanta frecuencia de su temperamento nos revela muy poco el misterio de su vida interior.

Tertuliano nos conmueve también en el homenaje que rindió a sus compatriotas, Felicidad y Perpetua, las extraordinarias mártires de Cartago, donde ale­tea el estremecimiento de una admiración que trai­ciona a este hombre misterioso.

Según Agustín, Tertuliano tuvo una vejez solitaria. Acabó por no entenderse mejor con los montanistas que con los católicos. Por eso reunió a su alrededor unos cuantos fieles, llamados tertulianistas, que so­brevivieron hasta el tiempo de Agustín. La fecha de su muerte no la conocemos. Su ruidosa vida acabó silenciosamente.

Así es este hombre explosivo, cuyos escritos acarrean a menudo lava de fuego. Fue apasionado, lleno de so­berbia y de coquetería literaria, pesimista, pero sin dejar de combatir. Vivió siempre en alta tensión, so­litario. Su obra marca con su impronta al cristianis­mo en plena fermentación. África le ha admirado por su genio y su independencia. Era de Cartago y no de Roma, era de esa África que de sus corsarios hace héroes. De esa raza es él.

Agustín ha hecho que se le olvide un poco, hasta el punto de que la historia no valora suficientemente lo que el obispo de Hipona debe al Maestro. Agustín no ha disimulado nunca su admiración ni su depen­dencia. La Edad Media a penas le conoce. Los tiem­pos modernos le han puesto en su lugar. Es difícil exa­gerar su importancia y su grandeza, porque tiene la estatura de los más grandes.

El exordio da la las razones de la pre­sente defensa. El pueblo odia a los cris­tianos sin conocerlos. Los que se moles­tan en conocer el cristianismo se apresu­ran a abrazarlo.

EL APOLOGETICO

¡Magistrados del Imperio romano! Vosotros ocupáis la presiden­cia para hacer justicia ante el pueblo casi en lo más alto de la ciudad. Pero no os atrevéis ante la multitud, a instruir pública­mente la causa de los cristianos. Vuestra autoridad teme y se avergüenza de informar en público, según las leyes más elemen­tales de justicia. Y hace poco, aun habéis cerrado la boca a la defensa, por odio a nuestra «secta», recibiendo con demasiada alegría las denuncias familiares. Oid al menos las palabras si­lenciosas de este escrito, que os transmite la expresión de la verdad.

El odio público

La verdad no pide indulgencia para sí misma, porque no se ex­traña de su condición. Ella sabe que vive aquí abajo como extranjera, espera el odio de los que la desconocen. Sabe que su familia, su morada, su esperanza, su crédito y su gloria descan­san en el cielo. Mientras espera, su único deseo es no ser conde­nada sin ser oída.

¿Qué pueden perder vuestras leyes, que rigen soberanamente en su dominio, con que la verdad sea oída? ¿Resplandece más su poder si condena a la verdad sin dejarla hablar? Condenándola sin oírla, además de lo odioso de la injusticia, vuestra justicia merecerá el reproche de haber condenado a la verdad sin escucharla, por miedo a no poderla condenar después de haberla oído.

Ignorancia de los jueces

En primer lugar reprendemos vuestro odio al cristianismo, aun cuando vuestra ignorancia pueda excusarlo en parte. Es tanto más injusto y criminal en cuanto que vosotros no lo conocéis.

¿Hay algo más inicuo que odiar una cosa que se ignora, aun cuando fuera odiable? No se puede odiar más que por razones válidas, de otro modo el odio es ciego y no puede ser justificado más que por el azar. ¿Y por qué un odio tal, motivado por lo que detesta, no sería al fin completamente injustificado? Por eso os reprochamos la necedad de odiarnos por ignorancia, y la injus­ticia de hacerlo sin razón.

La prueba de su culpable ignorancia, a pesar de las excusas que se puedan encontrar, está en el hecho de que los que nos odian sin conocernos, generalmente cesan de hacerlo una vez que su ignorancia ha sido disipada. Hay incluso quienes se hacen cris­tianos con todo conocimiento de causa y comienzan luego a de­testar sus prejuicios pasados y a profesar lo que antes vilipen­diaban. Son tan numerosos que vosotros os dais cuenta de que existimos.

Por eso, se grita por todos los sitios que la ciudad está invadida por ellos, los cristianos han penetrado en los campos, en las is­las y en las ciudades fortificadas; gente de todos los sexos, de toda edad, de toda condición —aun de las más notables— pasan al cristianismo. Y vosotros os lamentáis de ello como de un desastre. Y a pesar de esto no os daréis cuenta de que allí yace un tesoro escondido. No se admite el derecho de verificar esta hipótesis, no se quiere hacer la experiencia. Se está despertando la curiosi­dad para todo lo demás. Les gusta ignorar lo que a los otros agra­da conocer. Con qué razón hubiera reprochado Anacarsis a los que no saben juzgar a los que saben.

Prefieren ignorar porque ya odian, porque el conocimiento del cristianismo les impediría odiarlo. Efectivamente, si no existe ningún motivo legítimo para odiar, más vale renunciar a un odio injusto. Si, por el contrario, se saca la convicción de que el odio está justificado, no se atenúa el odio sino que se intensifica. Se añade además una razón para perseverar en él y la satisfac­ción de estar en pleno derecho. (11)
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