Guia practica de los padres de la iglesia






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Justino de Roma (+ hacia 165)


De todos los filósofos cristianos del siglo segundo, el más célebre y el más grande es Justino. Es también el que más íntimamente nos conmueve. Este laico, este intelectual, instaura el diálogo con los judíos y los paganos. Su vida ha sido una larga búsqueda de la verdad. De su obra redactada con rudeza y sin arte se desprende un testimonio cuyo valor han ido aumentando los siglos. El cristianismo para él no es ante todo una doctrina, sino una persona: el Verbo encarnado y crucificado en Jesús.

En este hombre de hace dieciocho siglos vemos el eco de nuestras inquietudes, de nuestras objeciones, de nuestras certezas. En él descubrimos una abertura de alma, una posibilidad de acogida, una voluntad de diálogo, que desarma y seduce. Si muchas de sus obras se han perdido, las que quedan nos ofrecen el diario íntimo de este cristiano y son suficientes para descubrirnos su vida, desde su nacimiento y formación; hasta su martirio

Vida intelectual en el siglo

En tiempos de Justino los filósofos han adquirido el derecho de ciudadanía en Roma. Aunque victoriosa por sus ejércitos, Roma permanece sometida a la cultura y al fermento religioso del Oriente. Los maestros del pensamiento vienen de Asia para enseriar en Roma. Los romanos admiran la filosofía griega y las religiones de los misterios. Roma había absorbido imperios, le faltaba recibir sus divinidades en el Panteón.

Cansados de una religión sin poesía y sin alma, los romanos vuelven su mirada hacia los filósofos. La filosofía se convierte en escuela espiritual de paz y de serenidad, y el filósofo en director de conciencia, en guía. El mismo emperador Marco Aurelio hace ostentación de la moral del estoicismo.

En el momento en que Justino se convierte, la Iglesia está en plena fermentación. El hombre de fuera, el pagano de Roma o de Éfeso, apenas podía distinguir la Iglesia de Cristo en medio de las múltiples escuelas que proliferaban ya a su alrededor.

Los falsos profetas agrupan comunidades que se oponen a la Iglesia. ¿Cómo distinguir el buen grano de la cizaña? El pagano de entonces, como el incrédulo de hoy, no podía menos que verse desorientado en medio de tanta proliferación de sectas que se disputaban a Cristo.

El medio cristiano

En el interior de la Iglesia los mecanismos no están completamente montados. La tradición apenas acaba de nacer. Justino ha podido ver a hombres que habían conocido a Pedro y a Pablo. En Éfeso ha encontrado, ciertamente, a cristianos que habían oído a Juan el Vidente. Cien años le separan de la vida de Jesús; la distancia que separa a nuestra generación de Víctor Hugo.

Justino entra en un cristianismo joven, de fe ardiente y contagiosa, que busca la formulación de su doctrina. El pensamiento de Justino revela su propia historia, argumenta como razona. Sus escritos abogan por la fe que ha escogido.

Dos cosas han cambiado: la Iglesia, en tiempos de Justino, llega hasta el público culto: filósofos y patricios piden el Bautismo y toman el relevo a los cargadores y a los esclavos. La expansión cristiana provoca la burla de los escritores paganos y las calumniosas acusaciones de la multitud. A esta oposición, los cristianos responden con la juventud de su fe: «Nada de literatura, sino vida», decía Minucio Félix. Justino le hace eco: «Hechos y no palabras».

El Evangelio se extendía con rapidez. Para frenarlo los mundanos propagaban habladurías que la masa, siempre crédula, creía. Los cristianos eran acusados de adorar a un Dios con cabeza de asno, de darse a excesos y tomar parte en festines de antropófagos. Filósofos y retóricos lanzaban el descrédito sobre estos molestos competidores.

No hay por qué tachar sin más de hostilidad a la resistencia al Evangelio. La oposición en el siglo segundo, como la de todos los períodos de la historia religiosa, proviene de prejuicios, de opciones previas, de ignorancia y malentendidos que los escritores cristianos se esforzarán en eliminar para establecer el diálogo entre la fe y el pensamiento, entre la Iglesia y el mundo. Justino será el hombre del diálogo. Una de sus obras principales se titulará Diálogo con el judío Trifón.

El hombre

Nadie mejor preparado que Justino para esta confrontación. Había investigado, practicado y amado el pensamiento de los filósofos; lo conocía por dentro, no habiendo buscado nunca la verdad si no era para vivirla. Se había fatigado, había viajado, había sufrido en busca del saber. Por esta razón, sin duda, encontramos en él un desasimiento tras su hallazgo, un testimonio que no engañan. Este filósofo del año 150, está más cerca de nosotros que muchos pensadores modernos. «Justino, hijo de Prisco, hijo de Baccheios, de Flavia Neápolis, en Siria de Palestina», así es como Justino se presenta a sí mismo, en la primera página de su Apología. Había nacido en el corazón de Galilea, en la villa de Naplusa, ciudad romana y pagana, construida sobre el emplazamiento de la antigua Siquem, no lejos del pozo de Jacob, donde Jesús había anunciado a la samaritana el culto nuevo. Naplusa era una ciudad moderna, donde florecían los granados y los limoneros, encajonada entre las aristas de dos colinas, a mitad de camino entre la fértil Galilea y la ciudad de Jerusalén.

Los padres de Justino eran colonos acomodados, de origen más bien latino que griego, lo cual explica la nobleza de su carácter, su gusto por la exactitud histórica y las lagunas de su argumentación. No tiene ni la soltura ni la sutil dialéctica de un griego. Ha vivido en contacto con judíos y samaritanos.

El filósofo

Naturaleza noble, apasionado por lo absoluto, sintió desde pequeño el gusto por la filosofía, en el sentido que se le daba en aquella época: no especulación de diletante, sino búsqueda de la sabiduría y de la verdad que lleva a Dios. Ella le condujo, paso a paso hasta el umbral de la fe. El mismo Justino nos cuenta en el Diálogo con Trifón, el largo itinerario de su pesquisa, sin que sea posible distinguir entre el artificio literario y la autobiografía. Alternativamente sigue en Naplusa, las clases de un estoico, y luego de un discípulo de Aristóteles, al que dejó rápidamente por un platónico. Esperaba ingenuamente que la filosofía de Platón le permitiera «ver inmediatamente a Dios».

Retirado a la soledad, paseaba Justino por la playa a la orilla del mar, meditando sobre la visión de Dios, sin que su inquietud fuese acallada, cuando encontró a un misterioso anciano que disipó sus ilusiones. Este le hizo ver que el alma humana no podía alcanzar a Dios por sus propios medios; sólo el cristianismo era la filosofía verdadera, que completaba todas las verdades
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parciales: «Platón para disponer al cristianismo», dirá más tarde Pascal.

Momento inolvidable, que marca una fecha en la historia cristiana y que Péguy evocará más tarde, en la que se encuentran el alma cristiana y el alma platónica. La Iglesia acogía a Justino y a Platón. Hacia el año 130, este filósofo, cristiano ya, lejos de abandonar la filosofía, afirma haber encontrado en el cristianismo la única filosofía segura que colma todos sus deseos. Se presenta siempre cubierto con la capa de los filósofos. Es para él un título de nobleza. No re- chaza, sino que introduce en la Iglesia el pensamiento de Platón. A Justino le gusta decir que los filósofos eran cristianos sin saberlo. Y esta afirmación la justifica, en primer lugar, con un argumento sacado de la apologética judía, donde se afirmaba que los pensadores debían lo mejor de su doctrina a los libros de Moisés (Apol 44; 40). El Verbo de Dios ilumina a todos los hombres, lo cual explica las partículas de verdad que se encuentran en los filósofos. Los cristianos no tienen por qué envidiarlos, ya que poseen al mismo Verbo de Dios.

Testimonio de la comunidad cristiana

Ya cristiano, Justino no fue nunca sacerdote. Vive en Roma como un simple miembro de la comunidad cristiana, cuyas reuniones dominicales describe: el Bautismo (8) y la Eucaristía. Así nos facilita la primera descripción de la liturgia y da testimonio de la fraternidad y unidad que anima a los miembros de la comunidad.

En Éfeso primeramente, y después en Roma, hacia el año 150, Justino funda escuelas filosóficas cristianas. En la capital del Imperio, vivía, como nos cuenta en su interrogatorio, «cerca de las Termas de Timoteo, en casa de un tal Martín». Allí tiene él su es- cuela y enseña la filosofía de Cristo.

La escuela de Roma

Roma es para el cristianismo un lugar estratégico. Todas las sectas se esfuerzan por implantarse allí, y en cuanto sea posible, dominar en ella. Interesaba mucho que la ortodoxia estuviera representada en Roma y defendiese la verdad cristiana contra la herejía y el paganismo.

Justino hizo adeptos. La historia ha conservado el nombre de Taciano, que más tarde caerá en la herejía. Seis de sus discípulos serán sus compañeros de martirio. Su éxito dejó en la penumbra al filósofo cínico Crescencio, que, en lugar de combatirle lealmente, se limitó a denunciarle cobardemente. La enseñanza del filósofo cristiano obligó a las autoridades y pensadores a contar con el cristianismo. El dio al pensamiento cristiano derecho de ciudadanía. Su martirio prueba que su actuación y su influencia eran te- midas por las autoridades romanas.

Justino puso empeño en la demostración de la fe cristiana, con vistas a convertir a judíos y paganos. Su controversia debía refutar la herejía, que amenazaba proliferar de manera peligrosa. Cincuenta años más tarde, Ireneo de Lyon atestigua su veneración al maestro de Roma, que había sido todo un precursor.

El escritor

La obra literaria de Justino es considerable. Muchos de sus escritos se han perdido. Quedan tres cuya autenticidad es indudable: las dos Apologías y el Diálogo con el judío Trifón, que permiten hacernos una idea de la apologética cristiana, tal como se desarrollaba hacia mediados del siglo segundo.

Justino no es un literato. «Escribe rudamente, dice Duchesne, con un lenguaje incorrecto». El filósofo no cuida más que de la doctrina. Su planteamiento es flojo y la marcha de su desarrollo entreverada de digresiones y vueltas hacia atrás. Como hombre, nos conmueve más por la rectitud de su alma que por el arte de su dialéctica o su composición. La originalidad de Justino no está en su calidad literaria, sino en la nove- dad de su esfuerzo teológico. Esfuerzo, tras el cual des- cubrimos el testimonio de un hombre, de una con- versión, de una opción definitiva. Los argumentos que aporta tienen una historia, la suya. Las tentaciones contra las que pone en guardia, las ha sentido él. Para el que sepa descubrir este testimonio, los libros de Justino no envejecen.

El exégeta

El lector moderno se ve algo desorientado por la exégesis de Justino. Este percibe a través de toda la Biblia la palabra del Verbo de Dios. Para él, la Biblia toda entera anuncia a Cristo. El Verbo que se ha encarnado ha preexistido e inspirado a los profetas. El es la unidad de los dos Testamentos. Esta exégesis tan querida para San Pablo, se hará tradicional en el período patrístico. La volveremos a ver en Ireneo y en San Agustín.

No poseemos ninguno de los tratados teológicos compuestos por Justino. Nos vemos obligados a limitar- nos a sus libros apologéticos. El Dios del universo no nos es conocido sino por su Verbo, que para él representa el puente entre el Padre y el mundo. Para él, Dios crea el mundo, obra en él y lo gobierna, e ilumina a toda alma de buena voluntad. Todo lo que los poetas, filósofos o escritores poseen de verdad es un rayo de su presencia luminosa. El verbo guía no so- lamente la historia de Israel, sino toda búsqueda sin- cera de Dios.

Esta admirable pintura al fresco, esta visión amplia y generosa de la historia, a pesar de la torpeza de ciertas formulaciones, encierra la intuición de un genio, a la que volverán San Agustín a San Buenaventura y más cercano a nosotros, Maurice Blondel. Es una problemática muy semejante a la de nuestros días.

«Nadie creyó a Sócrates, hasta morir por lo que él enseñaba. Pero por Cristo, artistas y aun ignorantes han despreciado el miedo y la muerte». Estas nobles palabras, que pudieran creerse de Pascal, fueron dirigidas por Justino al prefecto de Roma.

El mártir

El filósofo cristiano había dirigido una primera apología al emperador Marco Aurelio, para defender a los cristianos calumniados. No hablaba al emperador- filósofo como un acusado, sino de igual a igual. La Apología no había preparado a este hombre serio a conocer mejor la nueva secta, que unía en la misma fraternidad a esclavos y patricios. El emperador si- guió condenando sin conocer. Este hombre, nota el P. Lagrange, que hacía a diario su examen de con- ciencia y se acusaba de sus pequeñas faltas, jamás se preguntó si obraba como verdadero tirano con respecto a los cristianos.

Justino fue denunciado por un filósofo celoso, que no tenía de filósofo más que el nombre y la placa de anuncio; se han conservado las actas del proceso. Son de una autenticidad indiscutible. El filósofo comparece ante Rústico, que había iniciado a Marco Aurelio de joven en la moral de Epicteto. La suerte está echada. Justino lo sabe. No se trata ya de convencer, sino de confesar.

¿A qué ciencia te dedicas?

He estudiado sucesivamente todas las ciencias. He acabado por adherirme a la doctrina verdadera de los cristianos.

Las respuestas son sencillas y nobles, limpias como el metal. Justino fue condenado a ser azotado, después a sufrir la pena capital. Glorificó a Dios con ello. Su vida, como las actas que nos lo cuentan, concluía en doxología. Era su última celebración.

Justino no se encontraba solo: estaba rodeado de sus discípulos. Las actas nos citan a seis de ellos. Y esta presencia era el homenaje más conmovedor que se puede hacer a un maestro de la sabiduría.

J


ustino nos da la primera descripción del Bautismo, llamado también iluminación. Nos describe su preparación, su rito y su significado.


LA INICIACION CRISTIANA (5)

Os expondremos ahora cómo, renovados por Cristo, nos consagramos a Dios. Si omitiéramos este punto en nuestra exposición nos faltaría algo (6). Los que creen en la verdad de nuestras enseñanzas y de nuestra doctrina, prometen en primer lugar vivir según esta ley. Entonces nosotros les enseñamos a orar y a rogar a Dios, con el ayuno y el perdón de sus pecados, y nosotros mismos oramos y ayunamos con ellos.

Después les llevamos a un lugar donde hay agua y allí, del mismo modo que nosotros hemos sido regenerados, son regenerados ellos. En el nombre de Dios padre y maestro de todas las cosas, de Jesucristo nuestro salvador y del Espíritu Santo, son lavados en el agua. Porque Cristo ha dicho: «Si no volvéis a nacer de nuevo, no entraréis en el reino de los cielos». Es evidente que los que han nacido una vez no pueden volver de nuevo al seno de su madre. El profeta Isaías, como hemos dicho más arriba, enseña cómo borrarán sus pecados los pecadores arrepentidos. Se expresa en estos términos:

Lavaos, purificaos,

quitad el mal de vuestros corazones

apréndete a obrar bien,

haced justicia al huérfano y defended a la viuda;

venid entonces y disputemos, dice el Señor.

aun cuando vuestros pecados os hayan vueltos rojos como la púrpura

os dejaré blancos como la lana;

aunque estuvieseis rojos como la escarlata

os dejaría blancos como la nieve.

pero si no me escucháis

seréis devorados por la espada.

Porque la boca del Señor ha hablado (Isaías, 1, 16-20).

He aquí la doctrina que nos han transmitido los Apóstoles sobre esta materia. En nuestro primer nacimiento hemos nacido sin saberlo y por necesidad, de una simiente húmeda, gracias a la mutua unión de nuestros padres. Después vivimos con costumbres malas e inclinaciones perversas. Para que no permaneciéramos así hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la elección y de la ciencia, para que obtuviéramos el perdón de nuestras faltas pasadas, se invoca en el agua, sobre el que quiere ser regenerado y se arrepiente de sus pecados, el nombre de Dios, padre y dueño del universo. Esta denominación es precisamente la que pronuncia el ministro que conduce al baño al que debe ser lavado. ¿Puede darse, en efecto, un nombre al Dios inefable?

¿No sería locura orgullosa atreverse a decir que tiene uno? (7) Esta ablución se llama iluminación, porque los que reciben esta doctrina tienen el espíritu lleno de luz. Y también en nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en nombre del Espíritu Santo, que predijo por medio de los profetas toda la historia de Jesús, se lava al que es iluminado.
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